LIBRO III.
Diego Gracián translation
SUMARIO.
I. Los atenienses sitian la ciudad de Mitilene, que quería rebelarse contra ellos. — Los de Mitilene piden auxilio a los peloponesios. — Los atenienses son derrotados en Nérico. — II. Discurso de los mitilenios en la junta de los confederados de Grecia. — III. Grandes aprestos de guerra y hechos que aquel año realizaron ambas partes. — IV. Los atenienses sitiados en Platea, y algunos ciudadanos de esta población, se salvan por su arrojo e ingenio pasando por los muros, fosos y fuertes de los sitiadores peloponesios. — V. No socorridos a tiempo los mitilenios por los peloponesios, se entregan a merced de los atenienses, que los mandan matar. — VI. Discurso y proposición de Cleón en el Senado de Atenas para aconsejar el castigo contra los mitilenios. — VII. Discurso de Diódoto, de contrario parecer al de Cleón. — VIII. De cómo Mitilene estuvo en peligro de ser destruida completamente, y del castigo que recibió por su rebelión. — Los de Platea se entregan a merced de los lacedemonios. — Hechos de guerra habidos aquel año. — IX. Discurso y defensa de los de Platea ante los jueces de Lacedemonia. — X. Discurso de los tebanos contra los de Platea, y muerte de estos. — XI. Victoria naval que los peloponesios alcanzan contra los atenienses y corcirenses por las discordias que los últimos tenían entre sí. — XII. Parcialidades y bandos que aparecen en Corcira y en las demás ciudades griegas por causa de la guerra y de los daños que ocasionaba. — XIII. Los atenienses envían su armada a Sicilia. — Sucesos que les ocurrieron al fin de aquel verano, en el invierno y al empezar el verano siguiente, en Sicilia y Grecia. — Fundan los lacedemonios la ciudad de Heraclea. — XIV. Demóstenes, capitán de los atenienses, parte de Léucade con su armada para combatir a los etolios, y es vencido. — Varios hechos de la guerra de los atenienses en Sicilia. — XV. Euríloco, capitán de los peloponesios, no puede tomar la ciudad de Naupacto, y por consejo de los ambraciotes emprende la guerra contra los anfiloquios y los acarnanios. — Los atenienses purifican y dedican la isla de Delos. — XVI. Euríloco y los ambraciotes son derrotados por Demóstenes y los acarnanios y anfiloquios dos veces en tres días. — Deslealtad de los peloponesios con los ambraciotes.
I.
Los atenienses sitian la ciudad de Mitilene, que quería rebelarse contra ellos. — Los de Mitilene piden auxilio a los peloponesios. — Los atenienses son derrotados en Nérico.
Al principio del estío[61], cuando las mieses ya granadas están en sazón de ser segadas, los peloponesios entraron de nuevo en tierra de Ática llevando por su capitán a Arquidamo, rey de los lacedemonios, talándola y arrasándola. Había algunas escaramuzas, según costumbre, entre la caballería ateniense y los soldados de a pie de los enemigos, armados a la ligera, que recorrían la comarca, porque los de a caballo salían contra ellos para defender los lugares cercanos a la ciudad. Estuvieron los peloponesios en Ática mientras les duraron los víveres, y después volvieron a su ciudad.
Al invadir los peloponesios el Ática, los moradores de la isla de Lesbos, excepto los de Metimna, se rebelaron contra los atenienses, uniéndose a aquellos, cosa que habían querido hacer antes que la guerra empezara, pero los lacedemonios no aceptaron entonces su alianza. Esta vez se declararon más pronto de lo que tenían determinado, porque cuando lo hicieron estaban muy ocupados en fortificar los puertos y rehacer sus muros, y en hacer barcos. También esperaban ballesteros, vituallas y otras provisiones por las que habían enviado al Ponto.
Los tenedios, que eran enemigos de los metimneos, y algunos particulares de la ciudad de Mitilene, que por las parcialidades que había en la ciudad se habían hecho ciudadanos de Atenas, avisaron a los atenienses que los vecinos de Mitilene obligaban a todos los moradores de la isla de Lesbos a reunirse dentro de la ciudad con intento de rebelarse contra los atenienses, y que hacían todos los aprestos de guerra necesarios para este efecto, persuadidos por los lacedemonios y por los beocios sus progenitores; de suerte que si los atenienses no acudían pronto al remedio, perderían toda la isla de Lesbos.
Considerando los de Atenas que les sería muy difícil, después de tan gran epidemia como habían tenido, y estando los enemigos en su tierra, aparejar nueva armada y emprender otra guerra contra los de Lesbos, que tenían sus fuerzas intactas y gran número de naves, no quisieron al principio creer lo que decían, porque no deseaban que fuera verdad, y reprendían a los que comunicaban estas nuevas diciendo que no era nada y que hacían mal en culpar a los mitilenios. Mas después que los mensajeros que enviaron para saber la verdad les dijeron que los de Mitilene, a pesar de su exigencia, no habían querido hacer volver a los moradores de la isla que obligaron a ir a la ciudad, ni suspender los aprestos de guerra, temiendo que se rebelasen de veras, quisieron prevenirlos enviando hacia aquella parte cuarenta naves que tenían dispuestas para marchar al Peloponeso, mandadas por Cleípides, hijo de Dinias, y otros dos capitanes, porque les advirtieron que muy pronto sería la fiesta de Apolo, que se celebraba en Maloeis, fuera de la ciudad, a la cual todos los ciudadanos, o la mayor parte, venían todos los años, y que si se daban prisa a ir sobre ellos, podrían coger a todos de repente, y si no se conseguía, yendo sobre ellos con armada, les podrían mandar que diesen todas las naves que tenían, y derribasen sus murallas, y si lo rehusasen, con razón les declararían la guerra antes que se pudiesen fortificar ni proveer de las cosas necesarias para su defensa.
Por esta causa enviaron los atenienses aquellas cuarenta naves, retuvieron las diez galeras que los mitilenios les habían enviado en socorro por razón de la alianza que había entre ellos, y metieron en prisión a todos los hombres que venían en ellas. Había en Atenas un varón natural de Mitilene que, al saber este hecho, partió apresuradamente por mar, arribó en Eubea, y de allí fue por tierra hasta Geresto, donde halló un barco de mercaderes que iba a hacerse a la vela para ir a Mitilene. Embarcose en él, y con el viento que tuvo llegó en tres días al puerto de Mitilene, y en seguida avisó a los mitilenios de que iba contra ellos la armada de los atenienses.
Los mitilenios, al saberlo, no salieron el día de la fiesta a Maloeis, sino que a toda prisa repararon los muros de la ciudad y fortificaron su puerto lo mejor que pudieron.
Pocos días después aportó allí la armada de los atenienses, los cuales, viendo los aprestos de guerra que hacían los ciudadanos, les declararon el encargo que traían de mandarles que diesen sus naves y derribasen sus muros. Al ver que rehusaban cumplirlo, se preparan a acometerlos. Mas como los de la ciudad se vieren en aprieto, aunque al comienzo salieron un poco delante al puerto haciendo muestra de querer pelear, cuando vieron la armada de los atenienses derechamente contra ellos, se retiraron y determinaron parlamentar con los capitanes atenienses, diciéndoles que se avenían a entregarles todas sus naves con tal de que hiciesen con ellos algún buen concierto para en adelante. De buen grado lo otorgaron los atenienses, temiendo no contar con bastante armada para conquistar toda la isla de Lesbos: y con esto hicieron treguas por algunos días, enviando su embajada a los atenienses con algunos de sus ciudadanos, entre los cuales fue el que había descubierto a los atenienses que los mitilenios se les querían rebelar (aunque ya este había mudado de parecer), por ver si podían excusar aquel hecho y quitarles la mala sospecha que habían concebido los atenienses, para que mandasen volver la armada, que tenían sobre Mitilene sin hacer daño. Por otra parte, los mismos mitilenios enviaron otros mensajeros en un galeón a los lacedemonios, ocultándolo a los atenienses, que tenían sitiado el puerto con su armada, que estaba a la parte septentrional, hacia Malea. Hicieron esto los mitilenios porque no tenían esperanza de que los que enviaron a Atenas pudiesen conseguir su demanda de los atenienses. Los mensajeros enviados a Lacedemonia trabajaron tanto con los lacedemonios, que consiguieron enviasen socorro a los mitilenios. Entretanto llegaron los que habían enviado a Atenas, y al decir a los suyos que no pudieron alcanzar nada de los atenienses, toda la ciudad de Mitilene y todos los de la isla se pusieron en armas y se aprestaron para la guerra, excepto los de Metimna, que seguían el partido de los atenienses, y los imbrios y lemnios, y algunos otros de las islas cercanas, sus aliados y confederados.
Aunque los de la ciudad hicieron una entrada en el real de los atenienses, y llevaron lo mejor en la pelea, no osaron esperar en el campo ni salir más adelante, sino que continuaron encerrados en la ciudad, esperando algún socorro de los lacedemonios o de otra parte.
Poco tiempo después arribaron allí el lacedemonio Meleas y el tebano Hermeondas, los cuales no traían socorro, porque fueron enviados a los mitilenios antes que se rebelasen: no llegando antes que la armada de los atenienses, se metieron en un bergantín, después de la pelea que arriba contamos, arribaron a la ciudad, y les aconsejaron que enviasen sus embajadores con ellos, en otra galera, a los lacedemonios, lo cual hicieron.
Pasado esto, como los atenienses vieron que los mitilenios no osaban salir, cobraron ánimo, y llamaron a sus aliados y confederados para que les ayudasen, los cuales acudieron de buena gana, por la idea de que sin mucho trabajo podrían conquistar a los lesbios, que tenían pocas fuerzas. Cercaron a la ciudad por dos partes, fortificaron su campo con baluartes y pusieron sus guardas de naves a la entrada de los dos puertos, de manera que los de la ciudad no se podían salir por mar; pero por la parte de tierra lo mandaban todo, porque los atenienses no ocupaban sino muy poco trecho en torno de su campo, a causa de que en Malea hacían su mercado y tenían la estancia de sus navíos.
En tal estado estaban las cosas de los mitilenios.
En este mismo verano los atenienses enviaron treinta naves para guerrear alrededor del Peloponeso, mandadas por Asopio, hijo de Formión, a petición de los acarnanios, que demandaron para aquella empresa a alguno de los hijos o parientes de Formión. Al llegar Asopio con su armada al Peloponeso, robó y taló muchos lugares de la costa de Lacedemonia, y después se retiró a Naupacto con doce de sus naves, enviando las otras a su tierra. Hizo enseguida armarse a todos los acarnanios; con ellos fue a hacer la guerra a los eníades, remontando con sus barcos el río Aqueloo, mientras los acarnanios, por tierra, robaban y destruían todos los lugares. Mas viendo que no podía acabar su empresa por tierra, despidió el ejército de infantería, y él por mar, con sus doce naves, tomó derrota hacia Léucade, saltando a tierra en el puerto de Nérico, en donde al querer volver a sus barcos, fue muerto él y una parte de los suyos por los del pueblo de Nérico con la ayuda de algunos soldados extranjeros que tenían, aunque pocos. Los que quedaron vivos de los atenienses, cuando rescataron sus muertos de los néricos para darles sepultura, volvieron a su tierra.
Entretanto, a los embajadores que los mitilenios enviaron en la galera a los lacedemonios, ordenaron estos que acudieran a la junta de todos los griegos que pronto se verificaría en Olimpia, para que siendo allí oídos en presencia de todos los confederados y aliados, se determinase por común parecer lo que debía de hacerse en tal caso. Halláronse, pues, en las fiestas de Olimpia cuando Dorieo el rodio ganó el premio y la honra de ellas, y acabadas las fiestas y los juegos, estando reunidos todos los aliados y confederados para consultar sobre los negocios en común, fueron llamados los embajadores de los mitilenios, que, entrando en el Senado, pronunciaron este discurso.
II.
Discurso de los mitilenios en la junta de los confederados de Grecia.
«Varones lacedemonios, y vosotros, aliados y confederados: Bien sabemos que es costumbre, admitida entre los griegos como justa y legítima, que los que en tiempo de guerra se rebelan contra los aliados y se pasan a los contrarios, los que los reciben les tratan bien tanto tiempo cuanto piensan que los rebelados les pueden ser útiles y provechosos; pero considerando después la traición que han hecho a sus primeros amigos, los tienen por ruines, y creen que serán peores en adelante. Sería esto razonable si las cosas fuesen iguales de parte de los que se rebelan como de aquellos de quien se apartan. Porque si son iguales en las fuerzas y aprestos de guerra, como lo son en consejo y amistad, no hay ocasión ninguna justa en que se deban rebelar y apartar unos de otros. Pero esto no sucede entre nosotros y los atenienses, según os mostraremos para no pareceros malos si nos apartamos en tiempo de guerra de aquellos que nos honraron en el de paz.
»Pues venimos a pedir vuestra amistad, bien será, ante todas cosas, justificar nuestra causa y hablar de la justicia y de la virtud, porque ni puede haber amistad firme entre los particulares, ni unión perdurable entre las ciudades si no hay un crédito verdadero de virtud y bondad de una parte a la otra, y una comunicación y conformidad de voluntades y costumbres; que si son discordes las voluntades y pareceres, también serán diferentes las obras.
»Sabed, pues, que nuestra amistad y alianza con los atenienses data desde que vosotros os apartasteis de la guerra contra los medos y ellos prosiguieron la empresa. Entonces nos confederamos con ellos, no para poner a los griegos bajo la sujeción de los atenienses, sino para librarles de la servidumbre de los medos. Mientras nos tuvieron por iguales, siempre los seguimos con entera voluntad; pero al ver que, terminada la guerra contra los medos, procuraban someter a sus amigos y confederados a servidumbre, no pudimos dejar de recelarnos. Y porque no era posible a los otros aliados y confederados unirse para defenderse de los atenienses, por la diversidad de votos y pareceres que suele haber entre muchos, todos quedaron sujetos a servidumbre, excepto nosotros y los de Quíos.
»Usando siempre de nuestro derecho y libertad, les ayudamos en la guerra como amigos y confederados, empero nunca tuvimos a los atenienses por verdaderos caudillos y capitanes, tomando ejemplo de lo pasado: pues no era verosímil que habiendo sujetado a los otros, que también eran sus amigos y confederados, dejaran de hacer lo mismo con nosotros cuando viesen oportunidad para ello: que si todos disfrutáramos de nuestra libertad, como antes, podríamos tener confianza en que no querían innovar cosa alguna; pero habiendo ya sujetado todos los más, de creer es que sufrirán de mala gana que queramos tratarles de igual a igual, y que obedeciéndoles todos los demás, nosotros solos nos queramos igualar a ellos, mayormente ahora que cuanto más poderosos llegan a ser, venimos nosotros a ser menos fuertes por estar solos y desamparados.
»No hay cosa que tanto haga fiel y firme la amistad y confederación como el temor que tiene uno de los aliados al otro si hace cosa que no debe, porque el que quiere traspasar los términos de la amistad y alianza se refrena y abstiene cuando ve que sus fuerzas solas no son bastante: y si considera que el otro es tan poderoso como él, teme acometer el primero. Si ellos nos han dejado hasta aquí gozar de nuestra libertad, ha sido porque pensaban tener más firme y estable su señorío, so color de que usaban más de razón y de buen consejo que de fuerza y violencia manifiesta, y a fin de que si hiciesen la guerra contra algunos, justificarla diciendo que, de no ser justa, ni nosotros ni los otros, que aún disfrutaban de su libertad, les ayudaríamos.
»De esta suerte han aumentado su poder muchas veces en perjuicio de los débiles, sujetando poco a poco a muchos, unos en pos de otros, para que los que quedasen no tuvieran medios de defensa; que de empezar contra nosotros teniendo los otros sus fuerzas enteras, no lo pudieran hacer tan sin peligro, y también porque temían nuestra armada y sospechaban que, si las juntábamos y nos uníamos a vosotros o con otros, les podríamos hacer daño.
»Así nos hemos librado de ellos hasta ahora, procurando siempre ganar la gracia del pueblo de Atenas y de los que le gobernaban, con halagos y cumplimientos y por buenos medios. Esto no pudiera durar mucho si no se hubiera comenzado esta guerra, según se advierte por el ejemplo de los otros; pues ¿qué amistad puede haber, o qué confianza verdadera, donde los unos tienen por sospechosos a los otros y procuran agradarse contra su parecer: es decir, que ellos nos agradan en tiempo de guerra por temor a ofendernos, y nosotros hacemos lo mismo con ellos en tiempo de paz por igual razón, y lo que hace firme y estable la amistad entre otros, que es el amor, lo hace el temor entre nosotros? De manera que si hemos perseverado en la confederación y amistad de los atenienses, ha sido antes por temor que por amor, y sería nuestro primer aliado quien antes nos facilitara medios de romperla sin peligro. Por tanto, si a alguno le parece que hemos hecho mal al prevenir sus actos rebelándonos contra ellos, y que debiéramos esperar a que declararan primero la mala voluntad que pensábamos nos tenían, atento que no la habían aún mostrado, este tal no acierta, porque esto no sucediera si nosotros fuéramos tan poderosos para tramarles asechanzas, y esperar la nuestra, como ellos lo son, y en tal caso no habría peligro, siendo iguales. Mas viendo que ellos tienen poder y medios de emprender lo que desean y acometernos cuando quisieren, justo es que nos anticipemos a rebelarnos al ver oportunidad de defendernos.
»Ya sabéis, varones lacedemonios, y vosotros los confederados, las causas por que nos hemos apartado de los atenienses, las cuales parecerán claras y razonables a todos que las quieran entender, y muy bastantes para justificar nuestra intención y demanda, porque con razón les tememos y con razón venimos a pediros socorro, como teníamos determinado hacerlo antes que se comenzase la guerra, y para ello entonces os enviamos nuestros embajadores a pedir vuestra amistad y alianza y tratar de rebelarnos y apartarnos de los atenienses. Entonces impedisteis vosotros que lo lleváramos a efecto.
»Ahora que somos llamados por los beocios a ello, acudimos sin dilación, pensando que nos hemos rebelado por dos razones bastantes: la primera, porque siguiendo el partido de los atenienses, y perseverando en ello, no parezca que damos favor y ayuda para oprimir y maltratar Grecia, sino que, con vosotros, la ayudamos a defenderse; y la otra, por conservar nuestra libertad, para no perderla en adelante como los otros.
»Declarada nuestra intención, es necesario que con la mayor diligencia nos socorráis, mostrando por obra en este punto que queréis defender y amparar a los que estáis obligados, y por consiguiente, dañar a vuestros enemigos por todas las maneras posibles, pues al presente tenéis mayor y mejor oportunidad que nunca, porque los atenienses están desprovistos de gente por la epidemia, faltos de dinero por la guerra, y sus naves esparcidas, unas en vuestra costa del Peloponeso, y otras en la nuestra para hacernos la guerra, de suerte que no es verosímil puedan tener abundancia de barcos si vosotros en este verano los acometéis por mar y tierra; antes es de creer, o que seréis más poderosos que ellos por mar, o a lo menos que ellos no serán bastantes para poder resistir a vuestras fuerzas juntas con las nuestras.
»Y si alguno piensa que no debéis poner en peligro vuestra propia tierra para defender la nuestra, que es ajena y está lejos de la vuestra, yo os digo de verdad que el que juzga la isla de Lesbos lejos y apartada, conocerá por los efectos que el provecho que puede recibir de ella está muy cercano; que la guerra no se ha de hacer en tierra de Atenas, como piensan, sino en aquellos lugares de donde los atenienses sacan su dinero y llevan sus provechos; pues sus rentas las tienen de los aliados y confederados, las cuales podrían ser mayores si nos hubiesen sujetado también a su dominio; que en tal caso ninguno de los otros aliados osaría rebelarse, y nosotros también seríamos suyos, y tan mal tratados como lo son los otros que ya tienen sujetos. Si vosotros nos dais ayuda, pronto tomaréis en vuestra compañía una ciudad como la nuestra que tiene abundancia de barcos, de que vosotros estáis muy necesitados, y podréis destruir a los atenienses, quitándoles sus aliados, para que siguiéndonos, e imitando nuestro ejemplo, se atrevan a rebelarse. Por esta vía disiparéis la mala opinión que las gentes han concebido de vosotros de no querer recibir en amistad ni ayudar a aquellos que se os ofrecen por aliados y compañeros de guerra, y si os mostráis favorables a ayudarles y librarles, tendréis más firmes vuestras fuerzas para la guerra.
»Tened, pues, vergüenza de faltar a lo que los griegos esperan de vosotros, y de no reverenciar al dios Apolo, en cuyo templo, al presente, estamos suplicando y pidiéndolo por merced. Amparad y defended a los mitilenios, tomándolos por amigos y compañeros, y no nos dejéis en manos de los atenienses, nuestros enemigos, con gran daño y peligro de nuestras personas, pues de nuestra buena suerte depende el provecho común de toda Grecia, y de nuestros males el daño evidente de todos. Mostraos al presente tales como los griegos os estiman según nuestra necesidad al presente lo requiere y demanda.»
Cuando los mitilenios acabaron su razonamiento, los lacedemonios y los otros aliados y confederados celebraron consejo sobre ello, y determinaron recibirlos por amigos y compañeros, y asimismo entrar de nuevo aquel año en tierra de Atenas. Para ello mandaron a todos los otros aliados que se apercibiesen y estuvieran a punto lo más pronto que pudiesen, y proveyesen las dos partes de la armada.
III.
Grandes aprestos de guerra y hechos que aquel año realizaron ambas partes.
Conforme a la resolución tomada en la junta de Olimpia, los lacedemonios mandaron preparar su gente de guerra junto al estrecho del Peloponeso, para embarcarla, reunirla en Corinto, enviarla a la costa del mar de Atenas y acometer a los atenienses por mar y por tierra. En estos preparativos emplearon gran diligencia, pero sus compañeros y aliados fueron muy negligentes, así por estar ocupados en coger sus frutos, como porque ya les cansaba la guerra.
Cuando los atenienses supieron los aprestos de los peloponesios y que, por las muestras, parecía que tenían en poco el poder de Atenas, armaron cien naves, para dar a entender que podían más de lo que los enemigos pensaban, y que, sin mandar venir la otra armada que tenían en Lesbos, contaban con barcos y poder bastante para resistir a los del Peloponeso, si los acometían. En las cien naves metieron todos los moradores de la ciudad, naturales y extranjeros, excepto los caballeros y personas principales que tenían cargos[62], y alzaron velas, navegando hacia la costa del Peloponeso, pasando por el Istmo, a fin de que los enemigos los viesen, y saltando a tierra donde querían.
Cuando los lacedemonios que estaban en el Istmo vieron el número de barcos de los atenienses, mucho mayor de lo que ellos pensaban, sospecharon mal de los mitilenios, creyendo que les habían mentido en lo que les dijeron, y parecioles que acometían una empresa muy ardua y difícil, con mayor motivo viendo que los aliados no venían. Sabiendo además que la armada de los atenienses que andaba por la costa del Peloponeso robaba las tierras y lugares marítimos, volvieron a sus casas.
Poco tiempo después prepararon barcos para enviarlos a Lesbos, y ordenaron a los confederados que preparasen hasta el número de cuarenta naves para este viaje, nombrando por capitán a Álcidas. De otra parte, las cien naves de los atenienses, cuando entendieron que los lacedemonios se habían retirado, también regresaron. Fue esta armada de los atenienses la mejor y más hermosa que habían tenido, aunque al comienzo de la guerra poseían otras tantas naves, y aun más, porque tenían ciento para guarda de la mar de Ática y de Eubea y Salamina, y otras tantas que corrían la costa del Peloponeso, sin las que estaban en Potidea y en otras partes, que serían todas hasta doscientas cincuenta, las cuales tuvieron en el mar un verano, gastando gran cantidad en el coste de aquella armada y de la que hicieron en Potidea, pues los que sitiaban esta ciudad desde el principio de la guerra, que serían unos tres mil, otros tres mil que les auxiliaban y los seiscientos soldados que fueron bajo el mando de Formión, tenían dos dracmas de sueldo cada día[63], una para su mantenimiento y otra para el de su mozo, y otras tantas tenían todos los que iban embarcados. A tanta costa tuvieron tan grande armada.
En este mismo tiempo, cuando los lacedemonios estaban en el Istmo, los mitilenios, con algunos soldados de sus aliados, hicieron guerra a los de la ciudad de Metimna, pensando tomarla por traición, por los tratos que tenían con algunos de la ciudad; pero después de hacer cuanto podían, viéndose engañados y que la cosa no sucedía como pensaban, volvieron a Antisa, a Pirra y a Éreso, cuyas ciudades fortalecieron lo mejor que pudieron, reparando los muros y haciendo otras obras. Y con esto regresaron a Mitilene.
Después de su partida, los de Metimna fueron con todo su poder contra la ciudad de Antisa, procurando tomarla por fuerza; mas fueron rechazados por los de la ciudad y por algunos soldados extranjeros que tenían en ella, con gran pérdida de los suyos, retirándose con mucha vergüenza.
