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La alegría del capitán Ribot

XVII

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RENUNCIO a expresar lo que ocurrió en aquella casa al morir Emilio. Todos le adoraban; para todos era un padre amantísimo dispuesto a sacrificar sus gustos a los de los otros. El dolor, la consternación de Cristina fueron tan grandes que temimos por su vida. Transcurridos, no obstante, algunos días, fué necesario pensar en negocios. Los de Martí se encontraban tan embrollados que aquella desgraciada familia estaba expuesta a caer en la miseria. El único llamado a tomar la dirección de ellos, por ser el pariente más cercano, era Sabas; pero este hombre profundo, para quien el corazón humano no tenía repliegue alguno, desdeñaba los pormenores prosaicos de la existencia. Semejante a un dios, vivía en perpetua alegría, alejado de los trabajos y zozobras que afligen a los humanos. Fué necesario que yo empuñase las riendas. Pedí licencia definitiva y me puse a la obra con poca inteligencia, pero con ardor y voluntad ilimitados. Esta voluntad me salvó. Al cabo de seis meses de trabajo asiduo, luchando con acreedores y abogados y escribanos, logré desenredar la madeja. Solventadas las deudas todas, aún le quedaba a Cristina una corta renta con la cual podía vivir sin lujo, pero decorosamente. Respiré tranquilo y gocé de mi triunfo como si hubiera dado fin a una empresa gigantesca.

La gratitud de Cristina constituía para mí la más dulce recompensa. De un modo grave y reservado, como hacía ella todas las cosas, me la daba a entender constantemente. Esto, unido a las inocentes caricias de mi ahijada que comenzaba a gorjear mi nombre llamándome «tío Ribot» como si la sangre nos uniese, resarcía plenamente mis fatigas. Lo único que me apenaba era el observar con qué cuidado escrupuloso reducía Cristina los gastos de su casa y la estrechez a que se sometía. Yo la encontraba exagerada: su renta la permitía algún mayor desahogo; pero no me atreví a representárselo. Por otra parte, comprendí al cabo que aquella economía no le causaba dolor alguno, antes gozaba con ella pensando quizá en acrecer por este medio la herencia de su niña. Más tarde averigüé, no sin cierta indignación, que sus ahorros servían para sostener la casa de su elegante hermano. Éste seguía aplicando el filo de su escalpelo a todos nuestros actos. Persuadido de que nunca llegaría el talento de su hermana ni mi habilidad en los negocios a proporcionarle medios de conquistar ni una mala corista de zarzuela, se decidió, al fin, a ingresar de croupier en el Círculo.

Nada de su antiguo esplendor echaba menos Cristina, como pude cerciorarme: ni las suntuosas habitaciones, ni los ricos trajes, ni el coche, ni los criados. Sólo la alquería del Cabañal excitaba en ella un recuerdo melancólico. Cuando la mentábamos solía quedarse triste y pensativa. Era bien natural. Su pasión por el campo, por la vida libre y tranquila, estaba reforzada en este caso por las dulces memorias que aquella finca guardaba en su seno. Allí se habían deslizado las horas más felices de su existencia.

Después de haber podido observarlo en diversas ocasiones nació en mí cerebro el pensamiento atrevido de comprarla. Hice rápidamente el balance de mi caudal. Como soy hombre de pocas necesidades, podía sacrificar la tercera parte y quedarme lo suficiente para vivir. En cuanto me convencí de ello empecé a ponerme nervioso. No pude sosegar hasta que me trasladé a Barcelona, donde residía el banquero a quien se había adjudicado la finca, y me puse al habla con él. El Cabañal se había subastado en diez y ocho mil duros. En seguida comprendí que su dueño se daría por satisfecho con soltarla en el mismo precio, pues las utilidades se invertían todas en los gastos que ocasionaba si se la había de conservar como hasta entonces. Al cabo de algunas conferencias y bastantes regateos otorgamos la escritura, exigiendo yo el mayor sigilo. Acto continuo, y por medio de escritura también, hice donación de la finca a mi ahijada. Con ambos documentos en el bolsillo y el corazón lleno de alegría me restituí a Valencia, donde antes de tomar posesión de la alquería fuí comprando o encargando los muebles necesarios, semejantes en un todo a los que tenía la casa. Me costó algún trabajo, pero lo cumplí con gozo inexplicable. No hay para qué decir que donde me esmeré y puse los cinco sentidos fué en el gabinete tocador de Cristina. A fuerza de prolijas investigaciones pude hallar algunos de los muebles auténticos y los compré; otros los mandé contrahacer y salieron bastante parecidos. Ya que los tuve a mi disposición me posesioné de la finca, rogando a las personas que intervinieron y al hortelano que la cuidaba que me guardasen el secreto.

Se acercaba el cumpleaños de mi ahijada. Algunos días antes hice trasladar los muebles a la alquería y me puse a ordenarlos en la misma forma que antes tenían. Conocía tan bien la disposición de aquella casa que no me fué difícil darle la misma apariencia. El gabinete de Cristina me ocupó mucho tiempo, pues aspiraba a que no faltase un pormenor. Los muebles, las cortinas, los enseres del tocador, hasta la colcha de la cama, todo fué restaurado o copiado con la posible exactitud.

El día del cumpleaños llevé por la mañana un lindo juguete a mi ahijada, prometiéndole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invité a su mamá y a doña Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable. Alquilé un coche. El cochero, prevenido por mí, después de pasearnos buen rato, nos condujo a las cercanías del Cabañal. Allí hice parar, y les dije:

—Señoras, no sé si habré cometido una tontería. Si es así, pido perdón de antemano. Conociendo la pasión que Cristina ha tenido siempre por la alquería del Cabañal, hice preparar allí la merienda. Soy amigo de Puig, su dueño, y cuando estuve en Barcelona me dió permiso para entrar en ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen este paso si les parece inconveniente.

