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Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

LIBRO IV.

Diego Gracián translation

SUMARIO.

I. Hechos de guerra ocurridos entre atenienses y lacedemonios. Los peloponesios sitian Pilos. Ajústase una tregua entre los dos ejércitos. — II. Discurso de los lacedemonios a los atenienses pidiendo la paz y respuesta de estos. Terminada la tregua comienza de nuevo la guerra. — III. Hechos que realizaron en Sicilia los atenienses y sus aliados, y sus contrarios, durante este tiempo. — IV. Triunfan los atenienses en Pilos. — V. Victoria de los atenienses contra los corintios. — VI. Los atenienses ayudan a entrar en Corcira a los desterrados y después los matan. — VII. Victorias y prosperidades de los atenienses en aquella época, sobre todo en la isla de Citera. — VIII. Los sicilianos, por consejo de Hermócrates, ajustan la paz entre sí y despiden a los atenienses. — IX. Los atenienses intentan tomar a Mégara por inteligencias que tenían con algunos habitantes; pero los lacedemonios socorren esta ciudad. — X. Pierden los atenienses algunos barcos de guerra. Brásidas, general de los lacedemonios, pasa por tierra de Tracia con ayuda de Pérdicas, rey de Macedonia y de otros amigos de aquella comarca para socorrer a los calcídeos. — XI. Los acantios, persuadidos por Brásidas, dejan el partido de los atenienses y toman el de los peloponesios. — XII. Los generales atenienses, Hipócrates y Demóstenes, emprenden la campaña contra los beocios, y son vencidos con grandes pérdidas. — XIII. Brásidas, general de los lacedemonios, toma la ciudad de Anfípolis por traición, y por convenios algunos otros lugares de Tracia. — XIV. Brásidas toma la ciudad de Torone por capitulación y la de Lécito por asalto. — XV. Los atenienses ajustan treguas con los lacedemonios por un año. — XVI. Rómpese la tregua por tomar Brásidas las ciudades de Escíone y de Mende, valiéndose de la rebelión de sus habitantes contra los atenienses. — XVII. Brásidas y Pérdicas se apoderan de algunas tierras de Arrabeo, y al saber que los ilirios iban contra ellos, se separan. Abandonado Brásidas de Pérdicas y los suyos, huye de los ilirios. Pérdicas y Brásidas llegan a ser enemigos. — XVIII. Los atenienses toman Mende y cercan a Escíone. Sucesos que ocurrieron al finalizar aquel año.

I.

Hechos de guerra ocurridos entre atenienses y lacedemonios. Los peloponesios sitian Pilos. Ajústase una tregua entre los dos ejércitos.

Llegado el verano, al principio del estío[80], cuando las mieses comienzan a espigar, diez naves de los siracusanos y otras diez de los locros tomaron la ciudad de Mesena en Sicilia por tratos con los habitantes, que los habían llamado en su favor, y porque los siracusanos veían que esta ciudad era muy a propósito a los atenienses para tener entrada en Sicilia, temiendo que por medio de ella cobrasen más fuerzas, y desde allí los acometiesen. Los locros ayudaron a esta empresa para poder combatir por dos partes a los de Regio, sus enemigos, según lo hicieron poco después, y también porque no pudiesen los atenienses dar por ella socorro a los de Mesena. Impulsáronle también algunos ciudadanos de Regio, desterrados de su ciudad y acogidos a Locros, porque en Regio hubo mucho tiempo grandes divisiones que les impidieron defenderse de los locros, que estimando el momento oportuno fueron entonces a acometerles, y después de talar y robar la tierra se retiraron a su provincia por tierra, porque las naves en que fueron habían ido a Mesena a unirse con las otras que habían de estar allí para hacer la guerra.

En esta misma sazón, antes que los trigos estuviesen granados, los peloponesios entraron otra vez en tierra de Atenas, mandados por Agis, hijo de Arquidamo, rey de Lacedemonia, y la robaron y talaron como de costumbre. Por su parte los atenienses enviaron cuarenta barcos para socorro en Sicilia, a las órdenes de Eurimedonte y de Sófocles, con los otros capitanes que allá estaban, entre ellos Pitodoro, y les mandaron que en el camino de pasada diesen socorro a los corcirenses contra sus desterrados, que se habían acogido a los montes, y desde allí les hacían la guerra; y asimismo contra las sesenta naves que los peloponesios enviaron contra los de Corcira, esperando poderla tomar por hambre, a causa de que ya había en ella gran falta de vituallas. También mandaron a Demóstenes, que después de la toma de Acarnania se había quedado en Atenas sin cargo y deseaba tener alguno, que se aprovechara si quería de estas cuarenta naves en la costa del Peloponeso.

Llegó la armada de los atenienses a la costa de Laconia, navegando adelante, por saber que las diez naves de los peloponesios habían ya aportado al golfo de Corcira, y fueron de diversos pareceres sus jefes, porque Eurimedonte y Sófocles opinaban ir derechamente a Corcira, y Demóstenes decía que primero debían ir a tomar a Pilos, y tomada esta villa pasar a Corcira; viendo que los dos capitanes perseveraban en su opinión les mandó que así se hiciese. Estando en este debate sobrevino una tempestad que les obligó a ir a Pilos. Entonces Demóstenes les mostró que era necesario cercar la villa de un muro, diciendo que esta era la principal causa por que había ido con ellos, siendo cosa fácil de hacer, porque allí había mucha piedra y materiales para acabar pronto la obra, y el sitio del lugar era fuerte, teniendo mucha tierra desierta, porque desde allí a Esparta había más de cuatrocientos estadios. Estaba el lugar de Pilos en tierra de los mesenios, y la llamaban entonces los lacedemonios Corifasio. A estas razones le respondieron que en torno del Peloponeso había otros muchos promontorios y cabos desiertos, los cuales si quería también ocupar sería para gastar en esto todo el dinero de la ciudad de Atenas. Él les replicó que aquel lugar era de más importancia que los otros, porque tenía muy buen puerto, y además los mesenios, sus aliados, que otra vez lo habían ocupado, volviendo allí podrían hacer gran mal a los lacedemonios a causa de la comunidad de la lengua, y guardarían el lugar con toda fidelidad.

Viendo Demóstenes que no podía persuadir ni a los soldados en general, ni a los capitanes en particular, con los cuales había debatido la cosa aparte, no habló más de ello. Mientras estaban allí ociosos esperando que amansase la mar, ocurrió a los soldados de su propia voluntad ir a cercar el lugar con un muro, y porque no tenían picos y otras herramientas para labrar las piedras, las tomaban como las hallaban, toscas, las ponían unas sobre otras según cuadraban mejor, y las pegaban con tierra y lodo. No teniendo cuezos ni otros instrumentos para llevar la tierra y lodo, la traían encima de las espaldas yendo cabizbajos, y para que mejor se pudiese tener, ponían las manos juntas a la espalda. Usaron, pues, de la mayor industria y diligencia que pudieron por fortificar el lugar por los lados que podía ser tomado antes que le pudiesen enviar socorro, porque por algunas otras partes era inexpugnable.

Sucedió también que los lacedemonios celebraban una fiesta solemne en la ciudad cuando fueron advertidos del caso, por lo cual no hicieron mucha cuenta de ello, pareciéndoles que, terminada la fiesta, cuando fuesen a Pilos huirían los enemigos y si se defendían podrían cogerlos sin peligro. Por otra parte les detuvo también la idea de que tenían aún su armada en la costa de Atenas. Los atenienses tuvieron, pues, tiempo para fortificar el lugar por la parte de tierra. Cuando hubieron trabajado seis días en la obra, dejaron allí a Demóstenes con cinco barcos y con los otros navegaron hacia Corcira y Sicilia.

Entretanto los peloponesios, que estaban en la costa de Ática, sabida la toma de Pilos volvieron de prisa a su tierra, así por parecer a los lacedemonios y a Agis, su rey, que tenían la guerra dentro de casa estando los enemigos en Pilos, como porque habían entrado muy temprano en la tierra de Ática, antes que el trigo estuviese en sazón, y tenían gran falta de vituallas. Además las tempestades y malos tiempos habían sido mientras allí estuvieron, más grandes que la estación requería, por lo cual los hombres de guerra estaban muy fatigados. De aquí que si en otros años no habían estado mucho tiempo en aquella tierra, en este no estuvieron más de quince días.

En esta sazón, Simónides, capitán de los atenienses, reuniendo algunas de sus gentes de guerra de guarnición en Tracia, y gran número de sus aliados extranjeros, tomó por trato secreto la ciudad de Eyón en tierra de Tracia, Colonia de Mende, aunque entonces enemigo. Advertidos de ello los calcídeos y los botieos, fueron en socorro de la ciudad, y le echaron de ella con gran pérdida de su gente.

De regreso de Ática los peloponesios, los espartanos[81] y sus vecinos se juntaron para ir a recobrar el lugar de Pilos, pero los otros peloponesios no fueron tan pronto, porque acababan de llegar de tierra de Atenas. Por edicto se mandó en todo el Peloponeso que cada cual debiese enviar socorro a Pilos, y a las sesenta naves que estaban en torno de Corcira que fuesen a la parte de Pilos, las cuales pasando por el estrecho de Léucade hicieron tan rápido viaje que arribaron a Pilos antes que las de los atenienses que estaban en Zacinto lo pudiesen sentir, y por la parte de tierra la infantería de los peloponesios estaba ya dispuesta antes de que llegasen estos barcos a Pilos. Demóstenes había despachado dos buques con orden a Eurimedonte y a los otros capitanes atenienses que estaban en Zacinto, de que viniesen a socorrerle, mostrándoles el gran peligro en que estaba, los cuales al recibir la noticia se pusieron en camino para ayudarle.

Antes que los capitanes atenienses llegaran, los peloponesios se prepararon para combatir el lugar por mar y tierra esperando poderle tomar fácilmente, así porque el muro estaba recién hecho como porque tenía muy poca gente de guarda, pero sospechando que la armada de los atenienses acudiese en socorro, determinaron, si no podían tomar el lugar antes que viniesen, cerrar la entrada del puerto para que las naves atenienses no pudieran entrar, pareciéndoles fácil de hacer, porque frente al cerro donde estaba situada Pilos había una isleta llamada Esfactería que se extendía a lo largo del puerto, haciéndole más fuerte y seguro y las entradas del mar estrechas, de manera que por parte de la villa donde los atenienses habían hecho los muros no podían entrar más que dos naves de frente, y de la otra parte ocho o nueve. La isla era toda estéril y por esto inhabitable, y casi inaccesible, y tenía quince estadios de contorno. Para impedir la entrada del puerto, pusieron en orden las naves que les parecieron bastantes para ocuparle todas de frente, con las proas fuera del puerto y lo demás hacia dentro. Además, temiendo que los atenienses desembarcaran gente en la isleta, pusieron una parte de la suya en ella, y la otra quedó en tierra firme a fin que los enemigos no pudiesen desembarcar ni en tierra ni en la isla, pues no era posible socorrer el lugar por otro lado, porque el mar no tenía en los demás fondo para abordar seguramente. Creyeron por tanto que sin combate y sin exponerse a peligro tomarían aquella plaza en breve tiempo, mayormente estando mal provista de vituallas y de gente. Ordenaron para defender la isleta desembarcar cierto número de soldados de todas las compañías, renovando la guardia diariamente y los últimos enviados fueron cuatrocientos veinte mandados por Epitadas, hijo de Molobro.

Viendo Demóstenes que los peloponesios se disponían a atacar la plaza por mar y tierra con la infantería, se puso en defensa, y primeramente hizo retirar a tierra las naves que quedaron a sus órdenes, las cercó con empalizada y armó los marineros con escudos harto ruines hechos de prisa, la mayor parte de sauce, porque en un lugar desierto como aquel no se podían hallar armas, y las que tenían a la sazón las había ganado en una nave de corsarios y en otra de los mesenios, que cogieron por acaso con cuarenta hombres de Mesena. Puesta una parte de su gente, armados y desarmados, en guarda de los lugares que le parecían más seguros, por ser naturalmente inexpugnables, y la otra, que era la mayor, para defensa de la plaza que había fortificado hacia tierra, les mandó que si la infantería de los contrarios les acometiese se defendieran y los rechazasen, y él, con sesenta soldados de los mejores y mejor armados, y algún número de ballesteros, salió fuera de la plaza y se fue por la parte de mar, por donde presumía que los enemigos intentarían desembarcar y pasar por las rocas, peñas y lugares difíciles para batir el muro por donde era más débil, pues no había procurado hacerlo muy fuerte por aquel lado, pensando que nunca los enemigos serían más poderosos que él por mar, y sabiendo también que si tenían ventaja para desembarcar por aquel lado, tomarían la plaza. Salió, pues, con los hombres que arriba dijimos, y poniéndolos en orden de batalla lo mejor que pudo, les arengó de este modo:

«Varones atenienses, y vosotros mis compañeros, en esta afrenta ninguno se atreva por mostrarse sabio y prudente a considerar todas las dificultades y peligros en que al presente estamos. Conviene acometer a nuestros enemigos con gran ánimo y osadía para poderlos lanzar y escapar de sus manos, porque en los hechos de necesidad como este en que nos vemos, no se busca la razón por que se hace la cosa, sino que conviene aventurarse de pronto y arriesgar las personas. Aunque, a la verdad, yo veo en este caso muchas cosas favorables a nosotros si queremos estar firmes y no dejar el provecho que tenemos entre las manos por temor a la multitud de enemigos, porque pienso que una parte de esta plaza es inaccesible si la queremos defender; pero si la desamparamos, por difícil que sea de ganar, la tomarán.

»Los enemigos serán más duros de combatir si les acometemos cuando estén fuera de sus naves, porque viendo que ya no pueden volver atrás sin gran peligro, pelearán mejor. Mientras estuvieren en sus barcos será más fácil resistirles, y si saltan en tierra, aunque sean muchos, tampoco son de temer, pues la plaza es muy difícil de tomar, y el lugar donde les será forzoso pelear muy estrecho y pequeño, por donde, si bajan a tierra, el gran número de gente que traen no les servirá de nada a causa de la estrechura del sitio, y si se quedan en sus naves tendrán que pelear en mar, donde hay muchas dificultades para ellos y podemos contrapesar nuestra falta de gente con estos inconvenientes que ellos tienen.

»Os ruego, pues, que traigáis a vuestra memoria que sois atenienses de nación, y por eso muy ejercitados en las cosas de mar y en desembarcos, y que el que no cede al temor de la mar ni de otro navío que se le acerca, tampoco le moverá de su estancia la fuerza de sus enemigos ni se apartará de la ordenanza. Estad firmes y quedos en estas rocas y peñas que tenéis por parapetos, y defendeos valerosamente de vuestros enemigos para guardar la plaza y con ella vuestras personas.»

Animados los atenienses con estas breves razones de Demóstenes, se apercibieron para pelear cada cual por su persona. De la otra parte los lacedemonios que estaban en tierra, empezaron a combatir los muros, y los que venían en las naves, que eran cuarenta y tres, al mando de Trasimélidas, hijo del espartano Cratesicles, acudieron a combatir la estancia donde estaba Demóstenes con sus gentes. Los atenienses se defendieron valerosamente en ambas partes. Por la de mar, los peloponesios venían con pocas naves unas tras otras, porque no podían entrar muchas a la vez, y llegaron al sitio donde estaba Demóstenes con su gente para lanzarlos de allí si podían. Brásidas, que era capitán de una de las naves, viendo la dificultad de llegar para abordar, y que por ello los patrones de los barcos no osarían acercarse a tierra, temiendo que se rompiesen los cascos, gritó diciendo: «Gran vergüenza es para vosotros querer salvar los barcos viendo delante a los enemigos cercando y fortaleciendo la tierra con muros», y les mandó que remasen hacia tierra y saliesen de sus navíos a dar sobre los enemigos, y que no les pesase a los confederados aventurarse a perder sus naves por prestar servicio a los lacedemonios que tanto bien les habían hecho, sino que antes abordasen con ellas por cualquier parte que pudiesen, saltaran en tierra y ganasen la plaza. Diciendo estas palabras Brásidas obligó al patrón de su galera a que remase hacia tierra; mas peleando desde el puente de un navío, fue herido por los atenienses en muchas partes de su cuerpo y cayó muerto en la mar; después las ondas le llevaron a tierra, cogiendo el cadáver los atenienses y colgándole en el trofeo que levantaron por esta victoria.

Los otros lacedemonios hubieran querido saltar en tierra, mas temían el peligro, así por la dificultad del lugar como por la gran defensa que hacían los atenienses, que peleaban sin temor de mal ni daño alguno, y fue tal la fortuna de ambas partes, que los atenienses impedían a los lacedemonios entrar en su tierra, a saber: en la misma de Laconia, y los lacedemonios se esforzaban por descender en su propia tierra, entonces en poder de sus enemigos, aunque en aquella sazón los lacedemonios tenían fama de ser los más poderosos y ejercitados en combatir por tierra, y los atenienses en pelear por mar.

Duró este combate todo aquel día, y una parte del día siguiente, aunque no fue continuado sino en diversas veces. El tercer día los peloponesios enviaron parte de su armada a Asina para traer leña y materiales, y hacer un bastión frente al muro que habían hecho los atenienses junto al puerto para batirle con aparatos, aunque estaba muy alto, porque se podía combatir por todas partes. Llegó entretanto la armada de los atenienses en número de setenta naves, con las que fueron de Naupacto en ayuda, y cuatro de Quíos, y viendo la isla y la tierra cercada por la infantería de los enemigos, y que sus navíos estaban en el puerto sin hacer señal de salir, dudaron de lo que harían. Al fin determinaron echar áncoras cerca de la desierta isla inmediata, y allí estuvieron aquel día. Al siguiente salieron a alta mar con todas sus naves, puestas en orden de batalla, para combatir con los enemigos si quisiesen salir del puerto, o acometerles dentro del puerto si no salían; pero ni salieron, ni les cerraron la entrada del puerto, como determinaron al principio, sino que, permaneciendo en tierra, armaron de gente sus navíos, que estaban a orillas del mar, y se apercibieron para combatir con los que entrasen en el puerto, el cual era harto grande. Viendo esto los atenienses fueron derechamente contra ellos por las dos entradas del puerto, y embistieron a las naves que estaban más adelante en la mar, desbaratándolas y poniéndolas en huida, y porque el lugar era estrecho, destrozaron muchas, y tomaron cinco, una con toda la gente que había dentro. Luego dieron tras las otras que se habían retirado hacia tierra, de las cuales destrozaron algunas que estaban desarmadas, y las ataron a las suyas, a la vista de los peloponesios, a quienes pesó en gran manera; y temiendo que los que estaban en la isla fuesen presos, acudieron a socorrerlos, metiéndose a pie, armados como estaban, en la mar, y agarrándose a los navíos contrarios con tan gran corazón, que le parecía a cada cual que todo se perdiese por falta de él, si no iba. Había gran tumulto y alboroto de ambas partes, mudada la forma de pelear contra toda manera acostumbrada en el mar, porque los lacedemonios, por el temor de perder su gente, combatían en torno de las naves como en tierra, y los atenienses, por el deseo de llevar hasta el fin la victoria, peleaban también desde sus navíos del mismo modo. Después de largo combate, con muertos y heridos de ambas partes, se retiraron unos y otros, y los lacedemonios salvaron todas sus naves vacías, excepto las cinco que fueron tomadas al principio. Ya en su campo respectivo, los atenienses otorgaron a los contrarios sus muertos para sepultarlos, y después levantaron trofeo en señal de victoria. Esto hecho, cercaron con su armada toda la isla donde estaban los cuatrocientos veinte lacedemonios que suponían ya vencidos y cautivos. Por su parte los peloponesios, que de todos lados habían acudido al socorro de Pilos, tenían la villa cercada por tierra.

Cuando las nuevas de esta batalla y pérdida llegaron a Esparta, acordó el Consejo que los gobernadores y oficiales de justicia de la ciudad fuesen al real para ver por sus propios ojos lo ocurrido, y proveer lo que se debía hacer en adelante, según tienen por costumbre hacer cuando les sucede alguna gran pérdida. Visto todo, y considerando que no había medio de socorrer a los que estaban en la isla, y que corrían peligro de ser presos o muertos de hambre o por fuerza de armas, opinaron pedir una tregua a los caudillos de los atenienses, durante la cual pudiesen enviar a Atenas a tratar de paz y concordia, y esperando por este medio cobrar los suyos. La tregua fue acordada por los atenienses con estas condiciones: que los lacedemonios les diesen todas las naves con que habían venido a combatir a Pilos, y las que allí se habían juntado de toda la tierra de Lacedemonia, que no hiciesen daño alguno en los muros y reparos que habían hecho en Pilos; que a los lacedemonios se les permitiera llevar por mar todos los días a los que estaban en la isla cercada cierta cantidad de pan y vino y carne, tanto por cada hombre libre, y la mitad para los esclavos, a vista de los atenienses, sin que les fuese lícito pasar ningún navío a escondidas; que los atenienses tuviesen sus guardas en torno de la isla, para que ninguno pudiese salir, con tal de no intentar, ni innovar cosa alguna contra el campo de los peloponesios por mar ni por tierra, y en caso que de una parte u otra hubiese alguna contravención, por grande o pequeña que fuese, las treguas se entendiesen rotas, debiendo durar lo más hasta que los embajadores lacedemonios volvieran de Atenas, a los cuales los atenienses habían de llevar y traer en uno de sus barcos. Acabada la tregua, los atenienses deberían restituir a los lacedemonios las naves que les habían dado, en la misma forma y manera que las recibiesen. Así se convino la tregua, y para su ejecución, los lacedemonios entregaron a los atenienses cerca de sesenta naves, siendo después enviados los embajadores a Atenas, que hablaron en el Senado de la manera siguiente:

II.

Discurso de los lacedemonios a los atenienses pidiendo la paz y respuesta de estos. Terminada la tregua comienza de nuevo la guerra.

«Varones atenienses, aquí nos han enviado los lacedemonios para tratar con vosotros sobre aquella su gente de guerra que está cercada, teniendo por cierto, que lo que redundare en su provecho en este caso también redundará en vuestra honra. Y para esto no usaremos más largas razones de las que tenemos de costumbre: porque nuestra usanza es no decir muchas palabras cuando no hay gran materia para ello. Pero si el caso lo requiere y el tiempo da lugar, hablamos un poco más largo, a saber: cuando es necesario mostrar por palabras lo que conviene hacer por obra. Os rogamos, que si fuéremos un poco largos en hablar no lo toméis a mala parte, ni menos penséis que por recomendaros buen consejo sobre lo que al presente habéis de consultar, os queremos enseñar lo que debéis hacer, como si os tuviésemos en reputación de hombres tardíos e ignorantes.

»Para venir al hecho, en vuestra mano está sacar gran provecho de esta buena ventura que os ocurre al tener a los nuestros en vuestro poder, porque adquiriréis gran gloria y honra, no haciendo lo que hacen muchos, que no tienen experiencia del bien y del mal; porque estos, cuando les sucede alguna prosperidad de repente, ponen pensamientos en cosas muy altas, esperando que la fortuna les ha de ser siempre favorable. Pero los que muchas veces han experimentado la variedad y mudanza de los casos humanos, pesan más la razón y la justicia y no se fían tanto en las prosperidades repentinas; lo cual es muy conveniente a vuestra ciudad y a la nuestra, por la larga experiencia que tienen de las cosas; y puesto que lo entendéis muy bien, lo veis mejor en el caso presente.

»Nosotros, que ahora tenemos el principal mando y autoridad en toda Grecia, venimos aquí ante vosotros para pediros lo que poco antes estaba en nuestra mano otorgar a nuestra voluntad. Ni tampoco hemos venido en esta desventura por falta de gente de guerra, ni por soberbia de nuestras fuerzas y poder, sino por lo que suele suceder en todos los casos humanos, que nos engañaron nuestros pensamientos, como a todos sucede en las cosas que dependen de la fortuna. Por eso no conviene que por la súbita prosperidad y por acrecentamiento de las fuerzas y poder que tenéis al presente penséis que os ha de durar para siempre esta fortuna, que todos los hombres sabios y cuerdos tienen por cierto no haber cosa tan incierta como la prosperidad, por lo cual siempre son más constantes, y están más enseñados a sufrir las adversidades.

»Ninguno piense que está en su mano hacer la guerra cuando bien les pareciere, sino cuando la fortuna le guía y se lo permite; y los que no se engríen ni ensoberbecen por prosperidades que les ocurran, yerran pocas veces, porque la mayor felicidad no apaga en ellos el temor y recelo. Si vosotros lo hacéis así, ciertamente os irá bien de ello; y por el contrario, si rechazáis nuestras ofertas y después os sobreviene alguna desgracia, como puede ocurrir cualquier día, no penséis en guardar lo que al presente habéis ganado, pudiendo ahora, si queréis, sin peligro ni daño alguno dejar perpetua memoria de vuestro poder y de vuestra prudencia, pues veis que los lacedemonios os convidan a conciertos y término de la guerra, ofreciéndoos paz y alianza y toda clase de amistad y benevolencia para lo venidero, en recompensa de las cuales cosas, os demandan tan solamente los suyos que tenéis en la isla, pareciéndoles que esto es útil y provechoso a ambas partes, a vosotros para evitar por este medio el peligro que podría ocurrir si ellos se salvasen por alguna aventura, y si son presos, el de incurrir en perpetua enemistad, que no se apagaría tan fácilmente. Porque cuando una de las partes que hace la guerra es obligada por la otra más poderosa, que ha llevado lo mejor de la batalla, a jurar y prometer algún concierto en ventaja del contrario, no es el convenio tan firme y valedero como cuando el victorioso, estando en su mano otorgar el concierto que quisiese al contrario, lo hace más bueno o razonable que esperaba del vencedor el vencido, que quien ve la honra y cortesía que le han hecho, no procurará contravenir a su promesa, como no haría si fuese forzado, antes trabajará por guardar y cumplir lo que prometió, y tendrá vergüenza de faltar a ello.

»De esta bondad y cortesía usan los hombres grandes y magnánimos para con los que son más poderosos adversarios, antes que con los que lo son menores o iguales. Por ser cosa natural perdonar fácilmente al que se rinde de buen grado, y perseguir a los rebeldes y obstinados con peligro de nuestras personas, aunque antes no pensáramos hacerlo.

»En cuanto al caso presente, será cosa buena y honrosa para ambas partes hacer una buena paz y amistad, tal cual jamás fue hecha en tiempo alguno, antes que recibamos de vosotros algún mal o injuria sin remedio, que nos fuerce a teneros siempre odio y rencor, así en común como en particular; y antes que perdáis la posibilidad que tenéis ahora de agradarnos en las cosas que os pedimos. Por tanto, mientras que el fin de la guerra está en duda, hagamos conciertos amigables para que vosotros con vuestra gran gloria y nuestra benevolencia perpetua, y nosotros con una pérdida mediana y tolerable, evitemos la vergüenza y deshonra. Escogiendo ahora el camino de la paz en vez de la guerra, pondremos fin a los grandes males y trabajos de toda Grecia, de los cuales todos echarán la culpa a vosotros, y os harán cargo de ellos si rehusáis nuestra demanda, pues hasta ahora los griegos hacen la guerra sin saber quién ha sido el promovedor de ella, mas cuando fuere hecho este concierto, que por su mayor parte está en vuestra mano, todos darán a vosotros solos las gracias. Sabiendo que está en vuestra mano convertir ahora a los lacedemonios en vuestros amigos y perpetuos aliados, haciéndoles antes bien que mal, mirad cuántos bienes podrán seguir de ello, pues todos los otros griegos, que como sabéis son inferiores a nosotros y a vosotros en dignidad, cuando supieren que otorgáis la paz, la aprobarán y ratificarán, y la habrán por buena.»

De esta manera hablaron los lacedemonios pensando que los atenienses tenían codicia de paz si hubieran podido alcanzarla de ellos antes, y por esto aceptarían de buena gana las condiciones de ella, y les darían los suyos que estaban cercados dentro de la isla. Pero los atenienses, considerando que, cercados aquellos, podían hacer más ventajoso convenio con los lacedemonios, querían sacar mejor partido de lo que les ofrecían, mayormente por persuasión de Cleón, hijo de Cleéneto, que entonces tenía gran autoridad en el pueblo, y era muy querido de todos. Por parecer de este respondieron a los embajadores que ante todas cosas convenía entregasen los que estaban en la isla con todas sus armas y fuesen traídos presos a Atenas. Y hecho esto, cuando los lacedemonios devolviesen a los atenienses las villas de Nisea, Pegas y Trecén, y toda la tierra de Acaya que no habían perdido por guerra, sino por el postrer convenio con ellos, siendo obligados por la adversidad a dárselas, les podrían dar los suyos con más justa causa, y hacer algún buen concierto a voluntad de ambas partes.

A esta respuesta no contradijeron los lacedemonios en cosa alguna, pero pidieron que se designaran algunas personas notables para discutir con ellas el hecho, y que después se hiciese lo que acordaran ser justicia y razón. A esto se opuso Cleón, diciendo que debían entender, que ni entonces, ni antes traían buena causa, pues no querían discutir delante de todo el pueblo, sino hablar aparte en presencia de pocos, por lo cual él era de opinión, que si tenían alguna cosa que alegar que fuese justa y razonable, la dijesen delante de todos. Los embajadores de los lacedemonios rehusaron hacerlo porque sabían que no les era lícito ni conveniente hablar delante de todo el pueblo, y también porque haciéndolo así, podría ser que, por tener en cuenta la necesidad y el peligro en que estaban los suyos, otorgasen alguna cosa injusta, y sabían muy bien que al llegar a noticia de sus aliados serían culpados, y, por tanto, conociendo que no podían alcanzar de los atenienses cosa buena ni razonable, partieron de Atenas sin concluir nada. Al volver con los suyos espiraron las treguas, y pidiendo los lacedemonios les devolviesen las naves que habían dado al convenirlas con los atenienses, lo rehusaron estos, diciendo que los lacedemonios habían contravenido al convenio, queriendo hacer algunas entradas en los fuertes, y culpándoles de otras cosas fuera de toda razón. Quejáronse los lacedemonios, demostrando que esto era contra la fe que les habían dado los atenienses, pero no pudieron alcanzar cosa buena de ellos, por lo cual, de una parte y de otra se aprestaron a la guerra, determinando emplear todas sus fuerzas y poder en esta empresa de Pilos, donde los atenienses tenían dos naves de guarda ordinaria en torno de la isla, que andaban costeándola de día y de noche, menos cuando hacía gran viento. Además les enviaron otras veinte naves de refresco, de manera que reunieron setenta.

De la otra parte los peloponesios tenían plantado su campo en tierra firme, y hacían sus acometidas a menudo a los fuertes y parapetos del lugar, espiando de continuo para ver si de alguna manera podían salvar a los que estaban en la isla.

III.

Hechos que realizaron en Sicilia los atenienses y sus aliados, y sus contrarios, durante este tiempo.

Mientras que las cosas pasaban en Pilos de la manera que hemos contado, en Sicilia los siracusanos y sus aliados rehicieron su armada con barcos nuevos, y con los que los mesenios les habían enviado, y guerreaban desde Mesena contra los de Regio a instigación de los locros, que por la enemistad con los de Regio habían ya entrado en sus términos con todas sus fuerzas por tierra, y parecioles a los siracusanos que sería bueno probar fortuna por mar y pelear en ella, porque los atenienses no tenían entonces gran número de naves en Sicilia, aunque era de creer que cuando supiesen que los siracusanos rehacían su armada para sujetar toda la isla, les enviarían más naves de socorro. Parecíales que si lograban la victoria por mar fácilmente, como esperaban, podrían tomar la ciudad de Regio antes que el socorro de los atenienses llegase. Teniéndola por suya y estando situada sobre un cerro o promontorio a la orilla de la mar en la parte de Italia, y también a Mesena frente a ella, en la isla de Sicilia, podrían fácilmente estorbar que los atenienses pasasen por el estrecho del Faro que separa Italia de Sicilia, el cual es llamado Caribdis, y dicen que Ulises le pasó cuando volvía de Troya. No sin causa es llamado así, porque corre con gran ímpetu entre el mar de Sicilia, y el mar Tirreno.

Los siracusanos se juntaron allí cerca de la noche con su armada y la de sus aliados que formarían treinta naves para dar la batalla a los atenienses que tenían suyas diez y seis y otras ocho de los de Regio, con las cuales pelearon contra ellos de tal manera que ganaron la victoria, y pusieron a los siracusanos en huida salvándose cada cual lo mejor que pudo y acogiéndose a Mesena, sin que hubiese más que un navío de pérdida, porque la noche los separó.

Pasada esta victoria los locros levantaron su campo que tenían delante de Regio, y volvieron a sus tierras. Mas poco después los siracusanos y sus aliados juntaron su armada y fueron a la costa de Peloro, en tierra de Mesena, donde tenían su infantería y donde también llegaron los atenienses y los de Regio, y viendo las naves de los siracusanos vacías las acometieron, mas habiendo embestido con una y echados sus harpones de hierro la perdieron, aunque la gente que estaba dentro se salvó a nado. Cuando los siracusanos que habían entrado en ella la llevaban hacia Mesena, los atenienses volvieron a acometerles para recobrar la nave, pero al fin fueron rechazados y perdieron otra nave. De esta manera los siracusanos vencidos primero en la segunda batalla, se retiraron con honra al puerto de Mesena sin haber perdido más que los enemigos, y los atenienses se fueron a la marina avisados de que un ciudadano llamado Arquias y sus secuaces querían entregar la ciudad a los siracusanos por traición. Entretanto todos los de Mesena salieron por mar y tierra contra la ciudad de Naxos, colonia calcídea junto a la tierra de los mismos mesenios. Al llegar salieron los de Naxos al encuentro por tierra, pero los rechazaron hasta dentro de las puertas y los mesenios comenzaron a robar y talar las tierras alrededor de la ciudad, y después la sitiaron.

