← Table of contents
Locura y muerte de Nadie

5 Noche de placer

Reading edition

Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa geometría de las piernas.

A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.

Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende, resignado.

Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho.

Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan Sánchez persiste en su sombría locura:

—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué somos...

Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la parte inferior, tan esquemática.

Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas piernas en franco desnivel armonioso.

—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo desvanece...

Un punto es todo y es nada. El geómetra no puede atraparlo, y se lo inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar las tres.

Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo; unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos, le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...

—Pero, ¿no me conoces, Juanito?

Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe, alborozada.

—¡Pero este Juanito!

—No recuerdo.

—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes?

Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar (¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo universo de sus imágenes fatigadas.

Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos que provoca Nené, la atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta, arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.

Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores, adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.

Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras.

Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.

Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.

A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.

Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.

Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.

Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano.

Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío —diáfano, denso— que sobre ellos se acumula.

Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de un puñado barroco de hojas verdes.

La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del espíritu en su propia intimidad.

—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.

Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de voltear, de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos derrumbamientos.

***

El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo: «Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento, parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje provisional de aquella voluptuosa perspectiva.

Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados, a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos.

Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías: una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele asomarse el alma.

El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como embobado. Salir y entrar libremente.

Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.

Vibramos, movemos en derredor nuestro un poco de aire viciado por nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es indiferente.

Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de locura.

Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el suyo, les hiera, les haga volver los ojos.

Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.

—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—He venido observando vuestro grupo desde que entrasteis al cabaret. Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad; suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado. Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos deseos. Tú eres aquí nuevo.

—Cierto.

—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción, mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace despreciable. Me sorprende veros juntos.

—Nos ha juntado el azar.

—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.

—Se encuentran, efectivamente, en un punto.

—¿Dónde?

—En una mujer.

—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo comprendo mejor.

—Dime.

—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.

—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.

—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo? ¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la repulsión.

—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no le temo.

—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.

—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad.

—Eres excesivamente generoso.

—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo.

—Eres incorregible. Adiós.

***

En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección, trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles, los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—, empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas, una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez alumbra con un encendedor...

Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la boca ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel dedo redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. Una manecita acaba de afirmarlo como ente personal: Juan sigue el rastro de aquella manecita con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia él, señalándole, alborozada:

—¡Tú! ¡Eres tú!

Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo, menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata, su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que, excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado. Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con el descoco, y todos los valores plásticos de la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan Sánchez nada advierte. El placer más vivo de aquella belleza dinámica no será nada ante esta suma embriaguez del individuo que, por fin, se siente destacado del grupo innumerable, con una crucecita en aspa.

Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación, desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente, sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra, su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro hacia el techo, esbozan un ademán de tortura las Tres Hermanas Argelinas, Tres, que ahora recogen toda la atención dispersa del cabaret. Con los pies y las manos en la alfombra, las Tres Hermanas Argelinas, Tres parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas en un potro. Esos viejos aparatos de martirio que suelen instalarse en los circos, en el ruedo de este cabaret solo están aludidos por rectas ideales, que las tres muchachas recorren con la sonrisa en la boca atrozmente grana, cereza y sangre, respectivamente; porque si las tres coinciden acaso en el modo de besar, que aprendieron en la misma revista de cinema, no coinciden en el modo de preparar el cálido instrumento del beso. Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos comienzan a perder su calidad humana y a acercarse a la de pulpo. Los frágiles sostenes se atirantan, el vientre amenaza abrirse en dos gajos, de tan tenso. Al fin recuperan, de un salto, su posición normal. Se les perdona la tortura, y las tres reparten besos ideales entre aquella fauna mixta de libertinos profesionales y libertinos de afición. Desnudas hasta el punto —extremo— que toleran los preceptos municipales, juntos los pies por los talones y las manos sobre las cabezas, construyen luego una ánfora griega, donde los senos se adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y apretada, tiemblan un poco bajo la lluvia de miradas.

***

Le despierta Juan Sánchez.

—¡Arturo!

Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.

—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!

—¿Cómo?

—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada! Buscaba a un tal Juan Martínez.

—¿Cómo advirtió su error?

—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: «¡Eres otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. Chilló, anduvo corriendo por la casa, medio desnuda. Quería llamar a la Policía... Por fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me hincaron en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».

—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula personal?

—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».

—¿Va usted a hacer caso de una ramera?

—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo siempre soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings