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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5)

LIBRO UNDÉCIMO.

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Amenazas de Napoleón acerca de la guerra de España.

Nuevos desastres amagaban a España al comenzar el año de 1810. Napoleón, de vuelta de la guerra de Austria, que para él tuvo tan feliz remate, anunció al senado francés «que se presentaría a la otra parte de los Pirineos, y que el leopardo aterrado huiría hacia el mar, procurando evitar su afrenta y su aniquilamiento.» No se cumplió este pronóstico contra los ingleses, ni tampoco se verificó el indicado viaje, persuadido quizá Napoleón de que la guerra peninsular, como guerra de nación, no se terminaría con una ni dos batallas: único caso en que hubiera podido empeñar con esperanza de gloria su militar nombradía.

Su divorcio con Josefina.

Ocupábanle también por entonces asuntos domésticos que quería acomodar a la razón de estado, y la afición que tenía a su esposa, la emperatriz Josefina, y las buenas prendas que a esta adornaban cedieron al deseo de tener heredero directo, y al concepto tal vez de que enlazándose con alguna de las antiguas estirpes de Europa, afianzaría la de los Napoleones, a cuyo trono faltaba la sólida base del tiempo. Resolvió, pues, separarse de aquella su primera esposa, y a mediados de diciembre de 1809 publicó solemnemente su divorcio, dejando a Josefina el título y los honores de emperatriz coronada.

Su casamiento con la archiduquesa de Austria.

Pensó después en escoger otra consorte, inclinándose al principio a la familia de los zares, mas al fin trató con la corte de Austria y se casó en marzo siguiente con la archiduquesa María Luisa, hija del emperador José II: unión que si bien por de pronto pudo lisonjear a Napoleón, sirviole de poco a la hora del infortunio.

Refuerzos que envía a España.

Antes y en el tiempo en que mostró al senado su propósito de cruzar los Pirineos, dio cuenta el ministro de la guerra de Francia del estado de fuerza que había en España, manifestando que para continuar las operaciones militares bastaba completar los cuerpos allí existentes con 30.000 hombres reunidos en Bayona. Pasaron en efecto estos la frontera, y con ellos y otros refuerzos que posteriormente llegaron, ascendió dentro de la península el número de franceses, en el año de 1810 en que vamos, a unos 300.000 hombres de todas armas.

Resolución de invadir las Andalucías.

Llamaba singularmente la atención del gabinete de las Tullerías el destruir el ejército inglés, situado ya en Portugal a la derecha del Tajo. Pero el gobierno de José prefería a todo invadir las Andalucías, esperando así disolver la junta central, principal foco de la insurrección española. Por tanto puso su mayor ahínco en llevar a cabo esta su predilecta empresa.

Destináronse para ella los tres cuerpos de ejército 1.º, 4.º y 5.º, con la reserva y algunos cuerpos españoles de nueva formación, en que tenían los enemigos poca fe, constando el total de la fuerza de unos 55.000 hombres. Mandábalos José en persona, teniendo por su mayor general al mariscal Soult, que era el verdadero caudillo.

Sus preparativos.

Sentaron los franceses sus reales el 19 de enero en Santa Cruz de Mudela. A su derecha y en Almadén del Azogue se colocó antes el mariscal Victor con el primer cuerpo, debiendo penetrar en Andalucía por el camino llamado de la Plata. A la izquierda apostose en Villanueva de los Infantes el general Sebastiani, que regía el 4.º y que se preparaba a tomar la ruta de Montizón. Debía atravesar la sierra, partiendo del cuartel general de Santa Cruz, y dirigiendo su marcha por el centro de la línea, cuya extensión era de unas 20 leguas, el 5.º cuerpo del mando del mariscal Mortier, al que acompañaba la reserva guiada por el general Dessolles.

Los franceses así distribuidos y tomadas también otras precauciones, se movieron hacia las Andalucías. No habían de aquel suelo pisado anteriormente sino hasta Córdoba, y la memoria de la suerte de Dupont traíalos todavía desasosegados. Sepáranse aquellas provincias de las demás de España por los montes Marianos, o sea la Sierra Morena, cuyos ramales se prolongan al levante y ocaso, y se internan por el mediodía, cortando en varios valles con otros montes, que se desgajan de Ronda y Sierra Nevada, las mismas Andalucías en donde ya los moros formaron los cuatro reinos en que ahora se dividen: tierra toda ella, por decirlo así, de promisión, y en la que por la suavidad de su temple (* Ap. n. 11-1.) y la fecundidad de sus campos, pusieron los antiguos, según la narración de Estrabón [*] con referencia a Homero, la morada de los bienaventurados, los Campos Elisios.

Los de los españoles.

Pocos tropiezos tenían los enemigos que encontrar en su marcha. No eran extraordinarios los que ofrecía la naturaleza, y fueron tan escasos los trabajos ejecutados por los hombres, que se limitaban a varias cortaduras y minas en los pasos más peligrosos y al establecimiento de algunas baterías. Se pensó al principio en fortificar toda la línea adoptando un sistema completo de defensa, dividido en provisional y permanente, el primero con objeto de embarazar al enemigo a su tránsito por la sierra, y el segundo con el de detenerle del todo, levantando detrás de las montañas y del lado de Andalucía unas cuantas plazas fuertes que sirviesen de apoyo a las operaciones de la guerra, y a la insurrección general del país. Una comisión de ingenieros visitó la cordillera y aun dio su informe, pero como tantas otras cosas de la junta central, quedose esta en proyecto. También se trató de abandonar la sierra y de formar en Jaén un campo atrincherado, de lo que igualmente se desistió, temerosos todos de la opinión del vulgo que miraba como antemural invencible el de los montes Marianos.

Dio ocasión a tal pensamiento el considerar las escasas fuerzas que había para cubrir convenientemente toda la línea. Después de la dispersión de Ocaña, solo se habían podido juntar unos 25.000 hombres, que estaban repartidos en los puntos más principales de la sierra. Una división, al mando de Don Tomás de Zeráin, ocupaba a Almadén, de donde ya el 15 se replegó acometida por el mariscal Victor. Otra, a las órdenes de Don Francisco Copons, permaneció hasta el 20 en Mestanza y San Lorenzo. Colocáronse tres con la vanguardia en el centro de la línea. De ellas, la 3.ª, del cargo de Don Pedro Agustín Girón, en el puerto del Rey, y la vanguardia, junto con la 1.ª y 4.ª, gobernadas respectivamente por los generales Don José Zayas, Lacy y González Castejón, en la venta de Cárdenas, Despeñaperros, Collado de los Jardines y Santa Elena. Situose a una legua de Montizón, en Venta Nueva ,la 2.ª, a las órdenes de Don Gaspar Vigodet, a la que se agregaron los restos de la 6.ª que antes mandaba Don Peregrino Jácome.

El 20 de enero se pusieron los franceses en movimiento por toda la línea. Su reserva y su 5.º cuerpo dirigiéronse a atacar el puerto del Rey, y el de Despeñaperros, ambos de difícil paso a ser bien defendidos. Por el último va la nueva calzada, ancha y bien construida, abierta en los mismos escarpados de la montaña de Valdazores, y a grande altura del río Almudiel, que, bañándola por su izquierda, corre engargantado entre cerrados montes que forman una honda y estrechísima quebrada. La angostura del terreno comienza a unos 300 pasos de la venta de Cárdenas, yendo de la Mancha a Andalucía, y termina no lejos de las Correderas, casería distante una legua de la misma venta. En este trecho habían los españoles excavado tres minas, levantando detrás, en el collado de los Jardines, una especie de campo atrincherado. Por la derecha de Despeñaperros lleva al puerto del Rey un camino que parte de la venta de Melocotones, antes de llegar a la de Cárdenas; este era el antiguo, mal carretero y en parajes solo de herradura, juntándose después, y más allá de Santa Elena, con el nuevo. Entre ambos hay una vereda que guía al puerto del Muradal, existiendo otras estrechas que atraviesan la cordillera por aquellas partes.

Los franceses atacan y cruzan Sierra Morena.

En la mañana del indicado 20 salió del Viso el general Dessolles con la reserva de su mando y además un regimiento de caballería. Dirigiose al puerto del Rey que defendía el general Girón. La resistencia no fue prolongada: los españoles se retiraron con bastante precipitación y del todo se dispersaron en las Navas de Tolosa. Al mismo tiempo la división del general Gazan acometió el puerto del Muradal con una de sus brigadas, y con la otra se encaramó por entre este paso y Despeñaperros, viniendo a dar ambas a las Correderas, esto es, a espalda de los atrincheramientos y puestos españoles. El mariscal Mortier, al frente de la división Girard, con caballería, artillería ligera y los nuevos cuerpos creados por José, pensó en embestir por la calzada de Despeñaperros, y lo ejecutó cuando supo que a su derecha el general Gazan, habiendo arrollado a los españoles, estaba para envolver las posiciones principales de estos. Las minas que en la calzada había reventaron, mas hicieron poco estrago; los enemigos avanzaron con rapidez, y los nuestros, temiendo ser cortados, todo lo abandonaron, como también el atrincheramiento del collado de los Jardines. Perdieron los españoles 15 cañones y bastantes prisioneros, salvándose por las montañas algunos soldados, y tirando otros, con Castejón, hacia Arquillos, en donde luego veremos no tuvieron mayor ventura. Aréizaga, que todavía conservaba el mando en jefe, acompañado de algunos oficiales y cortas reliquias, precipitadamente corrió a ponerse en salvo al otro lado del Guadalquivir. Los franceses llegaron la noche del mismo 20 a La Carolina, y al día siguiente pasaron a Andújar después de haber atravesado por Bailén, cuyas glorias se empañaban algún tanto con las lástimas que ahora ocurrían. El mariscal Soult y el rey José no tardaron en adelantarse hasta la citada villa en donde pusieron su cuartel general.

Llegó también luego a Andújar el mariscal Victor, que desde Almadén no había encontrado grandes tropiezos en cruzar la sierra. La junta de Córdoba pensó ya tarde en fortificar el paso de Mano de Hierro y el camino de la Plata, y en juntar los escopeteros de las montañas. La división de Zeráin y la de Copons tuvieron que abandonar sus respectivas posiciones, y el mariscal Victor, después de hacer algunos reconocimientos hacia Santa Eufemia y Belalcázar, se dirigió sin artillería ni bagajes por Torrecampo, Villanueva de la Jara y Montoro a Andújar, en donde se unió con las fuerzas de su nación que habían desembocado del puerto del Rey y de Despeñaperros. De estas, el mariscal Soult envió la reserva de Dessolles con una brigada de caballería por Linares sobre Baeza, para que se diese la mano con el general Sebastiani, a cuyo cargo había quedado pasar la sierra por Montizón.

Dicho general, aunque no fue en su movimiento menos afortunado que sus compañeros, halló, sin embargo, mayor resistencia. Guarnecía por aquella parte Don Gaspar Vigodet las posiciones de Venta Nueva y Venta Quemada, y las sostuvo vigorosamente durante dos horas con fuerza poco aguerrida e inferior en número, hasta que el enemigo habiendo tomado la altura llamada de Matamulas, y otra que defendió con gran brío el comandante Don Antonio Brax, obligó a los nuestros a retirarse. Vigodet mandó, en su consecuencia, a todos los cuerpos que bajasen de las eminencias y se reuniesen en Montizón, de donde, replegándose con orden y en escalones, empezó luego a desbandársele un escuadrón de caballería que con su ejemplo descompuso también a los otros, y juntos atropellaron y desconcertaron la infantería, disolviéndose así toda la división. Con escasos restos entró Vigodet el 20 de enero, después de anochecido, en el pueblo de Santisteban, y al amanecer, viéndose casi solo, partió para Jaén, a cuya ciudad habían ya llegado el general en jefe Aréizaga y los de división Girón y Lacy, todos desamparados y en situación congojosa.

