LIBRO DÉCIMO. (continued 2)
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Batalla de Tamames.
Situada esta villa a nueve leguas de Salamanca en la falda septentrional de una sierra que se extiende hacia Béjar, ofrecía en sus alturas favorable puesto al ejército español. El centro y la derecha, de áspero acceso, los cubría con la 1.ª división Don Francisco Javier de Losada, ocupaba la izquierda con la vanguardia Don Martín de la Carrera, y siendo este punto el menos fuerte de la posición, colocose allí en dos líneas, aunque algo separada, la caballería. Quedó de respeto la 2.ª división, del cargo del conde de Belveder, para atender adonde conviniese. 1500 hombres entresacados de todo el ejército guarnecían a Tamames. El general Marchand, reforzado y trayendo 10.000 peones, 1200 jinetes y 14 piezas de artillería, presentose el 18 de octubre delante de la posición española. Distribuyendo sin tardanza su gente en tres columnas, arremetió a nuestra línea poniendo su principal conato en el ataque de la izquierda, como punto más accesible. Carrera se mantuvo firme con la vanguardia, esperando a que la caballería española, apostada en un bosque a su siniestro costado, cargase las columnas enemigas; pero la 2.ª brigada de nuestros jinetes, ejecutando inoportunamente un peligroso despliegue, se vio atacada por la caballería ligera de los franceses, que a las órdenes del general Maucune rompió a escape por sus hileras. Metiose el desorden entre los caballos españoles, y aun llegaron los franceses a apoderarse de algunos cañones. El duque del Parque acudió al riesgo, arengó a la tropa, y su segundo Don Gabriel de Mendizábal echando pie a tierra contuvo a los soldados con su ejemplo y sus exhortaciones, restableciendo el orden. No menos apretó los puños en aquella ocasión el bizarro Don Martín de la Carrera, casi envuelto por los enemigos y con su caballo herido de dos balazos y una cuchillada. Los franceses entonces empezaron a flaquear. En balde trataron de sostenerse algunos cuerpos suyos. El conde de Belveder, avanzando con un trozo de su división, y el príncipe de Anglona, con otro de caballería, que dirigió con valor y acierto, acabaron de decidir la pelea en nuestro favor. Gánanla los españoles. La vanguardia y los jinetes que primero se habían desordenado volviendo también en sí, recobraron los cañones perdidos y precipitaron a los franceses por la ladera abajo de la sierra. Igualmente salieron vanos los esfuerzos del ejército contrario para superar los obstáculos con que tropezó en el centro y derecha. Don Francisco Javier de Losada rechazó todas las embestidas de los que por aquella parte atacaron, y los obligó a retirarse al mismo tiempo que los otros huían del lado opuesto. Al ver los españoles apostados en Tamames el desorden de los franceses, desembocaron al pueblo, y haciendo a sus contrarios vivísimo fuego, les causaron por el costado notable daño. Dos regimientos de reserva de estos protegieron a los suyos en la retirada, molestados por nuestros tiradores, y con aquella ayuda y al abrigo de espesos encinares y de la noche ya vecina, pudieron proseguir los franceses su camino la vuelta de Salamanca. Su pérdida consistió en 1500 hombres, la nuestra en 700, habiendo cogido un águila, un cañón, carros de municiones, fusiles y algunos prisioneros. El general Marchand se detuvo cinco días en Salamanca aguardando refuerzos de Kellermann: no llegaron estos, y el del Parque habiendo cruzado el Tormes en Ledesma obligó al general francés a desamparar aquella ciudad.
Únese Ballesteros a Parque.
Al día siguiente de la acción, uniose al grueso del ejército español, con 8000 hombres, Don Francisco Ballesteros. Había este general padecido dispersión, sin notable refriega, en su nueva y desgraciada tentativa de Santander, de que hicimos mención en el libro 8.º Rehecho en las montañas de Liébana, obedeció a la orden que le prescribía ir a juntarse con el ejército de la izquierda.
Entra Parque en Salamanca.
Unido ya al duque del Parque, entró este en Salamanca el 25 de octubre en medio de las mayores aclamaciones del pueblo entusiasmado, que abasteció al ejército larga y desinteresadamente. El 1.º de noviembre llegó de Ciudad Rodrigo la división castellana, Únesele la división castellana. llamada 5.ª, al mando del marqués de Castro-Fuerte, con la que, y la asturiana de Ballesteros, 3.ª en el orden, contó el del Parque unos 26.000 hombres, sin la 4.ª división, que continuó permaneciendo en el Bierzo. Faltábale mucho a aquel ejército para estar bien disciplinado, participando su organización actual de los males de la antigua y de los que adolecía la varia e informe que a su antojo habían adoptado las respectivas juntas de provincia. Pero animaba a sus tropas un excelente espíritu, acostumbradas muchas de ellas a hacer rostro a los franceses bajo esforzados jefes, en San Payo y otros lugares.
Ejércitos españoles del mediodía.
No pasó un mes sin que un gran desastre viniese a enturbiar las alegrías de Tamames. Ocurrió del lado del mediodía de España, y por tanto necesario es que volvamos allá los ojos para referir todo lo que sucedió en los ejércitos de aquella parte, después de la retirada y separación del anglo-hispano, y de la aciaga jornada de Almonacid.
Únese al de la Mancha parte del ejército de Extremadura.
Puestos los ingleses en los lindes de Portugal y persuadida la junta central de que ya no podía contar con su activa coadyuvación, determinó ejecutar por sí sola un plan de campaña cuyo mal éxito probó no ser el más acertado. Al paso que en Castilla debía continuar divirtiendo a los franceses el duque del Parque, y que en Extremadura quedaban solo 12.000 hombres, dispúsose que lo restante de aquel ejército pasase con su jefe Eguía a unirse al de la Mancha. Creyó la junta fundadamente que se dejaba Extremadura bastante cubierta con la fuerza indicada, no siendo dable que los franceses se internasen teniendo por su flanco y no lejos de Badajoz al ejército británico. Se trasladó pues Don Francisco Eguía Fuerza de este ejército reunido al mando de Eguía. a la Mancha antes de finalizar septiembre, y estableciendo su cuartel general en Daimiel, tomó el mando en jefe de las fuerzas reunidas: ascendía su número en 3 de octubre a 51.869 hombres, de ellos 5766 jinetes, con 55 piezas de artillería.
Posición de los franceses.
De las tropas francesas que habían pisado desde la batalla de Talavera las riberas del Tajo, ya vimos cómo el cuerpo de Ney volvió a Castilla la Vieja, y fue el que lidió en Tamames. Permaneció el 2.º en Plasencia, apostándose después en Oropesa y Puente del Arzobispo; quedó en Talavera el 5.º, y el 1.º y 4.º, regidos por Victor y Sebastiani, fueron destinados a arrojar de la Mancha a Don Francisco Eguía. El 12 de octubre ambos cuerpos se dirigieron, el 1.º, por Villarubia a Daimiel, el 4.º, por Villaharta a Manzanares. Había de su lado avanzado Eguía, quien, reconvenido poco antes por su inacción, enfáticamente respondió que «solo anhelaba por sucesos grandes que libertasen a la nación de sus opresores.» Irresolución de Eguía. Mas el general español, no obstante su dicho, a la proximidad de los cuerpos franceses tornó de priesa a su guarida de Sierra Morena. Desazonó tal retroceso en Sevilla, donde no se soñaba sino en la entrada en Madrid, y también porque se pensó que la conducta de Eguía estaba en contradicción con sus graves, o sean más bien ostentosas palabras. No dejó de haber quien sostuviese al general y alabase su prudencia, atribuyendo su modo de maniobrar al secreto pensamiento de revolver sobre el enemigo y atacarle separadamente, y no cuando estuviese muy reconcentrado; plan sin duda el más conveniente. Pero en Eguía, hombre indeciso e incapaz de aprovecharse de una coyuntura oportuna, era irresolución de ánimo lo que en otro hubiera quizá sido efecto de sabiduría.
Sucédele en el mando Aréizaga.
Retirado a Sierra Morena escribió a la central pidiéndole víveres y auxilios de toda especie, como si la carencia de muchos objetos le hubiese privado de pelear en las llanuras. Colmada entonces la medida del sufrimiento contra un general a quien se le había prodigado todo linaje de medios, se le separó del mando, que recayó en Don Juan Carlos de Aréizaga, llamado antes de Cataluña para mandar en la Mancha una división. Acreditado el nuevo general desde la batalla de Alcañiz, tenía en Sevilla muchos amigos, y de aquellos que ansiaban por volver a Madrid. Aparente actividad, y el provocar a su llegada al ejército el alejamiento de un enjambre de oficiales y generales que ociosos solo servían de embarazo y recargo, confirmó a muchos en la opinión de haber sido acertado su nombramiento. Mas Aréizaga, hombre de valor como soldado, carecía de la serenidad propia del verdadero general y escaso de nociones en la moderna estrategia, libraba su confianza más en el coraje personal de los individuos que en grandes y bien combinadas maniobras: fundamento ahora de las batallas campales.
Favor de que este goza.
Acabó el general Aréizaga de granjear en favor suyo la gracia popular proponiendo bajar a la Mancha y caer sobre Madrid, porque tal era el deseo de casi todos los forasteros que moraban en Sevilla, y cuyo influjo era poderoso en el seno del mismo gobierno. Unos suspiraban por sus casas, otros por el poder perdido que esperaban recobrar en Madrid. Nada pudo apartar al gobierno del raudal de tan extraviada opinión. Lord Wellington en Sevilla. Lord Wellington que en los primeros días de noviembre pasó a Sevilla con motivo de visitar a su hermano el marqués de Wellesley, en vano unido con este manifestó los riesgos de semejante empresa. Estaban los más tan persuadidos del éxito o por mejor decir tan ciegos, que la junta escogió a los señores Jovellanos y Riquelme para acordar las providencias que deberían tomarse a la entrada en la capital. Diéronse también sus instrucciones al central Don Juan de Dios Rabé, que acompañaba al ejército, eligiéronse varias autoridades Ibarnavarro, consejero de Aréizaga. y entre ellas la de corregidor de Madrid, cuya merced recayó en Don Justo Ibarnavarro, amigo íntimo de Aréizaga y uno de los que más le impelían a guerrear. Lágrimas sin embargo costaron y bien amargas tan imprudentes y desacordados consejos.
Muévese este.
Empezó Don Juan Carlos de Aréizaga a moverse el 3 de noviembre. Su ejército estaba bien pertrechado, y tiempos hacía que los campos españoles no habían visto otro ni tan lucido ni tan numeroso. Distribuíase la infantería en siete divisiones, estando al frente de la caballería el muy entendido general Don Manuel Freire. Caminaba el ejército repartido en dos grandes trozos, uno por Manzanares y otro por Valdepeñas. Precedía a todos Freire con 2000 caballos; seguíale la vanguardia que regía Don José Zayas, y a la que apoyaba con su 1.ª división Don Luis Lacy. Los generales franceses Paris y Milhaud eran los más avanzados, y al aproximarse los españoles se retiraron, el primero del lado de Toledo, el segundo por el camino real a La Guardia.
Ataque de Dos Barrios.
Media legua más allá de este pueblo, en donde el camino corre por una cañada profunda, situáronse el 8 de noviembre los caballos franceses en la cuesta llamada del Madero, y aguardaron a los nuestros en el paso más estrecho. Freire diestramente destacó dos regimientos al mando de Don Vicente Osorio que cayesen sobre los enemigos alojados en Dos Barrios, al mismo tiempo que él con lo restante de la columna atacaba por el frente. Treparon nuestros soldados por la cuesta con intrepidez, repelieron a los franceses y los persiguieron hasta Dos Barrios. Unidos aquí Osorio y Freire continuaron el alcance hasta Ocaña, en donde los contuvo el fuego de cañón del enemigo.
Aréizaga en Tembleque.
Mientras tanto Aréizaga sentó el 9 su cuartel general en Tembleque, y aproximó adonde estaba Freire la vanguardia de Zayas, compuesta de 6000 hombres casi todos granaderos, y la 1.ª división de Lacy: providencia necesaria por haberse agregado a la caballería de Milhaud la división polaca del 4.º cuerpo francés. Volvió Freire a avanzar el 10 a Ocaña, delante de cuya villa estaban formados 2000 caballos enemigos, y detrás, a la misma salida, la división nombrada con sus cañones. Empezaron a jugar estos y a su fuego contestó la artillería volante española, arrojando los jinetes a los del enemigo contra la villa, que abrigados de su infantería reprimieron a su vez a nuestros soldados. No aun dadas las cuatro de la tarde llegaron Zayas y Lacy. Emboscado el último en un olivar cercano, dispúsose a la arremetida, pero Zayas, juzgando estar su tropa muy cansada, difirió auxiliar el ataque hasta el día siguiente. Aprovechándose los enemigos de esta desgraciada suspensión, evacuaron a Ocaña, y por la noche se replegaron a Aranjuez.
Ejército español en Ocaña.
El 11 de noviembre, en fin, todo el ejército español se hallaba junto en Ocaña. Resueltos los nuestros a avanzar a Madrid, hubiera convenido proseguir la marcha antes de que los franceses hubiesen agolpado hacia aquella parte fuerzas considerables.
Movimientos inciertos y mal concertados de Aréizaga.
Mas Aréizaga, al principio tan arrogante, comenzó entonces a vacilar, y se inclinó a lo peor, que fue a hacer movimientos de flanco lentos para aquella ocasión y desgraciados en su resultado. Envió pues la división de Lacy a que cruzase el Tajo del lado de Colmenar de Oreja, yendo la mayor parte a pasar dicho río por Villamanrique, en cuyo sitio se echaron al efecto puentes. El tiempo era de lluvia, y durante tres días sopló un huracán furioso. Corrió una semana entre detenciones y marchas, perdiendo los soldados, en los malos caminos y aguas encharcadas, casi todo el calzado. Aréizaga, con los obstáculos cada vez más indeciso, acantonó su ejército entre Santa Cruz de la Zarza y el Tajo.
Mientras tanto los franceses fueron arrimando muchas tropas a Aranjuez. El mariscal Soult había ya antes sucedido al mariscal Jourdan en el mando de mayor general de los ejércitos franceses, y las operaciones adquirieron fuerza y actividad. Sabedor de que los españoles se dirigían a pasar el Tajo por Villamanrique, envió allí el día 14 al mariscal Victor, quien, hallándose entonces solo con su primer cuerpo, hubiera podido ser arrollado. Detúvose Aréizaga y dio tiempo a que los franceses fuesen el 16 reforzados en aquel punto; lo cual visto por el general español, hizo que algunas tropas suyas puestas ya del otro lado del Tajo repasasen el río, y que se alzasen los puentes. Caminó en la noche del 17 hacia Ocaña, a cuya villa no llegó sino en la tarde del 18, y algunas tropas se rezagaron hasta la mañana del 19. Choque de caballería en Ontígola. La víspera de este día hubo un reencuentro de caballería cerca de Ontígola: los franceses rechazaron a los nuestros, mas perdieron al general Paris, muerto a manos del valiente cabo español Vicente Manzano, que recibió de la central un escudo de premio. Por nuestra parte también allí fue herido gravemente, y quedó en el campo por muerto, el hermano del duque de Rivas, Don Ángel de Saavedra, no menos ilustre entonces por las armas que lo ha sido después por las letras. Aréizaga, que, moviéndose primero por el flanco, dio lugar al avance y reunión de una parte de las tropas francesas, retrocediendo ahora a Ocaña y andando como lanzadera, permitió que se reconcentrasen o diesen la mano todas ellas. Difícil era idear movimientos más desatentados.
Fuerzas que acercan los franceses.
Juntáronse pues del lado de Ontígola y en Aranjuez los cuerpos 4.º y 5.º, del mando de Sebastiani y Mortier, la reserva, bajo el general Dessolles, y la guardia de José, ascendiendo por lo menos el número de gente a 28.000 infantes y 6000 caballos. De manera que Aréizaga, que antes tropezaba con menos de 20.000, ahora a causa de sus detenciones, marchas y contramarchas, tenía que habérselas con 34.000 por el frente, sin contar con los 14.000 del cuerpo de Victor colocados hacia su flanco derecho, pues juntos todos pasaban de 48.000 combatientes; fuerza casi igual a la suya en número, y superiorísima en práctica y disciplina.
Batalla de Ocaña.
Don Juan Carlos de Aréizaga escogió para presentar batalla la villa de Ocaña, considerable y asentada en terreno llano y elevado a la entrada de la mesa que lleva su nombre. Las divisiones españolas se situaron en derredor de la población. Apostose él a la izquierda del lado de la agria hondonada donde corre el camino real que va a Aranjuez. En el ala opuesta se situó la vanguardia de Zayas con dirección a Ontígola, y más a su derecha la primera división de Lacy, permaneciendo a espaldas casi toda la caballería. Hubo también tropas dentro de Ocaña. El general en jefe no dio ni orden ni colocación fija a la mayor parte de sus divisiones. Encaramose en un campanario de la villa, desde donde, contentándose con atalayar y descubrir el campo, continuó aturdido, sin tomar disposición alguna acertada. El 4.º cuerpo, del mando de Sebastiani, sostenido por Mortier, empeñó la pelea con nuestra derecha. Zayas, apoyado en la división de Don Pedro Agustín Girón, y el general Lacy batallaron vivamente, haciendo maravillas nuestra artillería. El último sobre todo avanzó contra el general Leval, herido, y empuñando en una mano para alentar a los suyos la bandera del regimiento de Burgos, todo lo atropelló y cogió una batería que estaba al frente. Costó sangre tan intrépida acometida, y entre todos fue allí gravemente herido el marqués de Villacampo, oficial distinguido y ayudante de Lacy. A haber sido apoyado entonces este general, los franceses, rotos de aquel lado, no alcanzaran fácilmente el triunfo; pero Lacy, solo, sin que le siguiera caballería ni tampoco le auxiliara el general Zayas, a quien puso, según parece, en grande embarazo Aréizaga, dándole primero orden de atacar y luego contra orden, tuvo en breve que cejar, y todo se volvió confusión. El general Girard entró en la villa, cuya plaza ardió; Dessolles y José avanzaron contra la izquierda española, Horrorosa dispersión. Pérdida de Ocaña. que se retiró precipitadamente, y ya por los llanos de la Mancha no se divisaban sino pelotones de gente marchando a la ventura, o huyendo azorados del enemigo. Aréizaga bajó de su campanario, no tomó providencia para reunir las reliquias de su ejército, ni señaló punto de retirada. Continuó su camino a Daimiel, de donde serenamente dio un parte al gobierno el 20, en el que estuvo lejos de pintar la catástrofe sucedida. Esta fue de las más lamentables. Contáronse por lo menos 13.000 prisioneros, de 4 a 5000 muertos o heridos, fueron abandonados más de 40 cañones, y carros, y víveres, y municiones: una desolación. Los franceses apenas perdieron 2000 hombres. Solo quedaron de los nuestros en pie algunos batallones, la división segunda, del mando de Vigodet, y parte de la caballería a las órdenes de Freire. En dos meses no pudieron volver a reunirse a las raíces de Sierra Morena 25.000 hombres.
Conservó por algún tiempo el mando Don Juan Carlos de Aréizaga sin que entonces se le formase causa, como se tenía de costumbre con muchos de los generales desgraciados: ¡tan protegido estaba! Y en verdad, ¿a qué formarle causa? Habíanse estas convertido en procesos de mera fórmula, de que salían los acusados puros y exentos de toda culpa.
Resultas.
Terror y abatimiento sembró por el reino la rota de Ocaña, temiendo fuese tan aciaga para la independencia como la de Guadalete. Holgáronse sobremanera José y los suyos, entrando aquel en Madrid con pompa y a manera de triunfador romano, seguido de los míseros prisioneros. De sus parciales no faltó quien se gloriase de que hubiesen los franceses con la mitad de gente aniquilado a los españoles. Hemos visto no ser así; mas aun cuando lo fuese, no por eso recaería mengua sobre el carácter nacional, culpa sería en todo caso del desmaño e ignorancia del principal caudillo.
La herida de Ocaña llegó hasta lo vivo. Con haberlo puesto todo a la temeridad de la fortuna, abriéronse las puertas de las Andalucías. José quizá hubiera tentado pronto la invasión si la permanencia de los ingleses en las cercanías de Badajoz, juntamente con la del ejército mandado ahora por Alburquerque en Extremadura, y la del Parque en Castilla la Vieja, no le hubiesen obligado a obrar con cordura antes de penetrar en las gargantas de Sierra Morena, ominosas a sus soldados. Prudente, pues, era destruir por lo menos parte de aquellas fuerzas, y aguardar, ajustada ya la paz con Austria, nuevos refuerzos del norte.
Se retira Alburquerque a Trujillo.
El duque de Alburquerque, desamparado con lo ocurrido en Ocaña, se aceleró a evitar un suceso desgraciado. La fuerza que tenía, de 12.000 hombres dividida en tres divisiones, vanguardia y reserva, había avanzado el 17 de noviembre al Puente del Arzobispo para causar diversión por aquel lado. Desde allí y con el mismo fin, siguiendo la margen izquierda de Tajo, destacó la vanguardia, a las órdenes de Don José Lardizábal, con dirección al puente de tablas de Talavera. Este movimiento obligó a retirarse a los franceses alojados en el Arzobispo enfrente de los nuestros; mas a poco, sobreviniendo el destrozo de Ocaña, retrocedió el de Alburquerque y no paró hasta Trujillo.
Movimientos del duque del Parque.
Puso en mayor cuidado a los enemigos el ejército del duque del Parque, sobre todo después de la jornada de Tamames. Motivo por que envió el mariscal Soult la división de Gazan al general Marchand, camino de Ávila, para coger al duque por el flanco derecho. El general español, a fin de coadyuvar también a la campaña de Aréizaga, moviose con su ejército, y el 19 intentó atacar en Alba de Tormes a 5000 franceses que, advertidos, se retiraron.
Acción de Medina del Campo.
Prosiguió el del Parque su marcha, y noticioso de que en Medina del Campo se reunían unos 2000 caballos y de 8 a 10.000 infantes, juntó el 23 a la madrugada sus divisiones en el Carpio a tres leguas de aquella villa. Colocó la vanguardia en la loma en que está sito el pueblo, ocultando detrás y por los lados la mayor parte de su fuerza. No logró, a pesar del ardid, que los franceses se acercasen, y entonces se adelantó él mismo a la una del propio día, yendo por la llanura con admirable y bien concertado orden. Marchaba en batalla la vanguardia, del mando de Don Martín de la Carrera, a su derecha, parte también en batalla, parte en columnas, la tercera división regida por Don Francisco Ballesteros, a la izquierda la primera, de Don Francisco Javier de Losada; cubría la caballería las dos alas. Iba de reserva la segunda división, a las órdenes del conde de Belveder, y dejose en el Carpio, con su jefe el marqués de Castro-Fuerte, la 5.ª división, o sea la de los castellanos. Los franceses, aunque reforzados con 1000 jinetes, cejaron a una eminencia inmediata a Medina. Empeñose allí vivo fuego, y engrosados aún los enemigos con dos regimientos de dragones y alguna infantería, cayeron sobre los jinetes del ala derecha, que cedieron el terreno, con lo cual se vio descubierta la 3.ª división, que era la de los asturianos. Mas estos, valientes y serenos, reprimieron al enemigo, en particular tres regimientos que le recibieron a quema ropa con fuegos muy certeros. En la pelea perecieron el intrépido ayudante general de la división, Don Salvador de Molina, y el coronel del regimiento de Lena, Don Juan Drimgold. Rechazados o contenidos en los demás puntos los franceses, sobrevino la noche, y Parque durante dos horas permaneció en el campo de batalla. Después obligado a dar alimento y descanso a su tropa, y avisado de que el enemigo podría ser reforzado, antes de amanecer tornó al Carpio. Los franceses por su parte no creyéndose bastante numerosos, se alejaron para unirse a nuevos refuerzos que aguardaban.
Les llegaron estos de varias partes, y el general Kellermann, reuniendo toda la fuerza que pudo, entre ella 3000 caballos, se mostró el 25 delante del Carpio. El duque del Parque, hasta entonces prudente y afortunado caudillo, descuidose, y en vez de retirarse sin tardanza viendo la superioridad de la caballería, temible en aquella tierra llana, suspendió todo movimiento retrógrado hasta la noche del 26, y entonces lo realizó, aguijado con el aviso de las lástimas de Ocaña; cuya nueva, derramada por el ejército, descorazonó al soldado.
Acción de Alba de Tormes.
El 28 por la mañana entraron los nuestros en Alba, tristes y ya perseguidos por la vanguardia enemiga. Asentada aquella villa a la derecha del Tormes, comunica con la orilla opuesta por un puente de piedra. El duque del Parque dejó dentro de la población, con negligencia notable, el cuartel general, la artillería, los bagajes, la mayor parte en fin de su fuerza, excepto dos divisiones que pasaron al otro lado. Alegose por disculpa la necesidad de dar de comer a la tropa, fatigada y sin alimento ya hacía muchas horas, como si no se hubiera podido acudir al remedio y con mayor orden poniendo todo el ejército en la orilla más segura, y en disposición de proteger a los encargados de avituallarle.
Esparcidos los soldados por Alba para buscar raciones, y cundiendo la voz de que llegaban los franceses, atropelláronse al puente hombres y bagajes, y casi le barrearon. Pudieron con todo los jefes colocar fuera del pueblo las tropas, y parar la primera embestida de 400 franceses que iban delante, hasta que, aproximándose un grueso de caballería, cargó este nuestra derecha, en donde se hallaba la primera división del mando de Losada y 800 caballos. Arrollados los últimos, huyeron también los infantes que repasaron el Tormes abandonando su artillería. El ala izquierda, que se componía de la vanguardia de Carrera y de parte de la segunda división, se mantuvo firme, Valor de Mendizábal. y puesto Mendizábal a su cabeza, repelieron nuestros soldados por tres veces a los jinetes enemigos formando el cuadro, y respondieron a fusilazos a la intimación que les hicieron de rendirse. En vano los acometieron otros escuadrones por la espalda: forzados se vieron estos a aguardar a sus infantes, de los que algunos llegaron al anochecer. Mendizábal cruzó con sus intrépidos soldados el puente y tocó gloriosamente la orilla opuesta. Retirada de los españoles. Allí todo era desorden y atropellamiento con los bagajes y caballería fugitiva. El duque del Parque perdió entonces del todo la presencia de ánimo, y sus tropas, careciendo de órdenes precisas, se alejaron de aquel punto y se repartieron entre Ciudad Rodrigo, Tamames y Miranda del Castañar. Semejante y no calculado movimiento excéntrico salvó al ejército, pues el general Kellermann dejó de perseguirle, incierto de su paradero, y limitándose a dejar ocupada la línea del Tormes volviose a Valladolid. El duque del Parque, al principiar diciembre, sentó su cuartel general en El Bodón, a dos leguas de Ciudad Rodrigo, y echáronse de menos entre dispersión y pelea unos 3000 hombres. Antes de concluirse el mes pasó el duque a San Martín de Trevejo, detrás de sierra de Gata.
