LIBRO UNDÉCIMO. (continued 2)
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Va Augereau al socorro de Barcelona.
Augereau, aunque hostigado por las guerrillas, se adelantó con el convoy y 9000 hombres, y Duhesme, seguido de unos 2000, salió de Barcelona hasta Granollers a su encuentro. De hacia Tarrasa desembocó, para interceptar el socorro, el marqués de Campoverde, al paso que Orozco, comandante de la división del Llobregat, llamaba de aquel lado la atención.
Descalabro de Duhesme en Santa Perpetua y en Mollet.
Campoverde atacó el 20 en Santa Perpetua a Duhesme, haciéndole 400 prisioneros; juntósele después Porta, que acudió por Casteltersoll, y ambos en Mollet cayeron sobre el 2.º escuadrón de coraceros y le cogieron casi entero. Felizmente para la demás tropa del general Duhesme, llegó a tiempo Augereau, libertando a un batallón que se defendía en Granollers. En seguida pudieron los franceses sin obstáculo meter el convoy en Barcelona.
Entra Augereau en Barcelona.
Aquel mariscal, cumpliendo de este modo con el principal objeto de su expedición, quitó a Duhesme el gobierno de aquella plaza, nombró en su lugar a Mathieu, y se replegó a Hostalrich, temiendo que de nuevo se le estorbara el paso.
O’Donnell nombrado general de Cataluña.
Con tanta mayor razón se mostraba desconfiado, cuanto Don Enrique O’Donnell iba a capitanear las tropas de Cataluña. Así lo ansiaba el principado, y el 21 de enero se recibió la orden de la junta central, a la sazón todavía existente, confiriendo a aquel general el mando supremo.
O’Donnell, mozo activo y valiente, codicioso de gloria aunque algo atropellado, se había atraído las voluntades de los catalanes con su adhesión a la causa de la independencia y su gran intrepidez, mostrada ya en el primer cerco de Gerona. Ahora, autorizado, empezó a obrar con diligencia y a mejorar la disciplina. Distribuyó igualmente su ejército en nuevas brigadas y divisiones, reconcentrando el 6 de febrero en Manresa casi toda la fuerza disponible. Solo dejó en Martorell y línea del Llobregat la 3.ª división, a las órdenes del brigadier Martínez.
Ejército que junta.
El nuevo general llegó pronto a tener consigo 8000 infantes y 1000 caballos bien dispuestos. El 14 de febrero atacó con feliz éxito a los enemigos cerca de Moya, y el 19 se aproximó a Vic con ánimo de desalojarlos. Siguió lo principal de su fuerza el camino que de Tona se dirige a aquella ciudad, marchando una columna vía de San Cugat hasta la altura del Vendrell, Acción de Vic el 19 de febrero. donde se paró. A las nueve de la mañana la vanguardia, o sea cuerpo volante mandado por Sarsfield, rompió el fuego. Una hora después cundió por toda la línea, sostenido con tenacidad de ambas partes. Mandaba a los franceses el general Souham. Carecían los nuestros de cañones, no habiendo podido traerlos por lo fragoso de la tierra; no más de dos tenían los contrarios. A las doce se reforzaron los últimos con 2500 hombres que se les juntaron de Vic. Entonces O’Donnell, que conservaba a sus inmediatas órdenes la división situada en las alturas del Vendrell, bajó con ella al llano. Avivose el fuego y continuó reciamente hasta las tres de la tarde, en cuya hora, flanqueado Porta, que regía el ala izquierda, a pesar de los esfuerzos de O’Donnell quedaron desbaratados los nuestros y se retiraron a Tona y Collsuspina. Perdimos, entre muertos y heridos, 900 hombres, otros tantos prisioneros; no fue corto el daño que experimentaron los franceses, siendo reñida la acción aunque malograda para los españoles.
Pertinaz defensa de Hostalrich.
Aguardaba en el intermedio el mariscal Augereau a orillas del Tordera refuerzos de Francia, y apretaba la división de Pino el bloqueo de Hostalrich. Situado este castillo en una elevada cima, enseñorea el camino de Barcelona, obstruyendo, de consiguiente, en tiempo de guerra, las comunicaciones. Don Julián de Estrada, entonces gobernador, resuelto a defenderle hasta el último trance, decía: «Hijo Hostalrich de Gerona, debe imitar el ejemplo de su madre.» Cumplió Estrada su palabra, desoyendo cuantas proposiciones se le hicieron de acomodamiento. Desde el 13 de enero hasta el 20 del mes inmediato, limitáronse los franceses a bloquear el castillo, mas en aquel día comenzó horroroso bombardeo.
Socorre de nuevo Augereau a Barcelona.
Al propio tiempo fueron llegando a Augereau los refuerzos de Francia que hicieron ascender su ejército al comenzar marzo a 30.000 combatientes, sin contar la guarnición de Barcelona. Escasa nuevamente esta plaza de medios, tuvo Augereau que volver a su socorro, y consiguió, no obstante pérdidas y tropiezos, meter dentro un convoy.
Retírase O’Donnell a Tarragona.
Semejante movimiento obligó a O’Donnell a replegarse, mayormente coincidiendo con la correría que por aquel tiempo hizo Suchet sobre Valencia. El 21 entró en Tarragona el general español, y acampó en las cercanías el grueso de su ejército. Juntósele la división aragonesa del Algas, o sea de Tortosa, compuesta de unos 7000 hombres. No se estuvo O’Donnell quieto allí sino que luego ejecutó otros movimientos.
Feliz ataque de D. Juan Caro.
Tal fue el que verificó al concluirse marzo, noticioso de que en Villafranca de Panadés se alojaba un trozo bastante considerable de franceses. Envió, pues, contra ellos a Don Juan Caro, asistido de 6000 hombres. Viendo los enemigos que los nuestros se aproximaban, se encerraron en el cuartel de aquella villa, fuerte edificio sito a la entrada, pero en breve, a pesar de su precaución y resistencia, tuvieron que capitular, cayendo prisioneros 700 hombres. Portose Caro con destreza y bizarría, y quedó herido.
Sucediole en el mando Campoverde, quien marchó sobre Manresa para darse la mano con Rovira, siendo el intento de O’Donnell distraer al enemigo, y si era posible auxiliar a Hostalrich. El general Schwartz hacía por aquellas partes frente a los somatenes, cuya tenacidad desconcertaba al francés, y aun le causaba a veces descalabros. En principios de abril tomó la resistencia tal incremento que, asustado Augereau, salió el 11 de Barcelona y se dirigió a Hostalrich, para impedir los socorros que los españoles querían introducir en el castillo, como ya lo habían conseguido una vez, guiados por el coronel Don Manuel Fernández Villamil.
Evacúan los españoles a Hostalrich.