Sebastiani continuó su marcha, y cerca de Arquillos tropezó el 29 con el general Castejón que se replegaba de la sierra con algunas reliquias. La pelea no fue reñida; caído el ánimo de los nuestros y rota la línea española, quedaron prisioneros bastantes soldados y oficiales, entre ellos el mismo Castejón. El general Sebastiani se puso entonces por la derecha en comunicación con el general Dessolles, y destacando fuerzas por su izquierda hasta Úbeda y Baeza, ocupó hacia aquel lado la margen derecha del Guadalquivir. Lo mismo hicieron por el suyo hasta Córdoba los otros generales, con lo que se completó el paso de la sierra, habiendo los franceses maniobrado sabiamente, si bien es verdad tuvieron entonces que habérselas con tropas mal ordenadas y con un general tan desprevenido como lo era Don Juan Carlos de Aréizaga.

Entran en Jaén y en Córdoba.

Prosiguiendo su movimiento pasó el general Sebastiani el Guadalquivir y entró el 23 en Jaén, en donde cogió muchos cañones y otros aprestos que se habían reunido con el intento de formar un campo atrincherado. El mariscal Victor entró el mismo día en Córdoba, y poco después llegó allí José. Salieron diputaciones de la ciudad a recibirle y felicitarle, cantose un Te Deum y hubo fiestas públicas en celebración del triunfo. Esmerose el clero en los agasajos, y se admiró José de ser mejor tratado que en las demás partes de España. Detuviéronse los franceses en Córdoba y sus alrededores algunos días, temerosos de la resistencia que pudiera presentar Sevilla, e inciertos de las operaciones del ejército del duque de Alburquerque.

Ejército del duque de Alburquerque.

Ocupaba este general las riberas del Guadiana después que se retiró de hacia Talavera, en consecuencia de la rota de Ocaña; tenía en Don Benito su cuartel general. En enero constaba su fuerza en aquel punto de 8000 infantes y 600 caballos, y además se hallaban apostados entre Trujillo y Mérida unos 3100 hombres a las órdenes de los brigadieres Don Juan Senén de Contreras y Don Rafael Menacho; tropa esta que se destinaba, caso que avanzasen los franceses, para guarnecer la plaza de Badajoz, muy desprovista de gente.

Viene sobre Andalucía.

La junta central, luego que temió la invasión de las Andalucías, empezó a expedir órdenes al de Alburquerque las más veces contradictorias, y en general dirigidas a sostener por la izquierda la división de Don Tomás de Zeráin, avanzada en Almadén. Las disposiciones de la junta, fundándose en voces vagas, más bien que en un plan meditado de campaña, eran por lo común desacertadas. El duque de Alburquerque, sin embargo, deseando cumplir por su parte con lo que se le prevenía, trataba de adelantarse hacia Agudo y Puertollano cuando, sabedor de la retirada de Zeráin, y después de la entrada de los franceses en La Carolina, mudó por sí de parecer y se encaminó la vuelta de la Andalucía, con propósito de cubrir el asiento del gobierno. Este, al fin, y ya apretado, ordenó a aquel hiciese lo mismo que ya había puesto en obra, mas con instrucciones de que acertadamente se separó el general español, disponiendo, contra lo que se le mandaba, que las tropas de Senén de Contreras y Menacho partiesen a guarnecer la plaza de Badajoz.

Con lo demás de la fuerza, esto es, con 8000 infantes y 600 caballos, encaminándose Alburquerque el 22 de enero por Guadalcanal a Andalucía, cruzó el Guadalquivir en las barcas de Cantillana haciendo avanzar a Carmona su vanguardia y a Écija sus guerrillas, que luego se encontraron con las enemigas. La junta central había mandado que se uniesen a Alburquerque las divisiones de D. Tomás Zeráin y de D. Francisco Copons, únicas de las que defendían la sierra que quedaron por este lado. Mas no se verificó, retirándose ambas separadamente al condado de Niebla. La última, más completa, se embarcó después para Cádiz en el puerto de Lepe. Lo mismo lucieron en otros puntos las reliquias de la primera.

Siendo las tropas que regía el duque de Alburquerque las solas que podían detener a los franceses en su marcha, déjase discurrir cuán débil reparo se oponía al progreso de estos, y cuán necesario era que la junta central se alejase de Sevilla si no quería caer en manos del enemigo.

Retírase de Sevilla la junta central.

Ya conforme al decreto, en su lugar mencionado, del 13 de enero, habían empezado a salir de aquella ciudad, pasado el 20, varios vocales, enderezándose a la Isla de León, punto del llamamiento. Mas, estrechando las circunstancias, casi todos partieron en la noche del 23 y madrugada del 24, unos por el río abajo y otros por tierra. Contratiempos en el viaje de sus individuos. Los primeros viajaron sin obstáculo, no así los otros a quienes rodearon muchos riesgos, alborotados los pueblos del tránsito, que se creían, con la retirada del gobierno, abandonados y expuestos a la ira e invasión enemigas. Corrieron, sobre todo, inminente peligro el presidente, que lo era a la sazón el arzobispo de Laodicea, y el digno conde de Altamira, marqués de Astorga, salvándose en Jerez ellos y otros compañeros suyos como por milagro de los puñales de la turba amotinada.

Sospechas de insurrección en Sevilla.

Asegurose que, contando con la inquietud de los pueblos, se habían despachado de Sevilla emisarios que aumentasen aquella y la convirtiesen en un motín abierto para dirigir a mansalva tiros ocultos contra los azorados y casi prófugos centrales. Pareció la sospecha fundada al saberse la sedición que se preparaba en Sevilla, y estalló luego que de allí salieron los individuos del gobierno supremo. De los manejos que andaban tuvo ya noticia el 18 de enero Don Lorenzo Calvo de Rozas, y dio de ello cuenta a la central. Para impedir que cuajaran, mandose sacar de Sevilla a Don Francisco de Palafox y al conde del Montijo, que, aunque presos, se conceptuaban principales promotores de la trama. La apresuración con que los centrales abandonaron la ciudad, el aturdimiento natural en tales casos, y la falta de obediencia estorbaron que se cumpliese la orden.

Verifícase.

Alejado de Sevilla el gobierno, quedaron dueños del campo los conspiradores de aquella ciudad, y el 24 por la mañana amotinaron al pueblo, declarándose la junta provincial a sí misma suprema nacional, lo que dio claramente a entender que en su seno había individuos sabedores de la conjuración. Entraron en la junta además Don Francisco Saavedra, nombrado presidente, el general Eguía y el marqués de la Romana, que no se había ido con sus compañeros, y salía de Sevilla en el momento del alboroto con Mr. Frere, único representante de Inglaterra después de la ausencia del marqués de Wellesley. Agregáronse también a la junta los señores Palafox y conde del Montijo, que al efecto soltaron de la prisión; el último esquivó por un rato acceder al deseo popular, fuese para aparentar que no obraba de acuerdo con los revoltosos, fuese que, según su costumbre, le faltara el brío al tiempo del ejecutar.

Junta de Sevilla.

Creose igualmente una junta militar, que fue la que realmente mandó en los pocos días de la duración de aquel extemporáneo gobierno, y la cual se compuso de los individuos nuevamente agregados. Providencias que toma. Desde luego nombró esta al marqués de la Romana general del ejército de la izquierda, en lugar del duque del Parque, que destinaba a Cataluña, y encargó el mando del que se llamaba ejército del centro a Don Joaquín Blake. Expidiéronse además a las provincias todo linaje de órdenes y resoluciones que, o no llegaron, o felizmente fueron desobedecidas, pues de otra manera nuevos disturbios hubieran desgarrado a la nación entonces tan acongojada. Quedaron, sin embargo, con el mando, según veremos, los generales Romana y Blake, habiéndose posteriormente conformado el verdadero gobierno supremo con la resolución de la junta de Sevilla.

Procuró esta alentar a los moradores de la ciudad a la defensa de sus hogares, y excitar en sus proclamas hasta el fanatismo de los clérigos y los frailes, que por lo general se mantuvieron quietos. Duró el ruido pocos días, poniendo pronto término la llegada de los franceses. Ya se la temían el conde del Montijo y los principales instigadores de la conmoción, y alejándose aquel el 26 del lugar del peligro, con pretexto de desempeñar una comisión para el general Blake, quedaron los sediciosos sin cabeza, careciendo para defender la ciudad del ánimo que sobradamente habían mostrado para perturbarla. Cierto que Sevilla no era susceptible de ser defendida militarmente, y solo los sacrificios y el valor de Zaragoza hubieran podido contener el torrente de los enemigos, de cuya marcha volveremos a tomar ahora el hilo de la narración.

Continúan los franceses sus movimientos.

Dueños los franceses de la margen derecha del Guadalquivir, y habiéndose adelantado el general Sebastiani hasta Jaén, prosiguió este su movimiento para acabar con el ejército del centro, cuyas dispersas reliquias iban en su mayor parte la vuelta de Granada. Por decirlo así no quedaban ya en pie sino unos 1500 jinetes a las órdenes del general Freire, y un parque de artillería compuesto de 30 cañones situado en Andújar. Los oficiales que mandaban dicho parque no recibiendo orden ninguna del general en jefe, juzgaron prudente sabiendo las desventuras de la sierra, pasar el Guadalquivir y encaminarse a Guadix, lo que empezaron a poner en obra sin tener caballería ni infantería que los protegiese. El general Sebastiani al avanzar de Jaén el 26 de enero, tomó con el grueso de su fuerza la dirección de Alcalá la Real, enviando por su izquierda camino de Cambil y Llanos de Pozuelo al general Peyremont con una brigada de caballería ligera. Encuentran en Alcalá la Real la caballería española. El 27, pasado Alcalá la Real, alcanzó Sebastiani la caballería española de Freire que resistió algún tiempo; pero que después fue rota y en parte cogida y dispersa, atacada por un número superior de enemigos, y sin tener consigo infantería alguna que la ayudase. Tocole a la otra columna francesa, que tiró por la izquierda a Cambil, apoderarse de la artillería que dijimos había salido de Andújar.

Caminaba esta con dirección a Guadix a la sazón que el conde de Villariezo, capitán general de Granada, impelido por el pueblo a defenderse, ordenó a los jefes de la artillería indicada que desde Pinos Puente torciesen el camino y viniesen a la ciudad en que mandaba. Obedecieron; pero luego que estuvieron dentro, notando que todo era allí confusión, trataron de salvar sus cañones volviendo a salir de Granada. Desgraciadamente, para continuar su marcha se vieron forzados a tomar un rodeo, retrocediendo al ya mencionado Pinos Puente, pues entonces no era camino de ruedas el de los Dientes de la Vieja, más corto y directo que el otro para Diezma y Guadix. Piérdese en Iznalloz un parque de artillería. Con semejante atraso perdieron tiempo, dando en Iznalloz con los caballos ligeros del general Peyremont; en donde, como no tenían los artilleros españoles infantes ni jinetes que los protegiesen, tuvieron, bien a pesar suyo, que abandonar las piezas y salvarse en los caballos de tiro. Así iba desapareciendo del todo aquel ejército, que dos meses antes inundaba los llanos de la Mancha.

Toma Blake el mando de las reliquias del ejército del centro.

Por fin, al expirar enero, tomó en Diezma el mando de tan tristes reliquias Don Joaquín Blake, quien, yendo a Málaga de cuartel, de vuelta de Cataluña, recibió en aquel pueblo el nombramiento que le había conferido la Junta de Sevilla. Cediole el puesto sin obstáculo el mismo Don Juan Carlos de Aréizaga, y dio, en efecto, Blake prueba de patriotismo en encargarse en semejantes circunstancias de empleo tan espinoso, sin reparar en la autoridad de que procedía. No había otro cuerpo reunido sino el primer batallón de guardias españolas mandado por el brigadier Otedo; lo demás del ejército reducíase a dispersos de varios cuerpos. Blake retrocedió todavía a Huércal Overa, villa del reino de Granada en los confines de Murcia; y despachando proclamas y órdenes a todas partes, consiguió juntar en los primeros días de febrero hasta unos cinco mil hombres de todas armas; no habiéndosele incorporado otros generales de los que mandaban divisiones en la sierra, sino Vigodet y además Freire con unos cuantos caballos.

Entran los franceses en Granada.

El general Sebastiani entró en Granada el 28 de enero. Quiso el pueblo defenderse, mas disuadiéronle los hombres prudentes y los tímidos con capa de tales; también contribuyó a ello el clero, que en estas Andalucías mostrose sobradamente obsequioso a los conquistadores. Se envió una diputación a recibir a Sebastiani; y agregose a este, poco después de su entrada, el regimiento suizo de Reding. Trató el general francés con ceño y palabras airadas a las autoridades españolas, e impuso una gravosísima y extraordinaria contribución.

Avanzan sobre Sevilla.

Entre tanto, el 1.º y 5.º cuerpo avanzaron por disposición de José hacia Sevilla, tiroteándose el mismo día 28, cerca de Écija, con las guerrillas de caballería del duque de Alburquerque; noticioso este general de que los enemigos avanzaban por El Arahal y Morón, para ponerse en Utrera a su retaguardia, y cortarle así la retirada sobre la Isla gaditana, Se retira Alburquerque camino de Cádiz. abandonó a Carmona y comenzó su marcha retrógrada hacia la costa. La caballería y la artillería las envió por el camino real, dirigiendo la infantería por las Cabezas de San Juan y Lebrija para unirse todos en Jerez. Fue tan oportuno este movimiento, que al llegar a Utrera dejose ya ver desde Morón un destacamento enemigo. Tomole, pues, Alburquerque la delantera; y recogiendo en Jerez todas sus fuerzas, pudo entrar al principiar febrero en la Isla de León sin ser particularmente incomodado, y habiendo solo la caballería sostenido en su marcha algunas escaramuzas. Si en esta ocasión hubieran los franceses andado con su acostumbrada presteza, hubieran tal vez podido interponerse entre el ejército español y la Isla gaditana; y muy otra fuera entonces la suerte de aquel inexpugnable baluarte. El duque de Alburquerque contribuyó, en cuanto pudo, a salvar tan precioso rincón, y con él quizá la independencia de España. Por ello justas alabanzas le son debidas.

Ganan los franceses a Sevilla.

Los franceses, recelosos en aquellas circunstancias de comprometerse demasiadamente, midieron sus movimientos, anteponiendo a todo el apoderarse de Sevilla, posesión codiciada por sus riquezas y renombre. Presentose a vista de sus muros al finalizar enero el mariscal Victor. De la nueva Junta casi todos los individuos habían desaparecido, por lo que su formación de nada aprovechó, sino de sobresaltar a los pueblos, acrecentar la división de los ánimos, e impedir la salida de cuantiosos e importantes efectos.

Sevilla, ciudad vasta y populosa, y en la que brillan, según se explica en su lenguaje sencillo la crónica de San Fernando, «muchas y grandes noblezas..., las cuales pocas ciudades hay que las tengan», había sido por mandato de la central circunvalada de triples líneas, para cuya guarnición se requerían 50.000 hombres. Invirtiéronse por tanto inútilmente en dicha fortificación muchos caudales, pues no pudiendo defenderse aquel recinto, conforme a las reglas de la milicia, y solo sí acudiendo al patriotismo y brío del vecindario, hubiera debido la central pensar más bien que en fortalecerla regularmente, en entusiasmar los ánimos y cuidar de su disciplina y buena dirección.

Preparábanse los franceses a acometer a Sevilla, cuando el 31 les enviaron de dentro parlamentarios. Querían estos entre varias cosas, que se distinguiese aquella ciudad de las otras en la capitulación, como una de las principales cabeceras de la monarquía, y también hicieron la notable petición de que se convocasen cortes. No accedió el mariscal Victor, como era de presumir, a la última demanda; y en respuesta a las proposiciones que se le presentaron envió una declaración, según la cual, prometía amparo a los habitantes y a la guarnición, como también no escudriñar los hechos ni opiniones contrarias a José, anteriores a aquel día; otorgaba además otras concesiones y señaladamente la de no imponer contribución alguna ilegal: artículo que pronto se quebrantó, o que nunca tuvo cumplimiento.

Accediendo los sevillanos a las condiciones de Victor, entraron los franceses en la ciudad el 1.º de febrero a las 3 de la tarde. La víspera por la noche había salido la escasa guarnición hacia el condado de Niebla a las órdenes del Vizconde de Gand, cuyo camino tomaron también algunos de los más respetables individuos de la antigua Junta provincial, enemigos del desbarato y excesos de los últimos días, los cuales, establecidos en Ayamonte, se constituyeron luego en autoridad legítima de los partidos libres de la provincia.

En Sevilla cogieron los franceses municiones, fusiles, gran número de cañones de aquella magnífica fábrica, y muchos pertrechos militares. Asimismo otra porción de preciosidades y valores, particularmente tabacos y azogues, tan necesarios los últimos para el beneficio de las minas de América, botín que debió el enemigo parte a descuido e imprevisión de la junta central, parte, según apuntamos, a los alborotos y al atropellamiento que en Sevilla hubo.

Preséntase el mariscal Victor delante de Cádiz.

Sojuzgada esta ciudad, se encaminó el primer cuerpo francés, a las órdenes de su jefe el mariscal Victor, la vuelta de la Isla gaditana, cuyos alrededores pisó el 5 de febrero. La anterior llegada a aquel punto del duque de Alburquerque previno los hostiles intentos del enemigo, e impidió todo rebate. Parose, pues, Victor a la vista, quedando su cuerpo de ejército destinado a formar el bloqueo. Aprestose en Córdoba la reserva bajo el mando de Dessolles; Mortier va a Extremadura. y el 5.º, del cargo del mariscal Mortier, después de dejar una brigada en Sevilla, asomó a Extremadura Baja también allí el 2.º cuerpo. y diose más adelante la mano con el 2.º, que desde el Tajo avanzó a las órdenes del general Reynier. En seguida se encaminó Mortier a Badajoz, y habiendo inútilmente intimado la rendición a la plaza, volvió atrás y estableció en Llerena su cuartel general.

Va sobre Málaga Sebastiani.

Sebastiani, por su lado, dio a sus operaciones cumplido acabamiento. Tranquilo poseedor de Granada, quiso recorrer la costa, y sobre todo enseñorearse de la rica e importante ciudad de Málaga, con tanta mayor razón cuanto allí se encendía nueva lumbre insurreccional.

Abello alborota la ciudad.

Era atizador y caudillo un coronel de nombre Don Vicente Abello, natural de la Habana, hombre fogoso y arrebatado, mas falto de la capacidad necesaria para tamaño empeño. Siguió su pendón la plebe, tan enemiga allí como en las demás partes de la dominación extraña. Agregáronse a Abello pocos sujetos de cuenta, asustados con los desórdenes que se levantaron y previendo la imposibilidad de defenderse. Los únicos más notables que se le juntaron fueron un capuchino llamado Fr. Fernando Berrocal, y el escribano San Millán, con sus hermanos; de ellos los hubo que partieron a Vélez-Málaga para sublevar aquella ciudad y su partido. Cometiéronse tropelías, y se empezaron a exigir forzadas y exorbitantes derramas, habiendo embargado y cogido al solo Duque de Osuna unos 50.000 duros. Prendieron a los individuos de la junta del casco de la ciudad, y al anciano general Don Gregorio de la Cuesta, que vivía allí retirado, pero que al fin pudo embarcarse para Mallorca.

Éntranla los franceses.

El general Sebastiani procediendo de Granada por Loja a Antequera, adelantose el 5 de febrero a Málaga. Al atravesar la garganta llamada Boca del Asno, dispersó una turba de paisanos que en vano quisieron defender el paso, y se aproximó al recinto de la ciudad. Fuera de ella le aguardaba Abello, tan desacertado en sus operaciones militares como en las políticas y económicas. Su gente era numerosa, pero allegadiza, y la mitad sin armas. Al primer choque quedó deshecha, y amigos y enemigos entraron confundidos en la ciudad. Empezó el pillaje, mediaron las autoridades antiguas que había quitado Abello, ofreció Sebastiani suspensión de hostilidades, pero no cesaron estas hasta el día siguiente. Cayeron en poder del general francés intereses públicos y privados, incluso el dinero del duque de Osuna; e impuso además a la ciudad una contribución de doce millones de reales, de que cinco habían de ser pagados al contado.

Don Vicente Abello logró refugiarse en Cádiz, donde padeció larga prisión, de que las cortes le libertaron. El capuchino Berrocal y otros, cogidos en Málaga y en Motril, tuvieron menos ventura, pues Sebastiani los mandó ahorcar. Tratamiento sobradamente duro; porque si bien este general nos ha dicho haberse comportado así, siendo los tales frailes y fanáticos, su razón no nos pareció fundada, pues además de no estar en aquel caso todos los que padecieron la pena indicada, ¿por qué no sería lícito a los eclesiásticos tomar las armas en una guerra de vida o muerte para la patria? Castigáraseles en buen hora, si cometieron otros excesos, mas no por oponerse a la conquista del extranjero.

Junta central en la Isla del León. Su disolución.

Al propio tiempo que los franceses se esparcían por las Andalucías y se enseñoreaban de sus principales ciudades, acontecían importantes mudanzas en la Isla de León y en Cádiz. A ambos puntos, como también al Puerto de Santa María, habían llegado, antes de acabarse enero, muchos vocales de la junta central, los cuales se reunieron sin tardanza en la citada Isla de León. La tormenta que habían corrido, la voz pública, los temores de no ser obedecidos, todo en fin los compelió a hacer dejación del mando antes de congregarse las cortes, y a sustituir en su lugar otra autoridad. Decide nombrar una Regencia. Don Lorenzo Calvo de Rozas formalizó la proposición de que se nombrase una regencia de cinco individuos que ejerciese la potestad ejecutiva en toda su plenitud, quedando a su lado la central como cuerpo deliberante, hasta que se juntasen las cortes. La junta aprobó la primera parte de la proposición y desechó la última; declarando además que sus individuos resignaban el mando, sin querer otra recompensa que la honrosa distinción del ministerio que habían ejercido, y excluyéndose a sí propios de ser nombrados para el nuevo gobierno.

Reglamento que le da.

También se formó un reglamento que sirviese de pauta a la nueva autoridad, a la que se dio el nombre de Supremo consejo de regencia, y se aprobó un decreto por el que reuniendo todos los acuerdos acerca de la institución y forma de las cortes, ya convocadas para el inmediato marzo, se trataba de hacer sabedor al público de tan importantes decisiones.

En el reglamento, además de los artículos de orden interior, había uno muy notable, y según el cual la regencia «propondría necesariamente a las cortes una ley fundamental que protegiese y asegurase la libertad de la imprenta, y que entre tanto se protegería de hecho esta libertad como uno de los medios más convenientes, no solo para difundir la ilustración general, sino también para conservar la libertad civil y política de los ciudadanos.» Así la central, tan remisa y meticulosa para acordar en su tiempo concesión de tal entidad, imponía ahora en su agonía la obligación de decretarla a la autoridad que iba a ser sucesora suya en el mando. Disponíase igualmente en dicho reglamento que se crease una diputación compuesta de ocho individuos, celadora de la observancia de aquel y de los derechos nacionales. Ignoramos por qué no se cumplió semejante resolución, y atribuimos el olvido al azoramiento de la junta central, y a no ser la nueva regencia aficionada a trabas.

Su último decreto sobre cortes.

En el decreto tocante a cortes se insistía en el próximo llamamiento de estas, y se mandaba que inmediatamente se expidiesen las convocatorias a los grandes y a los prelados, adoptándose la importante innovación de que los tres brazos no se juntasen en tres cámaras o estamentos separados sino solo en dos, llamado uno popular y otro de dignidades.