Retíranse los ingleses del Guadiana al norte del Tajo.
Con tales desdichas, destruidos o menguados unos tras otros los mejores ejércitos españoles, debieron naturalmente los ingleses, meros espectadores hasta entonces, tomar en su extrema prudencia medidas de precaución. Lord Wellington determinó dejar las orillas del Guadiana y pasar al norte del Tajo, empezando su movimiento en los primeros días de diciembre. Despidiose antes de la junta de Extremadura, y mostrose muy satisfecho «del celo y laborioso cuidado [son sus expresiones] con que aquel cuerpo había proporcionado provisiones a las tropas de su ejército acantonadas en las cercanías de Badajoz.» Dicha junta había sido una de aquellas autoridades contra las que tanto se había clamado pocos meses antes acerca del asunto de abastecimientos, tachándolas hasta de mala voluntad. El testimonio irrecusable de Lord Wellington probaba ahora que la premura del tiempo y la gran demanda fueron causa de la escasez, y no otras reprehensibles miras.
Flaqueza de la comisión ejecutiva.
La profunda sima en que la nación se abismaba, consternó a la comisión ejecutiva de la junta central, poniendo a prueba la capacidad y energía de sus individuos. Mas entonces se vio que no basta reconcentrar el poder para que este aparezca en sus efectos vigoroso y pronto, sino que también es preciso que las manos escogidas para su manejo sean ágiles y fuertes. No formando parte de la comisión ninguno de los pocos centrales a quienes se consideraba por su saber como más aptos, o como más notables por los bríos de su condición, escasearon en aquel nuevo cuerpo las luces y el esfuerzo, faltas tanto más graves cuanto los acontecimientos habían puesto a la nación en el mayor estrecho.
Así resultó que al saberse la derrota de Ocaña, quedó la comisión como aturdida y aplanada, no desplegando la firmeza que tanto honró al gobierno español cuando la jornada de Medellín. Redujéronse sus providencias a las más comunes y generales, habiendo en vano nombrado a Romana para recomponer el ejército del centro, tan menguado y perdido; pues aquel general permaneció en Sevilla temeroso quizá de que sus hombros flaqueasen bajo la balumba de tan pesada carga. Para llenar su hueco, a lo menos en ciertas medidas de reorganización, Comisionados enviados a La Carolina. partieron camino de La Carolina Don Rodrigo Riquelme y el marqués de Camposagrado, uno individuo de la comisión y otro de la junta, quienes, en unión con el vocal Rabé, debían impulsar la mejora y aumento del ejército, y atender a la defensa de los pasos de la sierra. Repetición de lo que hizo la central al retirarse de Aranjuez, con la diferencia de que ahora no hubo mucho vagar ni espacio.
Tampoco se destruyeron con el nombramiento de la comisión ejecutiva las maquinaciones de los ambiciosos. Volvió a salir a plaza Don Francisco de Palafox, deseoso de erigirse, por lo menos, en lugarteniente de Aragón. Sospechábase que le prestaba su asistencia el conde del Montijo, que, a hurtadillas, se fue de Portugal acercando a Sevilla. Tuvo de ello aviso el gobierno, y Romana, a quien antes no disgustaban tales manejos, ahora que podían perjudicar a los en que él mismo andaba, Prisión de Palafox y Montijo. instó para que se aprehendiesen las personas de Palafox y Montijo juntamente con sus papeles. El último fue cogido en Valverde y trasladado a Sevilla, en donde también se arrestó al primero sin que lo impidiese su calidad de central. Metió algún ruido la detención de estos personajes, y mayor hubiera sido a no tenerlos tan desopinados sus continuos enredos. Los acontecimientos que sobrevinieron terminaron en breve la persecución de entrambos.
Manejos de Romana y de su hermano Caro.
Romana, que tanta diligencia ponía en descubrir y cortar las tramas de los demás, no por eso cesaba en alterar con su conducta la paz y buena armonía del gobierno supremo. Favorecía grandemente sus miras su hermano D. José Caro, que a nada menos aspiraba que a ver a su familia mandando en el reino. En la provincia de Valencia, puesta a su cuidado, trabajaba los ánimos en aquel sentido, y con profusión esparció el famoso voto de Romana de 14 de octubre. La junta provincial ayudole mucho en ocasiones, y este cuerpo, provocando unas veces el nombramiento de una regencia exclusiva, desechándolo en otras, vario e inconstante en sus procedimientos, manifestaba que a pesar de su buen celo por la causa de la patria, influían en sus deliberaciones hombres de seso mal asentado.
