8 Las dos muchedumbres
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Arturo sigue escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito, ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones. Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de asegurarme la verdadera fecha».
—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro!
Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :
«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación de Los Olmos, con tres fardos de Blas Pérez y Sobrino y una jaula. Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete y un mozuelo soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa; solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la correspondencia...».
—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de tercera clase no va a interesar al jefe.
Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:
«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de El Canastillo, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que yo llamo siniestrada en mi lamentable argot, y él balbucea unas palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos. Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».
—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por el argot de la casa.
Destruye la hoja de papel; en otra escribe:
«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando, una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes, son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La ceniza lo traspasa todo...».
—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! Además, el jefe va a reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje.
Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón.
Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida. Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían, vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto; todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos, protestan, alzan los brazos...
—¡Señorito, señorito!
—¿Qué ocurre?
—¡Dos hombres muertos!
—¿Dónde?
—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!
En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa, irrumpe en nuevas oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes. Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones, llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias. Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. La multitud crece, no cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han improvisado el espectáculo.
De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote. Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se prepara un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje.
Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa.
Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le enterarán del resto del suceso. El Cisne aguarda el resultado de una investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:
«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras frescas de muchachas...».
Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido de no poder llegar nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a encontrar a Juan Sánchez.
***
Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.
—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue siendo eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.
—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.
—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como Augusta.
—Busque usted una causa cualquiera, justa o injusta, y mátese por ella. Le erigirán una estatua.
—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.
—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil. Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto. Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa. Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma, ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo. Aprovéchelo.
—Se burla usted de mí.
—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes; es decir, va suprimiendo las posturas. Pronto no quedarán héroes «monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben profundas contracciones individuales.
—¿Va a extinguirse la personalidad?
—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una estandarización del hombre.
—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...
—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad. Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar, lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.
—Quedan los grandes negocios...
—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con millones.
—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.
—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.
—Quedan los escándalos.
—¿Cuáles?
—El gran robo, la gran estafa.
—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar. Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el héroe actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la operación de bolsa o el match. Se desvanecen después de una rápida fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo durará lo que dure su proceso.
—No comprendo bien.
—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe, pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse, grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando, les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas. A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está cansado de monólogos.
—Queda el arte, ¡el gran arte!
—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen, quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.
—Yo intenté...
—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un margen para el individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo», «Gas»...
—-¡Es verdad!
—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates» hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa.
—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.
—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura. Quien posea esta virtud creará el nuevo personaje. Creará la novela red.
—¿Cómo?
—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.
—Aún no comprendo.
—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso— enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista, el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez.
—¿Y el lírico?
—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la misma fuente... Y con la misma cara.
—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!
—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza ya a no tener sentido entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía está en el aparato.
***
En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada. Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de un deseo cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa —el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco, corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo, redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.
El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez. Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de aquel fenómeno. Lo anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira malhumorado.
—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde. Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :
—Está bien.
La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.
Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas muchedumbres. En la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella, la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho jirones.
Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a compás.
Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo. Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—, no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre es el primero en el programa. En el cinema se busca la estrella —casi siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo barítono.
—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en vano por la tierra.
—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo. Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos.
—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.
—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos originales.
—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras, apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas insinuaciones sin ningún éxito.
—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos. La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi siempre por su seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos que inencontrables en la mujer.
Entonces el pie no insinúa, tortura.
—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al oído—: ¡Pedante!
—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales. La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo, para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del brazo con otro podría resistirla.
Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.
—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en seguida.
—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en multitudes.
—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están mirando.
De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco. Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice Arturo:
—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo. Regocíjate.
—Son necios.
—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué.
—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que recomponerla esta tarde, ¿quieres?
—Tengo un incendio difícil.
—El inevitable incendio.
—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?
—Lo estoy.
—Está muy averiada.
Matilde se transfigura.
—¡Que lo esté!
Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras, doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la de Arturo se somete.
—Nos miran.
—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo, porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el teatro... ¡Qué divertido eres!
—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy poco.
—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.
—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?
—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí viene Juan.
—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—. Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.
—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.
—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la comisión.
—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.
La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se disponen a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio Arturo desde el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador, el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud. Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas; algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer. Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia.
La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá. Suenan exclamaciones:
—¡Ese, ese eres tú!
—¡Ahora vengo yo!
—¡Aquella es Paulita!
—¡El general!
—¡El guardia 47, mi portero!
—¡Ella!
—¡Él!
Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez. Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad.
Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan Sánchez, un lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente, la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada, troneras hacia un paisaje ceniza.
Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se asoman, siguen asomándose al implacable espejo.
Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le empuja hacia el abismo.
Él forcejea, se defiende inútilmente.
De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.
Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.
Desaparece, entre unas risas burlonas.
En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.