Sin embargo, todo ya era demás. La penuria del fuerte tocaba en su último punto, faltando hasta el agua de los aljibes, única que surtía a la guarnición. El bizarro gobernador, los oficiales y soldados habían todos sobrellevado de un modo el más constante la escasez y miseria que igualó, si no sobrepasó, la de Gerona. Mas desesperanzado Estrada de recibir auxilio alguno, y prefiriendo correr los mayores riesgos a capitular, resolvió salvarse con su gente de la que aún le quedaban 1200 hombres. A las diez de la noche del 12 púsose en movimiento, y salió por el lado de poniente, descendiendo la colina de carrera. Cruzó en seguida el camino real, y atravesando la huerta llegó, repelidos los puestos franceses, a las montañas detrás de Masanas y a Arbucias. Mas en aquel paraje, descarriado el valiente Estrada, tuvo la desgracia de caer prisionero, con tres compañías. El resto, que ascendía a 800 hombres, sacole a buen puerto el teniente coronel de artillería Don Miguel López Baños, quien el 14 entró en Vic, ciudad libre entonces de franceses. Estrada no se rindió sino después de viva refriega, y Augereau, aunque incomodado con que se le escapase la mayor parte de la guarnición, hizo alarde en gran manera de haberse hecho dueño de su gobernador. El mariscal Macdonald sucede a Augereau en Cataluña. De poco le sirvió tan feliz acaso, pues no tardó en desgraciarse con Napoleón, quien nombró para sucederle al mariscal Macdonald. Dícese que contribuyeron a su remoción quejas de Suchet, desazonado porque no le ayudaba debidamente en sus empresas.
Parte Suchet a Lérida.
De estas, una de las principales era la que por entonces, y después de su retirada de Valencia, intentaba contra Lérida, conformándose con la orden que se le dio de París. Así después de dejar un tercio de su fuerza en Aragón, a las órdenes del general Laval, se enderezó con lo restante a Cataluña. Pero destruido por los españoles el puente de Fraga, y estando de aquel lado próximo el castillo de Mequinenza, prefirió Suchet al camino más directo, el de Alcubierre, y estableció en Monzón sus almacenes y hospitales.
Entran sus tropas en Balaguer.
Se hallaba a la sazón en Balaguer Don Felipe Perena con alguna fuerza, y aunque es ciudad en que no quedan sino reliquias de sus antiguos muros, interesaba a los franceses su posesión a causa de un famoso puente de piedra que tiene sobre el Segre. Atento a ello, ordenó Suchet al general Habert que atacase a los españoles. Mas Perena, creyendo ser desacuerdo resistir a fuerzas tan superiores, cejó a Lérida, y los franceses entraron en Balaguer el 4 de abril.
Sitio de Lérida.
El 13 embistió Suchet aquella plaza. Asentada Lérida a la derecha del Segre, río que también allí se cruza por hermoso puente, ha sido desde tiempos remotos ciudad muy afamada. En sus alrededores acabó César con Afranio y Petreyo, del partido pompeyano, y antes, cuando estos ocupaban la ciudad, pasó aquel caudillo grandes angustias, acampado en la altura en donde ahora se divisa el fuerte de Garden. En la defensa de este, y sobre todo en la del castillo, colocado al extremo opuesto del lado del norte, en la cumbre de un cerro, consiste la principal fortaleza de Lérida, si bien ambos no se prestan entre sí grande ayuda. Muro sin foso ni camino cubierto, parte con baluartes, parte con torreones, rodea lo demás del recinto. Algunas obras nuevas se habían ejecutado, a saber: una a la entrada del puente, y también dos reductos, llamados del Pilar y San Fernando, en la meseta de Garden, en el paraje opuesto a la plaza, fuera de cuyos muros está situado aquel fuerte. La población, que ya ascendía a más de 12.000 almas, se hallaba aumentada con los paisanos que del campo se habían refugiado dentro. Contaba la guarnición 8000 hombres, inclusa la tropa de Perena. Mandaba como gobernador Don Jaime García Conde.
Todavía los franceses no habían empezado los trabajos del sitio, y ya Don Enrique O’Donnell pensó en hacer levantarle, o por lo menos en socorrer la plaza. Ignoraba su intento el general francés, por lo que el 21 de abril avanzó este hasta Tárrega, temiendo solo a Campoverde, que vimos se adelantara hacia Manresa; tanto sigilo guardaban los catalanes, de rara y laudable fidelidad.
Desgraciada tentativa de O’Donnell para socorrer la plaza.
O’Donnell se había el día antes puesto en marcha con 6000 infantes y 600 caballos, y el 22, sabiendo por el gobernador de Lérida que parte del ejército francés se había alejado de la plaza, miró como asegurada su empresa. Empezó, pues, O’Donnell en la mañana del 23 a aproximarse a la ciudad, siguiendo el llano de Margalef, repartida su fuerza en tres columnas, una más avanzada por el camino real, las otras dos por los costados. Desgraciadamente, sabedor al fin Suchet de la salida de O’Donnell de Tarragona, tornó de priesa hacia Lérida, y tomó oportunas disposiciones para que se malograse el plan del general español. Caminaba este confiado en su triunfo, cuando de repente se vio arremetido por fuerzas considerables. El general Harispe trabó luego pelea con la 1.ª columna, y Musnier, saliendo de Alcoletge, acometió a la que iba por la derecha del camino. Los nuestros se desordenaron, principalmente la caballería, arrollada por un regimiento de coraceros. O’Donnell, aunque sobrecogido con tal contratiempo, pudo juntar parte de su gente, y antes de anochecer retirarse con ella en buen orden camino de Montblanch. La pérdida de las dos columnas atacadas fue sin embargo considerable, quedando prisioneros batallones enteros.
Los franceses, queriendo aprovecharse del terror que aquel descalabro infundiría en los leridanos, embistieron en la misma noche los reductos del fuerte de Garden. Dichosos los enemigos al principio en el ataque del Pilar, salieron mal en el de San Fernando, teniendo que retirarse, y aun evacuar el primero que ya habían ocupado.
Al día siguiente tanteó el general Suchet el ánimo del gobernador, proponiendo a este, para hacerle ver lo inútil de la defensa, que enviase personas de su confianza que por sí mismos examinasen la pérdida que en el día anterior habían los españoles padecido en Margalef. La réplica de García Conde fue enérgica y concisa. «Señor general, dijo, esta plaza nunca ha contado con el auxilio de ningún ejército.» Lástima que a las palabras no correspondiesen los hechos, como en Zaragoza y Gerona.
Empezaron los franceses el 29 de abril los trabajos de trinchera, escogiendo por frente de ataque el espacio que media entre el baluarte de la Magdalena y el del Carmen, que era por donde embistió la plaza el duque de Orleans en la guerra de sucesión.
Los sitiados no repelieron con grande empeño los aproches del enemigo. Así, esta defensa no fue larga ni digna de memoria. Merece, no obstante, honrosa excepción la resistencia que hizo, en la noche del 12 al 13 de mayo, el reducto de San Fernando, ya bien sostenido, como arriba hemos dicho, en una primera acometida. En la última se defendió con tal tenacidad que de 300 hombres que le guarnecían apenas sobrevivieron 60.
Los franceses asaltaron el 13 del mismo mes la ciudad, y la entraron sin tropezar con extraordinarios impedimentos. La guarnición se recogió al castillo, en donde también se metieron casi todos los habitantes, viendo que los acometedores no les daban cuartel. Crueldad ejecutada de intento, para que hacinados muchos individuos en corto recinto obligaran al gobernador a rendirse. Hubiera sin embargo García Conde podido despejar aquella fortaleza echando fuera la gente inútil; pero Suchet, para no desaprovechar la ocasión de acabar en breve el sitio, empezó desde luego a tirar bombas, las cuales cayendo sobre tantas personas apiñadas en reducido espacio, causaron en poco tiempo el mayor estrago. Entran los franceses en Lérida y ríndese su castillo. Blandeando el ánimo de García Conde con los lamentos de mujeres, niños y ancianos, y forzado hasta cierto punto por la junta corregimental, que creía que nada importaba la defensa del castillo si la ciudad perecía, capituló el 14, habiendo los franceses concedido a la guarnición los honores de la guerra. Ejemplo que siguió el fuerte de Garden. Pérdida sensible la de Lérida, conquista que abría a los invasores las comunicaciones entre Aragón y Cataluña.
Tachose a García Conde de traidor, opinión que adquirió crédito con haber después abrazado el partido del gobierno intruso. Lo cierto es que era hombre de limitados alcances, y juzgamos que su conducta más bien dimanó de esto y de fatal desdicha que de premeditada maldad.
También el fuerte de las Medas.
Por entonces, para que las desgracias vinieran juntas, ocuparon también los franceses el fuerte de la isla de las Medas, al embocadero del Ter, puesto importante malamente entregado por el gobernador español, Don Agustín Cailleaux.
Así iban de caída las cosas de Cataluña, no habiendo acontecido en lo restante de mayo y en el inmediato junio sino acometidas parciales de somatenes y guerrilleros, que siempre hostigaban al enemigo. Don Enrique O’Donnell, molestado de sus heridas, dejó por unos pocos días su puesto a Don Juan María de Villena. Contaba el ejército a pesar de sus pérdidas 21.798 hombres, inclusas las guarniciones de las plazas, entre las que Tarragona se miraba como la base de las operaciones. En esta ciudad volvió O’Donnell a empuñar el 1.º de julio el bastón del mando, con objeto de instalar allí el 17 del mismo mes un congreso catalán, que de nuevo había convocado para reanimar el espíritu algo abatido de los naturales, y buscar medio de oponerse con fuerza al mariscal Macdonald, quien daba muestras de obrar activamente.
Sucesos de Aragón.
Por su parte el general Suchet, terminada la expedición de Lérida, pensó en poner sitio a la plaza de Mequinenza. Mientras duró el de la primera hubo muchos y parciales combates, ya en las comarcas septentrionales de Cataluña que lindan con Aragón, y ya en Aragón mismo. Aquí hizo contra los franceses de Alcañiz una tentativa infructuosa Don Francisco de Palafox, destinado por la regencia a aquellas partes, siendo más afortunado Don Pedro Villacampa en una sorpresa que dio el 13 de mayo a los enemigos en Purroy, partido de Calatayud, en donde cogió al comandante Petit con un convoy y más de 100 hombres.
Las ventajas conseguidas por aquel caudillo irritaron a los franceses, quienes desde el 14 de mayo se pusieron a perseguirle, partiendo de Daroca el general Chlopicki. Fuese retirando Villacampa, y no paró hasta Cuenca. Siguieron de cerca su huella los enemigos, sin llegar a aquella ciudad, pero dejando rastra de su paso en Molina y demás pueblos del camino. Diversos choques de menor importancia acaecieron también en otros puntos de Aragón, porfiado pelear que cansaba sobremanera a los franceses.
Sitio de Mequinenza.
Del 15 al 20 de mayo embistió el general Musnier la plaza de Mequinenza, importante por su situación y necesaria para enseñorear el Ebro. Villa esta de 1500 vecinos, estriba su principal defensa en el castillo, antigua casa fuerte de los marqueses de Aytona, colocado en lo alto de una elevada montaña, de áspera e inaccesible subida por todos lados, excepto por el de poniente, que se dilata en planicie, cuyo frente amparan un camino cubierto, foso y terraplén abaluartado revestido de mampostería. Guarnecían la plaza 1200 hombres. Gobernábala, como antes, el coronel Don Manuel Carbón, y dirigía la artillería Don Pascual Antillón, ambos oficiales muy distinguidos.
No tenía el castillo otros aproches sino los que ofrecía a la parte occidental la planicie mencionada, y no era cosa fácil traer hasta ella artillería. Pronto discurrió la diligencia francesa medio de conseguirlo, abriendo desde Torriente y por la cima de las montañas un camino que viniese a dar al punto indicado. Tuvieron los enemigos concluida su obra el 1.º de junio, y en el intermedio no descuidaron tomar en rededor y en ambas orillas del Ebro, y en las del Segre su tributario, los puestos importantes. La toman los franceses. Entraron los sitiadores la villa en la noche del 4 al 5, la saquearon y prendieron fuego a muchas casas. Las tropas se refugiaron en el castillo. El gobernador resistió allí cuanto pudo los ataques de los franceses, mas, arruinadas ya las principales defensas y no habiendo abrigo alguno contra los fuegos enemigos, se entregó el 8, quedando la guarnición prisionera de guerra.
Toman también el castillo de Morella.
La víspera de la rendición había llegado a Mequinenza el general Suchet, quien deseando sacar de su triunfo la mayor ventaja, despachó dos horas después de la entrega al general Montmarie para que se apoderase del castillo de Morella, lo que ejecutó dicho general sin obstáculo el 13 de junio. Posesión que, aunque no tan importante como la de Mequinenza, éralo bastante por estar situado aquel fuerte en los confines de Aragón y Valencia, y porque así iban los franceses preparándose a nuevas empresas, y afianzaban poco a poco y de un modo sólido su dominación.
Cádiz.
No obstante, hallábase esta lejos de arraigarse. Los pueblos continuaban casi por todas partes haciendo guerra a muerte a los invasores, y la Isla gaditana, punto céntrico de la resistencia, no solo mantenía la llama sagrada del patriotismo, sino que la fomentaba procurando además acrecer y mejorar en su recinto las fortificaciones.
Toman los franceses a Matagorda.
De nada influyó para no llevar adelante semejante propósito la pérdida de Matagorda, acaecida el 22 de abril. Situado aquel castillo no lejos de la costa del caño del Trocadero, sostuviéronle con tenacidad los ingleses, encargados de su defensa, y solo le abandonaron ya convertido en ruinas. Luego mostró la experiencia lo poco que sus fuegos perjudicaban a las comunicaciones por agua, y sus proyectiles a la plaza.
Manda Blake el ejército de la Isla.
El mismo día de la evacuación del mencionado fuerte fondeó en bahía, viniendo del reino de Murcia, Don Joaquín Blake, nombrado por la regencia para suceder al de Alburquerque en el mando de la Isla gaditana, cuyas fuerzas, sin contar las de los aliados ni la milicia armada, ascendían de 17 a 18.000 hombres, engrosado el ejército con los dispersos y reliquias que de la costa aportaban, y con nuevos alistados, que acudían hasta de Galicia. A la llegada de Blake considerose dicho ejército como parte integrante del denominado del centro, que se alojaba en el reino de Murcia, repartiéndose entre ambos puntos las divisiones en que se distribuía.
Trasládase a Cádiz la regencia.
El consejo de regencia trasladose el 29 de mayo de la Isla de León a Cádiz, y escogió para su morada el vasto edificio de la aduana. Se le reunió por aquellos días el obispo de Orense, que no había hasta el 26 arribado al puerto, retardado su viaje por la distancia, ocupaciones diocesanas y malos tiempos.
Varan en la costa dos pontones de prisioneros.
En este mes nada muy importante en lo militar avino en Cádiz, sino el haber varado en la costa de enfrente los pontones Castilla y Argonauta, llenos de prisioneros franceses. Aprovecháronse los que estaban a bordo del primero de un furioso huracán que sopló en la noche del 15 al 16 para desamarrar el buque y dar a la costa; eran unos 700, los más oficiales. Imitáronlos el 26 los del Argonauta, 600 en número, sin que pudiesen estorbar su desembarco nuestras baterías y cañoneras.
