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La alegría del capitán Ribot

XII

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JURO que en la turbación que experimenté no entró para nada el despecho. Mi orgullo no se resintió por esta preferencia. Tan sólo sentí una tristeza mortal, como si la última ilusión que me ligaba a la vida se escapase volando. Es más: el amor profundo que me inspiraba ni se apagó ni mermó siquiera. Debilitóse, es cierto, el respeto, la idolatría; pero creció, a la vez, la ternura de mi sentimiento. La diosa bajaba de su pedestal y se transformaba en mujer. Perdía en majestad, pero ganaba en encanto.

En los días sucesivos observé que se acentuaba en su rostro aquella expresión humilde que tanto me había sorprendido. Con esto me figuré que se daba cuenta de su caída y me pedía perdón. En vez de mostrarme desabrido hice cuanto fué posible por que me viese más respetuoso y más amable que antes. Ella lo agradeció; a cada instante me ofrecía testimonios de su amistad cariñosa. Su corazón era noble: si había caído en la vergüenza, debía achacarse a la fatalidad de las circunstancias, no a sus inclinaciones viciosas. Tal era mi convencimiento entonces.

¿Y Martí? ¡Pobre Emilio! Cada vez que le veía me sentía más atraído por su bondad e inocencia. Le observaba un poco decaído de cuerpo, pero alegre siempre, y siempre confiado. Una tarde paseábamos solos por la orilla del mar. Como ni él ni yo somos de humor melancólico, nuestra conversación saltaba juguetona de un asunto a otro, riendo con las anécdotas que se nos ocurrían. Una de las que yo le relaté le hizo más gracia de lo que merecía. Tanto rió, que al cabo le vi ponerse pálido, llevarse la mano al pecho y, con gran espanto de ambos, arrojar un vómito de sangre. Le auxilié como pude, le llevé a una fuente próxima, donde bebió agua y se lavó. Yo estaba mucho más impresionado que él. Apenas podía hablar. Le animé, sin embargo, manifestándole que aquello no tenía importancia y citándole numerosos casos de amigos a quienes había pasado lo mismo sin consecuencias funestas. Cuando se hubo serenado sonrió.

—Tienes razón; esto no es nada. Estoy convencido de que tengo los pulmones completamente sanos, porque hasta ahora jamás he tosido. Me cuidaré un poco más y el verano que viene iré por precaución a Panticosa... Pero es necesario ocultárselo a Cristina... Ya sabes cómo son las mujeres. No digas nada tampoco a Castell. Es muy pesimista y el cariño que me tiene le haría temblar... Capaz es, por su afán de curarme, de descubrírselo a Cristina.

Los ojos, a pesar mío, se me rasaron de lágrimas. Al observarlo pareció sorprendido; quedó un instante suspenso, y soltando después una carcajada me abrazó, exclamando:

—¡Eres muy original, capitán!... Hay que quererte a la fuerza... Pero confiesa que si no tuviese un temperamento tan práctico y no estuviese acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me harías entrar en aprensión... Afortunadamente, sé a qué atenerme respecto a las fuerzas de mi organismo...

—Mi emoción ha sido producida por la sorpresa—me apresuré a decir para enmendarlo—. Además, no me siento bien estos días: tengo los nervios alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos cuando tú, al parecer, eres un hombre robusto...

—¡Robustísimo! No tengo más que el estómago un poco débil y de vez en cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si así no fuese, ¿cómo podría soportar el inmenso trabajo que pesa sobre mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.?

—Desde luego. Eso no ofrece duda... ¿Y no has sentido hasta hora ninguna alteración o malestar en los pulmones?

Martí dió dos pasos atrás, me miró fijamente, y ahuecando un poco la voz profirió secamente:

—Mis pulmones son los de un atleta.

—¿De veras?

—Los de un gladiador—rectificó sacudiendo su cabellera con gesto de inquebrantable convicción.

Acto seguido se lanzó en un panegírico de su aparato respiratorio, tan entusiasta y caluroso, que no lo haría más elocuente si fuese comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio. Yo le felicité con el mismo entusiasmo por hallarse en posesión de un ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no paró hasta darse puñetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el aria final de Lucía. ¿Quién osaría dudar en adelante de sus vísceras?

Llegamos a casa, él de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de tanto claro testimonio, no podía desechar ciertas aprensiones. Al verle, cuando el camino se estrechaba, marchar delante de mí, sus hombros estrechos, su cuello largo y orejas caídas no me traían a la memoria la figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olímpicos. Me asombraba que unos pulmones tan magníficos como él decía hubiesen buscado tan pobre alojamiento.

Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y misterio. Aunque corrían los últimos días de Septiembre, las flores abiertas exhalaban su perfume en esta región afortunada; los árboles ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el césped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas voluptuosos, románticos, de las violetas, de las rosas, de los heliotropos, venían de la huerta que nos rodeaba otros soplos más densos de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del maíz.

Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los niños de ésta correteaban por el jardín, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz madre los contemplaba con sonrisa melancólica. Castell estaba sentado al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por detrás de un macizo de cañas indias. Ella clavó una mirada en su marido, después en mí, y bajó instantáneamente los ojos con expresión seria y reflexiva. Pero volvió a alzarlos y escrutó con interés la fisonomía de Emilio, mientras éste, sintiéndose observado, charlaba y reía con exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercándose a él, profirió:

—Estás pálido, Emilio. ¿Te sientes mal?

—¿Yo? ¡Qué idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido riendo toda la tarde. El capitán posee un repertorio de cuentos deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores.

No se dió por satisfecha; pero volvió a sentarse, aunque sin quitarle los ojos de encima. Castell hacía esfuerzos por atraer su atención hablándole al oído. La conducta de aquel hombre me parecía el colmo del cinismo.

Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando íbamos a sentarnos a ella entró el criado y, llamando aparte a Martí, le entregó una carta con cierto misterio. Abrióla al instante y no pudo reprimir un movimiento de asombro. Guardóla en seguida, y pidiendo permiso por algunos minutos tomó el sombrero y salió. Nuestra curiosidad estaba excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era visible, preguntó al muchacho:

—¿Quién le ha entregado a usted esa carta?

—Un caballero.

—¿Aguardaba contestación?

—No, señora. Deseaba hablar con el señorito y se quedó detrás de la puerta grande esperándole.

Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aumentó extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en satisfacerla. Martí se presentó a los pocos minutos y, depositando el sombrero en una silla, preguntó jocosamente:

—¿A que no saben ustedes a quién voy a tener el honor de presentarles?

Todos le miramos con impaciencia.

—Un caballero cuyo nombre comienza con ese.

—¡Sabas!—exclamó Matilde.

Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademán violento, bajó a sus niños de las sillas donde se habían acomodado y, empujándolos rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos.

Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tardó en trasponer la puerta que comunicaba con el jardín, y en pos de ella su interesante propietario. Un grito de doña Amparo. Un abrazo convulsivo después. Lágrimas en abundancia.

Sabas, en brazos todavía de su madre, paseó una mirada vaga y afligida por el ámbito del comedor.

—¡Matilde!... ¡Mis hijos!...—gimió de un modo dramático.

—¡Todos te abandonan menos tu madre!—respondió doña Amparo con acento no menos patético.

Sabas reclinó la cabeza sobre el pecho maternal como víctima resignada. Con esto doña Amparo le apretó aún con más fuerza, dispuesta a dar su sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendió al cabo, se arregló la corbata y nos tendió la mano gravemente, en la actitud digna y serena de un general que acaba de capitular después de una resistencia heroica. Fué a saludar a Cristina, pero ésta volvió la espalda y salió de la estancia. Entonces sacudió su cabeza de modo sentimental y nos dirigió una mirada dulce y expresiva. Después elevó sus ojos al cielo pidiendo la justicia que en la tierra se le negaba.

Lo que me causó verdadero asombro fué que su rostro venía terriblemente atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre todo en la nariz. Más que de una escapatoria romántica con la dama joven por el principado de Cataluña, parecía llegar de una expedición científica y civilizadora a través del Africa central.

Doña Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se serenase. No había necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la vez, en aquella ocasión tan crítica, nos impresionó profundamente. Sin embargo, después que hubo bebido el agua, profirió con firmeza asombrosa:

—Necesito ver a Matilde.

Y uniendo la acción a las palabras se dirigió, lleno de majestad, hacia la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le seguimos todos, porque nos sentíamos fascinados por su ademán noble y severo.

La inquietud se apoderó de nuestro espíritu pensando en la escena dramática que iba a desarrollarse. Sabas abrió dos o tres puertas consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaqueó su denodado corazón. Sin proferir una palabra subió al piso principal. Nosotros le seguimos ansiosos.

Matilde estaba en su habitación y con ella Cristina. Al ver a su marido dejó escapar un grito de indignación y se lanzó a otra puerta para huir de nuevo. Cristina trató de retenerla.

—¡Déjame!—gritó con rabia—. No quiero verle.

—¡Matilde, por Dios!—exclamó Cristina abrazándose a ella.

—¡Dejadme! ¡Dejadme...! ¡Entre los dos todo ha concluído!

Entonces el prófugo, de pie en medio de la estancia, sintió que las fuerzas le abandonaban. Se llevó la mano a la frente con abatimiento, se doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrás, justamente los necesarios para acercarse al sofá, cayó en él atacado de un síncope. Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fué la última. Al contrario, trémula y afligida, ella fué quien le roció las sienes con agua y le desabrochó el chaleco y la camisa para impedir la sofocación, repitiendo con expresión delirante:

—¡Sabas! ¡Sabas mío...! ¡Perdóname!

Mientras tanto doña Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente, diversos productos químicos de naturaleza volátil y excitante. Los demás procurábamos coadyuvar a la obra medicinal con más o menos modestia, trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire con un abanico al desmayado. La única que permanecía inactiva y no parecía dispuesta a prestar ningún socorro higiénico a su hermano era Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraña severidad. No dudo que esta actitud le parecería a cualquier otro cruel y desnaturalizada. A mí no, porque el amor profundo, insensato que aquella mujer me inspiraba, me hacía encontrar todos sus actos justos y dignos, todos sus gestos adorables.

Al fin Sabas salió del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas veces lo había hecho su mamá antes que él:

—¿Dónde estoy?

—¡Con tu esposa!

—¡Con tu madre!

—¡Que te adora!

—¡Que te idolatra!

Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a la vez sobre sus narices despellejadas. Paseó los ojos extraviados por la estancia, mirándonos a todos como si no nos conociese, y fijándose al cabo en su esposa gritó con espanto:

—¡Matilde!... ¡Matilde!... ¡Matilde!...

Acto continuo se abrazó a ella y cayó en un ataque de risa convulsiva. Las carcajadas de él, unidas a los sollozos de su esposa y a los lamentos de doña Amparo, formaban conjunto aterrador que contristaría el corazón más duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo reconoce en esta clase de ataques, yo sentía unas ganas atroces de reir. Con mucho trabajo pude reprimirlas. Salí de la habitación y bajé de nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los demás, quedando sólo arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos después estaban ellos también abajo. Cristina dió orden de servir la sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfacción, que Sabas comía con excelente apetito y se mostró, mientras duró la comida, tan alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con los ojos de puro cariño, atenta enteramente a servirle.

Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar café, y, encendiendo un cigarro puro, preguntó a su cuñado si podía disponer del coche.

—¿Pero te vas?—le preguntó su esposa con sorpresa y disgusto.

—Sí, me voy a tomar café al Siglo. No he visto todavía a ningún amigo..... Volveré pronto.

Trató Matilde de retenerle con súplicas «siquiera aquella noche», acariciándole las manos; pero no consiguió más que impacientarle. Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambió de tono, y abrazándola le dijo con acento cariñoso:

—¡Tonta! ¿No me permites que celebre nuestra reconciliación?

Con esto la enamorada esposa quedó ya satisfecha y contenta, y ella misma le puso el sombrero, le quitó el polvo de las botas y le despidió a la portezuela del coche.

Permanecimos de sobremesa algún tiempo. Emilio se fué a acostar, manifestando que sentía sueño: pienso que su vómito debió de alterarle más de lo que decía. Matilde subió a acostar a los niños. Quedamos charlando en un rincón Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell, mientras doña Amparo bordaba en el medio a la luz de la lámpara.

Aquella situación me impresionaba tristemente. Parecíamos dos parejas de novios vigilados por la mamá; y esto, por lo que se refería a Cristina y Castell, no podía menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en aquella mujer, que apenas podía creer lo que veía. Estaba distraído, melancólico, y sostenía difícilmente la conversación con mi futura.

¡Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no sabía si iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba con terror que después de la caída de Cristina mi corazón mostraba más disgusto de entregarse a otra mujer.

Cuando bajó Matilde después de dejar a los niños en la cama, para salir de aquella situación no muy decente y esparcir un poco la tristeza que me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se aceptó la proposición, y Cristina fué la primera en hacerlo, levantándose del sofá. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual:

—No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas.

Cristina volvió a sentarse a su lado.

—Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. ¿Verdad, Matilde?—dije sonriendo.

Esta e Isabelita me siguieron. Doña Amparo se quedó con su hija y Castell. Salimos por fin al jardín y de allí entramos en la finca, cuyo ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tenía la frente ardorosa y el corazón henchido de lúgubres presentimientos.

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