IV
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SÓLO cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila, si no feliz.
Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico; todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola, me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura ley del trabajo.
Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me confiaron interinamente el mando del Urano. Desgraciadamente mi padre no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance que acabo de relatar.
Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón, la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo. Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir. Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus inquietudes.
La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía, la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.
Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte, su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la conciencia.
Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente. Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal, más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya más.
No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.
Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la vida.
Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del café del Siglo, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.—¿Será ella quien lo toca?—me pregunté con emoción—. Gocé algunos instantes de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego, llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde había gente.
—Cristina, ahí tienes una mala persona.
Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:
—Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....
Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto despecho:
—No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en Valencia y por eso me hallo aquí.
Martí me abrazó de nuevo riendo.
—Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar. Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted aquí y que su visita nos causa un vivo placer.
Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:
—Señores, les presento al capitán del Urano. ¡No tengo más que decir!
Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.
—Mi hermano político Sabas.
Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del otro.
—Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.
Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó delante de D.ª Amparo, que hacía crochet sentada en un silloncito de raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos. Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre política.
Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público, sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella. En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para rogármelo.
Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no tropezase con la mía.
Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.
Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le interpeló:
—Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que han subido esta semana veinte céntimos?
—Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.
—¡No podía menos!—exclamó en tono triunfal—. Se lo he anunciado a Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que muy pronto daríamos quiebra.
La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.
Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a su tía y no ofender tampoco a su tío.
—¿Y qué me dices de la baja del cacao?—prosiguió con el acento heroico que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y deshecha por los galos.
Martí se contentó con alzar los hombros.
—Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte—añadió con creciente altivez—. Sólo a un hombre de criterio estrecho, completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de guayaquil me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»
—Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato—se atrevió a manifestar Martí.
—¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos podido llegar donde nos hallamos.
En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente gallego.
—Buenas noches nos dé Dios.
—¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...
Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico, sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:
—No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.
Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes, profirió con profunda convicción:
—No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...
A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.
—No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido. Aquí está un marino—añadió señalándome—que ha viajado mucho y puede certificarlo.
Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.
—Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento—siguió Retamoso en tono exageradamente adulador.—¿No lo sabe todo el mundo en Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?... ¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!
—Diga usted, Ribot—manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras, abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la admiración de que estaba poseído,—en tanto puerto como usted ha visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los hombres para los negocios?
—Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas, guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.
—¿Cómo es eso?—exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.—¿De modo que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe, por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar, sin instruirse?
—Que se instruya si quiere—repliqué yo;—pero, en mi sentir, la mujer no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...
—¡Eso! ¡eso!—interrumpió Retamoso con entusiasmo.—Esa ha sido siempre mi opinión... Isabelita—añadió dirigiéndose a su hija,—¿no te he dicho mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?
Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.
—No entiendo lo que usted quiere decir—manifestó D.ª Clara con cierta acritud.
—Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas ¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo, como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.
—Eso es más galante que exacto—interrumpió Castell con su firmeza impertinente—. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias, las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.
—Tendría usted razón—repliqué—si la única fase del progreso fuese la de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el verdadero fin del mundo.
Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja:
—Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al mundo.—Y elevando la voz añadió:—He tratado a muchos hombres en la vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le va pisando.
Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su pensamiento.
Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual instinto.
Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir los pensamientos.
Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.
—¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado Sabas?
Todos le miramos, incluso el interesado.
—Pegar botones.
—No sé por qué dices eso—murmuró aquél de mal humor echando mano a la pipa.
—¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.
Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.
—Que lo diga ella—añadió Martí.
—Sí; se le caen bastantes—dijo la regordeta dama riendo.
Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.
—Se le caen como a todo el mundo—interrumpió D.ª Amparo desde su silloncito de raso encarnado—. Los botones no son eternos, y creo que mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de que le cosan los botones.
Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de un delito.
—Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con nosotros—repuso Martí.
—Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se muera su madre no tendrá quien le defienda...
Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro que hacía pucheros para llorar.
—¡Pero mamá!—exclamó su yerno.
—¡Pero mamá!—exclamó su nuera.
Ambos se mostraban pesarosos y consternados.
—Tal vez sea pasión de madre, hijos míos—siguió D.ª Amparo pugnando por no llorar—; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...
El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.
Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba tranquilamente su pipa.
Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido infraganti de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella con acento malhumorado:
—Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.
Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano.
—¿Has dado orden para que traigan café frío y cognac?
—Sí, sí, Regina queda encargada de todo—respondió con alguna impaciencia, tirando de la mano y marchándose.
Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad:
—Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco.
—¡Ha visto usted!—exclamó riendo del modo franco y cordial que le caracterizaba—. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo; hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla.
Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido, etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara, majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió. Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en gallego:
—Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh! ¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera maravilla! ¡Phs!...
Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto.
Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.
Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera. Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete, tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata del Don Juan de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de dónde me hallaba.
Martí me sacó de él bruscamente.
—Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.
Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.
—Si usted necesita algo—me dijo Cristina—no tiene más que sonar el timbre.
Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.
—Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán, mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.
Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable, deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de felicidad.—¿En qué pararía aquello?—volvía a repetirme.—Al fin me dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.