Al día siguiente los que estaban en la mar abordaron a la ribera de Acesines, la robaron y talaron. Sabido este mal por los sicilianos que moraban en las montañas, se reunieron y bajaron a tierra de los mesenios, y de allí fueron a socorrer a los de Naxos, que al verles ir en su ayuda cobraron corazón, y animándose unos a otros, porque eran los leontinos y otros griegos moradores de Sicilia los que les socorrían, volvieron a salir de la ciudad y de repente dieron en los contrarios con gran ímpetu, matando más de mil y los otros se salvaron con gran trabajo, porque los bárbaros y otros naturales de la tierra que salieron a cortarles el paso por los caminos mataron muchos.

Las naves que antes se recogieron a Mesena volvieron cada cual a su tierra, por lo cual los leontinos y sus aliados con los atenienses se esforzaron en poner cerco a Mesena sabiendo de cierto que estaban muy trabajados los de dentro. Fueron, pues, los atenienses por la mar a sitiar el puerto, y los otros por tierra a sitiar los muros, pero los de Mesena con una banda de los locros que había quedado de guarnición al mando de Demóteles salieron contra los de tierra, y los desbarataron matando a muchos. Viendo esto los atenienses de la armada salieron de sus barcos para socorrerles y cargaron contra los mesenios, de suerte que los hicieron entrar en la villa huyendo. Dejaron allí su trofeo puesto en señal de victoria y se volvieron a Regio.

Pasado esto, los griegos que habitan en Sicilia, sin ayuda de los atenienses emprendieron la guerra unos contra otros.

IV.

Triunfan los atenienses en Pilos.

Teniendo los lacedemonios cercado a Pilos, y estando los suyos sitiados por los atenienses en la isla, según arriba contamos, la armada de los atenienses estaba en gran necesidad de vituallas y de agua dulce, porque había un solo pozo situado en lo alto de la villa y era bien pequeño. Veíanse, pues, obligados a cavar a la orilla del mar en la arena, y sacar de aquella agua mala como puede suponerse. Además, el lugar donde tenían su campo era muy estrecho, y las naves no estaban seguras en la corriente; por lo que unas recorrían la costa para coger vituallas, y otras se detenían en alta mar echadas sus áncoras. Angustiaba también a los atenienses que la cosa fuera más larga de lo que al principio creían, porque parecíales que los que estaban en la isla, no teniendo vituallas ni agua dulce no podían estar tanto tiempo como estuvieron por la provisión que hicieron los lacedemonios para socorrerles, los cuales mandaron pregonar por edicto público que a cualquiera que llevase a los que estaban dentro de la isla provisiones de harina, pan, vino, carne, u otras vituallas darían gran suma de dinero y si fuese siervo o esclavo alcanzaría libertad: a causa de lo cual muchos se arriesgaban a llevarlas, principalmente los esclavos por el deseo que tenían de ser libres, pasando a la isla por todos los medios que podían, los más de ellos de noche, y por alta mar, sobre todo cuando el viento soplaba de la mar hacia tierra, pues con él iban más seguros sin ser sentidos de los enemigos que estaban en guarda, por no poder buenamente estar en torno de la isla cuando reinaba aquel viento más próspero y favorable a los que de alta mar iban a la isla, porque los llevaba hacia ella. Los que estaban dentro los recibían con armas, pero todos los que se aventuraron a pasar en tiempo de bonanza fueron presos. También había muchos nadadores que pasaban buzando desde el puerto hasta la isla, y con una cuerda tiraban de unos odres que tenían dentro adormideras molidas con miel y simiente de linaza majada con que socorrieron a los de la isla muchas veces, antes que los atenienses les pudiesen sentir: mas haciéndolo a menudo, fueron descubiertos y pusieron guardas. Cada cual de su parte hacía lo posible, unos para llevar vituallas y los otros para estorbarlo.

En este tiempo, los atenienses que estaban en Atenas, sabiendo que los cercados en Pilos se encontraban en gran apuro, y que los contrarios metidos en la isla a gran pena podían tener vituallas, sospechando que, al llegar el invierno que se acercaba, los suyos tuvieran grandes necesidades estando en lugar desierto, porque en aquel tiempo sería difícil costear el Peloponeso para abastecerles de vituallas, que no era posible por el poco tiempo que quedaba del verano proveerles de todas las cosas que les serían necesarias en abundancia, y que sus naves no tenían puerto ni playa allí donde pudiesen estar seguras; y por otra parte, que cesando la guarda en torno de la isla, los que estaban allí se podrían salvar en los mismos navíos que les llevaban provisiones cuando la mar lo permitiera, y sobre todo que los lacedemonios, viéndose con alguna ventaja no volverían a pedir la paz, estaban bien arrepentidos de no haberla aceptado cuando se la ofrecieron. Sabiendo Cleón que todos opinaban había sido él solo la causa de estorbarla, dijo que los negocios de la guerra no estaban de la suerte que les daban a entender, y como los que habían dado cuenta de ellos, pedían que enviasen otros para saber la verdad, si no lo creían, se acordó que el mismo Cleón y Teágenes fuesen en persona; pero considerando Cleón que, en tal caso, veríase forzado, o a referir lo mismo que los primeros, o diciendo lo contrario, aparecer mentirosos, persuadió al pueblo, que veía muy inclinado a la guerra, a que enviasen algún socorro de gente más de los que habían determinado enviar antes, diciendo que más valía hacerlo así que gastar tiempo esperando la respuesta de los que fueran a saber la verdad, porque entretanto podría llegar el socorro que enviaban, y dirigiéndose a Nicias, hijo de Nicérato, uno de los caudillos de la armada, que estaba en Pilos, enemigo y competidor suyo, dijo que con aquel socorro, si los que mandaban en Pilos eran gente de corazón, podrían fácilmente coger a los que estaban en la isla; y que si él se hallase allí, no dudaría en salir con la empresa.

Entonces Nicias, viendo al pueblo descontento de Cleón, considerando que si la cosa era tan fácil a su parecer no rehusaría ir a la jornada, y también porque el mismo Cleón le echaba la culpa, le dijo que pues hallaba la empresa tan segura tomase el cargo de ir con el socorro, que de buena gana le daba sus veces para ello. Cleón, pensando al principio que Nicias no lo decía de veras, sino cuidando que no lo haría aunque lo decía, no curó de rehusarlo; pero viendo que aquel perseveraba en su propósito, se excusó lo mejor que pudo diciendo que él no había sido elegido para aquel cargo, sino Nicias. Cuando el pueblo vio que Nicias no lo decía por fingimiento, sino que de veras quería dejar su cargo a Cleón, e insistía en que lo aceptase, el vulgo, siempre amigo de novedades, mandó a Cleón que lo desempeñara, y viendo este que no podía rehusarlo, pues se había ofrecido a ejercerlo, determinó aceptarlo, gloriándose de que él no temía a los lacedemonios, y quería hacer aquella jornada sin tomar hombres de Atenas, sino solo a los soldados de Lemnos y de Imbria, que a la sazón estaban en la ciudad, todos bien armados, algunos otros armados solo de lanza y escudo, que habían sido enviados en ayuda de Eno, y con estos algunos flecheros que tomarían de otra parte hasta el número de cuatrocientos. Con estos y con los que ya estaban en Pilos se alababa de que dentro de veinte días traería a los lacedemonios que estaban en la isla presos a Atenas, o los mataría. De estas vanaglorias y jactancias comenzaron a reírse los atenienses, y por otra parte se holgaron mucho pensando que ocurriría una de dos cosas: o que por este medio serían libres de la importunidad de Cleón, que ya les era pesado y enojoso, si faltaba en aquello de que se alababa, según tenía por cierto la mayor parte de ellos, o que, si salía con la empresa, traería los lacedemonios a sus manos.

Estando la cosa así determinada en pública asamblea del pueblo, por unanimidad fue nombrado Cleón general de la armada en lugar de Nicias, y Cleón nombró por su acompañante a Demóstenes, que estaba en el campo con gente, porque había entendido que opinaba acometer a los de la isla, y que también los soldados atenienses, viendo lo mal dispuesto del lugar donde estaban sobre el cerco, y que les parecía estar más cercados que aquellos a quien cercaban, deseaban ya aventurar sus personas para esto. También les daba mayor ánimo que la isla estaba ya descubierta por muchas partes donde habían quemado leña de los montes, pues al principio, cuando le pusieron cerco era tan espesa la arboleda, que impedía caminar por ella, lo cual fue causa de que Demóstenes, cuando le pusieron cerco al principio, temiese entrar, suponiendo que escondidos en el bosque los enemigos podrían hacer mucho daño a los suyos, sin riesgo, por saber los senderos y tener donde ocultarse. Además, por mucha gente que tuviese no podría llegar con toda ella a socorrer de pronto donde fuese menester, porque se lo estorbarían las espesuras. Sobre todas estas razones que movían a Demóstenes les infundía más temor pensar la pérdida que sufrieron en Etolia, ocurrida en parte por causa de las espesuras.

Sucedió que algunos de los que estaban en la isla, saliendo al extremo de ella, donde hacían la guardia, encendieron fuego para guisar, y levantose tan gran viento que extendió el fuego, quemándose gran parte del bosque, por lo que Demóstenes paró mientes en que había muchos más contrarios que él pensaba, y viendo que tenían más fácil entrada en la isla a causa de aquel fuego, le pareció buen consejo acometer a los enemigos lo más pronto que pudiese. Preparadas las cosas necesarias para hacerlo y llamados en ayuda los compañeros de guerra y los vecinos más cercanos, llegole nueva de que se acercaba Cleón con el socorro que había pedido a los atenienses, y determinó esperarle.

Cuando Cleón llegó, conferenciaron y parecioles bien enviar un trompeta a los lacedemonios que cercaban a Pilos para saber si querían mandar que los que estaban en la isla se rindiesen con sus armas a condición de quedar presos hasta que se determinase, sobre todo el hecho de la guerra: pero al saber la respuesta que trajo el trompeta de que los lacedemonios no querían aceptar el partido, descansaron aquel día, y llegada la noche, metieron la mayoría de su gente de guerra en algunos navíos, desembarcando en la isla al alba por dos puntos, por la parte del puerto y por la de alta mar, unos ochocientos. En seguida empezaron a recorrer la tierra hacia donde estaban los centinelas de los enemigos aquella noche, que serían hasta treinta, porque los otros, o la mayor parte de ellos, estaban en un lugar descubierto, casi a media legua, cercado de agua, con Epitadas, su capitán, y otros al cabo de la isla por la parte de Pilos. A estos no podían acometerles por la mar a causa de que la isla por aquel lado estaba muy alta y no se podía subir ni entrar, y de la parte de la villa era mala de entrar por un castillo viejo de piedra tosca que los enemigos guardaban para su defensa y amparo si perdían los otros puntos. Los que iban contra las centinelas los hallaron durmiendo, de manera que antes que se pudiesen armar, fueron todos muertos, porque no sospechaban mal ninguno, ni pensaban que desembarcarían por aquel punto, pues aunque oyeron a las naves remar a lo largo de la costa, pensaban que eran los que hacían la guarda de noche, según costumbre.

