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Locura y muerte de Nadie

6 Viraje

Reading edition

—Felicíteme, Arturo.

—¿Por qué?

—Mi salvación está aquí.

—¿Dónde?

—En esta carta. Léala.

Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a visitar una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de Augusta.

—No comprendo.

—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.

—Como todo.

—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte Azul. Porque se llamaba don Juan.

—Como cualquiera.

—Es que importa, me importa mucho que se llamase así. Porque ese don Juan... ¡era mi padre!

—¿Cómo?

—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo clarísimo. Porque, verá usted...

El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada alegría:

—¡Soy hijo de...!

Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. Ha acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin de una vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica burguesa.

Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza, cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener por ascendencia guerreros, poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas de anchas caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los flácidos linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades del genio, todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir en la superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar magnífico de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis humana original.

—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado, germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado, es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura! Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a enloquecer de amor... Porque el conde era un ladino, un experto catador de bellezas.

—Pero de esa carta no se desprende...

—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones, desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer conde de Monte Azul. Que mi madre...

—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.

—¿Por qué?

—Es sagrada. Así lo dicen.

Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo cogido al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta agotar en él todas las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite... ¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?

Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez; historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal. Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre de su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la multitud.

—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, cortesanas, filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me siento hervir en proyectos, en gérmenes de aventuras.

—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo claro.

—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...

Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno a escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas. Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.

Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes, colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región subterránea la misma admiración por la Cena, el mismo respeto a Víctor Hugo que siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un poco, en seguida flotaba la misma frase —colectiva— ante el Cardenal de Rafael, ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces en los museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no sé qué instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.

—Pero, hace unos días...

—¿Perdió usted la llave del sótano?

—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro piso. Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo hervor, con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo fantasmas totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, de deseos originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la máquina de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. Creí que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también que ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba en vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser una broma de los poderes cósmicos ese grano de sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por una coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta de su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa de sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si existen, no pueden ser tan crueles.

—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la fe en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.

—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que casi nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi padre, el tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso restaurarlo, pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de ella. El caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, al restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá conmigo?

—Iré.

***

Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre chopos vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje ortopédico.

Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas, de cardos.

Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de ámbar, rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas por donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.

Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón ha rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su esponjosa entraña.

Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que rozan las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos los colores inefables, de todas las curvas imprecisas. El horizonte. Perfil último y borroso.

Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, humorístico, de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, con sus relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; sugeridor de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.

Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, que va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil, levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.

Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que no sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la que ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.

Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando en el camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia la cueva donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada paisaje un índice humano. Va escalonando —como en los retablos de gloria— todos los hombres y mujeres que conoce.

Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y fugaz, plano irreal, ilusorio.

En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son los entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los esconde. Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, de un hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del espíritu.

Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad: sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al nuestro.

En la tercera zona los seres van apiñándose, un poco desdeñados, borrosos, movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los confines de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer en la última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor nuestro, en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para nosotros el no ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta zona es el país de la abstracción.

Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su nebulosa cuna.

—Faltan seis kilómetros.

—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.

A Matilde la instalará en la región de la intimidad, donde la reiterada concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo, gesto a gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se arranca el espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra desnuda al otro espíritu.

La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la resistimos—, la expulsión es definitiva.

Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde se ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad, la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral, unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.

Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su juego es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo desequilibrio, que solo persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su propio relieve. Hombre a caza de su sombra.

—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha, detrás de aquellos chopos.

—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.

Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con engullirnos.

Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado, apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.

Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino que poda unos rosales.

—¿Y la condesa?

—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.

En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella de la señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con guiños pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.

—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al pueblo...

—Esperaremos.

Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada en los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le mira fijamente un militar.

—¡Yo!

—¿Cómo?

—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en la empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.

—Cierto. Se le parece mucho.

—¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el sable. Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un grito:

—¡Yo! ¡Soy yo!

—¿Quién?

Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un montón de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde lo alto del Parnaso.

Arturo lee en el lomo de algunos libros: Cervantes, Dante, Milton... Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel Juan Sánchez olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan un poco. Posa junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le trae «ráfagas de ardiente inspiración».

