LIBRO DUODÉCIMO. (continued 2)
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Si en todo no se llenaron los deseos de D. Enrique O’Donnell, se lograron en parte. El mariscal Macdonald, afanado siempre con el abastecimiento de Barcelona, no pudo, desde el segundo convoy que metió allí en julio, pensar en cosa importante sino en preparar otro tercero, que consiguió introducir el 12 de agosto. Entonces, más libre, resolvió, aunque todavía en balde, favorecer directamente las operaciones del general Suchet.
Intenta Suchet sitiar a Tortosa.
No desistía este general del indicado propósito de sitiar a Tortosa, lo que dio ocasión a varios combates y reencuentros, algunos ya referidos, con las tropas españolas de Cataluña, Aragón y Valencia, que precedieron a la formalización del cerco, ligándose de parte de los franceses las más de las operaciones, aun las lejanas de aquel principado, con tan primario objeto, por lo que a una y en el mejor orden que nos sea posible, si bien brevemente, daremos de ellas cuenta.
Sus disposiciones.
Suchet, para emprender el sitio, estableció en Mequinenza un depósito de municiones de guerra y boca: transportarlas de allí a Tortosa era grande dificultad. Ofrecía el Ebro comunicación por agua; pero, interrumpida en partes con varias cejas o bajos, solo se podían estos salvar en las crecidas, y rara vez en los tiempos secos del estío. Del lado de tierra era aún más trabajoso y aun impracticable el tránsito, encallejonándose los caminos que van desde Caspe a Mequinenza entre montañas cada vez más escarpadas según avanzan a Mora, las Armas, Jerta y Tortosa, por lo que ya en 21 de julio empezaron los franceses a componer uno antiguo de ruedas, cuyos rastros al parecer se conservaban del tiempo de la guerra de sucesión. Suchet, antes de que la ruta se concluyese, fue arrimando fuerzas a la plaza.
En los primeros días de julio, la división que mandaba el general Habert dirigiose, partiendo de cerca de Lérida, por la izquierda del Ebro, y llegó a García, estando pronto a caer sobre Tivenys y Tortosa. Poco antes salió de Alcañiz la división de Laval, y después de haberse movido la vuelta de Valencia, retrocedió, y se colocó el 3 de julio a la derecha del Ebro, delante del puente de Tortosa, prolongando su derecha a Amposta y destacando tropas que observasen el Cenia, siendo esta división, o parte de ella, la que tuvo que habérselas con los valencianos en los combates parciales acaecidos allí por este tiempo, y ya relatados. Suchet mantuvo a su lado la brigada del general Paris, y sentó el 7 sus reales en Mora, dándose la mano con los dos generales Laval y Habert, y echando para la comunicación de ambas orillas del Ebro dos puentes, sin que sus soldados consiguiesen, como lo intentaron, quemar el de barcas de Tortosa.
Salidas de la plaza y combates parciales.
La guarnición de esta plaza hizo desde el principio varias salidas e incomodó a Laval, que se atrincheraba en su campo. Igualmente parte de la división española que se alojaba en Falset atacó con vigor los puestos enemigos en Tivisa, y el 15 toda ella, teniendo al frente al marqués de Campoverde, rechazó una acometida de los enemigos y aun siguió el alcance.
Eran tales maniobras precursoras de otras que ideaba O’Donnell, quien el 29 acometió en persona al general Habert. No pudo el español desalojar de Tivisa a su contrario, mas el 1.º de agosto se metió en Tortosa y dispuso para el 3 una salida contra Laval. La mandaba Don Isidoro Uriarte, y embistiendo los nuestros intrépidamente al enemigo, le rechazaron al principio y destruyeron varias de sus obras. La población sirvió de mucho, pues llena de entusiasmo auxiliaba a los combatientes, aun en los parajes en que había peligro, con abundantes refrescos, y aliviaba a los heridos con prontos y acomodados socorros. Reforzados al cabo los franceses, tuvieron los españoles que recogerse a la plaza, dejando algunos prisioneros, entre ellos al coronel Don José María Torrijos. Semejantes operaciones hubieran sido más cumplidas si D. José Caro, con quien se contaba, no hubiera por su parte procedido, según hemos visto, tarde y malamente.
Adelanta Macdonald a Tarragona.
También Don Enrique O’Donnell se vio obligado a retroceder en breve a Tarragona, adonde le llamaban otros cuidados. El mariscal Macdonald, después de haber introducido en Barcelona el convoy mencionado de agosto, se adelantó vía de Tarragona ya para cercar si podía esta plaza, ya para coadyuvar en caso contrario al asedio de Tortosa. Desistió de lo primero, falto de almacenes y escasos los víveres en aquella comarca, cuyos granos de antemano recogiera O’Donnell. Este, además, se apostó de suerte que, guarecido de ser atacado con buen éxito, trató de reducir a hambre el cuerpo de Macdonald, situado desde el 18 de agosto en Reus y sus contornos. Frustrósele el 21 al mariscal francés un reconocimiento que tentó del lado de Tarragona, escarmentándole los nuestros en la altura de La Canonja. Se retira. Para evitar mayor desastre, retirose Macdonald el 25 de Reus, pidiendo antes la exorbitante contribución de 136.000 duros, e imponiendo otra también muy pesada sobre géneros ingleses y ultramarinos.
Dificultades con que tropieza.
El camino que tomó fue el de Lérida, para abocarse en esta ciudad con el general Suchet, y desde Alcover, dirigiéndose a Montblanch, pasaron sus tropas por el estrecho de la Riba. Aquí las detuvo por su frente la división que mandaba el brigadier Georget, que de antemano había dispuesto O’Donnell viniese de hacia Urgel, en donde estaba. Al mismo tiempo, D. Pedro Sarsfield las atacó por flanco y retaguardia en las alturas de Picamoixons y Coll de las Molas, maniobrando a la izquierda varias partidas. Los enemigos, con tan impensado ataque y las asperezas del camino, se vieron muy comprometidos, pero siendo numerosas sus fuerzas, alcanzaron, por último, forzar el paso y ganar las cumbres, ayudándoles mucho una salida que hizo, a espaldas de Georget, la guarnición de Lérida. Con todo, perdieron los franceses unos 400 hombres, entre muertos y heridos, y 150 prisioneros.
Avístase en Lérida con Suchet.
Llegado a Lérida el mariscal Macdonald, se avistó el 29 con el general Suchet, que ya le aguardaba. Convinieron ambos en limitar ahora sus operaciones al sitio de Tortosa, emprendiéndole el último por sí y con sus propios medios, al paso que el primero debía protegerle, con tal que tuviese víveres, los que le suministró Suchet en cuanto le fue dable. Entonces creyó este que podría obrar activamente y apoderarse en breve de Tortosa, sobre todo habiendo empezado a acercar a la plaza, favorecido de una crecida del Ebro, piezas de grueso calibre. Pero sus esperanzas no estaban todavía próximas a realizarse.
Macdonald incomodado siempre por los españoles.
El ejército francés de Cataluña continuó siempre escaso de granos y embarazado para menearse, a pesar de los grandes esfuerzos de Suchet y de Macdonald, pues las partidas, la oposición de los pueblos, la cuidadosa diligencia de O’Donnell y sus movimientos desbarataban o detenían los planes más bien combinados. Se colocó, en los primeros días de septiembre, en Cervera, el mariscal Macdonald: y el general español vislumbró desde luego que su enemigo tomaba aquellas estancias para cubrir las operaciones de Suchet, amenazar por retaguardia la línea del Llobregat, y enseñorearse de considerable extensión de país que le facilitase subsistencias. Prontamente determinó O’Donnell suscitar al francés nuevos estorbos, continuando en su primer propósito de esquivar batallas campales.
Nada le pareció para conseguirlo tan oportuno como atacar los puestos que el enemigo tenía a retaguardia, cuyos soldados se juzgaban seguros, fuera del alcance del ejército español, y bastante fuertes y bien situados para resistir a las partidas. O’Donnell, firme en su resolución, ordenó que se embarcasen en Tarragona pertrechos, artillería y algunas tropas, yendo todo convoyado por cuatro faluchos y dos fragatas, una inglesa y otra española. Partió él en persona, el 6 de septiembre, por tierra, poniéndose en Villafranca al frente de la división de Campoverde, que de intento había mandado venir allí. En seguida dirigiose hacia Esparraguera, colocó fuerzas que observasen al mariscal Macdonald, y otras que atendiesen a Barcelona, y uniendo a su tropa la caballería de la división de Georget, prosiguió su ruta por San Cugat, Mataró y Pineda. Salió de aquí el 12, envió por la costa a Don Honorato de Fleyres con dos batallones y 60 caballos, y él se encaminó a Tordera. Marchó Fleyres contra Palamós y San Feliú de Guíxols, y O’Donnell, después de enviar exploradores hacia Hostalrich y Gerona, avanzó a Vidreras. Para obrar con rapidez, tomó el último consigo, al amanecer del 14, el regimiento de caballería de Numancia, 60 húsares y 100 infantes, que fueron tan de priesa que las ocho horas de camino que se cuentan de Vidreras a La Bisbal, las anduvieron en poco más de cuatro. Siguió detrás, y más despacio, el regimiento de infantería de Iberia, situándose Campoverde con lo demás de la división en el valle de Aro, a manera de cuerpo de reserva.
Sorpresa gloriosa de La Bisbal.
Luego que O’Donnell llegó enfrente de La Bisbal, ocupó todas las avenidas, y diose tal maña que no solo cogió piquetes de coraceros que patrullaban y un cuerpo de 130 hombres que venía de socorro, sino que en la misma noche del 14 obligó a capitular al general Schwartz con toda su gente que juntos se habían encerrado en un antiguo castillo del pueblo. Desgraciadamente, queriendo poco antes reconocer por sí O’Donnell dicho fuerte, con objeto de quemar sus puertas, fue herido de gravedad en la pierna derecha, cuyo accidente enturbió la común alegría.
Y de varios puntos de la costa.
Fleyres, afortunado en su empresa, se apoderó de San Feliú de Guíxols, y el teniente coronel Don Tadeo Aldea de Palamós, teniendo este la gloria de haber subido el primero al asalto. Entre ambos puntos, el de La Bisbal y otros de la costa tomaron los españoles 1200 prisioneros, sin contar al general Schwartz y 60 oficiales, habiendo también cogido 17 piezas. Mereció más adelante Don Enrique O’Donnell, por expedición tan bien dirigida y acabada, el título de conde de La Bisbal.
Guerra en el Ampurdán.
Posteriormente a este suceso creció la guerra contra los franceses en el norte de Cataluña. Don Juan Clarós los molestaba hacia Figueras y el coronel Don Luis Creeft, con los húsares de San Narciso, por Besalú y Bañolas. Marchó a Puigcerdá el marqués de Campoverde, acosó un trozo de enemigos hasta Montluis y exigió contribuciones en la misma Cerdaña francesa, de donde revolviendo sobre Calaf, estrechó de aquel lado al mariscal Macdonald, al paso que el brigadier Georget le observaba por Igualada.
Eroles manda allí.
El barón de Eroles, que ya se había distinguido en el sitio de Gerona, se encargó, después de Campoverde, del mando de los distritos del norte de Cataluña, bajo el título de comandante general de las tropas y gente armada del Ampurdán. Empezó luego a hacer grave daño a los enemigos, y al promediar de octubre les apresó un convoy cerca de la Junquera, acometiéndolos el 21, con ventaja, en su campamento de Lladó.
Campoverde en Cardona.
El propio día, junto a Cardona, hizo asimismo frente el marqués de Campoverde a las tropas del mariscal Macdonald. Vinieron estas de hacia Solsona, cuya catedral habían quemado pocos días antes, y, encontrando resistencia, tornaron a sus anteriores puestos: con la noche también se recogieron los españoles a Cardona.
No eran decisivas, ni a veces de importancia, las más de dichas acciones ni otras refriegas que omitimos; pero con ellas embarazábanse los franceses, y se retardaban sus operaciones, renovándose la escasez de víveres y creciendo la dificultad de su recolección.
Otro convoy para Barcelona.
Motivo por el que volvió Barcelona a dar a los enemigos fundados temores. Dos meses eran ya corridos después de la entrada en la plaza del último socorro, y los apuros se reproducían en su recinto. Se esperaba el alivio de un convoy que partiera de Francia; mas como no bastaban para custodiarle las fuerzas que regía en el Ampurdán el general D’Hilliers, tuvo Macdonald que ir en noviembre camino de Gerona para conducir salvo dicho convoy hasta la capital del principado.
No adelantan los enemigos en el sitio de Tortosa.
Así el cerco de Tortosa, suspendido en los meses de septiembre y octubre, continuó del mismo modo durante el noviembre. No había aquella interrupción pendido solamente de las razones que estorbaron al mariscal Macdonald cooperar a aquel objeto, según había ofrecido, sino también de los obstáculos que se presentaron al general Suchet, nacidos unos de la naturaleza, otros del hombre. Los primeros parecían vencidos con las lluvias del equinoccio, que empezaron a hinchar el Ebro, y con lo que se adelantaba en el camino de ruedas arriba indicado; no así los segundos, que llevaban traza de crecer en lugar de allanarse.
Convoyes que van allí de Mequinenza.
Resueltos, sin embargo, los franceses a proseguir en su intento, habían tratado ya en septiembre de enviar desde Mequinenza convoyes por agua, y de asegurar el tránsito haciendo el 17 pasar de Flix a la otra orilla del Ebro un batallón napolitano. El barón de La Barre, que mandaba una división española en Falset (punto que los nuestros volvieron a ocupar luego que Macdonald en agosto se dirigió a Lérida), Los atacan los españoles. destacó un trozo de gente, a las órdenes del teniente coronel Villa, contra el mencionado batallón, al cual este jefe sorprendió y cogió entero. Afortunadamente para los franceses, el convoy que debió partir retardó su salida, escaso todavía de agua el río Ebro, sin lo cual hubiera aquel tenido la misma suerte que los napolitanos. No solo en este sino también en otros lances prosiguió el barón de La Barre incomodando al enemigo lo largo de aquella orilla.
Carvajal en Aragón.
Por la derecha desempeñaron igual faena los aragoneses. Gobernábalos en jefe desde agosto Don José María de Carvajal, a quien la regencia de Cádiz había nombrado con objeto de que obedeciesen a una sola mano las diversas partidas y cuerpos que recorrían aquel reino. Pensamiento loable, pero cuya ejecución se encomendó a hombre de limitada capacidad. Carvajal paró solo mientes en lo accesorio del mando, y descuidó lo más principal. Estableció en Teruel grande aparato de oficinas, con poca previsión almacenes, y dio ostentosas proclamas. En vez de ayudar, embarazaba a los jefes subalternos, y mostrábase quisquilloso con sus puntas de celos.
Villacampa infatigable en guerrear.
Importunaba más que a los otros a Don Pedro Villacampa, como quien descollaba sobre todos. Este caudillo, sin embargo, continuando infatigable la guerra, cogió el 6 de septiembre, en Andorra, Andorra. un destacamento enemigo, y al siguiente día, en Las Cuevas de Cañart, Las Cuevas. un convoy con 136 soldados y 3 oficiales. El coronel Plicque, que lo mandaba, logró escaparse, achacándose a Carvajal la culpa por haber retenido lejos, so pretexto de revista, parte de las tropas. Desazonado Suchet con tales pérdidas, envió de Mora para ahuyentar a Villacampa alguna fuerza a las órdenes del general Habert, que, reunido a los coroneles Plicque y Kliski, que estaban hacia Alcañiz, obligó al español a enmarañarse en las sierras.
Mas pasado un mes, volviendo Villacampa a avanzar, resolvió de nuevo Suchet que le atacasen sus tropas, y destacó a Chlopicki del bloqueo de Tortosa, con 7 batallones y 400 caballos. Villacampa retrocedió, y Carvajal evacuó a Teruel, donde entraron los franceses el 30. Siguieron estos de cerca a los españoles, Alventosa. y en la mañana siguiente alcanzaron su retaguardia más allá de la quebrada de Alventosa, y cogieron 6 piezas, varios caballos y carros de municiones.
Combate de la Fuensanta.
Chlopicki creyó con esto haber dispersado del todo a los españoles; pero luego se desengañó, quedando en pie la mayor parte de la fuerza del general Villacampa. Por lo mismo trató de aniquilarla, y se encontró con ella apostada, el 12 de noviembre, en las alturas inmediatas al santuario de la Fuensanta, espaldas de Villel. Don Pedro Villacampa tenía unos 3000 hombres, manteniéndose Carvajal con alguna gente en Cuervo, a una legua del campo de batalla. La posición española era fuerte, aunque algo prolongada, y la defendieron los nuestros dos horas porfiadamente, hasta que la izquierda fue envuelta y atropellada. Perecieron de los españoles unos 200 hombres, ahogándose bastantes en el Guadalaviar al cruzar el puente de Libros, que con el peso se hundió.
Chlopicki tornó después al sitio de Tortosa, y dejó a Kliski con 1200 hombres para defender por aquella parte contra Villacampa la orilla derecha del Ebro.
Nuevos convoyes para Tortosa.
Entre tanto, sosteniéndose altas con mayor constancia las aguas de este río, apresuráronse los enemigos a transportar lo que exigía el entero complemento del asedio de aquella plaza. Mas no lo ejecutaron sin tropiezos y contratiempos. Combates parciales. El 3 de noviembre, diecisiete barcas partieron de Mequinenza, escoltadas con tropa francesa que las seguían por las márgenes del Ebro; la rapidez de la corriente hizo que aquellas tomasen la delantera. Aprovechose de tal acaso el teniente coronel Villa, puesto en emboscada entre Fayón y Ribarroja, y atacando el convoy cogió varias barcas, salvándose las otras al abrigo de refuerzos que acudieron. No les faltaron tampoco, antes de llegar a su destino, nuevas refriegas. Lo mismo sucedió el 27 de noviembre a otro convoy, con la diferencia de que en este caso las barcas se habían retrasado, anticipándose las escoltas, y catalanes en acecho acometieron aquellas, las hicieron varar, y cogieron 70 hombres de la guarnición de Mequinenza que habían salido a socorrerlas.
Los españoles desalojados de Falset.
Como semejantes tentativas y correrías o eran proyectadas por la división española alojada en Falset, o por lo menos las apoyaba, había ya determinado Suchet, tanto para escarmentarla, cuanto para facilitar la aproximación del 7.º cuerpo, al que siempre aguardaba, atacar a los españoles en aquel puesto. Verificolo así el 19 de noviembre por medio del general Habert, quien, no obstante una viva resistencia de los nuestros, regidos por el barón de La Barre, se enseñoreó del campo y cogió 300 prisioneros, de cuyo número fue el general García Navarro, si bien luego consiguió escaparse.
