XIII
Reading edition

EL parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva: era más grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias en medio del césped, figuraban caballeros envueltos en sus capas, inmóviles y amenazadores.
El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban; los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma emoción parecía que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazón. Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancolía invencible que me oprimía, no puedo menos de ser supersticioso.
Pero si la oscuridad infundía tristeza y un vago temor, los aromas, unos suaves, otros penetrantes, que al través de las hojas silenciosas se filtraban, nos invitaban a proseguir. Desde el aliento apenas perceptible de las violetas hasta el perfume brusco, avasallador, de la magnolia, íbamos respirando, según caminábamos, mil olores deliciosos. Al llegar a cierto paraje que semejaba una plazoleta, el perfume lánguido, voluptuoso del heliotropo consiguió dominar a los demás. Matilde se detuvo haciendo un gesto de placer. Aquél era su aroma predilecto. No quiso que pasáramos de allí, y nos obligó a sentarnos en un banco rústico para darse un hartazgo, como ella decía. Mas lo grave del caso fué que aquel perfume sutil de amor oriental no tardó en traerle a la memoria la imagen poética de su esposo. Y fascinada por este recuerdo, nos entretuvo largo rato contándonos las particularidades más interesantes de su vida doméstica: a qué hora se levantaba de la cama aquel ser extraordinario, el vaso de agua con limón que poco después introducía en su precioso organismo, cuántas tostadas tomaba en el café, los pitillos que fumaba, los paseos que hacía por la casa y hasta la magnesia que se administraba los jueves para limpiar y purificar aquella obra esplenderosa de la naturaleza.
Como si ésta se asociase a su entusiasmo y quisiera dar testimonio de la admiración que tan raro y bello sujeto le inspiraba, una suave claridad se esparció repentinamente por la alquería. Volvimos los ojos hacia el mar y vimos asomar sobre sus olas inmóviles el disco de la luna. Las aguas rielaron; en el parque brillaron como puntos luminosos las hojas metálicas de las magnolias, los blancos capullos de las rosas, las cimas de las cañas y los laureles. Las tinieblas se amontonaron en los macizos de los bosquetes, formando masas espesas, impenetrables. Pronto fueron a buscarlas en sus guaridas los rayos de la luna, que se alzaba serena por la bóveda azul sembrada de oro.
Matilde, a quien todo, lo mismo en el cielo que en la tierra, le hacía recordar a Sabas, pensó que era necesario prepararle la cama y nos invitó a retirarnos. Isabelita no quiso hacerlo tan pronto. La noche estaba deliciosa; se quedó sola conmigo. No me atreví a representarle la inconveniencia de esto para no turbar su inocencia angelical. Seguimos algunos instantes hablando de cosas indiferentes, sentados en el mismo banco.
Sin embargo, no tardó en encauzar la conversación hacia nuestro proyectado matrimonio. Me habló de su equipo. Le preocupaba enormemente si había de hacerse seis docenas de camisas y cuatro de enaguas, o tres de éstas y ocho de las otras. Yo no pude acudir en su auxilio. Estaba distraído y caviloso y, sin darme cuenta de ello, respondía de mala gana y con poco acierto a sus consultas. Pero mi atención consiguió fijarse cuando la niña comenzó a hablarme de nuestra casa, de los gastos que ocasionaría y de los medios con que contábamos para subvenir a ellos. Me sorprendió la suficiencia y el aplomo con que trataba los asuntos económicos. Estaba enterada no sólo de lo concerniente al comercio de su padre, sino también de los cambios, descuento de letras, cotización de valores, etc. Por largo rato la oí con pasmo discurrir acerca de las probabilidades de alza de ciertos valores públicos que su padre había comprado recientemente, de la amortización de otros que ya poseía, de la baja repentina de las acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos, de los bonos del Tesoro y de otras mil cosas que yo apenas sospechaba. Aquella erudición financiera no me causó agradable impresión. Comprendía la necesidad de que la mujer fuese hacendosa y poseyese aptitudes para regir una casa; pero tanto conocimiento mercantil chocaba con mi temperamento nada práctico y más aún con la idea que me había formado de aquella criatura. Parecía caso maravilloso que palabras tan viejas saliesen de labios tan juveniles.
No paró aquí al cosa. De una en otra, y con extraña habilidad, llegó la niña a averiguar exactamente mi capital. No tenía por qué ocultarlo. A la primer insinuación se lo manifesté con entera claridad: una casa, pocas tierras y algunas acciones en la Compañía a cuyo servicio había estado; sesenta mil duros en junto, mal contados. Isabelita quedó pensativa un instante.
—No es mucho—dijo al cabo con cierta inflexión antipática de voz, que yo no le conocía.
Y después de una pausa añadió con sonrisa forzada:
—Mi padre te creía mucho más rico.
—Pues ya ves cómo se ha equivocado—respondí con sonrisa más forzada aún—. Casi siempre nos equivocamos respecto a los demás, unas veces creyéndolos más ricos... otras creyéndolos más nobles.
Todo estaba dicho ya. Sentí una repugnancia enorme, invencible, casi pudiera llamarla asco. En un instante quedó formada mi resolución. Por todos los tesoros de la tierra no me casaría con aquel mercachifle de perfil angelical.
Y, caso raro: después de tomada esta resolución no sólo me sentí tranquilo, sino hasta feliz. Parecía que me habían quitado un gran peso de encima. Con sorpresa de Isabel, que se había quedado pensativa por el tono de mis palabras, comencé a mostrarme alegrísimo y chancero como nunca.
Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la conversación como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercándonos a casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallábamos pudimos verlos bien, pues la luz de la luna los bañó enteramente. Observé en seguida que su conversación no era indiferente. Él venía risueño, insinuante, inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al oído. Cristina, pálida, la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por delante de nosotros sin vernos. A él no le oímos porque hablaba muy bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros oídos.
—Todo es preferible ya...
Esta frase, pronunciada con rara energía, nos impresionó vivamente. Isabelita me sujetó con mano crispada la muñeca y se levantó para seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la mía no lo estaba menos. Pero como yo sabía a qué atenerme y me parecía indecoroso entregarle aquel secreto, traté de impedirlo. Fué inútil. La niña se desprendió con viveza y los siguió. Hice lo mismo, con el fin de llamarles de algún modo la atención. Pero cuando acordé en mí ya no vi a Isabelita. Avancé en la oscuridad, que allí se espesaba, guiado solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprendí que Castell y Cristina se habían detenido. Seguí avanzando y noté que estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas de laurel plantadas a pequeña distancia y que en lo alto se entrelazaban. Me acerqué con paso cauteloso. En la parte exterior estaba Isabelita con el oído pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la mano en la boca y me apretó con la otra el brazo de tal manera que me produjo dolor. Quedé estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no podía imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergüenza, callé y me mantuve quieto.
—Quizá usted califique—decía Castell—mi paciencia de algunos años, mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de simple capricho. Quizá suponga que está en ello interesado mi amor propio más que una pasión profunda, irresistible... ¿No podré suponer con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad más que de la virtud?
—Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de mí...
—Ya lo conoce usted—interrumpió Castell—. No puede ser más lisonjero. No he hallado jamás mujer cuya belleza y cuyo carácter me parezcan más interesantes y dignos de admirarse.
Oí un ligero bufido de desprecio y tras de él estas palabras:
—Preferiría que usted me admirase menos y me dejase vivir más tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He consentido en salir con usted y hallarme aquí a estas horas de un modo inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es más cara que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con honor y tranquilidad.
Nadie podrá imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por mí en aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que había llenado de fango la imagen de mi ídolo, huían como negros fantasmas. Volvía a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendió a mi corazón. Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emoción.
—Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algún ser cuya felicidad me interese más que la suya y no lo hallará.
—Es bien poco decir—replicó Cristina con acento sarcástico.
—Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo, ¿verdad? Está usted en un error. Antes de haber quedado preso en las redes de una pasión desgraciada vivía en perpetua curiosidad. Las ciudades, las montañas, el océano y los arroyos, la sociedad, las artes, los amores fáciles, todo me arrastraba y me seducía. Hoy estos objetos son a mis ojos imágenes del hastío. El odio estéril, el desdén que irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompañan a todas partes, me envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han secado menos una... Pero cuando ésta resuena mi ser se estremece, mis facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el día penetra en mi espíritu...
—Diga usted la noche... ¡La noche, que necesita una conciencia oscura!
—La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor ¿Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le diría francamente que mentía. Ningún ratón se ha parado delante del queso; ningún hombre delante de una mujer, por miedo a la conciencia.
—Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecución, y concluirá... ¡vaya si concluirá!
—¿Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza más con ser terca que virtuosa.
—¿Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo.
—Si no existiese en mí más que orgullo, ¿cuánto tiempo hace que hubiera castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazón con un gesto, envenenar el alma y llenarla de cólera rabiosa con una mirada. ¡Qué arte tan perfecto! ¡Qué habilidad exquisita para freir en parrilla a cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y adorable!... Estoy persuadido de que usted no está hecha para amar, sino para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado que no se atreve a levantar los ojos en su presencia.