Doña Amparo lo halló muy bien y se alegró en el alma de visitar otra vez aquella finca que tanto le placía. ¡Pero había que ver el semblante de Cristina! Jamás se me ofreció más sombrío ni contraído. Tuvo imperio, sin embargo, sobre sí misma para callar, y yo, aparentando no hacerme cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir.

El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huéspedes y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde había hecho poner la mesa. Antes de merendar les invité a dar un paseo por la alquería; pero Cristina rehusó vivamente alegando tener herido un pie. Como doña Amparo no quiso dejarla sola, me fuí con mi ahijada y la niñera y nos recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando volvimos observé que Cristina tenía los ojos enrojecidos y que su mamá se inclinaba con señales evidentes hacia el no ser.

De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comencé a partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niñera y el mozo del hotel que los había llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme adivinar su disgusto, Cristina tomó algunos, muy pocos bocados. Doña Amparo tampoco comió mucho. Pero Julianita, la niñera y yo supimos cumplir con nuestro deber. Al terminar se destapó una botella de champagne. Entonces yo, poniéndome en pie, levantando a mi ahijada con un brazo y tomando en la otra una copa, exclamé:

—¡A la salud de Julianita! ¡A la salud de mi niña!

Acerqué primero la copa a su boquita de clavel, y después bebí el resto de un trago.

—Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa. Te regalo esta alquería, de la cual has sido despojada. Para ti la he comprado hace unos días. Recíbela, hija mía, con este tierno beso que estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes días largos y felices.

Cristina se alzó de su asiento pálida y trémula.

—¡Ribot!... ¡No puede ser!—profirió con voz alterada.

—Ahí están la escritura de compra y la de donación—respondí presentándole los documentos.

—¡Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme!

—Tengo pocas necesidades y ningún pariente cercano. La ley me concede la facultad de elegir heredero... Ya está elegido—añadí poniendo la mano sobre la rizada cabecita de mí ahijada.

Quedó inmóvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo salió de la glorieta sin despegar los labios y se encaminó hacia la casa. Yo la seguí de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doña Amparo a los cuidados de la niñera y el mozo. Observé que aceleraba el paso. Cuando llegó a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante, besó la pared y entró.

Sentí sus pasos al través de las estancias, oí sus exclamaciones de alegría y llegué a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la vista por él dejó escapar un grito y cayó de bruces y sollozando sobre el lecho de madera blanca. Me acerqué y le dije:

—Este gabinete guarda todavía entre sus paredes el perfume de una vida santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y que nada decían a sus dueños, al verse otra vez juntos se sienten dichosos y le hablarán, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los recuerdos. Me considero feliz al entregárselos, y más feliz aún de haber trabajado muchos días para que llegase este momento.

Se alzó del lecho y, tendiéndome una mano, me respondió con voz temblorosa:

—¡Gracias, Ribot! ¡Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un amigo fiel. Dios le pagará el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo pagárselo.

Me sentí conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas palabras.

—Cristina—repliqué—, acepto el dictado que usted noblemente me otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con más diligencia aún sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto y contra mi voluntad podría ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento que no hallaré sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato... Perdón, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... ¿No podré esperar que algún día me dé otro nombre que el de amigo?

Quedó grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sentó en una silla próxima a la mesilla de noche, apoyó el codo en ésta y la cabeza en la mano, y así permaneció en actitud reflexiva. Yo doblé la rodilla a su lado y esperé.

—Levántese, Ribot—dijo posando en mí una mirada triste y afectuosa—. Me causa pena y vergüenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los últimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por mí su bienestar y por mi hija su fortuna. El corazón me dice que a este hombre no puedo negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero ¿no piensa usted, Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que empañaría la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos que le han traído a esta tierra, los que usted ha sentido después, sus luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegrías durante los tres años y medio que acaban de transcurrir...... Y dígame francamente si no imagina que alguna vez la conciencia nos diría al oído que no habíamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que sí; y como le conozco a usted bien, sé que bastaría para turbar la serenidad de su vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, ¿no se le ocurre que al vernos unidos podría nacer en el mundo una infame sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido?

Comprendí la verdad que encerraban aquellas palabras y sentí el corazón oprimido. Acudió el llanto a mis ojos. Me tapé la cara con las manos para ocultarlo.

—¡Cómo! ¿Llora usted, Ribot?—exclamó acercando su cabeza a la mía—. ¡No, por Dios!... No llore usted, amigo mío... Yo no tengo derecho a causarle la más insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su suerte, si usted quiere.

Hice signos negativos con la cabeza y respondí:

—Déjeme usted llorar un minuto. Esto pasará.

Corrieron mis lágrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observé que también corrían por sus mejillas. Me puse en pie y, secándome con el pañuelo, le dije sonriendo:

—¿Lo ve usted? Ya pasó. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy constantes.

Entonces me tomó las manos, las apretó con fuerza y, mirándome fijamente, exclamó:

—¡Y sin embargo, estoy persuadida de que no le haría a usted desgraciado! Después de mi marido, ningún hombre me ha inspirado una estimación y un afecto tan profundos.

—Esas nobles palabras—respondí conmovido—no sólo me dan fuerzas para vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz, Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sentí dichoso contemplando el brillo de las estrellas, ¿por qué no he de serlo ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme usted verlos todos los días, y yo le prometo vivir siempre alegre y tranquilo.

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