LIBRO II. (continued 2)
Diego Gracián translation
Fue causa de este desorden que, mientras Pericles tuvo el poder junto con el saber y prudencia, no se dejaba corromper por dinero: regía al pueblo libremente, mostrándose con él tan amigo y compañero, como caudillo y gobernador. Además, no había adquirido la autoridad por medios ilícitos, ni decía cosa alguna por complacer a otro, sino que, guardando su autoridad y gravedad, cuando alguno proponía cosa inútil y fuera de razón, lo contradecía libremente, aunque por ello supiese que había de caer en la indignación del pueblo, y todas cuantas veces entendía que ellos se atrevían a hacer alguna cosa fuera de tiempo y sazón, por locura y temeridad, antes que por razón, los detenía y refrenaba con su autoridad y gravedad en el hablar. Al mismo tiempo cuando los veía medrosos sin causa los animaba. De esta manera, al parecer, el gobierno de la ciudad era en nombre del pueblo; mas en el hecho todo el mando y autoridad estaba en él.
Después de muerto ocurrió que los que le sucedieron por ser iguales en autoridad, cada cual codiciaba el mando sobre los otros, y para hacer esto procuraban complacer y agradar al pueblo con deleites, aflojando en los negocios, de donde se siguieron grandes errores, como suele acontecer en una ciudad populosa que tiene mando y señorío: y entre otros muchos el mayor de todos fue que hicieron una navegación a Sicilia, en la cual mostraron su poca prudencia, no solo en cuanto tocaba a aquellos contra quien iban para comenzar la guerra, que no debieran emprender, sino también en cuanto a los mismos que los enviaban, no proveyéndoles de las cosas necesarias, a causa de las diferencias y cuestiones que sobrevinieron en la ciudad sobre el mando y gobierno de la república, acusándose los principales entre sí. De esto provino deshacerse aquella armada de Sicilia y perderse después gran parte de las naves con todas sus jarcias y aparejos. A pesar de las cuestiones en la ciudad y de tomar a los sicilianos por enemigos, además de los otros; a pesar de que la mayor parte de sus aliados y confederados los habían dejado, y finalmente, de que Ciro, hijo del rey de Persia, se había aliado y confederado con los peloponesios, ayudándoles con dinero para construir naves, todavía resistieron tres años y nunca pudieron ser vencidos, ni cayeron hasta tanto que, después de quebrantados con sus diferencias y discordias civiles, desfallecieron. De donde parece claramente que cuando Pericles les faltó, aún les quedaban tantas fuerzas y poder que con su guía y prudencia, si él viviera, pudieran vencer a los lacedemonios en aquella guerra.
XI.
Nuevos aprestos de guerra que por ambas partes se hicieron aquel verano. La ciudad de Potidea capitula con los atenienses.
Volviendo a la historia de la guerra: en este mismo verano[45], los lacedemonios y sus aliados alistaron una armada de cien barcos: enviáronla a la isla de Zacinto, que está frente a Élide cuyos moradores son aqueos, aunque seguían el partido de los atenienses. Iban en esta armada mil hombres, y por capitán Cnemo. Saltando en tierra robaron y arrasaron muchos lugares, y trabajaron por ganar la ciudad: mas viendo que no la podían tomar, volvieron a sus casas. En el mismo verano[46], el corintio Aristeo y el argivo Pólide en su nombre particular, y Aneristo, y Nicolao, y Pratodamo, y Timágoras, como embajadores de los lacedemonios, fueron a Asia para inducir al rey Artajerjes a que estuviese de su parte en aquella guerra, y les prestase dinero para la armada. Primero vieron en Tracia a Sitalces, hijo de Teres, para persuadirle de que dejase la amistad de los atenienses y tomase la suya, y trajese consigo gente de a pie y de a caballo, para hacer levantar el cerco que los atenienses tenían sobre la ciudad de Potidea.
Cuando estos embajadores entraron en el reino de Sitalces para pasar la mar del Helesponto, pensando hallar allí a Farnaces, hijo de Farnabazo, que los había de llevar ante el rey, se hallaron con Sitalces Learco, hijo de Calímaco y Aminíades, hijo de Filemón, embajadores de los atenienses: los cuales persuadieron a Sádoco, hijo de Sitalces, que había sido hecho ciudadano de Atenas, para que prendiese a los embajadores de los lacedemonios y se los remitiesen, porque sin duda venían a tratar con el rey cosas en daño de la ciudad de Atenas. Persuadido Sádoco, envió los suyos tras los embajadores de los lacedemonios, a los cuales hallaron a la orilla del mar, donde se querían embarcar, para pasar el Helesponto: y los prendieron y llevaron a Sádoco, el cual los entregó a los embajadores de los atenienses, y ellos los recibieron y llevaron consigo a Atenas.
Poco tiempo después los atenienses, temiéndose que Aristeo, uno de ellos que había sido causa y autor de todo lo hecho en Potidea y en Tracia les causara algún mal, además de los pasados, si se escapaba de allí, le mandaron matar y a los otros embajadores lacedemonios sin ser oídos en justicia, y después lanzaron sus cuerpos desde lo alto de los muros a los fosos, porque les pareció que por esta vía, con buena y justa causa, vengaban a sus conciudadanos y aliados mercaderes, que los lacedemonios habían cogido en la mar, y después los habían muerto y lanzado a los fosos.
Desde el principio de esta guerra los lacedemonios tenían por enemigos a todos aquellos que cogían en el mar, que siguiesen el partido de los atenienses (salvo a aquellos que no siguiesen ninguno de los dos bandos), y los mandaban matar, sin perdonar a ninguno.
Casi al fin de aquel verano los ambraciotes, con un buen ejército de bárbaros salieron contra los argivos que habitan la región de Anfiloquia, y contra toda su tierra, por cuestión que habían tenido nuevamente con ellos; la causa fue esta. Anfíloco, hijo de Anfiarao, que era natural de la ciudad de Argos en Grecia, a la vuelta de la guerra de Troya, no queriendo ir de nuevo a su tierra por enojos y diferencias que había tenido[47], dirigiéndose al golfo de Ambracia, que está en la región de Piro, fundó una ciudad que llamó Argos, en memoria de aquella de donde él era natural, y le puso por sobrenombre Anfiloquia, la cual fue muy populosa entre todas las otras ciudades de tierra de Ambracia. En el transcurso del tiempo, teniendo muchas diferencias con sus vecinos, viéronse forzados a recoger a los ambraciotes, sus vecinos, en su ciudad. Estos primeramente les trajeron la lengua griega, de manera que todos hablaban griego, aunque antes eran bárbaros como son todos los otros de tierra de Anfiloquia, excepto los moradores de la misma ciudad. Después, andando el tiempo, los ambraciotes echaron a los argivos de la ciudad y la poseyeron ellos solos. Estos argivos que así fueron lanzados se acogieron a los acarnanios entregándose a ellos, y todos juntos vinieron a demandar ayuda a los atenienses para que pudiesen recobrar su ciudad.
Los atenienses les enviaron treinta naves de socorro, y por capitán de ellas a Formión, el cual tomó la ciudad por fuerza, la robó y saqueó, y después la dejó a los acarnanios y a los anfiloquios juntamente. Con este motivo comenzó entonces la alianza y la confederación entre los atenienses y los acarnanios y la enemistad entre los ambraciotes y los anfiloquios de Argos, porque los anfiloquios en esta empresa retuvieron muchos prisioneros de los ambraciotes, quienes al tiempo de esta guerra juntaron un gran ejército, así de los suyos como de los caones, y de otros bárbaros sus vecinos: vinieron derechos hacia Argos y robaron y destruyeron toda la tierra, mas no pudieron tomar la ciudad, volviendo de allí a sus casas. Todo esto pasó en aquel verano.
Al principio del invierno, los atenienses enviaron veinte naves al Peloponeso nombrando capitán de la armada a Formión, quien, partiendo del puerto de Naupacto, impidió que nave alguna pasase, ni entrase, ni saliese de Corinto ni de Crisa. También enviaron otras seis naves con Melesandro a Caria y Licia, para traer el dinero que del tributo cobrasen, y para guardar las naves mercantes de los atenienses que iban desde Fasélide de Fenicia, y desde la tierra firme, a fin de que no fuesen robadas de los corsarios del Peloponeso. Melesandro saltó en tierra y fue vencido y muerto, perdiendo la mayor parte de los suyos.
En este mismo invierno[48], los potidenses, viendo que no podían guardar más su ciudad ni defenderla de los atenienses, que hacía largo tiempo la tenían cercada, por la falta de víveres y la necesidad en que los ponía el hambre, la cual era tan extrema, que, entre otras cosas intolerables que les ocurrieron fue comerse unos a otros, viendo que por ninguna guerra que hiciesen otros a los atenienses levantarían el cerco, pusiéronse al habla con los caudillos de estos, que eran Jenofonte, hijo de Eurípides, Hestiodoro, hijo de Aristóclides, y Fanómaco, hijo de Calímaco, y se entregaron con estas condiciones: que los de la ciudad y los hombres de pelea extranjeros que estaban dentro saliesen con una sola vestidura y las mujeres con dos, y sacasen también consigo cierta cuantía de dinero para el camino. Estas condiciones las aceptaron los capitanes viendo la necesidad en que estaba su ejército por razón del invierno y la gran suma que costaba aquel cerco que montaba más de dos mil talentos[49]. Los potidenses salieron de su ciudad y partieron a tierra de Calcídica cada cual como mejor pudo.
Esto disgustó a los atenienses, y se indignaron contra sus capitanes, diciendo, que pudieran muy bien haber tomado la ciudad, si hubieran querido. Pero al fin enviaron allí ciudadanos para poblarla.
Todas estas cosas se realizaron en aquel invierno, que fue el fin del segundo año de la guerra que escribió Tucídides.
XII.
Los peloponesios sitian Platea, defendiéndola sus moradores.
En el verano siguiente[50] los peloponesios y sus aliados y compañeros de guerra, no quisieron volver a tierra de Atenas, y fueron derechos a la ciudad de Platea, llevando por capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de Lacedemonia. Habiendo ya asentado su real delante de la ciudad, estando para querer entrar y destruir la tierra, los ciudadanos de Platea les enviaron sus embajadores, que les hablaron de esta manera:
«Rey Arquidamo, y vosotros lacedemonios, obráis sin razón y sin justicia, y contra vuestra honra y dignidad, y la de vuestros padres y antepasados al venir como enemigos a nuestra tierra y poner cerco a nuestra ciudad, porque el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, que libertó Grecia del señorío de los medos, con los griegos que se expusieron al peligro de la batalla en nuestra tierra, habiendo hecho sus sacrificios en medio de nuestra plaza al dios Júpiter libertador, en presencia de todos los del ejército, devolvió a los de Platea su ciudad y su tierra, para que viviesen en libertad, según sus leyes, quiso que ninguno les hiciese guerra ni injuria, por codicia de dominarlos, y conjuró a todos los confederados y aliados, que entonces allí se hallaron, a que los defendiesen con todo su poder contra todos y cualesquiera hombres que quisiesen hacerles algún daño. Esto fue el pago y galardón que vuestros padres nos dieron por la virtud y esfuerzo que mostramos en aquel peligro. Mas vosotros hacéis lo contrario, viniendo aquí con los tebanos, nuestros enemigos capitales, para sujetarnos y ponernos en servidumbre. Llamamos, pues, por testigos a los dioses que entonces intervinieron en aquellos juramentos, y a los nuestros de vuestra patria, contra vosotros, si nos hacéis algún mal en nuestra tierra, y si viniendo, contra vuestros juramentos, no nos dejaréis vivir en libertad, y conforme a nuestras leyes, según lo ordenó Pausanias.»
Con esto acabaron su razonamiento, al cual Arquidamo respondió de esta manera:
«Muy bien habláis, varones plateenses, si los hechos conforman con las palabras: pues así como Pausanias os otorgó entonces que vivieseis en libertad, y según vuestras leyes, así también debéis vosotros por vuestra parte, con todo vuestro poder, ayudar a guardar y conservar en la misma libertad a los griegos que se hallaron presentes al acto del juramento, de que vosotros ahora habláis, y fueron partícipes del peligro y trabajos de la guerra también como vosotros, los cuales han sido sujetados y puestos en servidumbre por los atenienses, por cuya causa se reúne todo este ejército que veis y hace esta guerra. Y tanto más guardaréis vuestros juramentos, cuanto más y mejor ayudéis a devolverles la libertad. Si no lo queréis hacer, a lo menos vivid como hasta aquí, labrando vuestra tierra en paz, sin parcialidad por unos ni por otros, sino recibiendo a ambas partes por amigos. Y en cuanto a la guerra no ayudéis más a los unos que a los otros.»
Oída esta respuesta, los embajadores de Platea, volvieron a su ciudad y relataron al pueblo lo que había pasado con Arquidamo. El pueblo les mandó que fueran de nuevo a Arquidamo y le dijesen era imposible para ellos hacer lo que mandaban, sin consentimiento de los atenienses, porque tenían sus hijos y sus mujeres en Atenas, y además recelaban poner la ciudad en gran peligro, porque después de salir de allí los de Arquidamo, los atenienses, mal contentos de lo hecho, vendrían sobre ellos. Y también los tebanos, que no estaban obligados por juramento, so color de que la ciudad debía recibir a unos y a otros, procurarían volver a conquistarlos. A esto les respondió Arquidamo, con mucha osadía, de esta manera:
«Entregad la ciudad y también vuestras casas, a nosotros los lacedemonios. Y asimismo mostradnos vuestros términos y dadnos por cuenta los árboles y todo aquello que se puede contar, y partid para donde quisiereis, con vuestras mujeres e hijos, durante la guerra. Cuando volváis, os devolveremos lo que así hayamos recibido, y entretanto lo tendremos en depósito, labraremos vuestras tierras, y de los frutos os daremos todo lo necesario para vuestra subsistencia.»
Con esta demanda regresaron los embajadores a la ciudad, y la consultaron con el pueblo, el cual respondió, resolviendo, que aceptarían la petición si los atenienses les autorizaban, para lo cual querían consultarles. Entretanto pidieron treguas para que no hiciesen mal ni daño alguno en la ciudad, ni en su tierra, lo cual les fue otorgado. Mas cuando los embajadores de los de Platea llegaron a Atenas y consultaron con los atenienses, volvieron a los suyos con este razonamiento:
«Los atenienses os dicen, varones de Platea, que desde el tiempo en que hicieron alianza y confederación con vosotros, nunca permitieron que se os hiciese injuria por ninguna persona, ni menos lo permitirán ahora, preparados para ayudaros con todo su poder y fuerzas. Por tanto, os requieren y amonestan, que acordándoos del juramento que hicieron vuestros padres y antepasados, no queráis innovar cosa en contrario de la paz y confederación que hay de por medio.»
Oído este mensaje de los embajadores, los de Platea determinaron no apartarse de los atenienses, sino resistir a los enemigos, aunque los viesen quemar y destruir sus tierras, y sufrir y tolerar todos los males y daños que les pudiesen hacer. No quisieron dejar salir a ninguno con mensaje a los lacedemonios, sino que desde los muros les respondieron que era imposible hacer lo que les mandaban. Sabida esta respuesta, el rey Arquidamo se acercó a la muralla, e hizo contra ellos esta protesta a los dioses y héroes abogados de aquella ciudad:
«Vosotros, dioses y héroes abogados de esta ciudad y tierra de Platea, sabed y sed testigos de como estos de Platea son los primeros que han quebrantado el juramento y comenzado las injurias, y que por su culpa, y no nuestra, venimos como enemigos a su tierra, en la cual nuestros antepasados, por los votos y sacrificios que en ella os hicieron, alcanzaron la victoria contra los medos, mediante vuestro favor y ayuda, y que en lo de hoy más hiciéremos contra ellos, no lo hacemos sin justicia, pues ni por ruegos ni amonestaciones que les hemos hecho, pudimos convencerles. Por tanto permitid que aquellos que primeramente han hecho la injuria, paguen primero la la pena, y los que quieren castigarles con razón, puedan hacerlo.»
Cuando acabó su oración mandó a los suyos que comenzasen la guerra. Primeramente hizo cercar la ciudad con un baluarte hecho de tierra, y de los árboles que cortaron en derredor, para que ninguno pudiese entrar ni salir. Después comenzaron a hacer un bastión o baluarte, esperando poderle acabar en poco tiempo, según la mucha gente que trabajaba en la obra, y que con esto podrían tomar la ciudad. La forma del bastión era esta. Primeramente, con las ramas de los árboles que cortaron en el monte Citerón, hicieron unos zarzos en forma de cestones y estacadas, y poníanlos a una parte y a otra del bastión, sujetándolos con unos maderos para que no pudiese salirse la tierra que echaban dentro. Después lanzaban piedras, leña y tierra, y todos los otros materiales que podían aprovechar para llenarlo. Así continuaron la obra setenta días, no dejando el trabajo de noche ni de día, porque cuando unos se iban a comer o dormir, venían otros a trabajar. Y para que se acabase más pronto la obra y fuese mejor, tenían a cargo de ella a los lacedemonios, que mandaban a los soldados, y a los otros diputados de las ciudades.
Cuando los de la ciudad vieron que aquel bastión subía tan alto, comenzaron por dentro de la muralla a hacer otro muro fuerte de piedras y cantos que tomaban de las casas más cercanas, que para este efecto derribaban, y para sostenerle entremetían madera y leños, y por fuera le cubrían de cueros para que no fuesen heridos de los enemigos mientras lo labraban, y para que si lanzaban fuego, no pudiese prender en la madera. De modo que así de una parte como de la otra subía en alto el edificio.
También, los de la ciudad, para estorbar la obra de los sitiadores, usaron de esta invención. Rompieron la muralla frontera al bastión de los enemigos, donde estos habían fabricado otro reparo de madera y tierra que venía a juntarse con la muralla, para llegar cubiertos hasta el pie de ella, después que su bastión fuese acabado, y por aquel horado que abrieron, sacaban por debajo la tierra que los otros echaban dentro. Mas cuando los lacedemonios comprendieron la estratagema, hicieron cestones, metiendo dentro cieno y tierra, y pusiéronlos en lugar de la tierra que habían sacado, de manera que ya en adelante no podían sacar la tierra tan fácilmente como antes.
Tampoco se descuidaron los plateenses en hacer su deber por otra vía, pues practicaron grandes minas por dentro de la muralla, que salían a dar debajo del bastión de los enemigos, y por estas mismas les sacaban la tierra del bastión, sin cesar este trabajo. Esto lo hicieron muchos días, antes que fuesen sentidos de los enemigos, los cuales se espantaban de ver que su bastión no subía más con la gran cantidad de tierra que echaban dentro por encima, y que se sumía y hundía hacia el medio. Todavía los ciudadanos, considerando que si la cosa iba a la larga no podrían sacar tanta tierra del bastión por las minas cuanta lanzarían dentro los enemigos, por ser muchos más en número, y por la actividad con que trabajaban en esto, inventaron otro remedio para defenderse, que fue este. Frente a su muralla, donde los enemigos habían hecho el reparo para entrar, hicieron otro muro por dentro, en forma de media luna a los lados, de tal manera, que las dos puntas de él se juntasen con la muralla, enfrente a las dos puntas del bastión de los enemigos, y veníanse extendiendo con este muro hacia más dentro de la ciudad, para que si los enemigos tomaban aquella parte del primer muro, hallasen otro, contra el cual les fuese necesario hacer nuevo bastión, que les sería doblado trabajo y estarían en mayor peligro, hallándose encerrados.
Por la otra parte, los peloponesios dispusieron dos aparatos[51] encima de su bastión, con los cuales tiraban a dos lugares: con el uno batían el muro que hacían los de la ciudad por dentro, de suerte que lo deshicieron en gran parte, lo cual asustó mucho a los ciudadanos, y el otro batía la cerca principal. Contra estas máquinas los ciudadanos usaron de dos remedios: el uno fue hacer grandes lazos de cuerdas, con que rebatían el golpe; el otro, disponer grandes vigas de madera[52], las cuales colgaban por los cabos con cadenas de hierro, que asían a las vigas pendientes de lo alto de la muralla, al través. Y cuando veían venir el golpe de la máquina aflojaban los cabos de las cadenas a que estaban asidas, y súbitamente las vigas venían a caer a la punta del aparato que batía, y recibían el golpe.
Como los peloponesios viesen que por estos medios, y haciendo cuanto sabían, no podían batir la muralla, que aun batiendo la una quedaba el otro muro de dentro por combatir, y que con gran trabajo podrían tomar la ciudad por esta brecha, determinaron cercarla toda. Pero antes de hacer esto intentaron quemarla, lo cual les parecía cosa fácil si favoreciese el viento, por cuanto la ciudad era muy pequeña, imaginando todas las vías por donde la pudiesen ganar sin grandes gastos y sin tener largo tiempo el cerco. Llenaron de ramaje y de haces de leña el foso que estaba entre su bastión y la muralla, y en breve espacio de tiempo, por la multitud de hombres que se ocupaban en ello, la extendieron y alargaron lo más adelante que pudieron hacia la ciudad, y por lo alto pegaron fuego, lanzando dentro pez y azufre, con lo que in continenti se levantó tan gran llama cuan nunca se vio encendida por mano de hombre, pues algunas veces el fuego se prende por sí mismo en los montes, por el gran combate de los árboles, arrastrados por la fuerza del viento, de donde también sale mucha llama. Este fuego, tan grande y tan intenso, por poco quema toda la ciudad y a todos los moradores, pues solo quedó una pequeña parte de ella donde no entrase. Y si el viento acudiera, como pensaban, no se escaparan los de dentro. Mas sucedió muy de otra manera, porque cayó copiosa lluvia con grandes truenos, que, según dicen, lo apagó de pronto. Viendo los peloponesios que tampoco en esto acertaba su intención, determinaron dejar una parte de su ejército en el cerco, y que los demás partiesen. La cercaron, pues, por todos lados con un muro, y por acabar más pronto la obra, la repartieron por cuadrillas, dando a cada cual de las ciudades su cuadrilla, y haciendo sus fosos a lo largo de la muralla así por dentro como por fuera. De la tierra que sacaron hicieron ladrillos.
Acabada la obra dejaron una parte de su gente, en número bastante para guardar la mitad de aquella muralla, y de la otra mitad encargaron la guarda a los beocios. Todos los demás partieron para sus ciudades, en la época en que se muestra la estrella llamada Arturo[53].
Volvamos a los de Platea, que, como arriba contamos, habían enviado fuera de su ciudad las mujeres, los viejos, los niños y todos aquellos que no eran de provecho para la guerra, de manera que solo quedaron dentro cuatrocientos ochenta hombres de pelea atenienses, y diez mujeres que les cocían pan, y no más de ningún estado ni condición, los cuales determinaron defender la ciudad.
XIII.
Combate de los atenienses delante de la ciudad de Espartolo en tierra de Botiea, y de los peloponesios delante de Estrato en la región de Acarnania.
En este mismo verano[54], al principio del cerco de Platea, los atenienses enviaron a Jenofonte, hijo de Eurípides, y a otros dos capitanes, con dos mil hombres de a pie, ciudadanos, y doscientos de a caballo, extranjeros, al tiempo de la siega, para hacer la guerra a los calcídeos y a los botieos, que estaban en la región de Tracia; los cuales, al llegar delante de la ciudad de Espartolo, en la región de Botiea, talaron y destruyeron todos los trigos; además tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les parecía querían rebelarse para meter a los atenienses dentro de ella. Mas los otros, que no participaban de los tratos, hicieron venir de la ciudad de Olintio una banda de gente de a caballo, que, al llegar a Espartolo juntamente con los de la ciudad, salieron a pelear contra los atenienses, y en esta batalla, la infantería de los calcídeos, que estaba muy bien armada, y algunos otros extranjeros que habían acudido en socorro de la ciudad, fueron hasta las puertas. Mas la gente de a caballo de Olintio, y los de a pie que vinieron armados a la ligera, con otros pocos que traían paveses, que eran de la región llamada Crúside, detuvieron la caballería de los atenienses. Cuando se iban retirando de una parte y de otra de la pelea, sobrevinieron de refresco algunas compañías de infantería bien armadas, que los olintios enviaban en socorro de los de la ciudad, quienes al verlas venir cobraron ánimo, sobre todo los de a pie, que venían armados a la ligera, y los calcídeos de a caballo. Con aquel socorro de los olintios, salieron contra los atenienses y los rechazaron y forzaron a que se retirasen hasta las dos compañías que habían dejado en guarda del bagaje y municiones; y aunque los atenienses se defendían valientemente, y todas las veces que revolvían sobre los enemigos los lanzaban de sí, todavía cuando se retiraban hacia su real, los contrarios de a pie los perseguían, tirándoles de lejos, y los de a caballo de cerca, a golpe de mano, de tal manera, que al fin les hicieron volver las espaldas y huir.
En esta huida y persecución hubo muchos muertos de los atenienses: además de los que murieron en la pelea, entre todos cuatrocientos treinta, y con ellos los tres capitanes.
Al día siguiente, los atenienses, después de obtener sus muertos de los de la ciudad, para darles sepultura, se volvieron con lo restante de su ejército a Atenas.
De esta batalla, los calcídeos y botieos, después de sepultar a los que murieron de su parte, levantaron trofeo en señal de victoria delante de la ciudad.
En el mismo verano[55], poco tiempo después de esta batalla, los ambraciotes y los caones, deseando sujetar a todos los de tierra de Acarnania y apartarlos de la devoción y alianza de los atenienses, ofrecieron a los lacedemonios que si les daban algunas naves, las que fácilmente podrían sacar de las ciudades confederadas, ellos podrían seguramente con mil hombres de pelea de los suyos, sujetar toda la tierra de Acarnania, por causa de que los unos no podían socorrer a los otros; y esto hecho, sin gran dificultad ganarían la isla de Zacinto y la de Cefalenia, y aun tenían esperanza de tomar a Naupacto. De hacer esto, los atenienses no podrían adelante navegar, ni recorrer la mar en torno del Peloponeso como acostumbraban.
Los lacedemonios les otorgaron su demanda, y rápidamente enviaron a Cnemo, que a la sazón era su general de las fuerzas de mar, con las pocas naves que tenían y la gente de a pie, y escribieron a las ciudades sus confederadas que enviasen con toda diligencia sus barcos de guerra a Léucade.
Había, entre los otros pueblos confederados, los de la ciudad de Corinto, que eran muy aficionados a los ambraciotes, por ser de su población; y por tanto se apresuraron a armar sus naves y enviarlas. Lo mismo hicieron los sicionios, y sus vecinos y comarcanos, aunque los anactorios, y los ambraciotes, y los leucadios fueron más pronto al puerto de Léucade que los otros.
Cnemo y los mil combatientes que llevaba consigo fueron con tanta presteza, que pasaron por delante de Naupacto, sin que Formión, capitán de los atenienses, que tenía allí veinte naves para guardar el paso y la tierra, los descubriese. Saltaron, pues, a tierra junto a Corinto, y estando allí, pocos días después llegó el socorro de los ambraciotes, leucadios y anactorios. Además de estos, que todos eran griegos, vino una buena banda de bárbaros, que serían hasta mil caones, nación no sujeta a rey, sino que vive mandada por ciertos cónsules y gobernadores, que eligen cada año de linaje y sangre real; por sus capitanes venían Fotio y Nicanor, y también con estos los tesprocios, que también viven sin rey; y los molosos y atintanes, cuyo capitán era Sabilinto, a la sazón tutor de Táripe, rey de los molosos, menor de edad. Y asimismo vino Oredo, rey de Paravea, que conducía con la gente de su compañía mil orestas, súbditos del rey Antíoco, llegados allí con su licencia y consentimiento. También Pérdicas, rey de Macedonia, les envió, ocultándolo a los atenienses, mil macedonios, los cuales no pudieron arribar cuando los otros.
Con este ejército partió Cnemo de Corinto, por tierra, sin querer esperar a los que iban por mar, y pasando por tierra de Argos tomó la villa de Limnea, que no estaba fortificada. De allí fue derechamente hacia la ciudad de Estrato, que es la mayor de toda la región de Acarnania, con esperanza de que, si la tomaba, podría después tomar todas las otras sin riesgo.
Cuando los acarnanios supieron que venía tan gran ejército contra ellos por tierra, y que les esperaba gran armada de los enemigos, no curaron de enviar socorro unos u otros, sino que cada cual se preparaba para defender su ciudad y su tierra, y todos juntamente enviaron a decir a Formión que fuese a socorrerles. Mas él les respondió que no le era lícito desamparar el puerto de Naupacto, sabiendo que la armada de los enemigos había de partir pronto de Corinto.
Los peloponesios, repartido su ejército en tres escuadrones, vinieron por tierra derechos a la ciudad de Estrato, con intención de entrar por fuerza, si los de adentro no querían entregarla. De estos tres escuadrones los caones y los otros bárbaros venían en medio; a la derecha estaban los leucadios, los anactorios y los otros de su compañía, y a la izquierda los de Cnemo con los peloponesios y los ambraciotes. Marcharon estos escuadrones por diversos caminos, tan distantes unos de otros, que algunas veces no se veían. Los griegos venían en batalla guardando su formación, y con orden de escoger cuando estuviesen delante de la ciudad, algún lugar a propósito para plantar su campo. Mas los caones, confiándose en su esfuerzo, pues eran reputados por los más valientes de todos los bárbaros, no quisieron asentar su real de la parte de tierra firme, tomando por afrenta buscar gran seguridad, y pensaron, con la ayuda de los otros bárbaros que venían en su escuadrón, espantar a los de la ciudad de rebato y tomarla de este modo, de suerte que antes que los otros llegasen alcanzarían la honra de aquella empresa. Para ello se adelantaron lo más que pudieron, de manera que estaban a vista de la ciudad bastante tiempo antes que los otros. Como los de la ciudad de Estrato conociesen esto, acordaron que si podían deshacer y desbaratar este escuadrón de los caones, los otros se recelarían y temerían llegar, y pusieron gente apostada fuera de la ciudad hacia aquella parte. Cuando los caones estuvieron entre la ciudad y las celadas, salieron por dos partes contra ellos con tanto denuedo, que los desbarataron y pusieron en huida, y mataron muchos. Los otros bárbaros que venían en pos de ellos, al verles huir, hicieron lo mismo, y así todos, a rienda suelta, huyeron antes de que los griegos lo viesen y cuando aun no pensaban en combatir, sino en tomar lugar para asentar su campo. Al verles huir, recogiéronlos en su escuadrón, se cerraron todos juntos en un tropel y estuvieron allí quedos aquel día, esperando a los de la ciudad por si salían contra ellos; pero no quisieron salir a causa de que los otros acarnanios no les habían enviado ningún socorro. Solamente les tiraban con hondas, porque todos los de Acarnania son mejores tiradores de honda que las otras naciones. Además, no estando bien armados, no les pareció buen consejo acometer al enemigo.
Viendo Cnemo que no salían, llegada la noche, se retiró con gran presteza hasta la ribera de Anapo, que está apartada de la ciudad ochenta estadios[56], y al día siguiente, habiendo obtenido sus muertos de los de Estrato, se retiró con su ejército a tierra de los eníades, que le acogieron de buena gana por la amistad que tenían con los peloponesios. De allí partieron todos para llegar a sus casas, sin esperar el socorro que les había de llegar.
Los ciudadanos de Estrato levantaron trofeo en señal de la victoria que alcanzaron contra los bárbaros.
XIV.
Triunfan los atenienses en batalla naval contra los peloponesios, y ambas partes se preparan a pelear nuevamente en el mar.
La armada que los corintios y sus confederados habían de enviar desde el golfo de Crisa en socorro de Cnemo contra los de Acarnania, si acaso quisiesen venir a socorrer a los de Estrato, no llegó a tiempo, sino que se vio obligada, cuando se libraba la batalla de Estrato, a combatir por mar contra los veinte navíos que tenía Formión, en guarda de Naupacto, el cual los estaba espiando para acometerlos en alta mar cuando salieran del golfo. Los corintios, que no estaban preparados para pelear en el mar, sino que solamente llevaban encargo de transportar la gente de guerra a Acarnania, nada sospechaban, pensando que Formión, que tenía solo veinte naves, no osaría acometer las suyas, que eran cuarenta y siete. Pero al pasar navegando a lo largo de la costa desde Patras en Acaya para llegar a Acarnania, que está enfrente, vieron salir a los atenienses de Calcis y del río Eveno, y que iban derechamente contra ellos, pues no impidió encubrirles la noche, y por este medio los corintios fueron forzados a pelear en medio del estrecho. Llevaban por capitanes aquellos que cada ciudad había señalado, y de los corintios eran caudillos Macaón, Isócrates y Agatárquidas.
Los peloponesios pusieron todas sus naves en cerco cerrado, las proas fuera y las popas hacia dentro, tomando el mayor espacio que pudieron en la mar, para estorbar la salida a los enemigos. Y dentro del cerco pusieron los más pequeños barcos y cinco de las más ligeras juntas, para hacerlas salir de pronto contra las de los enemigos en momento oportuno. Los atenienses pusieron todas sus naves en hilera, e iban cercando las de los enemigos, que querían acometer, y pasando adelante de las que habían cercado, hacían estrechar sus naves, siempre en menos espacio y retirarse siempre cerradas en orden, porque Formión había mandado a los suyos que no comenzasen la batalla hasta que él hiciese la señal. Hacía esto, por saber bien que los peloponesios no podrían guardar el mismo orden en el mar con sus naves que en batalla campal, y también porque comprendía que las naves se encontrarían a veces y se estorbarían unas a otras, sobre todo cuando el viento se levantase de tierra que comúnmente comienza al alba, viento que estaba esperando. Entretanto hacía señal de querer trabar pelea con ellos, teniendo por cierto que cuando se levantase el viento no podrían estar un momento firmes y quedas las naves contrarias, y que entonces las podría acometer más fácilmente, a causa de que sus barcos eran más ligeros, y así sucedió.
Cuando empezó el viento, las naves que estaban en cerco y las otras más ligeras que estaban dentro, comenzaron a encontrarse unas con otras, y sucesivamente siguió el desorden de todas, de manera que la gente que estaba dentro tenía harto que hacer en empujar con remos unas naves para que no chocasen con las otras, donde ellos venían, con tantas voces y clamores de unos y otros, deshonrándose y diciéndose denuestos, que ni podían oír ni entender lo que les mandaban los capitanes, y los que lo entendían no podían guiar sus barcos donde querían, por el aprieto en que estaban por el gran oleaje, y también porque no eran diestros en cosas de mar.
Entonces Formión, viendo el desorden de los contrarios, hizo señal a los suyos para la batalla, los cuales, acometiendo a los enemigos, estuvieron primeramente con una de las naves capitanas, echándola a fondo, y todas las otras que venían en su auxilio las destrozaron y desbarataron tan animosamente, que no les dieron lugar para volver a juntarse ni cobrar ánimo; antes todas se pusieron en huida hacia Patras y Dime, que están en la región de Acaya: y los atenienses las perseguían, dándoles caza. Así tomaron doce de ellas y mataron mucha de su gente.
Pasado esto volvieron a Molicrio, donde levantaron trofeo en señal de victoria, y consagraron una nave a Neptuno, dios del mar. Desde allí se dirigieron a Naupacto.
Los peloponesios, con los barcos que habían escapado desde Patras y Dime, volvieron a Cilene, donde los eleos tienen sus atarazanas. Allí también llegó Cnemo, que iba desde Léucade, después de la batalla de Estrato, y juntamente las otras naves que se habían de juntar con ellos. Estando allí llegaron Timócrates, Brásidas y Licofrón, que los lacedemonios habían enviado en ayuda de Cnemo, al cual mandaron que siguiese el consejo de estos en cosas de mar, y que preparase otra batalla naval, a fin de que los enemigos, con menos barcos, no quedasen dueños de la mar, pues les parecía que la batalla se perdió por falta de su gente, por muchas razones, y la principal por ser la primera vez que habían combatido en el mar, no pudiendo tener la destreza que los atenienses, que estaban acostumbrados, y que la victoria no se logró porque los atenienses tuviesen más barcos o mejor dispuestos, sino por ignorancia y flojedad de los suyos. A causa de esto enviaron los tres capitanes arriba nombrados, con ira y desdén, para dar a entender a Cnemo sus faltas y las de los suyos.
Al llegar estos tres capitanes donde estaba Cnemo, pidieron cierto número de barcos a las otras ciudades e hicieron reparar los que allí había, lo mejor que les pareció. Por otra parte, Formión envió mensajeros a los de Atenas para hacerles saber la victoria que había alcanzado, y también para noticiarles los aprestos de guerra que hacían de nuevo los enemigos, pidiendo que le enviasen brevemente socorro de más gente y más barcos, lo cual hicieron los atenienses, enviándole veinte naves, con buen número de soldados, y orden con el capitán de ellas de que a toda prisa se dirigiese con toda la armada a Creta. Mandaron esto porque un ciudadano de Creta, llamado Nicias de Gortina, que era amigo, les había aconsejado enviasen allí su armada, prometiéndoles hacer que ganasen la ciudad de Cidonia, que era del bando de los contrarios, por medio de los policnitas comarcanos de los cidonios.
Formión, cumpliendo el mandato de los atenienses, fue derechamente a Creta, y de allí a Cidonia. Con la ayuda de los policnitas, robó y destruyó toda la tierra de los cidonios, y porque los vientos contrarios no le dejaban navegar, viose forzado a esperar allí mucho tiempo.
Entretanto los peloponesios, que estaban en Cilene, habiendo dispuesto las cosas necesarias en contra de sus enemigos, se dirigieron a Panormo, situada en el cabo de Acaya, donde estaba el ejército de tierra que habían ya enviado para socorrer y ayudar la armada.
Formión, con las veinte naves que tenía el día de la batalla, fue derecho al cabo de Molicrio y tomó puerto allí cerca, porque este lugar era del bando de los atenienses, y frente a él, de la parte del Peloponeso, había otro cabo que distaba siete estadios[57] a la boca del golfo de Crisa, que pertenecía a los peloponesios.
Estos fueron a tomar puerto a otro cabo de Acaya, que no estaba lejos de la ciudad de Panormo, donde tenían su ejército de tierra y setenta y nueve barcos. Las dos armadas estaban a la vista y permanecieron seis o siete días, ensayándose y aparejándose para la batalla, pues los peloponesios, por el temor que tenían, acordándose de la anterior jornada que perdieron, no osaban salir del estrecho a alta mar, y los atenienses no querían entrar a pelear en el estrecho, sabiendo que no les era ventajoso.
Estando en esto Cnemo y Brásidas y los otros capitanes de los peloponesios, viendo a los suyos aún medrosos por la pérdida pasada, mandáronlos juntar, y para animarles, les hicieron este razonamiento:
XV.
Discurso y recomendaciones de Cnemo y de los otros capitanes peloponesios a los suyos.
«Si algunos de vosotros, varones lacedemonios, temen la batalla, que esperamos, por razón de la pasada que perdimos, no tiene justa causa de temor, porque nuestros aprestos de guerra no eran entonces tal cual convenía, no pensando combatir por mar, ni nuestra navegación era sino para pelear con nuestro ejército en tierra, de donde nos sucedieron los inconvenientes que visteis, que no fueron pequeños por mala fortuna, y puede ser que por ignorancia, pues era la primera vez que combatíais en el mar. Por tanto, sabiendo que no por nuestra culpa, ni por el esfuerzo de los enemigos, fuimos vencidos, antes hay muchas razones en contrario, no es justo que desmayemos, ni perdamos el esfuerzo, sino que debemos considerar que aunque muchas veces los buenos, por caso de fortuna, no acierten, no por eso pierden el esfuerzo de corazón y virtud de ánimo que siempre tienen, la cual no piensan haber perdido por la falta de habilidad pasada, ni por eso desmayan ni aflojan sus fuerzas. Y en lo que a vosotros toca, ciertamente, si no tenéis tanto saber y conocimiento de las cosas de mar como los enemigos, tenéis más osadía y valor.
»En cuanto al arte y saber de estos (que teméis), si vienen acompañados del esfuerzo y osadía, tendrán memoria para realizar en los peligros lo que aprendieron por arte y ejercicio; mas si este esfuerzo les falta, poco les aprovecharán el saber o la destreza. Porque el temor daña y quita la memoria, y el arte, sin esfuerzo de corazón, no es de provecho en los peligros. Por eso os conviene que, cuanta más experiencia que vosotros tengan, tanto más esfuerzo y osadía mostréis. Y para ahuyentar el temor, porque fuisteis vencidos una vez, poned delante de vuestros ojos que no estabais entonces apercibidos ni aparejados para combatir. Considerad, además, que tenéis muchas más naves que vuestros enemigos, y que vosotros combatís a la vista de vuestro ejército, que está aquí en tierra para daros ayuda, siendo razonable que los que son más en número y vienen más apercibidos, deben llevar lo mejor en la batalla. Así, pues, no vemos motivo para abrigar temor, antes las faltas pasadas nos han de hacer, por la experiencia, más instruidos.
»Cobrad, pues, ánimo, así los capitanes como la gente de guerra y marineros, y cada uno haga su deber, sin desamparar el lugar donde está puesto en ordenanza, porque nosotros, que somos vuestros caudillos y capitanes, no os daremos menor ventaja y oportunidad para combatir ahora que aquellos que os guiaron en la primera jornada, ni menos os daremos ocasión ni ejemplo para que seáis flojos o cobardes: y si alguno se mostrare tal, será castigado según su merecido. A los que, por el contrario, probaren ser buenos y esforzados, se les premiará su virtud y esfuerzo.»
Con estas y otras razones semejantes, los peloponesios animaron a los suyos.
Por otra parte, Formión, viendo su gente amedrentada por el gran número de barcos de los enemigos, les hizo asimismo juntar y les animó, porque siempre les había asegurado que no podría venir tan gran armada contra ellos, que no fuesen bastantes para resistirla, y ellos mismos, por ser atenienses, tenían presunción de que no darían ventaja a ninguna armada de los peloponesios por grande que fuese. Mas como entonces los viese atemorizados, queriéndoles animar, les hizo este razonamiento:
XVI.
Discurso y exhortación de Formión, capitán de los atenienses, a los suyos.
«Viéndoos tan amedrentados, varones atenienses, por la multitud de los enemigos, he mandado aquí juntaros, pues me parece cosa indigna mostrar temor donde no hay de qué temer, que si han reunido aquí esta multitud de barcos que veis, muchos más en número que los nuestros, es por el miedo que nos tienen acordándose de la victoria que hace poco les ganamos, y conociendo que tantos por tantos, no se deben comparar a nosotros.
»Vienen confiados en una sola cosa, como si en esta conviniese poner toda su esperanza, es, a saber, en la gente de a pie que tienen, con la cual muchas veces han conseguido la victoria en tierra, pensando que será lo mismo por mar, en lo cual se engañan; porque si en la manera de guerrear en tierra ellos tienen algún arte, nosotros la tenemos mucho mayor en pelear por mar. En tener buen corazón ninguna ventaja nos llevan, que tan iguales somos los unos como los otros; pero en ser más experimentados los unos en la mar y los otros en la tierra, nos debe hacer más animosos y osados aquello en que tenemos mayor esperanza.
»De otra parte, los lacedemonios, que son caudillos de sus aliados y confederados, por ganar honra para sí, los fuerzan contra su voluntad a ponerse en peligro; de otra suerte no querrían la batalla en el mar, en que ya una vez fueron vencidos. Por tanto, en manera alguna debéis temer la osadía de los que tenéis amedrantados, así por haberlos una vez vencido, como porque han concebido tal opinión de nosotros, que, resistiéndolos, haremos alguna cosa digna de memoria.
»Aquellos que son más en número vienen a la batalla confiados en sus fuerzas, no en su saber y consejo. Los que son muchos menos y no acuden forzados a pelear poniendo toda su seguridad en su seso y prudencia, van osadamente al encuentro. Y bien considerado, con razón nuestros enemigos nos temen mucho más por esto que por el aparato de guerra que traemos, pues vemos a menudo los más poderosos ser vencidos por los menos, a veces por ignorancia, y otras por falta de corazón. Ninguna de ambas cosas se hallará en nosotros.
»Nunca os aconsejaré que peleemos con ellos en el estrecho, porque sé de cierto que no es ninguna ventaja, para los que tienen pequeñas y ligeras naves, gobernadas por buenos patrones y marineros como nosotros, acometer en lugar estrecho a los que son más en número de barcos, aunque sean gobernados por patrones nuevos y no experimentados. En manera alguna se debe ir a buscar en semejante caso al enemigo, sino cuando está a vista de lejos y se ve la ventaja. En aprieto y en lugar estrecho no es fácil retirarse en el momento de peligro ni revolver los barcos, que es toda la obra y arte de las naves ligeras y de buenos marineros; antes es forzoso combatir como si estuviesen en tierra firme entre gente de infantería, y en tal caso, los que poseen más naves tienen más ventaja. En esto dejadme el encargo, que yo haré cuanto pueda.
»Lo que a vosotros toca es que cada cual, dentro de su barco, guarde la ordenanza, y sea muy obediente para hacer pronto lo que le fuere mandado, porque las más veces la ocasión de la victoria consiste en la presteza y diligencia en acometer cuando es tiempo. En lo demás procurad ir en buen orden y con silencio a la batalla, que estas dos cosas se requieren en cualquier guerra, y mayormente en la de mar. Id, pues, animosamente contra estos vuestros enemigos, y procurad guardar la honra y gloria que hasta aquí habéis ganado, pensando que, en este trance, peleamos por cosa tan importante como es saber si quitaréis a los peloponesios, vuestros contrarios, la esperanza de poder navegar en adelante, o si infundiréis a vuestros atenienses mayor miedo de surcar la mar.
»Finalmente, quiero traeros a la memoria que habéis vencido a muchos de ellos en batalla, y que los que una vez son vencidos, no pueden tener habilidad ni constancia en peligros semejantes.»
Así habló Formión a los suyos.
XVII.
En la segunda batalla naval ambas partes pretenden haber conseguido la victoria.
Como los peloponesios conocieron que los atenienses no querían entrar en el estrecho, para atraerlos dentro, a pesar suyo, al despuntar el alba pusieron sus naves a la vela, todas en orden de batalla de cuatro en cuatro, de manera que las tres postreras seguían en pos de la primera, y comenzaron a navegar dentro del estrecho hacia su tierra. A la punta derecha iban veinte naves de las más ligeras, que navegaban delante en el mismo orden que estaban dentro del puerto, a fin de que si Formión, pensando que quisieran ir a Naupacto, tiraba hacia aquella parte para socorrer dicha villa, quedase encerrado entre aquellas veinte naves y las otras que iban a lo largo de la mar a la mano izquierda, según aconteció. Viendo Formión que iban hacia la villa, y sabiendo que estaba desprovista de guarnición, tuvo que embarcar de pronto su gente, y remar a lo largo de la tierra, confiando en la infantería de los mesenios, que estaba a punto para socorrerlos en tierra. Mas cuando los peloponesios vieron navegar una a una sus naves junto a la costa, y que ya estaban dentro del estrecho, que era lo que deseaban, revolvieron todos a una contra ellas, y haciendo señal para la batalla, las acometieron con cuanta diligencia pudieron, pensando encerrarlas y tomarlas todas. Pero las once naves de los atenienses que iban delante, huyeron de la punta de los peloponesios y escaparon metiéndose en alta mar. Las otras, que pensaron salvarse hacia tierra, las tomaron y destrozaron los peloponesios, y los que no pudieron nadar hasta tierra fueron muertos o presos. Después juntaron las naves vacías que habían tomado, con las suyas, porque tan solamente cogieron una con toda la gente que en ella iba. Algunos de los otros barcos los libraron los mesenios que había en tierra, los cuales entraron en la mar, y peleando a las manos con los que las querían sacar, se las quitaron. De esta manera los peloponesios lograron la victoria, y cogieron y destrozaron las naves de los atenienses. Las veinte naves ligeras de los peloponesios, que habían puesto en orden a la punta derecha, dieron caza a las once de los atenienses, que se habían escapado y metido en alta mar, las cuales se les fueron, excepto una. Cuando llegaron al puerto de Naupacto, junto al templo de Apolo, volvieron las proas a los enemigos, aparejáronse para defenderse si se atrevían a acometerlos. Los peloponesios seguían en pos de ellas cantando peanes y cantares de victoria como vencedores. Y entre otros barcos iba uno de Léucade muy delante de los demás, dando caza a una de las naves de los atenienses, que se había quedado atrás. Por fortuna, cerca del puerto de Naupacto estaba una carraca anclada, a la cual se acogió la nave de Atenas, que huía por salvarse. Y como la nave de Léucade, con la fuerza del viento a vela tendida iba contra la de Atenas persiguiéndola, chocó entre las dos, y fue lanzada a fondo. Este caso impensado amedrentó a los peloponesios porque no estaban muy preparados para batallar, sino que iban seguros, como los que, habida la victoria, van persiguiendo, detuviéronse un rato, y dejaron de remar, esperando a los que venían atrás por miedo de que si se acercaban más, salieran los atenienses contra ellos con ventaja, y navegando a la vela fueron a dar en unos bancos por no conocer el paraje. Viendo esto los atenienses, cobraron más corazón, y animándose unos a otros dieron sobre ellos. Los peloponesios, viendo su yerro, y conociendo su desorden, esperaron un poco, y después volvieron las proas, y huyeron hacia la estancia de Panormo, de donde habían salido.
Los atenienses, siguiéndolos en alta mar, tomaron seis naves de las más cercanas, y recobraron las suyas vacías y destrozadas, las cuales amarraron en tierra, mataron y prendieron parte de los enemigos, entre ellos Timócrates, que estaba dentro de la nave de Léucade, que fue echada a fondo, y que viendo no había medio de salvarse, se mató y vino a salir en el puerto de Naupacto.
Los atenienses, al volver a su estancia, levantaron trofeo en señal de victoria, recogieron los despojos de los navíos, recobraron los cuerpos de sus muertos, y dieron los suyos a los peloponesios por tratos, los cuales, por su parte, en el cabo de Acaya levantaron otro trofeo, sosteniendo que habían ganado la victoria, a causa de las naves de los enemigos que habían destrozado y perseguido junto a tierra, y de la que habían tomado, la cual consagraron junto a su trofeo.
Hecho esto, temiendo que sobreviniese a los enemigos algún nuevo socorro, de noche se pusieron a la vela yéndose todos al golfo de Crisa y Corinto, excepto los de Léucade.
Pocos días después arribaron al puerto de Naupacto veinte naves que los atenienses enviaban desde Creta a Formión en socorro, las cuales debieran llegar antes de la batalla.
Y con esto se acabó aquel verano.
XVIII.
Intentan los peloponesios tomar por sorpresa el puerto del Pireo, y no lo logran.
Antes que la armada de los peloponesios partiese de Corinto y del golfo de Crisa, Cnemo y Brásidas y los otros caudillos, por consejo de los megarenses, a comienzo del invierno, intentaron tomar el puerto de Atenas llamado Pireo, el cual no estaba cerrado ni guardado, porque los atenienses, por ser más poderosos por mar que las otras naciones, no temían que hubiera quien se atreviese a entrar en su puerto. Fueron de parecer que cada marinero, con su remo y atadura y una piel de las que ponen debajo cuando reman, fuese a pie por tierra desde Corinto hasta la mar que está frente a Atenas; y desde allí fueran todos en compañía a Mégara, lo más pronto posible, y del lugar de Nisea, donde está las atarazanas de los megarenses, sacasen cuarenta barcos, dirigiéndose con ellos apresuradamente hacia el puerto del Pireo, donde no había naves de guardia, ni vigilancia, a causa que los atenienses nunca sospechaban este mal, porque jamás había acaecido que nave alguna de enemigos aportase allí en descubierto, ni por asechanzas que no se advirtiesen.
Con este consejo, los peloponesios se pusieron en camino, y llegados que fueron de noche a Nisea, se embarcaron en las naves que allí hallaron, e hicieron vela navegando hacia el Pireo sin temor de cosa alguna, aunque tuvieron el viento algo contrario, según dicen. En el cabo de Salamina, hacia Mégara, había un fuerte que guardaban algunos soldados atenienses, y por bajo, en la mar, dos o tres galeras, que estaban allí para estorbar que pudiese entrar ni salir nada de la villa de Mégara. Este fuerte lo combatieron los peloponesios y tomaron las galeras que hallaron vacías, llevándolas consigo. Asimismo, algunos de ellos entraron en la villa de Salamina antes que fuesen sentidos, y la robaron y saquearon. Pero entretanto, los que estaban dentro del fuerte y se defendían, encendieron fuegos para hacer señal a los de Atenas de la venida de los enemigos[58], lo cual asustó más a los atenienses que cualquier otro suceso en aquella guerra, porque los que estaban en Atenas pensaban que ya habían tomado el Pireo, y los del Pireo creían que, tomada Salamina, no restaba sino que los enemigos viniesen a conquistar también a ellos, como, a la verdad, pudieron hacer sin peligro, si no hubieran tardado, y el viento no se lo estorbara.
Los atenienses, queriendo socorrer a los suyos de Salamina, salieron de mañana todos de Atenas, sacaron las naves que había en el Pireo, embarcáronse muy apresurados y con gran bullicio, y fueron hacia Salamina con la mayor diligencia que pudieron, dejando algunos hombres de a pie en el Pireo para su guarda. Cuando los peloponesios advirtieron su venida, adelantáronse a meter los despojos y los prisioneros de Salamina dentro de sus naves, y hecho esto, con las tres galeras que habían tomado en el puerto del castillo de Búdoro, volvieron a Nisea por no estar muy seguros de sus naves, que a causa de haberlas tenido mucho tiempo en seco en las atarazanas, les parecía que no estaban buenas para sufrir la mar. Llegados que fueron a Nisea, desembarcaron y se fueron por tierra a Mégara, y de allí a Corinto.
Los atenienses, cuando llegaron y vieron que los enemigos habían partido, se volvieron a Atenas, y en adelante fortalecieron más su puerto del Pireo, así de muros como de guardas.
XIX.
Sitalces, rey de los odrisios, entra en tierra de Macedonia reinando Pérdicas, y sale de ella sin hacer cosa digna de memoria.
Al comienzo del invierno de este año el odrisio Sitalces, hijo de Teres, rey de Tracia, emprendió guerra contra Pérdicas, hijo de Alejandro, rey de Macedonia, y contra los calcídeos que habitan en Tracia, con motivo de dos promesas que Pérdicas le había hecho y no le había cumplido. La una era en provecho de Sitalces, y la otra en favor de los atenienses, pues estando Pérdicas en gran necesidad, porque de una parte Filipo, su hermano, le quería echar del reino, con la ayuda del mismo Sitalces, y de la otra los atenienses deseaban moverle guerra, prometió a aquel grandes cosas, si hacía los conciertos entre él y los atenienses y no daba ayuda ninguna a Filipo contra él. Además, cuando hizo los contratos con los atenienses, les había prometido Sitalces que Pérdicas haría guerra a los calcídeos, lo cual había aprobado y ratificado pero no cumplido. Por las dos causas Sitalces emprendió esta guerra y llevó consigo a Amintas, hijo de Filipo, para darle el reino que su padre pretendía, y también llevó los embajadores de los atenienses, de los cuales era el principal Hagnón, que fueron enviados para este efecto, porque también ellos habían otorgado a Sitalces enviarle ejército por tierra, y armada para ir contra los calcídeos.
Para esta empresa, Sitalces unió a los odrisios, todos los tracios sus vasallos que habitan entre el monte Hemo y el monte Ródope por parte de tierra, y el Ponto Euxino y el Helesponto por la de mar. Y asimismo los getas y las otras naciones que habitan más allá del monte Hemo y aquende del río Istro, hacia el Ponto Euxino, que confinan con los escitas y viven con ellos, por lo que la mayor parte son flecheros de a caballo, que llamamos hipotoxotas. Además juntó los que habitan las montañas de Tracia, que viven en libertad, que traen sus cimitarras como espadas ceñidas y se llaman dioses. Juntamente con estos muchos de los moradores de Ródope, que les siguieron, algunos de ellos por sueldo y otros por su voluntad, con curiosidad de saber las cosas de la guerra. También mandó venir en su ayuda los agreos y leeos y los peonios que viven al final de su señorío hasta el río Estrimón, que desciende del monte Escombro por la región de los leeos y de los agreos, río que parte los términos de su reino, y de allí llamó algunas otras ciudades libres que habitan junto al monte Escombro de la parte del septentrión al occidente hasta el río Oscio, que sale del mismo monte, donde nacen los ríos Nesto y Hebro, monte estéril y no labrado e inhabitable, bien cerca del monte Ródope.
Para mejor determinar la grandeza del reino de los odrisios, es de saber que se extendía desde la ciudad de Abdera, que está situada junto al Ponto Euxino, hasta el río Istro. Y en aquella costa, la parte de la mar más estrecha la cruzan en cuatro días y cuatro noches en un navío que tenga viento de popa. Por tierra tardará un hombre bien diligente once días en pasar de una parte a otra por lo más estrecho de ella, que es desde Abdera hasta el río Istro. Esto es lo ancho de aquel reino por la parte del mar. Mas por la de tierra firme, de los lugares mediterráneos, el más largo trecho es desde Bizancio hasta la tierra de los leeos, encima del monte Estrimón, que un hombre ligero, según he dicho, podrá andar en trece días.
La renta que daba aquel reino en tiempo de Seutes, hijo de Sitalces, que sucedió en el reino a su padre y le aumentó en gran manera, valía, así de los bárbaros como de los griegos, cerca de cuatrocientos talentos de plata cada año[59], sin contar los presentes y dones que le daban, que ascendían a poco menos, y sin las otras cosas, como son sedas y paños y otros muebles que daban los moradores griegos y bárbaros de renta cada año, no solamente a él, sino también a los príncipes y grandes y señores del reino. Porque entre los odrisios y en todo lo restante de la tierra de Tracia se vive muy de otra suerte que en el reino de Persia, pues los señores están más acostumbrados a tomar que a dar; y es mayor vergüenza a aquel a quien piden alguna cosa, no darla, y despedir al que la pide, que no al que la demanda ser despedido y no alcanzar lo que pide. Los príncipes y señores tenían la costumbre, con demasiado mando y poder, de no dejar tratar ni negociar a aquel que no les daba dádivas y presentes, y por estos medios vino aquel reino a ser el más rico de toda Europa, desde el golfo del mar Jonio hasta el Ponto Euxino; aunque en número de gente y buenos guerreros era mucho menos que el reino de los escitas, a los cuales, con ellos juntos y de un acuerdo, ni los tracios de que hablamos, ni otra cualquiera nación sola de las de Europa o Asia podría resistir ni igualarse en el buen consejo y policía de la vida, que tienen muy de otra suerte que las demás naciones.
Sitalces, siendo rey y señor de tan grande y poderoso reino, como hemos dicho, después que reunió todas sus huestes y preparó las cosas necesarias para la guerra, tomó el camino derecho a Macedonia, primeramente por sus tierras y después por el monte Cercina, que es desierto e inhabitable, y parte la tierra de los sintios y la de los peonios, siguiendo por la misma vía que había ido otra vez cuando hizo guerra a los peonios, cortando los árboles al atravesar el monte y dejando a la mano derecha a los peonios, y a la siniestra los sintios y los medos. Cuando pasó aquel monte llegó a Dobero, que es de los peonios, sin que su ejército disminuyese nada (aunque muchos de ellos cayeron enfermos de epidemia), porque muchos tracios seguían su campo sin sueldo y sin ser llamados, con esperanza de robar. De manera que había en el ejército, según afirman, pocos menos de ciento y cincuenta mil hombres de guerra, la tercera parte de los cuales era gente de a caballo, y de estos la mayor parte y los mejores eran odrisios, y los otros getas. De los de a pie, los maqueriseros, es decir, los que traen espadas, que son una de las naciones del monte Ródope y viven en libertad, eran los mejores guerreros. El número de todos los otros que seguían el campo era tan grande, que ponía espanto verlos. Al llegar a Dobero, descansaron allí algunos días, haciendo provisión de las cosas necesarias para entrar en tierra de Macedonia, que está en la bajada de aquel monte, la cual obedecía a Pérdicas por señor. No todos los macedonios estaban bajo su obediencia; los lincestas y los elimiotas, que también son macedonios, aunque tuviesen amistad y alianza con Pérdicas, y le reconociesen en alguna manera, tenían sus reyes particulares, porque Alejandro, padre de Pérdicas, y sus progenitores, llamados teménidas, eran naturales de la ciudad de Argos, y de donde fueron a tierra de Macedonia, y al principio tomaron aquella parte de tierra, que al presente llaman Macedonia la marítima, por la fuerza de las armas, y echaron de la región llamada Pieria a los pieres, los cuales vinieron después a habitar allende del monte Estrimón, a la bajada del monte Pangeo, la ciudad de Fagrete y algunos otros lugares: de aquí que ahora la región que está a la bajada del monte Pangeo, en dirección al mar, se llama Pieria.
También echaron de tierra de Botiea a los botieos, que ahora habitan en los confines de la Calcídica, y tomaron una parte de tierra de los peonios, junto al río Axio, que está desde las montañas hasta Pela y hasta la mar. Desde aquel río se apoderaron de la región de Migdonia hasta el monte Estrimón, de donde lanzaron a los edonios, y de la tierra de Eordia echaron a los eordios, de los cuales mataron muchos, y los otros se retiraron hacia la ciudad de Fisca, donde habitan al presente. Asimismo lanzaron a los almopes de Almopia. Además sujetaron otros pueblos de Macedonia, que al presente obedecen a Pérdicas, y son los de Antemunte, de Grestonia, de Bisaltia y otras muchas tierras, que todas se llaman Macedonia, y obedecían a Pérdicas, hijo de Alejandro, cuando Sitalces fue a hacer la guerra de que hablamos.
Al saber los macedonios la causa de su venida, y conociendo que no eran poderosos para resistirle, se retiraron con sus bienes y haciendas a las villas y plazas fuertes, de las cuales había muy pocas, porque las que vemos ahora fueron fortificadas por mandato de Arquelao, hijo de Pérdicas, que reinó después de él, y que también hizo componer los caminos y abasteció el reino de caballos, de armas y de todos los otros utensilios de guerra, más que lo habían hecho los ocho reyes que reinaron antes que él.
Al partir el ejército de los tracios de Dobero entró en las tierras que habían sido de Filipo, hermano de Pérdicas, y tomó por fuerza la ciudad de Idómene y las villas de Gortinia, de Atalanta y algunos otros lugares por tratos, por la amistad que él tenía con Amintas, hijo de Filipo, que iba con él.
Desde allí fue a la ciudad de Europo y la cercó, pensando tomarla, mas no pudo. De aquí se fue atravesando las tierras de Macedonia que están a la mano derecha de Pela y de Cirro, mas no se atrevió a entrar en Botiea ni en Pieria, sino que recorrió y robó las tierras de Grestonia, de Migdonia y de Antemunte.
Los macedonios, viendo que no tenían infantería bastante para afrontar a los tracios, reunieron gran número de gente de a caballo, de sus vecinos, que habitaban las montañas, y aunque eran muchos menos que los enemigos, los acometieron con tan gran ímpetu, que estos no osaron esperar, porque los macedonios eran buenos guerreros y venían muy bien armados. Mas al verse cercados por tanta multitud, aunque se defendieron valientemente por algún tiempo, al fin conocieron que no podrían resistir a la larga contra tantos enemigos, y acordaron retirarse. En este encuentro, Sitalces llegó al habla con Pérdicas y le dijo las causas por que le hacía la guerra.
Pasado esto, y viendo Sitalces que los atenienses no le socorrían con su armada, como le habían prometido, enviándole tan solo sus embajadores con algunos presentes (creyendo que él no podría con aquella empresa), dirigió parte de su ejército a Botiea y parte a Calcídica, cuyos habitantes, al saber la llegada de sus enemigos, se retiraron a las villas y lugares fuertes y dejaron talar y robar la tierra.
Estando Sitalces en estas partes, los tesalios que habitan al mediodía, y los magnesios y los otros griegos, que están bajo del imperio de los tracios, juntándose con los termópilos, y temiéndose que Sitalces fuera contra ellos, se pusieron todos en armas. Lo mismo hicieron los que habitan en los campos llanos, pasado el monte Estrimón, a la parte del mediodía, y los paneos, los odomantos, los droos y derseos, pueblos todos que viven en libertad.
Por otra parte, corría el rumor entre los griegos enemigos de los atenienses que Sitalces, por la alianza y confederación que tenía con estos, so color de la guerra de Macedonia había juntado aquellas huestes para venir contra ellos en favor de los atenienses.
Viendo, pues, Sitalces que no podía llevar a efecto lo que había emprendido, que no hacía más que talar la tierra sin ganarla, y que los víveres le faltaban y se acercaba el invierno, por consejo de Seutes, hijo de Esparádoco, su primo, y el principal caudillo de su ejército, determinó volver lo más pronto que pudiese.
Pérdicas había ganado secretamente la voluntad de Seutes, prometiéndole su hermana en casamiento y gran suma de dinero. Por tanto, Sitalces, después de estar treinta días en tierra de los enemigos, y de ellos ocho en la de Calcídica, volvió a su reino con su ejército. Poco después Pérdicas, en cumplimiento de sus promesas, dio a Estratónice, su hermana, por mujer a Seutes.
Este fin tuvo aquella empresa de Sitalces.
XX.
Proezas de Formión, capitán de los atenienses, en Acarnania, y origen de esta tierra.
Los atenienses que estaban en Naupacto aquel invierno[60], después que la armada de los peloponesios fue deshecha, mandados por Formión, navegaron hacia el puerto de Ástaco, y llegados allí, saltaron a tierra trescientos soldados de los suyos con otros tantos mesenios, con los cuales entraron en Acarnania, tomaron las villas de Estrato y de Corontas, y otros muchos lugares, y echaron de ellos a los moradores que les parecieron afectos a los peloponesios. Y después que pusieron dentro de Corontas a Cines, hijo de Teólito, para que tuviese la guarda de la villa, volvieron a embarcarse sin atreverse a pasar adelante contra los eníadas, aunque estos solos entre todos los acarnanios habían sido siempre enemigos de los atenienses, por no continuar la guerra en tiempo de invierno; pues el río Aqueloo, que desciende del monte Pindo, y pasa por tierra de los dólopes, por la de los anfiloquios, por los campos de Acarnania, por medio de la ciudad de Estrato, y después entra por tierras de los eníadas para arrojarse en la mar, se represa junto a la ciudad de los eníadas, y de tal manera empantana la tierra con sus crecidas, que no se puede andar por ella para hacer la guerra en tiempo de invierno. También frente a los eníadas hay algunas de las islas Equinades que no difieren nada en las crecidas del río Aqueloo, porque cuando va caudaloso el río que pasa por ellas (por las crecidas de los arroyos que descienden de las montañas), se juntan con la tierra firme, y tienen creído los habitantes que con el tiempo se han de juntar todas y convertirse en tierra firme, porque llueve muy a menudo, crece el río considerablemente y con las avenidas arrastra mucha arena y piedras.
Estas islas están muy juntas, de manera que casi forman una a causa del cieno que trae el río, no de continuo, que la fuerza del agua lo desharía, sino unas veces en una parte y otras en otra, de suerte que no pueden salir bien desde ellas al mar, y además son muy pequeñas y desiertas.
Dicen que cuando Alcmeón, hijo de Anfiarao, mató a su madre, atormentado por continuas visiones y espantos, viose obligado a recorrer el mundo sin parar, y el oráculo de Apolo le aconsejó que fuese a habitar estas tierras, pues le dio por respuesta que no estaría libre de aquellas visiones hasta que hallase para su morada una tierra que no fuese vista del sol, ni hubiese sido tierra antes de la muerte de su madre, porque toda otra cualquiera le estaba prohibida por la maldad que cometió. Dudoso e incierto Alcmeón de dónde podría hallar esta tierra, recordó la crecida del río Aqueloo después de la muerte de su madre, adquirió tierra bastante para su morada, de la producida por las avenidas, y reinó en aquellas partes, donde al presente son las islas Eníadas. Del nombre de su hijo, que se llamaba Acarnán, llamó toda aquella tierra Acarnania. Esto es lo que sabemos de Alcmeón.
Volviendo, pues, a la historia; Formión con los atenienses que había traído de tierra de Acarnania a Naupacto, y al empezar la primavera fue por mar a Atenas, llevando consigo los prisioneros que había tomado en aquella guerra, que todos eran libres, y fueron rescatados. También se llevaron las naves cogidas a los enemigos.
Y así pasó aquel invierno, que fue el tercer año de la guerra que escribió Tucídides.
FIN DEL SEGUNDO LIBRO.