LIBRO IV. (continued 2)
Diego Gracián translation
Como Brásidas viese que no había medio de entrar en la ciudad se retiró uniéndose a lo restante de su ejército, y el mismo día, antes de que amaneciese, se le unieron los beocios, quienes, antes de recibir las cartas de Brásidas, sabida la llegada de los atenienses, habían salido con todo su poder a socorrer a los megarenses, porque tenían el peligro de estos por común a todos, y cuando, en tierra de Platea, recibieron la carta de Brásidas estuvieron más seguros, y así enviaron mil doscientos hombres de a pie y seiscientos de a caballo de socorro a Brásidas; los demás volvieron cada cual a su casa. Brásidas reunió con ellos cerca de seis mil hombres.
Los atenienses estaban puestos en orden de batalla junto a Nisea, excepto los soldados armados a la ligera que, dispersos en los campos, fueron acometidos y desbaratados por los caballos beocios, persiguiéndoles hasta la orilla de la mar, antes que los atenienses supiesen la llegada de los beocios, porque jamás hasta entonces habían ido en socorro de los megarenses, y no sospecharon que fuesen.
Cuando los vieron salieron contra ellos, y se trabó una batalla que duró gran rato entre los de a caballo, sin que se pudiese juzgar quién llevaba lo mejor de ella, aunque de la parte de los beocios fue muerto el capitán y algunos otros que se atrevieron a llegar hasta los muros de Nisea. Por esto los atenienses, después de devolverles los muertos para sepultarlos, levantaron trofeo en señal de victoria, aunque esta quedó indecisa, retirándose los beocios a su campo y los atenienses a Nisea. Pasado esto, Brásidas escogió un lugar muy a su propósito junto a la mar y cerca de Mégara, y allí asentó su campo, esperando que los atenienses lo acometieran, porque le parecía que los de la ciudad estaban a la mira de quién llevaba lo mejor, y que estando allí tan cerca podría pelear desde su campo sin acometer a los enemigos ni ponerse en peligro, y de esta suerte ganar la victoria. Respecto a los de Mégara, parecíale haber hecho demasiado, porque, de no llegar tan oportunamente, los ciudadanos no se hubieran atrevido a combatir a los atenienses, perdiendo la ciudad. Mas viendo el socorro que les había llegado y que los atenienses no se atrevían a acometer, parecía a Brásidas que los megarenses recibirían a él y a su ejército dentro de la ciudad, y que sin derramamiento de sangre y sin peligro conseguiría el objeto a que había venido, según después aconteció, porque los atenienses, puestos en orden de batalla, permanecieron junto a los muros con la misma intención que los peloponesios, de no pelear sin que les acometieran, creyendo que tenían más razón ellos que los otros para no comenzar la batalla, por haber ganado muchas victorias antes, y que si aventuraban esta y la perdían, siendo muchos menos en número que los enemigos, sucedería, o que tomasen estos la ciudad, o que los vencidos perdiesen la mayor parte de su ejército. También tenían por cierto que los peloponesios comenzarían la batalla, porque eran de diversas ciudades y diferentes en opiniones, no teniendo la paciencia de esperar como ellos, que eran todos atenienses. Habiendo esperado algún tiempo unos y otros, se retiraron todos, los atenienses a Nisea, y los peloponesios al lugar de donde habían partido. Viendo entonces los megarenses que eran amigos de los desterrados, que los atenienses no osaban acometer a los lacedemonios, cobraron ánimo, y con los principales de la ciudad, abrieron las puertas a Brásidas como vencedor, conferenciando con él, por lo cual los del bando contrario concibieron gran temor.
Poco tiempo después la gente de guerra que había acudido en socorro de Brásidas, por su orden, volvieron cada cual a su tierra, y él se fue a Corinto y también los atenienses a su patria.
Los megarenses que habían sido de la conjuración para hacer venir a los atenienses, al ver que se iban, y que estaban descubiertos, partieron secretamente de la ciudad, y los del bando contrario llamaron a los que estaban desterrados en Pegas, con juramento de que no conservarían memoria de las injurias pasadas, sino que todos de acuerdo mirarían por el bien de la ciudad. Pero poco tiempo después, siendo estos elegidos gobernadores y jueces, cuando revistaron al pueblo, reconociendo las armas de los que habían sido principales parciales de los atenienses, prendieron hasta el número de ciento, y los mandaron matar por juicio del pueblo, al cual indujeron a que los condenase a muerte. De esta suerte el gobierno de la ciudad fue convertido en oligarquía, que es mando de pocos ciudadanos con el favor del pueblo, el cual estado, aunque producto de sediciones, duró mucho tiempo.
X.
Pierden los atenienses algunos barcos de guerra. — Brásidas, general de los lacedemonios pasa por tierra de Tracia con ayuda de Pérdicas, rey de Macedonia, y de otros amigos de aquella comarca, para socorrer a los calcídeos.
En este verano, habiendo los mitilenios determinado fortificar la ciudad de Antandro, dos de los tres capitanes que los atenienses enviaron para cobrar el tributo de las tierras de su señorío, Demódoco y Arístides, que a la sazón se hallaban en el Helesponto, en ausencia de Lámaco, que era el tercero, el cual había partido hacia la costa del Ponto con diez navíos, celebraron consejo, y parecioles que era cosa de peligro permitir a los mitilenios fortalecer a Antandro por temer les ocurriese lo mismo que en Samos, donde los desterrados de la ciudad se habían reunido, y con ayuda de los peloponesios, que les enviaron gente de mar, hacían grandes daños a los de la ciudad y muchos beneficios a los lacedemonios. Los dos capitanes partieron con su armada y gente de guerra derechamente contra Antandro, y habiendo trabado pelea con los de esta ciudad, que salieron contra ellos, los vencieron y tomaron la plaza.
Poco tiempo después, Lámaco, que partió para la costa de Ponto, entrando con su armada en el río Calete, que pasa por la tierra de Heraclea, por súbita crecida del río, que ocasionó una tempestad en las montañas, perdió todas sus naves, y volvió con su gente de guerra por tierra, atravesando la región de Bitinia y de Tracia, situada en la parte del mar en Asia, hasta la ciudad de Calcedón, a la boca del mar de Ponto, que pertenece a los megarenses.
En este verano, Demóstenes, capitán de los atenienses, al partir de Mégara, fue con cuarenta naves a Naupacto para dar fin a la empresa que él e Hipócrates habían determinado hacer, juntamente con algunos beocios, que era reducir el estado y gobernación de Beocia a señorío, que es mando y gobierno de los del pueblo, como era el de Atenas, de lo cual fue principal autor Pteodoro, un ciudadano de Tebas, desterrado, y propuso ejecutarlo de esta manera:
Los beocios entregarían por traición a los atenienses una villa llamada Sifas, en término de Tespias, en el golfo de Crisa, y otros les habían de entregar la villa nombrada Queronea, tributaria de los orcomenios, con ayuda de los desterrados de la ciudad de Orcómeno, que tenían a sueldo algunos hombres de guerra peloponesios. Queronea está situada en los confines de Beocia, frente a Fanoteo, en la región de Fócide, habitada en parte por focenses. Los atenienses debían tomar el templo de Apolo, en Delio, en tierra de Tanagra, a la parte de Eubea. Todas estas empresas se habían de ejecutar en un día señalado para que los beocios, al saber la toma de las villas y ciudades, y temiendo por su seguridad, no acudieran a socorrer a los de Delio, pareciéndoles a los atenienses que si podían cercar el templo de Delio con fuerte muro, fácilmente pondrían en peligro todo el estado de Beocia, y si no lo conseguían, a lo menos con el tiempo, teniendo gente de guarnición en las villas y lugares, recorrerían y robarían la tierra. Además, teniendo reunidos a los desterrados y otros naturales de aquella comarca, podrían enviar mayor socorro a los que allí se acogiesen; y no contando los beocios con armada bastante para defenderse y resistirles, les dominarían.
La empresa se había de poner en ejecución de este modo: Hipócrates, con infantería debía salir de Atenas en un día señalado y entrar por tierra de Beocia, y Demóstenes, que había ido a Naupacto con cuarenta naves para reclutar gente en Acarnania y otros lugares comarcanos, volvería en el día señalado a Sifas, tomándola por la traición convenida. Demóstenes reunió gran ejército, así de los eníadas como de los otros acarnanios y aliados de los atenienses que habían acudido de todas partes, y con él fue a Salintio y Agrea, donde esperaba más gente, disponiendo las cosas necesarias para su empresa de Sifas el día señalado.
Entretanto, Brásidas, capitán de los lacedemonios, que había partido con mil y quinientos hombres de a pie para poner orden en las cosas de Tracia, al llegar a Heraclea, en la región de Traquinia, pidió a sus amigos y confederados que tenía en Tesalia que le acompañasen en aquel camino para pasar seguro. Acudieron a su llamamiento Panero, Doro, Hipolóquidas, Torilao y Estrófaco de Calcídica y algunos otros tesalios, encontrándole en Melitea, en tierra de Acaya, y le acompañaron. También se halló con ellos Nicónidas de Larisa, pariente de Pérdicas, rey de Macedonia, para auxiliarle, que de otra suerte fuera imposible a Brásidas pasar por Tesalia más que en ningún otro tiempo, aunque siempre era peligroso el paso, tanto más yendo en armas, y alarmando a los de la tierra, que estaban sospechosos, y seguían el partido de los atenienses. Si Brásidas no fuera acompañado por los principales de esta tierra que tienen por costumbre gobernar los pueblos, más por fuerza y rigor que por justicia y autoridad, nunca hubiera podido pasar; y aun con todo esto, se vio en harto trabajo con ellos, porque los que seguían el partido de los atenienses se pusieron delante, junto al río de Enípeo, para estorbarle el paso, diciendo que les ultrajaba queriendo pasar sin licencia y salvoconducto; a lo cual, los señores de la tierra que le acompañaban, les respondían que ni Brásidas ni su gente querían pasar por fuerza y contra su voluntad; sino que habiendo llegado de pronto a donde ellos estaban con sus amigos, le debían dejar pasar, y también el mismo Brásidas les dijo que él era su amigo; que pasaba por su tierra, no por ofenderles, sino para ir contra los atenienses enemigos de los lacedemonios; que no sabía por qué entre los tesalios y lacedemonios debiese haber enemistad alguna que impidiera a los unos pasar por tierra de los otros; que ni quería ni podría pasar contra su voluntad, pero que les rogaba no se lo quisiesen estorbar; y al oír estas palabras le dejaron el paso. Los que le acompañaban le aconsejaron que pasase lo más pronto posible por la tierra que le quedaba que andar, sin pararse en parte alguna, a fin de no dar tiempo a los otros vecinos de la tierra para juntarse y crearle algún obstáculo. Así lo hizo, de suerte que el mismo día que partió de Melitea fue hasta Fársalo, y alojó su ejército junto a la ribera de Apidano. Desde allí fue a Facio, y después a Perrebia. En este lugar le dejaron los que le habían acompañado, y se despidieron de él. Los perrebios, que son del señorío de los tesalios, le acompañaren hasta Dío, villa inmediata al monte Olimpo, en Macedonia, a la parte de Tracia, sujeta al rey Pérdicas.
De esta manera pasó Brásidas la tierra de Tracia, antes que ninguno se pudiese preparar para estorbarle el paso, y se unió al rey Pérdicas que estaba en Calcídica, el cual y los otros tracios se habían apartado de los atenienses, porque los veían prósperos y pujantes por mar y por tierra, pero temiendo ser acometidos por ellos habían pedido socorro a los peloponesios, y principalmente lo pidieron los calcídeos, porque temían fueran primero contra ellos, y también porque entendían que las otras ciudades comarcanas que no se habían rebelado a los atenienses les eran hostiles, a causa de haberse ellos rebelado.
Pérdicas no se había declarado entonces del todo enemigo de los atenienses, pero sospechaba de ellos por sus pasadas enemistades, y por esta causa demandaba ayuda a los lacedemonios contra ellos, y también contra Arrabeo, rey de los lincestas, que deseaba sujetar.
También hubo otro motivo para que saliera el ejército del Peloponeso, y fue que, considerando los lacedemonios los desastres y desventuras que les habían ocurrido, y que los atenienses continuaban la guerra a menudo contra ellos en su tierra, les pareció que no había mejor recurso para apartarlos de estas empresas que hacer alguna contra sus amigos y confederados, sobre todo habiendo muchos que se ofrecían a pagar los gastos de la expedición, y otros que solo esperaban la llegada de los lacedemonios para rebelarse contra los atenienses. Además, les impulsaba en gran manera el temor de que por la pérdida en la jornada de Pilos sus hilotas o esclavos se rebelasen, y para más seguridad, so color de la guerra, querían sacarlos fuera de su tierra por ser muchos y mancebos. Sospechando de ellos mandaron pregonar que los más valientes fuesen escogidos, y les diesen esperanza de libertad, queriendo conocer sus intenciones. Fueron escogidos hasta dos mil y llevados en procesión coronados de flores a los templos, según es costumbre hacer con aquellos a quien quieren dar libertad, poco después quitaron las vidas a todos, sin saber cómo, ni de qué manera fueron muertos.
Por este mismo temor dieron a Brásidas setecientos hilotas y todos los soldados que habían sacado a sueldo del Peloponeso. El mismo Brásidas tenía ambición de hacer la campaña, y este fue el motivo principal de enviarle, como también porque los calcídeos lo deseaban mucho, pues tenía fama entre todos los de Esparta de ser hombre sabio, diligente y solícito. En esta empresa adquirió gran prestigio, porque en todas las partes por donde andaba se mostró tan sabio, justiciero y político en todas sus cosas, que muchas villas y ciudades se le entregaron voluntariamente, y algunas otras tomó por su habilidad y destreza, y por traición. Los lacedemonios consiguieron lo que esperaban, a saber, recobrar muchas de sus tierras, y rebelar otras de los atenienses, manteniendo por algún tiempo la guerra fuera del Peloponeso. También después, en la guerra entre atenienses y peloponesios en Sicilia, su virtud y esfuerzo fue tan conocido y estimado, así por experiencia como por relación verdadera de otros, que muchos de ellos que seguían el partido de los atenienses deseaban dejarlo, y tomar el de los peloponesios, porque viendo la rectitud y bondad que resplandecían en él, presumían que todos los demás lacedemonios le eran semejantes.
Volviendo a lo que decíamos, cuando los atenienses supieron la llegada de Brásidas a Tracia, declararon enemigo al rey Pérdicas, porque tenían por cierto que había sido el instigador de la expedición, y en adelante cuidaron más de guardar las tierras de sus confederados.
Al recibir Pérdicas el socorro de los peloponesios con Brásidas los llevó juntamente con su ejército a hacer guerra contra Arrabeo, hijo de Brómero, rey de los lincestas macedonios, que era vecino y muy grande enemigo suyo, queriendo conquistar el reino y echarle de él, si pudiese: pero al llegar a los confines de su tierra, Brásidas le dijo que antes que comenzase la guerra quería hablarle para saber si por buenas razones le atraía a la amistad de los lacedemonios, porque el mismo Arrabeo por un trompeta le había declarado que de las diferencias entre él y Pérdicas quería tomarle por mediador, y atenerse a su arbitraje y sentencia. También le movió a esto que los calcídeos, que deseaban llevar consigo a Brásidas para sus negocios propios, le amonestaban no se ocupase en una guerra tan larga y difícil por dar gusto a Pérdicas, mayormente sabiendo que los mensajeros que este envió a Lacedemonia a pedir socorro habían prometido de su parte hacer que muchos de sus vecinos se aliaran a los lacedemonios. Por todo esto, Brásidas con justa causa le rogaba que tuviese por mejor arreglar aquellas diferencias particulares para el bien público de los lacedemonios y el suyo.
A Pérdicas no le pareció bien, diciendo que no había llamado a Brásidas para que fuese juez de sus causas y diferencias, sino para que le ayudase a destruir a sus enemigos, los que él le señalase, y que Brásidas le hacía gran perjuicio queriendo favorecer a Arrabeo contra él, pues él pagaba la mitad de los gastos de aquella guerra. No obstante, Brásidas, contra la voluntad de Pérdicas, habló con Arrabeo, y le persuadió con buenas razones a que se retirara con su ejército, por lo cual Pérdicas en adelante, en lugar de pagar la mitad de los gastos del ejército, pagó solo la tercera parte, teniendo por cierto que Brásidas le había ofendido en lo de Arrabeo.
XI.
Los acantios, persuadidos por Brásidas, dejan el partido de los atenienses y toman el de los peloponesios.
Después de esto, en el mismo verano[96], antes de las vendimias, Brásidas, con los calcídeos que tenía consigo, fue a hacer guerra contra los de la ciudad de Acanto, colonia y pueblo de Andros, cuyos ciudadanos tenían grandes bandos y estaban en gran porfía de si le recibirían o no en la ciudad, los del partido de los calcídeos de una parte, y los del pueblo de otra. Mas por estar los frutos aún por coger en los campos y por temor de que fuesen destruidos, los del pueblo, a persuasión de Brásidas, consintieron que entrase en la ciudad solo y hablase lo que quisiese, y que después de oído determinarían lo que bien les pareciese. Entró, fue al Senado, donde los del pueblo estaban en asamblea y pronunció delante de todos un discurso muy bueno, como él sabía hacerlo, por ser lacedemonio sabio y prudente, hablando de esta manera:
«Varones acantios, la causa de que yo con este ejército que veis hayamos sido aquí enviados por los lacedemonios es la misma que desde el principio dijimos cuando declaramos la guerra a los atenienses, a saber, librar Grecia de la servidumbre a estos. Si venimos engañados con la esperanza de poderlos vencer más pronto sin que vosotros os expongáis a peligro, no se nos debe culpar, pues hasta ahora no habéis recibido daño alguno por nuestra tardanza, y venimos ahora cuando podemos para, juntamente con vosotros, destruir a los atenienses con todas nuestras fuerzas y poder. Pero me asusta ver que me cerréis las puertas, donde yo, por el contrario, pensaba ser recibido con alegría, y que en gran manera desearíais mi venida, pues nosotros los lacedemonios, pensando, por las cosas pasadas que hemos hecho por vosotros, venir aquí como amigos verdaderos, y que deseaban nuestra venida, tomamos esta jornada sin temor a los trabajos y peligros que arrostrábamos pasando por tan largos caminos y tierras extrañas, solamente por mostraros la buena voluntad que os tenemos.
»Si tenéis otro pensamiento contra nosotros, y queréis resistir a los que procuran vuestra libertad y la de toda Grecia, haréislo malamente, así porque impediréis vuestra propia libertad como porque daréis mal ejemplo a los otros para que no nos quieran acoger en sus tierras, y sería poco honroso a los de esta ciudad, tenidos por hombres sabios y prudentes, que viniendo yo a ellos primero que a otros, no quieran recibirme. No puedo imaginar que tengáis motivo o razón para hacerlo si no es por sospechas de que la libertad que yo os procuro es fingida y falsa, o que nosotros los lacedemonios no somos bastante poderosos para defenderos contra los atenienses si os atacan. De esto a mi ver no debéis tener ningún temor, pues cuando yo vine en socorro de Nisea con este ejército, no osaron pelear contra mí, ni es verosímil que puedan enviar ahora aquí tan gran ejército por tierra como entonces enviaron allí por mar. En cuanto al otro punto, yo os aseguro que no fui aquí enviado de parte de los lacedemonios para hacer daño a Grecia sino para darle libertad, habiendo primeramente hecho juramento solemne en manos de los cónsules y gobernadores de los lacedemonios de dejar vivir en libertad y seguir sus leyes a todos aquellos que pudiese atraer a nuestra amistad y alianza. Por tanto, debéis saber que no vine aquí para atraeros por fuerza o engaño a nuestra parte y devoción, sino antes por el contrario, para sacaros de la servidumbre de los atenienses y ser nuestros compañeros en esta guerra contra ellos. Debéis tener, por tanto, confianza en mí, y fiar en lo que digo, de que solo para defenderos vine con todo el poder que veis.
»Si alguien pone dificultad en esto, temiendo que quiera dar el gobierno de la villa a alguno de vosotros, quiero que tenga más confianza y seguridad que los demás, porque os certifico que no he venido a provocar sedición o discordia, y me parecería no poneros en verdadera libertad, si trocando vuestra antigua forma y costumbre de vivir quisiese sujetar el pueblo a la dominación de algunos particulares, o estos a la sujeción del pueblo, pues sé muy bien que tal mando os sería más odioso que el de los extraños. Ni a nosotros los lacedemonios se debería agradecer el trabajo que tomáramos por vosotros, antes en lugar de la honra y gloria que esperábamos, seríamos acreedores de vituperio, y nos podrían culpar del mismo vicio de tiranía que imputamos a los atenienses, siendo más digno de reprensión en nosotros que en ellos, por lo que nos preciamos de la virtud de no emplear fraude ni engaño como ellos usan. Porque si el vicio del engaño es cosa fea y torpe en todos los hombres, mucho más lo es en los que tienen mayor dignidad y mucho más reprensible que la violencia, pues esta se hace por virtud del poder que la fortuna da a unos sobre otros, y el engaño procede de pura malicia y sinrazón, debiendo evitarlo los que tratamos grandes negocios.
»Tampoco quiero que fiéis tanto en mis juramentos como en lo que está a vuestra vista, y que las obras correspondan a las palabras según pide la razón, y os dije al principio. Mas si, habiendo oído este discurso mío, os excusáis diciendo que no podéis hacer lo que pedimos y que nos pedís como amigos que partamos de vuestra tierra sin haceros daño, pretendiendo que no gozaréis sin perjuicio esta libertad que se debe ofrecer a los que la puedan ejercitar sin riesgo, y que ninguno ha de ser obligado a tomarla por fuerza y contra su voluntad, yo declaro delante de los dioses patrones de esta ciudad que, habiendo venido por vuestro bien, no he podido aprovechar nada con vosotros por buenas razones; que procuraré, destruyendo vuestras tierras, obligaros a ello por fuerza, teniendo por cierto que lo hago con buena y justa causa, por dos razones: la primera por el bien de los lacedemonios, para que no reciban, por amor a vosotros, si os dejan en el estado presente, el perjuicio del dinero que dais a los atenienses sus contrarios, y la segunda por el bien universal de todos los griegos, a fin de que, por vosotros solos, no sean impedidos de recobrar su libertad, que si no fuese por esto, bien sabemos que no deberíamos obligar a nadie a gozar de libertad. No pretendemos dominio sobre vosotros sino solamente libraros del yugo de los atenienses. Os ofenderíamos si restituyendo a los otros en su derecho y libertad, os dejásemos solos obstinados en el mal. Por tanto, varones acantios, tomad buen consejo en vuestros negocios y mostrad a los otros griegos el camino de recobrar su libertad ganando la gloria y honra perpetua de haber sido los primeros y principales para ello como para evitar el daño que sufrirán vuestras haciendas, y también para dar a esa vuestra ciudad renombre glorioso como es el de independiente y libre.»
Después que Brásidas pronunció este discurso al pueblo, todos los acantios discutieron largamente sobre la materia, y al fin dieron sus votos secretos, siendo la mayor parte de opinión que se debían apartar de la alianza con los atenienses, así por las razones y persuasiones de Brásidas, como por temor de perder los bienes y haciendas que tenían en los campos. Habiendo recibido primeramente juramento a Brásidas de que tenía comisión de los lacedemonios de poner en libertad a todos los que se le rindiesen, y dejarles vivir conforme a sus leyes y costumbres, admitieron a él y a su ejército dentro de la ciudad, y lo mismo hicieron pocos días después los de Estagira, que es otra colonia de Andros.
Estas cosas fueron hechas en aquel verano.
XII.
Los generales atenienses Hipócrates y Demóstenes emprenden la campaña contra los beocios y son vencidos con grandes pérdidas.
Al principio del invierno siguiente[97], Hipócrates y Demóstenes, capitanes de los atenienses, acordaron seguir su empresa contra los beocios, yendo Demóstenes con su armada al puerto de Sifas, e Hipócrates con el ejército a Delio, según antes dijimos. Por error de cuenta en los días no llegaron el señalado a estos lugares, arribando Demóstenes a Sifas el primero con muchas naves de los acarnanios y otros aliados. Descubrió su empresa un focense llamado Nicómaco, que dio aviso a los lacedemonios, y estos advirtieron a los beocios, todos los cuales se pusieron en armas, y antes que Hipócrates hiciese daño alguno en la tierra, acudieron al socorro de Sifas y Queronea. Viendo los moradores de las ciudades que habían hecho los tratos con los atenienses que la conspiración estaba descubierta, no se atrevieron a innovar cosa alguna.
Después que los beocios volvieron a sus casas, Hipócrates armó a todos los ciudadanos y moradores de Atenas y a los extranjeros que en ella había; fue directamente a Delio y puso cerco al templo de Apolo de esta manera. Primeramente hizo un gran foso en torno del circuito del templo y un baluarte de tierra a manera de muro, plantando en él muchas estacas; además del muro construyó reparos alrededor de ladrillo y piedra que tomaban de las casas más cercanas. Bajo de los reparos hicieron sus torres y bastiones, de modo que no quedó nada del templo sin cercar, porque no había otro edificio alguno en torno de él, pues un pórtico que antiguamente allí estaba, se arruinó poco tiempo antes. El cerco lo hicieron en dos días y medio, no tardando en llegar más de tres días.
Hecho esto, el ejército se retiró ocho estadios más adentro de la tierra, como si volviera al punto de partida; los soldados armados a la ligera, que eran muchos, salieron del campamento, y todos los otros se desarmaron y estuvieron reposando en los lugares cercanos. Demóstenes con alguna gente de guerra se quedó en Delio para guardar los parapetos y acabar lo que quedaba de la obra.
En estos mismos días los beocios se juntaron en Tanagra, y dudaban si acometerían o no a los atenienses, porque de once gobernadores de la tierra que eran, diez decían que no lo debían hacer, a causa de que los atenienses aún no habían entrado en Beocia, pues el lugar donde descansaban desarmados estaba en los confines de Oropo. Pero el tebano Pagondas, uno de los gobernadores, y Ariántidas, hijo de Lisimáquidas, que era el principal de aquella asamblea y caudillo de toda la gente de guerra, fueron de contraria opinión, sobre todo Pagondas, el cual, juzgando que era mejor probar fortuna combatiendo que esperar, arengó a todas las compañías de los beocios para que no dejasen las armas, sino que fuesen contra los atenienses y les presentaran batalla, pronunciando al efecto el siguiente discurso:
«Varones beocios, no me parece conveniente a ninguno de los que tenéis mando y gobierno pensar de veras que no debamos pelear con los atenienses si no los hallamos dentro de nuestra tierra, porque habiendo hecho sus fuertes y preparado sus municiones y reparos en Beocia, y partiendo de los lugares cercanos con intención de asolarla, no hay duda de que les debemos tener por enemigos en cualquier parte que los hallemos, pues de cualquiera que vengan declaran serlo ellos nuestros en las obras que realizan.
»Si alguno de vosotros ha opinado antes que no debemos pelear contra ellos, mude de opinión, pues se debe guardar igual respeto a los que tienen lo suyo y quieren ocupar lo ajeno, por codicia de tener más, como a los que quieren acometer a otros y les toman su tierra, y si habéis aprendido de vuestros mayores a lanzar a los enemigos de vuestra tierra de cerca o de lejos, mejor lo debéis hacer ahora contra los atenienses que son vuestros vecinos por ser iguales a ellos, que contra los más lejanos. Que si estos atenienses procuran y trabajan por sujetar a servidumbre aun a los que están lejos de ellos, razón tenemos para exponernos a todo peligro hasta el último extremo contra los que son nuestros enemigos tan cercanos, poniendo ante los ojos el ejemplo de los eubeos y de una gran parte de Grecia, viendo como a todos estos han sujetado, y considerando que si los otros vecinos contienden sobre los límites y términos, para nosotros, si somos vencidos, no habrá término ni lindero alguno en toda nuestra tierra, que si entran en ella por fuerza hay peligro de que toda la ocupen mejor que la de los otros vecinos, por ser más cercanos. La costumbre de los que confiados en sus fuerzas hacen guerra a sus vecinos como al presente los atenienses, es acometer antes a los que están en reposo y solo procuran defender su tierra, que a los que son bastantes para oponérseles cuando les quisieren atacar, y también si ven ocasión para ello comenzar la guerra, según lo sabemos por experiencia, porque después que los vencimos en la jornada de Queronea, cuando ocupaban nuestro país por nuestras sediciones y discordias, siempre hemos poseído esta tierra de Beocia segura y en paz. De ello debemos tener memoria los que somos de aquel tiempo; siendo ahora como entonces, y los más jóvenes, hijos y descendientes de aquellos varones buenos y esforzados, procurar corresponder a sus virtudes y no dejar perder la gloria y honra que ganaron sus antepasados.
»Tengamos además confianza en que nos será propicio el dios cuyo templo con gran desacato han cercado, y consideremos que los sacrificios hechos nos dan esperanza cierta de victoria. Trabajemos, pues, para demostrar a los atenienses que si han ganado por fuerza alguna cosa de las que codiciaban fue contra gente que no sabía ni podía defenderse; mas cuando emprendieron algo contra los que están acostumbrados por su virtud y esfuerzo a defender su tierra y libertad, y a no querer quitar injustamente la libertad a los otros, no lo han logrado sin pelear.»
Con estas razones persuadió Pagondas a los beocios para que fuesen contra los atenienses, y en seguida levantó su campo yendo en su busca, aunque era avanzado el día, y asentó el real cerca del campo enemigo junto a un pequeño cerro que estaba en medio e impedía se vieran unos a otros; allí puso su gente en orden de batalla para combatir a los atenienses.
Volvamos a Hipócrates, que había quedado en Delio, y que, avisado de que los beocios habían salido con gran ímpetu del pueblo, mandó a los suyos que saliesen al campo, se armasen y tuviesen todo dispuesto. Poco después llegó él con toda su gente, excepto trescientos hombres de armas que dejó en Delio para guarda de los reparos y para que acudiesen en socorro del otro ejército, si fuese menester, al tiempo de la batalla.
Los beocios enviaron delante algunos corredores para perturbar el orden a los enemigos, subieron a lo alto de la montaña y pusiéronse a vista de todos ellos, apercibidos al combate. Eran en junto siete mil bien armados de gruesas armas, más de diez mil armados a la ligera y cerca de mil quinientos de a caballo. Tenían ordenadas sus tropas de esta manera: la infantería, a saber, los tebanos y sus aliados en la derecha, en medio estaban los de Haliarto, Coronea, Copas y todos los demás que habitan alrededor de la laguna; a la izquierda los de Tanagra, Tespias y Orcómeno, y en ambos extremos los de a caballo; de los soldados armados a la ligera con lanza y escudo, en cada ala veinticinco, y los restantes, según se hallaron por suerte.
Los atenienses tenían puesta su gente en este orden: los hombres de a pie, bien armados, en lo cual eran iguales a los enemigos, hicieron un escuadrón espeso de ocho hombres por hileras, y con ellos venían los de a caballo, pues soldados armados a la ligera no los tenían por entonces ni en su ejército ni en la ciudad; porque los que al principio fueron con ellos en esta empresa, que eran mucho más en número que los contrarios, aunque gran parte sin armas, por ser los más labradores cogidos en el campo y extranjeros, volvieron pronto a sus casas, y no se hallaron en el campo sino muy pocos.
Puestos todos en orden de batalla de ambas partes y esperando la seña para el ataque, Hipócrates, capitán de los atenienses que llegó en aquel momento, arengó a los suyos de esta manera:
«Varones atenienses, para hombres esforzados y animosos como vosotros, no hay necesidad de largo discurso, sino que bastan pocas palabras, más por traeros a la memoria quién sois, que por mandaros lo que habéis de hacer. No imaginéis que con causa injusta venís a poneros en peligro en tierra ajena; porque la guerra que hacemos en esta, es por seguridad de la nuestra, y si somos vencedores, no volverán jamás los peloponesios a acometernos en nuestro territorio, viéndose sin caballería, de que siempre los proveen estos beocios. Así, pues, ganando con una batalla esta tierra, libraréis la vuestra de males y daños en adelante. Entrad con esforzado ánimo en la batalla como es digno y conveniente a la patria que cada cual de vosotros se gloría y alaba de que sea la señora de toda Grecia, imitando la virtud y el valor de vuestros antepasados, los cuales, después que vencieron a estos beocios en una batalla junto a Enófita, fueron señores de su tierra por algún tiempo.»
Con estas razones iba Hipócrates amonestando a su gente, rodeándolos conforme iban puestos en orden, y apercibidos para pelear, hasta que llegó en medio de ellos.
Los beocios, por orden de Pagondas, dieron la señal para comenzar la batalla tocando sus trompetas y clarines, y en tropel descendieron todos de la montaña con grande ímpetu. Al ver el ataque Hipócrates, hizo también marchar a los suyos y que les saliesen delante a buen trote, siendo los primeros en el encuentro. Y aunque los postreros no pudieron llegar tan pronto a herir, fueron tan trabajados como los otros por causa de los arroyos que tenían que pasar. Trabada la batalla, todos peleaban fuertemente, defendiéndose a pie quedo amparados con sus escudos y rodelas; la izquierda de los beocios fue rota y dispersada por los atenienses, hasta los del centro pasaron adelante para batir a los tespios que estaban enfrente de ellos, y del primer encuentro mataron muchos. Quedaron todos cerrados en un escuadrón unos contra otros, hiriendo y matando a los tespios, que se defendían valerosamente. En este encuentro resultaron muchos atenienses muertos por sus mismos compañeros, porque, queriendo cercar y atajar a los enemigos, se metían en medio de ellos y se mezclaban los unos con los otros, de manera que no se podían conocer. La izquierda de los beocios fue, pues, vencida y desbaratada por los atenienses, y los que se salvaron se acogieron a la derecha, en la cual venían los tebanos que peleaban animosamente, de tal manera, que rompieron a los atenienses dispersándolos y siguiéndoles al alcance por algún rato. En esta situación, aconteció que dos compañías de gente de a caballo que Pagondas había enviado en ayuda de la izquierda, cargaron, cubiertas por un cerro, con gran furia, y cuando llegaron a vista de los atenienses que seguían al alcance de los fugitivos, creyendo estos que aquel era nuevo socorro que acudía a los beocios, cobraron tanto miedo que se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los otros atenienses, así de una parte como de la otra, unos hacia la mar por la parte de Delio, otros hacia tierra de Oropo, otros hacia el monte Parnes y otros a diversos lugares donde esperaban poderse salvar. Muchos de ellos fueron muertos por los beocios, sobre todo por los de a caballo, así de la gente de la tierra como de los locros, que al tiempo de la batalla acudieron en su ayuda hasta que llegó la noche que los separó, siendo esta causa de que se salvaran muchos.
Al día siguiente, los que llegaron a Oropo y Delos, dejaron allí gente de guarnición, y volvieron por mar a sus casas.
Los beocios, por memoria de esta victoria, levantaron un trofeo en el mismo lugar donde había sido la batalla. Después enterraron sus muertos, despojaron a los enemigos, y, dejando allí alguna gente de guarda, partieron para Tanagra, donde dispusieron las cosas necesarias para ir en busca de los atenienses que estaban en Delio, a los cuales enviaron primero un trompeta, quien encontrando en el camino al de los atenienses, que iba a pedir sus muertos, le dijo que no pasase adelante y fuera con él, porque no harían nada de lo que iba a pedir hasta que él volviera, y así lo hizo. Al llegar el trompeta de los beocios donde estaban los atenienses, díjoles el mensaje que traía, que era asegurarles que habían obrado injustamente y traspasado las leyes humanas de los griegos, por los cuales está prohibido a todos los que entran en la tierra de otros tocar a los templos; que no obstante esto, los atenienses habían cercado el templo de Delio, y metido dentro su gente de guerra, violándolo y haciendo en él todas las profanaciones que se acostumbran a hacer fuera de él; que habían tomado el agua consagrada, no siendo lícito tocarla a otros que a los sacerdotes para los sacrificios, y la empleaban y se servían de ella para otros usos, por lo cual les requerían, así de parte del dios Apolo como de la suya, llamando e invocando para esto todos los dioses que tienen en guarda aquel lugar, y principalmente tomando al dios Apolo por testigo, que partiesen de aquel sitio con todo su bagaje.
Los atenienses dijeron a esto que darían la respuesta a los beocios por medio del trompeta que les enviarían. Este les respondió de su parte que no habían hecho cosa ilícita ni profana en el templo, ni la harían en adelante, si no fuesen obligados a ello, porque no habían ido con tal intención sino para hacer guerra contra los que quisiesen ofender al templo, lo que les era lícito por las leyes de Grecia, conforme a las cuales es permitido que los que tienen el mando y señorío de alguna tierra, sea grande o pequeña, tengan asimismo en su poder los templos para hacer continuar los sacrificios y ceremonias acostumbradas en cuanto fuere posible; y que siguiendo estas leyes los mismos beocios y los otros griegos cuando han ganado alguna tierra o lugar por guerra, y echando de ella a los moradores, tienen los templos que antes eran de los habitantes por suyos propios; por tanto, los atenienses ejercerían este derecho en aquella tierra que deseaban poseer como suya. En cuanto a lo del agua del templo, dijeron que si la habían tomado, no fue por desacato a la religión, sino que, yendo allí para vengarse de los que les habían talado su tierra, fueron obligados por necesidad a tomar el agua para los usos necesarios, y que, por derecho de guerra, a los que se ven en algún apuro, es justo y conveniente que Dios les perdone lo que hacen, porque en tal caso hay recurso a los dioses y a sus aras para alcanzar perdón de los yerros que no se cometen voluntariamente, y son estimados por malos y pecadores a los dioses los que yerran y pecan por su voluntad y a sabiendas, no los que hacen alguna cosa por necesidad. Decían también que eran mucho más impíos y malos para con los dioses los que por dar los cuerpos de los muertos quieren adquirir los templos, que los que forzados contra su voluntad toman de estos las cosas necesarias para sus usos, siendo lícito tomarlas. Asimismo les declararon que no partirían de la tierra de Beocia porque pretendían estar donde estaban con buen derecho, y no por fuerza; por tanto, pedían mandasen darles sus muertos, según su derecho y costumbre de Grecia.
A esta demanda respondieron los beocios que si los atenienses entendían estar en tierra de Beocia, partiesen en paz de ella con todas sus cosas; y si pretendían estar en su propia tierra, ellos sabían bien lo que habían de hacer, pues la tierra de Oropo, donde habían sido muertos, era de la jurisdicción de los atenienses, por lo cual, no teniendo los beocios sus muertos contra su voluntad, no estaban obligados a devolvérselos; antes era más razonable que partiesen de su tierra, y entonces les darían lo que demandaban. Con esta respuesta partió el trompeta de los atenienses, sin convenir cosa alguna.
Poco después los beocios mandaron ir del golfo Melieo algunos tiradores y honderos con dos mil infantes muy buenos que los corintios les habían enviado después de la batalla, y alguna otra gente de socorro de los peloponesios, que era la que había vuelto de Nisea con los megarenses. Con este ejército partieron de allí, y asentaron su campo delante de Delio, donde trabajaron por combatir los fuertes y reparos de los atenienses con diversos ingenios y artefactos de guerra, y, entre otros, con uno que fue causa de la toma de Delio, el cual estaba hecho en esta manera.
Aserraron por la mitad a lo largo una viga, acanalaron cada media, de manera que, juntas, formaban hueco como flauta; de uno de los extremos salía un hierro hueco, y vuelto hacia abajo como pico, y de este estaba colgado de unas cadenas un caldero de cobre lleno de brasas, de pez y de azufre. Llevando sobre ruedas esta máquina, la juntaron con el muro por la parte que casi todo estaba formado con madera y sarmientos. Puesta allí, y soplando con grandes fuelles, por el agujero del otro extremo de la viga pasó el aire por el hueco, y volviendo por el pico de hierro, soplaba en el caldero, de manera que la llama grande que salía de él incendió el muro, de tal modo, que no pudiendo estar en él los que le defendían, huyeron, y tomadas las defensas, entraron los beocios en la ciudad, prendieron cerca de doscientos de los que la defendían y mataron a muchos; los demás se salvaron acogiéndose a las naves que estaban en el puerto. Así recobraron el templo de Delio diez y siete días después de la batalla. Poco tiempo después volvió el trompeta de los atenienses, que no sabía nada de esta presa, a los beocios para pedirles los muertos, y se los dieron, sin hablarle más de lo que le habían dicho la primera vez.
Fueron los que se hallaron muertos, así en la batalla como en la toma de Delio, de parte de los beocios cerca de quinientos, y de la de los atenienses cerca de mil, y entre otros Hipócrates, uno de sus capitanes, sin los soldados armados a la ligera y la gente de servicio del campo, que murieron en gran número. Después de esta batalla, Demóstenes, que había partido por mar para tomar Sifas, viendo que no podía salir con la empresa, sacó de sus naves hasta cuatrocientos hombres, así de los agreos y acarnanios como de los atenienses que tenía consigo, y con ellos arribó a tierra de Sición; mas antes que pudiesen desembarcar todos, los sicionios, que se habían reunido para defender su patria, les acometieron y dispersaron, e hicieron huir hasta meterlos dentro de sus naves, matando y prendiendo a muchos.
XIII.
Brásidas, general de los lacedemonios, toma la ciudad de Anfípolis por traición, y por convenios algunos otros lugares de Tracia.
Al tiempo que pasaron estas cosas en Delio, Sitalces, rey de los odrisios, murió en una batalla contra los tríbalos, a quienes había declarado la guerra, y le sucedió Seutes, hijo de Esparádoco, su hermano, tanto en el reino de los odrisios como en las otras tierras y señoríos que tenían en la región de Tracia.
En este mismo invierno, Brásidas, con los aliados y los lacedemonios que tenía en Tracia, declaró la guerra a los de la ciudad de Anfípolis, situada en la ribera del río Estrimón, porque era colonia de los atenienses, la cual, antes que la poblasen, fue habitada por el milesio Aristágoras cuando vino huyendo de la persecución del rey Darío. Después fue echado de ella por los edonios, y los atenienses, treinta y dos años más tarde, enviaron diez mil hombres de guerra, así de los suyos como de otros que llegaron de todas partes, los cuales fueron vencidos y dispersados por los tracios junto al lugar de Drabesco. Veintinueve años después los atenienses enviaron de nuevo su gente de guerra al mando de Hagnón, hijo de Nicias, y expulsaron a los edonios, fundando la ciudad como está al presente. Llamábase antes los Nueve Caminos. El punto de partida de los atenienses con Hagnón fue Eyón, una villa que tenían en la boca del río, en la cual hacían su feria y mercado. Llamáronla Anfípolis por estar cercada por dos partes de aquel río Estrimón, e hicieron una muralla que llegaba desde un brazo del río al otro, puesta en un lugar alto, donde tiene muy linda vista a la mar y a la tierra.
Estando Brásidas en el lugar de Arnas, situado en tierra de los agreos, partió con todo su ejército y llegó a la puesta del sol a Aulón y a Bromisco por la parte en que el lago de Bolbe entra en la mar, y después de cenar se puso en camino, aunque la noche era muy oscura y nevaba, caminando de manera que llegó delante de la ciudad sin que lo supieran los que estaban dentro, excepto algunos de aquellos con quien él tenía inteligencias, que eran los argilios, naturales de Andros, que habían ido a morar allí, y de otros que fueron inducidos, así por Pérdicas como por los calcídeos; pero los principales en estas inteligencias eran los argilios, enemigos siempre de los atenienses, y por tanto deseosos de que los peloponesios tomaran la ciudad. Tramada por estos la traición con Brásidas, con el consentimiento de los que por entonces tenían el gobierno de la ciudad, le franquearon la entrada, y aquella misma noche, rebelándose a los atenienses, se unieron al ejército de Brásidas junto al puente que está sobre el río a muy poco trecho de la ciudad, la cual no estaba por entonces cercada de muralla como está ahora, y aunque había algunos soldados de guardia en el puente, por ser de noche, por el mal tiempo y por su rápida llegada, los rechazó fácilmente, ganó el puente y prendió a los ciudadanos que moraban en el arrabal, excepto unos pocos que, huyendo, se salvaron metiéndose en la ciudad. Su entrada alarmó a los ciudadanos, porque sospechaban unos de otros; y dicen que si Brásidas intentara tomar la ciudad, antes de dejar a su gente que se entretuviese en robar los arrabales, la tomara sin duda alguna.
Pero mientras los suyos se ocuparon en robar, los de la ciudad se aseguraron y pusieron en resistencia, de manera que Brásidas no osó proseguir su empresa, mayormente viendo que sus parciales no se alzaban por él en la ciudad ni lo podían hacer, porque los ciudadanos, que se hallaron en mayor número, impidieron que las puertas fuesen abiertas, y por consejo de Eucles, capitán de los atenienses, enviaron con toda diligencia a llamar a Tucídides, hijo de Óloro, el mismo que escribió esta historia, el cual a la sazón gobernaba por los atenienses en Tasos, tierra de Tracia, ciudad de los dorios, distante de Anfípolis un día de camino, para que les socorriese. Sabido por Tucídides, se preparó a escape, y con siete naves que por ventura estaban en el puerto, partió con intención de socorrer a Anfípolis, si no había sido tomada, y si lo había sido, tomar a Eyón.
Entretanto, Brásidas, que temía el socorro que fuera de Tasos por mar, y sospechaba que Tucídides, que tenía en aquel paraje a su cargo las minas de donde sacaban el oro y la plata para la moneda, por cuya causa tenía gran autoridad y amistad con los principales de la tierra, reuniese mucha gente, determinó hacer lo posible por ganar la ciudad por tratos y conciertos antes que los ciudadanos pudiesen recibir este socorro; por tanto, mandó pregonar a son de trompeta que todos los que estaban en la ciudad, fuesen ciudadanos o atenienses, permanecerían si quisiesen en su estado y libertad como antes, ni más ni menos que los del Peloponeso, y, los que no lo quisieran, pudiesen salir con sus haciendas en el término de cinco días. Oído este pregón, los más de los principales ciudadanos mudaron de parecer, entendiendo que por tal medio venían a estar en libertad, porque entonces gobernaban los atenienses la menor parte de la ciudad. Lo mismo pensaron los ciudadanos cuyos parientes y amigos fueron presos en los arrabales, que eran en gran número, temiendo que si esto no se aceptaba, sus parientes y amigos serían maltratados. También los atenienses, viendo que sin peligro podían salir con su bagaje, y que no esperaban socorro en breve, y todos los demás del pueblo, porque por este concierto quedaban fuera de peligro y se ponían en libertad de común acuerdo, aceptaron el partido a persuasión de los que tenían inteligencias con Brásidas, no pudiéndose recabar otra cosa de ellos, por más que el gobernador que entonces había allí por los atenienses les quisiese persuadir de lo contrario; de esta manera se entregó la ciudad a Brásidas.
En la noche de aquel día arribó Tucídides con sus naves a Eyón, estando ya Brásidas dentro de Anfípolis, el cual hubiera ganado también la villa de Eyón si la noche no sobreviniera, y aun también la tomara al amanecer del día siguiente si no hubiese llegado aquel socorro de las naves. Tucídides ordenó las cosas necesarias para defender la villa si Brásidas quisiese entrar, y también para poder acoger los de tierra firme que quisieran juntarse con él. De aquí provino que Brásidas, que había llegado a la costa con buen número de naves junto a Eyón, habiéndose esforzado por ganar un cerro que está a la boca del río, junto a la villa, para poder después tomarla por la parte de tierra, fue rechazado por mar y tierra y obligado a volver a Anfípolis para ordenar las cosas necesarias en la ciudad.
Poco tiempo después se le rindió la ciudad de Mircino, que está en tierra de los edonios, porque Pítaco, rey de los edonios, murió a manos de su mujer y de los hijos de Goaxis. A los pocos días se le rindieron Galepso y Esima, dos pueblos de los tasios, por intercesión de Pérdicas, que llegó a la ciudad poco después de tomada.
Cuando los atenienses supieron la pérdida de la ciudad de Anfípolis, se apesadumbraron mucho, porque les era muy útil, así por razón del dinero que sacaban de ella y de la madera que allí cortaban para hacer naves, como también porque, teniendo los lacedemonios el paso para ir contra los aliados de los atenienses hasta el río Estrimón, llevados por los tesalios, que eran de su partido, no podían pasar el río a vado, porque era muy hondo, ni tampoco con barcas, porque los atenienses vigilaban el río; pero habiendo los lacedemonios ganado la ciudad, y por consiguiente, el puente del río, les era fácil atravesarlo, por lo cual los atenienses temían que sus amigos y aliados se pasasen a los lacedemonios, tanto más que Brásidas, no solo se mostraba en todas sus cosas cortés y afable, sino que publicaba en todas partes que había ido para poner a toda Grecia en libertad, por lo cual las otras ciudades y villas del partido de los atenienses, sabido el buen tratamiento que Brásidas hacía a los de Anfípolis y que ofrecía libertad, estaban inclinadas a apartarse de la obediencia de los atenienses, enviándole secretamente embajadores y mensajeros para hacer conciertos y tratos con él, procurando cada cual ser el primero, y pensando que nada debían temer de los atenienses, porque hacía largo tiempo que no tenían guarnición en aquellas partes y no sospechaban que su poder fuese tan grande como después conocieron por experiencia, y también porque estos tracios son gente que acostumbra a guiar sus cosas más por afición desordenada que por prudencia y razón, ponen toda su esperanza en lo que desean sin motivo alguno, y lo que no quieren lo reprueban so color de razón. También fundaban su intento en la derrota que los atenienses habían sufrido en Beocia, pareciéndoles que no podrían tan pronto enviar gente de socorro a aquellas partes; pero mucho más les movían las persuasiones de Brásidas, quien les daba a entender que los atenienses no habían osado pelear con él junto a Nisea, aunque no tenía entonces mayor ejército que el que ahora mandaba. Por estas razones y otras semejantes estaban muy alegres de verse en libertad bajo la protección y amparo de los lacedemonios, que, por haber llegado entonces a hacer la guerra en aquella región, resolvieron seguirles y ayudarles con todo su poder.
Sabido esto por los atenienses, y considerando el peligro en que allí estaban sus cosas, enviaron apresuradamente socorro a aquellas partes para guarda y defensa de sus tierras, aunque era en tiempo de invierno. También Brásidas había escrito a los lacedemonios que le enviasen gente de socorro, y que entretanto mandaría hacer el mayor número de barcos que pudiese en el río Estrimón; pero los lacedemonios no le enviaron socorro alguno por la discordia que sobre este punto había entre los principales de la ciudad, y porque los del pueblo en general deseaban recobrar los prisioneros en Pilos y hacer treguas o paz antes que continuar la guerra.
XIV.
Brásidas toma la ciudad de Torone por capitulación y la de Lécito por asalto.
En este invierno los megarenses volvieron a tomar el largo muro que los atenienses les habían ganado primero y le derribaron.
Brásidas, después de la toma de Anfípolis, partió con su ejército hacia la llamada Acte, que está en una montaña nombrada Atos, y en la que comienza el canal real. La montaña se prolonga hasta el mar Egeo, a la costa del cual están asentadas muchas ciudades, como son Sane, habitada por los andrios, y situada junto al canal, en la parte de la mar, enfrente de Eubea, Tiso, Cleonas, Acrotoos, Olofixo y Dío, habitadas por gentes de diversas naciones, bárbaros que usan dos lenguas y en parte de calcídeos, mas principalmente de pelasgos y tirsenos que antes habitaron en Lemnos y en Atenas, y también de bisaltios, crestonios y edonios que moran en algunos lugares de aquella región. Todas estas ciudades se rindieron a Brásidas. Porque Sane y Dío le hicieron resistencia, robó y taló su tierra, y viendo que no las podía sujetar, partió de allí y fue derechamente contra la ciudad de Torone, en tierra de Calcídica, que tenía el partido de los atenienses; esto hizo a solicitud de algunos ciudadanos, con quien tenían inteligencias, y que le habían prometido facilitarle la entrada. Caminó toda la noche, de manera que antes que amaneciese llegó al templo de Cástor y Pólux, que dista de la ciudad cerca de tres estadios, sin que ningún ateniense de los que estaban dentro para guarda de ella lo pudiese sentir, ni menos los ciudadanos, excepto los que estaban en la conspiración, de los cuales, algunos, seguros de su venida, metieron en la ciudad siete soldados de los suyos, que no llevaban otras armas sino sus espadas; estos siete no temieron entrar sin sus compañeros, que serían hasta veinte, a quien Brásidas había encargado este hecho bajo el mando de Lisístrato de Olinto. Metidos estos siete soldados en la ciudad por la muralla que está hacia la mar, subieron de pronto a una alta torre asentada sobre un collado, mataron a los que estaban para guarda de ella y rompieron un postigo situado a la parte de Canastreo.
Entretanto, Brásidas, con su ejército, se iba acercando más a la ciudad, y para esperar el éxito de esta sorpresa envió delante cien soldados muy bien armados que estuviesen dispuestos a entrar tan pronto como viesen alguna de las puertas de la ciudad abierta, y la señal que los de dentro les habían de dar. Llegaron estos secretamente hasta cerca de los muros, y entretanto los conspiradores de la ciudad se prepararan para, con los siete soldados, poder ganarla y que les abriesen una puerta del mercado, rompiendo las trancas. Oyendo esto los cien soldados que estaban cerca, mandaron a algunos de ellos dar una vuelta a las murallas, y metiéronlos dentro por el postigo que primero fue roto a fin de que los que no sabían nada de esta empresa, viéndose acometer súbitamente por delante y por las espaldas, fuesen más turbados, y después hicieron la señal de fuego que habían concertado con Brásidas, metiendo los que quedaban de los cien soldados por la puerta del mercado.
Cuando Brásidas vio la señal, caminó con lo restante de su ejército lo más apresuradamente que pudo hacia la ciudad, haciendo gran ruido para espantar más a los habitantes, entrando unos por las puertas que hallaron abiertas y subiendo otros por los andamios apoyados al muro por una parte que estaba arruinado y en reparación. Cuando estuvieron todos dentro, Brásidas se dirigió a lo más alto de la ciudad, y de allí por todas las plazas y calles a fin de apoderarse de toda ella.
Viendo esto los ciudadanos que no conspiraban, procuraron salvarse lo mejor que podían, mas los participantes en las inteligencias se unieron a los lacedemonios. De los atenienses que estaban en el mercado por guarda de la ciudad, que serían cincuenta soldados, unos fueron muertos estando durmiendo; otros, oyendo el ruido, se salvaron por tierra, y otros dentro de dos naves que estaban en el puerto para guarda de él, huyendo a Lécito, donde había otra guarnición de atenienses, y de pasada tomaron el castillo de una ciudad marítima que estaba en un seno del istmo o estrecho. Con ellos partieron muchos ciudadanos de Torone, los que eran más afectos a los atenienses.
Amaneció estando toda la ciudad por Brásidas, quien mandó pregonar a son de trompeta que todos los que se habían retirado con los atenienses pudiesen volver seguros, recobrar sus bienes y haciendas y usar y gozar del derecho de ciudadanos como antes. Por otra parte, mandó a los atenienses que estaban en Lécito, que saliesen, porque aquella villa pertenecía a los calcídeos, permitiéndoles salir salvos con su bagaje. Pero respondieron que no saldrían, y demandaron a Brásidas un día de término para sacar sus muertos, el cual les otorgó dos, durante los cuales fortificó sus fuerzas, y también los atenienses las suyas. Además, mandó reunir los ciudadanos de Torone, y les dijo casi lo mismo que a los acantios, a saber: que no era razón que los que habían tenido con él conciertos para meterle en la ciudad, fuesen reputados por malos ni traidores, pues que no lo habían hecho por dádivas ni dineros, ni por poner la ciudad en servidumbre, sino en libertad, y por el bien y procomún de todos los ciudadanos, y asimismo que no era razón que los que no habían sido participantes de estos tratos y conciertos, fuesen por eso privados de sus bienes y haciendas, porque no había ido allí para destruir la ciudad ni perjudicar a ningún ciudadano, sino por librarles de servidumbre, y por ello había mandado decir a los que se fueron con los atenienses que podían volver a gozar como antes de sus haberes, para que todos supiesen que la amistad de los lacedemonios, cuando la probaran, no era de peor condición que la de los atenienses, y se aficionaran a seguir su partido, hallándolo por experiencia más justo y conforme a razón. Y que si al principio tenían algún temor por no haber aún experimentado la naturaleza y condiciones de los lacedemonios, ahora les rogaba fuesen en adelante sus amigos y confederados buenos y leales, porque si, después de esta amonestación, cometían alguna falta o yerro serían culpables y dignos de castigo, lo cual no habían sido hasta entonces, sino aquellos que por fuerza les tenían en sujeción por ser más poderosos que ellos, y que si hasta la hora presente habían sido adversarios de los lacedemonios, la razón obligaba a perdonarles.
Con estas y otras palabras semejantes amonestó Brásidas a los toronenses, y cuando los dos días de las treguas pasaron, fue contra Lécito, creyendo tomarla por asalto, porque los muros eran muy flacos, y en alguna parte labrados de madera; mas los atenienses se defendieron valientemente el primer día e hicieron retirar a los lacedemonios. Al siguiente, Brásidas mandó acercar un aparato para lanzar fuego dentro de la villa cerca del muro que era de madera, y viendo esto los atenienses construyeron en seguida una torre de madera sobre el muro frente al aparato, y pusieron en ella muchos toneles llenos de agua con instrumentos para echarla, y también muchas piedras, mas por el gran número de gente que subía a la torre, cayó súbitamente a tierra, y del ruido que hizo al caer, los atenienses, que estaban cerca tuvieron más pesar que espanto; pero los que estaban más lejos, creyendo que la villa fuese ya tomada, huyeron hacia la mar para meterse en los navíos anclados en el puerto. Entonces Brásidas, viendo que habían desamparado el muro, les combatió por aquella parte y tomó la ciudad sin gran dificultad, matando a todos los que salieron al encuentro, aunque una parte de los atenienses se salvó dentro de los navíos y fueron a Palene.
Brásidas había mandado pregonar antes del asalto a son de trompeta, que daría treinta minas de plata al primero que subiese al muro. Mas conociendo que la ciudad había sido tomada antes por gracia divina que por fuerzas humanas, ofreció aquella suma al templo de la diosa Palas, que estaba en aquella ciudad, y con este dinero fue reparado el templo destruido cuando se tomó la villa, con los edificios que después Brásidas reedificó. Lo restante de aquel invierno lo ocupó en fortificar las plazas que tenía y guardarlas de los enemigos.
Fue el octavo año de esta guerra.
XV.
Los atenienses ajustan treguas con los lacedemonios por un año.
A la primavera[98] los atenienses hicieron tregua con los lacedemonios por un año, pensando que durante este tiempo Brásidas no curaría de tener tratos ni inteligencias con los aliados de sus tierras para que se les rebelasen, y entretanto ellos las fortificarían, y también que en este plazo podrían tratar de una paz final si les fuera conveniente.
Los lacedemonios tenían por cierto que los atenienses temiesen los inconvenientes arriba dichos, como era verdad, y que teniendo por medio de la tregua reposo y descanso de los trabajos pasados, serían más inclinados a la paz. Los de Atenas devolvieron los prisioneros que era lo que más deseaban los lacedemonios, y esperaban poder alcanzar haciendo la tregua durante el tiempo que Brásidas andaba próspero, porque mientras él continuaba la guerra y prevalecía sobre sus enemigos, no esperaban que los suyos reposasen. La tregua fue concluida en esta forma. Los atenienses presentaron por escrito los artículos que demandaban, y los lacedemonios respondieron a ellos de la manera siguiente:
«Primeramente, en cuanto al templo y oráculo del dios Apolo, en Pitia, demandamos sea lícito a todos los que quisieren de una y otra parte ir a él sin fraude ni temor alguno para pedir consejo al oráculo en la manera acostumbrada.»
Este artículo fue aprobado por los lacedemonios y por los diputados de sus aliados que allí se hallaron, los cuales prometieron hacer su deber para que los beocios y los focenses le aprobasen, y que para ello les enviarían mensajeros.
«Tocante al dinero del templo de Apolo que fue robado, queremos que se proceda contra los culpados por rigor de justicia para castigarlos según su merecido y como se acostumbra a hacer en tal caso, y que nosotros y vosotros y todos aquellos que quisiesen ser comprendidos en la tregua guardarán las ordenanzas y costumbres antiguas respecto a este artículo.»
A esto respondieron los lacedemonios y sus aliados, que si la paz se hace, cada una de las partes se debe contentar con su tierra según que la posee al presente, a saber: que los términos y límites de los lacedemonios sean en los confines de Corifasio, entre Búfrade y Tomeo, y los de los atenienses en Citera, sin inmiscuirse ninguno de ellos en las alianzas de los otros.
«Ítem, que los de Nisea y Minoa no pasasen por el camino que va desde Pilos hasta el templo de Neptuno, y desde el templo hasta el puente que va a Minoa, por cuyo camino tampoco los megarenses puedan pasar, ni menos los que están en la isla que los atenienses nuevamente han tomado.
»Ítem, que los unos no tengan comercio alguno de mercaderías ni otra cosa con los otros.
»Ítem, que los atenienses puedan usar y gozar de todo lo que poseen al presente en la ciudad de Trecén, y todas otras tierras que les quedaren por contrato, a su voluntad.
»Ítem, que puedan ir por mar a sus tierras y a las de sus amigos y aliados, a su voluntad, y que los lacedemonios no puedan navegar con naves largas a vela, sino con barcos a remo de porte de 500 talentos.
»Ítem, que todos los embajadores puedan ir sin impedimento ni estorbo alguno con la compañía que quisieren, así por los dominios de los peloponesios como por los de los atenienses, por mar como por tierra, para tratar de conciertos.
»Ítem, que no pueda ser recibido ni acogido ningún tránsfuga, siervo o libre, que se pasara de una parte a la otra.
»Ítem, que las diferencias que ocurriesen durante la tregua se sometan a juicio como antes de la guerra, terminando por sentencia y no por guerra.»
Respondieron los lacedemonios y sus aliados, que otorgaban y aprobaban todos estos artículos.
«Ítem, si viereis que hay alguna cosa más justa o mejor que lo que arriba es dicho, cuando volváis a Lacedemonia debéis advertírnoslo, porque los atenienses no rehusarán hacer todo lo que fuere justo y razonable.»
A esto respondieron los lacedemonios y sus aliados, que los embajadores que fuesen allá tendrían poder para tratar de esta materia con el cargo y autoridad que los atenienses para ello les dieren.
«Ítem, que estas treguas durarán un año.»
La firma era:
«Acordado por el pueblo, presidiendo la tribu Acamántide; por escribano Fenipo; Nicíades asistente; Laques relator de estas treguas, las cuales sean en buen hora para el bien y pro de los atenienses, según que los lacedemonios las otorgaran, y prometen las partes guardarlas por espacio de un año entero, que comenzará a correr desde hoy, día de la fecha, a 14 del mes Elafebolión (diciembre); que durante estas treguas los embajadores puedan ir y venir de una parte a la otra, y hablar y tratar medios para dar fin a la guerra; que los jueces y sus lugartenientes a su requerimiento puedan juntar el Senado y los del pueblo para este efecto, y que los atenienses sean los primeros que envíen embajadores para tratar de este asunto, y a su vuelta lleven la aprobación y ratificación del pueblo de Atenas, obligándose a guardar y cumplir la tregua durante un año.»
Fue tratado y acordado entre los atenienses y lacedemonios y sus aliados, y después aprobado y ratificado en Lacedemonia a doce días del mes Gerastio. Autores y componedores de estas treguas fueron: de parte de los lacedemonios, Tauro, hijo de Equetímidas; Ateneo, hijo de Periclidas, y Filocáridas, hijo de Erixilaidas; de la de los corintios, Eneas, hijo de Ócito, y Eufámidas, hijo de Aristónimo; de la de los sicionios, Damotino, hijo de Náucrates, y Onásimo, hijo de Megacles; de la de los de Mégara, Nicasio, hijo de Cécalo, y Menécrates, hijo de Anfidoro; de los epidaurios, Anfias, hijo de Eupaidas; de la de los atenienses, Nicóstrato, hijo de Diítrefes, que era juez; Nicias, hijo de Nicérato, y Autocles, hijo de Tolmeo. Así se ajustaron estas treguas, durante las cuales hubo muchas negociaciones por ambas partes para la paz.
XVI.
Rómpese la tregua por tomar Brásidas las ciudades de Escíone y de Mende, valiéndose de la rebelión de sus habitantes contra los atenienses.
En estos días, mientras se trataba de la tregua y se ratificaba el convenio, la ciudad de Escíone, asentada cerca de Palene, se rebeló a los atenienses, y se entregó a Brásidas so color de que los escionios decían ser de Pelene, naturales de tierra de Peloponeso, y que sus antepasados cuando volvieron de la guerra de Troya por mar, una tempestad les arrojó a aquellas partes, y allí pararon y habitaron la tierra. Al saber Brásidas su rebelión, partió hacia ellos de noche, en un barco ligero, mandando ir por delante una nave grande, a fin de que si encontraba algún navío de guerra de enemigos más poderoso que el suyo, la nave grande le pudiese socorrer, y si se encontraba con alguna que no fuese mayor que esta, probablemente acometería antes al barco grande que al pequeño, y durante el combate él se salvaría en el barco pequeño. Con este propósito, arribó a Escíone, sin encontrar ningún barco, y, al llegar, reunió a los del pueblo y habloles en la misma forma y sustancia que lo había hecho a los de Acanto y de Torone, elogiándoles mucho más que a los otros; porque, aunque los atenienses hubiesen tomado a la sazón la tierra de Palene y su estrecho lo tuviesen controlado por Potidea, haciendo que los escionios fuesen como isleños, tenían, sin embargo, propósito de ponerse en libertad y fuera de la servidumbre de los atenienses por sus propias fuerzas, y sin esperar que la necesidad les diese a conocer su propio bien; por cuya osadía y magnanimidad les juzgaba hombres buenos, esforzados y suficientes para emprender otro mayor hecho que aquel, si ocurriese. Manifestó esperanzas de que serían siempre buenos y leales amigos de los lacedemonios, y siempre honrados y apreciados por estos.
Con estas palabras y otras semejantes alentados, los escionios cobraron más ánimo, de tal manera, que todos de un acuerdo, así los que al principio les parecía la cosa mal, como los que la hallaban buena, determinaron soportar la guerra contra los atenienses en caso que se les hiciera; y además de otras muchas honras que hicieron a Brásidas, le pusieron una corona de oro en la cabeza como a libertador de Grecia, y como a hombre privado y su amigo y bienhechor, le dieron una guirnalda de flores, y le visitaban en su residencia, cual hacen con los vencedores en alguna batalla.
Brásidas no paró mucho allí; dejándoles pequeña guarnición, volvió al punto de donde había partido, y a los pocos días fue con más grueso ejército, con intención de ganar si podía, con la ayuda de los escionios, las ciudades de Mende y Potidea, antes que los atenienses fueran a socorrerlas, como sospechaba que harían. Mas habiendo ya comenzado los tratos e inteligencias para ello, antes de ponerlas en ejecución llegaron a él en una galera, Aristónimo de parte de los atenienses, y Ateneo de la de los lacedemonios, que le notificaron la tregua, por lo cual Brásidas volvió a Torone, y los embajadores con él, y en este lugar le declararon más cumplidamente el tenor del tratado de las treguas, que fue aceptado y aprobado por todos los aliados y confederados que moraban en la Tracia. Aristónimo, aunque aprobase el contrato en todo y por todo, decía que los de Escíone no estaban comprendidos en él, porque se habían rebelado después de la fecha de las treguas, lo cual contradecía Brásidas, queriendo sostener que lo hicieron antes, y, en efecto, dijo que no devolvería aquella ciudad, quedando la cuestión en suspenso. Cuando Aristónimo volvió a Atenas, y dijo todo lo ocurrido, los atenienses fueron de opinión de comenzar la guerra contra los escionios, y para ella dispusieron las cosas necesarias. Sabido esto por los lacedemonios, enviáronles un embajador para demostrarles que faltaban a las treguas, y que sin razón querían recobrar la ciudad de Escíone, por lo que les decía Brásidas, su capitán, y que si atacaban a la ciudad, los lacedemonios y sus aliados la defenderían; pero si querían someter la cuestión a juicio, lo aceptarían satisfechos. A esto respondieron los atenienses que no querían aventurar su estado en contienda de juicio, y que estaban resueltos a ir contra los escionios lo más pronto que pudiesen, sabiendo que si los de las islas se querían rebelar, los lacedemonios no les podrían socorrer por tierra; y a la verdad, los atenienses tenían razón en este asunto, porque era cierto que la rebelión de los escionios había sido dos días después de la conclusión del tratado de treguas; por lo tanto, la mayoría del pueblo fue de opinión, siguiendo el parecer de Cleón, de decretar la toma de la ciudad de Escíone y matar a los habitantes, preparándose todos para ejecutarlo.
Entretanto, la ciudad de Mende se rebeló también a los atenienses. Esta ciudad está en tierra de Palene, habitada y fundada por los eretrieos, la cual Brásidas recibió también en amistad como las otras, persuadiéndose que lo podía hacer con buen derecho, aunque se hubiese rebelado durante el término de la tregua, pues los atenienses faltaban a ella.
La razón por que los de Mende se animaron a rebelarse, fue porque conocían la voluntad de Brásidas, tomando por ejemplo y experiencia a los escionios, a quienes no había querido desamparar; y considerando que los que habían tramado aquella rebelión, pocos en número al empezar a realizarla, habían ganado la voluntad de los más, aunque no pensaban poderlo hacer. Sabedores los atenienses de esta rebelión, se enfurecieron mucho más, y preparáronse para ir a destruir ambas ciudades rebeldes; pero mientras tanto Brásidas mandó sacar las mujeres y los niños de las ciudades y los hizo pasar a la de Olinto, en tierra de Calcídica, dejando para guarda de las ciudades quinientos soldados peloponesios y otros tantos calcídeos, todos bien armados, al mando de Polidámidas, los cuales, esperando a los atenienses, trabajaban en fortificar las dos ciudades lo mejor que pudiesen.
XVII.
Brásidas y Pérdicas se apoderan de algunas tierras de Arrabeo, y al saber que los ilirios iban contra ellos, se separan. — Abandonado Brásidas de Pérdicas y los suyos, huye de los ilirios. — Pérdicas y Brásidas llegan a ser enemigos.
Entretanto, Brásidas y Pérdicas partieron a la guerra contra Arrabeo a tierra de Lincesta, Pérdicas con un ejército de macedonios y otros griegos que habitan aquella tierra, y Brásidas con los demás peloponesios que tenía consigo, algunos calcídeos y acantios, y otros de las ciudades confederadas; de manera que de gente de a pie tenían todos hasta tres mil hombres, y de a caballo, entre macedonios y calcídeos, cerca de mil, sin un gran número de bárbaros que les seguían.
Al llegar a los dominios de Arrabeo y saber que los lincestas habían establecido su campamento, hicieron ellos lo mismo, y plantaron su campo enfrente de los contrarios, cada cual en un cerro. La infantería estaba en lo alto y la caballería en lo llano, y los caballos salieron primero a escaramuzar en un raso que estaba entre los dos cerros, comenzando el combate. Sin tardar, Brásidas y Pérdicas hicieron bajar su infantería y que se uniera a la caballería para combatir a los enemigos. Viendo esto los lincestas, hicieron lo mismo, y se trabó una empeñada lucha que duró gran rato; mas los lincestas fueron al fin batidos, y se pusieron en huida. Muchos murieron en el combate, y todos los demás se acogieron a la montaña.
Brásidas y Pérdicas levantaron después trofeo en señal de victoria, y estuvieron en el campo dos o tres días esperando a los ilirios que Pérdicas había cogido a sueldo para que lo ayudasen. Transcurrido este término, Pérdicas quería que caminasen adelante para tomar las ciudades y villas de Arrabeo; mas Brásidas, que sospechaba que la armada de los atenienses llegara entretanto y venciese a los de Mende, y viendo asimismo que los ilirios tardaban en llegar, opinó volverse. Estando en esta diferencia, tuvieron nuevas de que los ilirios les habían burlado, pasando al servicio de Arrabeo; por lo cual, temiendo su llegada, porque era gente belicosa, opinaron ambos volver atrás, aunque no de acuerdo en el camino que habían de tomar; de manera que, venida la noche, se apartaron uno de otro sin resolver lo que debían de hacer. Pérdicas se retiró a su campo, que estaba un poco apartado del real de Brásidas. En la noche siguiente, los macedonios y los bárbaros, que estaban en el campo de Pérdicas, por temor a la llegada de los ilirios, cuya fama de valientes era mucho mayor que la cosa, según suele suceder en los grandes ejércitos, partieron del campo sin pedir licencia y ocultamente, volviendo a sus casas. Aunque Pérdicas al principio no supo nada de su propósito, después de determinarlo fueron a él y le obligaron a que partiese con ellos antes de verse con Brásidas, que tenía el campo bien lejos del suyo. Cuando Brásidas, al día siguiente por la mañana, supo que los macedonios se habían ido, y que los ilirios y Arrabeo iban con su ejército contra él, ordenó el suyo en forma de escuadrón cuadrado, encerró a los soldados armados a la ligera en medio del escuadrón, y así les mandó caminar con intención de irse retirando, y él con trescientos infantes, los más mozos y valientes de todos, se quedó en la retaguardia para sostener el ímpetu de los corredores del campo enemigo que fuesen a dar sobre él, entretenerlos y ganar tiempo mientras la otra banda de su ejército caminaba adelante con determinación de retirarse a la postre todos; y antes que los enemigos llegasen, habló a los suyos, para animarles, con este breve razonamiento:
«Varones peloponesios: Si no sospechase que estáis temerosos de ver que nuestros compañeros de guerra nos han dejado solos y desamparados, y que los bárbaros, nuestros enemigos, vienen contra nosotros en gran multitud, no curaría de amonestaros y de enseñar lo que os cumple hacer, como lo hago al presente; mas porque veo que por estas dos cosas, que son grandes e importantes, estáis algo turbados, os diré brevemente lo que me parece en este caso, y es que, ante todas las cosas, os conviene mostraros valientes y animosos, no confiando tanto en la ayuda de vuestros amigos y aliados cuanto en vuestra sola virtud y esfuerzo. Y no os espante la multitud de los enemigos, pues sois nacidos y criados en una ciudad donde pocos mandan a muchos y no muchos a pocos, y el mando y autoridad lo han adquirido venciendo muchas veces en la guerra. En cuanto a estos bárbaros, que teméis por no haberlos experimentado, sabed que no son tan terribles como pensáis, lo cual podéis muy bien conocer por la prueba que hicisteis en aquellos, contra quien habéis combatido en favor de los macedonios, y también por la fama que comúnmente hay de ellos, y por lo que yo puedo entender por conjeturas.
»Los que piensan que aquellos contra quien van son más fuertes y mejores guerreros que ellos, cuando conocen la verdad por experiencia, van con mayor ánimo y osadía contra ellos; por consiguiente si los enemigos tienen alguna virtud o esfuerzo encubierto de que no seamos advertidos, les acometeremos más fuertemente, y con más osadía, pero los que vienen contra nosotros podrían poner temor a gente que no los conociese, por ser tan gran multitud, espantosa de ver, y más horrible de oír por el ruido que hacen y los alaridos que dan, y el menear y sacudir las armas, que todas son maneras de amenazas. Mas cuando vienen a combatir contra gente que no se espanta de esto no se muestran tales como parecen, pues no tienen por afrenta huir cuando se ven en aprieto como nosotros, ni saben guardar la ordenanza. Tienen por tanta honra huir como acometer, por lo cual no se debe estimar en nada su osadía, que quien tiene en su mano combatir o evitar el combate, siempre halla alguna buena excusa para salvarse. Si estos bárbaros creen más seguro espantarnos de lejos con sus voces y alaridos, sin exponerse a peligro de batalla, que venir con nosotros a las manos, porque de otra suerte antes vendrían al combate que hacer todas esas amenazas, juzgad el temor que se les puede tener, grande de ver y oír, pero muy pequeño al pelear. Si sostenéis su ímpetu cuando acometan, y os retiráis paso a paso en buen orden, muy pronto estaréis a salvo en lugar seguro, y conoceréis por experiencia para lo venidero, que la natural condición de estos bárbaros es dar de lejos grandes alaridos y amenazar, pero que mostrando osadía los que están dispuestos a recibirlos cuando se les acercan, y combaten a la par, muestran su valentía en los pies más que en las manos, procurando huir lo más que pueden para salvarse.»
