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Locura y muerte de Nadie

Epílogo

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El hombre de galones de plata se infla hasta convertirse en un globo que todos los clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar, apretándolo, apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de un conserje. Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta, campesinos azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del pisapapeles, preguntándole angustiado:

—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De suspensión de pagos!

El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia una ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le sofocan, le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, tímidamente, que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un minuto para cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la súplica se le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace enmudecer, arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre seguido de cerca por la puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón, volver a aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin, escamoteado por los diedros de cristal.

Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas, empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles —cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de hierro, sigue contando monedas.

El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca. Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz penosa e inservible para el uso común, de tan pura.

Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia y de la juventud, de las tardes en que el amor se despereza, de las noches en que el amor se agota, se desmorona, se queda convertido en un aburrido gesto. Hembras ubicuas, jánicas; rostros que se barajan, que se ceden los rasgos, el color de la boca, la falsedad de sus perlas y de sus risas, los modos nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo amor que cambia de nombre al renovar sus encantos; Matilde, el doliente fantasma —un poco de crespón negro sobre una carne apretada, de inquietud hoy sin brújula—, irrumpe como siempre en el tropel, arrollándolo todo con su cínica desenvoltura. Regresa a sus paisajes del sur, a recomenzar su vida entre rejas prendidas de claveles, en el patio oloroso a menta donde se reveló al hombre firmado y rubricado, una tarde en que recorrían juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de Jaime González y Compañía—. Corre ahora el expreso por tierras planas, sin un frunce, en que algún árbol se suicida, torturado por su inútil soledad, o se refugia en una interminable huida, cuando no tiene la fortuna de tropezar, a orillas de un arroyo, con algún meditabundo camarada. Matilde se asoma al paisaje esquemático, que ella va poblando de espectros, destocada la frente, donde su historia podría ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: infancia juguetona, adolescencia febril, juventud esperanzada, madurez prematura a fuerza de tedios junto al hombre del muestrario. Y un deseo frenético de poseer el hombre definitivo, inencontrable. Alguien penetra en el vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, sin levantar los ojos, sin saber que frente a ella está Arturo, en el mismo diván del Banco Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, húmedos ojos por donde estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá no lo conozca ya, como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos volúmenes sin fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. Aunque se viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado nada. Ni un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un día hallaron en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres vibraciones, de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada uno se metió efímeramente en la del otro. El azar dejó caer entre ellos un imán, y ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga. Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos invisibles que van dejando en ellas huecos. La quinta de la izquierda desaparece en un torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a las muchachas, aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus ojos tristísimos en el público que se asoma a lo largo del pasillo del vagón. Pero de pronto una raquítica alameda se engulle una a una las señoritas del coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una acequia. El revisor le da a Arturo con el codo.

—¿Me hace el favor?

Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos. Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo familiarmente:

—He perdido el kilométrico.

—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de buey.

Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca, la oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto, es agreste, es Alfredo, Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán tramado juntos la fuga, y ahora miran a Arturo estúpidamente, sin conocerlo. El revisor vuelve a pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el hombre de los galones de plata le dicen a coro:

—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.

Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una cabina gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas abrazan a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. La zarandean, la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón negro se lo lleva el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su combinación, sus zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten las mujerucas, el mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del andén.

—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice la más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!

Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el equipaje.

—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.

Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:

«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy desesperada entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus ojos, con sus piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un despojo. ¡Como apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se arrojaron como buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de Rebeca apenas es ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros de las mujerucas. El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren comienza a trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las mujerucas, el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago de tinta, bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea su mesa con el pisapapeles.

—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?

—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.

Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va saliendo del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas furibundas del revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de un viajero que intenta en vano explicar su personalidad.

—Esta no es la misma firma.

—Es la misma, de hace cinco años.

—Dos testigos. Traiga dos testigos.

—¡Soy yo mismo!

—¡Otra firma que responda!

Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero del pisapapeles que le recibe encolerizado.

—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?

—En nada.

ESTE LIBRO SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LA IMPRENTA ARGIS EL 25 DE OCTUBRE DE 1929

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