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La alegría del capitán Ribot

XVI

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OTRA vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga, quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz baja la despedida de El Grumete:

Si en la noche callada sientes el viento, etc.

Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lágrimas como los de una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandonó en esta vida.

Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se había casado con Isabelita Retamoso. ¡Buen provecho! Más adelante tuve noticia por el mismo de que la Compañía de vapores se había deshecho y que ambos socios sostenían un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclamé con íntima alegría:

—Arruinado tal vez ¡pero deshonrado, no!

Aquel amigo me miró con sorpresa, y me costó no poco trabajo evadir una explicación. ¿En este gozo no entraría por algo el amor propio satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y sé que ni los santos pueden prescindir enteramente del amor de sí mismos. Por último, al regreso de Hamburgo en cierto viaje, hallé en Barcelona una carta que me esperaba hacía algunos días. Era de Martí, aunque escrita por otra mano. Me decía que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y me invitaba con frases en extremo cariñosas a que le hiciese una visita, en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aludía tampoco al desabrimiento que habíamos tenido, quizá por no iniciar al amanuense en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa.

Inmediatamente tomé el tren de Valencia. Entré en esta ciudad anocheciendo, al año y tres meses de haber salido. Me alojé en el hotel que solía. Su huésped me recibió con muestras de afecto y me enteró, sin que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y Martí. Este se hallaba arruinado. Había perdido la participación que tenía en la línea de vapores, con la cual se había quedado su socio. Conseguido esto, como aún no quedase resarcido del capital prestado, Castell traspasó los restantes créditos. Los tenedores le subastaron todas sus propiedades, incluso la del Cabañal y hasta la casa que habitaba en la calle del Mar.

—Con todo eso—terminó diciendo mi huésped—, si al cabo don Emilio gozase de salud, como es joven todavía, muy trabajador y tiene gran cabeza para los negocios, es fácil que se repusiera... Pero el pobre está muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos me dicen que su enfermedad es de muerte.

Aquellas palabras me causaron impresión dolorosa. Nos llamaron a comer; pero aunque me senté a la mesa, apenas pude tomar alimento. Salí después con intención de ir a casa de Martí, que habitaba en un cuarto alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volví, temiendo molestarle a aquella hora o causarle una emoción que le impidiese descansar. Enderecé los pasos al domicilio de su cuñado Sabas, para que éste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo más conveniente. Me recibió su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan dulce, tan activa. Su marido idolatrado había salido ya.

—Estará en casa de Emilio—dije como cosa natural.

—No lo creo—respondió vacilante—. Vaya usted al teatro... Acaso esté allí... Como el médico encontró hoy mejor a Emilio, dijo que iba a celebrarlo.

Se ruborizó al pronunciar estas palabras. No mostré sorpresa para no aumentar su confusión. Después de besar a los niños, mis antiguos amiguitos, me encaminé al teatro indicado en busca de su elegante papá.

Cuando entré ya había comenzado la representación. Alcé la cortina del salón de butacas y pasee una mirada escrutadora por todo el ámbito del coliseo. No tardé en divisarle allá en una de las plateas del proscenio. Estas plateas, lo mismo en provincias que en la capital, son el recinto sagrado donde irradia sus destellos lo más exquisito de las razas superiores en cada localidad. Acostumbrados a dictar leyes a la muchedumbre, los jóvenes que allí se reunen hablan, disputan, fuman, bostezan, firmemente convencidos de que no tienen deberes que cumplir hacia la horda de esclavos que escucha pacíficamente la representación desde las butacas. Viven solos como los dioses en la cima del Olimpo, con la conciencia gozosa de su perfección y de su fuerza; hacen muecas a los actores, dirigen requiebros a las actrices, y de vez en cuando hablan en voz alta con sus pares los de la platea de enfrente por encima del rebaño de los desheredados.

Sabas pertenecía a la casta de los dominadores, aunque su rostro no ofreciese los rasgos fisionómicos que la caracterizan: ni la carne blanda, ni la tez pálida, ni los labios caídos, signos de la vida regalada.

Aquel rostro atezado, curtido, a trechos despellejado, ofrecía un aspecto profundamente industrial. Nadie extrañaría que hubiese llegado aquella misma noche de Madagascar o de Java, después de enriquecerse en una explotación de cautchuc. Así debía de sospecharlo la contralto de la compañía (mucho más opulenta de carnes que de voz), a juzgar por la tímida admiración y el rubor con que acogía sus frases candentes cada vez que las necesidades escénicas la obligaban a aproximarse a la platea.

Me senté en una de las butacas de atrás y aguardé a que bajasen el telón. Confieso que más que lo que ocurría en la escena me interesó el idilio que se desarrollaba entre la platea y el escenario. Sabas, apoyando la mejilla en la palma de la mano con una languidez puramente oriental, clavaba su mirada de serpiente fascinadora en la contralto. Esta, acometida de un temblor irresistible, hacía esfuerzos por huir aquella mirada y alejarse. En vano. A su pesar le miraba también hasta en las escenas más culminantes y, contra lo que exigía el papel, se apartaba bruscamente del tenor en los dúos amorosos para meter sus espaldas turgentes por las narices de aquel hombre fascinador y tropical. Escuchaba con estremecimientos su palabra vibrante como el grito del desierto, esperando tal vez que concluyese por ofrecerle cincuenta elefantes, un collar de perlas y la cabeza de tres rajahs enemigos.

Cuando terminó el acto fuí sin dilación a la platea. Sabas me recibió con la gravedad indiferente que es en todos los países cultos complemento dichoso de la elegancia. Expliquéle sin preámbulos mis deseos. Acogiólos con benignidad, y desdeñando su conquista emprendida, seguro como los héroes de llegar siempre a tiempo para vencer, tomó el sombrero y salimos del teatro. Marchamos algún tiempo silenciosos. Sentía mi corazón oprimido por un sentimiento de tristeza en el cual observaba, sin embargo, con espanto cierta ansiedad de algo placentero. Este algo no era otra cosa que la presencia de Cristina. Sí, lo reconozco con vergüenza: aun en aquellas dolorosas circunstancias me preocupaba más ella que ninguna otra cosa de este mundo.

Sabas se paró de pronto, apartó la pipa de los labios, y después de mirarme atentamente unos instantes profirió con solemnidad:

—Ya lo ve usted, amigo Ribot. Las locuras de mi cuñado han tenido al fin el resultado que yo había anunciado tantas veces.

—¡Pobre Emilio!—exclamé.

—¡Sí, bien pobre! Á la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste.

Acercó de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza motora siguió caminando.

—Lo peor de todo es que, según me han dicho, su enfermedad es bien grave.

No tuvo a bien responder a esta observación. Al cabo de un rato separó otra vez la pipa de la boca y quedó inmóvil.

—¿Le parece a usted, amigo Ribot—exclamó con acento de indignación—, que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su capital y a dejar a esta familia en la miseria?

Alcé los hombros sin saber qué contestar, sospechando que Sabas se incluía entre los miembros más respetables de aquella familia arruinada.

Volvió a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en comunicación con la corriente eléctrica, adquirió movimiento. No tardó en interrumpirlo sacando aquélla de la boca. Hizo rápidamente la limpieza de la máquina escupiendo y prosiguió:

—Comprendo perfectamente que un hombre célibe disponga como quiera de sus recursos; que un día se levante de la cama de mal humor y arroje por el balcón todo lo que tiene. Al cabo, nadie más que él pagará las consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me parece una conducta, no solamente necia, sino también inmoral.

Ya no dudé que Sabas incluía entre aquellos compromisos sagrados el de seguir proporcionándole a él los medios de someter a su dominación todas las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano, y por no decir algo impertinente determiné callarme. En esta forma, usando de la pipa como de un manipulador de máquina eléctrica para detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulación raudales de sabiduría crítica, alcanzamos finalmente la casa en que habitaba su cuñado.