Cuando Brásidas arengó a su gente con este breve razonamiento, les mandó caminar puestos en orden de batalla, y retirándose poco a poco. Viendo esto los bárbaros, les siguieron a toda prisa haciendo gran ruido, y con grandes alaridos según su costumbre, pensando que huirían sus contrarios por este medio y esperando atacarles en el camino y dispersarlos. Mas cuando vieron que a sus corredores que iban a escaramuzar delante de cualquier parte del ejército, los griegos les hacían buena resistencia y que Brásidas con la banda de soldados escogidos sostenía el ímpetu de los otros que cargaban sobre ellos, se asustaron grandemente. Habiendo los griegos resistido el primer ímpetu rechazaron más fácilmente los otros, y cuando los bárbaros cesaban de acometerles iban retirándose poco a poco hacia la montaña, de tal manera, que cuando Brásidas y los que venían con él llegaron a lo llano, la banda de los bárbaros encargada de seguirles se halló atrás bien lejos de ellos, porque los otros bárbaros iban en persecución de los macedonios rezagados del ejército de Pérdicas que huía, y a todos los que alcanzaban fuera del tropel los mataban sin ninguna misericordia.
Entonces Brásidas, viendo que no se podía salvar, sino por un paso estrecho que estaba a la entrada de la tierra de Arrabeo entre dos cerros, determinó tomarlo, y los bárbaros acudieron a ocupar la entrada pensando atajarle y encerrarle allí. Mas como Brásidas comprendiese su designio, mandó a los trescientos soldados que con él estaban, que lo más pronto que pudiesen sin guardar orden, fuesen hacia uno de los cerros el que le pareció más fuerte, y procurasen tomarlo antes que los enemigos se pudiesen reunir allí en mayor número, y señorearse de él. Hiciéronlo así los soldados tan valerosamente y tan pronto, que al llegar lanzaron de él a los bárbaros que habían ya ganado la cumbre, y por este medio el resto del ejército de Brásidas pudo fácilmente ganar el paso, porque los bárbaros viendo huir a los suyos arrojados del cerro, y también que los griegos habían ya ganado el paso para salvarse, no cuidaron de seguirles más adelante.
Aquel mismo día llegó Brásidas a la ciudad de Arnisa, que era del señorío de Pérdicas, y los de su ejército por despecho e ira que tenían de que los macedonios de Pérdicas fueron los primeros en partir desamparándoles, al encontrar alguna yunta de bueyes o carruaje dejado en el camino, como sucede cuando se va huyendo, mayormente si es de noche, los desuncían y los mataban, y tomaban lo que les parecía del bagaje.
Pérdicas pudo conocer en ello que Brásidas le era enemigo, y desde entonces mudó la voluntad y afición que tenía a los lacedemonios, aunque no lo mostró del todo por temor a los atenienses, y en adelante procuró por todos los medios que él pudo, tratar con estos, y apartarse de la amistad de los peloponesios.
XVIII.
Los atenienses toman a Mende y cercan a Escíone. — Sucesos que ocurrieron al finalizar aquel año.
Al volver Brásidas de Macedonia a Torone halló que los atenienses habían ya tomado la ciudad de Mende, y considerando que no tenía fuerzas para defender a Palene, si los enemigos la combatían, quedó en Torone para guarda de ella, porque durante el tiempo que estuvo con Pérdicas, los atenienses habían salido para ir en ayuda de los lincestas contra Mende y Escíone. Iban con cincuenta naves muy bien dispuestas, entre ellas diez de Quíos y llevaban mil hombres bien armados de su tierra, seiscientos flecheros de Tracia, otros mil soldados extranjeros y algún número de soldados armados a la ligera, siendo capitanes Nicias, hijo de Nicérato, y Nicóstrato, hijo de Diítrefes.
Partidos de Potidea, cuando llegaron cerca del templo de Neptuno tomaron la vuelta de Mende. Los de la ciudad al saberlo salieron armados al campo con trescientos hombres de Escíone y la gente de guarnición de los peloponesios, que serían en todos hasta setecientos, al mando de Polidámidas, y asentaron su campo sobre una montaña que les parecía lugar bien seguro. Aunque Nicias con ciento veinte soldados de Metone, sesenta atenienses de los más escogidos y todos los flecheros hizo lo posible para desalojarlos, pensando subir por algunos senderos de la montaña, fue tan maltratado a golpes que tuvo que retirarse y Nicóstrato que también quiso subir por otra parte con el resto del ejército fue puesto en tanto desorden, que poco faltó para ser vencido y deshecho aquel día todo el ejército de los atenienses. Viendo que no habían podido rechazar a los de Mende se retiraron a su campamento que tenían delante de la ciudad y los de Mende se refugiaron durante la noche en la ciudad.
Al día siguiente los atenienses fueron a correr la tierra de Escíone, robaron todos los lugares y destruyeron lo que había en el campo en torno de la ciudad mientras duró el día sin que los de dentro osasen salir porque había alguna discordia entre ellos.
A la noche siguiente los trescientos escionios que estaban dentro de Mende volvieron a sus casas. Venido el día, Nicias, con la mitad de su ejército, volvió a recorrer la tierra de los escionios, y Nicóstrato, con lo restante, se alojó ante las puertas de la ciudad. Polidámidas reunió a los ciudadanos y cierto número de soldados peloponesios; arengó su gente de guerra, y la puso en orden de batalla para salir contra los atenienses, mas uno de los de la ciudad le contradijo, diciendo que no había necesidad de salir ni combatir con ellos, lo cual excitó la ira de Polidámidas, que le hirió malamente. Viendo esto los de la ciudad no lo pudieron sufrir más y tomaron las armas contra los peloponesios, y contra los que estaban con ellos, y estos, viendo la furia de los ciudadanos, empezaron a huir, así por temor de aquellos como de los atenienses, a quienes abrieron las puertas. Dudando los peloponesios que fuese por trato entre ellos, se retiraron los que pudieron al castillo de que se habían apoderado antes. Los atenienses entraron en la ciudad, porque Nicias había ya vuelto de su correría, y la saquearon, pretendiendo que no les habían abierto las puertas por común acuerdo y determinación de todos, sino por acaso de fortuna, o por inteligencias particulares, y aun con todo esto tuvieron los capitanes harto que hacer en impedir a los soldados que matasen a todos los que hallaban dentro. Apaciguado este ruido, los capitanes mandaron a los ciudadanos que volvieran a tomar el gobierno de la villa según antes lo tenían, y que hiciesen justicia de los que habían sido causa de la rebelión.
Pasado esto fueron a cercar a los que se habían acogido al castillo, y para ello hicieron unos muros que llegaban hasta la mar por todos lados, poniendo allí su gente de guarda para que no pudiesen salir, y después partieron con el resto del ejército hacia Escíone, pero los de la ciudad les salieron al encuentro con los soldados peloponesios que tenían consigo, y se alojaron sobre un cerro cerca de la muralla, porque sin tomar este no podían buenamente poner cerco a Escíone. Los atenienses les acometieron tan denodadamente que hicieron desalojar el cerro, y por esto levantaron trofeo allí en señal de victoria; después reconocieron la ciudad por todas partes con determinación de cercarla, pero estando ocupados en la obra, los peloponesios sitiados en el castillo de Mende, salieron de él de noche, y a pesar de los que les tenían cercados, pasaron por la parte de la mar, y los más vinieron por medio del campo de los atenienses, de tal manera, que se metieron en Escíone. Entretanto Pérdicas por despecho contra Brásidas hizo tratos de paz con los capitanes atenienses, según tenía determinado desde la hora en que Brásidas partió de Lincesta, y con una banda de tesalios que tenía consigo, de la que se había servido en la guerra pasada, porque Nicias, capitán de los atenienses, le rogó que al declararse amigo de estos les hiciese algún servicio señalado, intentó vedar a los peloponesios la entrada en su tierra, y rehusó dar paso a Iscágoras, capitán lacedemonio, que traía el ejército de los peloponesios por tierra para unirse a Brásidas. Además le vedó que cogiese a sueldo ningún soldado tesalio; no obstante esto, Iscágoras, Aminias y Aristeo, enviados por los lacedemonios a Brásidas para saber el estado en que estaban sus cosas, pasaron por Tesalia, y se unieron a este con toda la gente que traían, y aunque por ordenanzas de la ciudad, estaba prohibido que los que tienen cargo de guardar alguna plaza no la encomienden a otra persona, dieron la guarda de Anfípolis a Cleáridas, hijo de Cleónimo, y la de Torone a Pasitélidas, hijo de Hegesandro.
En aquel verano los tebanos derribaron el muro de Tespias, acriminando a la ciudad que tenían tratos e inteligencias con los atenienses, y aunque mucho tiempo antes lo tenían determinado, entonces les fue más fácil hacerlo, porque en la batalla que habían tenido contra los atenienses murieron casi todos los jóvenes de Tespias.
En el mismo verano se quemó el templo de la diosa Juno, en la ciudad de Argos, por culpa de Críside, su sacerdotisa, la cual, yendo a encender una lámpara que estaba junto a la corona de la diosa, se adormeció de tal manera, que antes que recordase, fue todo abrasado; por razón de lo cual, temiendo que los argivos le hiciesen algún mal, huyó de noche a Fliunte, y los argivos, siguiendo sus leyes y ordenanzas, la privaron del cargo, poniendo en su lugar otra sacerdotisa llamada Faínide, aunque Críside había presidido en aquel templo los ocho años y medio que duraba la guerra.
Al terminar el verano, habiendo los atenienses cercado a Escíone de muros por todas partes, pusieron buena guarnición en ellos y volvieron a Atenas.
El invierno siguiente pasó en paz entre atenienses y lacedemonios, por causa de las treguas, mas los de Mantinea y los de Tegea, teniendo cada cual sus amigos y aliados en su ayuda, libraron empeñada batalla junto a Laodocio, en tierra de Oréstide, siendo la victoria incierta, porque el ala derecha de los de la una parte y de la otra fue desbaratada y puesta en fuga, por lo cual, ambas partes levantaron trofeo en señal de victoria, y enviaron a ofrecer los despojos que habían ganado al templo de Delfos. Hubo muchos muertos de unos y otros, y antes que se pudiese conocer quién llevaba la mejor parte los separó la noche, quedando los de Tegea en el campo, y levantando trofeo en el mismo lugar, y retirándose los de Mantinea a Bucolión, levantando también su trofeo frente del de sus contrarios.
Al fin del invierno Brásidas intentó tomar por traición la ciudad de Potidea, teniendo algunas inteligencias con los de dentro, y llegando de noche hasta la muralla preparó sus escalas para subir antes que los ciudadanos lo pudiesen oír, porque sus espías le dijeron que cuando se mudasen las centinelas, al que le cabía la guarda frente a la muralla, partiría de allí para ir a otro lado, lo cual había de entender Brásidas por el sonido de una campanilla que tocaría el que estaba en guarda al mudar los centinelas. Así se hizo antes de llegar el nuevo centinela y fueron puestas las escalas, mas en el momento de escalar, les oyeron los de dentro, viéndose forzado a retirarse con sus tropas aquella misma noche.
Esto ocurrió el invierno de aquel año, que fue el noveno de la guerra que escribió Tucídides.
FIN DEL TOMO PRIMERO.