—Prefiero las injurias... Está bien. Si usted hubiera hecho siempre lo mismo me habría evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuación de ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo y dar cuenta de lo que pasa a mi marido.
—¿Está así decretado?—pronunció él con entonación burlona..
—Sí; está así decretado—respondió ella con acento colérico.
Hubo una pausa.
—¿Y no tiene usted miedo—profirió él al cabo con lentitud—que acordándome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho padecer, y desesperado de poder lograr jamás de usted un poco de compasión siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina más espantosa?
—No; no tengo miedo—replicó ella con fiero orgullo.
—Hace usted bien: yo no me vengaré aunque...
—Puede usted hacerlo cuando guste—interrumpió ella impetuosamente—. Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo sé; pero ama mucho más a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no sólo daría con gusto su fortuna, sino también su vida. Puede usted dejarnos arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar los dos. Pero cuando él se halle en una oficina desempeñando el humilde oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercará para llamarle marido complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia podrá asomarse a los balcones y decir: «Esa pobre mujer que veis ahí con una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda»; pero no dirá, yo lo juro: «Esa que ahí va es una prostituta».
—¡Oh! ¡Eso es muy fuerte!—exclamó Castell.
—¡Sí, prostituta!—profirió ella recobrando la firmeza—. Porque es igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica.
—Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversación un giro demasiado romántico... La cesta al brazo... ¡Pero si eso es un folletín! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aquí no hay más que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma; que por obtener su amor sería capaz de todos los sacrificios, incluso el de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por entregas de los que excitan la cólera de las modistas.
—Concluyamos; yo no puedo estar más aquí—dijo ella.—Al mismo tiempo pude observar que se ponía en pie.
—Sí, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejaré de pretenderla, no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen. Alejado de usted esperaré con paciencia la ocasión, y cuando llegue, de nuevo me encontrará usted en su camino ofreciéndole este pobre corazón que usted ha ultrajado tanto.
—Está bien. Adiós.
Castell también se había puesto en pie. Más por las palabras de Cristina que porque realmente lo viese, comprendí que trataba de sujetarla.
—¡Suélteme usted!
—Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece. Déjeme usted besar esos ojos incomparables.
—¡Suélteme usted!—repitió ella con energía y forcejeando.
—He renunciado a todo—dijo él con enérgico tono también, aunque reprimiendo la voz—; pero le juro a usted que no renuncio a este beso aunque me costase la vida.
—¡Suélteme usted, o grito!
—Grite usted cuanto quiera. Si usted está decidida a provocar un escándalo y dar quizá la muerte a su marido por este beso, yo también lo estoy.
En aquel momento penetré en la glorieta y le puse la mano sobre el hombro.
—¡Qué es eso!... ¿Quién va?—exclamó dando un salto que le apartó largo trecho de Cristina.
—No hay que asustarse; soy yo.
—¿Y quién es usted?—replicó sacando un revólver y apuntándome.
—Guarde usted esa arma para los ladrones o téngala prevenida para cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la honra y la dicha. Aquí no hay ladrones ni traidores.
—Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un látigo sería más adecuado que un revólver—profirió con acento sarcástico.
—Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasión más oportuna. Nadie se dedica aquí a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las trae a los oídos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado la tristeza de penetrar en los rincones más sucios y lóbregos de la conciencia humana.
—¡Miente usted!—exclamó avanzando hacia mí frenético.—Usted nos estaba espiando. ¡Qué habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted que barrer tanta inmundicia de sí mismo! Nos estaba usted espiando, lo repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. ¿Con qué derecho sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta familia, no siendo otra cosa que un advenedizo?
—Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro—repliqué con calma—. Por lo demás, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los de las corrientes del Océano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo.
Entonces él, tomando quizá mi calma por cobardía, o por ventura ganoso de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarró con furia de la solapa y, sacudiéndome y metiendo su rostro amenazador por el mío, me gritó:
—Sí, señor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a tolerarlo. ¿Lo oye usted? Sí, señor, le he ofendido a usted, ¿y qué? ¿No está usted aún satisfecho con esta ofensa? Pues ahí va otra...
En el aire cogí su brazo. Le sujeté el otro también y, bien agarrotado, pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas sacudidas y le encajé las espaldas entre el follaje de la glorieta.
Una voz sonó en mis oídos.
—¡Déjelo usted, Enrique, déjelo usted! No exponga su vida por un cualquiera.
Quedé estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solté la presa y, volviendo la cabeza, contemplé delante de mí la figura virginal de Isabelita. Sí, ella era. Sí, ella había proferido aquellas palabras.
—Muchas gracias—le dije sonriendo.
Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigió una mirada. Con el semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tomó por una mano y le sacó de la glorieta.