El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de la izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una rueda.

—¡Es usted mismo!

—¡Yo, otro yo!

Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera armilar, cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una escuadra, un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo rojo trazado en el papel.

—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas, caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.

Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora mecánica; el paralelepípedo.

—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace seis años.

—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas que usted ha terminado ayer.

—¿Se burla usted de mí?

—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio para nosotros es tomar parte en la burla.

Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen algunas espadas sin gloria. Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y aleluyas.

—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!

—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.

—Este. «A tu pelo»:

¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga? ¿Si eres de cera, por qué no te derrites? ¿Si con el sol en abrasar compites...

***

—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les suplica...

—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy impaciente.

—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. Yo podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy ya muy viejo. Lo conozco todo... Mejor que ella. Permítanme que yo les revele...

El mayordomo mira receloso a Arturo.

—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.

—En ese caso...

—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.

—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, «esta finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los rosales bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba la quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.

—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita por uno de sus parientes, señor.

—Entonces, ¿es cierto...?

—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació aquí. Venga a ver su cuna.

Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.

—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido aderezar esto un poco, pero resultaba imposible...

—E inútil —añade Arturo.

—Seguramente —agrega el mayordomo.

—De modo es que aquí... Cuente.

Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:

—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.

—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta del arcediano de Sos, hermano del señor conde.

—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.

—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...

—Sí, de prostituta.

—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre era una tiple de Marsella, de la que se enamoró locamente el señor conde.

—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora por su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.

Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus frases. Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira, sorprendido.

—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...

—¡Juan Sánchez!

—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de flechas, prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate del gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla embelesado, le envía un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino, besa conmovido la mano de la artista... El amor hace el resto. El amor viene a ocultarse púdicamente entre estos robles. Aquí da sus frutos... Arturo, amigo mío, de ese regazo acribillado por millares de deseos, nací yo, Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una vehemencia, de un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos. Arturo, estoy redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!

—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... —insinúa, entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era, efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita del coro.

—¿Qué dice usted?

Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al mayordomo, le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.

—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?

—Señor mío...

—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?

—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.

Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la butaca; se lleva las manos a los ojos.

—¡Del coro!

—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene usted. La tercera, comenzando por la derecha.

—¿Del actor? —pregunta Arturo.

—Del espectador.

Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de espectáculos que le ofrece el mayordomo.

—Señor, ¡he aquí a su madre!

—Arturo, ¡he aquí a su hijo!

Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen querer hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de su impotencia.

—¡Cálmese!

Intenta sonreír. Le brota una mueca.

—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!

Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del palco. Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.

—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por esta revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella muchas «fotos». Era el libro que prefería el señor conde.

—¡Del coro!

—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...

—¡Cállese ya!

—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde, que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses. Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París, señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.

—¿Del espectador? —pregunta Arturo.

—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada está?

—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez. Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?

—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.

—¡Soy Nadie!

—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. No podéis pedir más.

—Bien, vámonos.

—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, como todos saben, derrochó una fortuna con...

—Sí, con señoritas del conjunto.

—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, una honrosísima excepción.

—Siga.

—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se instituye a usted heredero de todo su pasado.

—¡Estúpida herencia!

—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus abuelos le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La de Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un usurero.

—He de cargar con un montón de trastos viejos.

—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...

—¡Todos del coro! ¡Nadie!

—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...

—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según los casos.

—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado ya. Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día, este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado a una anciana... Un suceso triste. Lea...

Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.

—¡Un camión!

—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.

***

Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos con la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.

Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela. Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora, a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una diligencia, en un coche de tercera...

La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de color de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. Suprime algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque violento, la panne, la mutilación aparatosa, el vuelo de un cerebro por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la monotonía de la existencia humana.

—Haré un auto de fe con mi pasado.

Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.

—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.

—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán definitivamente en la nada.

—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.

—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin que nadie los llame. Mi árbol está libre de danzantes, de esos monos de la tierra, ridículos imitadores del artista, del político, del sabio. Mi árbol está plantado por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante más.

Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se va apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros, agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres llamaradas —tan fugaces— de aquel día.

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