Don José Caro remitió a las demás juntas una circular, a nombre de la de Valencia, en que, alabando los servicios, el talento, las virtudes de su hermano el marqués de la Romana, se hablaba de la necesidad de adoptar lo que este había propuesto en su voto, y se indicaba a las claras la conveniencia de nombrarle regente. La central, en una exposición que hizo a las juntas, y antes de finalizar noviembre, grave y victoriosamente rechazó los ataques y opinión de la de Valencia, invitando a todas a aguardar la próxima reunión de cortes. Las provincias apoyaron el dictamen de la central, y en Valencia se separaron de Caro varios que le habían estado unidos. Para cortar las disensiones, debió Romana pasar a aquella ciudad, viaje que no verificó, enviando en su lugar a Don Lázaro de las Heras, hechura suya, Tropelías. pues el marqués tomaba a veces por sí resoluciones sin cuidarse de la aprobación de sus compañeros. Las Heras, como era de esperar, procedió en Valencia según las miras de Romana, y atropelló en diciembre y confinó a la isla de Ibiza a Don José Canga Argüelles y a otros individuos de la junta, ahora encontrados en opiniones con el general Caro.
Estado deplorable de la junta central.
Pero con estas reyertas y miserias crecían los males de la patria, y la central, en cuyo cuerpo no habían en un principio reinado otras divisiones sino aquellas que nacen de la diversidad de dictámenes, se vio en la actualidad combatida por la ambición y frenéticas pasiones de Palafox, de Romana y sus secuaces, convirtiéndose en un semillero de chismes, pequeñeces y enredos impropios de un gobierno supremo, con lo cual cayó aún más en tierra su crédito y se anticipó su ruina.
Providencias de la comisión ejecutiva y de la junta.
La comisión ejecutiva, cuya alma era el mismo Romana, nada pues de importante obró, poniéndose de manifiesto lo nulo de aquel general para todo lo que era mando. La junta, por su parte, y en el círculo de facultades que se había reservado, animada del buen espíritu de Jovellanos, Garay y otros, acordó algunas providencias no desacertadas, aunque tardías, como fue el aplicar a los gastos de la guerra los fondos de encomiendas, obras pías, y también la rebaja gradual de sueldos, exceptuándose a los militares que defendían la patria.
Proposición de Calvo sobre libertad de imprenta.
En el periodo en que vamos, o poco antes, examinose asimismo en la junta central una proposición de Don Lorenzo Calvo de Rozas sobre la importante cuestión de libertad de imprenta. La junta, ora por la gravedad de la materia, ora quizá para esquivar toda discusión, pasó la propuesta de Calvo a consulta del consejo, el cual, como era natural, mostrose contrario, excepto Don José Pablo Valiente. Extendida la consulta, subió a la central, y esta la remitió a la comisión de cortes, que a su vez la pasó a otra comisión creada bajo el nombre de instrucción pública, corriendo por aquella inacabable cadena de juntas, consejos y comisiones a que siempre ¡mal pecado! se recurrió en España. En la de instrucción pública halló la propuesta de Calvo favorable acogida, leyendo en su apoyo una memoria muy notable el canónigo D. José Isidoro Morales. Mas en estos pasos, idas y venidas, se concluía ya diciembre, y las desgracias cortaron toda resolución en asunto de tan grande importancia.
Modo de convocarse las cortes.
Entre tanto se acercaba también el día señalado para convocar las cortes. La comisión encargada de determinar la forma de su llamamiento, tenía ya casi concluidos sus trabajos. No entraremos aquí en los debates que para ello hubo en su seno [cosa ajena de nuestro propósito], ni en los pormenores del modo adoptado para constituirse las cortes, pues retardada por los acontecimientos de la guerra la reunión de estas, nos parece más conveniente suspender hasta el tiempo en que se juntaron el tratar detenidamente de la materia. Solo diremos en este lugar que se adoptó igualdad de representación para todas las provincias de España, debiéndose dividir las cortes en dos cuerpos, el uno electivo y el otro de privilegiados, compuesto de clero y nobleza.
Las convocatorias que entonces se expidieron fueron solo las que iban dirigidas al nombramiento de los individuos que habían de componer la cámara electiva, reservando circular las de los privilegiados para más adelante. Motivó tal diferencia el que en el primer caso se necesitaba de algún tiempo para realizar las elecciones, no sucediendo lo mismo en el segundo, en que el llamamiento había de ser personal. Mas de esta tardanza resultó después, según veremos, no concurrir a las cortes sino los miembros elegidos por el pueblo, quedando sin efecto la formación de una segunda cámara.
Mudanza de individuos en la comisión ejecutiva.
El mismo día que partieron las convocatorias, se mudaron también los tres individuos más antiguos de la comisión ejecutiva conforme a lo prevenido en el reglamento. Eran aquellos el marqués de la Romana, Don Rodrigo Riquelme y Don Francisco Caro, entrando en su lugar el conde de Ayamans, el marqués del Villar y Don Félix Ovalle. Su imperio no fue de larga duración.
Decreto de la central para trasladarse a la Isla de León.
Todo presagiaba su caída y la de la junta central, y todo una próxima invasión de los franceses en las Andalucías. Para no ser cogida tan de improviso como en Aranjuez, dio la junta un decreto en 13 de enero, por el que anunció que debía hallarse reunida el 1.º del mes inmediato en la Isla de León, a fin de arreglar la apertura de las cortes, señalada para el 1.º de marzo, sin perjuicio de que permaneciese en Sevilla algunos días más un cierto número de vocales que atendiese al despacho de los negocios urgentes. Este decreto, en tiempos lejanos de todo peligro, hubiera parecido prudente y aun necesario, pero ahora, cuando tan de cerca amagaba el enemigo, considerose hijo solo del miedo, impeliendo a despertar la atención pública, y a traer hacia los centrales los contratiempos y sinsabores que, como referiremos luego, precedieron y acompañaron al hundimiento de aquel gobierno.

RESUMEN
DEL
LIBRO UNDÉCIMO.