Pasado esto, cuando fue de día claro, los demás de la armada, que estaban aún metidos en sus barcos que habían abordado a la isla, en número de sesenta naves, saltaron en tierra así los que estaban primero en el cerco como los que trajo Cleón consigo, excepto los que quedaban en guarda del campo y de las municiones, que serían entre todos ochocientos flecheros y otros tantos de lanzas y escudos armados a la ligera. A todos los puso Demóstenes en orden y los repartió en diversas compañías, una distante de otra, a doscientos hombres por cada compañía, y en alguna parte había menos, según la capacidad del lugar donde estaban. Mandoles que fuesen ganando tierra hacia lo más alto para que llegasen a dar de noche sobre los enemigos y apretarles por todas partes, de suerte que no supiesen donde irse por la multitud de gente que cargara sobre ellos por todos lados. Así se hizo, y cercados los lacedemonios, les acometían por todas partes. De cualquiera que se volvían, eran atacados a retaguardia por los que iban armados a la ligera, que les alcanzaban pronto, y por los flecheros que los herían de lejos con flechas, dardos y piedras tiradas con mano y con honda, de manera que esperándose un poco, caían sobre ellos, porque estos tienen la costumbre de vencer cuando parece que van huyendo, pues nunca cesan de tirar, y cuando los enemigos se vuelven, revuelven sobre ellos por las espaldas. Este orden guardó Demóstenes en la pelea así al entrar en la isla como después en todos los combates que hubo en ella.

Cuando Epitadas y los que estaban con él, que eran los más en número, vieron que sus guardas y los del primer fuerte habían sido rechazados, y que todo el tropel de los enemigos venía contra ellos, se pusieron en orden de batalla y quisieron marchar contra los atenienses que venían de frente, mas no pudieron venir a las manos ni mostrar su valentía, porque los tiradores y flecheros atenienses y los armados a la ligera que iban por los lados se lo estorbaban, por lo cual esperaron a pie firme. Los atenienses armados a la ligera los apretaban, y fingiendo que huían, se defendían y trabajaban por guarecerse entre las peñas y lugares ásperos, de suerte que los lacedemonios armados de gruesas armas, no los podían seguir. Así pelearon algún tiempo escaramuzando. Después, viendo los atenienses armados a la ligera que los lacedemonios estaban cansados de resistirles tanto tiempo, tomaron más corazón y osadía y se mostraron muchos más en número porque no hallaban los lacedemonios tan valientes ni esforzados como pensaban al principio cuando entraron en la isla, pues entonces iban con temor contra ellos por la gran fama de su valentía. Todos a una con gran ímpetu y con grandes voces y alaridos, dieron sobre ellos tirándoles flechas, piedras y otros tiros, lo que cada cual tenía a mano. La grita y esta manera nueva de combatir dejó a los lacedemonios que no estaban acostumbrados, atónitos y espantados. Por otra parte, el polvo de la ceniza que salía de los lugares donde habían encendido fuego era tan grande en el aire, que no se podían ver, ni por este medio evitar los tiros contra ellos, quedando muy perplejos porque sus celadas y morriones de hierro no los guardaban del tiro, y sus lanzas estaban rotas por las piedras y otros tiros que les tiraban los contrarios. Además, estando cercados y acometidos por todas partes, no podían ver a los que les atacaban, ni oír lo que les mandaban sus capitanes por la gran grita de los enemigos, ni sabían qué hacer ni veían manera para salvarse. Finalmente, estando ya la mayor parte de ellos heridos, se retiraron todos hacia un castillo al término de la isla, donde había una parte de los suyos. Viendo esto los atenienses armados a la ligera los apretaron más osadamente con gran grita y con muchos tiros, y a todos aquellos que veían apartados del escuadrón los mataban, aunque una gran parte de los lacedemonios se salvaron por las espesuras y se unieron a los que estaban en guarda del castillo, y todos se aprestaron para defenderlo por la parte que los pudiesen acometer. Los atenienses los seguían de más cerca, y viendo que no podían sitiar el lugar por todos lados por la dificultad del terreno, se pusieron en un lugar más alto, de donde a fuerza de tiros y por cuantos medios pudieron, procuraron lanzarlos del castillo donde se defendían obstinadamente, y de esta manera duró el combate la mayor parte del día, por lo cual, todos, así de una parte como de la otra, estaban muy trabajados por el sol, la sed y el cansancio.

Estando las cosas en estos términos, y viendo el capitán de los mesenios que no llevaban camino de terminar, vino a Cleón y a Demóstenes, y díjoles que en balde trabajaban para coger a los enemigos por aquella vía; pero que si le daban algunos hombres de a pie, armados a la ligera, y algunos flecheros, procuraría cogerlos descuidados por las espaldas, entrando por donde mejor pudiese. Diéronselos, y los llevó lo más encubiertamente que pudo por las rocas, peñas y otros lugares apartados, rodeando la isla, tanto que vino a un lugar donde no había guarda ni defensa alguna, ni les parecía a los lacedemonios que la habían menester, por ser inaccesible, y con gran trabajo subió hasta la cumbre. Cuando los lacedemonios se vieron asaltados por la espalda, espantáronse, y casi perdieron la esperanza de poder salvarse, y los atenienses, que los acometían de frente, se alegraron, como quien está seguro de la victoria.

Los lacedemonios se hallaron cercados, ni más ni menos que los que peleaban contra los persas en las Termópilas, si se puede hacer comparación de cosas grandes a pequeñas, pues así como aquellos fueron atajados por todas partes por las sendas estrechas de la montaña, y al fin muertos todos por los persas, así también estos, siendo acosados por todos lados y heridos, no se podían defender; y viendo que peleaban tan pocos contra tantos enemigos, y que estaban desfallecidos y cansados, y casi muertos de hambre y de sed, no curaban de resistir, sino que abandonaban muros y defensas, ganando los atenienses todas las entradas del lugar. Observaron Cleón y Demóstenes que mientras menos se defendían los enemigos, morían más, y con el deseo de llevarlos prisioneros a Atenas si se querían entregar, mandaron retirar a los suyos, y pregonar que se rindieran. Muchos lacedemonios lanzaron sus escudos a tierra y sacudieron las manos, lo cual era señal que aceptaban el partido, habiendo tregua por corto tiempo, durante la cual conferenciaron Cleón y Demóstenes de parte de los atenienses, y Estifón, hijo de Fárax, de la de los lacedemonios, porque Epitadas había muerto en la batalla, y el hipágreta[82] que le sucedió en el mando estaba herido y en tierra entre los muertos, aunque vivo aún. Los representantes de los lacedemonios dijeron a Cleón y Demóstenes que antes de aceptar el partido, querían saber el parecer de sus caudillos, que estaban en tierra firme; y viendo que los atenienses no se lo querían otorgar, llamaron en alta voz a los trompetas de aquellos hasta tres veces. Al fin vino uno de los trompetas en una barca, y les dijo de parte de los jefes que aceptasen las condiciones que les pareciesen honrosas; y consultado sobre esto entre sí, se rindieron con sus armas a merced de los enemigos.

Así estuvieron toda aquella noche y el día siguiente, guardados como prisioneros, y al otro día por la mañana los atenienses levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla, repartieron los prisioneros en cuadrillas y les dieron en guarda a los trierarcas[83]. Pasado esto, se prepararon para volver a Atenas, y otorgaron a los lacedemonios los muertos para sepultarlos. De cuatrocientos veinte que había en la isla, se hallaron prisioneros doscientos ochenta, entre ellos ciento veinte de Esparta; los demás fueron muertos por los atenienses, no siendo muchos porque no se luchó cuerpo a cuerpo.

El tiempo que los lacedemonios estuvieron en la isla cercados desde la primera batalla naval hasta la postrera, fue setenta y dos días, de los cuales tuvieron vituallas durante los veinte que los embajadores fueron y vinieron de Atenas por el convenio hecho: el tiempo restante se mantuvieron con lo que les traían por mar escondidamente; y aun después de la última batalla se halló en su campo trigo y otras provisiones, porque Epitadas, su capitán, se las repartía muy bien según que la necesidad obligaba. De esta manera se separaron los atenienses y los lacedemonios de Pilos, y volvieron cada cual a su casa, y así se cumplió la promesa que arriba dijimos había hecho Cleón a los atenienses al tiempo de su partida, aunque loca y presuntuosa, porque llevó los enemigos prisioneros dentro de los veinte días, según había prometido.

Esta fue la primera cosa que sucedió en aquella guerra contra el parecer de todos los griegos, porque no esperaban que los lacedemonios, por hambre, ni sed, ni otra necesidad que les ocurriese, se rindieran y entregaran las armas, sino que pelearían hasta la muerte; y si los que se rindieron hubieran igualado en esfuerzo a los que murieron peleando, no se entregaran de aquella manera a los enemigos. De aquí que después que los prisioneros fueron llevados a Atenas, preguntado uno de ellos a manera de escarnio, por un ateniense, si sus compañeros muertos en la batalla eran valientes, le respondió de esta manera: «Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines», queriendo decir que sus compañeros habían sido muertos por pedradas y flechas que les tiraban de lejos, y no a las manos, por lo que no se podía juzgar si murieron o no como bravos.

Los atenienses mandaron guardar a los prisioneros hasta hacer algún convenio con los peloponesios, y si entretanto entraban en su tierra, matarlos.

En cuanto a lo demás, los atenienses dejaron guarnición en Pilos, y aun sin esto los mesenios enviaron desde el puerto de Naupacto algunos de los suyos que les parecieron más convenientes para estar allí, porque en otro tiempo el lugar de Pilos solía ser tierra de Mesenia, y los que la habitaban eran corsarios y ladrones que robaban la costa de Laconia, y hacían muchos males, valiéndose de que todos hablaban la misma lengua.

Esta guerra amedrentó a los lacedemonios, por no estar acostumbrados a hacerla de aquel modo, y porque los hilotas y esclavos se pasaban a los enemigos. En vista de ello, enviaron secretamente embajadores a los atenienses para saber si podrían recobrar a Pilos y a sus prisioneros; pero los atenienses, que tenían los pensamientos más altos y codiciaban mucho más, después de muchas idas y venidas, los despidieron sin concluir nada. Este fin tuvieron las cosas de Pilos.

V.

Victoria de los atenienses contra los corintios.

Pasadas estas cosas, y en el mismo verano[84], los atenienses fueron a hacer la guerra de Corinto con ochenta naves y dos mil hombres de a pie, todos atenienses, y en otros barcos bajos para llevar caballos fueron doscientos hombres de caballería; también iban en su compañía, para ayudarles en esta empresa, los milesios, los andrios y los caristios, y por general Nicias, hijo de Nicérato, con otros dos compañeros. Navegando a lo largo de la tierra entre Quersoneso y Rito, al alba del día se hallaron frente a un pequeño cerro llamado Soligeo, desde donde antiguamente los dorios guerrearon contra los etolios, que estaban dentro de la ciudad de Corinto, y hoy día hay en él un castillo que tiene el mismo nombre del cerro. Dista de la orilla del mar por donde pasan las naves, cerca de doce estadios[85], de la ciudad unos sesenta[86] y del estrecho llamado Istmo, veinte[87]. En este cerro los corintios, avisados de la llegada de los atenienses, reunieron todo su ejército, excepto los que habitan fuera del estrecho en la tierra firme, de los cuales quinientos habían ido a Ambracia y a Léucade para guardarlas. Pero como los atenienses pasasen de noche delante de ellos sin ser oídos ni vistos, cuando entendieron por la señal de los que estaban en las atalayas que habían pasado de Soligeo y saltado en tierra, distribuyeron su ejército en dos cuerpos: el uno se situó en Céncreas para socorrer la villa de Cromión si los atenienses la atacaban, y el otro fue a socorrer a los moradores de la costa donde los atenienses desembarcaron.

Habían los corintios nombrado para esta guerra dos capitanes, uno llamado Bato, el cual con una parte del ejército se metió dentro del castillo de Soligeo, que no era muy fuerte de muros para defenderle, y el otro, llamado Licofrón, salió a combatir a los atenienses que habían saltado en tierra, y encontró la extrema derecha de su ejército, en la cual iban los caristios a retaguardia, acometiéndoles valerosamente, y trabando una pelea muy ruda, donde todos venían a las manos, mas al fin los corintios fueron rechazados hasta la montaña donde había algunos parapetos de murallas derrocadas. Haciéndose fuertes en este lugar, que era muy ventajoso para ellos, hicieron retirarse a los enemigos a fuerza de pedradas.

Cuando vieron los corintios a los enemigos en retirada, cobraron ánimo, y salieron otra vez contra ellos, empeñándose de nuevo la batalla, más encarnizada que la primera vez. Estando en lo más recio de ella, vino en socorro de los corintios una compañía, y con su ayuda rechazaron a los atenienses hasta la mar, donde se juntaron todos los de Atenas y volvieron a rechazar a los corintios. Entretanto, la otra gente de guerra peleaba sin cesar unos contra otros. A saber, el ala derecha de los corintios, en la cual estaba Licofrón, contra la de los atenienses, temiendo que esta atacase el castillo de Soligeo, y así duró la batalla largo tiempo, sin que se conociese ventaja de una ni de otra parte; mas al fin los de a caballo que acudieron en ayuda de los atenienses, dieron sobre los corintios y los dispersaron, retirándose estos a un cerro, donde, no siendo perseguidos, se desarmaron, y reposaron. En este encuentro murieron muchos corintios, y entre otros Licofrón, su capitán; los otros todos se retiraron al cerro, y allí se hicieron fuertes, no cuidando los enemigos de seguirles, y retirándose a despojar los muertos. Después levantaron trofeo en señal de victoria.

Los corintios que se habían quedado en Céncreas no podían ver nada de esta batalla, porque el monte Oneo, que estaba en medio, lo impedía; mas viendo la polvareda muy espesa, y conociendo por esta señal que había batalla, vinieron con gran diligencia en socorro de los suyos, y juntamente con ellos los viejos que habían quedado en la ciudad. Advirtieron los atenienses que iban contra ellos, y creyendo que eran los vecinos y comarcanos de los corintios, de tierra de peloponesios, que acudían en su socorro, se acogieron a los barcos con los despojos de los enemigos y los cuerpos de los suyos que perecieron en la batalla, excepto dos que no pudieron hallar ni reconocer, los cuales recobraron después por convenio con los corintios. Embarcados, partieron hacia las islas más cercanas, y hallose que habían muerto en aquella jornada de los corintios doscientos veinte, y de los atenienses cerca de cincuenta.

Los atenienses fueron después a Cromión, que es de tierra de los corintios, y está apartada de Corinto ciento veinte estadios[88] y allí estuvieron una noche y un día saqueándola. Desde Cromión vinieron a Epidauro, y de allí tomaron su derrota para Metana, que está entre Epidauro y Trecén, ganando el estrecho de Quersoneso donde está situada Metana, que fortificaron y guarnecieron con su gente, la cual, después de algún tiempo, hizo muchos robos en tierra de Trecén y Epidauro, y también de Halias. Hecho esto, los atenienses volvieron a su tierra.

VI.

Los atenienses ayudan a entrar en Corcira a los desterrados y después los matan.

Al mismo tiempo que pasaban estas cosas, Eurimedonte y Sófocles, capitanes de los atenienses, partieron con su armada para ir a Sicilia y descendieron en tierra de Corcira. Estando allí salieron al campo juntamente con los ciudadanos contra los desterrados que, habiéndose hecho fuertes en el monte de Istone, ocuparon todas las inmediaciones de la ciudad y hacían gran daño a los que estaban dentro. Acometiéndoles, les ganaron los parapetos que habían hecho, obligándoles a huir y a retirarse a un lugar más alto de la montaña, donde, puestos en gran aprieto, se rindieron con condición de entregar todos los extranjeros que habían ido en su ayuda a la voluntad de los atenienses y corcirenses, y que los naturales de la ciudad estuviesen en guarda hasta tanto que los atenienses conociesen de su causa y determinasen lo que querían hacer de ellos, y si entretanto se hallase que un solo hombre de ellos contraviniera a este convenio o quisiese huir, dejara de aplicarse a todos en general. En cumplimiento de este contrato fueron llevados a la isla de Ptiquia. Pero sospechando los principales de Corcira que los atenienses por piedad no los mandasen matar como ellos deseaban, inventaron este engaño. Primeramente enviaron a la isla algunos amigos de los desterrados que allí estaban, los cuales les hicieron entender que los atenienses tenían determinado entregarlos a los corcirenses, por lo cual harían bien en procurar salvarse prometiéndoles navíos para ello. Con este consejo acordaron escaparse y embarcados ya fueron presos por los mismos corcirenses.

Roto de esta manera el contrato arriba dicho, los capitanes atenienses entregaron los presos a la voluntad de los corcirenses, aunque primero fueron advertidos del engaño, mas lo hicieron, porque debiendo partir de allí para Sicilia, pesábales que otras personas tuviesen la honra de llevar a Atenas a los que ellos habían vencido. Puestos los prisioneros en manos de los de la ciudad de Corcira fueron todos metidos en un gran edificio, y después los mandaron sacar fuera de veinte en veinte atados y pasar por medio de dos hileras de hombres armados. Al pasar por la calle, antes que llegasen donde estaban los hombres armados, los que tenían algún odio particular contra alguno de ellos, le picaban y punzaban, y asimismo los verdugos que los llevaban los herían cuando no se apresuraban; finalmente, al llegar adonde estaban los armados puestos en orden, fueron muertos y hechos piezas por estos, y de esta manera en tres veces, de veinte en veinte, mataron sesenta antes que los otros que quedaban dentro de la prisión en el edificio supiesen nada, porque pensaban que les mandaban salir de allí para llevarlos a otra prisión; pero al avisarles lo que sucedía comenzaron a dar gritos y a llamar a los atenienses, diciendo que querían ser muertos por estos si así era su voluntad, y que no dejarían a otras personas entrar en la prisión donde estaban mientras tuviesen aliento. Viendo esto los corcirenses no quisieron romper la puerta de la prisión, sino que subieron encima del edificio y quitaron la techumbre por todas partes, y después, con tejas y piedras tiraban a los que estaban dentro y los mataban, a pesar que los prisioneros se escondían lo más que podían, y muchos se mataban con sus propias manos, unos con las flechas que les tiraban sus contrarios metiéndoselas por la garganta, y los otros ahogándose con los lienzos de sus lechos y con las cuerdas que hacían de sus vestidos, de suerte que entre aquel día y la noche siguiente fueron todos muertos. Al otro día por la mañana llevaron sus cuerpos en carretas fuera de la ciudad, y todas sus mujeres que se hallaban con ellos dentro de la prisión, fueron hechas siervas y esclavas. Así acabaron los desterrados por haberse rebelado en la ciudad de Corcira, y tuvieron fin aquellos bandos y rebeliones habidas por causa de esta guerra de que al presente hablamos, porque de las rebeliones anteriores no quedaba raíz ninguna de que se pudiese tener sospecha por entonces.

VII.

Victorias y prosperidades de los atenienses en aquella época, sobre todo en la isla de Citera.

Después de estas cosas, los atenienses arribaron en Sicilia con su armada, y, unidos a sus aliados, comenzaron la guerra contra sus enemigos comunes. En este mismo verano los atenienses y los acarnanios que estaban en Naupacto tomaron por traición la ciudad de Anactorio, situada a la entrada del golfo de Ambracia, que es de los corintios, la cual habitaron después los acarnanios, expulsando a todos los corintios que en ella moraban. Y en esto pasó el verano.

Al principio del invierno[89], Arístides, hijo de Arquipo, uno de los capitanes de la armada de los atenienses enviada a cobrar de los aliados la suma de dinero que habían de dar para ayuda de la guerra, encontró en el mar un barco, junto al puerto de Eyón, en la costa de Estrimonia, y en él venía un persa que el rey Artajerjes enviaba a los lacedemonios, llamado por nombre Artafernes, al que prendió con las cartas que traía, y llevádole a Atenas, donde fueron estas traducidas de lengua persa al griego. Entre otras cosas, contenían que el rey se maravillaba mucho de los lacedemonios, y no sabía la causa porque le habían enviado varios mensajes discordantes, y que si le querían hablar claramente, le enviasen personas con Artafernes, su embajador, que le diesen a entender su voluntad.

Algunos días después los atenienses enviaron a Artafernes a Éfeso con embajadores para el rey Artajerjes, su señor; pero al llegar tuvieron nueva de la muerte de este rey, y volvieron a Atenas.

En este mismo invierno los de Quíos fueron obligados por los atenienses a derrocar un muro que habían hecho de nuevo en torno de su ciudad, por sospechar estos que quisiesen tramar algunas novedades o revueltas, aunque los de Quíos se disculpaban buenamente, ofreciéndoles dar seguridad bastante de que no innovarían cosa alguna contra los atenienses.

Pasó el invierno, que fue el fin del séptimo año de la guerra que escribió Tucídides. Al comienzo del verano siguiente, cerca de la nueva luna, hubo eclipse de sol, y en este mismo mes en toda Grecia un gran temblor de tierra. Los desterrados de Mitilene y de la isla de Lesbos, con gran número de gente de la tierra firme donde se habían acogido y de los del Peloponeso, tomaron por fuerza la ciudad de Retio, aunque pocos días después la devolvieron, sin hacer en ella daño, por 2000 estateros de moneda de Focea que les dieron; de allí se fueron a la ciudad de Antandro, la cual tomaron por traición, valiéndose de algunos que estaban dentro e intentaban libertar las otras ciudades llamadas acteas[90], que en otro tiempo habían sido habitadas por los mitilenios y a la sazón las poseían los atenienses. La causa principal de querer tomar la ciudad de Antandro era porque les parecía muy a propósito para hacer naves, a causa de la mucha madera que en ella hay y en el monte Ida, que está cercano, y también porque desde allí podían hacer la guerra muy sin peligro a los de la próxima isla de Lesbos, y asimismo tomar y destruir los lugares de los eolios, que estaban en tierra firme.

En este mismo verano los atenienses enviaron sesenta naves, y en ellas 2000 hombres de a pie y algunos de a caballo y los aliados milesios y de otros pueblos, a las órdenes de Nicias, hijo de Nicérato; de Nicóstrato, hijo de Diítrefes, y de Autocles, hijo de Tolmeo, para hacer la guerra a los de Citera. Es Citera una isla frente a Laconia, de la parte de Malea, habitada por lacedemonios, los cuales enviaban allí cada año sus gobernadores, y tenían en ella gente de guarnición para guardarla, pues la apreciaban mucho, por ser feria y mercado para las mercaderías que venían por mar de Egipto y de Libia, y también porque impedía robar la costa de Laconia, por su situación entre el mar de Sicilia y el de Creta.

Al arribar los atenienses a esta isla con diez naves y 2000 milesios, tomaron una ciudad a la orilla del mar, llamada Escandea. La armada restante fue por la costa hacia donde está la ciudad de Malea, y se dirigió a una ciudad principal, que está junto al mar, llamada Citera, donde halló a los citereos todos en armas esperándoles fuera de la población. Acometiéronles, y después de defenderse gran rato, les hicieron retirarse a la parte más alta de la ciudad, rindiéndose en seguida a Nicias y a los otros capitanes atenienses, con condición de que les salvasen las vidas. Antes de entregarse, algunos conferenciaron con Nicias para ordenar las cosas que habían de hacer a fin de que el convenio se ejecutase más pronto y seguramente.

Ganada la ciudad, los atenienses trasladaron todos los griegos a habitar en otra parte, porque eran lacedemonios, y también porque la isla estaba frente a la costa de Laconia.

Después de tomar la ciudad de Escandea, que es puerto de mar, y de poner guarnición en Citera, navegaron hacia Asina y Helos y otros lugares marítimos, donde saltaron en tierra e hicieron mucho daño durante siete días.

Los lacedemonios, viendo que los atenienses tenían a Citera, y temiendo les acometiesen desde allí, no quisieron enviar gruesa armada a parte alguna contra sus enemigos, sino que repartieron su gente de guerra en diversos lugares de su tierra que les pareció tener más necesidad de defensa, y también porque algunos de estos no se rebelasen considerando la gran pérdida de su gente en la isla junto a Pilos, la pérdida de Pilos y de Citera, y la guerra que les habían movido por todas partes, cogiéndoles desprovistos. Para esto tomaron a sueldo, contra su costumbre, 300 hombres de a caballo y cierto número de flecheros; y si en algún tiempo fueron perezosos en hacer la guerra, entonces lo fueron mucho más, excepto en aprestos marítimos, mayormente teniendo que guerrear con los atenienses, que ninguna cosa les parecía difícil sino lo que no querían emprender. Tenían además en cuenta muchos sucesos que les habían sido contrarios por desgracia y contra toda razón, temiendo sufrir alguna otra desventura como la de Pilos. Por esto no osaban acometer ninguna empresa, creyendo que la fortuna les era totalmente contraria y que todas aquellas les serían desdichadas, idea producida por no estar acostumbrados a sufrir adversa fortuna. Dejaban, pues, a los atenienses robar y destruir los lugares marítimos de sus tierras, sin moverse ni enviar socorro, dejando la defensa a los que habían puesto de guarnición, y juzgándose por más débiles y flacos que los atenienses, así en gente de guerra como en el arte y práctica de la mar. Pero una compañía de su gente que estaban de guarnición en Cotirta y en Afroditia, viendo una banda de los enemigos armados a la ligera desordenados, dieron contra ella y mataron algunos, aunque después fueron estos socorridos por soldados de armas gruesas, y cogieron bastantes de los contrarios, quitándoles las armas.

Los atenienses, después de levantar trofeo en señal de victoria en Citera, navegaron para Epidauro Limera, y destruyeron y robaron los lugares de la costa de los epidaurios. De allí partieron a Tirea, en la región llamada Cinuria, que divide la tierra de Laconia de la de Argos. A Tirea la dieron a poblar y cultivar los lacedemonios a los eginetas echados de su tierra, así por los beneficios que habían recibido de ellos cuando los terremotos, como también porque, siendo súbditos de los atenienses, siempre tuvieron el partido de los lacedemonios.

Al saber los eginetas que los atenienses habían arribado a su puerto, desampararon el muro que habían hecho por parte de la mar, y retiráronse a lo alto de la villa, que dista cerca de diez estadios, y con ellos una compañía de lacedemonios que les habían enviado para guarda de la ciudad y para que les ayudasen a hacer aquel muro. Esta compañía nunca quiso entrar en la ciudad, aunque se lo rogaron mucho los eginetas, por parecerle que correría gran peligro si se encerraba en ella. Viendo que no eran bastantes para resistir a los enemigos, se retiraron a los lugares más altos, y allí estuvieron. Al poco rato los atenienses fueron con todo su poder a entrar en la ciudad de Tirea, la tomaron sin resistencia y la saquearon y quemaron, prendiendo a todos los eginetas que hallaron vivos, entre ellos a Tántalo, hijo de Patrocles, que los lacedemonios habían enviado por gobernador, aunque estaba muy mal herido, y los metieron en sus naves para llevarlos a Atenas. También llevaron con ellos algunos prisioneros que habían hecho en Citera, los cuales después fueron desterrados a las islas. A los ciudadanos que quedaron en Citera les impusieron un tributo de cuatro talentos por año[91]; pero a los eginetas, por el odio antiguo que los atenienses les tenían, los mandaron matar a todos, y a Tántalo le pusieron en prisión con los otros lacedemonios cogidos en la isla.

VIII.

Los sicilianos, por consejo de Hermócrates, ajustan la paz entre sí y despiden a los atenienses.

En este mismo verano[92], en Sicilia fueron hechas treguas primeramente entre Camarina y Gela, y poco después todas las ciudades de la isla enviaron embajadores para hacer convenios, y después de muchos y contrarios pareceres porque cada uno defendía su interés particular, quejándose de los agravios que había recibido de los otros, levantose Hermócrates, hijo de Hermón, siracusano, que era el que más les aconsejaba lo que convenía al bien de todos, y les hizo este razonamiento:

«Varones sicilianos: Yo soy natural de una ciudad de Sicilia, que ni es de las menores ni de las más trabajadas por guerras; por ello, lo que os quiero decir no es porque deba tener más miedo a la guerra que los otros, sino para representaros lo que me parece cumple al bien de toda esta tierra. Mostrar cuán triste cosa es la guerra y los males que acarrea consigo, no es fácil expresarlo con palabras, por muy largo razonamiento que se hiciese. Ninguno por ignorancia o falta de entendimiento es obligado a emprenderla, ni tampoco veo que haya quien renuncie a hacerla, si piensa ganar en ella, por temor del mal que le pueda venir. Mas sucede muchas veces a los que la emprenden parecerles alcanzar más provecho que daño, y los que más consideran los peligros e inconvenientes, quieren mejor aventurarse que perder cosa alguna de los bienes que poseen. Como ni unos ni otros pueden alcanzar lo que desean sino con el tiempo, me parece que las amonestaciones para la paz son útiles y provechosas a todos, y más a nosotros en este momento si somos cuerdos, que si antes de ahora cada cual ha emprendido la guerra por procurar su provecho, ahora, que todos estamos metidos y revueltos en guerras civiles, debemos intentar volver a la paz; y si por esta vía no pudiere cobrar cada cual lo suyo, emprenderemos de nuevo la guerra si bien nos pareciere. Bueno es que entendamos, si somos cuerdos, que este concurso no se hace por conocer y determinar nuestras cuestiones particulares, sino para consultar en común si podremos entregar toda Sicilia a los atenienses, los cuales, a mi parecer, nos traman asechanzas y procuran sujetarnos a todos. Pensad que ellos mismos son, con su conducta, mejores consejeros de nuestra paz y amistad que mis palabras y amonestaciones, porque tienen ejército más poderoso que todos los otros griegos, el cual pasa a su salvo por mar en muy pocas naves cuando saben nuestras faltas, que están esperando y acechando continuamente, y aunque vienen so color de amistad y alianza, son en verdad nuestros enemigos, y solo atienden a su interés y provecho.

»Si escogemos la guerra en vez de la paz, y llamamos en nuestra ayuda a esos atenienses, que aun no siendo llamados vienen a hacernos la guerra, cuando nos vieren trabajados con disensiones civiles y gastadas nuestras haciendas, pensarán que todos estos males redundan en provecho y aumento de su señorío, y estimándonos débiles, vendrán con más fuerzas a ponernos bajo su mando. Por ello, si somos cautos, mejor será a todos nosotros llamarlos amigos y confederados para invadir las tierras ajenas que para destruir las nuestras, sufriendo los peligros y daños consiguientes.

»Debemos considerar que las sediciones y diferencias de las ciudades de Sicilia, no solamente son dañosas para las mismas ciudades, sino también para Sicilia y para todos nosotros los moradores de ella, porque mientras pelean unas con otras nos traman asechanzas nuestros enemigos. Teniendo todo esto en cuenta, debemos reconciliarnos y todos trabajar por salvar y libertar nuestra tierra de Sicilia, sin pensar en que algunos de nosotros son descendientes de los dorios, enemigos de los atenienses, y que los calcídeos, por el antiguo parentesco que tienen con los jonios, les son buenos amigos, porque los atenienses no emprendieron esta guerra por amistad con alguna parcialidad de nuestros bandos, sino solo por la codicia de nuestros bienes y haciendas. Bien se conoce en lo pronto que han acudido en ayuda de los que entre nosotros somos calcídeos de nación, aunque nunca recibieron beneficios de ellos ni con ellos tuvieron amistad. No censuro a los atenienses porque procuran aumentar su señorío; mas son dignos de vituperio los que están prontos a obedecer y someterse a ellos, porque tan natural es querer mandar a los que se quieren someter como guardarse y recatarse de los que le quieren acometer. Ninguno de nosotros desconoce esto, y el que no crea que el temor común determinará común remedio, se engaña en gran manera. Puestos todos de acuerdo, fácilmente quedaremos libres de este temor, pues los atenienses no nos acometen desde su tierra, sino desde la nuestra, es decir, desde la tierra de los que los llaman en su ayuda. Por esta razón me parece que no podremos apagar una guerra con otra guerra, sino con una paz general y común todas nuestras discordias y diferencias sin dificultad alguna, y llamados por nosotros con justa causa, viniendo con mala intención, se volverán sin hacer nada.

»Cuanto os digo respecto a los atenienses, todos los que os quisieren aconsejar bien lo hallarán bueno; y en lo que toca a la paz, lo cual todos los hombres sensatos estiman por la mejor cosa del mundo, ¿por qué razón no la estableceremos entre nosotros? A todos nos conviene la tranquilidad; usar de nuestros bienes en sosiego, y gozar de la paz sin daño ni peligro de nuestras honras y dignidades, y de los otros bienes que se pueden nombrar y contar en largo razonamiento en lugar de los males que, por el contrario, podríamos tener con la guerra.

»Considerando, pues, varones sicilianos, todas estas cosas, no menospreciéis mis palabras, sino que amonestados por ellas cada cual procure mirar por su salud, y si alguno hay que espera alcanzar cosa alguna por la guerra, con razón o sin ella, mire bien no se engañe, pues sabido es que muchos, cuidando vengar sus particulares injurias, o esperando aumentar sus bienes y haciendas confiados en sus fuerzas, les sucedió todo al contrario, perdiendo unos la vida y otros la hacienda. Ni la venganza consigue siempre su objeto, aunque se haga con justa causa, ni las fuerzas y la esperanza son estables ni seguras, antes muchas veces la temeridad y locura tienen mejor efecto que la razón, y aunque sea cosa en que las gentes las más veces se engañen, todavía cuando sale bien la juzgan por muy buena. Pero cuando tienen tanto temor los que acometen como los acometidos, cada cual se recata más, y es lo que debemos hacer al presente, tanto por miedo a las cosas por venir, que pueden ser inciertas, como por el temor a los atenienses, que nos parecen terribles y espantosos, mirando por nuestras cosas para el tiempo venidero. Suponiendo cada cual de nosotros que lo que había pensado hacer se lo impiden estos dos inconvenientes, procuremos despedir a los enemigos de nuestra tierra. Para hacer mejor esto, ante todo debemos concluir entre nosotros una paz perpetua, o a lo menos unas treguas muy largas, remitiendo nuestras discordias y diferencias a otro tiempo.

»Tened por cierto, si queréis dar crédito a mis razones, que cada cual de nosotros, por esta vía, poseerá su ciudad en libertad, mediante lo cual estará en nuestra mano dar a quien nos haga bien o mal el pago merecido. Si no me quisiereis creer, y sí escuchar a los extraños, los victoriosos se verán obligados a ser amigos de sus mayores enemigos y contrarios de aquellos que en manera alguna deberían serlo.

»Como os dije al principio, soy natural de la ciudad más grande y más poderosa de Sicilia, y que antes hace la guerra para acometer a otras que para defenderse, soy[93] el que os aconseja que nos pongamos todos de acuerdo, temiendo los peligros venideros: que no procuremos hacer mal cada cual a su adversario, porque lo hacemos mayor a nosotros mismos, y que no seamos tan locos por nuestras diferencias particulares, que pensemos ser señores de nuestro propio parecer y de la fortuna, a la cual no podemos mandar, sino que la venzamos con la razón. Hagamos esto nosotros mismos sin esperar sufrir a los enemigos, porque no es vergüenza a un dorio ser vencido por otro dorio, ni un calcídeo por otro calcídeo, pues todos somos vecinos y comarcanos, habitantes de una misma tierra y de una misma isla y todos sicilianos. Haremos la guerra cuando fuere menester, y nos concertaremos cuando nos convenga, y si somos cuerdos, de consuno echaremos a los extraños de nuestra tierra. Cuando fuéremos injuriados en particular nos defenderemos en general, pues a todos nos amenaza el peligro, y en adelante no cuidaremos de llamar aliados extraños para que vengan a reconciliarnos, ni a arreglar nuestras diferencias. Obrando así, haremos dos grandes bienes a Sicilia: uno de presente y otro venidero, librándola ahora de los atenienses y de la guerra civil, y poseyéndola en lo porvenir libre y menos sujeta a las tramas, asechanzas y traiciones que está ahora.»

De esta manera habló Hermócrates, por cuyas razones persuadidos los sicilianos hicieron conciertos de paz entre sí con condición de que cada cual conservase lo que poseía entonces, excepto la ciudad de Morgantina, que acordaron fuese restituida por los siracusanos a los de Camarina, dándoles cierta suma de dinero por ello.

Hecho esto, los sicilianos aliados de los atenienses, que les habían llamado en su ayuda, declararon a los capitanes de estos que habían ajustado la paz, y los atenienses volvieron a Atenas.

Pesó tanto a los atenienses este suceso que castigaron a los capitanes, desterrando a Pitodoro y Sófocles, y condenando a Eurimedonte a que pagase cierta cantidad por sospecha de que, por su culpa, no dominaron toda la isla de Sicilia, y que, por dádivas, habían sido sobornados e inducidos a volverse. Tanto confiaban entonces los atenienses en su próspera fortuna, que ninguna cosa tenían por imposible, antes creían poder realizar las cosas difíciles como las fáciles con pequeña armada, como con grande. Esta presunción y arrogancia las causaba el buen éxito en muchas cosas sin motivo ni razón que lo justificasen.

IX.

Los atenienses intentan tomar a Mégara por inteligencias que tenían con algunos habitantes; pero los lacedemonios socorren esta ciudad.

En este verano[94] los megarenses, fatigados de la guerra con los atenienses, que todos los años hacían correrías en su tierra, como también de los robos y tropelías de algunos de sus conciudadanos echados de la ciudad por sus sediciones, y refugiados en Pegas, acordaron llamar a los emigrados para evitar que la ciudad se perdiese por sus bandos, y viendo los amigos de los desterrados que la cosa se dilataba y enfriaba, hicieron nueva instancia para que se conferenciase con aquellos. Entonces los gobernadores y personas principales de la ciudad, considerando que el pueblo no estaba para poder sufrir más largo tiempo los males y daños de estos bandos y sediciones, trataron con los capitanes atenienses, que eran Hipócrates, hijo de Arifrón, y Demóstenes, hijo de Alcístenes, para entregarles la ciudad, pensando que les sería menos perjudicial esto que recibir dentro de ella a los desterrados. Acordaron con los capitanes que primeramente tomasen la gran muralla que llega desde la ciudad hasta Nisea donde está su puerto, muralla de ocho estadios de larga[95] para estorbar desde allí el paso a los peloponesios que vinieran en socorro desde el punto donde tenían guarnición con este objeto, y tras esto que ganasen la fortaleza que está en lo alto de Mégara en un cerro, lo cual les parecía bien fácil de hacer.

Así acordado, prepararon las cosas necesarias de una parte y de la otra para ponerlo en ejecución, y los atenienses fueron aquella noche a una isla cercana a la ciudad, nombrada Minoa, con seiscientos hombres bien armados al mando de Hipócrates, y de allí a un foso junto al cual estaba un horno donde cocían ladrillo para reparar los muros de la villa. De la otra parte Demóstenes se había emboscado junto al templo de Marte, que está más cerca de la ciudad, con los soldados plateenses armados a la ligera y otros aventureros, sin que persona lo supiese, excepto los participantes del trato, y antes que fuese de día salieron los plateenses de su emboscada para ejecutar su empresa al abrir las puertas de la ciudad, lo cual tenían concertado mucho tiempo antes con los ciudadanos que tramaban la traición. Los ciudadanos tenían costumbre, como gente que vivía de robos y latrocinios, sacar de noche, con consentimiento de los guardas de aquella muralla, un barco encima de un carro, el cual echaban en el agua del foso de la muralla, y desde allí salía al mar. Antes que amaneciese, y después de robar en la mar durante la noche lo que habían podido, volvían a meter el barco por la misma puerta. Hacían esto a fin de que los atenienses que tenían guarnición en la isla de Minoa no supieran los latrocinios, por no ver ningún navío en su puerto. Puesto el barco encima del carro, y estando la puerta abierta, según acostumbraban, cuando le metían, los atenienses salieron de su celada para apoderarse de la puerta antes que pudiesen volverla a cerrar, según había sido acordado con los de la villa, cómplices en la traición, y prendieron o mataron a los que guardaban la puerta. Los plateenses y los aventureros que estaban con Demóstenes fueron los primeros en ganarla y entraron por la parte donde al presente se ve puesto un trofeo en señal de victoria, echando de allí a la guarnición de los peloponesios que, oyendo el ruido, había llegado en socorro. Entretanto acudieron los atenienses muy bien armados, siendo admitidos por los plateenses sus compañeros. A la entrada, los peloponesios les resistieron con todo su poder, desde lo alto en los muros aunque por ser menos en número murieron muchos, y los demás se retiraron temiendo ser presos, porque aún no era bien de día, y también porque veían que algunos de la ciudad peleaban contra ellos, los participantes en la traición, y pensaban que todos los ciudadanos estaban con sus enemigos; pero más de veras lo creyeron por lo que hizo el trompeta de los atenienses de propio impulso, y fue pregonar que a todos los megarenses que se quisiesen rendir a los atenienses y dejaran las armas les salvarían las vidas, y no recibirían daño alguno en sus haciendas. Al oír los peloponesios este pregón se retiraron todos, huyendo a Nisea por suponer que los ciudadanos, como los atenienses, iban contra ellos.

A poco rato, cerca del alba, tomada la muralla que llega hasta el puerto, hubo gran tumulto en la ciudad, porque los comprometidos en la traición decían que convenía abrir las puertas, y atacar a los atenienses, en lo cual estaba de acuerdo el pueblo. La intención de los conspiradores era que los atenienses entrasen cuando las puertas fuesen abiertas, porque así lo habían acordado, y a fin de ser conocidos entre los otros, y que a la entrada no se les hiciese mal ninguno, habían concertado que por señal se untarían con aceite. Parecíales muy provechoso abrir las puertas, porque se hallaban juntos cuatro mil hombres de a pie muy bien armados y seiscientos caballos atenienses que habían venido la noche antes y estaban preparados para entrar. Cuando los untados con aceite acudieron a las puertas para hacerlas abrir, uno de ellos descubrió la traición a los que nada sabían, produciéndose con esto gran tumulto, juntándose allí de todas partes de la ciudad, y opinando que no se abriesen las puertas, porque tampoco otras veces lo habían hecho cuando los atenienses se presentaron delante de la ciudad, aunque entonces los ciudadanos eran más poderosos; que no debían poner la ciudad en un peligro tan manifiesto, y que si algunos querían hacer lo contrario debían desde luego pelear contra aquellos. Decían esto sin aparentar que supiesen la traición, sino como aviso y buen consejo para evitar los daños y peligros venideros. Los que así opinaban, que eran los más, se apoderaron de las puertas e impidieron abrirlas, y por consiguiente, que los traidores ejecutaran su traición.

Viendo los atenienses que no les abrían las puertas, pensaron que debía haber algún impedimento, y conociendo que eran muy pocos para cercar la ciudad fueron contra el lugar de Nisea, y le cercaron de muralla y baluarte, porque les parecía que, si podían tomarlo antes de ser socorrido, fácilmente después tomarían la ciudad de Mégara por tratos. Con este propósito hicieron venir a toda prisa maestros y obreros de Atenas, y hierro y otros materiales necesarios para la obra, y en muy poco tiempo acabaron el muro, comenzándole desde la punta del que habían tomado de la parte de Mégara, y desde allí le continuaron por los dos lados de Nisea hasta dentro la mar, cercándole de foso, porque cuando unos trabajaban en el muro, otros lo hacían en los fosos. Tomaban la piedra, el ladrillo y la madera para la obra de los arrabales, cortando los árboles del rededor, y donde había falta de materiales lo henchían de tierra con estacas de madera. De las casas que estaban fuera de la villa, quitadas las techumbres, se servían como de torres y almenas. Toda esta obra la hicieron en dos días.

Viendo esto los que estaban dentro de Nisea, y también que carecían de vituallas para sostener el cerco, porque las provisiones se las llevaban de la ciudad diariamente, considerando también que no tenían esperanza alguna de ser socorridos pronto por los peloponesios, y pensando además que todos los megarenses estaban contra ellos, capitularon con los atenienses, entregándoles las armas, yéndose con cierta suma de dinero cada uno, y quedando a merced de aquellos los lacedemonios y otros extranjeros que se hallaban dentro del lugar. De esta manera partieron los de Nisea, y los atenienses, habiendo ganado el lugar y roto el muro largo que lo unía a la ciudad de Mégara, se prepararon a sitiar esta.

Sucedió entonces que Brásidas, hijo del lacedemonio Télide, estaba hacia Corinto y Sición reuniendo gente para Tracia, el cual, sabida la tomada de los muros de Mégara, y sospechando que los lacedemonios de Nisea se viesen en peligro, envió un mensaje a los beocios con toda diligencia y les mandó que en seguida se le unieran con toda la gente que pudiesen en Tripodisco, lugar de tierra de Mégara junto al monte de Gerania. A este lugar llegó él con dos mil setecientos corintios bien armados, cuatrocientos de Fliunte y setecientos de Sición, además de la otra gente de guerra que tenía juntada sin saber aún la toma de Nisea. Cuando lo supo en Tripodisco, antes de que los enemigos fuesen avisados de su estancia, porque había llegado de noche, partió con cuatrocientos hombres de guerra, los mejores de su ejército, derechamente a la ciudad de Mégara, fingiendo que quería tomar el lugar de Nisea; pero su principal intento era entrar en Mégara si podía, y fortificarla. Al llegar a las puertas de la ciudad rogó a los megarenses que le dejaran entrar, dándoles esperanza de cobrar en seguida a Nisea, pero los dos bandos de los ciudadanos temían su venida, uno por sospechar que volviera a meter a los desterrados expulsando a ellos, y los amigos de los desterrados por temor de que los otros, para impedirlo, se armasen contra ellos, y aprovechando sus diferencias los atenienses, que estaban cerca, tomasen la ciudad. Todos opinaron no recibir en la ciudad a Brásidas sino esperar a ver quién alcanzaba la victoria, los atenienses o los peloponesios: porque los parciales de cada parte se querían declarar por el vencedor.

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