10 El robo
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Arturo se siente fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez, tembloroso, desencajado.
—¡Por fin!
—Por fin, ¿qué?
—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.
Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los ojos, preguntando:
—Diga.
A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos... Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan Sánchez.
—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo, antes que pasar borrado por el mundo!
Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de las víctimas. Será el «blanco de las iras» de Augusta, acosado por la Prensa, zarandeado vivamente por la popularidad.
—¿Qué ha hecho usted?
—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi triunfo será definitivo.
—¡Huya usted!
—No.
—Hágalo por Matilde.
—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados. ¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con igual número de espectadores.
—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí esperaremos los sucesos.
—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la cárcel.
—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.
Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.
—Aquí esperaré la policía.
De pronto, un grito :
—¡La Crónica!
—¡Ahí está!
—¡La Crónica, con la estafa al Banco Agrícola!
La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de periódicos.
—¡La Crónica, con el retrato del criminal!
—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!
Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del rapaz. Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, torpe. Lo desgarra.
—¡Ah!
Allí está el retrato de Alfredo.
—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.
El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor de la estafa. Juan Sánchez está a punto de caer desvanecido.
—¡Esto es un robo! —sigue gritando.
La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de otro:
—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de bien. ¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?
—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.
—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!
—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida se los come ahora cualquier truhan.
—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.
Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:
—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa, justísima... Pero debemos evitar este escándalo.
—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.
—Nadie. Uno de los estafados.
Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. Las gentes van pasando. Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias intentan llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.
—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su casa.
—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! La idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!
—-¡Pobre!
—Está loco.
—Habrá perdido mucho.
—Tiene cara de haber sido engañado.
—¿Quién es?
—Nadie. Un estafado.
—¡Le mataré!
—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga conmigo.
—Me han robado mi personalidad.
—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.
—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son estúpidos. Tendría que probarlo de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo contrario. Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!
—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el cómplice genial.
—La última ocasión... ¿La última?
—¿Qué?
Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los ojos.
—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! ¡Otra!
—¿Cuál? Me asusta.
—¡Desaparecer bruscamente del mundo!
—¡Bah!
Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse. Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a escribir.
—Una para el juez. Otra para Matilde.
—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.
Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las información de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. Blasfemias de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. El retrato de Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.
—Se ve que es un truhan.
—Pero con talento.
—Claro, para dar esos golpes...
Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor imposible. Una huida, un rapto recíproco.
Una madre lo muestra a sus hijos.
—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!
Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y asombro.
***
Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. Otra breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige a un buzón.
—¡No! Traiga esas cartas.
Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta del monstruo de piedra.
—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.
—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!
—No le dejo.
Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se detiene al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del arrabal.
—Vamos un rato al pretil.
—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.
—Bien, luego.
En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:
—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. Ahí le queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, puesto que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. Busca a cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no lo halló, va buscando las características de su hombre-tipo entre una porción de ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar a demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, por eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por Matilde!
—¡Ea! ¡Basta de bromas!
—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo corriente. Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca podrá ya reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!
—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted la estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo. Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar su originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados, donde nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra. Ahí tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea usted un falso personaje, puesto que de nada le sirve el verdadero!
—¿Y mi firma, y mi rúbrica?
—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás, en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser, nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades, con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz discreto! ¡Adiós!
—Quizá... Claro...
—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente lo que aún puede ser. ¡Huya!
Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento de solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido el canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del pretil.
—No pierda tiempo.
El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el agua irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... Se le cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras él.
—¡No, no! ¡La huida!
Arturo repite su patético ademán.
Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.
A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la avenida. Van a despedirse definitivamente.
Los dos están conmovidos. En el instante hay un hueco para un latiguillo escénico. Juan Sánchez se dispone a llenar el hueco.
—¡Adiós, amigo mío!
—¡Adiós!
—Vele usted por Ma...
Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán, elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.
Como una goma de borrar.