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La alegría del capitán Ribot

VI

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IGNORO qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un verdadero absurdo.

Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el afectuoso y cordial de su marido.

Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que atenerme y, porque lo sabía, me entristecí.

Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa, glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba en igual moneda.

Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces.

Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de advertir ni la más leve, y esto me bastaba.

A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos. Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente.

El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo. Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo, cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión, que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco.

Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad, cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu, hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro, por todos sus ademanes y movimientos.

Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí, que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió. Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por su alma bien lo adiviné.

Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa. Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa, a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos despacio hacia allá.

Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel delicioso campo tapizado de flores donde las blancas barracas parecen palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres, grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre, encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco sombrero de paja.

Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando.

—Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces, destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a mis órdenes ese personal.

—Me parece bien la idea—respondí distraído en la contemplación de la hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.

—¡Ya lo creo que lo es!—exclamó Martí con énfasis.—Pero estas ideas, amigo Ribot—añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los hombros,—sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido práctico y la vocación de los negocios.

—Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.

—Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle absolutamente en nada.

No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi estas otras observaciones.

—Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal; cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que tenga como yo una voluntad de hierro.

Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos, penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.

Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.

—¿Qué es esto?—pregunté sorprendido.

Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso:

—Nada... una fábrica de piedra artificial.

—Pero, al parecer, no funciona.

—No.

—¿A quién pertenece?

—Es mía.

—¡Ah!

Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba. Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó:

—¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso una piedra y reconócela.

La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola; faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc.

El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica. Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una pizca más de atención.

Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa. Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano, sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados, orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada, penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles elevados de sus vapores.

Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas y jarrones.

Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta grabado un nombre que me causó leve estremecimiento.

—La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice poner su nombre sobre la puerta.

Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.

—La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le conviene—añadió riendo.

Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba. Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia, el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta.

—¿Qué es aquel barracón?—pregunté herido desagradablemente por la vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines del parque.

—Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza—respondió secamente Martí.

Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras.

—Pero, ¿no has llegado a fabricarla?

—Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua. El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me obligó a gastar bastante inútilmente.

Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que le amaba desde largo tiempo.

Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.

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