XIV
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CRISTINA estaba sentada y tenía el rostro oculto entre las manos. Me acerqué a ella.
—Perdone usted que haya entrado aquí. No fuí dueño de contenerme.
—Ha hecho usted bien; gracias—murmuró sin cambiar de actitud.
Guardamos silencio. Alzándose bruscamente, exclamó:
—¡Vámonos! ¡vámonos!
Y salió de la glorieta y se dirigió precipitadamente hacia la casa. Yo la seguí; pero uniéndome a ella en seguida le hice presente la conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteración a Emilio. No me respondió: cambió de dirección encaminando sus pasos por una calle estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas conseguía penetrar. Marchaba delante de mí con pie ligero. Pronto la perdí de vista. Me detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tomé este último partido, por el temor que me asaltó de que tropezase nuevamente con Castell.
Apreté el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabellón que llevaba su nombre. Me acerqué y le aconsejé que se reposara un momento allí.
El salón, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofrecía en aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de mármol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trágicas o amenazadoras.
Cristina se dejó caer en un sofá y yo me senté a su lado. Permanecimos silenciosos largo rato.
—Cuando por primera vez—dije al cabo—tuve el gusto de entrar en su casa creí ver una imagen abreviada del paraíso. Alegría, cordialidad, dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. ¿Le sorprenderá a usted si le digo que entre el follaje de tantas alegrías vi también asomar la cabeza de la serpiente?
—No lo dudo—respondió ella en actitud pensativa, mirando al cielo por los cristales.
—Si no la hubiera visto, me bastaría observar ciertas señales de su rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro del alma. ¡Qué feliz me hubiera usted hecho confiándome sus inquietudes! Soy un amigo reciente, lo sé; pero el afecto que tanto usted como Emilio me inspiran no puede ser más sincero.
—Gracias, gracias, Ribot—murmuró.—No era posible.
—No era posible, en efecto... ¿Cómo había de ser cuando no tuve acierto para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza. Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdón...
Como si estas palabras despertasen en su espíritu alguna inquietud, se alzó del asiento, levantó una cortina que se había desprendido del alzapaños, cerró el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez.
—Por lo que he oído—le dije después de una pausa—, Castell tiene medio de hacerles a ustedes daño.
—Nuestra fortuna entera está en sus manos.
—¡Cómo!
—Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos bien ruinosos.
—Y él se lo fué dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus obsequios.
—Es posible... Sin embargo, Castell es más comerciante aún que enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretendía, el negocio seguiría su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueño absoluto de la empresa de vapores.
—Supongo que después de las palabras que he podido oirle hace un momento se abstendrá de apoderarse de ella.
—No lo sé.
—Quedó unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma, profirió con voz sorda:
—El día que Emilio y yo nos casamos fuí a mi cuarto después de la ceremonia para mudarme de traje. Nos marchábamos a Madrid a pasar algunos días. Cuando bajaba tropecé con ese hombre en la escalera. Me detuvo dirigiéndome algunas frases galantes y me pidió un ramito del azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por vergüenza... por temor... Desde el primer momento me fué repulsivo. Más tarde, cuando estábamos en la estación, al darme la mano para despedirnos, me dijo casi al oído: «Si algún día llega usted a cansarse, acuérdese de que tiene amigos que la admiran tanto o más que él.»
—¡Qué insolencia!
—No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco después. La amistad que les unía era tan estrecha que me acobardaba el romperla. ¡Cuántas veces me he preguntado desde entonces sí habré hecho bien o mal!
—¿Y usted no le trataba antes íntimamente?
—Sí y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo allí unos días y bailé con él en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me declaró su amor. Yo tomé aquello por lo que era: un entretenimiento de forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se marchó de Denia y de España y estuvo cerca de dos años viajando. Cuando regresó estaba para casarme con Emilio: faltaban sólo unos quince días para la boda.
—La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y dándole poder para causarle todavía algunos disgustos.
No respondió. Quedóse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en mí sus grandes ojos con interés:
—Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos más que de mis disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener.
—¡Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme desengañado a tiempo. Además, siempre he sospechado que esa niña estaba enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeñasen en lo contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco sentía un amor muy entrañable.
—Entonces, ¿por qué se casaba usted con ella?
—Porque... porque... no sé por qué... es decir, sí lo sé y usted lo sabe también; pero hay cosas que ni aun a mí mismo las quiero confesar.
Estas palabras causaron en su rostro visible turbación. Quedó repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su frente aquella temida arruga de marras.
—No, Cristina, no—me apresuré a decir con vehemencia—; le ruego que no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he caído también; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jamás la traición halló abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que no las utilizaría para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia.
El acento acalorado, la expresión sincera con que pronuncié estas palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de asombro.
Su frente se desarrugó y una dulce sonrisa se esparció por sus labios.
—Sí, ya vengo observando que es usted más original de lo que en un principio imaginé. Vale más así.
Y al decir esto me tendió graciosamente su mano, que yo estreché con tanto respeto como efusión.
En aquel instante una sombra salió por detrás de nosotros y se plantó delante diciendo:
—Buenas noches.
Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento.
—¿Tú aquí, Emilio? Creí que ya estabas acostado—dijo aquélla recobrándose instantáneamente.
—No, no me acosté. Sentía calor como vosotros y salí a dar una vuelta por el jardín. Oí ruido de conversación y entré.
A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos en su actitud y su acento algo extraño que nos causó fuerte inquietud.
—La noche está muy hermosa—siguió, comenzando a pasear por la habitación con las manos en los bolsillos—. El mes de septiembre no le ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco de fresco. No tengo ningún deseo de irme a la cama.
Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.
Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una tristeza ansiosa.
Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano sobre el hombro:
—Vámonos ya a casa.
—Como tú quieras—respondió él secamente.
Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba. Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y enérgica explicación y descubrir lo que pasaba.
Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la marquesina de cristales que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo.
—Vaya—les dije con afectada indiferencia—, ustedes a la cama y yo a la ciudad.
—¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?—preguntó tímidamente Cristina.
—No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas noches.
Fuí a dar la mano a Emilio.
—No—me dijo con inusitada gravedad—; voy a acompañarte hasta la puerta de la finca. También me apetece dar un paseo.
Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida, con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para indicarle que podía fiar en mí.
Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos, prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto, al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió:
—Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se afianza con la gratitud.
—Tienes razón—respondí—. Hasta ahora he procurado cumplir con esa obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu honor. Entiende sin embargo, que Cristina...
—No hablemos de Cristina—interrumpió clavando sus ojos en los míos con firmeza—. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras.
—Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa.
No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz temblorosa:
—Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he disfrutado.
—Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo—respondí—. Mañana a primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos. Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún día necesitases de mí, para todo me ofrezco.
—Gracias, gracias, Ribot—murmuró conmovido.
Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la mano, y sin extenderle la mía salí al camino.
—Adiós, Martí—le dije volviendo la cara—. ¡Dios te haga tan feliz como lo has sido hasta ahora!
—Adiós, Ribot. Muchas gracias.