Movimiento de Bassecourt.
Don Luis de Bassecourt, por el lado de Valencia, también tentó molestar a los franceses, y aun divertirlos del sitio de Tortosa. En la noche del 25 de noviembre partió de Peñíscola la vuelta de Ulldecona, con 8000 infantes y 800 caballos distribuidos en tres columnas: la del centro la mandaba el mismo Bassecourt; la de la derecha, que se dirigía camino de Alcanar, Don Antonio Porta; y la de la izquierda, Don Melchor Álvarez. Al llegar el primero cerca de Ulldecona, Acción de Ulldecona. perdió tiempo aguardando a Porta; pero, impaciente, ordenó al fin que avanzasen guerrillas de infantería y caballería, y que al oír cierta señal atacasen. Hízose así, sustentando Bassecourt la acometida por el centro con el grueso de los jinetes, y por los flancos con los peones. Hasta tercera vez insistieron los nuestros en su empeño, en cuya ocasión no descubriéndose todavía ni a Porta, ni a Don Melchor Álvarez, tuvieron que cejar con quebranto, en especial el escuadrón de la Reina, cuyo coronel, Don José Velarde, quedó prisionero. Bassecourt se retiró por escalones y en bastante orden hasta Vinaroz, donde se le juntó Don Antonio Porta. Los franceses vinieron luego encima, habiendo juntado todas sus fuerzas el general Musnier, que los mandaba, con lo que los nuestros, ya desanimados, se dispersaron. Recogiose Bassecourt a Peñíscola, en donde se volvió a reunir su gente, y llegó noticia de haberse mantenido salva la izquierda que capitaneaba Don Melchor Álvarez, ya que no acudiese con puntualidad al sitio que se le señalara. Corta fue de ambos lados la pérdida; los prisioneros por el nuestro, bastantes, aunque después se fugaron muchos. Achacose en parte la culpa de este descalabro a la lentitud de Porta: otros pensaron que Bassecourt no había calculado convenientemente los tropiezos que en la marcha encontrarían las columnas de derecha e izquierda.
Al mismo tiempo que se avanzó hacia Ulldecona, dio la vela de Peñíscola una flotilla, con intento de atacar los puestos franceses de la Rápita y los Alfaques; mas, estando sobre aviso el general Harispe, que había sucedido en el mando de la división a Laval, muerto de enfermedad, tomó sus precauciones y estorbó el desembarco.
Macdonald socorre a Barcelona y se acerca a Tortosa.
Se acercaba, en tanto, el día en que Macdonald, después de largo esperar, ayudase de veras a la completa formalización del sitio de Tortosa. Permitióselo el haber podido meter en Barcelona el convoy que insinuamos fue a buscar vía del Ampurdán. Aseguradas de este modo por algún tiempo las subsistencias en dicha plaza, dejó en ella 6000 hombres; 14.000 a las órdenes del general Baraguey D’Hilliers en Gerona y Figueras, de que la mayor parte quedaba disponible para guerrear en el campo y mantener las comunicaciones con Francia, y con 15.000 restantes marchó el mismo Macdonald la vuelta del Ebro, entrando en Mora el 13 de diciembre. Concertáronse él y Suchet, y sentando este en Jerta su cuartel general, Formaliza el sitio Suchet. ocupó el otro los puestos que antes cubría la división de Habert, y se dio principio a llevar con rapidez los trabajos del sitio de Tortosa, del que hablaremos en uno de los próximos libros.
A la propia sazón el ejército español de Cataluña, dejando una división que observase el Llobregat, y continuando el Ampurdán al cuidado del barón de Eroles, se colocó en su mayor parte frontero a Macdonald, en figura de arco, alrededor de Lent, y apoyada la derecha en Montblanch. Deja O’Donnell el mando. Faltole luego el brazo activo y vigoroso de Don Enrique O’Donnell, quien debilitado a causa de su herida, empeorada con los cuidados, tuvo que embarcarse para Mallorca antes de acabar diciembre, recayendo el mando interinamente, como más antiguo, en Don Miguel de Iranzo.
Por la relación que acabamos de hacer de las operaciones militares de estos meses en Cataluña, Aragón y Valencia, harto enmarañadas, y quizá enojosas por su menudencia, habrá visto el lector cómo, a pesar de haber escaseado en ellas trabazón y concierto, fueron para el enemigo incómodas y ominosas; pues desde principio de julio que embistió a Tortosa, no pudo hasta diciembre formalizar el sitio. Nuevo ejemplo de lo que son estas guerras. Sesenta mil franceses, no obstante los yerros y la mala inteligencia de nuestros jefes, nada adelantaron por aquella parte durante varios meses en la conquista, estrellándose sus esfuerzos contra el tropel de refriegas y pertinacia de los pueblos.
Partidas en lo interior de España.
En el riñón de España, junto con las provincias vascongadas y Navarra, se aumentaban las partidas, y en este año de 10 llegaron a formar algunas de ellas cuerpos numerosos y mejor disciplinados; pues en tales lides, como decía Fernando del Pulgar, «crece el corazón con las hazañas, y las hazañas con la gente, y la gente con el interés.» Proseguían también allí, en algunos parajes, gobernando las juntas, las cuales, sin asiento fijo, mudaban de morada según la suerte de las armas, y ya se embreñaban en elevadas sierras, o ya se guarecían en recónditos yermos. La regencia de Cádiz nombraba a veces generales que tuviesen bajo su mando los diversos guerrilleros de un determinado distrito, o ensalzaba a los que de entre ellos mismos sobresalían, autorizándolos con grados y comandancias superiores. Igualmente envió intendentes u otros empleados de hacienda que recaudasen las contribuciones y llevasen, en lo posible, la correspondiente cuenta y razón, invirtiéndose los productos en las atenciones de los respectivos territorios. Y si no se estableció en todas partes entero y cumplido orden, incompatible con las circunstancias y la presencia del enemigo, por lo menos adoptose un género de gobernación que, aunque llevaba visos de solo concertado desorden, remedió ciertos males, evitó otros, y mantuvo siempre viva la llama de la insurrección.
No poco por su lado contribuían los franceses al propio fin. Sus extorsiones pasaban la raya de lo hostigoso e inicuo. Vivían, en general, de pesadísimas derramas y de escandaloso pillaje, cuyos excesos producían en los pueblos venganzas, y estas crueles y sanguinarias medidas del enemigo. Los alcaldes de los pueblos, los curas párrocos, los sujetos distinguidos, sin reparar en edad ni aun en sexo, tenían que responder de la tranquilidad pública, y con frecuencia, so pretexto de que conservaban relaciones con los partidarios, se los metía en duras prisiones, se los extrañaba a Francia, o eran atropelladamente arcabuceados. ¡Qué pábulo no daban tales arbitrariedades y demasías al acrecentamiento de las guerrillas!
Asaltados por ellas en todos lugares, tuvieron los enemigos que establecer de trecho en trecho puestos fortificados, valiéndose de antiguos castillos de moros, o de conventos y casas-palacio. Por este medio aseguraban sus caminos militares, la línea de sus operaciones, y formaban depósitos de víveres y aprestos de guerra. Su dominio no se extendía generalmente fuera del recinto fortalecido, teniendo a veces que oír, mal de su grado y sin poder estorbarlo, las jácaras patrióticas que en su derredor venían a entonar, con los habitantes, los atrevidos partidarios.
Al viajante presentaban por lo común aquellos caminos triste y desoladora vista: pueblos desiertos, arruinados, continua soledad que interrumpían de tarde en tarde escoltados convoyes, o la aparición de los puestos franceses, cuyos soldados recelosamente salían de entre sus empalizadas. Resultas precisas, pero lastimosas, de tan cruda y bárbara guerra.
Conservar de este modo las comunicaciones exigía de los franceses suma vigilancia y mucha gente. Así, en las provincias de que vamos hablando, nada menos contaban que unos 70.000 hombres, 24.000 en Madrid y lo restante de Castilla la Nueva. En la Vieja, además de Segovia y Ávila, y de otros puntos de inmediato enlace con las operaciones de Portugal y Asturias, había en Valladolid de 6 a 7000 hombres, y 10.000 en Burgos, Soria y sus contornos; 7000 se esparcían por Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, y 22.000 se alojaban en Navarra. Distribuíase toda esta gente en columnas móviles, o se juntaba, según los casos, en cuerpos más numerosos y compactos.
En orden a los partidarios, causadores de tanto afán, no nos es dado hacer de todos particular especificación, y menos de sus hechos, como ajena de una historia general. Subía a 200 la cuenta de los caudillos más conocidos, apareciendo y desapareciendo otros muchos con las oleadas de los sucesos.
Los que andaban cerca de los ejércitos en la circunferencia peninsular, y de que ya hemos hablado, permanecían más fijos en sus respectivos lugares, como dependientes de cuerpos reglados. Los que ahora nos ocupan, si bien de preferencia tenían, digámoslo así, determinada vivienda, trasladábanse de una provincia a otra al son de las alternativas y vueltas de la guerra, o según el cebo que ofrecía alguna lucrativa o gloriosa empresa.
En Andalucía.
En Andalucía, aparte de las guerrillas nombradas y que recorrían las sierras de Granada y Ronda, diéronse a conocer bastante las de Don Pedro Zaldivia, Don Juan Mármol y Don Juan Lorenzo Rey, habiendo una, que apellidaron del Mantequero, metídose en el barrio de Triana un día de los del mes de septiembre, con gran sobresalto de los franceses de Sevilla.
En Castilla la Nueva.
Continuaban en la Mancha haciendo sus excursiones Francisquete y los ya insinuados en otro libro. Oyéronse ahora los nombres de Don Miguel Díaz y de Don Juan Antonio Orobio, juntamente con los de Don Francisco Abad y Don Manuel Pastrana, el primero bajo el mote de Chaleco, y el último bajo el de Chambergo. Usanza esta general entre el vulgo, no olvidada ahora con caudillos que por la mayor parte salían de las honradas pero humildes clases del pueblo.
Apareció en la provincia de Toledo Don Juan Palarea, médico de Villaluenga, y en la misma murió el famoso partidario Don Ventura Jiménez, de resultas de heridas recibidas el 17 de junio en un empeñado choque junto al puente de San Martín. Igual y gloriosa suerte cupo a Don Toribio Bustamante, alias el Caracol, que recorría aquella provincia y la de Extremadura. Tomó las armas después de la batalla de Rioseco, en donde era administrador de correos, para vengar la muerte de su mujer y de un tierno hijo, que perecieron a manos de los franceses en el saco de aquella ciudad. Finó el 2 de agosto, lidiando en el puerto de Miravete.
En las cercanías de Madrid hervían las partidas, a pesar de las fuerzas respetables que custodiaban la capital; bien es verdad que dentro tenía la causa nacional firmes parciales, y auxilios y pertrechos, y hasta insignias honoríficas recibían de su adhesión y afecto los caudillos de las guerrillas.
Don Juan Martín [el Empecinado], que por lo común peleaba en la provincia vecina de Guadalajara, era a quien especialmente se dirigían los envíos y obsequiosos rendimientos. Cuerpos suyos destacados rondaban a menudo no lejos de Madrid, y el 13 de julio hasta se metieron en la Casa de Campo, tan inmediata a la capital y sitio de recreo de José. A tal punto inquietaban estos rebatos a los enemigos, y tanto se multiplicaban, que el conde de Laforest, embajador de Napoleón cerca de su hermano, después de hablar en un pliego, escrito en 5 de julio al ministro Champagny, de que las «sorpresas que hacían las cuadrillas españolas de los puestos militares, de los convoyes y correos, eran cada día más frecuentes», añadía, «que en Madrid nadie se podía, sin riesgo, alejar de sus tapias.»
Mirando los franceses al Empecinado como principal promovedor de tales acometidas, quisieron destruirle, y ya en la primavera habían destacado contra él, a las órdenes del general Hugo, una columna volante de 3000 infantes y caballos, en cuyo número había españoles de los enregimentados por José, pero que comúnmente solo sirvieron para engrosar las filas del Empecinado.
El general Hugo, aunque al principio alcanzó ventajas, creyó oportuno, para apoyar sus movimientos, fortalecer en fines de junio a Brihuega y Sigüenza. No tardó el Empecinado en atacar a esta ciudad, constando ya su fuerza de 600 infantes y 400 caballos. Se agregó a él, con 100 hombres, Don Francisco de Palafox, que vimos antes en Alcañiz, y que luego pasó a Mallorca, donde murió. Juntos ambos caudillos, obligaron a los franceses a encerrarse en el castillo, y entraron en la ciudad. Abandonáronla pronto. Mas desde entonces el Empecinado no cesó de amenazar a los franceses en todos los puntos, y de molestarlos marchando y contramarchando, y ora se presentaba en Guadalajara, ora delante de Sigüenza, y ora, en fin, cruzaba el Jarama y ponía en cuidado hasta la misma corte de José.
Servíale de poco a Hugo su diligencia, pues Don Juan Martín, si se veía acosado, presto a desparcir su gente, juntábala en otras provincias, e iba hasta las de Burgos y Soria, de donde también venían a veces en su ayuda Tapia y Merino.
El 18 de agosto trabó en Cifuentes, partido de Guadalajara, una porfiada refriega, y aunque de resultas tuvo que retirarse, apareció otra vez el 24 en Mirabueno, y sorprendió una columna enemiga cogiéndole bastantes prisioneros. Volvió en 14 de septiembre a empeñar otra acción, también reñida, en el mismo Cifuentes, la cual duró todo el día, y los franceses, después de poner fuego a la villa, se recogieron a Brihuega.
Ascendió en octubre la fuerza del Empecinado a 600 caballos y 1500 infantes, con lo que pudo destacar partidas a Castilla la Vieja y otros lugares, no solo para pelear contra los franceses sino también para someter algunas guerrillas españolas que, so color de patriotismo, oprimían los pueblos y dejaban tranquilos a los enemigos.
No le estorbó esta maniobra hostilizar al general Hugo, y el 18 de octubre escarmentó a algunas de sus tropas en las Cantarillas de Fuentes, apresando parte de un convoy.
Con tan repetidos ataques desflaquecía la columna del general Hugo, y menester fue que le enviasen de Madrid refuerzos. Luego que se le juntaron, se dirigió a Humanes, y allí en 7 de diciembre escribió al Empecinado, ofreciéndole para él y sus soldados servicio y mercedes bajo el gobierno de José. Replicó el español briosamente y como honrado, de lo cual enfadado Hugo, cerró con los nuestros dos días después en Cogolludo, teniendo el jefe español que retirarse a Atienza, sin que por eso se desalentase; pues a poco se dirigió a Jadraque y recobró varios de sus prisioneros. «Tal era, dice el general Hugo en sus memorias, la pasmosa actividad del Empecinado, tal la renovación y aumento de sus tropas, tales los abundantes socorros que de todas partes le suministraban, que me veía forzado a ejecutar continuos movimientos.» Y más adelante concluye con asentar: «Para la completa conquista de la península se necesitaba acabar con las guerrillas... Pero su destrucción presentaba la imagen de la hidra fabulosa.» Testimonio imparcial, y que añade nuevas pruebas en favor del raro y exquisito mérito de los españoles en guerra tan extraordinaria y hazañosa.
Don Luis de Bassecourt, conforme apuntamos, mandaba en Cuenca antes de pasar a Valencia. Entraron los franceses en aquella ciudad el 17 de junio, y hallándola desamparada cometieron excesos parecidos a los que allí deshonraron sus armas en las anteriores ocupaciones. Quemaron casas, destruyeron muebles y ornamentos, y hasta inquietaron las cenizas de los muertos desenterrando varios cadáveres en busca, sin duda, de alhajas y soñados tesoros.
Evacuaron luego la ciudad, y en agosto sucedió a Bassecourt en el mando Don José Martínez de San Martín, que también de médico se había convertido en audaz partidario. Recorría la tierra hasta el Tajo, en cuyas orillas escarmentó a veces la columna volante que capitaneaba en Tarancón el coronel francés Forestier.
En Castilla la Vieja.
Cundía igualmente voraz el fuego de la guerra al norte de las sierras de Guadarrama. Sosteníanse los más de los partidarios en otro libro mencionados, y brotaron otros muchos. De ellos, en Segovia, Don Juan Abril; en Ávila, Don Camilo Gómez; en Toro, Don Lorenzo Aguilar; y distinguiose en Valladolid la guerrilla de caballería, llamada de Borbón, que acaudillaba Don Tomás Príncipe.
Aquí mostrábase el general Kellermann contra los partidarios tan implacable y severo como antes, portándose, a veces, ya él o ya los subalternos, harto sañudamente. Hubo un caso que aventajó a todos en esmerada crueldad. Fue, pues, que preso el hijo de un latonero de aquella ciudad, de edad de doce años, que llevaba pólvora a las partidas, no queriendo descubrir la persona que le enviaba, aplicáronle fuego lento a las plantas de los pies y a las palmas de las manos para que con el dolor declarase lo que no quería de grado. El niño, firme en su propósito, no desplegó los labios, y conmoviéronse, al ver tanta heroicidad, los mismos ejecutores de la pena, mas no sus verdaderos y empedernidos verdugos. ¿Y quién, después de este ejemplo y otros semejantes, solo propios de naciones feroces y de siglos bárbaros, extrañará algunos rigores, y aun actos crueles de los partidarios?
Don Juan Tapia, en Palencia; Don Jerónimo Merino, en Burgos; Don Bartolomé Amor, en La Rioja, y en Soria Don José Joaquín Durán, ya unidos, ya separadamente, peleaban en sus respectivos territorios, o batían la campaña en otras provincias. Eligió la junta de Soria a Durán, comandante general de su distrito. Siendo brigadier fue hecho prisionero en la acción de Bubierca, y habiéndose luego fugado, se mantenía oculto en Cascante, pueblo de su naturaleza. Resolvió dicha junta este nombramiento [que mereció en breve la aprobación del gobierno] de resultas de un descalabro que el 6 de septiembre padecieron en Yanguas sus partidas, unidas a las de La Rioja. Causolo una columna volante enemiga que regía el general Roguet, quien inhumanamente mandó fusilar 20 soldados españoles prisioneros, después de haberles hecho creer que les concedía la vida.
Durán se estableció en Berlanga. Su fuerza, al principio, no era considerable; pero aparentó de manera que el gobernador francés de Soria, Duvernet, si bien a la cabeza de 1600 hombres de la guardia imperial, no osó atacarle solo, y pidió auxilio al general Dorsenne, residente en Burgos. Por entonces ni uno ni otro se movieron, y dejaron a Durán tranquilo en Berlanga.
Tampoco pensaba este en hacer tentativa alguna hasta que su gente fuese más numerosa y estuviese mejor disciplinada. Pero habiéndosele presentado en diciembre los partidarios Merino y Tapia, con 600 hombres, los más de caballería, no quiso desaprovechar tan buena ocasión, y les propuso atacar a Duvernet, que a la sazón se alojaba, con 600 soldados, en Calatañazor, camino del Burgo de Osma. Aprobaron Merino y Tapia el pensamiento, y todos convinieron en aguardar a los franceses el 11, a su paso por Torralba. Apareció Duvernet, trabose la pelea, y ya iba aquel de vencida cuando de repente la caballería de Merino volvió grupa y desamparó a los infantes. Dispersáronse estos, tornaron Tapia y su compañero a sus provincias, y Durán a Berlanga, en donde sin ser molestado continuó hasta finalizar el año de 10, procurando reparar sus pérdidas y mejorar la disciplina.
Santander y provincias vascongadas.
Tomó a su cargo la Montaña de Santander el partidario Campillo, aproximándose unas veces a Asturias, y otras a Vizcaya, mas siempre con gran detrimento del enemigo. Mereció por ello gran loa, y también por ser de aquellos lidiadores que, sirviendo a su patria, nunca despojaron a los pueblos.
La misma fama adquirió en esta parte Don Juan de Aróstegui, que acaudillaba en Vizcaya una partida considerable con el nombre de Bocamorteros. Sonaba en Álava desde principios de año Don Francisco Longa, de la Puebla de Arganzón, quien en breve contó bajo su mando unos 500 hombres. Pronto rebulló también en Guipúzcoa Don Gaspar Jáuregui, llamado el Pastor porque soltó el cayado para empuñar la espada.
Expedición de Renovales a la costa cantábrica.
Estas provincias vascongadas, así como toda la costa cantábrica, de suma importancia para divertir al enemigo y cortarle en su raíz las comunicaciones, habían llamado particularmente la atención del gobierno supremo, y por tanto, además de las expediciones referidas de Porlier, se idearon otras. Fue de ellas la primera una que encomendó la regencia a Don Mariano Renovales. Salió este al efecto de Cádiz, aportó a la Coruña, y hechos los preparativos, dio de aquí la vela el 14 de octubre con rumbo al este. Llevaba 1200 españoles y 800 ingleses, convoyados por 4 fragatas de la misma nación y otra de la nuestra, con varios buques menores. Mandaba las fuerzas de mar el comodoro Mends.
Fondeó la expedición en Gijón el 17, a tiempo que Porlier peleaba en los alrededores con los franceses; mas no pudiendo Renovales desembarcar hasta el 18, diose lugar a que los enemigos evacuasen aquella villa, y que Porlier, atacado por estos, unidos a los de afuera, se alejase. Renovales se reembarcó, y el 23 surgió en Santoña; vientos contrarios no le permitieron tomar tierra hasta el 28; espacio de tiempo favorable a los franceses que, acudiendo con fuerzas superiores en auxilio del punto amagado, obligaron a los nuestros a desistir de su intento. Además, la estación avanzaba y se ponía inverniza, con anuncios de temporales peligrosos en costa tan brava; por lo mismo, pareciendo prudente retroceder a Galicia, aportaron los nuestros a Vivero. Allí, arreciando los vientos, se perdió la fragata española Magdalena y el bergantín Palomo, con la mayor parte de sus tripulaciones. Grande desdicha que si en algo pendió de los malos tiempos, también hubo quien la atribuyese a imprevisión y tardanzas.
Navarra. Espoz y Mina.
Causó al principio desasosiego a los franceses esta expedición, que creyeron más poderosa; pero tranquilizándose después al verla alejada, pusieron nuevo conato, aunque inútilmente, en despejar el país de las partidas, perturbándolos en especial Don Francisco Espoz y Mina, que sobresalió por su intrepidez y no interrumpidos ataques.
A poco de la desgracia de su sobrino, había allegado bastante gente, que todos los días se aumentaba. Sin aguardar a que fuese muy numerosa, emprendió ya en abril frecuentes acometidas, y prosiguió los meses adelante atajando las escoltas y combatiendo los alojamientos enemigos. Impacientes estos y enfurecidos del fatigoso pelear, determinaron en septiembre destruir a tan arrojado partidario. Valiose para ello el general Reille, que mandaba en Navarra, de las fuerzas que allí había y de otras que iban de paso a Portugal, juntando de este modo unos 30.000 hombres.
Mina, acosado, para evitar el exterminio de su gente, la desparramó por diversos lugares, encaminándose parte de ella a Castilla y parte a Aragón. Guardó él consigo algunos hombres, y más desembarazado, no cesó en sus ataques, si bien tuvo luego que correrse a otras provincias. Herido de gravedad, tornó después a Navarra para curarse, creyéndose más seguro en donde el enemigo más le buscaba. ¡Tal y tan en su favor era la opinión de los pueblos, tanta la fidelidad de estos!
Antes de ausentarse dio en Aragón nueva forma a sus guerrillas, vueltas a reunir en número de 3000 hombres, y las repartió en tres batallones y un escuadrón: confirió el mando de dos de ellos a Curuchaga y a Górriz, jefes dignos de su confianza. La regencia de Cádiz le nombró entonces coronel y comandante general de las guerrillas de Navarra; pues estos caudillos, en medio de la independencia de que disfrutaban, hija de las circunstancias y de su posición, aspiraban todos a que el gobierno supremo confirmase sus grados y aprobase sus hechos, reconociéndole como autoridad soberana y único medio de que se conservase buena armonía y unión entre las provincias españolas.
Recobrado Mina de su herida, comenzó, al finalizar octubre, otras empresas, y su gente recorrió de nuevo los campos de Aragón y Castilla con terrible quebranto de los enemigos. Restituyose en diciembre a Navarra, atacó a los franceses en Tievas, Monreal y Aibar, y cerrando dichosamente la campaña de 1810, se dispuso a dar a su nombre, en las sucesivas, mayor fama y realce.
Júzguese por lo que hemos referido cuantos males no acarrearían las guerrillas al ejército enemigo. Habíalas en cada provincia, en cada comarca, en cada rincón: contaban algunas 2000 y 3000 hombres, la mayor parte 500 y aun 1000. Se agregaron las más pequeñas a las más numerosas, o desaparecieron, porque como eran las que por lo general vejaban los pueblos, faltábales la protección de estos, persiguiéndolas al propio tiempo los otros guerrilleros, interesados en su buen nombre y a veces también en el aumento de su gente. No hay duda que en ocasiones se originaron daños a los naturales, aun de las grandes partidas; pero los más eran inherentes a este linaje de guerra, pudiéndose resueltamente afirmar que, sin aquellas, hubiera corrido riesgo la causa de la independencia. Tranquilo poseedor el enemigo de extensión vasta de país, se hubiera entonces aprovechado de todos sus recursos transitando por él pacíficamente, y dueño de mayores fuerzas, ni nuestros ejércitos, por más valientes que se mostrasen, hubieran podido resistir a la superioridad y disciplina de sus contrarios, ni los aliados se hubieran mantenido constantes en contribuir a la defensa de una nación cuyos habitantes doblaban mansamente la cerviz a la coyunda extranjera.
Cortes.
Tregua ahora a tanto combate, y lanzándonos en el campo no menos vasto de la política, hablemos de lo que precedió a la reunión de cortes, las cuales, en breve congregadas, haciendo bambolear el antiguo edificio social, echaron al suelo las partes ruinosas y deformes, y levantaron otro que si no perfecto, por lo menos se acomodaba mejor al progreso de las luces del siglo, y a los usos, costumbres y membranzas de las primitivas monarquías de España.
Remisa la regencia en convocarlas.
Desaficionada la regencia a la institución de cortes, había postergado el reunirlas, no cumpliendo debidamente con el juramento que había prestado al instalarse «de contribuir a la celebración de aquel augusto congreso en la forma establecida por la suprema junta central, y en el tiempo designado en el decreto de creación de la regencia.» Cierto es que en este decreto aunque se insistía en la reunión de cortes ya convocadas para el 1.º de marzo de 1810, se añadía: «si la defensa del reino... lo permitiere.» Cláusula puesta allí para el solo caso de urgencia, o para diferir cortos días la instalación de las cortes; pero que abría ancho espacio a la interpretación de los que procediesen con mala o fría voluntad.
Clamor general por ellas.
Descuidó pues la regencia el cumplimiento de su solemne promesa, y no volvió a mentar ni aun la palabra cortes sino en algunos papeles que circuló a América, las más veces no difundidos en la península, y cortados a traza de entretenimiento para halagar los ánimos de los habitantes de ultramar. Conducta extraña que sobremanera enojó, pues entonces ansiaban los más la pronta reunión de cortes, considerando a estas como áncora de esperanza en tan deshecha tormenta. Creciendo los clamores públicos, se unieron a ellos los de varios diputados de algunas juntas de provincia, los cuales residían en Cádiz, y trataron de promover legalmente asunto de tanta importancia. Temerosa la regencia de la común opinión, y sabedora de lo que intentaban los referidos diputados, resolvió ganar a todos por la mano, suscitando ella misma la cuestión de cortes, ya que contase deslumbrar así y dar largas, o ya que, obligada a conceder lo que la generalidad pedía, quisiese aparentar que solo la estimulaba propia voluntad y no ajeno impulso. A este fin, llamó el 14 de junio a Don Martín de Garay, y le instó a que esclareciese ciertas dudas que ocurrían en el modo de la convocación de cortes, no hallándose nadie más bien enterado en la materia que dicho sujeto, secretario general e individuo que había sido de la junta central.
Las piden diputados de las juntas de provincia.
No por eso desistieron de su intento los diputados de las provincias, y el 17 del propio junio comisionaron a dos de ellos para poner en manos de la regencia una exposición enderezada a recordar la prometida reunión de cortes. Cupo el desempeño de este encargo a Don Guillermo Hualde, diputado por Cuenca, y al conde de Toreno [autor de esta historia], que lo era por León. Presentáronse ambos, y después de haber el último obtenido venia, leído el papel de que eran portadores, alborotose bastantemente el obispo de Orense, no acostumbrado a oír y menos a recibir consejos. Replicaron los comisionados, y comenzaban unos y otros a agriarse, cuando, terciando el general Castaños, amansáronse Hualde y Toreno, y templando también el obispo su ira locuaz y apasionada, humanose al cabo; y así él como los demás regentes dieron a los diputados una respuesta satisfactoria. Divulgado el suceso, remontó el vuelo la opinión de Cádiz, mayormente habiendo su junta aprobado la exposición hecha al gobierno, y sostenídola con otra que a su efecto elevó a su conocimiento en el día siguiente.
Decreto de convocación. (* Ap. n. 12-2.)
Amedrentada la regencia con la fermentación que reinaba, promulgó el mismo 18 un decreto,[*] por el que, mandando que se realizasen a la mayor brevedad las elecciones de diputados que no se hubiesen verificado hasta aquel día, se disponía además que en todo el próximo agosto concurriesen los nombrados a la Isla de León, en donde luego que se hallase la mayor parte, se daría principio a las sesiones. Aunque en su tenor parecía vago este decreto, no fijándose el día de la instalación de cortes, sin embargo la regencia soltaba prendas que no podía recoger, y a nadie era ya dado contrarrestar el desencadenado ímpetu de la opinión.
Júbilo general en la nación.
Produjo en Cádiz, y seguidamente en toda la monarquía, extremo contentamiento semejante providencia, y apresuráronse a nombrar diputados las provincias que aún no lo habían efectuado, y que gozaban de la dicha de no estar imposibilitadas para aquel acto por la ocupación enemiga. En Cádiz empezaron todos a trabajar en favor del pronto logro de tan deseado objeto.
Dudas de la regencia sobre convocar una segunda cámara.
La regencia, por su parte, se dedicó a resolver las dudas que, según arriba insinuamos, ocurrían acerca del modo de constituir las cortes. Fue una de las primeras la de si se convocaría o no una cámara de privilegiados. En su lugar vimos cómo la junta central dio antes de disolverse un decreto, llamando bajo el nombre de estamento o cámara de dignidades a los arzobispos, obispos y grandes del reino; pero también entonces vimos como nunca se había publicado esta determinación. En la convocatoria general de 1.º de enero, ni en la instrucción que la acompañaba, no había el gobierno supremo ordenado cosa alguna sobre su posterior resolución: solo insinuó en una nota que igual convocatoria se remitiría «a los representantes del brazo eclesiástico y de la nobleza.» Las juntas no publicaron esta circunstancia, e ignorándola los electores, habían recaído ya algunos de los nombramientos en grandes y en prelados.
Perpleja con eso la regencia, empezó a consultar a las corporaciones principales del reino sobre si convendría o no llevar a cumplida ejecución el decreto de la central acerca del estamento de privilegiados. Para acertar en la materia, de poco servía acudir a los hechos de nuestra historia.
Costumbre antigua.
Antes que se reuniesen las diversas coronas de España en las sienes de un mismo monarca, había la práctica sido varia, según los estados y los tiempos. En Castilla desaparecieron del todo los brazos del clero y de la nobleza después de las cortes celebradas en Toledo en 1538 y 1539. Duraron más tiempo en Aragón; pero colocada en el solio, al principiar el siglo XVIII, la estirpe de los Borbones, dejaron en breve de congregarse separadamente las cortes en ambos reinos, y solo ya fueron llamadas para la jura de los príncipes de Asturias. Por primera vez se vieron juntas, en 1709, las de las coronas de Aragón y Castilla, y así continuaron hasta las últimas que se tuvieron en 1789, no asistiendo ni aun a estas, a pesar de tratarse algún asunto grave, sino los diputados de las ciudades. Solo en Navarra proseguía la costumbre de convocar a sus cortes particulares el brazo eclesiástico y el militar, o sea de la nobleza. Pero además de que allí no entraban en el primero exclusivamente los prelados, sino también priores, abades y hasta el provisor del obispado de Pamplona, y que del segundo componían parte varios caballeros sin ser grandes ni titulados, no podía servir de norma tan reducido rincón a lo restante del reino, señaladamente hallándose cerca, como para contrapuesto ejemplo, las provincias vascongadas, en cuyas juntas, del todo populares, no se admiten ni aun los clérigos. Ahora había también que examinar la índole de la presente lucha, su origen y su progreso.
La nobleza y el clero, aunque entraron gustosos en ella, habían obrado antes bien como particulares que como corporaciones, y lo más elevado de ambas clases, los grandes y los prelados no habían por lo general brillado ni a la cabeza de los ejércitos, ni de los gobiernos, ni de las partidas. Agregábase a esto la tendencia de la nación, desafecta a jerarquías, y en la que reducidos a estrechísimos límites los privilegios de los nobles, todos podían ascender a los puestos más altos sin excepción alguna.
Opinión común en la nación.
Mostrábase en ello tan universal la opinión que, no solo la apoyaban los que propendían a ideas democráticas, mas también los enemigos de cortes y de todo gobierno representativo. Los últimos no, en verdad, como un medio de desorden [había entonces en España acerca del asunto mejor fe], sino por no contrarrestar el modo de pensar de los naturales. Ya en Sevilla, en la comisión de la junta central encargada de los trabajos de cortes, los señores Riquelme y Caro, que apuntamos desamaban la reunión de cortes, una vez decidida esta, votaron por una sola cámara indivisa y común, y el ilustre Jovellanos por dos: Jovellanos, acérrimo partidario de cortes y uno de los españoles más sabios de nuestro tiempo. Los primeros seguían la voz común: guiaban al último reglas de consumada política, la práctica de Inglaterra y otras naciones. Entre los comisionados de las juntas residentes en Cádiz, fue el más celoso en favor de una sola cámara Don Guillermo Hualde, no obstante ser eclesiástico, dignidad de chantre en la catedral de Cuenca y grande adversario de novedades. Contradicciones frecuentes en tiempos revueltos, pero que nacían aquí, repetimos, de la elevada y orgullosa igualdad que ostenta la jactancia española, manantial de ciertas virtudes, causa a veces de ruinosa insubordinación.
Consulta la regencia al consejo reunido.
La regencia consultó sobre la materia, y otras relativas a cortes, al consejo reunido. La mayoría se conformó en todo con la opinión más acreditada, y se inclinó también a una sola cámara. Disintieron del dictamen varios individuos del antiguo consejo de Castilla, Respuesta de este. Voto particular. de cuyo número fueron el decano Don José Colón, el conde del Pinar, y los señores Riega, Duque Estrada, y Don Sebastián de Torres. Oposición que dimanaba, no de adhesión a cámaras, sino de odio a todo lo que fuese representación nacional: por lo que en su voto insistieron particularmente en que se castigase con severidad a los diputados de las juntas que habían osado pedir la pronta convocación de cortes.
Cundió en Cádiz la noticia de la consulta, junto con la del dictamen de la minoría, y enfureciéronse los ánimos contra esta, mayormente no habiendo los más de los firmantes dado al principio del levantamiento, en 1808, grandes pruebas de afecto y decisión por la causa de la independencia. De consiguiente, conturbáronse los disidentes al saber que los tiros disparados en secreto, con esperanza de que se mantendrían ocultos, habían reventado a la luz del día. Creció su temor cuando la regencia, para fundar sus providencias, determinó que se publicase la consulta y el dictamen particular. No hubo entonces manejo ni súplica que no empleasen los autores del último para alcanzar el que se suspendiese dicha resolución. Así sucedió, y tranquilizose la mente de aquellos hombres, cuyas conciencias no habían escrupulizado en aconsejar a las calladas injustas persecuciones, pero que se estremecían aun de la sombra del peligro. Achaque inherente a la alevosía y a la crueldad, de que muchos de los que firmaron el voto particular dieron tristes ejemplos años adelante, cuando sonó en España la lúgubre y aciaga hora de las venganzas y juicios inicuos.
Consulta del consejo de estado.
Pidió luego la regencia, acerca del mismo asunto de cámaras, el parecer del consejo de estado, el cual convino también en que no se convocase la de privilegiados. Votó en favor de este dictamen el marqués de Astorga, no obstante su elevada clase; del mismo fue Don Benito de Hermida, adversario en otras materias de cualesquiera novedades. Sostuvo lo contrario Don Martín de Garay, como lo había hecho en la central, y conforme a la opinión de Jovellanos.