No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero sí nueva y de aspecto elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos. Salió a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un grito de sorpresa:

—¡Oh, don Julián!

—¡Silencio!—exclamé llevando el dedo a los labios.

Y apoderándome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubrí en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibió ella tan en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo.

Oí la voz de Cristina.

—¿Qué es eso?

Y asomó por el fondo del corredor. Al verme quedó suspensa, pero reprimiéndose al instante se dirigió con paso precipitado hacia mí tendiéndome ambas manos con ademán cariñoso.

—¡Oh, capitán! ¡Mi pobre Emilio se muere!

Vi sus ojos nublados de lágrimas. Apreté con efusión aquellas hermosas manos que me tendía y murmuré algunas palabras de duda. Quizá sus temores fuesen exagerados. Emilio había gozado siempre poca salud; pero esta clase de temperamentos suelen durar muchos años. Pregunté si podía vérsele a aquella hora, y habiéndome respondido afirmativamente, me dispuse a entrar. Cristina no me lo consintió sin prepararle antes. Estaba muy nervioso y aquella emoción podía hacerle daño. Mientras iba a cumplir este deber piadoso, Sabas aprovechó la oportunidad para tenderme su negra mano de colono asiático y despedirse con la expresión enérgica y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que aún estaba abierta, le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la desolación y el llanto para la contralto.

—¡Que pase, que pase al momento!

Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todavía vigorosa. Me dirigí precipitadamente hacia el sitio donde había sonado y entré en una estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia de la decoración del techo y las paredes. Estaba reclinado en una butaca, con dos almohadones detrás de la espalda, vestido con elegante traje de casa. La luz de un quinqué le hería de lleno el rostro, donde podían observarse bien claras y bien aciagas las señales de la tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, más hermoso y más interesante que nunca lo había visto. La barba más crecida y los cabellos también, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos negros melancólicos, le daban un aspecto de Nazareno. Aquellos ojos brillaron al verme con su expresión inocente y cordial. Se apoderó de mi mano, y estrechándola cariñosamente entre las suyas, repitió en voz baja varias veces:

—¡Capitán! ¡capitán! ¡capitán! ¡Qué bueno eres!

Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar.

—¿Cómo me encuentras? Muy mal, ¿verdad?—preguntó al cabo de largo silencio.

—Espera que te vea mejor—respondí haciendo un esfuerzo sobre mí para ocultar la emoción que me dominaba.

Al mismo tiempo acerqué el quinqué a su rostro y fingí que le examinaba con gran atención.

—¿Sabes lo que tienes tú?—dije al cabo—¡Morriña!

—¿Qué es eso?—preguntó abriendo mucho los ojos.

—Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad que excede de cincuenta céntimos.

Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una mirada de alegría exclamó:

—¡El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no.

Comprendí que lo más piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice de tripas corazón y abrí la llave de las payasadas, ya que no puedo decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su rostro se animó, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlábamos con la misma alegría que si estuviese completamente sano y no hubiese perdido un céntimo de su capital.

Cristina nos contemplaba con sonrisa melancólica. Sentíase feliz viendo a su marido animado, aunque entendía que no podía durar mucho tiempo.

En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente nuestra charla. Se quedó lívido, medio asfixiado, apretando la cabeza entre las manos.

—El frío de la noche te hace daño, Emilio—dijo Cristina—. Es hora ya de que te retires a descansar.

Alzó la mano, haciendo con ella enérgicos signos de negación. Cuando se calmó el acceso y pudo hablar, exclamó:

—¡No me lo llevéis todavía! Me siento mucho mejor. El capitán es una bocanada de oxígeno: me trae el aire puro del mar.

Permanecí otra media hora más por darle gusto. Al cabo me retiré, no sin haberle prometido volver al día siguiente por la mañana. No quise entrar a ofrecer mis respetos a doña Amparo. Tuve noticias por Sabas de que había tomado la resolución, hacía algunos días, de desmayarse en cuanto veía la cara de cualquier amigo. Como la hora me parecía intempestiva para la producción de este fenómeno orgánico, lo diferí para otra más adecuada.

Cristina salió a despedirme a la puerta.

—¿Cómo le encuentra usted?—preguntó clavando en mí una mirada ansiosa.

—No le encuentro bien... pero todavía hay hombre... ¡Quién sabe! ¡quién sabe!

Nadie dejaba de saberlo. Ella también lo sabía; pero buscaba la infeliz algún medio de ocultárselo.

Me retiré con la cabeza aturdida y con el corazón destrozado. Aquel esfuerzo que había hecho por aparecer jovial trastornó mis nervios y no me dejó dormir. ¡Pobre Martí! Nunca me pareció tan bondadoso, tan inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la más insignificante alusión al proceder traidor de su amigo Castell ni a la manera inhumana con que le había arruinado. Y en los días sucesivos, lo mismo. Su alma no sólo sabía evitar la basura como los pies de las damas elegantes, pero ni aun creía en ella.

Escribí a la casa armadora haciéndola saber que por razones de salud me quedaba aquel viaje en tierra y me constituí en acompañante y enfermero de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de él. Cuando lo hacía observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a quedarme. Cada día iba perdiendo fuerzas, le observaba más demacrado y caído. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponían su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico. Cristina le frotaba las sienes con éter. Pero en cuanto salía de ellas, como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra cuando menos lo esperaba sano y salvo, se ponía locuaz y alegre y nos aseguraba que muy pronto podría salir a la calle y encargarse de sus negocios.

¡Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le habían podido arrancar la manía de los proyectos y la afición a las grandes empresas industriales.

—¡Si supieras, capitán, la idea que está bullendo hace días en mi cerebro!—me decía una vez clavando en mí sus ojos cándidos y sacudiendo la melena—. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince kilómetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el río. Con este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda doscientos en la tracción, aún me quedan ochocientos, que, bien distribuidos, moverían casi todas las industrias de la ciudad y darían luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economía enorme, y para el dueño del salto resultaría un negocio brillante. Porque verás...

Aquí pidió papel, sacó un lápiz y se puso a trazar números con el mismo ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran máquina eléctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de Valencia, a éste tantos caballos, a aquél cuántos, como si la tuviese almacenada en casa.

Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos con ella cuanto había que decir. En otro tiempo esta manía era un peligro. Hoy podía servirle de consuelo. Así que, en vez de contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emoción y salió precipitadamente de la estancia. Yo seguí admirando calurosamente su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegué a prometerle mi pequeño capital para la empresa. Con esto su alegría subió de punto. Pero cambiando repentinamente de expresión, apoderándose de una de mis manos y mirándome con tristeza esclamó:

—¡No, Ribot, no!.. Por más que el negocio sea bien claro, yo tengo muy mala suerte... No expondré tu capital.

—No hay exposición—repliqué.—Te lo cederé de buen grado, porque me parece que el negocio ofrece seguridad.

—¡Absoluta seguridad!—profirió con acento de convicción inquebrantable que en otra ocasión me hubiera hecho sonreir—. Pero no te daré participación en él hasta que marche y empecemos a repartir dividendos.

¡Pobre Martí! Él era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se hundían, el círculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las noches tosiendo y los días atormentado por dolores y disneas.

Con esto, los desmayos de doña Amparo eran cada vez más frecuentes y prolongados. Su sensibilidad se había sobrexcitado de tal modo que el aleteo de una mariposa le hacía caer en convulsiones de las cuales no podía recobrarse sin cubrir de besos y lágrimas previamente el rostro de todos los presentes. A mí, por ser el amigo más constante, me tocó la mayor parte de estas inundaciones.