Se ocurría también en el decreto al modo de suplir la representación de las provincias que, ocupadas por el enemigo, no pudiesen nombrar inmediatamente sus diputados, hasta tanto que, desembarazadas, estuviesen en el caso de elegirlos por sí directamente. Lo mismo y a causa de su lejanía se previno respecto de las regiones de América y Asia. Había igualmente en el contexto del precitado decreto otras disposiciones importantes y preparatorias para las cortes y sus trabajos. La regencia nunca publicó este documento, motivo por el que le insertamos íntegro en el apéndice.[*] (* Ap. n. 11-2.) Echose la culpa de tal omisión al traspapelamiento que de él había hecho un sujeto respetabilísimo a quien se conceptuaba opuesto a la reunión de las cortes en dos cámaras. Pero habiendo este justificado plenamente la entrega, así de dicho documento como de todos los papeles pertenecientes a la central, en manos de los comisionados nombrados para ello por la regencia, apareció claro que la ocultación provenía no de quien desaprobaba las cámaras o estamentos, sino de los que aborrecían toda especie de representación nacional.

Regentes que nombra.

La junta central, después de haber sancionado en 29 de enero todas las indicadas resoluciones, pasó inmediatamente a nombrar los individuos de la regencia. Cuatro de ellos debían ser españoles europeos, y uno de las provincias ultramarinas. Recayó pues la elección en Don Pedro de Quevedo y Quintano, obispo de Orense; en Don Francisco de Saavedra, consejero de estado; en el general de tierra Don Francisco Javier Castaños, en el de marina Don Antonio Escaño, y en Don Esteban Fernández de León. El último, por no haber nacido en América, aunque de familia ilustre arraigada en Caracas, y por la oposición que mostró la junta de Cádiz, fue removido casi al mismo tiempo que nombrado, entrando en su lugar Don Miguel de Lardizábal y Uribe, natural de Nueva España. El 2 de febrero era el señalado para la instalación de la regencia; pero, inquieto el público y disgustado con la tardanza, tuvo la central que acelerar aquel acto, y poniendo en posesión a los regentes en la noche del 31 de enero, (* Ap. n. 11-3.) disolviose inmediatamente, dando en una proclama [*] cuenta de todo lo sucedido.

Eligen una junta en Cádiz.

Al lado de la nueva autoridad, y presumiendo de igual o superior, habíase levantado otra que, aunque en realidad subalterna, merece atención por el influjo que ejerció, particularmente en el ramo de hacienda. Queremos hablar de una junta elegida en Cádiz. Emisarios despachados de Sevilla por los instigadores de los alborotos, y el justo temor de ver aquella plaza entregada sin defensa al enemigo, fueron el principal móvil de su nombramiento. Diole también inmediato impulso un edicto que en virtud de pliegos recibidos de Sevilla publicó el gobernador Don Francisco Venegas, considerando disuelta la junta central y ofreciendo resignar su mando en manos del ayuntamiento, si este quisiese confiarle a otro militar más idóneo. Conducta que algunos tacharon de reprensible y liviana, mas disculpable en tan arduos tiempos.

El ayuntamiento conservó al general Venegas en su empleo, y atento a una petición de gran número de vecinos que elevó a su conocimiento el síndico personero Don Tomás Istúriz, abolió la Junta de defensa que había y trató de que se pusiese otra nueva más autorizada. El establecimiento de esta fue popular. Cada vecino cabeza de casa presentó a sus respectivos comisarios de barrio una propuesta cerrada de tres individuos: del conjunto de todas ellas formose una lista en la que el ayuntamiento escogió 54 vocales electores, quienes a su vez sacaron de entre estos 18 sujetos, número de que se había de componer la junta relevándose a la suerte cada cuatro meses la tercera parte. Se instaló la nueva corporación el 29 de enero con aplauso de los gaditanos, habiendo recaído el nombramiento en personas por lo general muy recomendables.

He aquí, pues, dos grandes autoridades, la regencia y la junta de Cádiz, impensadamente creadas, y otra la junta central abatida y disuelta. Antes de pasar adelante, echaremos sobre las tres una rápida ojeada.

Ojeada rápida sobre la central y su administración.

De la central habrá el lector podido formar cabal juicio, ya por lo que de ella dijimos al tiempo de instalarse, y ya también por lo que obró durante su gobernación. Inclinose a veces a la mejora en todos los ramos de la administración; pero los obstáculos que ofrecían los interesados en los abusos, y el titubeo y vaivenes de su propia política, nacidos de la varia y mal entendida composición de aquel cuerpo, estorbaron las más veces el que se realizasen sus intentos. En la hacienda casi nada innovó, ni en el género de contribuciones, ni en el de su recaudación, ni tampoco en la cuenta y razón. Trató, a lo último, de exigir una contribución extraordinaria directa que en pocas partes se planteó ni aun momentáneamente. Ofreció, sí, por medio de un decreto, una variación completa en el ramo, aproximándose al sistema erróneo de un único y solo impuesto directo. Acerca del crédito público tampoco tomó medida alguna fundamental. Es cierto que no gravó la nación con empréstitos pecuniarios, reembolsándose en general las anticipaciones del comercio de Cádiz o de particulares con los caudales que venían de América u otras entradas; mas no por eso se dejó de aumentar la deuda, según especificaremos en el curso de esta historia, con los suministros que los pueblos daban a las partidas y a la tropa. Medio ruinoso, pero inevitable en una guerra de invasión y de aquella naturaleza.

En la milicia, las reformas de la central fueron ningunas o muy contadas. Siguió el ejército constituido como lo estaba al tiempo de la insurrección, y con las cortas mudanzas que hicieron algunas juntas provinciales, debiéndose a ellas el haber quitado en los alistamientos las excepciones y privilegios de ciertas clases, y el haber dado a todos mayor facilidad para los ascensos.

Continuaron los tribunales sin otra alteración que la de haber reunido en uno todos los consejos, o sean tribunales supremos. Ni el modo de enjuiciar, ni todo el conjunto de la legislación civil y criminal padecieron variación importante y duradera. En la última hubo, sin embargo, la creación temporal del tribunal de seguridad pública para los delitos políticos; creación, conforme en su lugar notamos, más bien reprensible por las reglas en que estribaba, que por funesta en sus efectos.

En sus relaciones con los extranjeros mantúvose la junta en los límites de un gobierno nacional e independiente; y si alguna vez mereció censura, antes fue por haber querido sostener sobradamente y con lenguaje acerbo su dignidad que por su blandura y condescendencias. Quejáronse de ello algunos gobiernos. Pocos meses antes de disolverse declaró la guerra a Dinamarca, motivada por guardar aquel gobierno, como prisioneros, a los españoles que no habían podido embarcarse con Romana; guerra en el nombre, nula en la realidad.

Sobresalió la central en el modo noble y firme con que respondió e hizo rostro a las propuestas e insinuaciones de los invasores, sustentando los intereses e independencia de la patria, sin desesperanzar nunca de la causa que defendía. Por ello la celebrará justamente la posteridad imparcial.

Lo que la perjudicó en gran manera fueron sus desgracias, mayormente verificándose su desistimiento a la sazón que aquellas de todos lados acrecían. Y los pueblos rara vez perdonan a los gobiernos desdichados. Si hubiera la junta concluido su magistratura en agosto después de la jornada de Talavera, e instalado al mismo tiempo las cortes, sus enemigos hubieran enmudecido, o por lo menos faltáranles muchos de los pretextos que alegaron para vituperar sus procedimientos y oscurecer su memoria. Acabó, pues, cuando todo se había conjurado contra la causa de la nación, y a la central echósele exclusivamente la culpa de tamaños males.

Padecimientos y persecución de sus individuos.

Irritados los ánimos, aprovecháronse de la coyuntura los adversarios de la junta, y no solo desacreditaron a esta aun más de lo que por algunos de sus actos merecía, sino que, obligándola a disolverse con anticipación y atropelladamente, expusieron la nave del estado a que pereciese en desastrado naufragio, deleitándose, además, en perseguir a los individuos de aquel gobierno, desautorizados ya y desvalidos.

Padecieron más que los otros el conde de Tilly y Don Lorenzo Calvo de Rozas. Mandó prender al primero el general Castaños, y aun obtuvo la aprobación de la central, si bien cuando ya esta se hallaba en la Isla y a punto de fenecer. Achacábase al conde haber concebido en Sevilla el plan de trasladarse a América con una división si los franceses invadían las Andalucías, y se susurró que estaba con él de acuerdo el duque de Alburquerque. Dieron indicio de los tratos mal encubiertos que andaban entre ambos su mutua y epistolar correspondencia y ciertos viajes del duque o de emisarios suyos a Sevilla. De la causa que se formó a Tilly parece que resultaban fundadas sospechas. Este, enfermo y oprimido, murió algunos meses después en su prisión del castillo de Santa Catalina de Cádiz. Como quiera que fuera hombre muy desopinado, reprobaron muchos el mal trato que se le dio, y atribuyéronlo a enemistad del general Castaños. La prisión de Don Lorenzo Calvo de Rozas, exclusivamente decretada por la regencia, tachose con razón de más infundada e injusta, pues con pretexto de que Calvo diese cuentas de ciertas sumas, empezaron por vilipendiarle, encarcelándole como a hombre manchado de los mayores crímenes. Hasta la reunión de las cortes no consiguió que se le soltara.

Escandalizáronse igualmente los imparciales, y advertidos de la orden que se comunicó a todos los centrales, según la cual permitiéndoles «trasladarse a sus provincias, excepto a América, se les dejaba a la disposición del gobierno bajo la vigilancia y cargo especial de los capitanes generales, cuidando que no se reuniesen muchos en una provincia.» No contentos con esto los perseguidores de la junta, lanzaron en la liza a un hombre ruin y oscuro, a fin de que apoyase con su delación la calumnia esparcida de que los ex centrales se iban cargados de oro. Con tan débil fundamento mandáronse, pues, registrar los equipajes de los que estaban para partir a bordo de la fragata Cornelia, y respetables y purísimos ciudadanos viéronse expuestos a tamaño ultraje en presencia de la chusma marinera. Resplandeció su inocencia a la vista de los asistentes y hasta de los mismos delatores, no encontrándose en sus cofres sino escaso peculio y en todo corta y pobre fortuna.

Ayudó a medida tan arbitraria e injusta el celo mal entendido de la junta de Cádiz, arrastrada por encarnizados enemigos de la central y por los clamores de la bozal muchedumbre. La regencia accedió a lo que de ella se pedía, mas procuró antes escudarse con el dictamen del consejo. Este en la consulta que al afecto extendió, repetía su antigua y culpable cantilena de que la autoridad ejercida por los centrales «había sido una violenta y forzada usurpación tolerada más bien que consentida por la nación... con poderes de quienes no tenían derecho para dárselos.» Después de estas y otras expresiones parecidas, el consejo mostrando perplejidad acababa sin embargo por decir que de igual modo que la regencia había encontrado méritos para la detención y formación de causa respecto de Don Lorenzo Calvo de Rozas y del conde de Tilly, se hiciese otro tanto con cuantos vocales resultasen «por el mismo estilo descubiertos», y que así a unos como a otros «se les sustanciasen brevísimamente sus causas y se les tratase con el mayor rigor.» Modo indeterminado y bárbaro de proceder, pues ni se sabía qué significado daba el consejo a la palabra descubiertos, ni qué entendía tampoco por tratar a los centrales con el mayor rigor, admirando que magistrados depositarios de las leyes aconsejasen al gobierno, no que se atuviera a ellas, sino que resolviese a su sabor y arbitrariamente. Dolencia grande la nuestra obrar por pasión o aficiones, mas bien que conforme a la letra y tenor de la legislación vigente: así ha andado casi siempre de través la fortuna de España.