No se convoca segunda cámara.
No pudiendo resistir la regencia a la universalidad de pareceres, decidió que las clases privilegiadas no asistirían por separado a las cortes que iban a congregarse, y que estas se juntarían con arreglo al decreto que había circulado la central en 1.º de enero.
Modo de elección.
Según el tenor de este y de la instrucción que le acompañaba, innovábase del todo el antiguo modo de elección. Solamente en memoria de lo que antes regía se dejaba que cada ciudad de voto en cortes enviase por esta vez, en representación suya, un individuo de su ayuntamiento. Se concedía igualmente el mismo derecho a las juntas de provincia, como premio de sus desvelos en favor de la independencia nacional. Estas dos clases de diputados no componían, ni con mucho, la mayoría, pero sí los nombrados por la generalidad de la población conforme al método ahora adoptado. Por cada 50.000 almas se escogía un diputado, y tenían voz para la elección los españoles de todas clases avecindados en el territorio, de edad de 25 años, y hombres de casa abierta. Nombrábanse los diputados indirectamente, pasando su elección por los tres grados de juntas de parroquia, de partido y de provincia. No se requerían para obtener dicho cargo otras condiciones que las exigidas para ser elector y la de ser natural de la provincia, quedando elegido diputado el que saliese de una urna o vasija en que habían de sortearse los tres sujetos que primero hubiesen reunido la mayoría absoluta de votos. Defectuoso, si se quiere, este método, ya por ser sobradamente franco, estableciendo una especie de sufragio universal, y ya restricto a causa de la elección indirecta, llevaba, sin embargo, gran ventaja al antiguo, o a lo menos a lo que de este quedaba.
El antiguo de España.
En Castilla, hasta entrado el siglo XV, hubo cortes numerosas y a las que asistieron muchas villas y ciudades, si bien su concurrencia pendió casi siempre de la voluntad de los reyes, y no de un derecho reconocido e inconcuso. A los diputados, o sean procuradores, nombrábanlos los concejos formados de los vecinos, o ya los ayuntamientos, pues estos, siendo entonces por lo común de elección popular, representaban con mayor verdad la opinión de sus comitentes, que después, cuando se convirtieron sus regidurías, especialmente bajo los Felipes austriacos, en oficios vendibles y enajenables de la corona; medida que, por decirlo de paso, nació más bien de los apuros del erario que de miras ocultas en la política de los reyes. En Aragón, el brazo de las universidades o ciudades, y en Valencia y Cataluña, el conocido con el nombre de real, constaban de muchos diputados que llevaban la voz de los pueblos. Cuáles fuesen los que hubiesen de gozar de semejante derecho o privilegio no estaba bien determinado, pues según nos cuentan los cronistas Martel y Blancas, solo gobernaba la costumbre. Este modo de representar la generalidad de los ciudadanos, aunque inferior, sin duda, al de la central, aparecía, repetimos, muy superior al que prevaleció en los siglos XVI y XVII, decayendo sucesivamente las prácticas y usos antiguos, a punto que en las cortes celebradas desde el advenimiento de Felipe V hasta las últimas de 1789 solo se hallaron presentes los caballeros procuradores de 37 villas y ciudades, únicas en que se reconocía este derecho en las dos coronas de Aragón y Castilla. Por lo que con razón asentaba Lord Oxford, al principio del siglo XVIII, que aquellas asambleas solo eran ya magni nominis umbra.
Poderes que se dan a los diputados.
Conferíanse ahora a los diputados facultades amplias, pues además de anunciarse en la convocatoria, entre otras cosas, que se llamaba la nación a cortes generales «para restablecer y mejorar la constitución fundamental de la monarquía», se especificaba en los poderes que los diputados «podían acordar y resolver cuanto se propusiese en las cortes, así en razón de los puntos indicados en la real carta convocatoria, como en otros cualesquiera, con plena, franca, libre y general facultad, sin que por falta de poder dejasen de hacer cosa alguna, pues todo el que necesitasen les conferían [los electores] sin excepción ni limitación alguna.»
Llámanse a las cortes diputados de las provincias de América y Asia.
Otra de las grandes innovaciones fue la de convocar a cortes las provincias de América y Asia. Descubiertos y conquistados aquellos países a la sazón que en España iban de caída las juntas nacionales, nunca se pensó en llamar a ellas a los que allí moraban. Cosa, por otra parte, nada extraña atendiendo a sus diversos usos y costumbres, a sus distintos idiomas, al estado de su civilización, y a las ideas que entonces gobernaban en Europa respecto de colonias o regiones nuevamente descubiertas, pues vemos que en Inglaterra mismo donde nunca cesaron los parlamentos, tampoco en su seno se concedió asiento a los habitadores allende los mares.
Ahora que los tiempos se habían cambiado, y confirmádose solemnemente la igualdad de derechos de todos los españoles, europeos y ultramarinos, menester era que unos y otros concurriesen a un congreso en que iban a decidirse materias de la mayor importancia, tocante a toda la monarquía que entonces se dilataba por el orbe. Requeríalo así la justicia, requeríalo el interés bien entendido de los habitantes de ambos mundos, y la situación de la península, que, para defender la causa de su propia independencia, debía granjear las voluntades de los que residían en aquellos países, y de cuya ayuda había reportado colmados frutos. Lo dificultoso era arreglar en la práctica la declaración de la igualdad. Regiones extendidas, como las de América, con variedad de castas, con desvío entre estas y preocupaciones, ofrecían en el asunto problemas de no fácil resolución. Agregábase la falta de estadísticas, la diferente y confusa división de provincias y distritos, y el tiempo que se necesitaba para desenmarañar tal laberinto, cuando la pronta convocación de cortes no daba vagar, ni para pedir noticias a América, ni para sacar de entre el polvo de los archivos las mancas y parciales que pudieran averiguarse en Europa.
Por lo mismo, la junta central, en el primer decreto que publicó sobre cortes en 22 de mayo de 1809, contentose con especificar que la comisión encargada de preparar los trabajos acerca de la materia viese «la parte que las Américas tendrían en la representación nacional.» Cuando en enero de 1810 expidió la misma junta a las provincias de España las convocatorias para el nombramiento de cortes, acordó también un decreto en favor de la representación de América y Asia, limitándose a que fuese supletoria, compuesta de 26 individuos escogidos entre los naturales de aquellos países residentes en Europa, y hasta tanto que se decidiese el modo más conveniente de elección. No se imprimió este decreto, y solo se mandó insertar un aviso en la Gaceta del mismo 7 de enero dando cuenta de dicha resolución, confirmada después por la circular que, al despedirse, promulgó la central sobre celebración de cortes.
No bastaba para satisfacer los deseos de la América tan escasa y ficticia representación, por lo cual adoptose igualmente un medio que si no era tan completo como el decretado para España, se aproximaba al menos a la fuente de donde ha de derivarse toda buena elección. Tomose en ello ejemplo de lo determinado antes por la central, cuando llamó a su seno individuos de los diversos virreinatos y capitanías generales de ultramar, medida que no tuvo cumplido efecto a causa de la breve gobernación de aquel cuerpo. Según dicho decreto, no publicado sino en junio de 1809, los ayuntamientos, después de nombrar tres individuos, debían sortear uno y remitir el nombre del que fuese favorecido por la fortuna al virrey o capitán general, quien reuniendo los de los candidatos de las diversas provincias, tenía que proceder con el real acuerdo a escoger tres y en seguida sortearlos, quedando elegido para individuo de la junta central el primero que saliese de la urna. Así se ve que el número de los nombrados se limitaba a uno solo por cada virreinato o capitanía general.
Conservando en el primer grado el mismo método de elección, había dado la regencia, en 14 de febrero, mayor ensanche al nombramiento de diputados a cortes. Los ayuntamientos elegían en sus provincias sus representantes, sin necesidad de acudir a la aprobación o escogimiento de las autoridades superiores, de manera que, en vez de un solo diputado por cada virreinato o capitanía general, se nombraron tantos cuantas eran las provincias, con lo que no dejó de ser bastante numerosa la diputación americana que poco a poco fue aportando a Cádiz, aun de los países más remotos, y compuso parte muy principal de aquellas cortes.
Elección de suplentes.
No estorbó esto que, aguardando la llegada de los diputados propietarios, se llevase a efecto en Cádiz el nombramiento de suplentes, así respecto de las provincias de ultramar como también de las de España, cuyos representantes no hubiesen todavía acudido, impedidos por la ocupación enemiga o por cualquiera otra causa que hubiese motivado la dilación. Para América y Asia, en vez de 26 suplentes resolvió la regencia se nombrasen dos más, accediendo a varias súplicas que se le hicieron; para la península debía elegirse uno solo por cada una de las provincias indicadas. Tocaba desempeñar encargo tan importante a los respectivos naturales, en quienes concurriesen las calidades exigidas en el decreto e instrucción de 1.º de enero. La regencia había el 19 de agosto determinado definitivamente este asunto de suplentes, conviniendo en que la elección se hiciese en Cádiz, como refugio del mayor número de emigrados. Publicó el 8 de septiembre un edicto sobre la materia, y nombró ministros del consejo que preparasen las listas de los naturales de la península y de América que estuviesen en el caso de poder ser electores.