Amenazas de Napoleón acerca de la guerra de España. — Su divorcio con Josefina. — Su casamiento con la archiduquesa de Austria. — Refuerzos que envía a España. — Resolución de invadir las Andalucías. — Sus preparativos. — Los de los españoles. — Los franceses atacan y cruzan la Sierra Morena. — Entran en Jaén y en Córdoba. — Ejército del duque de Alburquerque. — Viene sobre Andalucía. — Retírase de Sevilla la junta central. — Contratiempos en el viaje de sus individuos. — Sospechas de insurrección en Sevilla — Verifícase. — Junta de Sevilla. — Providencias que toma. — Continúan los franceses sus movimientos. — Encuentran en Alcalá la Real la caballería española. — Piérdese en Iznalloz un parque de artillería. — Toma Blake el mando de las reliquias del ejército del centro. — Entran los franceses en Granada. — Avanzan sobre Sevilla. — Se retira Alburquerque camino de Cádiz. — Ganan los franceses a Sevilla. — Preséntase el mariscal Victor delante de Cádiz. — Mortier va a Extremadura. — Baja también allí el 2.º cuerpo. — Va sobre Málaga Sebastiani. — Abello alborota la ciudad. — Éntranla los franceses. — Junta central en la Isla de León. Su disolución. — Decide nombrar una regencia. — Reglamento que le da. — Su último decreto sobre cortes. — Regentes que nombra. — Eligen una junta en Cádiz. — Ojeada rápida sobre la central y su administración. — Padecimientos y persecución de sus individuos. — Idea de la regencia y de sus individuos. — Felicitación del consejo reunido. — Idea de la junta de Cádiz. — Providencias para la defensa y buena administración de la regencia y la junta. — Breve descripción de la Isla gaditana. — Fuerzas que la guarnecen. — Españolas. — Inglesas. — Fuerza marítima. — Recio temporal en Cádiz. — Intiman los franceses la rendición. — La junta de Cádiz encargada del ramo de hacienda. — Sus altercados con Alburquerque. — Deja este el mando del ejército y pasa a Londres. — Impone la junta nuevas contribuciones. — José en Andalucía. — Modo con que le reciben. — Sus providencias. — Vuelve a Madrid. — Nueva invasión de Asturias. — Llano Ponte. — Porlier. — Entra Bonnet en Oviedo. — Evacúa la ciudad. — Ocúpala de nuevo. — Castellar y defensa del puente de Peñaflor. — Bárcena. Retíranse los españoles al Narcea. — Don Juan Moscoso. — El general Arce. — Conducta escandalosa de Arce y del consejero Leiva. — Nueva instalación de la junta general del principado. — Auxilio de Galicia. — Desampara Bonnet a Oviedo. — Se enseñorea por tercera vez de la ciudad. — Estado de Galicia. — Alboroto del Ferrol. Muerte de Vargas. — Mahy, general de las tropas de aquel reino. — Sitio de Astorga. — Capitula. — Licenciado Costilla. — Aragón. — Mina el mozo. — Expedición de Suchet sobre Valencia. — Estado de este reino y de la ciudad. — Malógrasele a Suchet su expedición. — Pozoblanco. — Ventajas de los españoles en Aragón. — Cae prisionero Mina el mozo. — Sucédele su tío Espoz y Mina. — Estado de Cataluña. — Varias acciones. — Bloqueo de Hostalrich. — Va Augereau al socorro de Barcelona. — Descalabro de Duhesme en Santa Perpetua y en Mollet. — Entra Augereau en Barcelona. — O’Donnell nombrado general de Cataluña. — Ejército que junta. — Acción de Vic el 19 de febrero. — Pertinaz defensa de Hostalrich. — Socorre de nuevo Augereau a Barcelona. — Retírase O’Donnell a Tarragona. — Feliz ataque de Don Juan Caro. — Evacúan los españoles a Hostalrich. — El mariscal Macdonald sucede a Augereau en Cataluña. — Parte Suchet a Lérida. — Entran sus tropas en Balaguer. — Sitio de Lérida. — Desgraciada tentativa de O’Donnell para socorrer la plaza. — Entran los franceses en Lérida y ríndese su castillo. — También el fuerte de las Medas. — Sucesos de Aragón. — Sitio de Mequinenza. — La toman los franceses. — Toman también el castillo de Morella. — Cádiz. — Toman los franceses a Matagorda. — Manda Blake el ejército de la isla. — Trasládase a Cádiz la regencia. — Varan en la costa dos pontones de prisioneros. — Trato de estos. — Pasan a las Baleares. Su trato allí. — Resistencia en las Andalucías. — Condado de Niebla. — Serranía de Ronda. — Don José Romero. Acción notable. — Tarifa. — Ejército del centro en Murcia. — Correría de Sebastiani en aquel reino. — Su conducta. — Evacúale. — Partidas de Cazorla y de las Alpujarras. — Extremadura. Ejército de la izquierda. — Romana. — Ballesteros. — Don Carlos O’Donnell. — Decreto de Soult de 9 de mayo. — Otro en respuesta de la regencia de España. — Decreto de Napoleón sobre gobiernos militares. — Une a su imperio los Estados Pontificios y la Holanda. — Inútil embajada de Azanza a París. — Tentativa para libertar al rey Fernando. — Barón de Kolly. — Vida de los príncipes en Valençay. — Préndese a Kolly. — Insidiosa conducta de la policía francesa. — Cartas de Fernando.

HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
