XV
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LA puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.
A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos, persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.
La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal, mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también, reverberando la luz de la luna.
La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel protegiendo aquella ciudad afortunada.
Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento. No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma. Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto, sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había temido.
Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento imperioso al cochero:
—¡Para!
Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:
—Buenas noches, don Julián.
Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al bolsillo, exclamó:
—¡Si es una agresión, cuidado!
—No; no es una agresión—repuse yo levantando la mano en señal de paz—. Es que quiero hablar con usted.
—Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé—dijo orgullosamente.
—Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento—repliqué.
Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la portezuela y dijo fríamente:
—Entre usted.
Me coloque frente a él. El carruaje partió.
—Deseo saber—pronuncié al cabo de un momento—si ha sido usted quien avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.
Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:
—No entiendo lo que usted me dice.
Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:
—Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver jamás.
—Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de siempre.
—Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.
—¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?—preguntó en el colmo de la sorpresa.
—Sí, señor.
—¿Y por qué ha hecho usted eso?
—Por gusto.
Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:
—Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra. Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco, me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»
La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a poco una sonrisa.
—Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad sobre la tierra que poseer lo que se desea.
—¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?
Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:
—Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.
—¿No hay bien ni mal entonces?
—En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas. Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían, abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando alegremente.
—Pero nosotros tenemos conciencia.
—La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla; pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares más bellos y más nobles de la humanidad.
—Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad—repliqué con acento irónico—. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su propia mujer y no con la de otro?
—¡De otro!... ¡de otro!—pronunció sordamente—. Una convención como todo lo demás.
Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla. Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.
—La virtuosa Draudpadi—comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos del paisaje—, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores. ¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo? El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.
—¡Que termine como quiera!—exclamé con ímpetu—. Ahora y siempre el causar voluntariamente un dolor será pecado.
—No sea usted niño, Ribot—repuso con suficiencia irritante—. No hay más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.
No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras casas de los arrabales.
—Tenga usted la bondad de hacer parar—dije—. Me quedo aquí y mañana saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis enemigos. Pare usted.
Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo fríamente:
—No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del mundo que les rodea.
El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.
—Adiós, Castell—le dije sin darle la mano—. Siga usted hacia esa región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste pero más honrada.
Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí dulcemente apretando estas hojas en la mano.