Nos hemos detenido en referir la persecución de los miembros de la junta suprema, no solo por ser suceso importante, recayendo en personas que gobernaron la nación durante catorce meses, sino también con objeto de señalar el mal ánimo de los enemigos de reformas y novedades. Porque el enojo contra la central nacía, no tanto de ciertos actos que pudieran mirarse como censurables, cuanto de la inclinación que mostró aquel cuerpo a mudanzas en favor de la libertad. En esta persecución, como después en la de otros muchos afectos a tan noble causa, partió el golpe de la misma o parecida mano, procurando siempre tapar el dañino y verdadero intento con feas y vulgares acusaciones.

Hubiérase a lo sumo podido tomar cuenta a la junta de su gobernación, pero no atropellando a sus individuos. La regencia, más que todos, estaba interesada en que los respetasen, y en defender contra el consejo el origen legítimo de su autoridad, pues atacada esta lo era también la de la misma regencia, emanación suya. Además, los gobiernos están obligados aun por su propio interés a sostener el decoro y dignidad de los que les han precedido en el mando, si no, el ajamiento de los unos tiene después para los otros dejos amargos.

Idea de la regencia y de sus individuos.

Hablemos ya de la regencia y de los individuos que la componían. No llegó hasta fines de mayo a Cádiz el obispo de Orense, residente en su diócesis. Austero en sus costumbres y célebre por su noble y enérgica contestación cuando le convidaron a ir a Bayona, no correspondió en el desempeño de su nuevo cargo a lo que de él se esperaba, por querer ajustar a las estrechas reglas del episcopado el gobierno político de una nación. Presumía de entendido, y aun ambicionaba la dirección de todos los negocios, siendo con frecuencia juguete de hipócritas y enredadores. Confundía la firmeza con la terquedad, y difícilmente se le desviaba de la senda derecha o torcida que una vez había tomado. Don Francisco Javier Castaños, antes de la llegada del obispo, y aun después, tuvo gran mano en el despacho de los asuntos públicos. Pintámosle ya cual era como general. Antiguas amistades tenían gran cabida en su pecho. Como estadista solía burlarse de todo, y quizá se figuraba que la astucia y cierta maña bastaban aun en las crisis políticas para gobernar a los hombres. Oponíase a veces a sus miras la obstinación del obispo de Orense; pero retirándose este a cumplir con sus ejercicios religiosos, daba vagar a que Castaños pusiese en el intermedio al despacho los expedientes o asuntos que favorecía. En el libro tercero tuvimos ocasión de delinear el carácter y prendas de Don Francisco de Saavedra, hombre dignísimo, mas de corto influjo como regente, debilitada su cabeza con la edad, los achaques y las desgracias. Atendía exclusivamente a su ramo, que era el de marina, Don Antonio Escaño, inteligente y práctico en esta materia y de buena índole. Excusado es hablar de Don Esteban Fernández de León, regente solo horas, no así de su sustituto, Don Miguel de Lardizábal y Uribe, travieso y aficionado a las letras, de cuerpo contrahecho, imagen de su alma retorcida y con fruición de venganzas. Castaños tenía que mancomunarse con él, mas cediendo a menudo a la superioridad de conocimientos de su compañero.

Compuesta así la regencia, permaneció fiel y muy adicta a la causa de la independencia nacional; pero se ladeó y muy mucho al orden antiguo. Por tanto los consejeros, los empleados de palacio, los que echaban de menos los usos de la corte y temían las reformas, ensalzaron a la regencia, y asiéronse de ella hasta querer restablecer ceremoniales añejos y costumbres impropias de los tiempos que corrían.

Felicitación del consejo reunido.

El consejo, especialmente, trató de aprovecharse de tan dichoso momento para recobrar todo su poder. Nada al efecto le pareció más conveniente que tiznar con su reprobación todo lo que se había hecho durante el gobierno de las juntas de provincia y de la central. Así se apresuró a manifestarlo el 2 de febrero en su felicitación a la regencia, afirmando que las desgracias habían dependido de la propagación de «principios subversivos, intolerantes, tumultuarios y lisonjeros al inocente pueblo», y recomendando el que se venerasen «las antiguas leyes, loables usos y costumbres santas de la monarquía», instaba porque se armase de vigor la regencia contra los innovadores. Apoyada pues esta en tales indicaciones, y llevada de su propia inclinación, olvidó la inmediata reunión de cortes a que se había comprometido al instalarse.

Idea de la junta de Cádiz.

La junta de Cádiz, émula de la regencia, y si cabe con mayor autoridad, estaba formada de vecinos honrados, buenos patriotas, y no escasos de luces. Apegada quizá demasiadamente a los intereses de sus poderdantes, escuchaba a veces hasta sus mismas preocupaciones, y no faltó quien imputase a ciertos de sus vocales el sacar provecho de su cargo, traficando con culpable granjería. Pudo quizá en ello haber alguno que otro desliz; pero la verdad es que los más de los individuos de la junta portáronse honoríficamente, y los hubo que sacrificaron cuantiosas sumas en favor de la buena causa. El querer sujetar a regla a los dependientes de la hacienda militar, a los jefes y oficiales de los mismos cuerpos y a todos los empleados, clase en general estragada, acarreó a la junta sinsabores y enconadas enemistades. La entrada e inversión de caudales, sin embargo, se publicó, y pareció muy exacta su cuenta y razón, cuidando con particularidad de este ramo Don Pedro Aguirre, hombre de probidad, imparcial e ilustrado.

Providencias para la defensa y buena administración de la regencia y la junta.

Ahora que hemos ya echado la vista sobre la pasada gobernación de la central, y dado idea del comienzo y composición de la regencia y junta de Cádiz, será bien que entremos en la relación de las principales providencias que estas dos autoridades tomaron en unión o separadamente. Empezaron, pues, por las que aseguraban la defensa de la Isla gaditana.

Breve descripción de la Isla gaditana.

La naturaleza y el arte han hecho casi inexpugnable este punto: en él se comprenden la Isla de León y la ciudad propiamente dicha de Cádiz. Distan entre sí ambas poblaciones, juntándose por medio de un extendido istmo, dos leguas. Tres tiene de largo toda la Isla gaditana, y de ancho una y cuarto en la parte más espaciosa. La separa del continente el brazo de mar que llaman río de Santi Petri, profundo, y el cual se cruza por el puente de Suazo, así apellidado del Doctor Juan Sánchez de Suazo, que le rehabilitó a principios del siglo XV. El arsenal de la Carraca, situado en una isleta contigua a la misma Isla de León, y formada por el mencionado río de Santi Petri y el caño de las Culebras, quedó también por los españoles. El vecindario de Cádiz, en el día bastante disminuido, no pasa de 60.000 habitantes, y el de la Isla, que está en igual caso, de unos 18.000. La principal defensa natural de la última son sus saladares, que, empezando a poca distancia de Puerto Real, se dilatan por espacio de legua y media hasta el río Zurraque, enlazados entre sí e interrumpidos por caños e impracticables esguazos, de suelo inconstante y mudable. Al sur hay otras salinas, llamadas de San Fernando, rodeando a toda la isla por las demás partes, o el océano, o las aguas de la bahía. En medio de los saladares y caños que hay delante del río de Santi Petri se levanta un arrecife largo y estrecho que conduce al puente de Suazo. En su calzada se practicaron muchas cortaduras y se levantaron baterías que hacían inexpugnable el paso. Al llegar Alburquerque estaban muy atrasados los trabajos; pero este general y sus sucesores los activaron extraordinariamente. Fortificose, en consecuencia, con una línea triple de baterías el frente de ataque del río de Santi Petri, avanzando otras en las mismas ciénagas o lagunajos, y cuidando muy particularmente de poner a cubierto el arsenal de la Carraca y la derecha de la línea, parte la más endeble.

Aun ganada la Isla de León, no pocas dificultades hubieran estorbado al enemigo entrar en Cádiz. Además de varias baterías apostadas en la lengua de tierra que sirve de comunicación a ambas poblaciones, construyose en lo más estrecho de aquella, y bañada por los dos mares, una cortadura en que trabajaron con entusiasmo todos los habitantes, erizada de cañones y de admirable fortaleza, quedando después por vencer las obras del recinto de Cádiz, ejecutadas según las reglas modernas del arte, y que solo presentan un frente de ataque. Fuerzas que la guarnecen. Para guarnecer punto tan extenso como el de la Isla gaditana y tan lleno de defensas, necesitábase gran número de tropas de tierra y no poca fuerza de mar. Españolas. El ejército de Alburquerque aumentado cada día con los oficiales y soldados dispersos que de las costas aportaban a Cádiz, llegó a contar a últimos de marzo de 14 a 15.000 hombres. Inglesas. También los ingleses enviaron una división compuesta de soldados suyos y portugueses. Pidió aquel socorro a Lord Wellington la junta de Cádiz, por medio del cónsul británico y de Lord Burghest, que al efecto partió a Lisboa antes que se supiese la venida a la isla del duque de Alburquerque. Llegó a ascender en marzo esta fuerza auxiliar a unos 5000 hombres, reemplazando en el mismo mes en el mando de ella a su primer jefe Stewart el general Sir Tomás Graham. La guardia de la plaza de Cádiz se hacía en parte por la milicia urbana y por los voluntarios, cuyos batallones de vistoso aspecto los formaban los vecinos honrados y respetables de la ciudad, constando su número de unos 8000 hombres, inclusos los que se levantaron extramuros y en la Isla de León, servicio que, si bien penoso, era desempeñado con celo y patriotismo, y que descargaba de mucha faena a las tropas regladas.

Fuerza marítima. Recio temporal en Cádiz.

Siendo esencial la marina para la defensa de posición tan costanera, fondeaban en bahía una escuadra británica a las órdenes del almirante Purvis, y otra española a las de Don Ignacio de Álava. Padecieron ambas gran quebranto en un recio temporal acaecido en el 6 de marzo y días siguientes: de la inglesa se perdió el navío portugués María, y de la nuestra perecieron otros tres de línea, una fragata y una corbeta de guerra con otros muchos mercantes. Los franceses se portaron en aquel caso inhumanamente, pues en vez de ayudar a los desgraciados que arrastraba a la costa la impetuosidad del viento, hiciéronles fuego con bala roja. Varados los buques en la playa ardieron casi todos ellos. No cesando por eso los preparativos de defensa, se armaron asimismo fuerzas sutiles mandadas por Don Cayetano Valdés, que vimos herido allá en Espinosa. Eran estas de grande utilidad, pues arrimándose a tierra e internándose a marea alta por los caños de las salinas, flanqueaban al enemigo y le incomodaban sin cesar.

Cuando se supo que los franceses avanzaban, comenzose, aunque tarde, a destruir y desmantelar todas las baterías y castillos que guarnecían la costa desde Rota y se extendían bahía adentro por Santa Catalina, Puerto de Santa María, río de San Pedro, Caño del Trocadero y Puerto Real, pues Cádiz estaba más bien preparado para resistir las embestidas de mar que las de tierra, siendo dificultoso vaticinar que tropas francesas descolgándose del Pirineo y atravesando el suelo español se dilatarían hasta las playas gaditanas.

Intiman los franceses la rendición.

Confiados los franceses en esto, en el descuido natural de los españoles, y en el desánimo que produjo la invasión de las Andalucías, miraban a Cádiz como suyo, y en ese concepto intimaron la rendición a la ciudad y al ejército mandado por el duque de Alburquerque. Para el primer paso se valieron de ciertos españoles parciales suyos que creían gozar de opinión e influjo dentro de la plaza, los cuales el 6 de febrero hicieron desde el Puerto de Santa María la indicada intimación. La junta superior contestó a ella, con la misma fecha, sencilla y dignamente, diciendo: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al señor Don Fernando VII.» Aunque más extensa, igualmente fue vigorosa y noble la respuesta que dio sobre el mismo asunto al mariscal Soult el duque de Alburquerque. De consiguiente, por ambos lados se trabajó desde entonces con grande ahínco en las obras militares: los franceses, para abrigarse contra nuestros ataques y molestarnos con sus fuegos; nosotros, para acabar de poner la Isla gaditana en un estado inexpugnable. Así, pues, corrió el mes de febrero sin choque ni suceso alguno notable.

