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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (3 de 5)

LIBRO DUODÉCIMO.

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Ejército francés que se destina a Portugal: mariscal Massena general en jefe.

Proseguían los franceses en su intento de invadir el reino de Portugal y de arrojar de allí al ejército inglés, operación no menos importante que la de apoderarse de las Andalucías, y de más dificultosa ejecución, teniendo que lidiar con tropas bien disciplinadas, abundantemente provistas y amparadas de obstáculos que a porfía les prestaban la naturaleza y el arte. Destinaron los franceses para su empresa los cuerpos 6.º y 8.º, ya en Castilla, y el 2.º, que luego se les juntó yendo de Extremadura. Formaban los tres un total de 66.000 infantes y unos 6000 caballos. Nombrose para el mando en jefe al duque de Rívoli, el célebre mariscal Massena.

Antes de pisar el territorio portugués, forzoso les era a los franceses no solo asegurar algún tanto su derecha, como ya lo habían practicado metiéndose en Asturias y ocupando a Astorga, sino también enseñorearse de las plazas colocadas por su frente. Sitio de Ciudad Rodrigo. Ofrecíase la primera a su encuentro Ciudad Rodrigo, la cual, después de varios reconocimientos anteriores y de haber hecho a su gobernador inútiles intimaciones, embistieron de firme en los últimos días del mes de abril.

A la derecha del Águeda y en paraje elevado, apenas se puede contar a Ciudad Rodrigo entre las plazas de tercer orden. Circuida de un muro alto antiguo y de una falsabraga, domínala al norte, y distante unas 290 toesas, el teso llamado de San Francisco, habiendo entre este y la ciudad otro más bajo con nombre del Calvario. Cuéntanse dos arrabales, el del Puente, al otro lado del río, y el de San Francisco, bastante extenso, y el cual, colocado al nordeste, fue protegido con atrincheramientos; se fortalecieron, además, en su derredor varios edificios y conventos como el de Santo Domingo, y también el que se apellida de San Francisco. Otro tanto se practicó en el de Santa Cruz, situado al noroeste de la ciudad, y por la parte del río se levantaron estacadas y se abrieron cortaduras y pozos de lobo. Despejáronse los aproches de la plaza y se construyeron algunas otras obras. Se carecía de almacenes y de edificios a prueba de bomba, por lo que hubo de cargarse la bóveda de la torre de la catedral y depositar allí y en varias bodegas la pólvora, como sitios más resguardados. La población constaba entonces de unos 5000 habitantes, y ascendía la guarnición a 5498 hombres, incluso el cuerpo de urbanos. Se metió también en la plaza, con 240 jinetes, Don Julián Sánchez, e hizo el servicio de salidas. Herrasti, su gobernador. Era gobernador Don Andrés Pérez de Herrasti, militar antiguo, de venerable aspecto, honrado y de gran bizarría, natural de Granada, como Álvarez el de Gerona, y que así como él, había comenzado la carrera de las armas en el cuerpo de Guardias españolas.

Situación de Wellington.

Confiaban también los defensores de Ciudad Rodrigo en el apoyo que les daría Lord Wellington, cuyo cuartel general estaba en Viseo y se adelantó después a Celórico. Su vanguardia, a las órdenes del general Craufurd, se alojaba entre el Águeda y el Coa, y el 19 de marzo, en Barba del Puerco, hubo, entre cuatro compañías suyas y unos 600 franceses que cruzaron el puente de San Felices, un reñido choque, en el que, si bien sorprendidos al principio los aliados, obligaron, no obstante, en seguida a los enemigos a replegarse a sus puestos. Uniose en mayo a la vanguardia inglesa la división española de Don Martín de la Carrera, apostada antes hacia San Martín de Trevejo.

Viniendo sobre Ciudad Rodrigo, apareciéronse los franceses el 25 de abril vía de Valdecarros, y establecieron sus estancias desde el cerro de Matahijos hasta la Casablanca. Descubriéronse igualmente gruesas partidas por el camino de Zamarra, y continuando en acudir hasta junio tropas de todos lados, llegáronse a juntar más de 50.000 hombres, que se componían de los ya nombrados 6.º y 8.º cuerpos y de una reserva de caballería, que guiaban el mariscal Ney y los generales Junot y Montbrun. El primero había vuelto de Francia y tomado el mando de su cuerpo, con la esperanza de ser el jefe de la expedición de Portugal. Por demás hubiera sido emplear tal enjambre de aguerridos soldados contra la sola y débil plaza de Ciudad Rodrigo, si no hubiera estado cerca el ejército anglo-portugués.

Tuvo el 6.º cuerpo el inmediato encargo de ceñir la plaza; situose el 8.º en San Felices y su vecindad, y se extendió la caballería por ambas orillas del Águeda. Pasose el mes de mayo en escaramuzas y choques, distinguiéndose varios oficiales, y sobre todos D. Julián Sánchez. Don Julián Sánchez. Maravillose de las buenas disposiciones y valor de este el comandante de la brigada británica Craufurd, que desde Gallegos había pasado a Ciudad Rodrigo a conferenciar con el gobernador. Era el 17 de mayo, y de vuelta a su campo escoltaba al inglés Sánchez, cuando se agolpó contra ellos un grueso trozo de enemigos. Juzgaba Craufurd prudente retroceder a la plaza, mas Don Julián, conociendo el terreno, disuadiole de tal pensamiento, y con impensado arrojo, acometiendo al enemigo en vez de aguardarle, le ahuyentó, y llevó salvo a sus cuarteles al general inglés.

Intimaron el 12 de nuevo los franceses la rendición, y Herrasti, sin leer el pliego, contestó que excusaban cansarse, pues ahora no trataría sino a balazos.

Los enemigos, después de haber echado dos puentes de comunicación entre ambas orillas y completado sus aprestos, avivaron los trabajos de sitio al principiar junio.

El 6 verificaron los cercados una salida, mandada por el valiente oficial Don Luis Minayo, que causó bastante daño a los franceses, e hicieron hoyos en las huertas llamadas de Samaniego, en donde se escondían sus tiradores, incomodando con sus fuegos a nuestras avanzadas. Continuaron adelantando los franceses sus apostaderos, y a su abrigo, en la noche del 15 al 16 de junio abrieron la trinchera que arrancaba en el mencionado teso, y que los enemigos dilataron aunque a costa de mucha sangre por su derecha y por el frente de la plaza. 400 hombres de las compañías de cazadores y el batallón de voluntarios de Ávila, capitaneados por el entendido y valeroso oficial Don Antonio Vicente Fernández, se señalaron en los muchos reencuentros que hubo sostenidos siempre por nuestra parte con gloria.

Teniendo ya los enemigos el 22 muy adelantadas sus líneas, y de modo que imposibilitaban el maniobrar de la caballería, resolviose que Don Julián Sánchez saliese del recinto con sus lanceros y se uniese a Don Martín de la Carrera. Ejecutose la operación con intrepidez, y el denodado Sánchez, a la cabeza de los suyos, dirigiéndose a las once de la noche por la dehesa de Martín Hernando, forzó tres líneas enemigas con que encontró, y matando y atropellando logró gallardamente su intento.

Acometieron los sitiadores en la noche del 23 el arrabal de San Francisco y, en especial, los conventos de Santo Domingo y Santa Clara, pero fueron rechazados. Lo mismo practicaron en el arrabal del Puente, si bien tuvieron igual o semejante suerte. A la verdad no fueron estos sino simulados ataques.

Apareció como verdadero el que dieron contra el convento de Santa Cruz, situado, según queda dicho, al noroeste de la plaza. Cercáronle en efecto por todos lados, de noche, escalaron las tapias de su frente, y quemando la puerta principal se metieron en la iglesia, a cuyas paredes aplicaron camisas embreadas. Pensaron en seguida asaltar el cuerpo del edificio, en donde se alojaba la tropa que guarnecía el puesto y que constaba de 100 soldados, a las órdenes de los capitanes Don Ildefonso Prieto y Don Ángel Castellanos. Los defensores repelieron diversas acometidas, y habiendo de antemano y con maña practicado una cortadura en la escalera de subida, al trepar por ella con esfuerzo los granaderos franceses, quitaron los nuestros unos tablones que cubrían la trampa y cayeron los acometedores precipitados en lo hondo, en donde perecieron miserablemente, junto con un brioso oficial que los capitaneaba, el sable en una mano y en la otra una hacha de viento encendida. Duró la pelea cerca de tres horas, firmes los españoles, aunque rodeados de enemigos y casi chamuscados con las llamas que consumían la iglesia contigua. Recelosos los franceses con lo acaecido en la escalera, no osaban penetrar dentro, y al fin, fatigados de tal porfía, y expuestos también al fuego continuo de la plaza, se retiraron, dejando el terreno bañado en sangre. Honraron a nuestras armas con su defensa las tropas del convento de Santa Cruz: fue su acción de las más distinguidas de este sitio.

Ocupados hasta ahora los franceses en los ataques exteriores y en sus preparativos contra la plaza, molestados asimismo y continuamente por los sitiados, y prevenidos a veces en sus tentativas, no habían aún establecido sus baterías de brecha. Atrasó también las operaciones el haberse retardado la llegada de la artillería gruesa, detenida en su viaje a causa del tiempo que, lluviosísimo, puso intransitables los caminos.

Por fin, listos ya los franceses, descubrieron el 25 de junio 7 baterías de brecha coronadas de 46 cañones, morteros y obuses, que con gran furia empezaron a disparar contra la ciudad balas, bombas y granadas. Se extendía la línea enemiga desde el teso de San Francisco hasta el jardín de Samaniego.

Respondió la plaza con no menor braveza, acudiendo en ayuda de la tropa el vecindario sin distinción de clase, edad ni sexo. Entre las mujeres sobresalió una del pueblo, de nombre Lorenza, herida dos veces, y hasta dos ciegos, guiado uno por un perro fiel que le servía de lazarillo, se emplearon en activos y útiles trabajos, y tan joviales siempre y risueños entre el silbar y granizar de las balas, que gritaban de continuo en los parajes más peligrosos: «Ánimo muchachos; viva Fernando VII, viva Ciudad Rodrigo.»

Los enemigos dirigieron el primer día sus fuegos contra la ciudad para aterrarla, y empezaron el 26 a batir en brecha el torreón del Rey, que del todo quedó derribado en la mañana siguiente. Hiciéronles los españoles, por su parte, grande estrago, bien manejada su artillería, cuyo jefe era el brigadier Don Francisco Ruiz Gómez.

El 28 intimó de nuevo el mariscal Ney la rendición a la plaza, y habiendo ya entonces llegado al campo francés el mariscal Massena, que antes había pasado por Madrid a visitar a José, hízose a su nombre dicha intimación, honorífica sí, aunque amenazadora. Contestó dignamente Herrasti diciendo, entre otras cosas: «Después de 49 años que llevo de servicios, sé las leyes de la guerra y mis deberes militares... Ciudad Rodrigo no se halla en estado de capitular.»

Sin embargo, imaginándose el oficial parlamentario que parte de la confianza del gobernador pendía de la esperanza de que le socorriese Lord Wellington, propúsole entonces de palabra despachar a los reales ingleses un correo, por cuyo medio se cerciorase de cuál era el intento del general aliado. Convino Herrasti, mas Ney, sin cumplir lo ofrecido por su parlamentario, renovó el fuego y adelantó sus trabajos hasta 60 toesas de la plaza.

Descontento el mariscal Massena con el modo adoptado para el ataque, mejorole y trazó dos ramales nuevos hacia el glacis y enfrente de la poterna del Rey, rematándolos en la contraescarpa del foso de la falsabraga. Desde allí socavaron sus soldados unas minas para volar el terreno y dar proporción más acomodada al pie de la brecha. Contuviéronlos algún tanto los nuestros, y los ingenieros, bien dirigidos por el teniente coronel Don Nicolás Verdejo, abrieron una zanja y practicaron otros oportunos trabajos, contrarrestando al mismo tiempo la plaza con todo género de proyectiles los esfuerzos de los enemigos.

En el intermedio, en vano estos habían acometido repetidas veces el arrabal de San Francisco. Constantemente rechazados, solo le ocuparon el 3 de julio, en que los nuestros, para reforzar los costados de la brecha, le habían ya evacuado, excepto el convento de Santo Domingo.

El gobernador, siempre diligente, velaba por todas partes, y el 5 ideó una salida a cargo de los capitanes Don Miguel Guzmán y Don José Robledo, cuyas resultas fueron gloriosas. Empezaron los nuestros su acometida por el arrabal del Puente, y después, corriéndose al de San Francisco por la derecha del convento de Santo Domingo, sorprendieron a los enemigos, les mataron gente y destruyeron muchos de sus trabajos.

Con esto, enardecidos los españoles, cada día se empeñaban más en la defensa. Sustentábalos también todavía la esperanza de que viniese a su socorro el ejército inglés, no pudiendo comprender que los jefes de este, tan numeroso y tan inmediato, dejasen a sangre fría caer en poder de los franceses plaza que se sostenía con tan honroso denuedo. Salió no obstante fallida su cuenta.

Las baterías enemigas crecieron grandemente, y el 8 algunas de ellas enfilaban ya nuestras obras. La brecha abierta en la falsabraga y en la muralla alta de la plaza ensanchose hasta 20 toesas, con lo que, y noticioso el gobernador de que los ingleses, en vez de aproximarse, se alejaban, resolvió el 10 capitular de acuerdo con todas las autoridades.

Capitula la plaza.

A la sazón preparábanse los enemigos a dar el asalto, y tres de sus soldados arrojadamente se habían ya encaramado para tantear la brecha. Enarbolada por los nuestros bandera blanca, salió de la plaza un oficial parlamentario, quien encontrándose con el mariscal Ney, volvió luego con encargo de este de que se presentase el gobernador en persona para tratar de la capitulación. Condescendió en ello Herrasti, y Ney, recibiéndole bien y elogiándole por su defensa, añadió que era excusado extender por escrito la capitulación, pues desde luego la concedía amplia y honorífica, quedando la guarnición prisionera de guerra.

El mariscal Ney dio su palabra en fe de que se cumpliría lo pactado, y según la noticia que del sitio escribió el mismo Herrasti, llevose a efecto con puntualidad. Fueron sin embargo tratados rigorosamente los individuos de la junta, porque, encarcelados con ignominia y llevados a pie a Salamanca, trasladáronlos después a Francia.

En este asedio quedaron de los españoles fuera de combate 1400 soldados; del pueblo, unos 100. Perdieron por lo menos 3000 los franceses. Gloriosa defensa. Massena encomió la defensa, pintándola como de las más porfiadas. «No hay idea [decía en su relación] del estado a que está reducida la plaza de Ciudad Rodrigo, todo yace por tierra y destruido, ni una sola casa ha quedado intacta.»

Clamores contra los ingleses por no haber socorrido la plaza.

Enojó a los españoles el que el ejército inglés no socorriese la plaza. Lord Wellington había venido allí desde el Guadiana, dispuesto y aun como comprometido a obligar a los franceses a levantar el sitio. No podía, en este caso, alegarse la habitual disculpa de que los españoles no se defendían, o de que estorbaban con sus desvaríos los planes bien meditados de sus aliados. El marqués de la Romana pasó de Badajoz al cuartel general de Lord Wellington y unió sus ruegos a los de los moradores y autoridades de Ciudad Rodrigo, a los del gobierno español y aun a los de algunos ingleses. Nada bastó. Wellington, resuelto a no moverse, permaneció en su porfía. Los franceses, aprovechándose de la coyuntura, procuraron sembrar cizaña, y el Monitor decía: «Los clamores de los habitantes de Ciudad Rodrigo se oían en el campo de los ingleses, seis leguas distante, pero estos se mantuvieron sordos.» Si nosotros imitásemos el ejemplo de ciertos historiadores británicos, abríasenos ahora ancho campo para corresponder debidamente a las injustas recriminaciones que con largueza y pasión derraman sobre las operaciones militares de los españoles. Pero, más imparciales que ellos, y no tomando otra guía sino la de la verdad, asentaremos, al contrario, prescindiendo de la vulgar opinión, que Lord Wellington procedió entonces como prudente capitán, si para que se levantase el sitio era necesario aventurar una batalla. Sus fuerzas no eran superiores a las de los franceses, carecían sus soldados de la movilidad y presteza convenientes para maniobrar al raso y fuera de posiciones, no teniendo tampoco todavía los portugueses aquella disciplina y costumbre de pelear que da confianza en el propio valer. Ganar una batalla pudiera haber salvado a Ciudad Rodrigo, pero no decidía del éxito de la guerra: perderla destruía del todo el ejército inglés, facilitaba a los enemigos el avanzar a Lisboa, y dábase a la causa española un terrible, ya que no un mortal, golpe. Con todo, la voz pública atronó con sus quejas los oídos del gobierno, calificando, por lo menos, de tibia indiferencia la conducta de los ingleses. Don Martín de la Carrera, participando del común enfado, se separó, al rendirse Ciudad Rodrigo, del ejército aliado y se unió al marqués de la Romana.

Excursión de los franceses hacia Astorga y Alcañices.

Envió en seguida el mariscal Massena algunas fuerzas que arrojasen allende las montañas al general Mahy, que había avanzado y estrechaba a Astorga. Retirose el español, y el general Sainte-Croix atacó en Alcañices a Echevarría, que de intendente se había convertido en partidario y tenido ya anteriormente reencuentros con los franceses. Defendiose dicho Echevarría en el pueblo con tenacidad y de casa en casa. Arrojado, en fin, perdió en su retirada bastante gente que le acuchilló la caballería enemiga.

Toman la Puebla de Sanabria.

Por entonces quisieron también los franceses apoderarse de la Puebla de Sanabria, que ocupaba con alguna tropa Don Francisco Taboada y Gil. Aquella villa, solo rodeada de muros de corto espesor y guarecida de un castillo poco fuerte, ya vimos como la entraron sin tropiezo los franceses al retirarse de Galicia, habiéndola después evacuado. Su conquista no les fue ahora más difícil. Taboada la desamparó, de acuerdo con el general Silveira, que mandaba en Braganza. Enseñoreose por tanto de ella el general Serras, y creyendo ya segura su posesión, se retiró con la mayor parte de su gente y solo dejó dentro una corta guarnición.

La pierden.

Enterados de su ausencia los generales portugués y español, revolvieron sobre la Puebla de Sanabria el 3 de agosto, y después de algunas refriegas y acometidas, la recuperaron en la noche del 9 al 10. Cayó prisionera la guarnición, compuesta de suizos, a los que se les prometió embarcarlos en la Coruña bajo condición de que no volverían a tomar las armas contra los aliados.

La ocupan de nuevo.

En breve tornó, y de priesa, en auxilio de la plaza el general Serras, con 6000 hombres. A su llegada estaba ya rendida, pero Taboada y Silveira juzgaron prudente abandonarla, no teniendo bastantes fuerzas para resistir a las superiores de los enemigos. Lleváronse los prisioneros, y Serras de nuevo se posesionó de la villa y su castillo, cuya anterior toma, con la pérdida de los suizos, le costaba más de lo que militarmente valía.

Campaña de Portugal.

Comenzó, entre tanto, el mariscal Massena la invasión de Portugal. Pasaremos a hablar, aunque con rapidez, de acontecimiento de tanta importancia, refiriendo antes los preparativos y medios de defensa que allí había, como también la situación de aquel reino.

Estado de este reino y de su gobierno.

Después de la evacuación que en el año pasado de 1809 efectuó el mariscal Soult de las provincias septentrionales de Portugal, puede aseverarse que ni esta nación ni su ejército habían tomado parte activa o directa en la lucha peninsular. Achacaron algunos la culpa a la flojedad del gobierno de Lisboa, y muchos al influjo que ejercía la Inglaterra, cuyo gabinete acabó por ser árbitro de la suerte de aquel país, no conviniendo a la política británica, según se creía, el que se estableciese íntima unión entre Portugal y España. Hubo de los gobernadores del reino [nombre que se daba a los individuos de la regencia portuguesa] quien se disgustó de tal predominio, y así se verificaron por este tiempo mudanzas en las personas que componían aquella corporación. El marqués de las Minas se retiró, y se agregaron a los que quedaban otros gobernadores, de los que fue el más notable y principal Sousa, hermano de los embajadores portugueses residentes en el Brasil y en Londres. Poco después, en septiembre, entró también en la regencia Sir Carlos Stuart, a la sazón embajador de Inglaterra en Lisboa. Del ejército, además del mando inmediato dado a Beresford, disponía en jefe, como mariscal general de Portugal, Lord Wellington, independiente del gobierno y absoluto en todo lo relativo a la fuerza combinada anglo-portuguesa, de cualquiera clase que fuese. Igualmente se confirió la dirección suprema de la marina al almirante inglés Berkeley. En fin, el gabinete del Brasil, o por mejor decir, las circunstancias, arreglaron de modo la administración pública de Portugal que, conforme a la expresión de un historiador inglés, en esta parte nada sospechoso, aquel reino [*] (* Ap. n. 12-1.) «fue reducido a la condición de un estado feudatario.»

Por lo mismo, no con mayor resignación que el marqués de las Minas, se sometían algunos de los otros gobernadores del reino, aun de los nuevos, a la intervención extraña. Las reyertas eran frecuentes y vivas, echando los ingleses en cara al gobierno de Lisboa que, en vez de remover obstáculos, los aumentaba, entorpeciendo la ejecución de medidas las más cumplideras. Pero tales quejas partían a veces de apasionada irreflexión, pues si bien ciertas resoluciones de los comandantes británicos solían ser eficaces para el éxito final de la buena causa, producían por el momento incalculables males, poco sentidos por extranjeros que solo miraban los campos lusitanos como teatro de guerra, y desoían los clamores de un país que no era su patria.

Lord Wellington, para hacer frente a tantas dificultades, y no abrumado con la grave carga que pesaba sobre sus hombros, desplegó asombrosa firmeza y se mostró invariable en sus determinaciones. Ministrole gran sostenimiento la suprema autoridad de que estaba proveído, y los socorros y dinero que la Inglaterra profusamente derramaba en Portugal.

Plan de Lord Wellington.

De antemano había Lord Wellington meditado un plan de defensa y elevádole al conocimiento del gobierno británico, después de examinar detenidamente los medios económicos y militares que para ello deberían emplearse. Extendió su dictamen en un oficio dirigido a Lord Liverpool, obra maestra de previsión y maduro juicio. El gabinete inglés, descorazonado con la paz de Austria y el desastrado remate de la expedición de Walcheren, había vacilado en si continuaría o no protegiendo con esfuerzo la causa peninsular. Pero arrastrado de las razones de Wellington, apoyadas con elocuencia y saber por su hermano el marqués de Wellesley, miembro ahora de dicho gabinete, accedió al fin a las propuestas del general británico. Según ellas, debiendo aumentarse el ejército anglo-portugués, tenían que ser mayores los gastos y concederse nuevos subsidios al gobierno de Lisboa.

Fuerza que mandaba.

Aprobado, pues, en Londres el plan de Wellington, en breve contó este con una fuerza armada bastante numerosa. Había en la península, no incluyendo los de Gibraltar, cerca de 40.000 ingleses, y dejando aparte los enfermos y los cuerpos que contribuían a guarnecer a Cádiz, quedábanle por lo menos al general británico de 26 a 27.000 hombres de su nación. Dividíase la gente portuguesa en reglada, de milicias y en ordenanzas, las últimas mal pertrechadas y compuestas de paisanaje. Los estados que de toda la fuerza se formaron tuviéronse por muy exagerados, y según un cómputo prudente no pasaba la milicia arriba de 26.000 hombres, y el ejército de 30.000. No es fácil enumerar con puntualidad la fuerza real de las ordenanzas. Por manera que casi al comenzarse la campaña hallábanse ya bajo el mando de Lord Wellington unos 80.000 hombres bien mantenidos, armados y dispuestos, con los que, apoyados por las ordenanzas, o sea la población, debía defenderse el reino de Portugal.

Subsidios que da Inglaterra.

El subsidio con que a este acudía la gran Bretaña llegó a ascender por año a cerca de 1.000.000 de libras esterlinas. Rayaba el costo del ejército puramente británico en la suma de 1.800.000 libras de la misma moneda, 500.000 más de las que hubiera consumido en su propio país. Encareciose sobre manera el enganche de soldados, no permitiendo las leyes inglesas en el reemplazo de las tropas de tierra conscripciones forzadas. Se pagaban once guineas de premio por cada hombre que pasase de la milicia a la línea, y diez por los que se alistasen en la primera.

Posición de Wellington. Devastación del país.

Lord Wellington, colocado ya en el valle del Mondego, o ya avanzando hacia la frontera de España, estaba como en el centro de la defensa, formando las alas la milicia y ordenanzas portuguesas. Todo el territorio hasta cerca de Coimbra, por donde se pensaba había de invadir Massena, fue destruido. Arruináronse los molinos, rompiéronse los puentes, quitáronse las barcas, devastáronse los campos, y obligando a los habitantes a que levantasen sus casas y llevasen sus haberes, se ordenó que la población entera, del modo que pudiese, hostigase al enemigo por los costados y espalda y le cortase los víveres, mientras que el ejército aliado por su frente le traía a estancias en que fuese probable batallar con ventaja.

Líneas de Torres Vedras.

De aquellas se contaban a retaguardia de los anglo-portugueses varias que eran muy favorables, sobrepujando a todas las que se conocieron después con el nombre de líneas de Torres Vedras. Fortaleciéronse estas cuidadosamente, proviniendo la primera idea de mantenerlas y asegurarlas de planos que de todos sus puestos mandó levantar en 1799 el general Sir Carlos Stuart [padre del Stuart por este tiempo embajador en Lisboa], trabajo que ya entonces se hizo con el objeto de cubrir la capital de Portugal de una invasión francesa. Wellington, desde muy temprano, concibió el designio de realizar pensamiento tan provechoso.

Dos fueron las principales líneas que se fortificaron. Partía la primera de Alhandra, orillas del Tajo, y corría por espacio de siete leguas, siguiendo la conformación sinuosa de las montañas hasta el mar y embocadero del Sizandro, no lejos de Torres Vedras. La segunda que era la más fuerte y que distaba de la primera de dos a tres leguas, según la irregularidad del terreno, arrancaba en Quintela, y dilatándose cosa de seis leguas remataba en el paraje en donde desagua el río llamado San Lorenzo. Había además, pasado Lisboa, al desembocar del Tajo, otra tercera línea, en cuyo recinto quedaba encerrado el castillo de San Julián, no teniendo la última más objeto que el de favorecer, en caso de necesidad, el embarco de los ingleses. Contábanse en tan formidables líneas 150 fuertes y unos 600 cañones. Se habían construido las obras bajo la dirección del teniente coronel de ingenieros Fletcher, a quien auxilió el capitán Chapman.

Dicho de Wellington a Álava.

Puso Lord Wellington particular ahínco en que se fortificasen estas líneas cumplida y prontamente, pues como decía al digno oficial Don Miguel de Álava, comisionado por el gobierno español cerca de su persona, «no ha podido cabernos mayor fortuna que el haber asegurado el punto en la Isla gaditana y este de Torres Vedras, inexpugnables ambos, y en los que, estrellándose los esfuerzos del enemigo, daremos lugar a otros acontecimientos, y nos prepararemos con nuevos bríos a ulteriores y más brillantes empresas.»

Preparativos y fuerza de los franceses.

Los franceses, por su parte, habían preparado grandes fuerzas, para que no se les malograse la expedición de Portugal. El mariscal Massena no solo tenía a su disposición los tres cuerpos indicados y la caballería de Montbrun, sino que, comprendiéndose igualmente en su mando las provincias de Castilla la Vieja y las Vascongadas, el reino de León y Asturias, de su arbitrio pendía sacar de allí las fuerzas que hubiese disponibles. Además, se alojaba entre Zamora y Benavente, a las órdenes del general Serras, una columna móvil de 8000 hombres que amenazaba a Tras-os-Montes, y en agosto entró en España un 9.º cuerpo de ejército de 20.000 hombres, formado en Bayona y regido por el general Drouet; a mayor abundamiento, en la misma ciudad se juntaba otro, al cargo del general Caffarelli. No eran inútiles semejantes precauciones si querían los enemigos conservar firme su base y evitar el que se interrumpiesen las comunicaciones por las partidas españolas.

Así fue que el mariscal Massena, próximo a entrar en Portugal, dio en Ciudad Rodrigo una proclama a los habitadores de aquel reino, expresando que se hallaba a la cabeza de 110.000 hombres. Aserción no jactanciosa si se cuentan todos los cuerpos y divisiones que estaban bajo su obediencia, y que se extendían por España desde la frontera lusitana hasta la de Francia.

Escaramuzas. Fuerte de la Concepción.

Hubo ya escaramuzas en los primeros días de julio entre ingleses y franceses. Aquellos volaron y acabaron de arruinar el 21 del mismo mes el fuerte de la Concepción, en la raya perteneciente a España, y bien fortificado antes de 1808, pero que, al principiarse en dicho año la insurrección, se vio abandonado por los españoles, y destruido en parte por los franceses.

Combate del Coa.

Craufurd, general de la vanguardia inglesa, se colocó entonces a la margen derecha del Coa, y sin tener la aprobación de Lord Wellington, decidiose el 24 a trabar pelea con los franceses, llevado quizá del deseo de cubrir a Almeida, bajo cuyos cañones apoyaba su izquierda. Consistía la fuerza de Craufurd en 4000 infantes y 1100 caballos, situados en una línea que se extendía por espacio de media legua, formación algo semejable a las desadvertidas del general Cuesta. Vino sobre los ingleses el mariscal Ney, acompañado de su cuerpo de ejército, y por consiguiente muy superior a aquellos en número. Y si bien los batallones de la vanguardia aliada y los individuos combatieron por separado valerosamente, maniobrose mal en la totalidad, y los movimientos no fueron más atinados que lo había sido la colocación de las tropas. Los franceses rompieron las filas inglesas, obligando a sus soldados a pasar el Coa. Sirvió a estos para no ser del todo deshechos y atropellados por los jinetes enemigos lo desigual del terreno y los viñedos, y también el haberse negado a evolucionar oportunamente con la caballería el general Montbrun, disculpándose con no tener orden del general en jefe mariscal Massena. Hallaron así los ingleses hueco para cruzar el puente, cuyo paso defendido con grande aliento, detuvo al francés en su marcha. Perdió Craufurd cerca de 400 hombres; bastantes Ney por el empeño que puso, aunque inútil, en ganar el puente.

Tal contratiempo, en vez de coadyuvar a la defensa de Almeida, no podía menos de perjudicarla. Los franceses, en efecto, intimaron luego la rendición; mas no por eso obraron con su acostumbrada presteza, pues hasta el 15 de agosto en la noche no abrieron trinchera.

Sitio de Almeida.

Parecía natural que Almeida, plaza bajo todos respectos preeminente a Ciudad Rodrigo, imitase tan glorioso ejemplo, prolongando aun por tiempo más largo la resistencia. Los antiguos muros se hallaban, mucho antes de la actual guerra, mejorados, conforme al sistema moderno de fortificación, con foso, camino cubierto, seis baluartes, seis revellines y un caballero que dominaba la campiña. Había también almacenes a prueba de bomba. Estaba ahora la plaza municionada muy bien, y sus obras más perfeccionadas. Guarnecíanla 4000 hombres, y mandaba en ella el coronel inglés Cox.

Vuélase.

Rompieron los franceses el 26 horroroso fuego, y a poco ardieron muchas casas. Al anochecer del mismo día, tres almacenes, los más principales, encerrados en un castillo antiguo situado en medio de la ciudad, se volaron con pasmoso estrépito y causaron deplorable ruina. Por unas partes resquebrajáronse los muros, por otras se aportillaron; los cañones casi todos fueron o desmontados o arrojados al foso; perecieron 500 personas; hubo heridas muchas otras, y apenas quedaron seis casas en pie. Tal espectáculo ofreció Almeida en la mañana del 27. No faltó quien atribuyese a traición semejante desdicha; los bien informados, a casualidad o descuido.

Capitula.

Sin tardanza repitieron los franceses la intimación de rendirse. El gobernador Cox, aunque ya miraba imposible la defensa, quería alargarla dos o tres días, esperando que el ejército aliado acudiese en socorro de la plaza; pero obligole a capitular un alboroto, agavillado por el teniente de rey Bernardo de Costa. Presúmese que en él influyeron los portugueses adictos al francés, y que estaban en su campo. El teniente de rey fue en adelante arcabuceado, si bien no resultó claramente que llevase tratos con el enemigo.

Proscripciones y prisiones en Lisboa.

De resultas, la regencia de Portugal también declaró traidores a varios individuos que seguían el bando francés. Entre ellos sonaban los nombres de los marqueses de Alorna y de Loulé, del conde de Ega, de Gómez Freire de Andrade y otros de cuenta. Se prendió asimismo en Lisboa a muchas personas so pretexto de conspiración, sin pruebas ni acusación fundada. Enviáronlas después unas a Inglaterra, otras a las Azores. Dieron ocasión a tan vituperable demasía livianos motivos y privadas venganzas. Extrañose que Lord Wellington, y particularmente el embajador Stuart, miembro de la regencia y de poderoso influjo, no estorbasen procedimientos en que por lo menos pudiera achacárseles cierta connivencia, como sucedió. Pero la regencia de Lisboa, tomando la defensa de ambos, manifestó no haber tomado parte ninguno de ellos en aquella ocurrencia.

Temores de los ingleses.

Mientras tanto, la caída de Almeida, el contratiempo de Craufurd y la idea agigantada que entonces tenían los ingleses del ejército francés, causaban en el británico grande descaecimiento. Las cartas de los oficiales a sus amigos en Inglaterra no estaban más animosas, y su mismo gobierno se mostraba casi desesperanzado del buen éxito de la lucha peninsular. Así fue que, no obstante haber accedido a los planes de Lord Wellington, indicábase a este, en particulares instrucciones, que S. M. B. vería con gusto la retirada de su ejército, más bien que el que corriese el menor peligro por cualquiera dilación en su embarco. Otro general de menos temple que Lord Wellington y menos confiado en los medios que le asistían, hubiera quizá vacilado acerca del rumbo que convenía tomar, y dado un nuevo ejemplo de escandalosa retirada. Mas Wellington mantúvose firme, a pesar de que la repentina e inesperada pérdida de Almeida aceleraba las operaciones del enemigo.

Repliégase Wellington.

Acaecida tamaña desgracia se replegó el general inglés a la izquierda del Mondego, estableció en Gouvea sus reales, colocó detrás de Celórico los infantes, y en este mismo pueblo la caballería. Dificultades que tiene Massena. Massena, teniendo dificultades en acopiar víveres a causa de las partidas españolas y de la mala voluntad de los pueblos, retardó la invasión, y aun dudaba poderla realizar tan pronto. Dos meses eran corridos después de la toma de Ciudad Rodrigo. Almeida apenas había ofrecido resistencia, y el ejército francés aún permanecía a la derecha del Coa. Tanto ayudaba a los aliados la constante enemistad que conservaban los habitantes a los invasores.

Aguíjale Napoleón.

Napoleón, que no palpaba de cerca como sus generales los obstáculos del país, maravillábase de la dilación, mayormente siendo superior en número al anglo-portugués el ejército de los franceses. Así se lo manifestaba a Massena en instrucciones que le expidió en septiembre; pero antes de recibir estas, ya aquel mariscal se había puesto en marcha.

Empieza Massena la invasión.

Fue su primer plan, aseguradas las plazas de Ciudad Rodrigo y Almeida, moverse por ambas orillas del Tajo. Pero después, contando con que las tropas francesas de Extremadura y Andalucía amenazarían por el Alentejo, y no creyéndose con bastante fuerza para dividir esta, limitó sus miras a su solo frente, y determinó obrar por uno de los tres principales caminos que por allí se le ofrecían, de Belmonte, Celórico y Viseo.

Posición de Wellington y medidas que toma.

Wellington, conservando en Gouvea sus cuarteles, extendía los puestos avanzados de su ejército, comprendiendo las fuerzas de Hill y otras sobre la derecha, desde el lado de Almeida, por la sierra de Estrella, a Guarda y Castelo Branco; en caso de ataque del enemigo debían todas las divisiones replegarse concéntricamente hacia las líneas. El inconveniente de esta posición consistía en lo dilatado de ella, pudiendo el enemigo, al paso que amagase a Celórico, interponerse por Belmonte entre Lord Wellington y el general Hill, a quienes separaba gran distancia. El último, siguiendo paralelamente, conforme indicamos, los movimientos del francés Reynier, había llegado a Castelo Branco el 21 de julio. Dejó aquí una guardia avanzada, y obedeciendo las órdenes de Lord Wellington, que le había reforzado con caballería, se acampó con 16.000 hombres y 18 cañones en Sarcedas. Para prevenir el que los franceses se interpusiesen, se rompió de Covilhã arriba el camino, ejecutáronse otros trabajos de defensa, se apostó en Fundão una brigada portuguesa, y colocose entre dos posiciones que se atrincheraron detrás del Cécere, río tributario del Tajo, y junto al Alva, que lo es del Mondego, una reserva formada en Tomar, y compuesta de 8000 portugueses y 2000 ingleses, bajo el mando del general Leith.

Descripción del valle de Mondego.

El cuerpo principal del ejército de Wellington podía, desde Celórico, tomar para su retirada o el camino que va a la sierra de Murcela, o el de Viseo. El primero corre por espacio de quince leguas lo largo de un desfiladero entre el río Mondego y la sierra de Estrella, teniendo al extremo la de Murcela, que circunda el Alva. De allí un camino que lleva a Espinhal facilitaba las comunicaciones con Hill y Leith, y un ramal suyo las de Coimbra. La otra ruta insinuada, la de Viseo, es de las peores de Portugal, interrumpida por el Criz y otras corrientes, y también estrechada entre el Mondego y la sierra de Caramula, que se une por medio de un país montuoso a la de Buçaco, límite, por decirlo así, del valle, y que hace frente a la de Murcela, pasando entre las faldas de ambas sierras el mencionado Mondego. La decisión de Wellington pendía del partido que tomasen los franceses.

Distribución de los cuerpos de Massena.

Massena no conocía a fondo el terreno, y tomando consejo de los portugueses que había en su campo, a quienes suponía enterados, resolvió dirigirse a Viseo y de allí a Coimbra, habiéndosele pintado aquella ruta como fácil y sin particulares obstáculos. En consecuencia, reconcentró el 16 de septiembre los tres cuerpos de ejército que mandaba: el de Ney y la caballería pesada en Maçal do Chão, el de Junot en Pinhel, y el de Reynier en Guarda. Hizo distribuir a los soldados pan para trece días, pensando caminar aceleradamente, y deseando anticiparse a Wellington en su marcha. Massena, colocando así su ejército, amenazaba los tres caminos indicados de Celórico, Belmonte y Viseo, y dejaba en duda el verdadero punto de su acometida. Reynier había hecho desde su retirada de Extremadura varios movimientos, ya dando indicios de dirigirse a Castelo Branco, ya adelantándose hasta Sabugal, ya retrocediendo a Zarza la Mayor. Por fin se incorporó, según acabamos de ver, a los otros cuerpos de Massena.

Muévese sobre Celórico y Viseo.

De estos, el 2.º y 6.º, unidos con la caballería de Montbrun, cayeron en breve sobre Celórico, replegándose los puestos de los aliados a Cortiça. Wellington entonces comenzó su retirada por la izquierda del Mondego sobre el Alva, y el 17 notó que los dos mencionados cuerpos franceses se dirigían a Viseo por Fornos; quedaba el 8.º de Junot hacia Trancoso, en observación de 10.000 hombres de milicia, al mando del coronel Trant y de los jefes Miller y Juan Wilson, recogidos del norte de Portugal, y que se pusieron a las órdenes del general Bacellar para molestar el flanco derecho y la retaguardia del enemigo.

Entran sus avanzadas en Viseo.

Entraron en Viseo las avanzadas francesas el 18. La ciudad estaba desierta. Wellington sin demora hizo cruzar de la margen izquierda del Mondego a la opuesta la brigada portuguesa que mandaba Pack, y la apostó más allá del Criz, rotos sus puentes. Continúa Wellington su retirada. En seguida empezó también el ejército aliado a pasar el Mondego por Penacova, Olivares y otras partes: colocose la división ligera de Craufurd en Mortagua para sostener a Pack; la 3.ª y 4.ª, del mando de Picton y Cole, entre la sierra de Buçaco y aquel pueblo, situándose al frente del mismo en un llano la caballería. Pasó al otro lado de la citada sierra la 1.ª división, regida por el general Spencer, y se dirigió a Meallada con la mira de observar el camino de Oporto a Coimbra, pues todavía se dudaba si Massena procuraría desde Viseo salir hacia aquella ruta, o continuar lo largo de la derecha del Mondego. Por igual motivo el coronel Trant, con parte de la milicia, debía marchar por San Pedro de Sul a Sardão, y juntarse al general Spencer. En tanto, el general Leith llegaba al Alva, y siguiole de cerca Hill, quien, sabiendo que Reynier se había juntado a Massena, se anticipó afortunadamente sin que hubiese todavía recibido órdenes de Wellington, y vino a incorporarse al ejército aliado.

Ataca Trant la artillería y equipajes franceses.

El grueso del de los franceses llegó a Viseo el 20; pero su artillería y equipajes se detuvieron por los tropiezos del camino, y por una embestida del coronel Trant. Atacolos este caudillo el mismo 20 en Tojal, viniendo de Moimenta da Beira, con algunos caballos y 2000 hombres de milicia. Cogioles 100 prisioneros, algún bagaje, y su triunfo hubiera sido más completo si la gente que mandaba hubiera sido menos novicia. Sin embargo, tan inesperado movimiento desasosegó a los franceses, cuya artillería, equipajes y gran parte de la caballería no llegó a Viseo hasta el 22, lo cual hizo perder a Massena dos días, y no desaprovechó a Wellington, a quien hubiera podido andar el tiempo escaso.

Parecía ahora que este general, prosiguiendo en su propósito de no aventurar batallas, no se detendría en donde estaba, sino que, cerciorado de que los franceses iban adelante, se replegaría para aproximarse a las líneas. Suposición esta tanto más fundada cuanto, no habiendo querido empeñar acción para salvar dos plazas, no era regular lo hiciese en la actual ocasión, en que no concurría motivo tan poderoso. Mas no sucedió así. Presúmese que varió de parecer a causa de los clamores que contra los ingleses se levantaron en Portugal, viendo que dejaban el país a merced del enemigo.

Detiénese Wellington en Buçaco.

Wellington determinó, pues, hacer alto en la sierra de Buçaco, y disponer su gente en nuevas y acomodadas posiciones. Corren aquellos montes por espacio de dos leguas, cayendo por un lado rápidamente, según hemos apuntado, sobre la derecha del Mondego, y enlazándose por el opuesto con la sierra de Caramula. Tres caminos llevan a Coimbra: uno cruza lo más alto, y allí se levanta un convento célebre en Portugal de carmelitas descalzos, en donde Lord Wellington estableció el cuartel general, y aquella morada antes silenciosa y pacífica convirtiose ahora en estrepitoso alojamiento de gente de guerra. De los otros dos caminos, uno venía de San Antonio de Cantaro, y el otro seguía el Mondego a Penacova. A través del último se colocó el cuerpo de Hill, que llegó el 26; a su izquierda Leith. Seguía la 3.ª división, y entre esta y el convento formaba la 1.ª La 4.ª se puso en el extremo opuesto para cubrir un paso que conduce a Meallada, en cuyo llano se apostó la caballería, quedando solo en las cumbres un regimiento de esta arma. La brigada de Pack se alojaba delante de la 1.ª división, a la mitad de la bajada del lado de los franceses; también se situó descendiendo y enfrente del convento la vanguardia de Craufurd con algunos jinetes. Había en ciertos parajes, a retaguardia de la línea, portugueses que sostenían el cuerpo de batalla. Hallose Wellington con toda su fuerza principal reunida, en número de unos 50.000 hombres.

Acción de Buçaco.

Túvose a dicha que los franceses se hubiesen parado hasta el día 27, pues a haber acelerado su marcha y acometido treinta y seis horas antes, conforme se asegura quería Ney, la suerte del ejército aliado hubiera podido ser muy otra, reinando alguna confusión en sus movimientos. Leith pasaba el Mondego, Hill todavía no había llegado, y apenas estaban en línea 25.000 hombres.

El mariscal Massena, después de algunas dudas, se resolvió a embestir la Sierra el 27 al amanecer. Tenían sus soldados, para llegar a la cima, que trepar por una subida empinada y escabrosa, cuya desigualdad sin embargo los favorecía, escudando hasta cierto punto sus personas. El mariscal Ney se enderezó al convento, y Reynier del otro lado, por San Antonio de Cantaro. Junot se quedó en el centro y de respeto con la caballería y artillería.

Las tropas de Reynier acometieron con tal ímpetu que se encaramaron en la cima, y por un rato se enseñorearon de un punto de la línea de los aliados, arrollando parte de la 3.ª división, que mandaba Picton. Pero acudiendo el resto de ella, y también el general Leith por el flanco con una brigada, fueron los enemigos desalojados, y cayeron con gran matanza la montaña abajo.

Ni aun tan afortunado logró ser por el otro punto el mariscal Ney. Dueño desde el principio de la acción de una aldea que amparaba sus movimientos, comenzó a subir la sierra por la derecha encubierto con lo agrio y desigual del terreno. El general Craufurd, que se hallaba allí, tomó en esta ocasión atinadas disposiciones. Dejó acercarse al enemigo, y a poca distancia rompió contra sus filas vivísimo fuego, cargándole después a la bayoneta por el frente y los costados. Precipitáronse los franceses por aquellas hondonadas, perdieron mucha gente, y quedó prisionero el general Simon. Ganaron después los ingleses a viva fuerza el pueblecillo que habían al principio ocupado sus contrarios. Lo recio de la pelea duró poco, el enemigo no insistió en su ataque, y se pasó lo que restaba del día en escaramuzas y tiroteos. Perdieron los franceses unos 4000 hombres, murió el general Graindorge, y fueron heridos Foy y Merle. De los aliados perecieron 1300, menos que de los otros a causa de su diversa y respectiva posición.

Cruza Massena la sierra de Caramula.

Convencido el mariscal Massena de las dificultades con que se tropezaba para apoderarse de la sierra por el frente, trató de salvarla poniéndose en franquía por la derecha, y obligando de este modo a los ingleses a abandonar aquellas cumbres, ya que no pudiese sorprenderlos por el flanco y escarmentarlos. Lo difícil era encontrar un paso, mas al fin consiguió averiguar de un paisano que desde Mortagua partía un camino al través de la sierra de Caramula, el cual se juntaba con el que de Oporto va a Coimbra. Contento el mariscal francés con tal descubrimiento, decidió tomar prontamente aquella vía, y disfrazó su resolución manteniendo el 28 falsos ataques y escaramuzas. Mientras tanto fue marchando a la desfilada lo más de su ejército, y hasta en la tarde no advirtieron los ingleses el movimiento de sus contrarios.

No les era ya dado el estorbarlo, por lo que desampararon a Buçaco antes del alborear del 29. Hill repasó el Mondego, y por Espinhal se retiró sobre Tomar; hacia Coimbra y la vuelta de Meallada, Wellington, con el centro y la izquierda. Cubría la retaguardia la división ligera de Craufurd, a la que se unió la caballería.

Los franceses, después de cruzar la sierra de Caramula, llegaron el mismo día 28 a Boyalvo sin encontrar ni un solo hombre. El coronel Trant se hallaba a una legua, en Sardão, adonde había venido desde San Pedro de Sul, pero con poca gente. Las partidas enemigas le arrojaron fácilmente más allá del Vouga.

Por la relación que hemos hecho de la acción de Buçaco aparece claro que con ella no se alcanzó otra cosa que el que brillase de nuevo el valor británico y se adquiriese mayor confianza en las tropas portuguesas, las cuales pelearon con brío y buena disciplina. Pero no se recogió ninguno de aquellos importantes frutos, por los que un general aventura de grado una batalla. Ni siquiera había los motivos que para ello asistían durante los sitios de Ciudad Rodrigo y de Almeida. Y hasta la prudencia de Lord Wellington falló en esta ocasión, dejando un portillo por donde no solo se metieron los franceses, sino que también por él pudieron envolver al ejército aliado o a lo menos flanquearle con gran menoscabo. En vano se alega en disculpa haber mandado Wellington que avanzase el coronel Trant con la milicia: la escasa fuerza y la índole bisoña de esta tropa no hubiera podido detener, cuanto menos rechazar, las numerosas huestes de Massena. Tan cierto es que de un hilo cuelga la suerte de las armas, aun gobernadas por generales los más advertidos.

Puesto el mariscal francés en Boyalvo, marchó sobre Coimbra. En aquel tránsito no estaba el país tan destruido y talado como hasta Buçaco. No se cumplieron allí rigurosamente las disposiciones de Wellington, parte por creerse lejano el peligro, parte también porque a la regencia portuguesa, gobierno nacional, no le era lícito llevar a efecto órdenes tan duras con la misma impasibilidad y fortaleza que al brazo de hierro de un general que, aunque aliado, era extranjero.

Los franceses en Coimbra.

Hubo, por tanto, en Coimbra desbarato y confusión, y si bien los vecinos desampararon la ciudad, con la precipitación se dejaron víveres y otros recursos al arbitrio del enemigo. No le aprovecharon sin embargo a este: Junot, a pesar de órdenes contrarias del general en jefe, permitió o no pudo impedir el pillaje.

Condeixa.

De aquí nació que agolpándose muchedumbre de población fugitiva de aquella ciudad y otras partes a los desfiladeros que van a Condeixa, hubo de comprometerse la división de Craufurd, que cubría la retirada del ejército aliado, porque, detenida en su marcha, se dio lugar a que se aproximaran los jinetes enemigos. A su vista suscitose gran desorden, y si hubieran venido asistidos de infantería, quizá hubieran destrozado a Craufurd. Este consiguió, aunque a duras penas, poner en salvo su división.

Desórdenes en el ejército inglés.

Lo apacible del tiempo había favorecido en su retirada a los ingleses, abundaban en provisiones, y no obstante cometieron excesos, a punto de robar sus propios almacenes. El cuartel general se estableció en Leiría el 2 de octubre, y creciendo la perturbación y las demasías, hubiéranse quizá repetido en compendio las escenas deplorables del ejército de Moore, a no haber Lord Wellington reprimido el desenfreno con castigos ejemplares y con vedar que los regimientos más díscolos entrasen en poblado.

El saqueo de Coimbra y sus desórdenes impidieron también, por su parte, al mariscal Massena moverse de aquella ciudad antes del 4, respiro que aprovechó a los ingleses. No obstante, acometiendo de repente los enemigos a Leiría, se vieron aquellos al pronto sobrecogidos. Atajados al fin los ímpetus del francés, prosiguieron la retirada los aliados, yendo su derecha por Tomar y Santarén, la izquierda por Alcobaza y Óbidos, el centro por Batalha y Rio Maior: enviose fuerza portuguesa a guarnecer a Peniche, pequeña plaza orillas de la mar.

Sorprende Trant a los franceses de Coimbra.

No bien hubo el mariscal Massena salido de Coimbra, cuando el coronel Trant, viniendo desde el Vouga con milicia portuguesa, pudo el 7 sorprender en aquella ciudad a los franceses que la custodiaban, coger a los que se habían fortificado en el convento de Santa Clara, apoderarse, en una palabra, de 5000 hombres, contados heridos y enfermos, y asimismo de los depósitos y hospitales. Al siguiente día llegaron también, con sus milicianos, los jefes Miller y Juan Wilson, y tomaron, extendiéndose por la línea de comunicación, 300 hombres más.

No detuvo a Massena semejante contratiempo, ni tampoco las lluvias, que empezaron a ser muy copiosas. En nada reparaba la impetuosidad francesa, Alcoentre. y el 9, en Alcoentre, viose sorprendida una brigada de artillería inglesa, y hasta perdió sus cañones. Costó mucho recobrarlos. Parecida desgracia ocurrió el 10 a la división de Craufurd en Alenquer, Alenquer. permaneciendo este general muy descuidado cuando tenía cerca un enemigo tan diligente. El terror fue grande, y aunque se disipó, no por eso dejó de correr la voz de que aquella división había sido cortada; por lo cual, temeroso Hill de la suerte de la 2.ª línea, que era la más importante, se echó atrás para cubrirla, y dejó desamparada la primera desde Alhandra a Sobral, cosa de dos leguas. Felizmente los enemigos no lo notaron, y antes de la madrugada del 11 tornó Hill a sus anteriores puestos. Infiérese de aquí lo poco firme que todavía andaba el ánimo del ejército inglés.

Los ingleses en las líneas.

Había este ido entrando sucesivamente en las líneas de Torres Vedras, y admirábase, no teniendo de ellas cumplida idea. No menos se maravilló, al acercarse, el mariscal Massena, quien hasta pocos días antes ni siquiera sabía que existiesen. Ignorancia pasmosa, ya dimanase del sigilo con que se habían construido obras de tal importancia, ya de la falta de secretas correspondencias de los enemigos en el campo aliado.

Massena gastó algunos días en reconocer y tantear las líneas; se trabaron varias escaramuzas, la más seria el 14, cerca de Sobral. Fue herido el general inglés Harvey, y en Villafranca mató el fuego de una cañonera al general francés Sainte-Croix.

Massena no las ataca.

No vislumbrando Massena, después de su examen, probabilidad de forzar las líneas, consultó con los otros jefes principales del ejército, y juntos decidieron pedir refuerzos a Napoleón, y reducir en cuanto fuese dado a bloqueo las operaciones. Estableció, de consiguiente, Massena su cuartel general en Alenquer, situó el cuerpo de Reynier en Villafranca, el de Junot mirando a Sobral, y mantuvo el de Ney en Ota, a retaguardia.

Formidable fuerza y posición de Wellington.

Por su parte, el ejército de Lord Wellington estaba distribuido así: la derecha, a las órdenes de Hill, en Alhandra; la izquierda, que mandaba Picton, en Torres Vedras; Wellington mismo y Beresford en el centro, el último tenía su cuartel general en Monte Agraço, el primero en Quinta de Peronegro, cerca de Enxara dos Cavaleiros. Fuese el ejército británico reforzando, y cubriéronse sus huecos con tropas de Inglaterra y Cádiz; Únesele con dos divisiones Romana. también se le unió de Badajoz, antes de acabar octubre, el marqués de la Romana, con dos divisiones mandadas por los generales Carrera y Don Carlos O’Donnell, que ambas componían unos 8000 hombres.

Juzgó conveniente, además, Lord Wellington no solo tener a su disposición fuerza real y efectiva bien organizada, sino igualmente gran avenida de hombres que aumentasen el número y las apariencias. Así la milicia cívica de Lisboa, la de la provincia de la Extremadura portuguesa y sus ordenanzas se metieron en el recinto de las líneas, pues allí podían ser útiles y representar aventajado papel. Creció tanto la gente que, al rematar octubre, recibían raciones dentro de dichas líneas 130.000 hombres, de los que 70.000 pertenecían a cuerpos regulares y dispuestos a obrar activamente; guardaban casi todos los castillos y fuertes de la primera y segunda línea la milicia y artillería portuguesas; la tercera, que era la última y más reducida, la tropa de marina inglesa.

Tan enorme masa de gente, abrigada en estancias tan formidables, teniendo a su espalda el espacioso y seguro puerto de Lisboa, y con el apoyo y los socorros que prestaban el inmenso poder marítimo y la riqueza de la gran Bretaña, ofrece a la memoria de los hombres un caso de los más estupendos que recuerdan los anales militares del mundo. ¡Qué recursos asistían al dominador de Francia para superar tantos y tantos impedimentos!

Moléstase también al enemigo fuera de las líneas.

Por de fuera de las líneas no descuidó Wellington el que se hostilizase al enemigo. La milicia del norte de Portugal le punzaba por la espalda y se comunicaba con Peniche, hacia donde se destacó un batallón español de tropas ligeras y un cuerpo de caballería inglesa, también sostenidos por una columna volante que salía de Torres Vedras a hacer sus excursiones, y por el pueblo de Óbidos en estado de defensa. Del otro lado maniobraba la milicia de la Beira baja, dándose la mano con la del norte y apoyada por Don Carlos España. Don Carlos España que, con una columna móvil, había pasado el Tajo y obraba la vuelta de Abrantes, villa esta en poder de los aliados y fortificada. De suerte que los franceses estaban metidos como en una red, costándoles mucho avituallarse y formar almacenes.

Situación crítica de los franceses.

En la lejanía dañábales igualmente el continuo pelear de los partidarios españoles de León, Castilla y provincias vascongadas, que dificultaban los convoyes y socorros e interrumpían la correspondencia con Francia. No menos los desfavoreció la guerra que por las alas hacían las tropas españolas, ya en la frontera de Galicia, ya en Asturias y también en Extremadura.

Galicia.

De las primeras, Galicia, aunque libre, ceñía sus operaciones a hacer de cuando en cuando correrías hasta el Órbigo y el Esla, de donde, según ya quedó apuntado, solían los enemigos arrojar a los nuestros, obligándolos a replegarse a los puertos de Manzanal y Foncebadón, y aun al Bierzo. El general Mahy continuaba mandando, como antes, aquel ejército, cuyas fuerzas apenas llegaban a 12.000 hombres y pocos caballos, todo no muy arreglado. Y, ¡cosa de admirar!, los gallegos, que se habían esmerado tanto en defender sus propios hogares, mostráronse perezosos en cooperar fuera de su suelo al triunfo de la buena causa. Mas esto pendió mucho, aquí como en las demás partes, de las autoridades, y no de reprensible falta en el carácter de los habitantes. Aquellas, por lo general, eran flojas y adolecían de los vicios de los gobiernos anteriores, careciendo de la previsión y bien entendida energía que da la ciencia práctica del gobierno.

Las operaciones, pues, del general Mahy fueron muy limitadas. Ocuparon, sin embargo, sus tropas por dos veces a León, e inquietaron con frecuencia, y a veces con ventaja, a los franceses. Distinguiéronse en semejantes reencuentros los oficiales superiores Meneses y Evia. Diósele después a Mahy el mando de las tropas de Asturias, para que, reuniendo este al que ya tenía, se procediese más de concierto. Al fin, autorizósele también con la capitanía general de Galicia, y se creyó de este modo que, poniendo en una mano la supremacía militar del distrito y la de las fuerzas activas de ambas provincias, tomarían los movimientos de la guerra rumbo más fijo. Mahy, en consecuencia, y para obrar de acuerdo con la junta de Galicia y hacer que de un solo centro partiesen las providencias convenientes, pasó a la Coruña en 2 de septiembre, y dejó en su lugar, al frente del ejército, a Don Francisco Taboada y Gil, que vimos en Sanabria. Colocó este general las tropas en Manzanal y Foncebadón, con puestos destacados sobre las avenidas de la Puebla de Sanabria por un lado, y por otro sobre Asturias, vía de las Babias. Formose asimismo una columna volante de 2000 hombres, al mando del coronel Mascareñas, que particularmente maniobraba hacia León, la cual desbarató algunas tropas del enemigo en la Robla antes de acabar octubre, y en San Feliz de Órbigo al empezar noviembre. También el 26 de aquel mes, en Tábara, Don Manuel de Nava sorprendió a los franceses y les hizo algunos prisioneros. Mas el único beneficio que de tales operaciones resultó, ciñose a obligar al enemigo a que mantuviese fuerzas bastantes en las riberas del Órbigo y del Esla.

Mahy no alcanzó nada importante con su ida a la Coruña. Habían traído allí fusiles de Inglaterra y otros auxilios, de que no se sacó gran fruto. Las autoridades discurrían, es cierto, mucho entre sí, y aun ideaban planes, pero casi todos ellos o no llegaron a plantearse o se frustraron. Hombre de sanas intenciones, escaseaba Mahy de nervio y de aquella voluntad firme que imprime en la mente de los demás respeto y sumisión.

Asturias.

Dejamos en abril las tropas de Asturias colocadas en la Navia y en el país montuoso que sigue casi la misma línea. Las primeras se componían de la división de Galicia, y las mandaba Don Juan Moscoso: las otras, que eran las asturianas, Don Pedro de la Bárcena, a quien se había agregado con su cuerpo franco Don Juan Díaz Porlier. Atacó Moscoso el 17 de mayo en Luarca a los franceses. Por desgracia nuestras tropas flaquearon, y con pérdida volvieron a ocupar su primera línea. A Bárcena, acometido al mismo tiempo, sucediole igual fracaso. Conservose íntegro el cuerpo de Porlier, que en seguida se situó en el puente de Salime, a la derecha de Moscoso.

Se retiró a poco este del principado, cuyo mando supremo militar confirió la regencia de Cádiz a Don Ulises Albergotti, hombre muy anciano e incapaz de desempeñar encargo que en aquel tiempo requería gran diligencia. El nuevo general permaneció en Navia, y allí, en 5 de julio, acometiéronle los franceses, penetrando por el lado de Trelles. Estaba Albergotti desprevenido, y con el sobresalto no paró hasta Meira en Galicia. Los enemigos extendieron sus correrías a Castropol, límite de aquel reino y de Asturias. Dos días antes, el 3, Bárcena, que había avanzado hacia Salas, también fue atacado y se recogió a la Pola de Allande.