Opinión sobre esto en Cádiz.
Aplaudieron todos en Cádiz el que hubiese suplentes, lo mismo los apasionados a novedades que sus adversarios. Vislumbraban en ello unos carrera abierta a su noble ambición, esperaban otros conservar así su antiguo influjo y contener el ímpetu reformador. Entre los últimos se contaban consejeros, antiguos empleados, personas elevadas en dignidad que se figuraban prevalecer en las elecciones y manejarlas a su antojo, asistidos de su nombre y de su respetada autoridad. Ofuscamiento de quien ignoraba lo arremolinadas que van, aun desde un principio, las corrientes de una revolución.
Parte que toma la mocedad.
En breve se desengañaron, notando cuán perdido andaba su influjo. Levantáronse los pechos de la mocedad, y desapareció aquella indiferencia a que antes estaba avezada en las cuestiones políticas. Todo era juntas, reuniones, corrillos, conferencias con la regencia, demandas, aclaraciones. Hablábase de candidatos para diputados, y poníanse los ojos, no precisamente en dignidades, no en hombres envejecidos en la antigua corte o en los rancios hábitos de los consejos u otras corporaciones, sino en los que se miraban como más ilustrados, más briosos y más capaces de limpiar la España de la herrumbre que llevaba comida casi toda su fortaleza.
Los consejeros nombrados para formar las listas, lejos de tropezar, cuando ocurrían dudas, con tímidos litigantes o con sumisos y necesitados pretendientes, tuvieron que habérselas con hombres que conocían sus derechos, que los defendían y aun osaban arrostrar las amenazas de quienes antes resolvían sin oposición y con el ceño de indisputable supremacía.
Enojo de los enemigos de reformas.
Desde entonces, muchos de los que más habían deseado el nombramiento de suplentes empezáronse a mostrar enemigos, y por consecuencia adversarios de las mismas cortes. Fuéronlo sin rebozo luego que se terminaron dichas elecciones de suplentes. Se dio principio a estas el 17 de septiembre, y recayeron por lo común los nombramientos de diputados en sujetos de capacidad y muy inclinados a reformas.
Número que acude a las elecciones.
Presidieron las elecciones de cada provincia de España individuos de la cámara de Castilla, y las de América Don José Pablo Valiente, del consejo de Indias. Hubo algunas bastante ruidosas, culpa en parte de la tenacidad de los presidentes y de su mal encubierto despecho, malogrados sus intentos. De casi ninguna provincia de España hubo menos de 100 electores, y llegaron a 4000 los de Madrid, todos en general sujetos de cuenta; infiriéndose de aquí que, a pesar de lo defectuoso de este género de elección, era más completa que la que se hacía por las ciudades de voto en cortes, en que solo tomaban parte 20 o 30 privilegiados, esto es, los regidores.
Temores de la regencia.
Como al paso que mermaban las esperanzas de los adictos al orden antiguo, adquirían mayor pujanza las de los aficionados a la opinión contraria, temió la regencia caer de su elevado puesto, y buscó medios para evitarlo y afianzar su autoridad. Pero, según acontece, los que escogió no podían servir sino para precipitarla más pronto. Restablecen todos los consejos. Tal fue el restablecer todos los consejos bajo la planta antigua por decreto de 16 de septiembre. Imaginó que como muchos individuos de estos cuerpos, particularmente los del consejo real, se reputaban enemigos de la tendencia que mostraban los ánimos, tendría en sus personas, ahora agradecidas, un sustentáculo firme de su potestad ya titubeante. Cuenta en que gravemente erró. La veneración que antes existía al consejo real había desaparecido, gracias a la incierta y vacilante conducta de sus miembros en la causa pública y a su invariable y ciega adhesión a prerrogativas y extensas facultades. Inoportuno era también el momento escogido para su restablecimiento. Las cortes iban a reunirse, a ellas tocaba la decisión de semejante providencia. Tampoco lo exigía el despacho de los negocios, reducida ahora la nación a estrechos límites, y resolviendo por sí las provincias muchos de los expedientes que antes subían a los consejos. Así apareció claro que su restablecimiento encubría miras ulteriores, y quizá se sospecharon algunas más dañadas de las que en realidad había.
Quiere el consejo real intervenir en las cortes.
El consejo real desviviose por obtener que su gobernador o decano presidiese las cortes, que la cámara examinase los poderes de los diputados, y también que varios individuos suyos tomasen asiento en ellas bajo el nombre de asistentes. Tal era la costumbre seguida en las últimas cortes, tal la que ahora se intentó abrazar, fundándose en los antecedentes y en el texto de Salazar, libro sagrado a los ojos de los defensores de las prerrogativas del consejo. No lo consigue. Mas al columbrar el revuelo de la opinión, delirio parecía querer desenterrar usos tan encontrados con las ideas que reinaban en Cádiz y con las que exponían los diputados de las provincias que iban llegando, quienes, fuesen o no inclinados a las reformas, traían consigo recelos y desconfianzas acerca de los consejos y de la misma regencia.
Señala el 24 de septiembre para la instalación de cortes.
De dichos diputados, varios arribaron a Cádiz en agosto, otros muchos en septiembre. Con su venida se apremió a la regencia para que señalase el día de la apertura de cortes, reacia siempre en decidirse. Tuvo aun para ello dificultades, provocó dudas, repitió consultas, mas al fin fijole para el 24 de septiembre.
Comisión de poderes.
Determinó también el modo de examinar previamente los poderes. Los diputados que habían llegado fueron de parecer que la regencia aprobase por sí los poderes de seis de entre ellos, y que luego estos mismos examinasen los de sus compañeros. Bien que forzada, dio la regencia su beneplácito a la propuesta de los diputados, mas en el decreto que publicó al efecto, decía que obraba así, «atendiendo a que estas cortes eran extraordinarias, sin intentar perjudicar a los derechos que preservaba a la cámara de Castilla.» Los seis diputados escogidos para el examen de poderes fueron el consejero D. Benito de Hermida, por Galicia; el marqués de Villafranca, grande de España, por Murcia; D. Felipe Amat, por Cataluña; Don Antonio Oliveros, por Extremadura; el general Don Antonio Samper, por Valencia; y Don Ramón Power, por la isla de Puerto Rico. Todos eran diputados propietarios, incluso el último, único de los de ultramar que hubiese todavía llegado de aquellos apartados países.
Congojosa esperanza de los ánimos.
Concluidos los actos preliminares, ansiosamente y con esperanza varia aguardaron todos a que luciese aquel día 24 de septiembre, origen de grandes mudanzas, verdadero comienzo de la revolución española.

RESUMEN
DEL
LIBRO DECIMOTERCERO.

Instalación de las cortes generales y extraordinarias. — Publicidad de sus sesiones. — Malos intentos de la regencia. — Conducta mesurada y noble de las cortes. — Nombramiento de presidente y secretarios. — Proposiciones del señor Muñoz Torrero. — Primera discusión muy notable. — Los discursos pronunciados de palabra. — Engaño de la regencia. — Palabras de Lardizábal. — Decreto de 24 de septiembre. — Opiniones diversas acerca de este decreto, y su examen. — Número de diputados que concurrieron el primer día. — Aplausos que de todas partes reciben las cortes. — Tratamiento. — Aclaración pedida por la regencia. — Debate sobre las facultades de la potestad ejecutiva. — Empleos conferidos a diputados. — Proposición del señor Capmany. — Juicio acerca de ella. — Elecciones de Aragón. — El duque de Orleans quiere hablar a la barandilla de las cortes. — Relación sucinta de este suceso. — Altercado con el obispo de Orense sobre prestar el juramento. — Sométese al fin el obispo. — Revueltas de América. — Sus causas. — Levantamiento de Venezuela. — Levantamiento de Buenos Aires. — Juicio acerca de estas revueltas. — Medidas tomadas por el gobierno español. — Providencia fraguada acerca del comercio libre. — Nómbrase a Cortavarría para ir a Caracas. — Jefes y pequeña expedición enviada al Río de la Plata. — Ocúpanse las cortes en la materia. — Decreto de 15 de octubre. — Discusión sobre la libertad de la imprenta. — Reglamento por el que se concedía la libertad de la imprenta. — Su examen. — Lo que se adopta para los juicios en lugar del jurado. — Promúlgase la libertad de la imprenta. — Partidos en las cortes. — Remueven las cortes a los individuos de la primera regencia. — Causas de ello. — Nómbrase una nueva regencia de tres individuos. — Suplentes. — Incidente del marqués del Palacio. — Discusión que esto motiva. — Término de este negocio. — Ciertos acontecimientos ocurridos durante la primera regencia, y breve noticia de los diferentes ramos. — Monumento mandado erigir por las cortes a Jorge III. — Sigue la relación de algunos acontecimientos ocurridos durante la primera regencia. — Modo de pensar de los nuevos regentes. — Varios decretos de las cortes. — Nómbrase una comisión especial para formar un proyecto de constitución. — Voces acerca de si se casaba o no en Francia Fernando VII. — Proposiciones sobre la materia de los señores Capmany y Borrull. — Discusión. — Nuevas discusiones sobre América. — Alborotos en Nueva España. — Decretos en favor de aquellos países. — Providencias en materia de guerra y hacienda. — Cierran las cortes sus sesiones en la Isla. — Fiebre amarilla. — Fin de este libro.

HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