Trato de estos.
Con este motivo han clamoreado muchos extranjeros, y lo que es más raro, ingleses, contra el mal trato dado a los prisioneros, y sobre todo contra la dureza de mantenerlos tanto tiempo en la estrechura de unos pontones. Nos lastimamos del caso y reprobamos el hecho, pero ocupadas o invadidas a cada paso las más de nuestras provincias, imposible era para custodia de aquellos buscar dentro de la península paraje seguro y acomodado. La Gran Bretaña, libre y poderosa, permitió también que en pontones gimiesen largos años sus muchos prisioneros. Quisiéramos que nuestro gobierno no hubiese seguido tan deplorable ejemplo, dando así justa ocasión de censura a ciertos historiadores de aquella nación, tan prontos a tachar excesos de otros como lentos en advertir los que se cometen en su mismo suelo.
Pasan a las Baleares, su trato allí.
El gobierno español, sin embargo, había resuelto suavizar la suerte de muchos de aquellos desgraciados, enviando a unos a las islas Canarias y a otros a las Baleares. Dichosos los primeros, no cupo a los últimos igual ventura. Alborotados contra ellos los habitantes de Mallorca y Menorca, a causa de la relación que de las demasías del ejército francés les venían de la península, necesario fue conducirlos a la isla de Cabrera, siendo al embarco maltratados muchos, y aun algunos muertos. Aquella isla al sur de Mallorca, si bien de sano temple y no escasa de manantiales, estaba solo poblada de árboles bravíos sin otro albergue más que el de un castillo. Suministráronse tiendas a los prisioneros, pero no las bastantes para su abrigo, como tampoco instrumentos con que pudiesen suplir la falta de casas, fabricando chozas. Unos 7000 de ellos la ocuparon, y llegó a colmo su miseria, careciendo a veces hasta del preciso sustento, ora por temporales que impedían o retardaban los envíos, ora también por flojedad y descuido de las autoridades. Feo borrón que no se limpia con haber en ello puesto al fin las cortes conveniente remedio, ni menos con el bárbaro e inhumano trato que al mismo tiempo daba el gobierno francés a muchos jefes e ilustres españoles, sumidos en duras prisiones y castillos, pues nunca la crueldad ajena disculpó la propia.
Resistencia en las Andalucías.
Entre tanto el gobierno español no solo atendió en su derredor a la defensa de la Isla gaditana, sino que también pensó en divertir la atención del enemigo, molestándole en las mismas Andalucías y provincias aledañas. Dos de los puntos que para ello se presentaban más cercanos e importantes, eran, al ocaso, el condado de Niebla, y al levante, la Serranía de Ronda. El primero, además de ser tierra costanera y en partes montuosa, respaldábase en Portugal, para cuya invasión tenían los enemigos que prepararse de intento; y por lo que respecta a Ronda, favorecía sus operaciones y alzamiento la vecina e inexpugnable plaza de Gibraltar, depósito de grandes recursos, principalmente de pertrechos de guerra.
Condado de Niebla.
La regencia, para dar mayor estímulo a la defensa, encargó el mando de aquellos distritos a jefes de su confianza. Para el condado escogió a Don Francisco de Copons y Navia, que permanecía en Cádiz después que en febrero arribó allí con su división. Partió pues el general nombrado, y el 14 de abril tomó el mando de aquel país, muy trabajado con las vejaciones del enemigo, y solo defendido por unos 700 hombres, remanente de cuerpos dispersos o situados en otras partes. Procuró Copons unir y aumentar esta masa bastante informe, recoger los caudales públicos, mantener libre la comunicación de la costa con Cádiz, y hostigar con frecuencia a los franceses. Consiguió su objeto, si bien con suerte varia, teniendo a veces que replegarse a Portugal.
Serranía de Ronda.
Del lado de Ronda la resistencia fue mayor, mas empeñada y duradera. Partido occidental esta serranía de la provincia de Málaga, y cordillera de montes elevados que arrancan desde cerca de Tarifa, extendiéndose al este, se compone de muchos pueblos ricos en producciones y dados al contrabando, a que los convida la vecindad de Gibraltar. Sus moradores, avezados a prohibido tráfico, conocen a palmos el terreno, sus angosturas y desfiladeros, sus cuevas, las más escondidas, y teniendo a cada paso que lidiar con los aduaneros y las tropas enviadas en persecución suya, están familiarizados con riesgos que son imagen de los de la guerra. Empléanse las mujeres en los trabajos del campo, y en otros no menos penosos inherentes a la profesión de los hombres, y así son de robustos miembros y de condición asemejada a la varonil. Llena, pues, de bríos población tan belicosa, y previendo los obstáculos que recrecerían a su comercio si los franceses afianzaban su imperio, rehusó someterse al yugo extranjero.
Ya dieron aquellos habitantes señales de desasosiego al tiempo de la ocupación de Sevilla. José pensó que los tranquilizaría con su presencia y discursos, para lo cual pasó a Ronda antes de concluir febrero. Satisfecho quizá de su excursión, o temiendo más bien otras resultas, no se detuvo allí muchos días, dejando solamente alguna fuerza y un gobernador con extensas facultades. Pero la autoridad del francés redújose pronto a estrechos límites, ciñéndola a la ciudad la insurrección de los serranos. Acaudillaron a estos varias cabezas, siendo uno de los que más promovieron el alzamiento Don Andrés Ortiz de Zárate, que los naturales denominaron el Pastor.
El consejo de regencia, por su lado, envió de comandante al campo de San Roque, cuyas líneas enfrente de Gibraltar se habían destruido, de acuerdo con el gobernador inglés Campbell, a Don Adrián Jácome, con encargo de recoger dispersos y de soplar el fuego en la serranía. Hombre Jácome pacato e irresoluto, de poco sirvió a la buena causa. Afortunadamente los serranos, siguiendo los ímpetus de su propio instinto, solían a veces obrar con más acierto que algunos jefes que presumían de entendidos.
Al ánimo de aquellos debiose en breve que el levantamiento tomase tal vuelo que ya el 12 de marzo se presentaron numerosas bandas delante de Ronda, capitaneadas por Don Francisco González. Los franceses, viendo el tropel de gente que venía sobre ellos, evacuaron de noche la ciudad y se retiraron a Campillos. Penetraron luego los paisanos por las calles de Ronda, y comenzó gran desorden, y aun hubo pillaje y otros destrozos. Contuviéronlos algún tanto patriotas de influjo que llegaron oportunamente.
A poco se reforzaron también los enemigos con tropa que llevó de Málaga el general Peyremont, y el 21 recobraron a Ronda. No permaneció allí largo tiempo dicho general, pues entrada en su ausencia por los paisanos la ciudad de Málaga, tuvo que volar a su socorro. La guerra continuó por toda la sierra sin que los franceses pudiesen solos dar un paso, y no transcurriendo día en que sus puestos no fuesen inquietados. Formose en Jimena una junta, y nombró el gobierno comandante del distrito a Don José Serrano Valdenebro, bajo la inspección de Don Adrián Jácome. Creciendo los jefes, crecieron los celos y las competencias, y se suscitaron trastornos y mudanzas.
D. José Romero: acción notable.
Por tristes que fuesen tales ocurrencias, inevitables en guerra de esta clase, no por eso se cedía en la lucha, llevando a cumplido remate proezas que recuerdan las del tiempo de la caballería. Fue una de las más memorables la que avino en Montellano, pueblo de 4000 habitantes inmediato a la sierra. Era alcalde Don José Romero, y ya el 14 de abril, al frente del vecindario, había repelido de sus calles a 300 franceses. Tornaron estos el 22, reforzados con otros 1000, para vengar la primera afrenta. Encontraron a su paso obstáculos en Grazalema; pero llegando al fin a Montellano tuvieron allí que vencer la braveza de los moradores, lidiando con ellos de casa en casa. Impacientados los franceses de tamaña obstinación recurrieron al espantoso medio de incendiar el pueblo. Redujéronle casi todo él a pavesas, excepto el campanario, en que se defendían unos cuantos paisanos, y la casa de Romero. Este varón tan esforzado como Villandrando, haciendo de sus hogares formidable palenque y ayudado de su mujer y sus hijos, continuó por mucho tiempo con terrible puntería causando fiero estrago en los enemigos, y tal que, no atreviéndose ya estos a acercarse, resolvieron derribar a cañonazos paredes para ellos tan fatales. Grande entonces el aprieto de Romero, inevitable fuera su ruina si no le salvara de ella la repentina retirada de los franceses, que se alejaron temerosos de gente que acudía de Puerto Serrano y otras partes. Libre Romero, a duras penas pudo arrancársele de los escombros de Montellano, respondiendo a las instancias que se le hacían: «Alcalde de esta villa, este es mi puesto.»
Tarifa.
Imitaban al mismo tiempo en Tarifa la conducta de los serranos. No habían los enemigos ocupado antes esta plaza, situada en el extremo meridional de España, contentándose con sacar de ella raciones en una ocasión en que se aproximaron a sus muros. Pudieran entonces haberla fácilmente tomado, pero no juzgaron prudente exponerse a ello sin mayores fuerzas. Los españoles después aumentaron los medios de defensa, y aun vinieron en su ayuda algunos ingleses mandados por el mayor Brown. Ignorábanlo los franceses, y el 21 de abril intentaron entrar la plaza de rebate. Salioles mal la empresa, rechazados con pérdida por el paisanaje y sus aliados.
Vemos así cuánto distraían a los franceses las conmociones e incesante guerrear de los puntos más inmediatos a Cádiz. Tampoco se los dejaba tranquilos en otros más distantes de las mismas Andalucías, ya por la parte de Murcia, en que permanecía el ejército del centro, ya por la de Extremadura, en que estaba el de la izquierda.
Ejército del centro en Murcia.
Puesto aquel a últimos de enero, según queda referido, bajo las órdenes del general Blake, fue creciendo y disciplinándose en cuanto las circunstancias lo permitían, y fomentó con su presencia partidas que se levantaron en las montañas del lado de Cazorla y Úbeda, y en las Alpujarras.
A principios de marzo, Don Joaquín Blake, con motivo de la entrada de Suchet en el reino de Valencia, moviose hacia aquella parte; mas, enterado luego de la retirada de los franceses, retrocedió a sus cuarteles, volviendo a unirse al general Freire, a quien con alguna tropa había dejado en la frontera de Granada. Entonces fue cuando Blake recibió la orden de pasar a la Isla, quedando en ausencia suya Don Manuel Freire al frente del ejército, cuya fuerza constaba de 12.000 infantes y cerca de 2000 caballos, con 14 piezas de artillería.
Correría de Sebastiani en aquel reino.
Hizo a poco una correría la vuelta de aquel punto el general Sebastiani, acompañado de 8000 hombres. Enderezose por Baza a Lorca, y Freire se replegó sobre Alicante, metiendo en Cartagena la 3.ª división de su ejército al mando de Don Pedro Otedo. Los franceses se adelantaron sin oposición, y el 23 de abril se posesionaron de la ciudad de Murcia, siendo aquella la vez primera que pisaban su suelo. Los vecinos de más cuenta y las autoridades se habían ausentado la víspera. Sebastiani anunció a su entrada que se respetarían las personas y las propiedades; pero no se conformó su porte con tan solemnes promesas.
Su conducta.
En la mañana del 24 fue a la catedral, y después de mandar que se llevase preso a un canónigo revestido con su traje de coro, hizo que se interrumpiesen los divinos oficios, obligando al cabildo eclesiástico a que inmediatamente se le presentase en el palacio episcopal. Provenía su enojo de que no se le hubiese cumplimentado al presentarse en la iglesia. Maltrató de palabra a los canónigos, y ordenó que en el término de dos horas le entregasen todos sus fondos. Pidiéndole el cabildo que por lo menos alargase el plazo a cuatro horas, respondió altaneramente: «Un conquistador no deshace lo que una vez manda.»
Con no menos despego y altivez trató Sebastiani a los individuos de un ayuntamiento que se había formado interinamente. Reprendioles por no haberle recibido con salvas de artillería y repique de campanas, imponiendo al vecindario en castigo 100.000 duros, suma que a muchos ruegos rebajó a la mitad. Tomaron además el general francés y los suyos, no contando las raciones y otros suministros, todo el dinero de los establecimientos públicos, y la plata y alhajas de los conventos, sin que se libertasen del saqueo varias casas principales.
Evacúalo.
Esta correría ejecutada, al parecer, más bien con intento de esquilmar el reino de Murcia, aún intacto de la rapacidad enemiga, que de afianzar el imperio del intruso, fue muy pasajera. El 26 del mismo abril ya todos los franceses habían evacuado la ciudad, y bien les vino, empezando a reinar grande efervescencia en la huerta y contornos. Idos los invasores, se ensañaron los paisanos en las personas y haciendas de los que graduaron de afectos a los enemigos, y mataron al corregidor interino Don Joaquín Elgueta, el cual había también corrido gran peligro de parte de los franceses queriendo amparar a los vecinos. ¡Triste y no merecida suerte! Mejor hubieran los murcianos empleado sus puños en defenderse contra el común enemigo que haberse manchado con la sangre inocente de sus conciudadanos.
Partidas de Cazorla y de las Alpujarras.
Envió después Freire la caballería y algunos infantes a la frontera de Granada, quedándose él en Elche. Con tal apoyo, volvieron a fomentarse las partidas por el lado de Cazorla, y por el opuesto de las Alpujarras, y hubo muchos reencuentros entre ellas y cuerpos destacados del enemigo, compuestos de 200 a 400 hombres. La conducta de algunas tropas francesas contribuía también no poco a la irritación de los habitantes, habiéndose mostrado feroces en Vélez Rubio y otros pueblos, por lo que los vecinos defendían sus hogares de consuno, tocando a rebato y a manera de leones bravos. En las Alpujarras, ásperas pero deliciosas sierras, y en cuyas vertientes a la mar se dan las producciones del trópico, señaláronse varios partidarios como Mena, Villalobos, García y otros, aspirando los moradores, como ya en su tiempo decía Mármol, a que se les tuviese por invencibles.
Extremadura: ejército de la izquierda.