Mahy entonces, como general en jefe de todas las fuerzas de Galicia y Asturias, quiso poner remedio a tan repetidas desgracias, hijas las más de descuido en algunos jefes y de mala inteligencia entre ellos, y meditó un plan para desembarazar de enemigos el principado. Envió, pues, 600 hombres que reforzasen la división gallega, mandó que esta partiese a Salime y comunicase con Bárcena, y además destacó del grueso del ejército de Galicia, que estaba en el Bierzo, un trozo de 1500 hombres al cargo de D. Esteban Porlier, el cual, cruzando el puerto de Leitariegos, debía obrar mancomunadamente con las fuerzas de Asturias. Expediciones de Porlier por la costa. Al propio tiempo, el otro Porlier [Don Juan Díaz] estaba destinado a llamar, con la infantería de su cuerpo franco, la atención de los franceses del lado de Santander, embarcándose a este propósito en Ribadeo a bordo, y escoltado de cinco fragatas inglesas.

Semejante plan hubiera podido realizarse con buen éxito si Mahy, usando de su autoridad, hubiera hecho que todos los jefes concurriesen prontamente a un mismo fin. Porlier dio la vela de Ribadeo, dirigiendo la expedición marítima el Comodoro inglés Roberto Mends. Amagaron los aliados varios puntos de la costa y tomaron tierra en Santoña, puerto que, bien fortificado, hubiera sido en el norte de España un abrigo tan inexpugnable como lo eran en el mediodía las plazas de Gibraltar y Cádiz. Tal deseo asistía a Porlier, pero su expedición, puramente marítima, no llevaba consigo los medios necesarios para fortificar y poner en estado de defensa un sitio cualquiera de la marina. Desembarcó, sin embargo, en varios parajes además de Santoña, cogió 200 prisioneros, desmanteló las baterías de la costa, alistó en sus banderas bastantes mozos del país ocupado, y felizmente tornó a la Coruña con la expedición el 22 de julio.

Repitió este activo e infatigable jefe otra tentativa del mismo género el 3 de agosto, y aportó a la ensenada de Cuevas, entre Llanes y Ribadesella. Dirigiose a Potes, deshizo en las montañas de Santander algunas partidas enemigas, y retrocediendo a Asturias obró de consuno con Don Salvador Escandón y otros jefes de guerrillas que lidiaban al oriente del principado.

Bárcena, por su parte, también avanzó, y el 15 de agosto tuvo en Linares de Cornellana un reencuentro con los franceses. Siguiéronse otros, y parecía que pronto se vería Oviedo libre de enemigos, favoreciendo las empresas de la tropa reglada las alarmas de varios concejos, nombre que, como dijimos, se daba al paisanaje armado de la provincia. Pero no fue así: cuando unos jefes avanzaban, se retiraban otros, y nunca se llevó a cabo un plan bien concertado de campaña. Teníase, sí, en sobresalto al enemigo, forzábaselo a conservar en aquellas partes considerable número de gente, mas la guerra, yendo al mismo son en el principado de Asturias que en la frontera de Galicia, no reportó las ventajas que se hubieran sacado con mayor unión y vigor en las autoridades y ciertos caudillos.

Extremadura.

Fue importante, si no siempre favorable en sus resultas, la asistencia que dio Extremadura a la campaña de Portugal, pues por lo menos se entretuvo el cuerpo del mariscal Mortier, y se impidió que, metiéndose en el Alentejo, quitase a Lisboa los auxilios que aquel territorio suministraba.

Dimos cuenta hasta entrado julio de las operaciones más principales del ejército de dicha provincia de Extremadura, que se llamaba de la izquierda. Privado este del apoyo del general Hill, había puesto Lord Wellington en manos del general en jefe, marqués de la Romana, la plaza de Campomayor, y enviádole a mediados de agosto una brigada portuguesa, a las órdenes de Madden.

Aun sin tales arrimos continuaban las tropas de Extremadura incomodando con mayor o menor ventura al enemigo. Ya al retirarse Reynier le siguieron la huella los soldados de Don Carlos O’Donnell, cogieron a los que se rezagaban, y el 31 de julio el jefe España se apoderó de 100 hombres que guardaban una torre y casa fuerte sita en la confluencia del Almonte y Tajo, cerca de donde se divisan los famosos restos del puente romano de Alconétar, que el vulgo apellida de Mantible, nombre célebre en algunas historias españolas de caballería. Mas por este lado hubo la desgracia de que en Alburquerque, con la caída de un rayo se volase, casi al mismo tiempo que en Almeida, un almacén de pólvora, accidente que causó daños y ruinas.

La guerra que hasta aquí había hecho el ejército de Extremadura no dejó de ser prudente y acomodada a las circunstancias y a la calidad de sus tropas, si bien se quejaban todos de la indolencia y dejadez del general en jefe. Y así, más bien que por premeditado plan de este, dirigiéronse las operaciones según el valor o el buen sentido de los generales subalternos, los cuales evitaban grandes choques, y solo parcialmente hostigaban al enemigo y le traían en continuo movimiento. Quiso Romana en agosto probar por sí fortuna y dar a la campaña nuevo impulso y mayor ensanche. En consecuencia, saliendo de Badajoz el 5, se unió a las divisiones de los generales Ballesteros y La Carrera que se hallaban en Salvatierra, ambas a las órdenes de Don Gabriel de Mendizábal, y juntos se adelantaron, recogiéndose atrás a Llerena los franceses que había en Zafra. Refriega en Cantaelgallo. Aguardaron estos en las alturas de Villagarcía, y los nuestros se colocaron en las de Cantaelgallo, separadas de las primeras por un valle. Los enemigos atacaron el 11, y valiéndose de diestras maniobras, estuvieron próximos a envolver a los infantes españoles si La Carrera, con la caballería, no los hubiera sacado de tan mal paso. Portose asimismo con habilidad y honra la artillería. Se retiró Romana a Almendralejo, y los franceses volvieron a Zafra.

No pasaron por entonces más adelante porque, como en aquella guerra tenían a un tiempo que acudir a tantas partes, luego que en una triunfaban los llamaba a otra algún suceso desagradable o inesperado. Verificose particularmente en Extremadura este trasiego, este continuado ir y venir, distrayendo la atención de las tropas de Mortier ya las ocurrencias del condado de Niebla, ya las de Ronda u otros lugares.

En Fuente de Cantos.

Después de lo que aconteció en Cantaelgallo, fueron reforzadas las tropas españolas con los jinetes del general Butrón que ocupaban otros sitios, y con los portugueses ya indicados, al mando de Madden. Quietos los franceses y aun replegados de nuevo, avanzó Butrón a Monesterio, y se colocó La Carrera, con su división de caballería y la artillería volante, en Fuente de Cantos. Vinieron los enemigos sobre ellos el 15 de septiembre, en número de 13.000 infantes y 1800 caballos. Butrón se incorporó a Carrera y ambos pelearon bien hasta que, oprimidos por la superioridad enemiga, empezaron a retirarse. Los franceses tenían oculta parte de su tropa, casi a espaldas de los nuestros, y cargando de improviso, introdujeron desorden y se apoderaron de algunos cañones. Mayor hubiera sido la desgracia de los españoles a no haber acudido pronto en su favor el inglés Madden, apostado con los portugueses en Calzadilla, quien contuvo a los jinetes franceses y aun los escarmentó. El general Butrón también después, en Azuaga, les cogió 100 hombres. Paráronse los nuestros en Almendralejo, y los enemigos no pasaron de Zafra y de los Santos de Maimona.

Prosiguió de este modo la guerra sin ningún considerable empeño, y Romana saliendo, como hemos dicho, para Lisboa, se juntó en octubre con el ejército inglés. Determinación que tomó de propia autoridad, y no de acuerdo con el gobierno supremo. Cierto es que no hubiera obtenido Romana la aprobación de aquel a haberle consultado, pues claro era que las tropas que llevó consigo hacían más falta para cubrir la Extremadura española, y aun para impedir la entrada de los franceses en el Alentejo, que en las líneas de Torres Vedras, abundantemente provistas de gente y de medios de defensa. Antes de partir nombró Romana, para que le reemplazase en el mando en jefe, a Don Gabriel de Mendizábal, puso a Badajoz como si estuviera amagado de sitio, y mandó que la junta y demás autoridades se trasladasen a Valencia de Alcántara.

Tenía inmediata correlación con las operaciones del ejército de Extremadura la guerra que se hacía en el condado de Niebla, en la serranía de Ronda y en otros lugares de la Andalucía.

Expedición de Lacy a Ronda.

Se daba desde Cádiz pábulo a semejante lucha por medio de auxilios y de algunas expediciones marítimas. Hízose a la vela la primera de estas el 17 de junio, compuesta de 3189 hombres de buenas tropas, a las órdenes del general Don Luis Lacy, y dirigió su rumbo a Algeciras, en donde desembarcó. Tenía por objeto dicha empresa fomentar la insurrección de la serranía de Ronda, adoptando un plan que constantemente mantuviese allí la guerra. El que proponía Lacy, siguiendo en parte los pensamientos del general Serrano Valdenebro, comandante de la sierra, se presentaba como el más adecuado y consistía en establecer de mar a mar, quedando Gibraltar a la espalda, una línea de puntos fortificados que abrigasen respectivamente ambos flancos cuando se obrase ya en uno o ya en otro de ellos. Se habilitaban también en lo interior de la sierra varios castillejos, antiguos vestigios de los moros, colocados los más en parajes casi inaccesibles. El ejército había de obrar no en masa sino en trozos, reuniéndose solo en determinadas ocasiones, y se dejaba a cargo del paisanaje guarnecer los castillos, y suplir con reclutas las bajas del ejército en Cádiz. Mas para realizar este plan necesitábase tiempo, y no era probable que los franceses se descuidasen y permitiesen el que se llevara a efecto.

Lacy, luego que hubo desembarcado, se encaminó a Gaucín, desde donde quiso acercarse a Ronda. En esta ciudad se habían los franceses fortalecido en el antiguo castillo y formado varios atrincheramientos: tomar uno y otro a viva fuerza no era maniobra fácil ni pronta, principalmente conservando los enemigos en Grazalema una columna móvil.

Limitose, pues, Lacy a hacer algunos movimientos, y a contener a veces los ímpetus del enemigo. Le ayudaban los partidarios, favorecidos del conocimiento que tenían del terreno, siendo los de más nombre Don José de Aguilar, Don Juan Becerra y Don José Valdivia. También los ingleses, de acuerdo con el general español, enviaron al este de la sierra 800 hombres que sirviesen de apoyo en cualquier desmán.

Inquietos los franceses con la expedición, y persuadidos de que si se mantenía firme en los montes de Ronda, desasosegaría continuamente las fuerzas que sitiaban a Cádiz, y aun las de Sevilla y Málaga, diéronse priesa a frustrar tales intentos. Y así, al paso que el general Girard buscaba a Lacy hacia el frente, destacó el mariscal Victor tropas del primer cuerpo por el lado de poniente, y Sebastiani otras del 4.º por el de levante. De manera que, temeroso Don Luis Lacy de ser envuelto, se trasladó a la fuerte posición de Casares, embarcándose después en Estepona y Marbella. Tomó a poco tierra en Algeciras, y tornando a San Roque se corrió otra vez a la banda de Marbella, a fin de alentar y socorrer la guarnición de aquel castillo que, bajo el mando de Don Rafael Cevallos Escalera, burló diversas tentativas que para ocuparle hizo el enemigo. Don Francisco Javier Abadía, comandante de San Roque, aunque asistido de escasa fuerza, cooperó igualmente a los movimientos de Lacy, y llamó por Algeciras la atención de los franceses.

Pero al fin, agolpándose estos en gran número a la sierra, se reembarcó la expedición, y regresó a Cádiz el 22 de julio. No se sacaron de ella más ventajas que la de molestar a los enemigos y divertirlos de otras operaciones, particularmente de las que intentaba en Extremadura, tan conexas con las de Portugal. Poca o mala inteligencia entre las tropas de línea y los paisanos desfavoreció la empresa. Para aquellas había oscura gloria y mucho trabajo en la guerra de partidarios, única que convenía en la sierra; no así para los otros, habituados a tales peleas, y cuya ambición de fama estaba satisfecha con que se pregonasen sus hazañas en el ejido de sus pueblos.

Al Condado de Niebla.

Ni un mes se pasó sin que el mismo Don Luis Lacy, con otra expedición, saliese de Cádiz llevando rumbo opuesto al anterior de Ronda, esto es, al condado de Niebla. Situación de esta comarca. En dicha comarca proseguía el general Copons entreteniendo al enemigo, que, bajo el mando del duque de Aremberg, hacía con una columna móvil excursiones en el país, y le molestaba. La junta de Sevilla contribuía desde Ayamonte al buen éxito de las operaciones de Copons, y oportunamente formó de la isla llamada Canela, en el Guadiana, un lugar de depósito resguardado de los ataques repentinos del enemigo. En breve aquel terreno, antes arenoso y desierto, se convirtió en una población donde se albergaron muchas familias, refugiándose a veces los habitantes de aldeas enteras y villas invadidas. Construyéronse allí barracas, almacenes, pozos, hornos, y se fabricaron en sus talleres monturas, cartuchos y otros pertrechos de guerra. Al fin, fortificáronse también sus avenidas, de manera que se hizo el punto casi inexpugnable.

Constaba la expedición de Lacy de unos 3000 hombres, y escoltábala fuerza sutil, española e inglesa, al mando la primera de Don Francisco Maurelle, y la segunda al del capitán Jorge Cockburn. Desembarcó la gente el 23 de agosto, a dos leguas de la barra de Huelva, entre las Torres del Oro y de la Arenilla. La fuerza sutil se metió por la ría que forman a su embocadero las corrientes del Odiel y el Tinto, con propósito de ayudar la evolución de tierra y atacar por agua a Moguer. En este sitio tenían los franceses 500 infantes y 100 caballos que, sorprendidos, se retiraron, no asistiendo mayor dicha a otros tantos que corrieron a su socorro de San Juan del Puerto.

Copons, al desembarcar Lacy, se hallaba en Castillejos, 12 leguas distante, y habiéndose por desgracia retardado el pliego que le anunciaba el arribo, no pudo acudir a la costa con la puntualidad deseada, malográndose así el coger entre dos fuegos a los franceses que estaban avanzados. Vino Copons, sin embargo, a Niebla, y se puso luego en comunicación con Lacy. Los pueblos recibieron a este con el júbilo más colmado, y fiados en su apoyo dieron a los enemigos terrible caza. Pero no teniendo otra mira la expedición de Don Luis Lacy sino la de divertir al francés de Extremadura, en tanto que el ejército de Romana también por su lado se movía, miró aquel general como concluido su encargo luego que le amenazaron superiores fuerzas, y de consiguiente se reembarcó el 26 del mismo agosto. Desagradó en el condado lo rápido de la excursión, y muchos pensaron que, sin comprometer su gente, hubiera podido Lacy permanecer allí más tiempo, y maniobrar en unión con el general Copons. Desamparados los pueblos, padecieron nuevas molestias del enemigo, en especial Moguer, que se había declarado y tomado parte desembozadamente. Quiso en seguida Lacy acometer a Sanlúcar de Barrameda, pero los franceses, ya sobre aviso, frustráronle el proyecto.

Operaciones de Cádiz.

De vuelta a Cádiz el mismo general, estimulado por el gobierno y de acuerdo con él y los otros jefes, verificó el 29 de septiembre una salida camino del puente de Suazo, consiguiendo con ella destruir algunas obras del enemigo, siendo esta la sola operación digna de mentarse que, hasta finalizar el presente año de 1810, practicaron en la Isla gaditana las tropas de tierra.

Pudieron las de mar haber tenido ocasión de señalarse, a no estorbárselo tiempos contrarios. El mariscal Soult, convencido de que para cualquiera empresa contra Cádiz y la Isla de León, si había de ser fructuosa, era indispensable fuerza sutil, Fuerza sutil de los enemigos. ideó que se construyesen buques al caso en Sanlúcar y en Sevilla. Para ello valiose de barcos de aquellos puertos, ordenó una tala en los montes inmediatos, y recibió de Francia carpinteros, marinos y calafates. En octubre, dispuesta ya una flotilla, se trasladó en persona a Sanlúcar dicho mariscal a fin de presenciar desde la costa la dificultosa travesía que tenían que emprender los referidos buques desde la boca del Guadalquivir hasta lo interior de la bahía de Cádiz. Empezose a poner en obra el proyecto en la noche del 31, pasando la flotilla por entre los bajos de Punta Candor, y atracando siempre a la costa. Se componía en todo de unos 26 cañoneros: dos vararon, nueve se metieron la misma noche en el puerto de Santa María, y los otros anclaron en Rota, de donde, aprovechando vientos frescos y favorables, se juntaron a los que habían ya entrado, sin que les hubiese sido dable impedirlo a las fuerzas de mar anglo-españolas. Pero de nada sirvió a los franceses suceso en su entender tan dichoso. En balde después quisieron que su flotilla doblase la punta del Trocadero, en balde trasladaron por tierra los barcos a Puerto Real. Durante el sitio ya no se menearon de allí, obligándolos a permanecer quedos las superiores y mejor marineras fuerzas de los aliados.

No por eso dejaron los franceses de perfeccionar las obras de tierra, y de establecer una cadena de fuertes que se dilataba desde la entrada de la bahía hasta Chiclana, por cuya parte, y en una batería inmediata al cerro de Santa Ana, perdieron, muerto de una granada, al distinguido general de artillería Senarmont.

Fuerzas de los aliados en Cádiz y la Isla.

Los aliados tampoco se mantuvieron ociosos. Mejoraron cada vez más las fortificaciones, y las tropas se engrosaron y adquirieron buena disciplina. De las inglesas se contaron en julio 8500 hombres; volviéronse a reducir a 5000 por los refuerzos que se enviaron a Portugal; mas antes de fines de año crecieron otra vez a 7000 con gente que llegó de Sicilia y Gibraltar. Las tropas españolas de línea pasaban de 18.000 hombres. Don Joaquín Blake continuó a su cabeza hasta 23 de julio, en cuyo tiempo se transfirió a Murcia, extendiéndose su mando, conforme apuntamos, a las divisiones existentes en aquel reino, las cuales formaban con las de la Isla de León el ejército llamado del centro.

Blake en Murcia.

Llegado que hubo el general Blake a su nuevo destino, restableció paz y armonía, que andaba escasa entre algunos jefes. El ejército se había aumentado a punto que poco antes enviara a Cádiz una división de 4000 hombres al mando del general Vigodet. Blake llegó el 2 de agosto, y la fuerza disponible era de unos 14.000 soldados, 2000 de caballería.

Alrededor de este ejército revoloteaban, por decirlo así, muchos partidarios, en especial del lado de Jaén y de Granada. Entre los primeros sobresalían los nombrados Uribe, Alcalde y Moreno, puestos a las órdenes del comandante Bielsa; entre los otros, el coronel Don José de Villalobos.

Cuando Blake se incorporó al ejército, se hallaba este repartido en Murcia, Elche, Alicante, Cartagena y pueblos de los contornos: algunos batallones estaban destacados en la Mancha, sierra de Segura y frontera de Granada, en donde permanecía la caballería, extendiéndose hasta cerca de Huéscar.

Sebastiani se dirige a Murcia.

Fijó la idea de Blake la atención de los franceses, y desde luego resolvió Sebastiani hacer otra excursión la vuelta de Murcia, lisonjeándose que de ella saldría tan airoso como la vez primera, y aun también de que disiparía como humo el ejército de los españoles.

Medidas que toma Blake.

Informado Blake de los intentos del enemigo, preparose a recibirle. Agrupó sucesivamente en la huerta de Murcia sus tropas, y las colocó de esta manera: la 5.ª división, al mando del brigadier Creagh, ocupó la derecha en Añora; detrás, guarnecía un batallón el monasterio de jerónimos, teniendo apostaderos por la izquierda hasta el río; delante, se plantaron cuatro piezas de artillería. Alojábase la izquierda del ejército en el lugar de Don Juan, y la componía la 3.ª división, del cargo del brigadier Sanz, teniendo un destacamento por su siniestro costado. Enlazábase esta posición con la del centro por medio de un molino aspillerado y de una batería circular, colocada en donde una de las acequias mayores se distribuye en dos atajeas. Dicho centro, que cubría la 1.ª división, al mando del general Elío, estaba cerca de Alcántara, en la Puebla.

Dispúsose además la inundación de la huerta; medio oportuno pero no del todo hacedero, ya por no ser nunca, y menos en aquella estación, muy caudaloso el Segura, ya también porque, aun en caso de una rápida avenida, las obras allí practicadas estanlo en términos que solo sirven para sangrar el río, y no para favorecer estragos, como construidas con el único objeto de dar a los campos el necesario y fecundante beneficio del riego. Sin embargo, se inundaron los caminos y una faja de bancales por la orilla, amparando lo demás de la huerta sus naranjos y sus cidros, sus limoneros y moreras, en fin toda su intrincada y lozana frondosidad.

Siguiose en esto, y en lo de armar al paisanaje, la conducta del obispo Don Luis Belluga en la guerra de sucesión. Ahora, como entonces, acudieron todos los partidos, hasta el de Orihuela, aunque perteneciente a Valencia, y se distribuyeron en compañías y secciones, incorporándose al ejército. Manifestaron los paisanos grande entusiasmo y mucha docilidad; perfecta armonía reinó entre ellos y los soldados. Blake, declarando a Murcia amenazada de inmediato ataque, la sometió al solo y puro gobierno militar; providencia que las autoridades respetaron, y que en aquel lance obedecieron con gusto.

En el intermedio se había ido acercando el general Sebastiani, y echádose atrás nuestra caballería, a las órdenes de Don Manuel Freire, que sustentó con destreza varios reencuentros. Según los enemigos se aproximaban, daban aviso de todos sus pasos al general Blake los alcaldes de los pueblos y muchos particulares con rara puntualidad, llegando a su colmo la diligencia de todos. Los franceses aparecieron el 28 de agosto en Librilla, a 4 leguas de Murcia, y nuestros jinetes se situaron en Espinardo, con puestos avanzados sobre el río Segura. El partidario Villalobos, que había acompañado a Freire, se colocó en Molina.

Se retira Sebastiani.

Luego que el general Sebastiani llegó a Librilla hizo varios reconocimientos; y arredrado del modo con que los nuestros le aguardaban, se apartó del intento de penetrar en Murcia, y en la noche del 29 al 30 se replegó a Totana. Hostilizáronle en la retirada los paisanos, particularmente los de Lorca, y en esta ciudad y en otros pueblos cometió el francés mil tropelías. Bien le vino a este no insistir en la empresa proyectada, pues a haber padecido descalabro, como era probable, en los laberintos de la huerta de Murcia, toda su gente hubiera sido muy maltratada, ya por los habitantes de este reino, ya por los de Granada, cuyos ánimos se encrespaban acechando la ocasión de escarmentar a sus opresores. Haberse expuesto a tal riesgo y cansado inútilmente la tropa, con marchas y contramarchas de más de cien leguas en estación tan calurosa, fueron los frutos que reportó Sebastiani de una expedición que de antemano había pregonado como fácil.

Insurrecciones en el reino de Granada.

Entre los que empezaron en el reino de Granada a levantar cabeza durante la ausencia del general francés, señalose el alcalde de Otívar, de nombre Fernández, quien entró en Almuñecar y Motril, y aun se apoderó de sus castillos. Estas y otras empresas que propagaron la llama de la insurrección por las sierras y por varios pueblos de la costa, a pesar de algunos amigos y parciales que tuvieron allí los enemigos, impulsó a los ingleses a dar cierto apoyo a aquellos movimientos. Decidiéronse, sobre todo, a atacar a Málaga, guarida entonces de corsarios, y en cuyo puerto también fondeaba una flotilla enemiga de lanchas cañoneras. Expedición contra Fuengirola y Málaga. Al efecto se preparó en Ceuta una expedición de 2500 hombres españoles e ingleses, a las órdenes de Lord Blayney, la cual dio la vela el 13 de octubre con dirección a Fuengirola. Empezaron luego los aliados a embestir este castillo, guarnecido por 150 polacos, con esperanza de que así llamarían hacia aquel punto las fuerzas enemigas, y podrían, reembarcándose, caer repentinamente sobre Málaga que se vería desprovista de gente. Pero dándose Lord Blayney torpe maña, en vez de sorprender a sus contrarios, él fue, por decirlo así, el sorprendido, acometiéndole de improviso el general Sebastiani con 5000 hombres. Al querer retirarse, fue dicho Lord cogido prisionero, y las tropas inglesas volvieron en confusión a sus barcos; solo un regimiento español, el Imperial de Toledo, único de los nuestros que allí iba, tornó a bordo sin pérdida y en buena ordenanza.

Avanza Blake a Granada.

El ruido de semejantes acontecimientos y el deseo de ensanchar los límites de su territorio, estimularon al general Blake a avanzar a la frontera de Granada, habiéndose ocupado todo aquel tiempo, desde agosto, en mejorar la disciplina de su ejército y en adiestrarle, como igualmente en asegurar sus estancias de Murcia. Envió asimismo a la Mancha, con un trozo de 300 caballos, a Don Vicente Osorio, queriendo extraer granos de aquella provincia para la manutención de su ejército. Las partidas, si bien fomentadas por Blake en todas partes, fuéronlo en especial del lado de Jaén, en donde Don Antonio Calvache sucedió a Bielsa en el mando de ellas. Mas los enemigos, persiguiendo de cerca al nuevo jefe, después de haber quemado casi toda la villa de Segura, le mataron el 24 de octubre en Villacarrillo.

Don Joaquín Blake, reuniendo sus tropas, distribuidas por la mayor parte, sin contar las de las plazas, en Murcia, Caravaca y Lorca, se puso el 2 de noviembre sobre Cúllar, movimiento hecho a las calladas y del que los franceses estaban ignorantes. Dejó Blake 2000 hombres en dicho Cúllar, y a las doce de la mañana del 3 se colocó con 7000, de los que unos 1000 eran de caballería, en las lomas que dominan la hoya de Baza, y que lame el río Guadalquitón.

Los enemigos tenían en el llano una división de caballería, que acaudillaba el general Milhaud, asistida de artillería volante: además habían situado de 2 a 3000 infantes en las inmediaciones de la ciudad, bajo la guía del general Rey. No acudió allí Sebastiani hasta después de concluida la acción que ahora iba a trabarse.

Acción de Baza, 3 de noviembre.

Empezó esta a las dos de la tarde, desembocando la caballería española, a las órdenes de Don Manuel Freire, por el camino real que de Cúllar va a Baza. Nuestros jinetes tiraron por la derecha, y formaron en batalla en dos líneas, sosteniendo sus costados artillería y guerrillas de fusileros. Los enemigos ciaron hacia sus peones, y entonces el general Blake, dejando apostados en las lomas la mitad de sus infantes, se adelantó con los otros y 3 piezas en 4 columnas cerradas, repartidas en ambos lados del camino.

Nuestros caballos proseguían confiadamente su marcha; mas al querer efectuar un movimiento, se embarazaron algunos, y el enemigo, descargando sobre ellos con impetuoso arranque, los desordenó lastimosamente. Tras su ruina vino la de los infantes que habían avanzado, y solo consiguieron unos y otros rehacerse al abrigo de las tropas que habían quedado en las lomas. El enemigo no persistió mucho en el alcance. Quedaron en el campo 5 piezas; y se perdieron entre muertos, heridos y prisioneros 1000 hombres. De los franceses muy pocos.

Descalabro fue el de Baza que causó desmayo y contuvo en cierto modo el vuelo de la insurrección de aquellas comarcas. Adverso era, en esto de batallar, el hado de Don Joaquín Blake, y vituperable su empeño en buscar las acciones que fuesen campales antes que limitarse a parciales sorpresas y hostigamientos. No permaneció después largo espacio al frente de aquel ejército, llamado a desempeñar cargo de mayor alteza.

Por lo demás, y en medio de reveses y contratiempos, la tenacidad española, la serie innumerable de combates en tantos puntos y a la vez, fatigaban a los franceses, y su ejército de las Andalucías no gozó en todo el año de 1810 de mucha mayor ventura que la que tenían los de las otras provincias. Y si bien ordenadas batallas no menguaban extremadamente las filas enemigas, aniquilábanse aquí, como en lo demás del reino, en marchas y contramarchas, y en apostaderos y guerra de montaña.

Provincias de Levante.

Del lado de Levante las provincias de Valencia, Cataluña y aun lo que restaba libre de la de Aragón, hubieran, obrando unidas, entorpecido muy mucho los intentos del enemigo, siendo entre ellas tanto más necesaria buena hermandad cuanto para sojuzgarlas estaban de concierto el tercero y el primer cuerpo francés. Pero la multiplicidad de autoridades, su diversa condición, los obstáculos mismos que nacían de la naturaleza de la actual guerra estorbaban completa concordia y adecuada combinación. Por fortuna, los caudillos enemigos, aunque no menos interesados en aunarse, y aquí más que en otras partes, a duras penas lo conseguían, no ya por las rivalidades personales que a veces se suscitaban, sino principalmente por lo dificultoso de acudir al cumplimiento de un plan convenido.

Valencia.

En Valencia Don José Caro, más bien que en la guerra pensaba en ir adelante con sus desafueros. Dejó que se perdiesen Lérida, Mequinenza y hasta el castillo de Morella, sin dar señales de oponerse al enemigo, ni siquiera de distraerle. Al fin, viendo Caro que se aproximaban los franceses y que la voz pública se acedaba contra tan culpable abandono, mandó a D. Juan Odonojú, prisionero en la batalla de María y ahora libre, que se adelantase con 4000 hombres. El 24 de junio arrojaron estos de Villabona a los enemigos, que se abrigaron a Morella, Choques en Morella y Albocácer. delante de cuyo pueblo se trabó el 25 un choque muy vivo retirándose después los nuestros en vista de haberse reforzado los contrarios. Por segunda vez avanzó en julio el mismo Odonojú, y aun llegó el 16 a intimar la rendición al castillo de Morella, pero revolviendo sobre él prontamente el general Montmarie, le obligó a alejarse y causole en Albocácer un descalabro.

Avanza Caro y se retira.

No había Don José Caro tomado parte personalmente en ninguna de semejantes refriegas, hasta que en agosto, pidiendo su cooperación el general de Cataluña para aliviar a Tortosa, amenazada de sitio, se movió aquel por la costa lentamente y más tarde de lo que conviniera. Llevó consigo 10.000 hombres de línea y otros tantos paisanos, y se situó en Benicarló y San Mateo. El general Suchet vino por Cálig a su encuentro con diez batallones y también con artillería y caballería. Caro no le aguardó, replegándose, después de ligeras escaramuzas, a Alcalá de Chivert, y de allí el 16 de agosto a Castellón de la Plana y Murviedro. No retrocedió en desorden el ejército valenciano, si bien su jefe Don José Caro dio el triste y criminal ejemplo de ser de los primeros y aun de los pocos que desaparecieron del campo. Zahiriole por ello agriamente su hermano Don Juan, hombre ligero pero arrojado, de quien hablamos allá en Cataluña.

Caro huye de Valencia.

Con la conducta que en esta ocasión mostró el general de Valencia se acreció el odio contra su persona, y lo que aún es peor, menospreciósele en gran manera. Se descubrieron asimismo tramas que urdía y proscripciones que intentaba, propalándose en el público sus proyectos con tintas que entenebrecían el cuadro. Temeroso, por tanto, se escabulló disfrazado de fraile [traje harto extraño para un general], y pasó luego a Mallorca, sin cuya precaución hubiera tal vez sido blanco de las iras del pueblo.

Le sucede Bassecourt.

Sucediole inmediatamente en el mando Don Luis de Bassecourt, que estaba a la cabeza de una división volante en Cuenca, hombre que si bien alabancioso al dar sus partes y no de grande capacidad, aventajábase en valor y otras prendas a su antecesor, procurando también con mayor ahínco acordar sus operaciones con los generales de los demás distritos, en especial con los de Aragón y Cataluña.

Cataluña. Su congreso.

En este principado hacíase la guerra con otra eficacia y obstinación que en Valencia, merced al celo de su congreso y a la pronta diligencia y esmero de su general Don Enrique O’Donnell. O’Donnell. Luego que en 17 de julio estuvo reunida aquella corporación, tomó varias resoluciones, algunas bastantemente acertadas. En la milicia acomodó los alistamientos a la índole de los naturales, imponiendo solo la obligación de un enganche de dos años, con facultad de gozar cada seis meses de una licencia de 15 días. Sin embargo, los catalanes, tan dispuestos a pelear como somatenes, repugnaban a tal punto el servicio de tropa reglada que tuvo su congreso que establecer comisiones militares para castigar a los desertores, y aun a los distritos que no aprontasen su contingente. Recaudáronse con mayor regularidad los impuestos y se realizó, a pesar de lo exhausto que ya estaba el país, un empréstito de medio millón de duros. Aplicáronse a los hospitales los productos que antes percibía la curia romana, y ahora los obispos, por dispensas y otras gracias o exenciones. El alma de muchas de estas providencias era el mismo Don Enrique O’Donnell, quien puso además particular conato en adiestrar sus tropas, en inculcar en ellas emulación y buen ánimo, y también en mejorar la instrucción de los oficiales.

Macdonald.

Por su parte, el mariscal Macdonald apenas podía ocuparse en otras operaciones que en las de avituallar a Barcelona: los convoyes de mar estaban interrumpidos, y los de tierra, escasos y lentos, tenían con frecuencia que repetirse y ser escoltados con la mayor parte del ejército si no se quería que fuesen presa de los somatenes y de las tropas españolas. Macdonald trató en un principio de granjearse las voluntades de los habitantes, contrastando su porte con la ferocidad del mariscal Augereau, que había, por decirlo así, guarnecido las orillas de algunos caminos con patíbulos y cadáveres. Estaban los ánimos sobradamente lastimados de ambas partes para que pudiesen olvidarse antiguas y recíprocas ofensas. Así, no surtieron grande efecto las buenas intenciones, y aun medidas, del mariscal Macdonald, acabando también él mismo por adoptar a veces resoluciones rigurosas.

Convoyes que lleva a Barcelona.

En junio, y poco después de tomar el mando, acompañó no sin tropiezos un convoy a Barcelona. Volvió después a Gerona y preparose a conducir otro en mediados de julio a la misma ciudad. O’Donnell trató de estorbarlo, y destacó a Granollers 6500 infantes y 700 caballos, unidos a 2500 paisanos bajo las órdenes de D. Miguel Iranzo. Trabose un reñido choque entre los nuestros y los franceses, pero mientras tanto pasó a la deshilada el convoy y se metió en Barcelona.

Ejército español de Cataluña.

Doliose mucho O’Donnell del malogro de aquella empresa, y no faltó quien lo atribuyese a desmaño del general que en Granollers mandaba. El plan que O’Donnell había resuelto seguir en Cataluña pareció el más acertado. Evitando batallas generales, quería por medio de columnas volantes sorprender los destacamentos enemigos, interceptar o molestar sus convoyes y aniquilar así sucesivamente la fuerza de aquellos. Por tanto, el ejército español de Cataluña que, según dijimos, constaba en julio de unos 22.000 hombres, sin contar somatenes ni guerrilleros, estaba colocado al principiar agosto del modo siguiente: la 1.ª división ocupaba las orillas del Llobregat y observaba a Barcelona, estando también fortificada la montaña de Montserrat; la 2.ª acampaba en Falset y no perdía de vista a Suchet que, como poco hace apuntamos, intentaba sitiar a Tortosa; parte de la 3.ª cubría en Esterri las avenidas del valle de Arán; la reserva, distribuida en dos trozos, mantenía uno en el Coll del Alba, próximo a Tortosa, y el otro en Arbeca y Borjas Blancas, para enfrenar la guarnición de Lérida. Un cuerpo de húsares y tropas ligeras se alojaban en Olot y acechaban las comarcas de Besalú y Bañolas; varios guerrilleros recorrían la demás tierra, aprovechándose todos de las ocasiones que se presentaban para desvanecer los intentos del enemigo e incomodarle continuamente. El cuartel general permanecía en Tarragona, desde donde O’Donnell gobernaba las maniobras más notables, tomando a veces en ellas parte muy principal. Con esta distribución, creyó el general de Cataluña que, vigilando las plazas y puntos más señalados, llevaría a cumplido efecto su plan, y que el ejército francés se rehundiría poco a poco, y en combates parciales.

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