La junta de Cádiz encargada del ramo de hacienda.

Tales y tan extensos medios de defensa pedían por parte de los españoles recursos pecuniarios, y método y orden en su recaudación y distribución. La regencia solo podía contar con las entradas del distrito de Cádiz y con los caudales de América. Difícil era tener aquellas si la junta no se prestaba a ello, y aún más difícil aumentar sin su apoyo las contribuciones, no disfrutando el gobierno supremo dentro de la ciudad de la misma confianza que los individuos de aquella corporación, naturales del suelo gaditano o avecindados en él hacía muchos años.

Obvias reflexiones que sobre este asunto ocurrieron, y el triste estado del erario promovieron la resolución de encargar a la junta superior de Cádiz la dirección del ramo de hacienda. Desaprobaron muchos, particularmente los rentistas, semejante determinación, y sin duda a primera vista parecía extraño que el gobierno supremo se pusiera, por decirlo así, bajo la tutoría de una autoridad subalterna. Pero siendo la medida transitoria, deplorable la situación de la hacienda y arraigados sus vicios, los bienes que resultaron aventajáronse a los males, habiendo en los pagamentos mayor regularidad y justicia. Quizá la junta mostrose a veces algún tanto mezquina, midiendo el orden del estado por la encogida escala de un escritorio; mas el otro extremo de que adolecía la administración pública perjudicaba con muchas creces al interés bien entendido de la nación. (* Ap. n. 11-4.) Adoptose en seguida, para la buena conformidad y mejor inteligencia, un reglamento [*] que mereció en 31 de marzo la aprobación de la regencia.

Sus altercados con Alburquerque.

Ya antes, si bien no con tanta solemnidad, estaba encargada del ramo de hacienda, habiéndose suscitado entre ella y varios jefes militares, principalmente el duque de Alburquerque, desazones y agrios altercados. Escuchó tal vez el último demasiadamente las quejas de los subalternos avezados al desorden, y la junta no atendió del todo en sus contestaciones al miramiento y respetos que se debían al duque. Deja este el mando del ejército y pasa a Londres. Esto y otros disgustos fueron parte para que dicho jefe dejase el mando del ejército de la isla al acabar marzo, nombrándole la regencia embajador en Londres. En aquella capital escribió más adelante un manifiesto muy descomedido contra la junta de Cádiz, la cual, aunque en defensa propia, replicó de un modo atrabilioso y descompuesto. Contestación que causó en el pundonoroso carácter del duque tal impresión que a pocos días perdió la razón y la vida; fin no debido a sus buenos servicios y patriotismo.

Impone la junta nuevas contribuciones.

Entre no pocos afanes y obstáculos la junta de Cádiz continuó con celo en el desempeño de su encargo. Impuso una contribución de cinco por ciento de exportación a todos los géneros y mercadurías que saliesen de Cádiz, y un veinte por ciento a los propietarios de casas, gravando además en un diez a los inquilinos. Con estos y otros arbitrios, y sobre todo con las remesas de América y buena inversión, no solo se aseguraron los pagos en Cádiz y la isla, y se cubrieron todas las atenciones, sino que también se enviaron socorros a las provincias.

Afianzada así la defensa de aquellos dos puntos tan importantes, convirtiéronse sus playas en baluarte incontrastable de la libertad española.

José en Andalucía.

José había en todo este tiempo recorrido las ciudades y pueblos principales de las Andalucías, recreándose tanto en su estancia que la prolongó hasta entrado mayo. Cuidaba Soult del mando supremo del ejército que apellidaron del mediodía, el cual constaba de las fuerzas ya indicadas al hablar del paso de la Sierra Morena. Modo con que le reciben. Acogieron los andaluces a José mejor que los moradores de las demás partes del reino, y festejáronle bastantemente, por cuyo buen recibimiento premió a muchos con destinos y condecoraciones, y expidió varios decretos en favor de la enseñanza y de la prosperidad de aquellos pueblos. Nombró para establecer su gobierno y administración en las provincias recién conquistadas comisarios regios, cuyas facultades a cada paso eran restringidas por el predominio y arrogancia de los generales franceses. Manifestó José en Sevilla su intención de convocar cortes en todo aquel año de 1810, para lo que en decreto de 18 de abril dispuso que se tomase conocimiento exacto de la población de España. Sus providencias. Por el mismo tiempo trató igualmente de arreglar el gobierno interior de los pueblos, y distribuyó el reino en treinta y ocho prefecturas, las cuales se dividían a su vez en subprefecturas y municipalidades, remedando o más bien copiando, en esto y en lo demás del decreto publicado al efecto, la administración departamental de Francia. Providencia que, habiendo tomado arraigo, hubiera podido mejorar la suerte de los pueblos; pero que en algunos no se estableció, desapareciendo en los más lo benéfico de la medida con los continuos desmanes de las tropas extranjeras. La milicia cívica, ya decretada por José en julio de 1809, y en la que se negaban por lo general a entrar los habitantes de otras partes, disgustó menos en Andalucía donde hubo ciudades que se prestaron sin repugnancia a aquel servicio.

Por ello, y por el modo con que en aquellos reinos había sido recibido el intruso, motejaron acerbamente a sus habitadores los de las otras provincias de España, tachando a aquellos naturales de hombres escasos de patriotismo y de condición blanda y acomodaticia. Censura infundada, porque las Andalucías, singularmente el reino de Granada, no solo habían hecho grandes sacrificios en favor de la causa común, sino que, igualmente al tiempo de la invasión, estuvieron muy dispuestos a repelerla. Faltoles buena guía, estando abatidas y siendo de menguado ánimo sus propias autoridades. Cierto es que en estas provincias era mayor que en otras el número de indiferentes y de los que anhelaban por sosiego, lo cual en gran parte pendía de que, atacado tarde aquel suelo, considerábase a España como perdida, y también de que, habiendo los habitantes sido de cerca testigos de los errores y aun injusticias de los gobiernos nacionales, ignoraban los perjuicios y destrozos de la irrupción y conquista extranjera, males que no habían por lo general experimentado, como lo demás del reino. Desengañados pronto, empezaron a rebullir, y las montañas de Ronda y otras comarcas mostraron no menos bríos contra los invasores que las riberas del Llobregat y del Miño.

Vuelve a Madrid.

Las delicias y el temple de Andalucía, que recordaban a José su mansión en Nápoles, hubieran tal vez diferido su vuelta a Madrid, si ciertas resoluciones del gabinete de Francia no le hubiesen impelido a regresar a la capital, en donde entró el 13 de mayo: resoluciones importantes, y en cuyo examen nos ocuparemos luego que hayamos contado los movimientos que hicieron los franceses en otras provincias de España, algunos de los cuales concurrieron con los de las Andalucías.

Nueva invasión de Asturias.

Tales fueron los que ejecutaron sobre Asturias y Valencia, juntamente con el sitio de Astorga. Tomó el primero a su cargo el general Bonnet. Manteníase aquel principado como desguarnecido, después que, al mando de Don Francisco Ballesteros, se alejó de sus montañas la flor de sus tropas. Quedaban 4000 soldados escasos en la parte oriental, hacia Colombres, y 2000 de reserva en las cercanías de Oviedo; sin contar con unos 1000 hombres de Don Juan Díaz Porlier, quien antes de esta invasión de Asturias, abriendo portillo por medio de los enemigos, recorrió el país llano de Castilla, tocó en La Rioja, y divirtiendo grandemente la atención de los franceses, tornó en seguida a buscar abrigo en las asperezas de donde se había descolgado. Linaje de empresas que perturbaban al enemigo, y diferían por lo menos, si no trastrocaban, sus premeditados planes.

Llano Ponte.

Continuaban mandando en el principado el general Don Antonio Arce y la junta nombrada por Romana; permaneciendo al frente de la línea de Colombres D. Nicolás de Llano Ponte. Este, no más afortunado ahora que lo había sido en la campaña de Vizcaya, cejó sin gran resistencia cuando, en 25 de enero, le atacaron 6000 franceses a las órdenes del general Bonnet. Los españoles, en verdad inferiores en número, solo hubieran podido sacar ventaja de algunos sitios favorables por su naturaleza. Forzaron los enemigos el puente de Purón, en donde nuestra artillería, bien servida, les causó estrago. Llano Ponte replegose precipitadamente hacia el Infiesto, y el general Arce con las demás autoridades evacuaron a Oviedo, haciendo alto por de pronto en las orillas del Nalón.

Porlier.

Alteró algún tanto el gozo de los invasores la intrepidez de Don Juan Díaz Porlier, quien, noticioso de la irrupción francesa en Asturias, metiose en lo interior del Principado, viniendo de las faldas meridionales de sus montañas, en donde estaba apostado. Atacó por la espalda las partidas sueltas de los enemigos, cogió a estos bastantes prisioneros, y caminando la vuelta de la costa por Gijón y Avilés, se situó descansadamente en Pravia, a la izquierda de las tropas y dispersos que se habían retirado con el general Arce. Imitaron a Porlier Don Federico Castañón y otros partidarios que se colocaron en el camino real de León, por cuyo paraje con sus frecuentes acometidas molestaban a los contrarios.

Entra Bonnet en Oviedo.

El general Bonnet ocupó a Oviedo el 30 de enero, de cuya ciudad, como en la primera invasión, habían salido las familias más principales. En esta entrada se portó aquel general con sobrada dureza, habiendo ejecutado algunos actos inhumanos: amansose después y gobernó con bastante justicia, en cuanto cabe al menos en un conquistador hostigado incesantemente por una población enemiga.

Evacúa la ciudad.

A pocos días de estar en Oviedo, temeroso Bonnet de los movimientos de Porlier y demás partidarios, desamparó la ciudad y se reconcentró en la Pola de Siero. Confiados demasiadamente los jefes españoles con tan repentina retirada, avanzaron de sus puestos del Nalón, se posesionaron de Oviedo, y apostaron en el puente de Colloto la vanguardia mandada por Don Pedro Bárcena. Los franceses, que no deseaban sino ver reunidos a los nuestros, para acabar con ellos más fácilmente por la superioridad que les daba en ordenada batalla su práctica y disciplina, Ocúpala de nuevo. revolvieron el 14 de febrero sobre las tropas españolas, y atropellándolo todo recuperaron a Oviedo y asomaron el 15 a Peñaflor, en cuyo puente los detuvieron algunos paisanos, Castellar y defensa del Puente de Peñaflor. mandados animosamente por el oficial de estado mayor Don José Castellar, que ya se señaló allá, en San Payo, y ahora quedó aquí herido.

Bárcena. Retíranse los españoles al Narcea.

Don Pedro Bárcena, volviendo también a reunir su gente, a la que se agregaron otros dispersos, rechazó a los franceses en Puentes de Soto, y se sostuvo allí algún tiempo. Pero al fin, amenazándole continuamente enemigos numerosos, juzgó prudente recogerse a la línea del Narcea, quedando solo sobre la izquierda, en Pravia, orillas del Nalón, Don Juan Díaz Porlier. Encomendose entonces el mando del ejército de operaciones al mencionado Bárcena, hombre sereno y de gran bizarría. Don Juan Moscoso. Ayudaba en todo con sus consejos y ejemplo el coronel Don Juan Moscoso, jefe de estado mayor, que en el arte de la guerra era entendido y aun sabio.

El general Arce.

El general Arce, amilanado a la vista de los peligros de una invasión que le cogía desprevenido, resolviose a dejar el mando de la provincia; mas antes, con intento de poder alegar que estaba concluida la comisión que le había llevado allí, determinó restablecer la junta constitucional que Romana a su antojo había destruido, y para ello ordenó que los concejos nombrasen, según lo hicieron, diputados que concurriesen a formar la citada corporación; desmoronándose de este modo la obra levantada por Romana, obra de desconcierto y arbitrariedad.

Conducta escandalosa de Arce y del consejero Leiva.

Como quiera que fuese loable la medida de Arce, mirose esta como nacida de las circunstancias, más bien que del buen deseo de deshacer una injusticia y de granjearse las voluntades de los asturianos. Dio fuerza a la opinión que acerca de su partida enunciamos, el que dicho general y su compañero de comisión, el consejero Leiva, se llevaron consigo, so color de sueldos atrasados, 16.000 duros. Paso que debe severamente condenarse en un tiempo en que el hacendado y hasta el hombre del campo, se privaban de sus haberes por alimentar al soldado, a veces en apuros y en extrema desdicha.

Nueva instalación de la junta general del Principado.

La nueva junta se instaló en Luarca el 4 de marzo, y no desmayando con la ausencia de Don Antonio Arce, nombró en su lugar a Don José Cienfuegos, general de la provincia e hijo suyo; formando al mismo tiempo un consejo de guerra, con cuyo acuerdo se dirigiesen las operaciones militares.

Auxilio de Galicia.

De Galicia llegó luego, en auxilio de Asturias, una corta división de 2000 hombres, con lo que, alentados los jefes, determinaron atacar el 19 de marzo a las tropas francesas. Hízose así acometiendo el grueso de nuestra fuerza del lado del puente de Peñaflor al mismo tiempo que se llamaba por la derecha la atención del enemigo, y que Porlier por la izquierda, embarcándose en la costa, caía sobre las espaldas a la orilla opuesta del Nalón. Desampara Bonnet a Oviedo. Ejecutada con ventura la maniobra, evacuó Bonnet a Oviedo y no paró hasta Cangas de Onís; así para reforzarse, como también para ir en busca de acopios y pertrechos de guerra, que solo muy escoltados podían llegar a su ejército.

Se enseñorea por tercera vez de la ciudad.

Con mayor circunspección que en la ocasión anterior se adelantaron esta vez los nuestros, sacando además de Oviedo todos los útiles de la fábrica de armas. Precaución tanto más oportuna, cuanto Bonnet engrosado y de refresco tornó en breve y obligó a los nuestros a retirarse, enseñoreándose por tercera vez de la capital el 29 del mismo marzo. Los españoles se recogieron entonces a su antigua línea del Nalón, poniendo su derecha en el Padrún, camino real de León, y su izquierda en Pravia.

Ni aun allí los dejaron quietos por largo tiempo los franceses, teniendo que refugiarse, después de varios y reñidos choques, las tropas de Asturias y Porlier a Tineo y Somiedo, y la división gallega al Navia. Prosiguieron durante abril los reencuentros, sin que les fuese dable a los enemigos dominar del todo el Principado.

Estado de Galicia.

La ocupación de este no se hubiera prolongado a haber puesto la junta del reino de Galicia mayor esmero en cooperar a que se evacuase. Dicha autoridad se hallaba instalada desde el mes de enero, y si bien contaba entre sus individuos hombres de conocido celo e ilustración, no desplegó sin embargo la conveniente energía, desaprovechando los muchos recursos que ofrecía provincia tan populosa. Así, ni aumentó en estos meses considerablemente su ejército, ni tampoco se atrevió al principio a poner debido coto a los atrevimientos y oposición de la junta subalterna de Betanzos, harto desmandada.

Alboroto del Ferrol. Muerte de Vargas.

Con las reyertas que de aquí y de otras partes nacían, no solo se descuidaban los asuntos de la guerra, únicos entonces de urgencia, sino que se dio margen a que en el mes de febrero gente aviesa suscitase en el Ferrol un alboroto. Fue en él víctima del furor popular el comandante de arsenales Don José María de Vargas, sirviendo de pretexto para el motín los atrasos que se debían a la maestranza. Restablecido el sosiego, formose causa a algunas personas, y castigose con el último suplicio a una mujer del pueblo que se probó haber sido la que primero acometió e hirió al desgraciado Vargas.

La junta de Galicia, disculpándose además, para no ayudar a Asturias, con los temores de que los franceses invadiesen su propio suelo por el lado de Astorga, cuya ciudad amenazaban y sitiaron luego, desatendió las reclamaciones de aquella provincia, ni convino tampoco en adoptar la proposición que su junta le hizo de nombrar de acuerdo ambas corporaciones un mismo jefe militar; puesto que la regencia a causa de la distancia no podía con prontitud acudir al remedio de los males que causaba la división.

Mahy, general de las tropas de aquel reino.

Solo el general Mahy, a quien se había confiado el mando superior de las tropas de Galicia, procuró por sí y en cuanto pudo auxiliar al principado. Mas el asedio de Astorga, y tener que cubrir el Bierzo, obligábanle a permanecer en Lugo y Villafranca con las principales fuerzas de su ejército, que eran poco considerables.

Sitio de Astorga.

No le incomodaron, sin embargo, tanto como temiera los franceses, cuya mira se enderezaba a Portugal; habiéndolos también detenido la defensa de Astorga, más porfiada de lo que permitía la flaqueza de sus fortificaciones. Ciudad aquella antigua, nunca fue plaza en los tiempos modernos, cercándola un muro viejo flanqueado de medios torreones. Tres arrabales facilitaban su acceso, careciendo de foso, estacada y de toda obra exterior. La población, antes de 600 vecinos, ahora menguada con sus muchos padecimientos. En el intermedio que corrió desde el anterior ataque del pasado octubre hasta el de esta primavera del año de 1810, se trató de mejorar el estado de sus defensas, fortaleciendo principalmente el arrabal de Reitibia con fosos, estacadas, cortaduras y pozos de lobo. Se formaron cuadrillas de paisanos, y la guarnición ascendía a unos 2800 hombres. Continuaba siendo gobernador Don José María de Santocildes.

En febrero estaban los franceses alojados en las riberas del Órbigo, hacia donde los nuestros, para aumentar el repuesto de sus víveres, extendían las correrías. El 11 del mes el general Loison, con 9000 hombres y seis piezas de campaña, se presentó delante de la ciudad, haciendo el 16 intimación de rendirse. Contestó a ella negativamente Santocildes, y entonces el general francés se alejó de la plaza, sin que por eso cesasen sus guerrillas de tirotearse diariamente con las nuestras. Así se prosiguió hasta que el 21 de marzo pensaron los franceses en formalizar el sitio.

Habíase arrimado hacia aquella parte el general Junot, duque de Abrantes, encargado del mando del 8.º cuerpo, vuelto a formar de nuevo, y uno de los que habían de componer el ejército que Napoleón destinaba contra los ingleses de Portugal. Habiéndose Santocildes opuesto a recibir un pliego que Junot le expidiera, comenzó desde luego este los trabajos del sitio. Impidieron su progreso los cercados, y aun el 26 rechazaron una tentativa de los sitiadores sobre el arrabal de Reitibia. Escaseaban los españoles de cañones, y los que había solo eran de menor calibre; carecíase también de municiones; abundaba, sí, el entusiasmo de la tropa y del paisanaje. Por ambos lados se escaramuzaba sin cesar, manteniendo los sitiados la esperanza de ser socorridos por el general Mahy, que permanecía en el Bierzo, cuyas avenidas observaban atentamente los franceses, trabándose a veces pelea entre unos y otros.

Mientras tanto, concluida el 19 de abril la batería de brecha, rompieron los enemigos el fuego en el siguiente día con piezas de grueso calibre, y se dirigieron contra la puerta de Hierro, por donde aportillaron el muro. Con las granadas se incendió la catedral, quemándose parte de ella y varias casas contiguas. El vecindario y la guarnición se defendían con serenidad y denuedo. Practicable a poco tiempo la brecha, aunque Junot intimó por segunda vez la rendición, amenazando pasar a cuchillo soldados y moradores, se desechó su propuesta y se prepararon todos a repeler el asalto. Emprendiéronle los enemigos, embistiendo a la misma sazón que la brecha abierta en la puerta de Hierro, el arrabal de Reitibia. Duró el ataque desde la mañana hasta después de oscurecido. Los sitiados rechazaron con el mayor valor todas las acometidas sin que los franceses consiguiesen entrar la ciudad. Capitula. Vecinos y militares se mostraban resueltos a insistir en la defensa, mas desgraciadamente era imposible. Ya no quedaban sino 24 tiros de cañón, pocos de fusil; estando además desfogonadas las piezas y rotas sus cureñas. En tal angustia, reunidas las autoridades, determinaron la entrega. Solo en el ayuntamiento hubo un anciano de más de 60 años, y de nombre el licenciado Costilla, Licenciado Costilla. imagen por su esfuerzo de los antiguos varones de León, que levantándose de su asiento prorrumpió en las siguientes y enérgicas palabras: «Muramos como numantinos.»

Decidida la rendición, se posesionaron los enemigos de Astorga el 22 de abril, en virtud de capitulación honrosa. Computose la pérdida que experimentamos en aquel sitio en 200 hombres; superior la de los contrarios.

De esta manera, los franceses de Castilla asegurando poco a poco su flanco derecho, y teniendo en suspenso las provincias del norte mientras José ocupaba las Andalucías, se disponían al propio tiempo, según veremos en el libro próximo, a invadir a Portugal.

Aragón.

Por su lado Suchet trató en Aragón de llamar igualmente la atención de los españoles moviéndose hacia Valencia. Antes había este general ocupádose en sosegar su provincia y sobre todo Navarra, cuyo reino bastantemente tranquilo en un principio, comenzó a rebullir en tanto grado que con trabajo transitaban los correos franceses, y apenas era reconocida la autoridad intrusa fuera de la plaza de Pamplona. Mina el mozo. Mina el mozo causaba tamaña mudanza. Obedecido por todas partes, y nunca descubierto ni vendido, dominaba la comarca y aun obligó en enero al gobernador de Navarra a entrar con él en tratos para el canje de prisioneros.

Disgustado el gobierno francés con tener a sus puertas tan osado enemigo, encomendó al general Suchet el restablecimiento de la tranquilidad en Navarra. Burló Mina por algún tiempo con su diligencia y maña los intentos de los franceses, y especialmente los del general Harispe, encargado en particular de perseguirle. Acosado al fin, no solo por este, sino también por tropas que se destacaron de hacia Logroño, y otras que salieron de Pamplona, desbandó su gente y ocultó sus armas, aguardando reunir de nuevo aquella luego que los enemigos le dejasen algún respiro. La osadía de Mina era tal que, aun después, yendo Suchet a Pamplona con objeto de arreglar la administración francesa, bastante desordenada, disfrazose de paisano y se metió cerca de Olite en un grupo deseoso de ver pasar en el tránsito al general su contrario. Arrojo a que también impelía la seguridad con que era dado recorrer la tierra a los españoles que guerreaban contra los franceses.

Expedición de Suchet sobre Valencia.

El general Suchet, compuestas las cosas de Navarra, y llegando allí de Francia nuevas tropas, tornó a Aragón disponiéndose a invadir el reino de Valencia. Proyecto que le fue indicado por el príncipe de Neufchatel, quien, finalizada la campaña de Austria, volvió a desempeñar el empleo de mayor general de los ejércitos franceses en España, no obstante el mando en jefe dado al rey José: complicación de supremacías que causaba, por decirlo de paso, encontradas resoluciones, señaladamente en las provincias rayanas de Francia. Modificáronse, al parecer, por otras posteriores las primeras insinuaciones que respecto a Valencia había hecho el príncipe de Neufchatel; pero no pudiendo tampoco las últimas calificarse de órdenes positivas, prefirió Suchet someterse a una terminante y clara que recibió del intruso, escrita en Córdoba el 27 de enero, según la cual se le prevenía que marchase rápidamente la vuelta del Guadalaviar. No llegó el pliego a manos de Suchet hasta el 15 de febrero, siendo dificultosa la travesía por hormiguear los guerrilleros.

Resuelto el general francés a la empresa, dejó en Aragón alguna fuerza que amparase las comarcas más amenazadas por los partidarios, y fortaleció varios puntos. Tres divisiones, en que se distribuían las reliquias del ejército español de Aragón después de la dispersión de Belchite, llamaban con particularidad su atención. Era una la que estaba a las órdenes de Don Pedro Villacampa, situada cerca de Villel, partido de Teruel, en un campo atrincherado, del que no sin trabajo la desalojó el general polaco Chlopicki; otra, la que cubría la línea del Algas, regida por Don Pedro García Navarro, que luego pasó a Cataluña; y la última, la que andaba entre el Cinca y Segre a cargo de Don Felipe Perena; divisiones todas no muy bien pertrechadas, pero que contaban unos 13.000 hombres.

Ascendiendo ahora el primer cuerpo enemigo, con los refuerzos venidos de Francia, a 30.000 combatientes, érale a Suchet más fácil tener en respeto a los aragoneses, asegurar las diversas comunicaciones y partir a su expedición de Valencia, para la cual llevó de 12 a 14.000 soldados escogidos.

Empezó pues a realizar su plan, y el 25 de febrero llegó en persona a Teruel. En consecuencia, el general Habert, con una columna de cerca de 5000 hombres, se dirigió el 27 sobre Morella, debiendo continuar por San Mateo y la costa, y casi al propio tiempo, con la división de Laval y la brigada de Paris, componiendo en todo unos 9000 soldados, partió de Teruel, siguiendo la ruta de Segorbe, el mismo Suchet. Al ponerse en marcha, recibió de París la orden por duplicado [habiendo sido interceptada la primera] de desistir de la expedición de Valencia y formalizar los sitios de Lérida y Mequinenza; pero tarde ya para variar de rumbo, a pesar de la responsabilidad en que incurría, llevó adelante su propósito.

Estado de este reino y de la ciudad.

La fama de la inminente invasión llegó muy en breve a la ciudad de Valencia, en donde con el temor se desencadenaron las pasiones. El general Don José Caro, en lugar de dirigirlas al único y laudable fin de la defensa, fuese miedo, fuese deseo de satisfacer odios y personales rivalidades, dio rienda suelta a todo linaje de excesos y a enojosas venganzas. No compensó hasta cierto punto tan reprensible conducta con activas y oportunas providencias militares: medio seguro de reprimir los malévolos, y de tener en su favor la gran mayoría de los honrados ciudadanos. Un año era corrido desde que Caro mandaba, y ni se había fortificado Murviedro ni otros puntos importantes, ni el ejército de línea se había aumentado más allá de 11.000 hombres. La población en parte se encontraba armada, mas tan oportuna providencia antes bien había nacido de la espontaneidad de los habitantes, que de disposición enérgica de la autoridad superior; flojedad común a casi todos los jefes y juntas de España, suplida, en cuanto era dado, por el buen seso y ánimo de los naturales.

En tanto, las dos columnas francesas avanzaban. La de Morella entró sin resistencia en la villa y ocupó el castillo, abandonado por el coronel Miedes. La de Teruel se aproximó a Alventosa, en donde la vanguardia del ejército valenciano estaba colocada detrás del barranco por donde corre el Mijares. Al principio, las guerrillas, capitaneadas por Don José Lamar, alcanzaron ventajas; mas luego, recibida orden de Caro de replegarse sobre Valencia, y al tiempo que los franceses trataban ya de envolver la izquierda española, se retiraron los nuestros el 2 de marzo sobradamente de prisa, pues dejaron abandonados cuatro cañones de campaña. Entraron después los franceses en Segorbe, ciudad que pillaron desamparada por los habitadores.

Llegó el 3 a Murviedro el general Suchet, en donde se le juntó con su columna el general Habert. No estando todavía fortificado aquel sitio, que lo fue de la antigua y célebre Sagunto, se sometió la ciudad; encaminándose en seguida a Valencia los enemigos, ya más gozosos por comenzar a competir desde allí el cultivo del hombre con la lozanía de la vegetación.

Según se iban los franceses aproximando a la ciudad, crecía en ella la fermentación, y más se desbocaba Don José Caro en cometer tropelías. Envió a San Felipe de Játiva la junta superior, y creó una comisión militar de policía, instrumento de sus venganzas. Cierto que para ellas había un pretexto honroso en secretos tratos que el enemigo mantenía dentro de Valencia; pero en vez de solo descargar sobre los culpados la justicia de las leyes, arrestáronse indistintamente y para satisfacer enemistades buenos y malos patriotas.

Malógrasele a Suchet su expedición.

En tal estado, presentáronse los franceses delante de Valencia el 5 de marzo, estableciendo Suchet en el Puig su cuartel general. Ocuparon fuera de los muros, y a la izquierda del Guadalaviar, el arrabal de Murviedro, el colegio de San Pío V, el palacio real, el convento de la Zaidía y otros, extendiéndose al Grao y su comarca en gran detrimento de los pueblos. Intimó el 7 el general Suchet a Don José Caro la rendición, quien en este caso respondió cual debía. Se mantuvo Suchet hasta el 10 en las cercanías esperando a que estallase en su favor dentro de la ciudad una conmoción, mas saliendo fallida su esperanza y temeroso de las guerrillas que se formaban en su derredor, levantó el campo en la noche del 10 al 11 y retrocedió por donde había venido.

Pozoblanco.

Grande algazara y justa alegría se manifestó en Valencia al saberse el alejamiento del enemigo. Mas no por eso cesó Caro en sus persecuciones. Varios de los presos, aunque inocentes, continuaron encarcelados, y fue ahorcado el barón de Pozoblanco. Dudamos aún si este infeliz era o no delincuente, y si en realidad había seguido correspondencia con el enemigo. Natural de la isla de la Trinidad, unían en otro tiempo a él y a Caro estrechos vínculos, que tuvieron principio cuando el último visitaba como marino las costas americanas. Convirtiose después en odio la antigua amistad, y se acusó a Caro de haber usado en aquel lance de la potestad suprema no imparcial ni desapasionadamente.

Ventajas de los españoles en Aragón.

Suchet, al retirarse, se encontró con muchos paisanos armados que se habían levantado a su espalda, y también con la noticia de que el reino de Aragón, aprovechándose de su ausencia, comenzaba de nuevo a estar muy movido. En efecto, Don Pedro Villacampa, revolviendo el 7 de marzo sobre Teruel, había entrado la ciudad y obligado al coronel Plicque a encerrarse con su guarnición en el seminario, ya de antes fortificado. No contento aun así el español, había salido a esperar y cogido en la venta de Malamadera, a corta distancia de Teruel, un convoy enemigo procedente de Daroca. Apoderose de 4 piezas, de unos 200 hombres y de muchas municiones. Otro tanto hizo por opuesto lado con una compañía de polacos avanzada en Alventosa. El seminario, estrechado por los nuestros y próximo a caer en sus manos, se libertó el 12 de marzo con la llegada del ejército de Suchet, que forzó a Villacampa a alejarse. D. Felipe Perena también por el Cinca había hecho sus correrías, destruyendo en Fraga el puente y los atrincheramientos enemigos.

El 17 volvió Suchet a Zaragoza, y quiso ante todo acabar con Mina el mozo, que por su lado se había igualmente adelantado a las Cinco Villas. Inquietó bastante este caudillo en aquellos días a los franceses, Cae prisionero Mina el mozo. mas, perseguido en Aragón por el gobernador de Jaca y el general Harispe, y en Navarra por Dufour, cayó desgraciadamente el 31 en poder de los puestos franceses, que al cogerle le maltrataron. Sin detención lleváronsele a Francia, y le encerraron en el castillo de Vincennes, donde permaneció, como tantos otros españoles, hasta 1814. Sucédele su tío Espoz y Mina. Sucediole su tío, el renombrado Don Francisco Espoz y Mina, quien con sus hechos y mejor fortuna oscureció las breves glorias de su sobrino.

Arregladas las cosas de Aragón, trató Suchet de cumplir con lo que se le había mandado de París, sitiando a Lérida. No por eso estaba bajo su dependencia Cataluña, encomendada al mariscal Augereau, dejando solo a cargo del primero el asedio de las plazas que formaban, por decirlo así, cordón entre aquel principado y las provincias rayanas.

Estado de Cataluña.

De luto había cubierto a Cataluña la caída de Gerona. Don Joaquín Blake, por su parte, no admitiéndole la central la dejación que repetidamente había hecho de su mando, se separó de autoridad propia en 10 de diciembre de su ejército, poniendo interinamente a su cabeza al marqués de Portago. Motivó semejante resolución haber aprobado la central, contra el dictamen de dicho general, lo determinado por el congreso catalán de levantar 40.000 hombres de somatén. Blake quería crear cuerpos de línea y no reuniones informes de indisciplinados paisanos. Pero los catalanes, apegados a su antigua manera de guerrear, hallaron arrimo en el gobierno supremo, desatendiéndose las reflexiones juiciosas y militares de Blake, quien, en medio de sus conocimientos, no gozaba de popularidad a causa de su mala estrella.

Ausente este general, no quedó Portago largo tiempo en el mando, pues cayendo enfermo, dejó en su lugar a Don Jaime García Conde, sustituido también en breve por el general más antiguo Don Juan Henestrosa. El congreso catalán, después de expedir varias providencias en favor de la defensa del principado, tomando para darlas más bien consejo de los falsos conceptos del provincialismo que de atento e imparcial juicio, se disolvió y quedó solo para el despacho de los negocios la junta superior.

El somatén que se había levantado no produjo el efecto que esperaban los catalanes. Apareció tarde y al caer Gerona, y no queriendo tampoco los partidos desprenderse de sus respectivos contingentes para prestarse mutuo auxilio, faltó el necesario concierto. Permaneció en Vic el grueso del ejército español, teniendo apostado en el Grao de Olot un cuerpo volante. Clarós estaba hacia Besalú, y Rovira camino de Figueras, ambos con bastante fuerza a causa de los somatenes que se les agregaron. Para despejar el país y asegurar las comunicaciones con Francia marcharon contra ellos los generales Souham y Verdier. Hubo con este motivo varios reencuentros de los que se contaron algunos favorables para los somatenes. En los mismos días, el enemigo, que de todos lados acometía, hizo de Francia inútiles esfuerzos contra el valle de Arán.

Dispuso en seguida Augereau que 10.000 hombres suyos, yendo sobre Vic, atacasen el ejército español. Trabáronse por aquella parte desde 1.º de enero frecuentes y reñidos combates, honrosos para los españoles, pues con fuerza inferior hicieron rostro a contrarios aguerridos. Pero viendo los nuestros la superioridad de los franceses, celebraron el 12 consejo de guerra y determinaron replegarse hacia Manresa y Tarrasa, dejando en Tona una división, al mando del general Porta. Varias acciones. Siguieron aun entonces las refriegas. Los franceses entraron en Vic, y avanzando se encontraron con los nuestros el 14 y 15, siendo de notar la acción habida en Moya, en la que los generales O’Donnell y Porta rechazaron a los enemigos, de los que perecieron más de 200. El primero peleó con ventaja, hasta como soldado y cuerpo a cuerpo.

Urgíale en tanto al mariscal Augereau, aseguradas en algún modo sus comunicaciones con Francia, abrir las de Barcelona, plaza que empezaba a estar apurada por falta de bastimentos. Conveniente era para ello la toma de Hostalrich, pero no cediendo el gobernador a las intimaciones, Bloqueo de Hostalrich. Augereau, así que ocupó la villa, dejó al coronel Mazzuchelli encargado de bloquear el castillo. Arrimó también allí las fuerzas de Souham para alejar a los somatenes, y él en persona dispúsose a marchar prontamente sobre Barcelona.

La población de esta ciudad había disminuido, careciendo de trabajo los fabricantes y sus operarios, y avergonzada la mocedad de no acudir al llamamiento que por medio de su congreso y junta continuamente les hacía la provincia. El general Duhesme mandaba, como antes en Barcelona, y con frecuencia se veía obligado a ir en busca de víveres, teniendo que atacar a los somatenes y a una división que siempre permaneció en el Llobregat, cuyas fuerzas reunidas estrechaban la plaza, acorralando a veces dentro de ella a las tropas francesas.

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