Andaba también a veces la guerra bastante viva en la parte de las Andalucías que linda con Extremadura. La junta de Badajoz, luego que Mortier se retiró el 12 de febrero de enfrente de la plaza, puso gran conato en derramar guerrillas hacia el reino de Sevilla y riberas del Tajo. Caminó luego hacia las del Guadiana desde San Martín de Trevejo el ejército de la izquierda, excepto la división de La Carrera, que quedó apostada para impedir las comunicaciones entre Extremadura y el país allende la Sierra de Baños. Este ejército, unido a la fuerza que había en Badajoz, constaba de unos 26.000 infantes y de más de 2000 hombres de caballería, la mitad desmontados. Romana. El marqués de la Romana le distribuyó colocando en su izquierda cerca de Castelo de Vide y en Alburquerque, dos divisiones al mando de Don Gabriel de Mendizábal y de Don Carlos O’Donnell [hermano de Don Enrique] una, y su cuartel general en Badajoz mismo, y otras dos a su derecha en Olivenza y camino de Monesterio, a las órdenes de los generales Ballesteros Ballesteros. y Senén de Contreras. Servía de arrimo al ejército de Romana, además de Badajoz, la plaza de Elvas y otras no tan importantes que guarnecen ambas fronteras española y portuguesa, en donde también había una división aliada que regía el general Hill. Se trabaron así de ambas partes continuos choques, ya que no batallas, y en algunos sostuvieron los españoles con ventaja la gloria de nuestras armas. Ballesteros, por la derecha, fue quien más lidió, siendo notables los combates de 25 y 26 de marzo en Santa Olalla y el Ronquillo, los del 15 de abril y 26 de mayo en Zalamea y Aracena, junto con los de Burguillos y Monesterio que se dieron al finalizar junio, todos contra las tropas del mariscal Mortier. Era el principal campo de Ballesteros y su acogida el país montuoso que se eleva entre Extremadura, Portugal y reino de Sevilla, desde donde igualmente se daba la mano con los españoles del condado de Niebla. Sus servicios fueron dignos de loa, si bien a veces ponderaba sobradamente sus hechos.
Don Carlos O’Donnell.
Don Carlos O’Donnell no dejaba tampoco de hostigar al enemigo por el lado izquierdo. Tenía allí que habérselas con el 2.º cuerpo, a cargo del general Reynier, quien, en principios de marzo, viniendo del Tajo, sentó sus reales en Mérida. Varias refriegas. Se escaramuzó con frecuencia entre unos y otros, y Reynier también hacía correrías contra las demás divisiones españolas, formalizándose en ocasiones las refriegas. Tal fue la que se trabó en 5 de julio entre él y los jefes Imaz y Morillo, en Jerez de los Caballeros: los españoles se defendieron desde por la mañana hasta la caída de la tarde, y se retiraron con orden cediendo solo al número. Permaneció Reynier en aquellas partes hasta el 12 de julio, en cuyo tiempo repasó el Tajo aproximándose a los cuerpos de su nación que iban a emprender, camino de Ciudad Rodrigo, la conquista de Portugal. Observole en su marcha, moviéndose paralelamente, la división del general Hill.
Siguió haciendo siempre la guerra en el mediodía de Extremadura el cuerpo del mariscal Mortier; mas este jefe, disgustado con Soult, anhelaba por alejarse, y aun pidió licencia para volver a Francia.
Decreto de Soult de 9 de mayo.
Molestaba la pertinaz resistencia de los españoles al mariscal Soult en tanto grado que con nombre de reglamento dio el 9 de mayo un decreto ajeno de naciones cultas. En su contexto notábase, entre otras bárbaras disposiciones, una que se aventajaba a todas concebida en estos términos: «No hay ningún ejército español, fuera del de S. M. C. Don José Napoleón; así, todas las partidas que existan en las provincias, cualquiera que sea su número, y sea quien fuere su comandante, serán tratadas como reuniones de bandidos... Todos los individuos de estas compañías que se cogieren con las armas en la mano, serán al punto juzgados por el preboste y fusilados; sus cadáveres quedarán expuestos en los caminos públicos.»
Así quería tratar el mariscal Soult a generales y oficiales, así a soldados, cuyos pechos quizá estaban cubiertos de honrosas cicatrices, así a los que vencieron en Bailén y Tamames, confundiéndolos con forajidos. La regencia del reino tardó algún tiempo en darse por entendida de tan feroz decreto con la esperanza de que nunca se llevaría a efecto. Otro en respuesta de la regencia de España. Pero, víctimas de él algunos españoles, publicó al fin en contraposición otro en 15 de agosto, expresando que por cada español que así pereciese, se ahorcarían tres franceses; y que «mientras el duque de Dalmacia no reformase su sanguinario decreto... sería considerado personalmente como indigno de la protección del derecho de gentes, y tratado como un bandido si cayese en poder de las tropas españolas.» Dolorosa y terrible represalia, pero que contuvo al mariscal Soult en su desacordado enojo.
Decreto de Napoleón sobre gobiernos militares.
Entibiaban tales providencias las voluntades aun de los más afectos al gobierno intruso, coadyuvando también a ello en gran manera los yerros que Napoleón prosiguió cometiendo en su aciaga empresa contra la península. De los mayores, por aquel tiempo, fue un decreto que dio en 8 de febrero,[*] (* Ap. n. 11-5.) según el cual se establecían en varias provincias de España gobiernos militares. Encubríase el verdadero intento so capa de que, careciendo de energía la administración de José, era preciso emplear un medio directo para sacar los recursos del país, y evitar así la ruina del erario de Francia, exhausto con las enormes sumas que costaba el ejército de España. Todos, empero, columbraron en semejante resolución el pensamiento de incorporar al imperio francés las provincias de la orilla izquierda del Ebro, y aun otras si las circunstancias lo permitiesen.
El tenor mismo del decreto lo daba casi a entender. Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya se ponían bajo el gobierno de los generales franceses, los cuales, entendiéndose solo para las operaciones militares con el estado mayor del ejército de España, debían «en cuanto a la administración interior y policía, rentas, justicia, nombramiento de empleados y todo género de reglamentos, entenderse con el emperador por medio del príncipe de Neufchatel, mayor general.» Igualmente los productos y rentas ordinarias y extraordinarias de todas las provincias de Castilla la Vieja, reino de León y Asturias, se destinaban a la manutención y sueldos de las tropas francesas, previniéndose que con sus entradas hubiera bastante para cubrir dichas atenciones.
Une a su imperio los Estados Pontificios y la Holanda.
Ya que tales providencias no hubiesen por sí mostrado a las claras el objeto de Napoleón, los procedimientos de este a la propia sazón respecto de otras naciones de Europa, probaban con evidencia que su ambición no conocía límites. Los estados del papa, en virtud de un senado-consulto, se unieron a la Francia, declarando a Roma segunda ciudad del imperio, y dando el título de rey suyo al que fuese heredero imperial. Debían además los emperadores franceses coronarse en adelante en la iglesia de San Pedro, después de haberlo sido en la de Notre Dame de París. El senado-consulto, ostentoso en sus términos, anunciaba el renacimiento del imperio de occidente, y decía: «mil años después de Carlomagno se acuñará una medalla con la inscripción Renovatio imperii.» Agregose también a la Francia en este año la Holanda, aunque regida por un hermano de Napoleón, y ocupó su territorio un ejército francés, imaginando el emperador, en su desvarío, pues no merece otro nombre, que países tan diversos en idioma y costumbres, tan distantes unos de otros, y cuya voluntad no era consultada para tan monstruosa asociación, pudieran largo tiempo permanecer unidos a un imperio cimentado solo en la vida de un hombre.
En España, muy en breve se empezaron a sentir las consecuencias del establecimiento de los gobiernos militares. Procuró ocultar aquella medida, en tanto que pudo, el gabinete de José, conociendo su mal influjo. Los generales franceses, aun en las provincias no comprendidas en el decreto, «dispusieron luego a su arbitrio [*] (* Ap. n. 11-6.) [como afirman Azanza y Ofarrill], o sin otra dependencia directa que la del emperador, de todos los recursos del país. Por consecuencia de esto, las facultades del rey José [añaden los mismos] fueron disminuyendo hasta quedarse en una mera sombra de autoridad.»
Inútil embajada a París de Azanza.
Sumamente incomodó a José la inoportuna y arbitraria resolución de su hermano, concebida en menoscabo de su poder y aun en desprecio de su persona. Trastornáronse también los ánimos de los españoles, sus adherentes, quienes además de ver en tal desacuerdo la prolongación de la guerra, dolíanse de que España pudiese como nación desaparecer de la lista de las de Europa. Porque entre los de este bando, no obstante sus compromisos, conservaban muchos el noble deseo de que su patria se mantuviese intacta y floreciente.
Menester pues era que por parte de ellos se pusiese gran conato en que el emperador revocase su decreto. Creyeron así oportuno enviar a París una persona escogida y de toda confianza, y nadie les pareció más al caso que Don Miguel José de Azanza, conocido de Napoleón ya en Bayona, y ministro de genio suave y de índole conciliadora.[*] (* Ap. n. 11-7.) Hemos leído la correspondencia que con este motivo siguió Azanza; y nada mejor que ella prueba el desdén y desprecio con que trataba al de Madrid el gabinete de Francia.
En principios de mayo llegó a París como embajador extraordinario el mencionado Don Miguel. Tardó en presentar sus credenciales, y a mediados de junio de vuelta ya Napoleón desde 1.º del mes de un viaje a la Bélgica, no había aún tenido el ministro español ocasión de ver al emperador más que una vez cuando le presentaron. Pasados algunos días mirábase Azanza como muy dichoso solo porque ya le hablaban [*] (* Ap. n. 11-8.) [son sus palabras]. Satisfacción poco duradera y de ninguna resulta. Prolongó su estancia en París hasta octubre, y nada logró, como tampoco el marqués de Almenara que de Madrid corrió en su auxilio por el mes de agosto. Hubo momentos en que ambos vivieron muy esperanzados; hubo otros en que por lo menos creyeron que se daría a España en trueque de las provincias del Ebro el reino de Portugal: ilusiones que al fin se desvanecieron diciendo Azanza al rey José en uno de sus últimos oficios [24 de septiembre]:[*] (* Ap. n. 11-9.) «El duque de Cadore [Champagny], en una conferencia que tuvimos el miércoles, nos dijo expresamente que el emperador exigía la cesión de las provincias de más acá del Ebro por indemnización de lo que la Francia ha gastado y gastará en gente y dinero para la conquista de España. No se trata de darnos a Portugal en compensación. El emperador no se contenta con retener las provincias de más acá del Ebro, quiere que le sean cedidas.»
Fuéronse, por lo mismo, estas organizando a la manera de Francia en cuanto permitían las vicisitudes de la guerra, y cierto que la providencia de su incorporación al imperio se hubiera mantenido inalterable si las armas no hubieran trastrocado los designios de Napoleón. Suerte aquella fácil de prever después de los acontecimientos de Bayona en 1808, según los cuales, y atendiendo a la ambición y poderío del emperador de los franceses, necesariamente el gobierno de José, privado de voluntad propia, tenía que sujetarse a fatal servidumbre de nación extraña.
Tentativa para libertar al rey Fernando. (* Ap. n. 11-10.)
En una de las primeras cartas de la citada correspondencia [*] de Don Miguel de Azanza, háblase de un suceso que por entonces hizo gran ruido en Francia, y cuyo relato también es de nuestra incumbencia. Fue pues una tentativa hecha en vano para que pudiese el rey Fernando escaparse de Valençay. Habíanse propuesto varios de estos planes al gobierno español, los cuales no adoptó este por inasequibles, o por lo menos no tuvieron resulta. En la actual ocasión, tomó origen semejante proyecto en el gabinete británico, siendo móvil y principal actor el barón de Kolly, empleado ya antes en otras comisiones secretas. Muchos han tenido a este por irlandés, y así lo declaró él mismo; pero el general Savary, bien enterado de tales negocios, nos ha asegurado que era francés y de la Borgoña.
Barón de Kolly.
Kolly pasó a Inglaterra para ponerse de acuerdo con aquel ministerio, del que era individuo el marqués de Wellesley, después de su vuelta de España. Diéronsele a Kolly los medios necesarios para el logro de su empresa y papeles que acreditasen su persona y comprobasen la veracidad de sus asertos. Desembarcó en la bahía de Quiberon, acercándose también a la costa una escuadrilla inglesa destinada a tomar a su bordo a Fernando. En seguida partió Kolly a París para dar comienzo a la ejecución de su plan, de difícil éxito, ya por la extrema vigilancia del gobierno francés, ya por el poco ánimo que para evadirse tenían el rey y los infantes.
Vida de los príncipes en Valençay.
No hemos hablado de aquellos príncipes después de su confinamiento en Valençay. Su estancia no había hasta ahora ofrecido hecho alguno notable. Apenas en su vida diaria se habían desviado de la monótona y triste que llevaban en la corte de España. Divertíanse a veces en obras de manos, particularmente el infante Don Antonio, muy aficionado a las de torno, y de cuando en cuando la princesa de Talleyrand los distraía con saraos u otros entretenimientos. No les agradaba mucho la lectura y como en la biblioteca del palacio se veían libros que, en el concepto del citado infante, eran peligrosos, permanecía este continuamente en acecho para impedir que sus sobrinos entrasen en aposentos henchidos a su entender de oculta ponzoña. Así nos lo ha contado el mismo príncipe de Talleyrand. Salían poco del circuito del palacio y las más veces en coche, llegando a punto la desconfianza de la policía francesa que, con tretas indignas de todo gobierno, casi siempre les estorbaba el ejercicio de a caballo.
La familia que los acompañó en su destierro antes de cumplirse el año fue separada de su lado, y confinados algunos de sus individuos a varias ciudades de Francia, entre ellos el duque de San Carlos y Escóiquiz. Quedó solo Don Juan Amézaga, pariente del último, hombre con apariencias de honrado, de ocultos manejos, y harto villano para hacerse confidente y espía de la policía francesa.
Préndese a Kolly.
En tal situación y con tantas trabas, dificultoso era acercarse a los príncipes sin ser descubierto, y más que todo llevar a feliz término el proyecto mencionado. Ni tanto se necesitó para que se malograse. Kolly, a pocos días de llegar a París, fue preso, habiendo sido vendido por un pseudo-realista, y por un tal Richard, de quien se había fiado. Metiéronle en Vincennes el 24 de marzo, y no tardó en tener un coloquio con Fouché, ministro de la policía general. Admirábase este de que hombres de buen seso hubiesen emprendido semejante tentativa, imposible [decía] de realizarse, no solo por las dificultades que en sí misma ofrecía, sino también porque Fernando no hubiera consentido en su fuga.
Insidiosa conducta de la policía francesa.
Sin embargo, aunque estuviese de ello bien persuadida la policía francesa, quisieron sus empleados asegurarse aún más, ya fuera para sondear el ánimo de los príncipes, o ya quizá para tener motivo de tomar con sus personas alguna medida rigurosa. En consecuencia, se propuso a Kolly el ir a Valençay y hablar a Fernando de su proyecto, dorando la policía lo infame de tal comisión con el pretexto de que así se desengañaría Kolly, y vería cuál era la verdadera voluntad del príncipe. Prometiósele en recompensa la vida y asegurar la suerte de sus hijos. Desechó honradamente Kolly propuesta tan insidiosa e inicua, y de resultas volviéronle a Vincennes donde continuó encerrado hasta la caída de Napoleón, siendo de admirar no pasase más allá su castigo.
