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Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

LIBRO I. (continued 2)

Diego Gracián translation

»Ahora bien, lacedemonios: vosotros solos de todos los griegos estáis quietos, y en ocio, y en reposo, no queriendo vengar la violencia con la fuerza sino con tardanza; ni resistir las violencias de vuestros enemigos cuando comienzan y son sencillas, sino cuando ya están firmes y dobladas. Y diciendo que estáis seguros, tenéis más fuertes las palabras que las obras. Esta costumbre no la tenéis ahora de nuevo, pues bien sabemos que los medos que venían del fin del mundo entraron en el Peloponeso, antes que vosotros les salierais al encuentro como vuestra honra y dignidad requerían. Ahora no hacéis caso de los atenienses que no están lejos de vosotros como los medos, sino vecinos y cercanos. Y tenéis por mejor resistirles cuando os vengan a acometer que acometerles primero; poniéndoos en peligro de pelear con aquellos cuando sean más fuertes y poderosos que eran antes; sabiendo de cierto que la victoria que alcanzamos contra aquellos bárbaros medos fue en gran parte por falta de ellos, a causa de su adversa fortuna, y asimismo que si los atenienses, en la guerra que tuvieron contra nosotros, fueron vencidos, antes fue por sus yerros que no por nuestra valentía. Y también os debéis acordar que muchos de los nuestros por confiar en vuestro favor y ayuda, fueron oprimidos y destruidos. No penséis que decimos esto por odio y enemistad que tengamos a los atenienses, sino antes por la queja que de vosotros tenemos; porque la queja es de amigos a amigos que no hacen su deber como amigos; y la acusación es de enemigos contra enemigos, cuando los han injuriado. Y ciertamente si algunos hay en el mundo que os puedan echar en cara no haberles ayudado ni defendido, y que con razón se puedan quejar de sus amigos y prójimos, nosotros somos: pues contendiendo sobre cosas de tanta importancia, ni parece que lo sentís, ni consideráis con qué gentes tengamos diferencias, es a saber, con los atenienses, que siempre fueron vuestros adversarios, amigos de novedades, muy agudos para inventar los medios de las cosas en su pensamiento, y más diligentes para ejecutar las ya pensadas y ponerlas en obra. Y en cuanto a lo que vosotros toca, estando contentos de conservar lo que tenéis de presente, no pensáis emprender cosa de nuevo. Y aun para poner en ejecución las cosas necesarias sois negligentes, por lo que ellos vienen a tener más osadía que sus fuerzas requieren; se exponen a más peligro que nadie puede pensar, y en las grandes y difíciles empresas tienen siempre buena esperanza.

»Mas vosotros tenéis menos corazón para emprender las cosas que fuerzas y poder para ejecutarlas. De aquí viene que en las empresas donde no hay peligro, desconfiáis de vuestros pareceres y ponéis dificultad, y pensáis que nunca habéis de salir de trabajos. Además ellos son diligentes contra vosotros; por el contrario, vosotros perezosos; ellos andan siempre peregrinando fuera de su tierra, vosotros os estáis sentados en vuestras casas: que peregrinando ganan, y adquieren con su ausencia; y vosotros si salís fuera de vuestra tierra, os parece que lo que dejáis en ella queda perdido. Ellos cuando han vencido a sus enemigos pasan adelante, y prosiguen la victoria, y cuando son vencidos no desmayan ni pierden un quilate de su corazón.

»En las cosas que tocan al bien de la república usan de sus propios pareceres y consejos, y aventuran sus cuerpos como si fuesen de los más extraños del mundo. Y si no salen con lo que emprendieron en su pensamiento, piensan que lo pierden de su propia hacienda. Todo lo que han adquirido por fuerzas de armas lo tienen en poco, en comparación de aquello que piensan adquirir. Si intentan alguna cosa, y no salen con ella como esperaban, procuran reparar la pérdida con otra nueva ganancia. Ellos solos porque son diligentes ponen en obra lo que determinan. Y entre trabajos y peligros afanan toda la vida, sin gozar mucho tiempo de lo que han ganado, con codicia de adquirir más. Tienen por fiesta el día en que hacen aquello que les cumple[17], y por cierto que el descanso sin provecho es más dañoso a la persona, que el trabajo sin descanso. De manera que por abreviar razones, si alguno dijese que por su natural son de tal condición que ni reposan, ni dejan reposar a los otros, acertaría en lo que dijese. Teniendo una ciudad como esta por vuestra contraria y enemiga, decid, varones lacedemonios, ¿por qué tardáis pensando que tales hombres estarán ociosos y quedos? No faltándoles recursos, no dejarán de emprender cualquier negocio. Cuando son injuriados resisten a sus contrarios sin dar a nadie ventaja. Así también vosotros obraréis con justicia e igualdad, si no hiciereis mal o daño a otro, ni permitiereis que otros os lo hagan, lo cual apenas podréis alcanzar teniendo por vecina a otra ciudad tan poderosa como la vuestra. Queréis ahora, según arriba declaramos, ejercitar las costumbres antiguas contra los atenienses, siendo necesario tener respeto a las cosas recientes y modernas como se usa en cualquier arte. Porque así como a la ciudad que tiene quietud y seguridad, le conviene no mudar las leyes y costumbres antiguas, así también a la ciudad que es apremiada y maltratada de otras, le cumple inventar e imaginar cosas nuevas para defenderse; y esta es la causa por que los atenienses, a causa de la mucha experiencia que tienen, procuran siempre novedades.

»Por tanto, varones lacedemonios, dad fin a vuestra tardanza, y socorred a vuestros amigos y aliados, mayormente a los potidenses; entrad con toda brevedad en tierra de Atenas, no permitáis a vuestros amigos y parientes venir a manos de sus mortales enemigos, y que nosotros de pura desesperación vayamos a buscar otra amistad y compañía, dejando la vuestra, en lo cual no haremos cosa injusta ni contra los dioses, por quien juramos, ni contra los hombres que nos escuchan. Porque no quebrantan la fe y alianza aquellos que por ser desamparados de los suyos se pasan a otros, antes la quebrantan los que no socorren ni ayudan a sus amigos y confederados. Y si nos diereis esta ayuda y socorro que estáis obligados a dar, perseveraremos en la fe y lealtad que os debemos, pues si hiciésemos lo contrario, seríamos malos y perversos, y no podríamos hallar otros más favorables que vosotros. Consultad sobre todo esto, celebrad vuestro consejo, y haced de manera que no se pueda decir de vosotros que regís y gobernáis la tierra del Peloponeso con menos honra y reputación que vuestros padres y antepasados os la entregaron.»

De esta manera acabaron sus razonamientos los corintios.

VIII.

Discurso de los embajadores atenienses en el Senado de los lacedemonios defendiendo su causa.

Estaban a la sazón en Lacedemonia los embajadores de los atenienses que habían ido allí primero por otros negocios, y al oír la demanda de los corintios, parecioles que convenía a su honra defender su causa y hablar a los del Senado de Lacedemonia, no para responder a las querellas y acusaciones de los corintios contra los atenienses, sino por mostrar en general a los lacedemonios que no deberían tomar determinación sin que primero pensaran y consideraran bien la cosa: para darles a entender las fuerzas y poder de su ciudad, y por traer a la memoria a los ancianos lo que ya habían sabido y entendido, y a los mancebos aquello de que aún no tenían experiencia; pensando que cuando los lacedemonios hubiesen oído sus razones, se inclinarían más a la paz y sosiego, que no a comenzar la guerra. Por tanto, llegados ante el Senado dijeron que querían hablar en público, si les daban audiencia. Los lacedemonios les mandaron que entrasen, y los embajadores hablaron de esta manera:

«No hemos venido como embajadores, para tener contienda con nuestros amigos y aliados: antes como bien sabéis vosotros, varones lacedemonios, nuestra ciudad nos envió a tratar otros negocios de la república. Pero oyendo las grandes querellas de las otras ciudades contra la nuestra, nos presentamos a vuestra presencia, no para responder a sus demandas y acusaciones, pues vosotros no sois nuestros jueces, ni suyos, sino para que no deis crédito de plano a lo que os dicen contra nosotros, ni procedáis de ligero en asunto de tanta importancia a determinar otra cosa de lo que conviene. También porque os queremos dar cuenta y razón de nuestros hechos: que aquello que tenemos y poseemos al presente, lo hemos adquirido justamente y con derecho: y que asimismo nuestra ciudad es digna y merecedora de que se haga gran caso y estima de ella. No es menester aquí contaros los hechos antiguos, de que puede ser testigo la fama para los que los oyeron aunque no los viesen.

»Solamente hablaremos de lo que aconteció en la guerra de los medos: y lo que sabéis muy bien vosotros todos, que aunque sea molesto, y enojoso repetirlo, es necesario decirlo. Y si lo que entonces hicimos con tanto daño nuestro, exponiéndonos a todo peligro, redundó en el provecho común de toda Grecia, de que también a vosotros cupo buena parte, ¿por qué hemos de ser privados de nuestra honra? Lo cual es bien que se diga, no tanto para responder a la acusación de estos, y justificar nuestra intención, cuanto para testificaros y mostraros claramente contra qué ciudad movéis contienda, si no usáis de buen consejo. Decimos, pues, en cuanto a lo primero, que en la batalla de los campos de Maratón, solos nosotros pusimos en peligro nuestras vidas contra los bárbaros. Y cuando volvieron la segunda vez no siendo bastantes nuestras fuerzas por tierra, los acometimos por mar, y los vencimos con nuestra armada junto a Salamina. Esta victoria les estorbó que pasasen adelante y destruyesen toda vuestra tierra del Peloponeso, pues las ciudades de ella no eran bastantes para defenderse contra tan gran armada como la suya. De esto puede dar buen testimonio el mismo rey de los bárbaros, que vencido por nosotros, y conociendo que no volvería a reunir tan gran poder, partió apresuradamente con la mayor parte de su ejército. Viéndose claramente en esto, que las fuerzas y el hecho de toda Grecia consistían en la armada naval: socorrimos con tres cosas, las más útiles y provechosas que podían ser, a saber: con gran número de naves, con un capitán sabio y valeroso, y con los ánimos osados y determinados de muy buenos soldados; porque teníamos cerca de cuatrocientos barcos que eran las dos terceras partes de la armada de Grecia, el capitán fue Temístocles, el principal autor del consejo de que la batalla se diese en lugar estrecho: y esto sin duda fue causa de la salvación de toda Grecia. Por eso vosotros le hicisteis más honra que a ninguno otro de los extranjeros que a vuestra tierra vinieron. El ánimo y corazón osado y determinado, bien claramente lo mostramos, pues viendo que no teníamos socorro ninguno por tierra, y que los enemigos habían ganado y conquistado todas las otras gentes hasta llegar a nosotros, decidimos abandonar nuestra ciudad, y dejamos destruir nuestras casas y perder nuestras haciendas, no para desamparar a nuestros amigos y aliados, o para acudir a diversas partes (que haciéndolo así no les podíamos aprovechar en cosa alguna), sino para meternos en la mar y exponernos a todo riesgo y peligro, sin cuidarnos del enojo que teníamos con vosotros, y con razón, porque no habíais venido en nuestra ayuda antes. Por tanto, podemos decir con verdad, que tenemos bien merecido de vosotros por el bien que entonces os proporcionamos, lo que ahora pedimos. Porque vosotros estando en vuestras villas pobladas, teniendo vuestras casas y haciendas y vuestros hijos y mujeres, por temor de perderlos vinisteis en nuestro auxilio, no tanto por nuestra causa, cuanto por la vuestra, y después que os visteis en salvo, no curasteis más de ayudarnos, mientras nosotros dejando nuestra ciudad, que ya no se parecía a la que antes era, por socorrer la vuestra, con alguna pequeña esperanza nos expusimos a peligro, y salvamos a vosotros y a nosotros juntamente. Pues de someternos al rey de los medos, como hicieron en otras tierras, por temor de ser destruidos, o si después que dejamos nuestra ciudad no osáramos meternos en mar, sino que como gente ya perdida y sin remedio nos retiráramos a lugares seguros, no fuera menester (pues no teníamos los barcos necesarios), que les diéramos la batalla por mar, sino que consintiéramos a los enemigos que, sin pelear, hicieran lo que quisiesen.

»Así, pues, nos parece varones lacedemonios, que por aquella nuestra animosidad y prudencia somos merecedores de tener el señorío que al presente poseemos: del cual no les debe pesar, ni deben tener envidia los griegos, pues no le tomamos, ni ocupamos por fuerza ni tiranía, sino porque vosotros no osasteis esperar a los bárbaros enemigos, ni perseguirlos: y también porque nos vinieron a rogar nuestros amigos y aliados que fuésemos sus caudillos, y los amparásemos y defendiésemos.

»El mismo hecho nos obligó a conservar y acrecentar nuestro señorío desde entonces hasta ahora. Primeramente por el temor y después por nuestra honra: y al fin y a la postre por nuestro provecho. Así, pues, viendo la envidia que muchas gentes nos tienen: y que algunos de nuestros súbditos y aliados, que antes habíamos castigado, se han levantado y rebelado contra nosotros, y también que vosotros no os mostráis al presente tan amigos nuestros como antes, sino recelosos y muy diferentes, no nos parece atinado que ahora por aflojar de nuestro propósito, corriésemos peligro: porque aquellos que se nos rebelaran, se pasarían a vosotros. Por tanto a todos les debe parecer bien, que cuando uno se ve en peligro, procure mirar por su provecho y salvación. Y aunque vosotros los lacedemonios regís y gobernáis a vuestro provecho las ciudades y villas que tenéis en toda la tierra del Peloponeso: si hubierais continuado en vuestro mando y señorío desde la guerra de los medos como nosotros, no pareceríais menos odiosos y pesados que nosotros lo parecemos a nuestros súbditos y aliados; y os veríais forzados a una de dos cosas, o a ser notados de muy ásperos, y rigurosos en el mando y gobernación de vuestros súbditos, o a poner en peligro vuestro estado.

»Ninguna cosa hicimos de que os debáis maravillar, ni menos ajena de la costumbre de los hombres, si aceptamos el mando y señorío que nos fue dado, y no le queremos dejar ahora por tres grandes causas que a ello nos mueven, es a saber: por la honra, por el temor y por el provecho; además nosotros no fuimos los primeros en ejercerlo, que siempre fue y se vio que el menor obedezca al mayor, y el más flaco al más fuerte. Nosotros, por el consiguiente, somos dignos y merecedores de ello, y lo podemos hacer así, según nuestro parecer, y aun según el vuestro, si queréis medir el provecho con la justicia y la razón. Nadie antepuso jamás la razón al provecho de tal modo que, ofreciéndosele alguna buena ocasión de adquirir y poseer algo más por sus fuerzas, lo dejase. Y dignos de loa son aquellos que, usando de humanidad natural, son más justos y benignos en mandar y dominar a los que están en su poder, como nosotros hacemos. Por lo cual pensamos que si nuestro mando y señorío pasara a manos de otros, conocerían claramente los que de nosotros se quejan nuestra modestia y mansedumbre, aunque por esta nuestra bondad y humanidad antes se nos deshonra que se nos alaba, cosa ciertamente indigna y fuera de toda razón. Usamos las mismas leyes en las causas y contratos con nuestros súbditos y aliados, que con nosotros mismos: y porque litigamos con ellos, pudiendo ser jueces, nos tienen por revoltosos y amigos de pleitos. Ninguno de ellos considera que no hay gente en el mundo que más humana y benignamente trate a sus súbditos y aliados que nosotros: y no les censuran ser pleiteantes como a nosotros; porque siéndoles lícito usar de fuerza con ellos, no han menester procesos, ni litigios, ni contiendas. Pero nuestros aliados por estar acostumbrados a tratar con nosotros igualmente por justicia si los enojan en cosa alguna por pequeña que sea de hecho, o de palabra, por razón del señorío, donde a su parecer les quitan algo, no dan gracias porque no les quitaron más, cuando lo pudieran quitar de lo que no es suyo: antes les pesa tanto por lo poco que les falta, como si nunca les tratáramos conforme a derecho y justicia, sino claramente por avaricia y por robos. En tales casos no debían atreverse a murmurar ni a contradecirnos, pues no conviene que el inferior se desmande contra su superior.

»Vemos, pues, evidentemente, que los hombres más razón tienen de ensañarse cuando les hacen injuria que cuando les tratan por fuerza, porque al injuriarles se entiende que hay igualdad de justicia de ambas partes, mas cuando interviene fuerza, bien se ve que hay superior que la hace por su voluntad. De aquí que nuestros súbditos cuando estaban sujetos a los medos sufrían con paciencia su yugo por duro que fuese, y ahora nuestro mando les parece más áspero, lo cual no es de maravillar, porque los súbditos siempre tienen por pesado cualquier yugo presente. Aun vosotros mismos si por ventura los hubierais vencido y dominado, el amor y bienquerencia que habríais adquirido de ellos, por miedo que os tuviesen lo convertirían en odio y malquerencia contra vosotros, sobre todo si observarais igual conducta que en aquel poco tiempo que fuisteis caudillos de los griegos en la guerra contra los medos, no aplicando vuestras leyes y costumbres a ninguna otra región, ni usando cualquier capitán vuestro que sale de su tierra las mismas costumbres que antes, ni las que usa el resto de Grecia.

»Tened, pues, varones lacedemonios maduro consejo, y consultad muy bien primero estas cosas, que son de tanta importancia, no escojáis trabajo para vosotros por dar crédito de ligero a los pareceres y acusaciones de los otros. Antes de comenzar la guerra pensad cuán grande es y de cuanta importancia: y los daños y peligros que os pueden seguir, porque en una larga guerra hay muchas fortunas y azares de que al presente estamos libres unos y otros, y no sabemos cuál de las dos partes peligrará. Ciertamente los hombres muy codiciosos de declarar la guerra, hacen primero lo que deberían hacer a la postre, trastornando el orden de la razón, porque comienzan por la ejecución y por la fuerza, que ha de ser lo último y posterior a haberlo muy bien pensado y considerado: y cuando les sobreviene algún desastre se acogen a la razón. Ni estamos en este caso ni os vemos en él. Por tanto, os decimos y amonestamos, que mientras la elección del buen consejo está en vuestra mano y en la nuestra, no rompáis las alianzas y confederaciones, ni traspaséis los juramentos, antes averigüemos y determinemos nuestras diferencias por justicia, según el tratado y convención que hay entre nosotros. De otra manera tomamos a los dioses, por quien juramos, por testigos, que trabajaremos, y procuraremos vengarnos de los que comenzaren la guerra, y fueren autores de ella.»

Con esto los atenienses acabaron su discurso.

IX.

Discurso de Arquidamo rey de los lacedemonios disuadiendo a estos de declarar guerra a los atenienses.

Cuando los lacedemonios oyeron las querellas de sus aliados los corintios contra los atenienses, y las razones y disculpas de estos, mandáronles salir fuera del Senado, y consultaron entre sí mismos lo que deberían proveer al presente. Muchos fueron de parecer que los atenienses habían sido los culpados, injuriando a la otra parte y que por eso les debían declarar la guerra sin más tardanza. Entonces el rey Arquidamo, reputado por hombre muy sabio y prudente: se levantó y habló de esta manera:

«Tengo práctica y experiencia de muchas guerras, varones lacedemonios, y veo que algunos de vosotros contáis tal edad que podéis haber estado en ellas, de lo cual deduzco que ninguno por no ser práctico y por poco saber codicie la guerra, como sucede a muchos por no haberla experimentado, ni mucho menos la tenéis por buena ni por segura. Pero si alguno quisiere pensar y considerar con razón y prudencia esta guerra, sobre que vosotros consultáis al presente, hallara que no es de pequeña importancia. Contra los peloponesios y contra las otras gentes vecinas y comarcanas de nuestra ciudad, nuestras fuerzas serían iguales a las suyas, y bastantes para que pronto pudiésemos salir a hacerles guerra; pero contra hombres que habitan en tierras lejanas, muy diestros y experimentados en la mar, y muy provistos y abastecidos de todas las cosas necesarias, es decir, de bienes y riquezas en común y en particular, barcos, caballos, armas y gente de guerra más que en ningún otro lugar de toda Grecia, y además de muchos amigos y aliados que tienen por súbditos y tributarios ¿cómo o por qué vía debemos tomar la guerra contra ellos, o con qué confianza, viéndonos desprovistos de todas las cosas necesarias para acometerles pronto? ¿Por ventura les atacaremos por mar? Ellos tienen muchos más barcos que nosotros, y para aprestar armada contra ellos, es menester tiempo. ¿Por ventura con dinero? En esto su ventaja es mayor, porque ni lo tenemos en común, ni medio para poderlo haber de los particulares.

»Si alguno dice que en armas y en multitud de gente les llevamos ventaja, para que, entrando en su tierra, les podamos hacer mal, a esto respondo que tienen otra mayor tierra que la suya, la cual dominan, y que por mar podrán traer todas las cosas necesarias. Si intentamos hacer que sus súbditos y aliados se les rebelen, será menester socorrer a estos rebeldes con naves, porque la mayor parte habitan en islas. Luego ¿qué guerra será la nuestra? Que si no les sobrepujamos en armada o no les quitamos las rentas con que entretienen y mantienen la suya, más daño haremos a nosotros que a ellos con la guerra. Cuanto más que tampoco nos será honroso apartarnos de ella entonces, habiendo sido los primeros en empezarla. Ni tengamos esperanzas que se acabará pronto, habiéndoles destruido y talado sus tierras: porque por esto mismo debemos temer, que la dejaremos mayor para adelante a nuestros hijos y descendientes, que no es de creer que los atenienses son de tan poco ánimo, que por ver su tierra destruida, se rindan a nosotros o se espanten de la guerra como hombres poco experimentados.

»Ni tampoco soy tan simple que os mande y aconseje que dejéis maltratar y ultrajar a vuestros amigos y aliados, y que no curéis de castigar aquellos que os traman asechanzas y traiciones. Solamente digo que no toméis en seguida las armas, y que enviéis primero a ellos vuestras quejas y agravios para que os desagravien conforme a razón, no declarándoles de pronto la guerra, sino mostrándoles que no sufriréis injurias, y que antes acudiréis a la guerra que permitirlas. Y entretanto, tendréis tiempo de preparar las cosas y de reunir nuestros amigos y aliados, así griegos como bárbaros, los que pudieren ayudarnos con barcos o con dinero; pues a la verdad es lícito a todos aquellos que son ultrajados por asechanzas y traiciones, como lo somos nosotros de los atenienses, tomar en su amistad y alianza, no solamente a los griegos, sino también a los bárbaros, para que les ayuden a guardar y conservar su estado; y por este medio podremos ejercitar nuestra gente y proveernos de vituallas y otras cosas necesarias.

