← Table of contents
Locura y muerte de Nadie

2 Campo magnético

Reading edition

En la terraza del bar, ante un cocktail de ginebra, se plantea Juan Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.

Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático perseguidor de su propia esencia.

Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo, de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de un carácter. Nada logró.

—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.

—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.

—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno que casi nunca me gustaría ser.

No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un universal, un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del cocktail, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo continente.

Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este, todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias imprevistas.

Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.

El día, en plena granazón, abre sus pomposos abanicos de emociones sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia cromática alguna.

Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras, aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso. Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca intimidad de una mujer.

Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis; los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales. No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa inquieta y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica penetrando en un Hispano a morder el «fruto prohibido».

Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle. Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los momentos finales de la jornada.

El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.

Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos elementos que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo.

—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la acera de seis a siete», «el que compra La Crónica en el quiosco de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por «Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra, por «Martorell y Compañía»...

Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación, que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—, porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos del agente, mientras se obstina en rebelarse contra un principio de Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le provee de ideas un genio...

—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo, sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con preferencia una razón social.

En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto, sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.

—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón, mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo por los vagos recuerdos de cada transeúnte...

Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados. Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte, esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal; el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan las grandes.

—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme, tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del vocablo.

Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito —sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?

—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el hombre que no tiene señas personales. Ya que no puedo ofrecer un rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes. Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!

***

De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer, según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al ondulante panorama.

Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados, cursis, desfallecidos piropos, como de gentes en ayunas, arriada la fantasía, cegados los grifos de la jovialidad.

—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente? Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un peligro para nuestra libertad de hoy.

—Consuela oírle. ¿Usted escribe?

—De ningún modo.

—Lo hubiera jurado.

—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo, ¿sabe?— inspeccionar siniestros.

—¿Cómo?

—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre en regiones devastadas. Después del último bombero.

—¡Qué raro!

—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. Me interesan más sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho. Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un montón de despojos acumulados.

—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los artistas.

—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará que aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me he extraviado.

—Siga, siga.

—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente: le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no ser. Eso está muy anticuado. Obre.

—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?

—Firmemente.

—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le espero a cenar esta noche.

—Iré.

***

Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito admirador.

Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería, como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos, envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda su juguetona fábrica.

Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada aparición un poco más de seductora lejanía.

Y aunque el primer impulso de Arturo, al ver surgir a Rebeca, es lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en un rígido programa del que están excluidos todos los azares.

La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal, con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia, progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas, cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.

Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de adiós impronunciada.

Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red, hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes. Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética descendente.

Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos por la blanca desnudez de su amante.

Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal alternados con la sucesión encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda irradiación.

—¡Las siete! ¡Las siete!

Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido de una bocina de Rolls que desde lejos reclama virilmente paso libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes, camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde, atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings