← Table of contents
La alegría del capitán Ribot

IX

Reading edition

una barra decorativa
una barra decorativa

DESDE aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes. Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a entender que estaba satisfecha de mí.

Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella entonces dice con aparente indiferencia:

—Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche.

Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con más indiferencia aún.

—Gracias—dijo secamente, sin mirarme.

No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí tranquilo y dichoso.

Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa.

—¿Quién es esta chiquilla tan simpática?—pregunté contemplando el retrato de una niña de diez o doce años—. ¡Vaya unos ojos hermosos!

—¿No la conoce usted?... Es Cristina.

—¡Áh!—exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había puesto encarnada.

—Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa?

—Ya lo creo—respondí tímidamente.

—Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito desplumado!—exclamó la interesada riendo.

—¿Como un pajarito?—profirió su madre con indignación—. Estabas remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.

—Señora—murmuré algo confuso—, indudablemente era muy bonita en aquella época...; pero creo que ahora vale más.

Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus habitaciones.

Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para mirarme más a su gusto.

—Ribot—pronunció en voz baja.

Me creí con derecho a hacerme el sordo.

—¡Ps! Ribot.

—¿Qué decía usted, señora?—respondí fingiendo salir de una gran distracción.

—Míreme usted a la cara.

—¿Cómo?... No entiendo.

—Que me mire usted a la cara.

Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora.

—Ahora, acerque un poco la silla.

La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré, sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga contemplación dijo:

—Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina.

Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde, azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de algunos segundos.

¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he pensado!... ¡Qué idea!...

Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación era tan grave que a la verdad...

Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora, volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan monstruosa.

—¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida estimación, etc., etc.

—Todo eso está muy bien, Ribot—manifestó doña Amparo mientras aspiraba con ansia por la nariz las sales de su frasquito—. Pero eso no impide que usted esté chalao, loco perdido por mi hija.

—Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted...

—Vamos, confiéselo usted—me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y mirándome con semblante risueño y malicioso—. Aquí no hay nadie que nos pueda oir.

—¡Señora, por Dios!

—¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted!

Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba.

Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.

—Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina como lo está Castell hace tiempo...

—En cuanto a ése...—dije yo viendo el postigo abierto para escapar.

—Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le prefiero a usted.

Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar?

—¿Verdad que Cristina es muy guapa?—prosiguió con la misma ligereza—. ¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada...

—¡Señora!....

—No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso! ¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más pequeño disgusto.

—Por mi causa no lo tendrá, descuide usted—me aventuré a decir.

—Eso le honra a usted, Ribot—replicó apretándome la mano—. Es usted muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell—añadió sonriendo dulcemente—. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí?

—¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va usted a dispensarme si me retiro.

—¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede desahogar su pecho?

—Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora no podría decir nada razonable.

—¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot—manifestó doña Amparo apretándome con efusión una mano entre las dos suyas—. Es usted como yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno, de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta.

En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento.

—Francamente, Ribot—prosiguió con arranque.—Si fuese posible que Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma iría a interceder por usted.

—Gracias, gracias—murmuré apretándole la mano antes de desasirme.

—Créame, usted, le quiero como a un hijo y haría cualquier cosa porque...

Aquí la voz se le anudó en la garganta y yo aproveché tan preciosa oportunidad para retirarme con paso trágico por el foro.

Salí en un estado de confusión indescriptible. Me sentía colérico, irritadísimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento levantaba el velo a los secretos más peligrosos, a las más profundas intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbécil, grosera, mala madre. Mi cólera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la alcahuetería, de haber nacido para Celestina. Sin embargo, poco a poco me fuí calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doña Amparo era rematadamente tonta: de esto no cabía duda; pero no una mala mujer. Todas aquellas atrocidades que había soltado dependían, en primer término, de su falta de criterio; después, de su temperamento irresistiblemente mimoso. Era un corazón que se deshacía como la manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como los niños y los perros, y como ellos también, no establecía diferencia entre las manos que la prodigaban caricias.

Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espíritu sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversación, caería muerta de vergüenza.

Encontré a aquélla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio, que empezaba a organizar y poner en vías de hecho su famoso proyecto de canalización en la provincia de Almería, estaba de excelente humor. Sospeché que Castell le había facilitado al cabo algunos elementos. Charlaba como un descosido y embromaba cariñosamente a su amigo sobre su escepticismo teórico, su apatía para los negocios. Si él poseyese los medios de que disponía Castell, pronto sería el hombre más rico de España, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos a la nación. Cuando entré desvió hacia mí el torrente de sus bromitas, amenazándome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato acontecimiento de familia que todos esperábamos, partiría para Almería, a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sacó del armario una porción de carpetas y me exhibió los planos, explicándolos, comentándolos, esforzándose en infundirme el mismo entusiasmo que a él le animaba.

Yo le prestaba religiosa atención, pero sólo en apariencia. Lo cierto es que por encima de los papeles no perdía de vista los movimientos de Castell, que habían comenzado a hacérseme sospechosos. Le vi maniobrar hábilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del balcón, hojeaba un libro.

Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aquélla tenía entre las manos, observé que aproximaba su mejilla a la de ella casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el movimiento de sus labios, comprendí que le dirigía algunas palabras en voz baja. Separó la dama bruscamente la cabeza y trató de alejarse; pero ¡oh sorpresa! Castell la retuvo, cogiéndola por la muñeca. Al mismo tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio. Mi corazón saltaba dentro del pecho. Temía que Martí volviera la cabeza y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podrá comprenderse, sino por evitar un gran escándalo y un disgusto cruel a mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvió Cristina los ojos hacia nosotros con expresión de espanto; y no logrando desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella lucha se prolongaba unos segundos más, se decidió a tomar la carta, que estrujó ocultándola entre sus dedos. Luego se acercó pálida y sonriente a nosotros y se puso a mirar también los planos, esforzándose en aparecer indiferente. Pero su rostro no perdía la intensa palidez de que se había cubierto, y todo su cuerpo temblaba.

En cuanto a Castell, jamás he visto una actitud más tranquila, más indiferente, sin afectación de ninguna clase. Quedó un instante inmóvil, con las manos en los bolsillos, mirando por el balcón a la calle. Luego se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando dirigía una rápida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversión que me inspiraba no pude menos de admirar su increíble osadía, envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza inquebrantable que aquel hombre tenía en sí mismo. No he conocido otro para quien los demás seres creados representasen menos.

Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo, detuvo a Castell en su paseo.

—Quieras o no, al fin entrarás en este negocio—le dijo siguiendo la broma.

—Ya sabes que yo no sirvo, Emilio—repuso el otro con sonrisa tranquila y protectora.

—Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración. Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a ratos, y a ratos echarás bendiciones.

Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que arrojó en el cesto de los papeles rotos.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings