LIBRO NOVENO. (continued 2)
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Contestaciones con los ingleses sobre subsistencias.
Cuestión ha sido esta que ya hemos tocado, y no volveríamos a renovarla si no hubiese tenido particular influjo en las operaciones militares, y mezcládose también en los vaivenes de la política. Hubo en ella por ambas partes injusticia en las imputaciones, achacándose a la central mala voluntad y hasta perfidia, y calificando esta de mero pretexto las quejas, a veces fundadas, de los ingleses. Todos tuvieron culpa, y más las circunstancias de entonces, juntamente con la dificultad de alimentar un ejército en campaña cuando no es conquistador, y de prevenir las necesidades por medio de oportunos almacenes. Se equivocó la central en imaginar que con solo dar órdenes y enviar empleados se abastecería el ejército inglés y español. A aquellas hubieran debido acompañar medidas vigorosas de coacción, poniendo también cuidado en encargar el desempeño de comisión tan espinosa a hombres íntegros y capaces. Cierto que a un gobierno de índole tan débil como la central, érale difícil emplear la coacción, sobre todo en Extremadura, provincia devastada, y en donde hasta las mismas y fértiles comarcas del valle y vera de Plasencia, primeras que habían de pisar los ingleses, acababan de ser asoladas por las tropas del mariscal Victor. Pero hubo azar en escoger por cabeza de los empleados a Lozano de Torres, quien, al paso que bajamente adulaba al general en jefe inglés, escribía a la central que eran las quejas de aquel infundadas: juego doble y villano, que descubierto, obligó a Wellington a echar con baldón de su campo al empleado español.
De parte de los ingleses hubo imprevisión en figurarse que a pesar de los ofrecimientos y buenos deseos de la central, podría su ejército ser completamente provisto y ayudado. Ya había este padecido en Portugal falta de muchos artículos, aunque en realidad el gobierno británico allí mandaba, y con la ventaja de tener próxima la mar. Mayores escaseces hubieran debido temer en España, país entonces por lo general más destruido y maltratado, no pudiendo contar con que solo el patriotismo reparase el apuro de medios después de tantas desgracias y escarmientos. Creer que el gobierno español hubiera de antemano preparado almacenes, era confiar sobradamente en su energía y principalmente en sus recursos. Los ingleses sabían por experiencia lo dificultoso que es arreglar la hacienda militar o sea comisariato, pues todavía en aquel tiempo tachaban ellos mismos de defectuosísimo el suyo, y no era dable que España, en todo lo demás tan atrasada respecto de Inglaterra, se le aventajase en este solo ramo y tan de repente.
En vano pensó la junta suprema remediar en parte el mal enviando a Extremadura a D. Lorenzo Calvo de Rozas, individuo suyo, y en cuyo celo y diligencia ponía firme esperanza. Semejante determinación, que no se tomó hasta 1.º de agosto, llegaba ya tarde, indispuestos los ánimos de los generales entre sí, y agriados cada vez más con el escaso fruto que se sacaba de la campaña emprendida. De poco sirvió también para concordarlos la dejación voluntaria que hizo Cuesta de su mando, anhelada por los mismos ingleses y expresamente pedida por su ministro en Sevilla. Lord Wellington viendo que la abundancia no crecía [*] (* Ap. n. 9-3.) cual deseaba, y que sus soldados enfermaban y perecían sus caballos, declaró que estaba resuelto a retirarse a Portugal. Entonces Eguía y Calvo hicieron, para desviarle de su propósito, nuevos ofrecimientos, concluyendo con decirle el primero que, a no ceder a sus instancias, creería que otras causas y no la falta de subsistencias le determinaban a retirarse. Otro tanto y con más descaro escribiole Calvo de Rozas. Ásperamente replicó Wellington, indicando a Eguía que en adelante sería inútil proseguir entre ellos la comenzada correspondencia.
Llegada a España del marqués de Wellesley.
Algunos, no obstante, mantuvieron esperanzas de que todo se compondría con la venida a Sevilla del marqués de Wellesley, hermano del general inglés y embajador nombrado por S. M. B. cerca del gobierno de España. Había llegado el marqués a Cádiz el 4, y acogídole la ciudad cual merecía su elevada clase y la fama de su nombre. No nos detendremos en describir su entrada, mas no podemos omitir un hecho que allí ocurrió digno de memoria. Fue, pues, que queriendo el embajador, agradecido al buen recibimiento, repartir dinero entre el pueblo, Juan Lobato, zapatero de oficio, y de un batallón de voluntarios, saliendo de entre las filas díjole mesuradamente: «Señor Excelentísimo, no honramos a V. E. por interés sino para corresponder a la buena amistad que nuestra nación debe a la de V. E.» Rasgo muy característico y frecuente en el pueblo español. Pasó después a Sevilla el nuevo embajador y reemplazó a Mr. Frere, a quien la junta dio el título de marqués de la Unión en prueba de lo satisfecha que estaba de su buen porte y celo. Uno de los primeros puntos que trató Wellesley con la junta fue el de la retirada de su hermano. Plan de subsistencias. Recayendo la principal queja sobre la falta de provisiones, rogole el gobierno español que le propusiese un remedio, y el marqués extendió un plan sobre el modo de formar almacenes y proporcionar transportes, como si el estado general de España y el de sus caminos y sus carruajes estuviese al par del de Inglaterra. No obstante los obstáculos insuperables que se ofrecían para su ejecución, aprobolo la central, quizá con sus puntas de malicia, sin que por eso se adelantase cosa alguna. Retírase Wellington a Badajoz y fronteras de Portugal. Lord Wellington había ya empezado el 20 de agosto, desde Jaraicejo, su marcha retrógrada, y deteniéndose algunos días en Mérida y Badajoz, repartió en principios de septiembre su ejército entre la frontera de Portugal y el territorio español. Muchos atribuyeron esta retirada al deseo que tenía el gobierno inglés de que recayese en Lord Wellington el mando en jefe del ejército aliado. Nosotros, sin entrar en la refutación de este dictamen, nos inclinamos a creer que, más que de aquella causa y de la falta de subsistencias, que en efecto se padeció, provino semejante resolución del rumbo inesperado que tomaron las cosas de Austria. Los ingleses habían pasado a España en el concepto de que prolongándose la guerra en el Norte, tendrían los franceses que sacar tropas de la península, y que no habría por tanto que luchar en las orillas del Tajo sino con determinadas fuerzas. Sucedió lo contrario, atribuyendo después unos y otros a causas inmediatas lo que procedía de origen más alto. De todos modos, las resultas fueron desgraciadas para la causa común, y la central, como diremos después, recibió de este acontecimiento gran menoscabo en su opinión.
Conducta y tropelías del gobierno de José.
El gobierno de José, por su parte, lleno de confianza, había aumentado ya desde mayo sus persecuciones contra los que no graduaba de amigos, incomodando a unos y desterrando a otros a Francia. Confundía en sus tropelías al prócer con el literato, al militar con el togado, al hombre elocuente con el laborioso mercader. Así salieron juntos, o unos en pos de otros, a tierra de Francia el duque de Granada y el poeta Cienfuegos, el general Arteaga y varios consejeros, el abogado Argumosa y el librero Pérez. Mala manera de allegar partidarios, e innecesaria para la seguridad de aquel gobierno, no siendo los extrañados hombres de arrojo ni cabezas capaces de coligación. Expidiéronse igualmente entonces por José decretos destemplados, como lo fueron el de disponer de las cosechas de los habitantes sin su anuencia, y el de que se obligase a los que tuviesen hijos sirviendo en los ejércitos españoles a presentar en su lugar un sustituto o dar en indemnización una determinada suma. Estos decretos, como los demás, o no se cumplían o cumplíanse arbitrariamente, con lo que, en el último caso, se añadía a la propia injusticia la dureza en la ejecución.
La guerra de Austria, aunque había alterado algún tanto al gobierno intruso, no le desasosegó extremadamente, ni le contuvo en sus procedimientos. Opinión de Madrid. Llegole más al alma la cercanía de los ejércitos aliados y el ver que con ella los moradores de Madrid recobraban nuevo aliento. Procuró por tanto deslumbrarlos y divertir su atención haciendo repetidas salvas que anunciasen las victorias conseguidas en Alemania; mas el español, inclinado entonces a dar solo asenso a lo que le era favorable, acostumbrado además a las artimañas de los franceses, no dando fe a lejanas nuevas, reconcentraba todas sus esperanzas en los ejércitos aliados, cuya proximidad en vano quiso ocultar el gobierno de José. Júbilo que allí hubo el día de Santa Ana. Tocó en frenesí el contentamiento de los madrileños el 26 de julio, día de Santa Ana, en el que los aldeanos que andan en el tráfico de frutas de Navalcarnero y pueblos de su comarca, esparcieron haber llegado allí y estar de consiguiente cercano a la capital Sir Roberto Wilson y su tropa. Con la noticia, saliendo de sus casas los vecinos, espontáneamente y de montón se enderezaron los más de ellos hacia la puerta de Segovia para esperar a sus libertadores. Los franceses no dieron muestra de impedirlo, limitándose el general Belliard, que había quedado de gobernador, a sosegar con palabras blandas el ánimo levantado de la muchedumbre. Durante el día reinó por todo Madrid el júbilo más exaltado, dándose el parabién conocidos y desconocidos, y entregándose al solaz y holganza. Pero en la noche, llegado aviso del descalabro que padeció el mismo 26 la vanguardia de Zayas, anunciáronlo los franceses al día siguiente como victoria alcanzada contra todo el ejército combinado, sin que la publicación hiciese mella en los madrileños, calificándola de falsa, sobre todo cuando el 31 de resultas de la batalla de Talavera vieron que los franceses tomaban disposiciones de retirada, y que los de su partido se apresuraban a recogerse al Retiro. Salieron no obstante fallidas, según en su lugar contamos, las esperanzas de los patriotas; mas, inmutables estos en su resolución, comenzaron a decir el tan sabido no importa, que, repetido a cada desgracia y en todas las provincias, tuvo en la opinión particular influjo, probando, con la constancia del resistir, que aquella frase no era hija de irrefleja arrogancia sino expresión significativa del sentimiento íntimo y noble de que una nación, si quiere, nunca es sojuzgada.
Nuevos decretos de José.
José, sin embargo, persuadido de que con la retirada de los ejércitos aliados, las desavenencias entre ellos, la batalla de Almonacid y lo que ocurría en Austria, se afirmaba más y más en el solio, tomó providencias importantes y promulgó nuevos decretos. Antes ya había instalado el consejo de estado, no pasando a convocar cortes, según lo ofrecido en la constitución de Bayona, así por lo arduo de las circunstancias, como por no agradar ni aun la sombra de instituciones libres al hombre de quien se derivaba su autoridad. Entre los decretos, muchos y de varia naturaleza, húbolos que llevaban el sello de tiempos de división y discordia, como fueron el de confiscación y venta de los bienes embargados a personas fugitivas y residentes en provincias levantadas, y el de privación de sueldo, retiro o pensión a todo empleado que no hubiese hecho de nuevo para obtener su goce solicitud formal. De estas dos resoluciones, la primera, además de adoptar el bárbaro principio de la confiscación, era harto amplia y vaga para que en la aplicación no se acreciese su rigor; y la segunda, si bien pudiera defenderse atendiendo a las peculiares circunstancias de un gobierno intruso, mostrábase áspera en extenderse hasta la viuda y el anciano, cuya situación era justo y conveniente respetar, evitándoles todo compromiso en las discordias civiles.
Decidió también José no reconocer otras grandezas ni títulos sino los que él mismo dispensase por un decreto especial, y suprimió igualmente todas las órdenes de caballería existentes, excepto la militar de España que había creado, y la antigua del Toisón de Oro; no permitiendo ni el uso de las condecoraciones ni menos el goce de las encomiendas: por cuyas determinaciones ofendiendo la vanidad de muchos se perjudicó a otros en sus intereses, y tratose de comprometer a todos.
Aplaudieron algunos un decreto que dio José el 18 de agosto para la supresión de todas las órdenes monacales, mendicantes y clericales. Napoleón, en diciembre, había solo reducido los conventos a una tercera parte; su hermano ampliaba ahora aquella primera resolución, ya por no ser afecto a dichas corporaciones, ya también por la necesidad de mejorar la hacienda.
Medidas económicas.
Los apuros de esta crecían, no entrando en arcas otro producto sino el de las puertas de Madrid, aumentado solo con el recargo de ciertos artículos de consumo. Semejante penuria obligó al ministro de hacienda, conde de Cabarrús, a recurrir a medios odiosos y violentos, como el del repartimiento de un empréstito forzoso entre las personas pudientes de Madrid, Plata de particulares. y el de recoger la plata labrada de los particulares. En la ejecución de estas providencias, y sobre todo en la de la confiscación de las casas de los grandes y otros fugitivos, cometiéronse mil tropelías, teniendo que valerse de individuos despreciables y desacreditados, por no querer encargarse de tal ministerio los hombres de vergüenza. Así fue que ni el mismo gobierno intruso reportó gran provecho, echándose aquella turba de malhechores, con la suciedad y ansia de harpías, sobre cuantas cosas de valor se ofrecían a su rapacidad.
Del palacio.
Del palacio real se sacaron al propio tiempo todos los útiles de plata que por antiguos o de mal gusto se habían excluido del uso común y se llevaron a la casa de la moneda. Díjose que del rebusco se juntaron cerca de ochocientas mil onzas de plata, cálculo que nos parece excesivo.
De iglesias.
Tomáronse asimismo de las iglesias muchas alhajas, trasladándose a Madrid bastante porción de las del Escorial. Cierto es que, entre ellas, varias que se creían de oro no lo eran, y otras que se tenían por de plata aparecieron solo de hojuela. Mr. Napier. El historiador inglés Napier [ya es preciso nombrarle] empeñado siempre en denigrar la conducta de los patriotas, dice que esta medida del intruso excitó la codicia de los españoles, y produjo la mayor parte de las bandas que se llamaron guerrillas. Aserción tan errónea y temeraria que consta de público, y puede averiguarse en los papeles del gobierno nacional, que si los jefes de aquellas tropas interceptaron parte de la plata u otras alhajas de las que se llevaban a Madrid, por lo general las restituyeron fielmente a sus dueños o las enviaron a Sevilla. Lo contrario sucedió del lado de los franceses que, mirando a España como conquista suya, u obligados sus jefes a echar mano de todo para mantener sus tropas, se reservaron gran porción de aquellos efectos, en vez de remitirlos al gobierno de Madrid. Con frecuencia se quejaba entre sus amigos de tal desorden el conde de Cabarrús, añadiendo que Napoleón nunca conseguiría su intento en la península, si no adoptaba el medio de hacer la conquista con 600 millones y 60.000 hombres en lugar de 600.000 hombres y 60 millones, pues solo así podría ganar la opinión, que era su más terrible enemigo.
Aquel ministro, de cuya condición y prendas hemos hablado anteriormente, juzgó político y miró como inagotable recurso la creación que hizo por decreto de 9 de junio, Cédulas hipotecarias. bajo nombre de cédulas hipotecarias, de unos documentos que habían de trocarse contra los créditos antiguos del estado de cualquiera especie, y emplearse en la compra de bienes nacionales, con la advertencia de que los que rehusaran adquirir dichos bienes recibirían en cambio inscripciones del libro de la deuda pública que se establecía, cobrando al año cuatro por ciento de interés. También discurrió Cabarrús prohibir el curso de los vales reales en los países dominados por los franceses, si no llevaban el sello del nuevo escudo adoptado por José; lo que, en lugar de atraer los vales a la circulación de Madrid, ahuyentolos, temerosos los tenedores de que el gobierno legítimo se negase a reconocerlos con la nueva marca. Coligiéndose de ahí ser Cabarrús el mismo de antes, esto es, sujeto de saber y viveza, pero sobradamente inclinado a forjar proyectos a centenares, por lo cual le había ya calificado con oportunidad el célebre conde de Mirabeau d’homme à expédients.
Además, todas estas medidas, que flaqueaban ya por tantos lados y particularmente por el de la confianza, base fundamental del crédito, acabaron de hundirse con crear otras cédulas, Cédulas de indemnización y recompensa. llamadas de indemnización y recompensa, pues aunque al principio se limitó la suma de estas a la de 100.000.000, y en forma diferente de las otras, claro era que en un gobierno sin trabas como el de José, y en el que había de contentarse a tantos, pronto se abusaría de aquel medio, ampliándole y absorbiendo de este modo gran parte de los bienes nacionales destinados a la extinción de la deuda. Así fue que, si bien al principio algunos cortesanos y especuladores hicieron compras de cédulas hipotecarias, con que adquirieron fincas pertenecientes a confiscos y comunidades religiosas, padeció en breve aquel papel gran quebranto, quedando casi reducido a valor nominal.
No sacando, pues, de ahogo tales medidas económicas al gobierno de Madrid, tuvo Napoleón, mal de su grado, que suministrar de Francia 2.000.000 de francos mensuales, siendo aquella la primera guerra que, en lugar de producir recursos a su erario, los menguaba.
Otros decretos.
Más atinado anduvo José en otros decretos que también promulgó desde junio hasta fines del año 1809; entre ellos merece particular alabanza el que abolió el voto de Santiago, impuesto gravosísimo a los agricultores, del que hablaremos al tratar de las cortes de Cádiz. Igualmente fueron notables el de la enseñanza pública, el de la milicia y sus grados, el de municipalidades y el de quitar a los eclesiásticos toda jurisdicción civil y criminal. Providencias estas y otras, que si bien en mucha parte tiraban a la mejora del reino, no eran apreciadas por falta de ejecución, y sobre todo porque desaparecía su beneficio al lado de otras ruinosas, y de las lástimas que causaban las persecuciones de particulares y los males comunes de la guerra.

RESUMEN
DEL
LIBRO DÉCIMO.

Sitio de Gerona. — Mal estado de la plaza. — Descripción de Gerona. — Su población y fuerza. — Álvarez, gobernador. — Defectos de la plaza. — Entusiasmo de los gerundenses. — San Narciso declarado generalísimo. — Se presentan los franceses delante de Gerona. Mayo. — Circunvalan la plaza. Junio. — Formalizan su ataque. — Entereza de Álvarez. — Acometen los enemigos las torres avanzadas de Monjuich. — Empieza el bombardeo contra la ciudad. — Beramendi. — Nieto. — Apodéranse los enemigos de las torres avanzadas de Monjuich. — Desalojan los españoles del Pedret a los enemigos. — Saint-Cyr con todo su ejército pasa al sitio de Gerona. — Ocupa a San Feliú de Guíxols. — Correrías de los partidarios. — Julio. — Embisten los enemigos a Monjuich. — Intrepidez de Montoro. — Asalto de Monjuich. — Por cuatro veces son repelidos los franceses. — Retíranse. — Pierson. El tambor Ancio. — Vuélase la torre de S. Juan. — Arrojo de Beramendi. — Toman los franceses a Palamós. — Mariscal Augereau. — Su proclama. — Partidarios que molestan a los franceses. — Socorro que intenta entrar en Gerona. — Marshall. — Continúan los franceses su ataque contra Monjuich. — Agosto. — Ataque del revellín de Monjuich. — Grifols. — Abandonan los españoles a Monjuich. — Esperanzas vanas de los franceses con la ocupación de Monjuich. — Estrechan la plaza. — Respuesta notable de Álvarez. — Su diligencia. — Don Joaquín Blake. — Va al socorro de Gerona. — Buenas disposiciones que para ello se toman. — Septiembre. — Vese Saint-Cyr engañado. — Entra un convoy y refuerzo en Gerona a las órdenes de Conde. — Salida malograda de la plaza. — Asaltan los franceses la plaza el 19 de septiembre. — Valor de la guarnición y habitantes. — Álvarez. — Muerte de Marshall. — Son repelidos los franceses en todas partes con gran pérdida. — Convierten los franceses el sitio en bloqueo. — Intenta en vano Blake socorrer de nuevo la plaza. — O’Donnell. — Haro. — Ventajas de los españoles y de los ingleses cerca de Barcelona. — Octubre. — Empieza el hambre en Gerona. — Únese O’Donnell al ejército. — El mariscal Augereau sucede a Saint-Cyr en Cataluña. — Estréchase el bloqueo. — Auméntanse el hambre y las enfermedades. — Tercera e inútil tentativa de Blake para socorrer a Gerona. — Noviembre. — Hambre horrorosa. Carestía de víveres. — Vacila el ánimo de algunos. — Inflexibilidad de Álvarez. — Bando de Álvarez. — Gracias que concede la central a Gerona. — Congreso catalán. — Estado deplorable de la plaza. — Diciembre. — Renuevan los franceses sus ataques. — Ataque del 7 de diciembre. — Se agolpan contra Gerona todo género de males. — Enfermedad de Álvarez. — Sustitúyele Don Julián Bolívar. — Háblase de capitular. — Honrosa capitulación de Gerona. — Extraordinaria defensa la de esta plaza. — Álvarez, trasladado a Francia. — Su muerte. — Sospechas de que fue violenta. — Honores concedidos a la memoria de Álvarez. — Estado de las otras provincias. — Provincias libres. — Provincias ocupadas. — Navarra y Aragón. — Renovales. — Combates en Roncal. — Correspondencia entre los franceses y Renovales. — Sarasa. — San Julián de la Peña quemado. — Combates en los valles de Ansó y Roncal. — Capitulan los valles. — Benasque. — Perena y otros partidarios. — Nuevas partidas. — Ríndese Benasque. — Junta de Aragón. — Gayán. — Le atacan los franceses. — Se apoderan de la Virgen del Tremedal. — Entra Suchet en Albarracín y Teruel. — Cuenca y Guadalajara. — Atalayuelas. — El Empecinado. — Hechos de este. — La Mancha. — Francisquete. — León y Castilla. — Don Julián Sánchez. — El Capuchino, Saornil. — Juntas y partidarios en el camino de Francia. — Mina el mozo. — Sucesos generales de la nación. — Estado de desasosiego de la central. — Don Francisco de Palafox. — Consulta del consejo. — Su ceguedad. — Altercados de las juntas de provincia y la central. Sevilla. — Extremadura. — Valencia. — Exposición de esta contra el consejo. — Trama para disolver la central. — Descúbrela el embajador de Inglaterra. — Trata la central de reconcentrar la potestad ejecutiva. — Diversidad de opiniones. — Nómbrase al efecto una comisión. — Nómbrase otra segunda. — Nuevos manejos. — Palafox. — Romana. — Su inconsiderada conducta y su representación. — Nómbrase la comisión ejecutiva. — Fíjase el día de juntarse las cortes. — Instálase la comisión ejecutiva. — Estado de Europa. — Expediciones inglesas. — Contra Nápoles. — Contra el Escalda. — Desgraciadísima esta. — Paz entre Napoleón y el Austria. — Manifiesto de la central. — Prurito de batallar de la central. — Ejército de la izquierda. — General Marchand. — Carrier. — Primera defensa de Astorga. — Muévese el duque del Parque al frente del ejército de la izquierda. — Batalla de Tamames. — Gánanla los españoles. — Únese Ballesteros a Parque. — Entra Parque en Salamanca. — Únesele la división castellana. — Ejércitos españoles del mediodía. — Únese al de la Mancha parte del ejército de Extremadura. — Fuerza de este ejército reunido al mando de Eguía. — Posición de los franceses. — Irresolución de Eguía. — Sucédele en el mando Aréizaga. — Favor de que este goza. — Lord Wellington en Sevilla. — Ibarnavarro consejero de Aréizaga. — Muévese este. — Choque en Dos Barrios. — Aréizaga en Tembleque. — Ejército español en Ocaña. — Movimientos inciertos y mal concertados de Aréizaga. — Choque de caballería en Ontígola. — Fuerzas que acercan los franceses. — Batalla de Ocaña. — Horrorosa dispersión. Pérdida de Ocaña. — Resultas. — Se retira Alburquerque a Trujillo. — Movimientos del duque del Parque. — Acción de Medina del Campo. — Acción de Alba de Tormes. — Valor de Mendizábal. — Retirada de los españoles. — Retirada de los ingleses del Guadiana al norte del Tajo. — Flaqueza de la comisión ejecutiva. — Comisionados enviados a La Carolina. — Prisión de Palafox y Montijo. — Manejos de Romana y de su hermano Caro. — Tropelías. — Estado deplorable de la junta central. — Providencias de la comisión ejecutiva y de la junta. — Proposición de Calvo sobre libertad de imprenta. — Modo de convocarse las cortes. — Mudanza de individuos en la comisión ejecutiva. — Decreto de la central para trasladarse a la Isla de León.

HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