Sabas venía todas las mañanas a las once, antes de dar el acostumbrado paseo entre calles y tomar el vermouth. Si el médico había dicho que el enfermo tenía menos fiebre (y lo decía a menudo para infundirle aliento), ya teníamos á nuestro elegante tan satisfecho que para celebrarlo no podía menos de almorzar en el café y marcharse luego de jira con algunos amigos de ambos sexos.

Nos acercábamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado constantemente en hacer cálculos y trazar proyectos. Aun en medio de la noche pedía papel y garrapateaba cifras.

—La semana que viene creo que podré salir a la calle—me dijo una mañana—. No tengo nada ya. El dolor de los riñones ha desaparecido, la lengua está casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un paseo largo.

Y para comprobar sus palabras se alzó de la butaca y dió algunos pasos por la estancia.

—Voy al comedor—dijo abriendo la puerta—. ¡Verás qué sorpresa doy a Cristina!

Echó a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me quedé mirándole desde la puerta de su habitación. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz vaciló un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cayó cuan largo era sobre el pavimento.

Han pasado algunos años desde entonces y aún no se me ha borrado del alma la sonrisa melancólica y avergonzada que me dirigió al acercarme.

—¡Esto va mal, capitán!

Lo levanté y lo transporté en brazos a su butaca. Pesaba menos que un niño. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia, convenciéndole fácilmente de que aquella debilidad dependía sólo de la falta de alimento. En cuanto empezase a comer más acudirían las fuerzas rápidamente y daríamos largos paseos por la huerta como antes.

Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase ilusiones respecto al desenlace, todavía observaba en ella cierta ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme inquietud. Pensaba, sí, que la enfermedad era de muerte; mas por las palabras que salían de su boca advertía yo que juzgaba el término fatal muy lejano. Yo lo veía más próximo.

Y aún estaba más cercano de lo que presumía. Al día siguiente de su caída en el pasillo fuí a verle entre diez y once de la mañana. Contra su costumbre, todavía no se había hecho vestir. Decía que se hallaba un poco fatigado a causa de la tos. Yo le embromé achacándolo a pereza y me senté a su lado. Charlamos de política y de los sucesos locales que había leído en los periódicos. Le encontré, en efecto, más fatigado y con graves señales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso mostrábase locuaz y contento como siempre. Al fin determinó levantarse; pero antes convinimos en que tomase una tácita de caldo con jerez, que le daría fuerzas. Salió Cristina a prepararlo.

Pocos instantes después el enfermo cayó en un ataque de disnea de los que a menudo le acometían. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y comencé a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no tardaría en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qué, me sentía ahora más turbado. El corazón me latía fuertemente viendo aquel rostro tan pálido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando angustiosamente el aire. A medida que transcurrían los segundos mi zozobra aumentaba. El miedo se apoderó de mí y llevé la mano al botón del timbre. Pero en aquel instante Martí abrió los ojos y sonrió con dulzura. Me tranquilicé y le dije:

—¡Ánimo! Ya pasó.

—Abre ese balcón. No veo bien—me respondió.

Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcón estaba abierto. Sin embargo, hice ademán de complacerle; mas al tratar de apartarme se apoderó de una de mis manos:

—¡Ribot! ¡Ribot!—gritó clavando en mí sus ojos desencajados—. ¡No te vayas...! ¡Me muero...! ¡No te vayas!

Se había incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada cambió de expresión repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobló la cabeza como si estuviese descoyuntada y cayó, pesadamente, hacia atrás.

El horror, la estupefacción me dejaron un instante inmóvil, clavado al suelo. Pero volviendo sobre mí tomé su cabeza entre mis manos y, apretándola contra el pecho, le grité, a mi vez:

—¡Martí! ¡Amigo mío, hermano mío! ¡No te vayas! En este mundo de perfidia quedan muy pocos hombres como tú.

Y besé aquella frente por donde no había pasado jamás la sombra de un pensamiento vil.

En aquel instante una mano rozó mi espalda. Me volví como si me hubiesen pinchado y pude ver unos ojos desmesuradamente abiertos por el terror y una figura pálida que se desplomaba.

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