»Si quisieren oír nuestra demanda, harto bien será, y si no, habrán ya pasado en estos negocios dos o tres años, y en este espacio de tiempo estando nosotros más apercibidos les podremos hacer la guerra mucho mejor y con menor peligro. Cuando vieren que nuestros aprestos de guerra se acomodan a las razones que les damos y que son bastante para poner en ejecución lo que de palabra les exponemos, se inclinarán más a otorgar nuestra demanda, teniendo aún salva su tierra, y viendo que las cosas que de presente poseen no están robadas ni destruidas por sus enemigos. Ni debéis pensar que estando sus tierras salvas, bajo su poder y entre sus manos, las tenéis tan ciertas como si las tuvieseis en rehenes, y tanto más ciertas cuanto estuvieren mejor labradas, pues por esta razón nos debemos guardar más de destruirlas, para que no desesperen y acometan por donde nunca pueden ser vencidos. Si ahora estando desapercibidos como estamos, queremos destruir sus tierras solamente por inducirnos nuestros amigos y aliados los peloponesios y por satisfacer su apetito y querellas, es de temer que antes les hagamos más mal que bien a los mismos peloponesios, y que en adelante redunde en su daño y deshonra; porque las diferencias y querellas, ora sean públicas, ora particulares, se pueden componer y apaciguar, mas la guerra que una vez comenzáramos todos en general por causa de algunos particulares, no se sabe en qué ha de parar, ni si fácilmente la podremos dejar con honra. Si le pareciere a alguno ser cobardía que muchas ciudades juntas no osen acometer de pronto a una sola, sepa que los atenienses también tienen sus amigos y aliados no menos que nosotros, y aun tributarios, que les proveen de dinero, lo que no hacen los nuestros. La guerra consiste no solamente en las armas, sino también en el dinero, por medio del cual las armas pueden ser útiles y muy provechosas: que si no hay dinero para los gastos por demás son las gentes de guerra, y las armas, no habiendo con qué entretenerlas y sustentarlas, mayormente hombres mediterráneos de tierra firme, como somos nosotros, contra los de mar. Conviene, pues, ante todas cosas que nos proveamos de lo necesario para los gastos, y no nos movamos de ligero por las palabras de nuestros aliados y compañeros; pues, a la verdad, así como el bien o mal que nos viniere en su mayor parte se nos atribuirá antes que a ellos, así también debemos considerar despacio el fin que podrán tener las cosas. Y no debéis tener vergüenza ninguna por la tardanza y dilación de que nos acusan, porque si os apresuráis a comenzar la guerra antes que estéis apercibidos para ella, tened por cierto que la acabaréis más tarde. Nuestra ciudad ha sido siempre tenida y estimada de todos por gloriosa, franca y muy libre, y esta dilación y tardanza se nos atribuirá a prudencia y constancia, por las cuales solo nosotros, entre todas las naciones, ni nos ensoberbecemos con la prosperidad, ni con la adversidad desmayamos. Ni hinchados con el deleite de vanagloria por las loas de otros nos movemos de ligero a emprender cosas difíciles, ni tampoco porque alguno nos acuse con saña seremos inducidos a pesar ni tristeza, sino que mediante nuestra modestia y templanza somos belicosos, y cuerdos, y avisados. Belicosos, porque de la modestia nace la vergüenza y el temor de la honra, y de esta nace la magnanimidad; cuerdos y avisados, porque desde nuestra niñez fuimos enseñados a serlo; que de necios es menospreciar las leyes, y de cuerdos obedecerlas, aunque traigan dificultad y aspereza consigo.

»Además, no nos desvelamos como otros por cosas de poco provecho, es a saber, por grandes arengas y palabras atildadas para vituperar y denostar las fuerzas y aparatos de guerra de los enemigos, y persuadir que se comience la guerra pronto, como si no hubiese en esto más que hacer; antes cuidamos de que los pensamientos de nuestros vecinos estén muy cercanos de los nuestros; que los casos y fortunas de guerra no dependen de lindas palabras. Por tanto, siempre nos aprestamos, con obras más que con palabras contra nuestros adversarios, como contra aquellos que están bien provistos de consejo; y no tengamos nuestra esperanza en que por sus yerros han de valer nuestras cosas, antes presumamos que ellos podrán también y tan seguramente proveer sus negocios como nosotros los nuestros. Ni tampoco debemos pensar que hay gran diferencia de un hombre a otro: sino que es más sabio y discreto aquel que muestra su saber en tiempo de necesidad. Así, pues, varones lacedemonios, guardad esta forma de vivir que os enseñaron vuestros mayores y antepasados, pues siguiéndola siempre fuimos aprovechando de bien en mejor. Y no os dejéis persuadir de que en un momento debáis consultar y determinar de las vidas y haciendas de muchos, y de la honra y gloria de muchas ciudades; antes al contrario, tratemos despacio de aquello que no es lícito tratar más que a todos por nuestras fuerzas y poder. Enviad vuestra embajada a los atenienses sobre lo que demandan los potidenses, haciéndoles declarar estas querellas e injurias que pretenden los otros aliados, tanto más que ellos ofrecen acudir a juicio, y los que esto prometen están en su derecho, no pudiendo ir contra ellos como contra culpados. Entretanto, preparad lo necesario para la guerra. Haciéndolo así usaréis de buen consejo, y a la vez pondréis temor y espanto a vuestros enemigos.»

X.

Discurso del éforo Estenelaidas por el cual se determinó la guerra contra los atenienses.

Con esto acabó Arquidamo su razonamiento, y después de hablar otros muchos se levantó el último de todos Estenelaidas, uno de los éforos, y habló a los lacedemonios de esta manera:

«Verdaderamente, varones lacedemonios, yo no puedo entender lo que quieren decir los atenienses en las muchas y largas razones que aquí han expuesto, pues no han hecho otra cosa sino alabarse y engrandecerse, y publicar sus hazañas, sin dar excusa alguna de las injurias y ultrajes que han hecho a nuestros amigos y aliados, y a toda la tierra del Peloponeso. Pues si ellos fueron algún tiempo buenos contra los medos como dicen, y ahora son malos con nosotros, dignos son de doblada pena, porque de buenos se han vuelto malos. Por lo que a nosotros toca, y también a aquellos que son como nosotros, ciertamente somos ahora como fuimos entonces, y por esto, si somos cuerdos, no debemos permitir que nuestros amigos y aliados sean los injuriados ni ultrajados, sino aumentar su número, ayudarles y socorrerles sin dilación alguna, pues tampoco la tienen los otros en hacerles mal y daño. Y si los otros tienen más dinero, más barcos, y más caballos que nosotros, nosotros tenemos buenos y esforzados amigos y compañeros, y tales que no merecen ser desamparados y dejados en manos y poder de los atenienses: ni esperemos a determinar sus causas y querellas por pleitos ni por palabras, pues han sido injuriados por obras, debiéndoles vengar pronto y con todas nuestras fuerzas. No es menester que ninguno nos enseñe lo que debemos consultar y determinar en este caso, pues nosotros somos los injuriados. Los que deben gastar tiempo en largas consultas son quienes quieren injuriar y ultrajar a los otros. Por tanto, varones lacedemonios, determinad por vuestros votos como acostumbráis, y declarad la guerra a los atenienses según conviene a la dignidad y reputación de vuestra tierra de Esparta: no dejando que los atenienses crezcan y se hagan mayores en fuerzas, ni desamparando a vuestros amigos y aliados: antes con la ayuda de los dioses tomemos las armas y vayamos contra aquellos que nos han injuriado.»

Cuando Estenelaidas acabó su discurso, propuso la votación por ser éforo al consejo de los lacedemonios, donde se acercaban los más, y había más voces, porque la costumbre de los lacedemonios es votar en alta voz. Siendo grande el clamor y vocear entre ellos por la diversidad de pareceres, dijo que no podía entender a cual parte se inclinaban las más voces y el mayor clamor. Y queriendo que más claramente mostrasen su parecer, por animarles más a la guerra, habló así:

«Los que de vosotros, lacedemonios, fueren de opinión y declararen que las confederaciones han sido rotas, y que los atenienses nos han hecho injuria, levántense, y pasen a aquella parte (mostrándoles con el dedo un lugar señalado en el Senado); y los que fueren de contraria opinión, pasen a la otra.»

Todos se levantaron y se repartieron en los dos lugares: y fueron hallados muchos más en número los que eran de parecer que las confederaciones y alianzas habían sido rotas y que debían declarar la guerra, que los otros. Esto así hecho, los lacedemonios mandaron llamar a los amigos y aliados, y dijéronles que eran de parecer que los atenienses habían hecho la injuria, pero que querían también tener el voto de todos los compañeros y aliados, para que de común acuerdo y parecer de todos se hiciese la guerra. Y acabado esto, los aliados y compañeros volvieron a sus casas para consultarlo con sus ciudades; y lo mismo hicieron los embajadores de los atenienses, después que tuvieron respuesta del Senado de aquello para que fueron enviados.

Este decreto del consejo de los lacedemonios, en que se determinó que las alianzas y confederaciones habían sido rotas, fue hecho y publicado el año catorce después de las treguas que se hicieron por treinta años, acabada la guerra de Eubea. Impulsó a los lacedemonios a hacer este decreto, no tanto el influjo de los aliados y compañeros, cuanto el temor de que los atenienses creciesen en fuerzas y poder, viendo que la mayor parte de Grecia estaba ya sujeta a ellos. Porque los atenienses acrecentaron su poder de la manera siguiente:

XI.

De cómo los atenienses, después de la guerra con los medos, reedificaron su ciudad y principió su dominación en Grecia.

Después que los medos partieron de Europa, vencidos por mar y tierra por los griegos, y después que aquellos que se escaparon por mar fueron muertos y destrozados junto a Mícala, Leotíquidas, rey de los lacedemonios, que era caudillo de los griegos en aquella jornada de Mícala, volvió a su casa con los griegos del Peloponeso que iban a sus órdenes. Mas los atenienses, con los de Jonia y los del Helesponto, que ya se habían rebelado y apartado del rey, se quedaron atrás y cercaron la ciudad de Sesto, que tenían en su poder los medos, quienes la abandonaron, tomándola los atenienses e invernando en ella.

Pasado el invierno, los atenienses partieron, navegando desde el estrecho mar del Helesponto, ya que los bárbaros medos habían salido de aquella tierra, y vinieron derechamente a las ciudades, donde habían dejado sus hijos y mujeres, y bienes muebles en guarda al comienzo de la guerra, y con ellos regresaron a la ciudad de Atenas, la reedificaron y repararon los muros que estaban casi todos derribados y arruinados, y lo mismo las casas que también estaban caídas las más, excepto algunas pocas que los principales de los bárbaros persas habían dejado enteras para alojarse en ellas.

Sabido esto por los lacedemonios, determinaron enviarles sus embajadores para impedírselo, así porque sufrían mal que ellos ni otros ningunos griegos tuviesen sus villas y ciudades cercadas de muros, como a instancia y por instigación de los aliados y compañeros, que también les pesaba esto, porque temían el poder de los atenienses, viendo que tenían más número de barcos que al comienzo de la guerra de los medos, y también porque después de esta guerra habían cobrado más ánimo y osadía que antes.

Los embajadores de los lacedemonios les exigieron que no reparasen sus muros, sino que mandasen derribar todos los de las otras villas, que estaban fuera de tierra del Peloponeso, y habían quedado sanos y enteros. Mas no les declararon la causa que les movía a esta exigencia, antes les dijeron que lo hacían por temor de que si reparaban sus muros y los bárbaros volvían, tendrían estos grandes fuerzas y guardas, desde donde seguros pudiesen hacerles guerra, como les hacían al presente desde la ciudad de Tebas, que ellos tenían fortalecida. Porque el Peloponeso era una guarida y defensa bastante para todos los griegos para que desde allí pudiesen salir sin peligro contra los enemigos. Cuando los atenienses oyeron la embajada de los lacedemonios, respondiéronles que ellos enviarían en breve sus embajadores a Lacedemonia para darles satisfacción; y con esto los despidieron por consejo de Temístocles, el cual les dijo que enviasen a él delante a Lacedemonia, y tras él enviasen otros embajadores sus compañeros, los cuales se detuviesen en la ciudad hasta tanto que levantasen sus murallas tan altas que fuesen bastantes para que desde ellas pudiesen pelear y defenderse de sus enemigos caso necesario; y para esta obra hicieron trabajar a todos los del pueblo, así hombres como mujeres, grandes y pequeños, tomando la piedra, y los otros materiales de los edificios, donde la hallaban más a mano, ora fuesen públicos, ora de particulares. Y cuando les hubo enseñado esto, y aconsejado otras cosas que tenían intención de hacer allí, partió para Lacedemonia, y al llegar a la ciudad, estuvo muchos días sin presentarse al Senado, alegando excusas y achaques. Si alguno de los que tenían cargos le encontraba por la calle y le preguntaba por qué no entraba en el Senado, decíale que esperaba a los otros embajadores sus compañeros, que pensaba que debían estar ocupados en alguna cosa, y creía que vendrían pronto, maravillándose mucho de que no hubiesen llegado ya; cuantos le oían hablar así, daban crédito a Temístocles por la amistad que con él tenían. Llegaban entretanto diariamente a la ciudad de Lacedemonia algunas gentes que venían de Atenas, y decían cómo se labraban los muros de la ciudad, y que ya estaban muy altos, siendo preciso creerles. Temístocles vio que ya no podría disimularlo más, y rogoles que no creyeran las palabras que oían, sino que enviasen algunos de los suyos, hombres de fe y crédito, que lo viesen por sí mismos e hiciesen verdadera relación de lo que pasaba. Así lo hicieron.

Por otra parte, Temístocles envió secretamente aviso a los atenienses que detuviesen a los que enviaban los lacedemonios y no los dejasen partir hasta que él volviera. Entretanto llegaron a Lacedemonia los otros embajadores sus compañeros, que eran Abrónico, hijo de Lisicles, y Arístides, hijo de Lisímaco, los cuales le dijeron que ya las murallas de Atenas estaban bien altas, y en términos que se podían defender. Temían que cuando los lacedemonios supiesen la verdad de lo ocurrido, no les dejasen partir. Y como los atenienses detuviesen a los mensajeros enviados por los lacedemonios, según les aconsejó Temístocles, este fue derecho al Senado de los lacedemonios, y les dijo claramente que ya su ciudad estaba tan bien fortalecida de muros, que era bastante para guardar a los moradores; y que si los lacedemonios o sus aliados querían en adelante enviar embajadores a Atenas, verían a gentes que sabían y entendían lo que cumplía así a ellos como a su república; que cuando les pareciese ser mejor dejar la ciudad y entrar en las naves, mostrarían tener corazón y osadía para ello sin tomar consejo de otro. Y, por tanto, en todos los otros negocios que requiriesen consejo, no tenían necesidad de parecer ajeno. Que por ahora les convenía que su ciudad estuviese bien cercada de murallas, así por el bien de todos los ciudadanos, como por el provecho de todos los compañeros y aliados, porque era imposible que aquellos, cuya ciudad no estaba tan abastecida de fuerzas como las otras para hacer resistencia al enemigo, pudiesen igualmente consultar y determinar en las cosas del bien público. Por tanto, que era necesario, o que todas las ciudades de los compañeros y confederados estuviesen sin muros, o que los lacedemonios confesasen que las murallas de Atenas habían sido bien hechas y conforme a razón.

Cuando los lacedemonios oyeron estas razones no mostraron señal manifiesta de ira contra los atenienses, cuanto más que ellos no habían enviado sus embajadores a Atenas para estorbarles claramente que alzasen sus muros, sino para que consultasen primero sobre ello, y se adoptase el común parecer, porque los tenían por amigos, sobre todo después de la ayuda que les dieron contra los medos. Pero al fin les pesaba en secreto haber sido engañados.

Volvieron, pues, a sus casas los embajadores de ambas ciudades, sin echarse culpa alguna. Y de esta manera circundaron los atenienses su ciudad de muros en breve tiempo, los cuales bien parece haber sido hechos con gran prisa, pues los cimientos y fundamentos son de diversa clase de piedras; en algunos lugares no están sentadas igualmente, sino como acaso las hallaban, y muchas de ellas parecen traídas de sepulturas y monumentos. El circuito de la muralla es mucho mayor que la proporción de la ciudad, por lo cual tomaban materiales de todas partes. Persuadió Temístocles además a los atenienses de que acabasen la cerca del Pireo que tenían comenzada desde el año que él fuera gobernador[18] de la ciudad, diciendo que aquel lugar era muy a propósito por tener en sí tres puertos naturales; y que juntamente con esto, aprendiendo los ciudadanos la práctica de la navegación, se hacían más poderosos por mar y por tierra. Por esta causa fue el primero que osó decir que podían apoderarse de la mar, y que la debían dominar. Así lo comenzó a mandar, y por su consejo se hizo el lienzo de la muralla que cerca al Pireo, tal cual le vemos, tan fuerte y tan ancho, que pueden pasar dos carros cargados de piedra por dentro; y ni tiene cal ni arena, sino muy grandes piedras trabadas por de fuera con hierro plomado. No llegó a levantarse más que la mitad de la altura que él había ordenado, la cual era tal que, acabada, corto número de hombres, sin ser experimentados en guerras, la pudieran defender de numerosa armada; y los otros servir para entrar en las naves y combatir por mar. Sus proyectos referíanse principalmente a las cosas de mar, porque entendía a mi parecer que si los medos volvían a hacer la guerra a Grecia, vendrían más pronto y tendrían más fácil la entrada por mar que por tierra. Por tanto pensaba que era más conveniente tener fortificado el puerto del Pireo, que la ciudad alta[19] y muchas veces aconsejaba a los atenienses que si fuesen apremiados por tierra, se metiesen en este puerto, y por mar resistiesen a todos.

De esta manera los atenienses fortificaron su ciudad y su puerto con nuevos muros después de la partida de los medos.

Poco tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, y capitán de los griegos, partió del Peloponeso con grandes barcos, y con él fueron otras treinta naves de los atenienses, sin contar otras muchas de los compañeros y aliados, y todos juntos entraron por tierra de Chipre, donde tomaron muchas villas y ciudades. Desde allí se dirigieron a Bizancio, ciudad que poseían aún los medos, y la cercaron y tomaron por fuerza, llevando por capitán al mismo Pausanias. Mas porque este se mostraba altivo y áspero para con los compañeros y aliados, todos los otros griegos, y principalmente los jonios y aquellos que nuevamente habían sido libertados del poder de los medos, les pesaba en gran manera ir con él, y no le podían sufrir. Rogaron a los atenienses que fuesen sus caudillos, pues eran sus deudos, y no permitiesen que Pausanias les maltratase. Los atenienses escucharon estas razones de buen grado, y aguardaban ocasión y oportunidad para poderlo hacer más a salvo.

En esto los lacedemonios mandaron llamar a Pausanias para que diese razón de lo que le acusaban: porque todos los griegos que venían se quejaban de su injusticia, diciendo que se mostraba más bien tirano que caudillo. Llamado Pausanias, los otros griegos, confederados, por el odio que le tenían, se sometieron a los atenienses, para que los dirigiesen, excepto los del Peloponeso. Llegó Pausanias a Lacedemonia, fue corregido y convencido de algunos delitos contra particulares; pero al fin le absolvieron de los públicos y más grandes crímenes, porque le acusaban de haber tenido tratos con los medos, y esto se lo probaron manifiestamente, por lo cual no le devolvieron el mando, sino que en su lugar enviaron a Dorcis y algunos otros capitanes con pequeño ejército, que al llegar al campamento y ver la gente de guerra que Dorcis no les mandaba a su gusto, se fueron y le dejaron. Los lacedemonios no quisieron enviarles más capitanes, temiendo que fuesen peores que los primeros, según lo habían experimentado en Pausanias. Además deseaban verse libres de aquella guerra contra los medos, y dejar el cargo a los atenienses, que les parecían bastantes para ser sus caudillos y amigos en aquel tiempo.

Al tomar los atenienses el mando de los griegos, con voluntad de los compañeros y aliados, por el odio que tenían a Pausanias, impusieron a cada una de las ciudades confederadas cierto tributo de barcos y dinero para la guerra, so color de los gastos que habían hecho en ella. Entonces crearon por vez primera tesoreros y receptores para cobrar y recibir el dinero. Este fue el primer tributo pedido a Grecia que sumó cuatrocientos sesenta talentos.[20]

La guarda del tesoro estaba en la isla de Delos, en el templo, donde hacían sus sínodos y asambleas los confederados y aliados. Allí elegían al principio sus caudillos y capitanes que obedecían sus leyes y eran llamados y consultados en los negocios de guerra.

XII.

Guerras que los atenienses tuvieron desde la de con los medos hasta la presente, así contra los bárbaros como contra los griegos, acrecentando con ellas su imperio y señorío.

Este grado de mando y autoridad sobre los griegos lograron los atenienses con ocasión de la guerra de los medos, y por el deseo que tenían de emprender cosas grandes. Mas después de aquella guerra hasta la presente, realizaron famosos hechos, así contra los bárbaros, como contra aquellos aliados y confederados que querían hacer novedades, y contra los peloponesios, que les contradecían y estorbaban a cada paso.

Refiero todo esto saliendo fuera de mi propósito, porque todos los historiadores que antes de mí escribieron, han dejado de contarlo, haciendo solamente mención de las cosas que pasaron antes de la guerra de los medos, o en ella. Helánico dice algo en su historia de Atenas, brevemente, sin distinguir los tiempos por su orden. Así, pues, pareciome cosa conveniente poner aquí este relato y por él se podrá saber y entender de qué manera fue fundado y establecido el imperio y señorío de los atenienses.

Primeramente, siendo su capitán Cimón, hijo de Milcíades, tomaron y saquearon la ciudad de Eyón, que está asentada en la ribera del Estrimón, y que poseían los medos. Después tomaron y sometieron la isla de Esciros, en el mar Egeo, de donde expulsaron a los dólopes que la poseían y la poblaron con gente suya. Después hicieron guerra a los caristios, y a otros de la isla Eubea, que andando el tiempo se la dieron por tratos; y tras estos a los naxios que se les habían rebelado y que, conquistados por fuerza, fueron los primeros de las ciudades confederadas que los atenienses redujeron a servidumbre contra el tenor y forma de la alianza. Lo semejante hicieron después con otras ciudades que también se rebelaron. A esto dieron causa muchas de aquellas gentes por no entregar algunas veces el número de navíos que les pedían o no pagar el tributo que les habían impuesto, o ausentarse de la armada sin licencia, y por esto los atenienses los obligaban a ello y los castigaban muy rigurosamente, agraviándose ellos en gran manera, por no estar acostumbrados a esta sujeción, y también porque veían que los atenienses se hacían más señores, y usaban de más autoridad que habían acostumbrado, no haciéndose la guerra por igual de ambas partes, porque los atenienses tenían el mando y poder para obligar y compeler a aquellos que faltasen en algo. Los mismos obligados tenían la culpa de ello, pues por pereza de ir a la guerra o por no dejar sus casas algunos concertaban dar dinero en lugar de los navíos que debían dar, y así el poder de los atenienses se aumentaba por mar, y ellos quedaban totalmente faltos y despojados de navíos, de suerte que cuando después se querían rebelar, se hallaban desprovistos de todas cosas y no podían resistir.

Después de esto, los atenienses y sus confederados hicieron la guerra contra los medos, y en un día alcanzaron dos victorias, una por tierra junto a la ribera de Eurimedonte, que está en la región de Panfilia, y otra por mar allí cerca, llevando por su capitán a Cimón. En la cual batalla naval fueron, o tomadas o desbaratadas, todas las naves y galeras de los fenicios en número de doscientas. Poco tiempo después, los tasios se rebelaron contra los atenienses porque los tasios hacían la feria de sus mercaderías, y principalmente del metal, en tierra de Tracia, que estaba de la otra parte del mar, frente a la suya. Los atenienses enviaron contra ellos su armada, que desbarató la de los tasios, y después salieron a tierra y cercaron la ciudad. En este mismo tiempo enviaron los atenienses diez mil moradores, así de sus ciudadanos como de los aliados y confederados, a tierra del Estrimón para poblar de su gente la villa que entonces era llamada Nueve Caminos, y al presente se nombra Anfípolis, lanzando de ella a los edonios que la poseían. Mas después de entrar los atenienses más adelante por tierra en la región de Tracia, fueron muertos y desbaratados junto a Drabesco por los tracios, moradores de la tierra, en venganza de que la ciudad de Nueve Caminos fuese tomada y maltratada. Entretanto los tasios, que fueron vencidos por mar y estaban cercados de los atenienses, según he dicho, enviaron a pedir ayuda a los lacedemonios, rogándoles que entrasen en tierra de los atenienses para obligarles a levantar el cerco, e ir a socorrerla. Lo prometieron los lacedemonios y de hecho lo hubieran cumplido, a no ser por un terremoto que sobrevino en su tierra, no osando por ello emprender aquella guerra.

También sucedió en este tiempo que todos los esclavos de los lacedemonios que estaban en tierra de Turia y de Etea, huyeron a Ítome. Estos esclavos descendían por la mayor parte de los antiguos mesenios, llevados en cautividad, y por esto a todos se les llamaba mesenios. Los lacedemonios comenzaron la guerra contra los de Ítome, y esta les impidió socorrer a los tasios, que después de haber estado mucho tiempo cercados, al cabo de tres años se entregaron a merced de los atenienses, quienes les derrocaron las cercas y murallas de su ciudad, les quitaron todos sus navíos, y les hicieron pagar cuanto pudieron sacarles por entonces, imponiéndoles para lo venidero grandes tributos. A este precio les dejaron su tierra y las minas de metales que tenían en sus montañas. Durante este tiempo los lacedemonios viendo que la guerra que habían comenzado contra los de Ítome iba muy a la larga, pidieron a todos sus amigos y aliados ayuda, y entre otros a los atenienses, porque les parecían más expertos que otros en combatir muros y fuerzas, y que con su ayuda podrían tomar la villa que tanto tiempo habían tenido cercada, como a la verdad hubieran hecho, porque los atenienses les enviaron ejército, y por capitán a Cimón, si no fuera porque los lacedemonios sospecharon de ellos, sospecha que ocasionó después la discordia y diferencia manifiesta entre ellos. Viendo los lacedemonios que la villa no se tomaba por fuerza, comenzaron a recelar de los atenienses y de su afición a emprender cosas nuevas. Dijéronles, temiendo que los de la villa tuviesen algunos tratos o inteligencias con ellos, que ya por entonces no tenían más necesidad de su ayuda, y los despidieron reteniendo consigo los otros aliados y confederados. Los atenienses conociendo evidentemente que no habían sido despedidos por la razón alegada, sino por sospecha, tomaron esta licencia a mal, considerándola ultraje, porque sabían muy bien que no se lo habían merecido. Por ello, cuando volvieron a Atenas y relataron en el Senado lo que pasaba, se apartaron de la amistad y alianza que habían hecho con los lacedemonios para la guerra contra los medos, y se volvieron a aliar y confederar con los argivos, que eran conocidos enemigos de los lacedemonios, y unos y otros juntamente hicieron amistad y alianza con los tesalios.

Los que estaban dentro de Ítome viendo que no podían resistir más al poder de los lacedemonios, y que ya estaban cansados del largo cerco que duraba más de diez años, capitularon con condición de que saliesen de la villa los defensores y de toda tierra del Peloponeso sin poder volver jamás a ella, y si alguno volvía, que fuese esclavo de aquel que le cogiera. Este concierto hicieron los lacedemonios impulsados por una respuesta que les dio durante la guerra el oráculo de Apolo, que era así:

Si en Ítome algún varón Ante el Júpiter divino Se humilla y pide perdón, Suéltenle de la prisión, Vaya libre su camino.

Echados los itomenses de su tierra con sus mujeres y familias, se dirigieron hacia los atenienses, los cuales por el odio que habían concebido contra los lacedemonios, los recibieron de buena gana, y los enviaron a habitar en la isla de Naupacto, que acababan de conquistar lanzando de ella a los locros ozolos.

Casi por este mismo tiempo los megarenses se apartaron de la alianza de los lacedemonios y se juntaron con los atenienses a causa de que teniendo guerra contra los corintios sobre los límites, no les dieron ayuda, y por esta vía los atenienses fueron señores de Mégara y de la villa de las Fuentes que ellos nombran Pegas. Fortificaron a Mégara con una muralla fuerte que corría desde la ciudad hasta el río de Nisea, y la guarnecieron con sus tropas. De aquí nació la primera enemistad entre los atenienses y corintios. Sucedió también que Inaro, hijo de Psamético, rey de los libios que habitan junto a los confines de Egipto, juntó gruesa armada en su ciudad llamada Marea, que está sobre el Faro, y entró por tierra de Egipto, que a la sazón estaba sujeta al rey Artajerjes, y ora por fuerza, ora de grado atrajo a su devoción gran parte de ella. Hecho esto se alió a los atenienses, que entonces habían descendido a hacer guerra en la isla de Chipre con doscientos navíos suyos y de sus compañeros y aliados y que al saber la demanda del rey Inaro dejaron la empresa de Chipre y se fueron hacia aquellas partes, entrando por mar en el Nilo, tomando por sorpresa las dos partes de la ciudad de Menfis y sitiando la tercera llamada el muro blanco, donde se habían retirado los medos y los persas escapados de las otras dos partes juntamente con los egipcios que no se habían rebelado.

Por otra parte los atenienses que descendieron de sus naves junto a Halias, combatieron contra los corintios y contra los epidaurios, y estos los vencieron, aunque poco después en una batalla naval que tuvieron los atenienses contra los peloponesios junto a Cecrifalia, alcanzaron la victoria, como también después habiendo comenzado la guerra contra los eginetas en otra batalla naval junto a Egina, donde se hallaron los aliados y confederados de ambas partes, ganaron la victoria, echaron a fondo setenta barcos de los enemigos, y prosiguiendo su triunfo, hicieron escala, saltaron en tierra y sitiaron la ciudad de Egina, llevando por su capitán a Leócrates, hijo de Estrebo.

Viendo esto los peloponesios, quisieron tomar la demanda por los eginetas como sus aliados, y enviáronles de socorro al principio trescientos soldados corintios y epidaurios, los cuales entraron por los promontorios y cabo de mar de Gerania[21]. De la otra parte los corintios con sus aliados entraron armados por tierra de Mégara, sabiendo que los atenienses porque tenían armada en Egipto y en Egina no podrían socorrer a todas partes, y a lo menos para defender a Mégara tendrían que levantar el cerco de Egina. Mas como los atenienses no moviesen su ejército de Egina, salieron de la ciudad todos aquellos que podían tomar armas, viejos y mozos hacia Mégara, llevando por su capitán a Mirónides, y encontráronse allí con los corintios, fue la batalla tan reñida y tan igual, que cada cual de las partes pretendía haber logrado la victoria. Al fin los atenienses levantaron su trofeo en señal de vencedores por haber quedado por ellos el campo. Los corintios que se habían retirado a su ciudad, viendo que los ancianos los motejaban porque se habían vuelto doce días después de la batalla, acudieron también a levantar su trofeo frente al de los enemigos; pero los atenienses que estaban en Mégara salieron con tan grande ímpetu, que mataron a todos los que levantaron el trofeo y ahuyentaron a los que con ellos venían, algunos de los cuales por no saber el camino se metieron en un campo sin salida, cercado de fosos, acorralándolos los atenienses y matando a todos a pedradas, lo que fue gran pesar para los corintios, aunque los demás de su gente se salvaron dentro de la villa.

Por entonces los atenienses emprendieron la obra de hacer dos grandes murallas que comenzasen desde la ciudad, y la una llegase hasta el puerto del Pireo, y la otra hasta el de Falero. Los focenses guerreaban contra los dorios, que descendían de los lacedemonios, y les tenían cercadas tres villas, Beo, Citinio y Eríneo. Cuando tomaron una de ellas, los lacedemonios enviaron en socorro de los dorios a Nicomedes, hijo de Cleómbroto, que a la sazón gobernaba la ciudad de Lacedemonia en lugar de Pausanias, rey de Lacedemonia, con mil y quinientos hombres de la tierra y cerca de diez mil de los aliados: los cuales antes de llegar, sabiendo que los dorios habían capitulado con los corintios, volvieron a sus casas, no sin gran temor de que los atenienses les estorbasen el paso, porque si tomaban el camino por mar, por la parte del golfo de Crisa, los atenienses tenían gran número de navíos, y de la otra parte de Gerania también corrían peligro a causa de tener los atenienses a Mégara y a las fuentes de Pegas, con hombres de guerra y barcos, además de ser el paso difícil y estrecho, y saber que los atenienses los estaban esperando. Parecioles, pues, buen consejo quedarse en tierra de Beocia hasta que recibiesen noticias de cómo podrían pasar y también por persuasión de algunos atenienses, que procuraban mudar el gobierno popular de la ciudad de Atenas y estorbar que se acabasen las murallas comenzadas. Pero los atenienses que supieron la cosa, salieron al encuentro a los lacedemonios viejos y mozos hasta número de mil, y juntaron de sus aliados y confederados hasta catorce mil, así porque pensaban que los enemigos no sabían donde ir, como también porque recelaban que hubiesen venido por turbarles su estado y gobierno popular. Además acudieron en ayuda de los atenienses fuerzas de a caballo de tesalios por la alianza que tenían con ellos; aunque estos se pasaron a la otra parte en la batalla que se dio junto a la villa de Tanagra en tierra de Beocia, en la cual los lacedemonios ganaron la victoria, habiendo gran matanza de ambas partes.

Después de estas victorias, los lacedemonios entraron en tierra de Mégara y talaron todos los árboles, encaminándose después a Gerania, y por el istmo del Peloponeso volvieron a sus casas. Setenta y dos días después de la batalla perdida volvieron los atenienses con gran poder a tierra de Beocia, llevando por su capitán a Mirónides y vencieron a los beocios junto a Enófita, apoderándose de toda la tierra de Beocia y de Fócide, derribando los muros de Tanagra, y tomando rehenes de los locros opuntios más ricos.

Acabaron de hacer en este tiempo las dos murallas que habían comenzado en Atenas, que llegaban hasta los dos puertos, según dejo dicho.

Pasado esto los eginetas, no pudiendo sufrir más el cerco de tantos días, capitularon con los atenienses a condición de derrocar todos los muros de su ciudad, dar todos sus navíos y pagar ciertos tributos todos los años.

De allí se fueron los atenienses navegando en torno del Peloponeso, al mando de Tólmides, hijo de Tolmeo, quemaron las atarazanas de los lacedemonios, y tomaron la villa de Calcis, que era de los corintios. Hecho esto saltaron en tierra, pelearon con los sicionios, que habían acudido contra ellos, y los vencieron.

Todas estas cosas las hicieron en Grecia los atenienses mientras tenían su armada en Egipto, donde tuvieron muchas y diversas aventuras de guerra. Primeramente el rey de Persia, cuando supo su llegada a Egipto, envió un capitán de nación persa, llamado Megabazo, a Lacedemonia con gran suma de dinero para persuadir a los lacedemonios a que entrasen con armas en tierra de Atenas a fin de apartar de Egipto a los atenienses. Megabazo gastó inútilmente parte del dinero, y viendo que no hacía nada, se fue con el resto a Egipto. El rey envió otro capitán nombrado Megabizo, hijo del persa Zópiro, a Egipto con numerosa armada, que al llegar libró gran batalla contra los egipcios rebelados y contra sus aliados, en la cual fueron vencidos los griegos que estaban dentro de la ciudad de Menfis, lanzados de ella y encerrados en la isla de Prosopitis, que está en la ribera del Nilo. Allí los tuvo cercados año y medio, y entretanto atajó y tomó el agua por una parte de la isla, de manera que las naves de los atenienses quedaron en seco, y la isla se juntó con tierra firme. Hecho esto Megabizo, a pie seco entró con su gente, y rompió y desbarató a los atenienses. De esta suerte, cuanto los atenienses habían hecho en tierra de Egipto por espacio de seis años lo perdieron de una vez y juntamente la mayor parte de su gente. El resto, que fueron bien pocos, se salvó por tierra de Libia, y vinieron a embarcarse a Cirene. La tierra de Egipto volvió a la obediencia del rey de Media, excepto aquella parte donde reinaba Amirteo, por ser toda lagunas y florestas, y también porque las gentes de esta región son muy belicosas. Inaro, rey de los libios, causante de esta rebelión, fue preso a traición y después ahorcado. Cincuenta galeras que los atenienses enviaban con socorro a los suyos a Egipto, arribaron a una boca del río Nilo llamada Mendes, y allí desembarcaron los hombres de guerra no sabiendo la derrota de su gente. Acometidos por la parte de tierra por la infantería de los fenicios que allí estaba, y de la del mar por los trirremes de los mismos, la mayor parte de los suyos fueron echados a fondo, y los otros se escaparon huyendo a fuerza de remos. Este fin tuvo aquella grande empresa y numerosa armada de los atenienses y de sus aliados y confederados en Egipto.

Después de estos sucesos, Orestes, hijo de Equecrátidas, lanzado de tierra de Tesalia por el rey de aquella provincia Fársalo, se acogió a los atenienses; y tanto les persuadió, que decidieron restituirle sus tierras. Con ayuda de los beocios y focenses, fueron a Tesalia, y tomaron lo que era tierra firme junto la mar, y lo tenían y poseían por fuerza de armas, sin poder pasar más adelante, porque se lo estorbaba la gente de a caballo del rey. Viendo que no podían ganar ninguna villa, ni plaza fuerte, ni llevar adelante su empresa, se volvieron sin otro resultado que el de traer al mismo Orestes consigo. Después mil atenienses, que estaban en el lugar nombrado las Fuentes de Pegas, entraron en las naves que allí tenían, y fueron a desembarcar en Sición, llevando por su capitán a Pericles, hijo de Jantipo; al saltar en tierra, desbarataron una banda de soldados sicionios que venía contra ellos. Y hecho esto, tomaron los aqueos en su compañía, y pasaron por Acarnania para atacar a la ciudad de Eníadas, la cual sitiaron; pero viendo que no la podían tomar se volvieron.

Tres años después atenienses y peloponesios ajustaron treguas por otros cinco años, durante cuyo tiempo, aunque no tuviesen guerra en Grecia, los atenienses reunieron una armada de doscientos navíos suyos, y de los compañeros y confederados, de la cual fue caudillo Cimón, y saltaron a tierra en la isla de Chipre. Estando allí, fueron llamados por Amirteo, rey de las florestas de Egipto, y le enviaron a Egipto setenta naves suyas; las demás quedaron en el cerco de la ciudad de Citio. Estando allí, murió Cimón, su caudillo, y viéndose en gran necesidad de vituallas, levantaron el cerco, y navegando hacia la ciudad de Salamina, que es de Chipre, combatieron por mar y tierra contra los fenicios y los de Chipre y Cilicia, y en ambas batallas alcanzaron la victoria. Volvieron después a su tierra, y lo mismo hicieron los otros navíos de su compañía, que habían ido a Egipto.

Pasado esto, los lacedemonios comenzaron la guerra llamada Sagrada, y habiendo tomado el templo que está en Delfos, lo dejaron a los de la villa. Mas al poco tiempo los atenienses fueron con numerosa armada, y lo tomaron de nuevo, dándolo en guarda a los focenses.

Poco después los desterrados por los atenienses ocuparon Orcómeno y Queronea y algunas otras villas de la Beocia; y sabiéndolo aquellos, enviaron contra ellos mil hombres de guerra de los suyos y algunos otros de los aliados que pudieron reunir de pronto, y por capitán a Tólmides, hijo de Tolmeo, recobrando Queronea, y poniendo en ella guarnición de sus soldados.

A la vuelta de allí se encontraron con los desterrados de Beocia, que se habían juntado con los otros desterrados de Eubea, con los locros y con algunos otros que seguían su partido: estos derrotaron y mataron a la mayor parte de los atenienses, cogiendo a los demás prisioneros. Por medio de estos prisioneros hicieron los atenienses sus conciertos con los beocios, y les restituyeron su libertad. Todos los desterrados y otros que se habían expatriado, volvieron, sabiendo que ya podían gozar de su primera libertad.

No tardó mucho en rebelarse la isla de Eubea contra los atenienses, y como Pericles, a quien estos enviaban con muchas fuerzas para restituirla a su obediencia, estando ya en el camino, tuviese nuevas de que los de Mégara se habían también rebelado y muerto la gente de la guarnición que allí tenían los atenienses, excepto algunos que se habían salvado en Nisea, y que además habían traído a su parcialidad a los corintios, a los sicionios y a los epidaurios; como también supiese que los peloponesios estaban preparándose para entrar con grandes fuerzas en tierra de Atenas, dejó el camino que llevaba para Eubea y volvió a Atenas. Antes de llegar, los peloponesios habían ya entrado en territorio de Atenas, y robado y talado todos los términos de la ciudad de Eleusis hasta el campo llamado Tría, llevando por su capitán a Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia. Hecho esto, y sin pasar más adelante, regresaron a sus casas.

Los atenienses volvieron a enviar a Pericles con su armada a Eubea, y sometió toda la isla por convenios, excepto la ciudad de Hestiea, que tomó por fuerza, expulsando a todos los moradores, y poblándola su gente. De regreso Pericles de esta conquista, o poco tiempo después, se ajustaron treguas y tratos por treinta años, entre los atenienses de una parte, y de la otra los lacedemonios y sus aliados, por medio de los cuales los atenienses devolvieron a los peloponesios el lugar de las Fuentes, Trecén y Acaya, que era lo que tenían ocupado del Peloponeso. Seis años después de estos conciertos, estalló cruel guerra entre los samios y los milesios por la ciudad de Priene; y viendo los milesios que ellos no eran poderosos contra sus enemigos, rogaron a los atenienses que les diesen ayuda, con consentimiento y consejo de algunos ciudadanos de Samos, que procuraban novedades en su ciudad.

Los atenienses fueron con cuarenta barcos contra la ciudad de Samos, la vencieron, restableciendo en ella el gobierno popular: tomaron cincuenta mancebos y cincuenta hombres en rehenes, que depositaron en la isla de Lemnos, pusieron su gobierno en Samos, y regresaron.

Después de su partida, algunos de los ciudadanos que no se habían hallado en la ciudad al tiempo que los atenienses la ocuparon, porque al saber que iban se retiraron a diversos lugares en tierra firme, por consejo de los principales de la ciudad, hicieron alianza con Pisutnes, hijo de Histaspes, que gobernaba a la sazón la ciudad de Sardes, quien les envió setecientos soldados, y con ellos entraron de noche en Samos, combatieron con los del pueblo que tenían la gobernación, los vencieron e inmediatamente se fueron a la isla de Lemnos, sacaron de allí sus rehenes, se rebelaron contra los atenienses, y prendieron los gobernadores y la guarnición que estos habían dejado en Samos, los cuales entregaron a Pisutnes. Hecho esto, prepararon su armada para ir a Mileto, teniendo inteligencias con los bizantinos, que también se habían rebelado contra los atenienses.

Al saber estos la rebelión de los samios, reunieron una armada de setenta barcos para ir contra ellos, aunque de estos barcos no llegaron más de cuarenta y cuatro a Samos, porque enviaron los demás, parte a Caria para estorbar que los fenicios pasasen a socorrer a los de Samos, y parte a Quíos para traer gente de guerra. Cuando estas cuarenta y cuatro naves, que acaudillaba Pericles con otros nueve capitanes, arribaron a la isla de Tragia y encontraron setenta navíos de los samios, que venían de Mileto, de los cuales veinte venían cargados de gente de guerra, los combatieron y desbarataron; y después de esta victoria, llegándoles de refresco cuarenta navíos de socorro de Atenas y de Lesbos, y veinticinco de Quíos, descendieron a la isla de Samos y pusieron cerco a la ciudad, habiendo primero desbaratado una banda de gente que había salido de la ciudad contra ellos. La cercaron por tres partes, una por mar y dos por tierra. Ocupado en el sitio de la plaza Pericles, le avisaron que los fenicios venían con gran número de navíos a socorrer a los samios, y tomando sesenta de sus barcos, que acababan de llegar, fue con toda diligencia a tierra de Cauno y de Caria. Entretanto, de la otra parte había salido del puerto de Samos Esteságoras con cincuenta navíos para ir a recibir a los fenicios; y como los de Samos fueron avisados de la partida de Pericles, vinieron por mar, con todos los navíos que pudieron juntar, a acometer el campo de los atenienses, que no estaba muy fortificado, embistieron contra los barcos ligeros de los atenienses que hallaron en el puerto, los echaron a pique y vencieron en batalla naval todos los barcos que les salieron al encuentro. De esta manera fueron señores de la mar, y por espacio de catorce días metieron y sacaron fuera de la ciudad todo lo que quisieron. Mas al fin de estos días volvió Pericles con los otros navíos, y los encerró de nuevo en la villa.

Poco después recibieron gran socorro de Atenas, que fue cuarenta barcos, capitaneados por Tucídides, Hagnón y Formión, y veinte navíos de los confederados, cuyos capitanes eran Tlepólemo y Anticles; y de Quíos y Lesbos llegaron treinta naves. Aunque los samios hacían algunas escaramuzas y salidas por mar durante el cerco de la ciudad, que fue de nueve meses, como vieran que no eran poderosos para resistir largo tiempo, se rindieron con estas condiciones: que los muros de la ciudad fuesen derribados, que diesen rehenes y entregasen todos sus navíos a los atenienses, y para los gastos de la guerra pagasen una gran suma de dinero en determinados plazos. También los bizantinos concertaron obedecer a los atenienses, como lo solían hacer antes.

Pasado algún tiempo comenzaron las diferencias entre los de Corcira y de Potidea, de que antes hicimos mención, y entre todos los otros que ya dijimos, las cuales fueron ocasión de la guerra de que hablamos al presente.

Estas son, en efecto, las guerras que los griegos tuvieron, así contra los bárbaros como entre sí, desde que el rey Jerjes partió de Grecia hasta el comienzo de la que ahora escribimos, por espacio de cincuenta años, durante los cuales los atenienses aumentaron en gran manera su imperio y poder, cosa que los lacedemonios sentían y comprendían muy bien, pero no lo impedían, sino que vivieron lo más de este tiempo en paz y reposo, porque no eran muy ligeros para emprender guerras, ni las declaraban sino por necesidad, y también porque estuvieron ocupados con guerras civiles, hasta que vieron que crecía el poder de los atenienses más y más cada día y que maltrataban y ultrajaban a sus amigos y aliados. Entonces determinaron no sufrirlo más y acudir a la guerra con todas sus fuerzas para abatirles si pudiesen.

Cuando declararon por decreto que los atenienses eran quebrantadores de la fe y alianza, y habían injuriado a sus aliados y confederados, enviaron a Delfos para saber del oráculo de Apolo qué fin tendría aquella guerra, y el oráculo respondió:

Que de cierto vencerá Quien fuere más esforzado, Y llamado y no llamado Su socorro les dará.

Habiendo acordado y determinado la guerra por consejo, llamaron de nuevo a sus aliados y confederados a la ciudad de Lacedemonia para consultar el negocio y determinar todos juntamente si convendría comenzarla. Cuando llegaron los procuradores y embajadores de las ciudades, celebraron el consejo para que habían sido llamados; y como los otros hablasen primero culpando a los atenienses, y concluyendo que se les debía hacer la guerra, al final hablaron los corintios, que al principio habían hablado y rogado y persuadido a los otros confederados que comenzasen la guerra inmediatamente contra los atenienses, temiendo que, mientras consultaban, les tomasen estos la ciudad de Potidea. Y saliendo en medio los últimos de todos, hicieron el razonamiento siguiente:

XIII.

Discurso y proposición de los corintios en el Senado de los lacedemonios ante todos los confederados y aliados para persuadirles de la necesidad de la guerra contra los atenienses.

«Varones amigos nuestros, aliados y confederados, no hay razón para culpar a los peloponesios, que no querían determinar la guerra contra los atenienses, puesto que nos juntan aquí para este propósito, por lo cual conviene a los que son caudillos y presidentes de los otros, como lo sois vosotros, que conforme son honrados y acatados sobre todos, tengan igual respeto a las cosas de los particulares, mirándolas como a las públicas, para que sean bien gobernadas y tratadas. En cuanto a lo que toca a nos y a los otros que ya nos hemos apartado de los atenienses, no es menester que nos enseñen cómo nos debemos guardar de ellos. Solamente nos conviene amonestar y avisar a aquellos que habitan la tierra firme lejos de los puertos, donde se hacen las ferias y mercados, que será bien sepan y entiendan que si ellos no dan ayuda y socorro a los que moran en la costa, el trato y comercio de sus bienes y mercaderías les será muy difícil, y lo mismo el retorno de aquello que les llega por mar. No deben ser, por tanto, jueces injustos de lo que tratamos al presente, diciendo que no les toca a ellos nada; antes deben saber que, si no se cuidan de los moradores de la costa y los dejan sucumbir, el peligro y daño vendrá después sobre ellos. Atiendan que la consulta presente se hace tanto por ellos como por los otros, y por eso no deben ser perezosos ni negligentes para emprender esta guerra, a fin de que después puedan tener paz. Porque si es de hombres sabios y prudentes estar quietos y no moverse, si ninguno les injuria, así también es de buenos y animosos, cuando son injuriados, trocar la paz por la guerra, y después de bien hechas y provistas sus cosas volver a la amistad y concordia, no ensoberbeciéndose con la prosperidad de la victoria en la guerra, ni por codicia de paz y reposo sufrir las injurias. Porque todo hombre que por amar el sosiego es perezoso para vengarse, pronto se ve privado del deleite que toma en el descanso; y asimismo el que a menudo provoca la guerra, ensoberbecido con la prosperidad, suele desconocerse a sí mismo, con una crueldad y ferocidad poco segura y menos cierta, porque no hace con razón lo que es obligado a hacer; aunque muchas veces sucede salir bien de las empresas locas y temerarias porque los enemigos son necios, mal aconsejados en los que emprenden, y muchas empresas que parece se acometen con saber y discreción salen mal porque no las ejecutamos como las propusimos y determinamos. Siempre tenemos buena y cierta esperanza de las cosas que emprendemos; pero, al ejecutarlas, muchas veces faltamos por miedo o por temor en la obra.

»En lo que a nosotros toca, que en gran manera hemos sido injuriados por los atenienses, comenzaremos la guerra con buena y justa querella y con intención de vivir en paz y sosiego después que nos hayamos vengado. De esta guerra debemos esperar la victoria por dos razones: la primera, porque tenemos más número de gente y mejores soldados y más experimentados en la lucha, y la segunda, porque estamos todos unidos y resueltos a hacer todo aquello que nos manden. Si tienen más navíos que nosotros, supliremos esta falta con nuestro dinero particular, que cada cual dará en la cantidad que le corresponda, y con el que tiene el templo de Delfos y el de Olimpia, que podemos tomar prestado para atraernos con dádivas sus marineros y aun la gente de guerra, que son extranjeros y tienen a sueldo, lo cual no ocurrirá a nosotros, porque somos más poderosos en gente que en dinero.

»Si logramos una victoria naval, es de creer que queden perdidos, y cuanto más tiempo nos resistieren tanto más los nuestros se harán a las cosas de mar y se ejercitarán en ellas, porque son más animosos, y, ejercitados, serán más fuertes, pues la osadía que los nuestros tienen les es natural, y los contrarios no han de adquirirla por arte ni por doctrina. Podemos muy bien con el ejercicio aprender la habilidad que ellos tienen, y para este negocio hallaremos indudablemente el dinero necesario. Puesto que sus aliados no rehúsan pagarles tributo estando en su servidumbre y sujeción, nosotros no seremos tan ruines que rehusemos contribuir con nuestros propios bienes para vengarnos de nuestros enemigos y salvar nuestra libertad, que si ellos lograran quitárnosla, nos tratarían peor que antes por causa de nuestros mismos bienes.

»También tenemos más medios para hacer la guerra que ellos, porque haremos tratos con sus aliados y tributarios y los rebelaremos, haciéndoles así perder la ventaja que en renta nos llevan. Podremos destruir la tierra de donde les viene el dinero y la renta, y otras muchas ocasiones y medios nos vendrán de que al presente no nos acordamos, que la guerra jamás se ejecuta conforme a los medios y aprestos que se ven al principio, sino que ella misma hace venir otros al pensamiento, según las cosas que acontecen. Y en este caso los que tienen buen ánimo y buen corazón están más seguros que los tristes y temerosos.

»Cada uno de nosotros debe pensar que si tuviese cuestión y diferencia sobre límites con sus vecinos, y fuesen tan poderosos como él, en manera alguna sufriría ser injuriado ni ultrajado. Pues si los atenienses ahora son bastantes y poderosos contra todos nosotros juntos, ¿cuánto más lo serán combatiéndonos uno a uno y a cada villa por sí? Como lo harán de seguro si no ven que nos juntamos, y de común acuerdo y voluntad les resistimos.

»Si por acaso nos venciesen (lo cual plegue a los dioses que jamás se oiga), tenga cada cual por seguro que el mayor daño que nos vendría sería perder nuestra libertad y caer en servidumbre, que es cosa abominable de oír, mayormente en el Peloponeso. Pues ¿cuánto mayor es ver ahora tantas y tan buenas y nombradas ciudades ser de hecho sojuzgadas y maltratadas por una sola? En lo que claramente se ve, o que somos perezosos y negligentes, o que por temor soportamos y sufrimos cosas indignas, no pareciéndonos ni respondiendo a la virtud y gloria de nuestros mayores, que libertaron a Grecia de servidumbre, pues no somos bastantes para defender nuestra libertad, y sufrimos que una sola ciudad nos tiranice.

»Cuando hay un solo tirano en una ciudad, procuramos expulsarle, y no consideramos que sufriendo esto incurrimos en tres grandes vicios, es a saber: en flojedad, cobardía e imprudencia. Ni tampoco vale nada para excusarnos de estos tres vicios decir que queréis evitar la osadía loca que a tantos ha sido dañosa, porque esta excusa, so color de la cual muchos han sido engañados, cuando no es miedo suele llamársela necedad.

»Pero ¿de que sirve a nuestro propósito reprender las cosas pasadas más largamente que el tiempo presente lo requiere? Acudamos a las de ahora y proveamos a las venideras. Y pues aprendimos de nuestros antepasados a adquirir la virtud por trabajo y no empeorar las costumbres, si acaso ahora les sobrepujáis algún tanto en riquezas y poder, tanta mayor vergüenza será para vosotros perder con vuestras riquezas lo que ellos con pobreza ganaron y adquirieron.

»Hay además de estas otras muchas razones y ocasiones que os deben mover y animar a hacer la guerra. La primera el oráculo de Apolo que os ha prometido seros favorable, y con este también tendréis en vuestra ayuda todo el resto de Grecia, parte por miedo y parte por su provecho. No receléis ser los primeros en quebrantar la paz y alianza que tenemos con los atenienses, pues el dios que nos amonesta a comenzar la guerra juzga haber sido primero quebrantada por ellos. Más cierto es que pelearemos por mantener y amparar los tratos y confederaciones que ellos han violado y roto, que los que se defienden no son quebrantadores de la paz, sino aquellos que comienzan la guerra y acometen primero.

»Por todas estas razones no ha de ser aciago sino muy provechoso emprender esta guerra. Así lo comprendéis por lo que os decimos en público para amonestaros y persuadiros de que es necesaria para el bien común y el particular de cada uno. No queráis, pues, dilatar la defensa de vuestra libertad, y particularmente el dar ayuda a los de Potidea, que son dorios de nación y están ya sitiados y cercados por los jonios, porque si nosotros disimulamos ahora, parecerá claramente que unos de nosotros fueron injuriados y los otros se juntaron para tratar de vengarse y después no se atrevieron.

»Por tanto, varones amigos y confederados nuestros, conociendo la necesidad presente y que os aconsejamos lo mejor, determinad hacer esta guerra y no os espantéis de las dificultades de ella, antes pensad el bien que os vendrá de la larga paz que ha de seguirla. Porque de la guerra nace la paz, y en el reposo y descanso no estamos seguros de que no se pueda mover guerra.

»Considerad que si sujetamos por fuerza aquella ciudad de Grecia que quiere usurpar la tiranía sobre todas las otras, de las que ya domina algunas, y procura dominarlas, quedaremos en paz y seguridad, y viviremos sin peligro, y daremos libertad a los griegos que ahora están en servidumbre.»

Y con esto los corintios acabaron su razonamiento.

XIV.

Acordada la guerra contra los atenienses por todos los del Peloponeso, envían los lacedemonios embajadores a Atenas para tratar de algunas cosas.

Cuando los lacedemonios oyeron los razonamientos de todas aquellas ciudades de Grecia allí representadas, mandaron dar a los embajadores de cada una de las ciudades mayores y menores sus piedrecillas en las manos para que con ellas declarasen por sus votos si querían la paz o la guerra. Todos fueron de parecer de declarar la guerra, y así lo determinaron; mas no había medio de comenzarla entonces porque estaban desprovistos de todas las cosas necesarias. Acordose, pues, que cada ciudad contribuyese para ella y sin ninguna dilación en menos de un año. En el ínterin, los lacedemonios enviaron embajadores a los atenienses para decirles las culpas de que los acusaban a fin de tener mejor y más justa causa de hacerles la guerra, si no se enmendaban prontamente. Primero les pidieron que purgasen la ofensa hecha a la diosa[22], que era la siguiente: Fue un varón llamado Cilón, noble y poderoso, que en los juegos y contiendas que se hacían en Olimpia ganó el prez y las joyas. Este Cilón tuvo por mujer la hija de Teágenes, que a la sazón era señor de Mégara, y al verificarse este casamiento le fue dada respuesta a Cilón por el oráculo de Apolo en Delfos, que cuando se celebrase la gran fiesta de Júpiter, él tomase y ocupase la fortaleza de Atenas. Con alguna gente de guerra de Teágenes su suegro, y con otros sus amigos de la ciudad, que juntó cuando se celebraba la fiesta de Olimpia en el Peloponeso, tomó la fortaleza de Atenas con intención de hacerse señor de ella, persuadiéndose que por ser esta la mayor fiesta de Júpiter que se hacía, y por haber ganado él otras veces en esta misma fiesta los preces y joyas, saldría con la empresa conforme a la profecía del oráculo de Apolo, porque no consideraba si la respuesta se entendía de la fiesta que se celebraba en Atenas o en otra parte, ni tampoco el oráculo lo declaró, y también los atenienses celebran todos los años una fiesta muy solemne, en honra de Júpiter Miliquio, fuera de la ciudad, en la cual hacen muchos sacrificios de animales figurados. Mas Cilón que había interpretado el oráculo a su fantasía, creyendo que hacía bien, emprendió la cosa como arriba he dicho.

Cuando los atenienses supieron que su fortaleza había sido tomada, los que estaban en los campos se juntaron y vinieron a cercar a Cilón y a los suyos dentro de ella. Pero porque la plaza era fuerte y se cansaban de estar allí detenidos, la mayor parte se fueron a sus negocios y dejaron allí nueve capitanes con número bastante de gente con encargo de guardar, y mantener el cerco de la plaza, dándoles pleno poder de hacer todo aquello que bien les pareciese en aquel caso para el bien de la ciudad, y durante el sitio hicieron algunas cosas que les parecía convenir al bien de la república. En este tiempo Cilón y su hermano hallaron manera de salir secretamente de la fortaleza y se salvaron. Pero los otros que habían quedado dentro, obligados por el hambre, después de haber muerto muchos, se guarecieron en el gran altar que está dentro de la fortaleza. Los que habían quedado en guarda del cerco los quisieron sacar: viendo que se morían y a fin de que, por su muerte, el templo no fuese profanado y violado, los sacaron fuera, y los mataron. Algunos fueron muertos pasando por delante de los dioses, y otros al pie de los altares, por lo cual todos los culpados de las muertes y sus descendientes fueron condenados por crueles y sacrílegos y desterrados por los atenienses, primero, y por Cleómenes, auxiliado por los atenienses sublevados[23]. No solamente echaron de la ciudad a los que se hallaron de estas líneas, sino que los huesos de los difuntos los arrojaron fuera de los límites. Pasado algún tiempo, volvieron, y al presente hay algunas casas de estas familias que los lacedemonios pedían fuesen echadas, por saber que Pericles, hijo de Jantipo, descendía de aquella raza por parte de su madre, esperando que si lanzaban a este de la ciudad de Atenas, podrían después más a su placer venir al fin deseado de su guerra contra los atenienses, y si no le echaban, a lo menos le harían odioso al pueblo, pues creería este que por salvar a Pericles se había en parte provocado la guerra. Pericles era en aquel tiempo el hombre más principal de la ciudad de Atenas y de mayor autoridad; siempre contrario a los lacedemonios, y que persuadía a los atenienses que emprendiesen la guerra contra ellos.

A esta demanda respondieron los atenienses diciendo que los lacedemonios purgasen también el sacrilegio de que estaban contaminados a causa de la violencia que hicieron en el templo de Neptuno en Ténaro. Porque, tiempo atrás, los lacedemonios habían sacado fuera del templo de Neptuno y muerto algunos fugitivos hilotas que pedían merced, violando así el templo, a lo cual atribuía el pueblo un gran terremoto que poco después se sintió en la ciudad de Lacedemonia. Además pedían los atenienses a los lacedemonios que purgasen otro sacrilegio de que asimismo estaban contaminados, que se hizo en el templo de Palas en Calcieco, y ocurrió de esta manera:

Después que Pausanias fue privado por los lacedemonios del mando que tenía en Helesponto, y le ordenaron que se defendiese de los cargos que contra él había, aunque fue absuelto de ellos, no por eso le devolvieron el empleo. Viendo esto Pausanias salió de la ciudad de Lacedemonia fingiendo que quería volver al Helesponto y servir en la guerra como soldado; pero su verdadero propósito era tratar con el rey de los medos tocante a esta guerra que él mismo había comenzado, y después, con ayuda del rey, usurpar la tiranía y el mando sobre toda Grecia. Para conseguir su deseo, mucho tiempo antes que le acusaran, había ganado la gracia del rey por un singular servicio que le hizo, y fue que, a la vuelta de Chipre, habiendo tomado la ciudad de Bizancio, y preso a los que el rey había dejado allí de guarnición, entre los cuales había muchos parientes, amigos y familiares del rey, se los envió secretamente, sin dar parte a los otros capitanes, sus compañeros, fingiendo que se le habían escapado. Y esto lo hizo por medio de Góngilo, encargado de guardarlos, con el cual asimismo envió al rey una carta del tenor siguiente:

«Pausanias, general en jefe de los espartanos, al rey Jerjes, salud. Queriendo agradarte y ganar tu gracia, te envío los prisioneros que yo había cogido en buena guerra por las armas: y es mi voluntad, si te pluguiere, desposarme con tu hija, y poner a Esparta y a toda Grecia en tus manos. Lo cual pienso que podría hacer seguramente teniendo buena amistad e inteligencia contigo. Por tanto, si este negocio te agrada envía por mar alguno de los tuyos que sea hombre de confianza, con quien yo pueda comunicar todo mi proyecto y secreto.»

Esta carta alegró mucho a Artajerjes, y prontamente envió a Artabazo, hijo de Farnaces, so color de darle el cargo y gobierno de la provincia de Dascilio, que a la sazón gobernaba Megabates por el rey. Mandole llamar antes y le dio una carta para Pausanias, que estaba en Bizancio, sellada con su sello, y además le encomendó que tratase con Pausanias lo más secreto que pudiese, y si le mandaba hacer alguna cosa que la hiciese. Llegó Artabazo a la provincia de Dascilio, hizo lo que le mandó el rey, y envió la carta a Pausanias, que decía así:

«El rey Jerjes a Pausanias, salud: Te agradezco mucho el placer y buena obra que me hiciste enviándome los prisioneros que tomaste en Bizancio, y nunca será olvidado este favor ni por mí, ni por los míos. En gran manera me agradaron tus razones, y así te ruego que trabajes de noche y de día por poner en ejecución lo que me has prometido, que por mi parte no faltará ni oro, ni plata, ni ejércitos, donde quiera que fueren menester. Sobre lo cual puedes tratar seguramente con Artabazo, al que te envío para esto expresamente por ser hombre sabio y fiel. Y haciéndolo como dices, tus cosas y las mías se abrevien en nuestra honra y provecho.»

Cuando recibió esta carta, Pausanias, a quien los griegos tributaban gran respeto por el cargo y autoridad que tenía, comenzó a engreírse y ensoberbecerse de suerte que no se contentaba con vivir a la manera acostumbrada de los griegos, sino que salía de Bizancio ataviado a la moda de los medos, y andando por tierra de Tracia, llevaba soldados medos y egipcios que le acompañaban, y se hacía servir a la mesa como los medos.

No podía, en efecto, encubrir su corazón ni sus pensamientos, sino que daba a entender en sus hechos lo que tenía en el ánimo. Difícilmente concedía audiencia a los que a él llegaban, y airábase con todos de repente, por lo que ninguno se atrevía a hablarle. Esta fue la principal causa de que los confederados de Grecia se apartasen de los lacedemonios y se unieran a los atenienses. Por ello los lacedemonios le llamaron como antes se ha dicho, y cuando partió por mar en la galera llamada Hermíone sin licencia de la república, advirtiose que hacía lo mismo que antes. Desterrado de Bizancio por los atenienses, que la conquistaron, no volvió más a Esparta, retirándose a unos lugares de tierra de Troya. Estando allí fueron avisados los lacedemonios de que tenía tratos con los bárbaros, y parecioles que no lo debían tolerar. Enviáronle un ministro de justicia con la vara de los éforos, que llama escítala[24], mandándole que viniese con el ministro a Esparta, so pena de rebelde y enemigo de la patria. No queriendo parecer sospechoso, y confiando en que con dinero se podía librar de las consecuencias de los crímenes y culpas de que le acusaban, fue a Esparta con aquel ministro, y al llegar le aprisionaron por orden de los éforos, a los cuales es lícito hacer esto mismo hasta con el rey. Puesto después en libertad, presentose a juicio para responder a la acusación que le dirigían.

En Lacedemonia, ni sus contrarios, ni toda la ciudad, hallaron motivo aparente, ni indicio verdadero para castigarle, mayormente siendo hombre de linaje de reyes y de gran autoridad y reputación, porque había sido tutor de Plistarco, hijo del rey Leónidas, y en su nombre había administrado el reino; pero la insolencia de sus costumbres y el querer imitar la vida de los bárbaros les infundía mucha sospecha, de que estaba en inteligencia con ellos, y tramaba alguna cosa para ser señor y mandar entre los suyos.

Entre otras muchas cosas que había hecho contra las leyes y costumbres de Lacedemonia, les indignaba en gran manera que, en una mesa de alambre de tres pies que los griegos ofrecieron al templo de Apolo en Delfos del botín cogido a los medos, había mandado esculpir el mismo Pausanias estos versos:

Aquel griego capitán Que Pausanias se llamó, Ya que a los medos venció Con gran trabajo y afán Que en la guerra padeció, Por honra del dios Apolo, Aquí puso esta memoria, Aplicando su victoria Al favor de aquel dios solo.

Versos que mandaron borrar los lacedemonios, y en lugar del de Pausanias pusieron los nombres de todas las ciudades confederadas que se hallaron en la batalla contra los bárbaros.

Acusábanle a la vez de cosa más grave, cual era el tener tratos secretos y conjuraciones con los hilotas o esclavos de Lacedemonia, prometiéndoles que les daría libertad y derecho de ciudadanos si se levantaban juntamente con él y hacían lo que les mandase. Pero ni aun tampoco por dichos de los esclavos, según sus leyes, podían proceder contra ningún varón lacedemonio en causa de muerte o cosa que no se pudiese remediar, sin tener indicios ciertos e indudables. Pero un criado, muy privado y familiar suyo, llamado Argilo, que fue el que llevó a Artabazo las últimas cartas que Pausanias, su amo, había escrito al rey Jerjes, descubrió la traición a los éforos. Lo hizo por sospechas, al ver que ninguno de los otros mensajeros que Pausanias envió a Artabazo había vuelto, por lo cual, temiendo que le ocurriese mal también a él, mandó contrahacer el sello con que estaba sellada la carta para poder volverla a sellar después de leerla, si no hallaba cosa en ella de lo que él sospechaba, y también para que el mismo Artabazo no conociese que había sido abierta. Leyola, y halló, entre otras razones, aquello que temía, y era que Pausanias decía a Artabazo que le matase. Visto esto, llevó la carta a los éforos, los cuales se convencieron de la traición.

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