La policía, no obstante la repulsa del barón, no desistió de su intento, y queriendo probar fortuna, envió a Valençay al bellaco de Richard, haciéndole pasar por el mismo Kolly. Abocose primero en 6 de abril con Amézaga el disfrazado espía; mas los príncipes, rehusando dar oídos a la proposición, denunciaron a Richard, como emisario inglés, al gobernador de Valençay Mr. Berthemy, ora porque en realidad no se atrevieran a arrostrar los peligros de la huida, ora más bien porque sospecharan ser Richard un echadizo de la policía. Terminose aquí este negocio, en el que no se sabe si fue más de maravillar la osadía de Kolly, o la confianza del gobierno inglés en que saliera bien una empresa rodeada de tantas dificultades y escollos.
Cartas de Fernando.
Publicose en el Monitor, con la mira sin duda de desacreditar a Fernando, una relación del hecho acompañada de documentos, y antes en el mismo año se habían ya publicado otros, de que insertamos parte en un apéndice de los libros anteriores. Entre aquellos de que aún no hemos hablado, pareció notable una carta (* Ap. n. 11-11.) que Fernando había escrito a Napoleón en 6 de agosto de 1809,[*] felicitándole por sus victorias. Notable también fue otra de 4 de abril de 1810,[*] (* Ap. n. 11-12.) del mismo príncipe a Mr. Berthemy, en que decía: «lo que ahora ocupa mi atención es para mí un objeto del mayor interés. Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador, nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos.» No se esparcían mucho por España estos papeles, y aun los que los leían considerábanlos como pérfido invento de Napoleón. A no ser así, ¡qué terrible contraste no hubiera resaltado entre la conducta del rey, y el heroísmo de la nación!

RESUMEN
DEL
LIBRO DUODÉCIMO.

Ejército francés que se destina a Portugal. Mariscal Massena, general en jefe. — Sitio de Ciudad Rodrigo. — Herrasti, su gobernador. — Situación de Wellington. — Don Julián Sánchez. — Capitula la plaza. — Gloriosa defensa. — Clamores contra los ingleses por no haber socorrido la plaza. — Excursión de los franceses hacia Astorga y Alcañices. — Toman la Puebla de Sanabria. — La pierden. — La ocupan de nuevo. — Campaña de Portugal. — Estado de este reino y de su gobierno. — Plan de Lord Wellington. — Fuerza que mandaba. — Subsidios que da Inglaterra. — Posición de Wellington. Devastación del país. — Líneas de Torres Vedras. — Dicho de Wellington a Álava. — Preparativos y fuerza de los franceses. — Escaramuzas. Fuerte de la Concepción. — Combate del Coa. — Sitio de Almeida. — Vuélase. — Capitula. — Proscripciones y prisiones en Lisboa. — Temores de los ingleses. — Repliégase Wellington. — Dificultades que tiene Massena. — Aguíjale Napoleón. — Empieza Massena la invasión. — Posición de Wellington y medidas que toma. — Descripción del valle de Mondego. — Distribución de los cuerpos de Massena. — Muévese sobre Celórico y Viseo. — Entran sus avanzadas en Viseo. — Continúa Wellington su retirada. — Ataca Trant la artillería y equipajes franceses. — Detiénese Wellington en Buçaco. — Acción de Buçaco. — Cruza Massena la sierra de Caramula. — Los franceses en Coimbra. — Condeixa. — Desórdenes en el ejército inglés. — Sorprende Trant a los franceses de Coimbra. — Alcoentre. — Alenquer. — Los ingleses en las líneas. — Massena no las ataca. — Formidable fuerza y posición de Wellington. — Únesele con dos divisiones Romana. — Moléstase también al enemigo fuera de las líneas. — Don Carlos de España. — Situación crítica de los franceses. — Galicia. — Asturias. — Expediciones de Porlier por la costa. — Extremadura. — Refriega en Cantaelgallo. — En Fuente de Cantos. — Expedición de Lacy a Ronda. — Al condado de Niebla. — Situación de esta comarca. — Operaciones en Cádiz. — Fuerza sutil de los enemigos. — Fuerzas de los aliados en Cádiz y la Isla. — Blake en Murcia. — Sebastiani se dirige a Murcia. — Medidas que toma Blake. — Se retira Sebastiani. — Insurrecciones en el reino de Granada. — Expedición contra Fuengirola y Málaga. — Avanza Blake a Granada. — Acción de Baza, 3 de noviembre. — Provincias de Levante. — Valencia. — Choques en Morella y Albocácer. — Avanza Caro y se retira. — Caro huye de Valencia. — Le sucede Bassecourt. — Cataluña. — Su congreso. — O’Donnell. — Macdonald. — Convoyes que lleva a Barcelona. — Ejército español de Cataluña. — Intenta Suchet sitiar a Tortosa. — Sus disposiciones. — Salidas de la plaza y combates parciales. — Adelanta Macdonald a Tarragona. — Se retira. — Dificultades con que tropieza. — Avístase en Lérida con Suchet. — Macdonald incomodado siempre por los españoles. — Sorpresa gloriosa de La Bisbal. — Y de varios puntos de la costa. — Guerra en el Ampurdán. — Eroles manda allí. — Campoverde en Cardona. — Otro convoy para Barcelona. — No adelantan los enemigos en el sitio de Tortosa. — Convoyes que van allí de Mequinenza. — Los atacan los españoles. — Carvajal en Aragón. — Villacampa infatigable en guerrear. — Andorra. — Las Cuevas. — Alventosa. — Combate de la Fuensanta. — Nuevos convoyes para Tortosa. — Combates parciales. — Los españoles desalojados de Falset. — Movimiento de Bassecourt. — Acción de Ulldecona. — Macdonald socorre a Barcelona y se acerca a Tortosa. — Formaliza el sitio Suchet. — Deja O’Donnell el mando. — Partidas en lo interior de España. — En Andalucía. — En Castilla la Nueva. — En Castilla la Vieja. — Santander y provincias Vascongadas. — Expedición de Renovales a la costa Cantábrica. — Navarra. Espoz y Mina. — Cortes. — Remisa la regencia en convocarlas. — Clamor general por ellas. — Las piden diputados de las juntas de provincia. — Decreto de convocación. — Júbilo general en la nación. — Dudas de la regencia sobre convocar una segunda cámara. — Costumbre antigua. — Opinión común en la nación. — Consulta la regencia al consejo reunido. — Respuesta de este. — Voto particular. — Consulta del consejo de estado. — No se convoca segunda cámara. — Modo de elección. — El antiguo de España. — Poderes que se dan a los diputados. — Llámanse a las cortes diputados de las provincias de América y Asia. — Elección de suplentes. — Opinión sobre esto en Cádiz. — Parte que toma la mocedad. — Enojo de los enemigos de reformas. — Número que acude a las elecciones. — Temores de la regencia. — Restablece todos los consejos. — Quiere el consejo real intervenir en las cortes. — No lo consigue. — Señálase el 24 de septiembre para la instalación de cortes. — Comisión de poderes. — Congojosa esperanza de los ánimos.

HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
