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La alegría del capitán Ribot

VII

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CUANDO llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la elegancia del pabellón Cristina (creo que en este punto insistí demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí toda la vida.

—¿En el pabellón Cristina?—preguntó con sonrisa irónica Castell.

—¿Por qué no?—respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.

—Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la mano elegida por mí.

Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.

—Pues yo, como no soy tan sibarita...—repliqué riendo—, no pongo condición alguna.

Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.

—¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y de las manos lindas que te lo echaban.

Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a nuestro individuo físico y moral.

—Yo no he hallado como tú—concluyó diciendo atrevidamente—, entre tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si cuando tú o antes que tú (recalcó de un modo particular estas palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para llamarme, como ahora, viejo calavera.

La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa de su íntimo amigo y socio.

El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.

Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.

Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:

—Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda! ¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!

Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con imponente severidad.

Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa. Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó, bromeando:

—Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?

Ésta sonrió en señal de asentimiento.

—¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!

Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.

—¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!—exclamó con graciosa mueca de enfado.

Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal, las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar, ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los días.

—No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del Siglo?—manifestó su hermana riendo.

—¡No es eso, hija mía!—exclamó picado el elegante—. Ya sabes que no soy muy sensible a los recreos campestres.

—Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en una atmósfera de humo de tabaco.

Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.

—Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre le han hecho daño al estómago.

—¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!—exclamó con afectada amargura el crítico.

—¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en el Círculo, con manzanilla y champagne.

Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de imponer los nuestros a los demás. “Todo el mundo tiene derecho a ser feliz a su manera”, dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para incomodarse.

—Lo que sí le ruego—concluyó diciendo—es que, ya que él no sea de la partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.

Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco, dijo sonriendo malignamente:

—Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones que coser...

—¡Cristina! ¡Cristina!—exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.

Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.

Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños, hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa, entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas, principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su mujer nos regalaba con altramuces y cacahuets o nos servía algún refresco.

Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos, me veía rodeado de mis marmitones y marmitonas, a quien despóticamente comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a olvidarme de que estaba enamorado.

Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso, inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal que las sazonaba.

Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:

—Ponga usted el dedal en aquel cestito.

No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.

Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como una melodía que se extingue pianissimo. Pues bien, como si tuviera la facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.

Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía inflexible.

De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado: fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:

—No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.

Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar, lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde. A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido. Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz alta:

—Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y echarme un poco de agua.

Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.

Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su galerita o su familiar. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.

Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado, se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos inocentes no pestañeaban.

La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo, no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.

Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo. Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.

¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo cariñosamente:

—Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde. Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.

—Gracias! ¡Gracias!—murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y moquear.

Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la cabeza y dijo sonriendo:

—¡Pobre mujer!

Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:

—¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y le proporciona muchos disgustos.

Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:

—Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?

—No, hija mía—respondió Martí ruborizándose un poco.

—No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.

—Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita se arrugue tanto—replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.

Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.

—Ya sabes—dijo al cabo con firmeza—que yo jamás me he opuesto a tus esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre... Además—añadió bajando más la voz y temblando un poco—, hoy no tenemos grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...

—¡Ya lo creo que podemos!—exclamó Martí soltando la carcajada—. Me parece que la primera no tardará muchos días en llegar.

Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima de los hombros, le dijo:

—Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas... Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes la impresión que esto me produce.

Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud; temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su emoción, salió precipitadamente de la estancia.

—¡Probrecilla!—exclamó Martí, riendo otra vez—. Tiene mucha razón. Sabas es un majadero.

—Ha jugado, ¿verdad?—pregunté yo animado por la confianza que me otorgaban.

—Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.

—Bajo su palabra... y bajo tu garantía—apunté yo.

—Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa. Tiene una madre demasiado blanda.

—Y un cuñado demasiado bueno—pensé.

Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo. Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.

Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella, me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese, de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo; luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la estancia.

—¿Dónde estará mi pañuelo?

Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo su labor en silencio.

Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin, llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil toneladas.

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