Sabido esto por los atenienses, y que los mitilenios tenían la isla de Lesbos a su voluntad, sin que aquellos que estaban sobre el cerco se lo pudiesen estorbar, enviaron al principio del otoño[64] a Paques, hijo de Epicuro, con mil hombres que, después de embarcados, sirvieron de marineros y remadores hasta que saltaron en tierra en Mitilene. Al arribar cercaron la ciudad con un muro sencillo, y en muchas partes hicieron torres y bastiones, de manera que estuviese sitiada por mar y tierra y puesta en mucho aprieto.
Acercábase el invierno, y porque el gasto era muy grande y les faltaba dinero para sostener el cerco, impusieron un nuevo tributo, hasta la suma de doscientos talentos[65], y enviaron por comisarios para cobrarlo de los confederados y aliados, a Lisicles con otros cuatro compañeros y con doce navíos; el cual Lisicles, habiendo cobrado de algunas ciudades marítimas gran suma, cuando atravesaba la tierra de Caria por los campos de Meandro, a la salida de Miunte, cerca ya del monte de Sandio, fue acometido por los de Caria y por los aneitas, y muerto con muchos de los suyos.
IV.
Los atenienses sitiados en Platea y algunos ciudadanos de esta población se salvan por su arrojo e ingenio, pasando por los muros, fosos y fuertes de los sitiadores peloponesios.
En este mismo invierno[66] los de Platea continuaban cercados y puestos en mucho aprieto por los peloponesios y por los beocios, y no tenían esperanza de ser socorridos por los atenienses, ni salvarse por otra vía; al faltarles los víveres, acordaron con los atenienses que estaban de guarnición en la ciudad, salvarse todos juntos, y asaltar los muros que habían hecho los enemigos si lo podían hacer por fuerza. De este consejo fueron autores los atenienses, y principalmente Teéneto, hijo de Tólmides, que se preciaba de adivino, y Eupómpides, hijo de Daímaco. Mas porque la empresa les parecía muy difícil y de gran peligro, se apartaron del propósito más de la mitad, quedando solo unos doscientos veinte, que la pusieron por obra de esta manera.
Hicieron dos escalas de la altura del muro, midiéndola por la juntura de los ladrillos de que estaba hecho, lo cual pudieron hacer muy bien, contando muchas veces las hiladas por la parte del muro que estaba descubierta hacia ellos, y porque un hombre solo pudiera errar en esta cuenta, fueron muchos en hacerla diversas veces. Era el muro doble, uno por la parte de la ciudad para impedir la salida, y otro por la del campo, para que no entrase el socorro de los atenienses, apartados uno del otro por un espacio de diez y seis pies; y en este espacio estaban las estancias y alojamientos de los que los guardaban, separadas unas de otras, aunque tan espesas y cercanas, que los dos muros parecían ser uno solo, y ambos tenían sus almenas. De diez en diez almenas había una gran torre, que llegaba de un muro al otro, de suerte que no podían atravesar el muro sino por medio de las torres, y dentro de estas se recogían los guardas que velaban de noche cuando llovía o hacía mal tiempo, porque estaban cubiertas y no lejos de las almenas.
Sabiendo los de la ciudad la manera de guardarlas, espiáronlos una noche que llovía y hacía gran viento y no había luna, y llevando por caudillos a los mismos que fueron inventores de este hecho, pasaron primeramente el foso, que estaba de su parte, y llegaron al pie del muro sin ser sentidos por los enemigos, porque la oscuridad de la noche los guardaba de ser vistos y el ruido del viento y de la lluvia, de ser oídos; de esta manera iban marchando adelante, apartados uno de otro para que las armas no sonasen al chocar, y todos armados a la ligera y calzado solo el pie izquierdo para no resbalar en el barro. Arrimadas las escalas a las almenas, entre las torres, por la parte donde advirtieron que no había nadie, los que llevaban las escalas subieron los primeros, y después otros doce armados solamente de corazas y una daga en la mano. De los cuales doce, el primero y principal fue Ámeas, hijo de Corebo. Seis de los doce que iban tras él subieron hasta encima de las dos torres, entre las cuales estaban las almenas, frente adonde tenían puestas las escalas. Tras estos doce subieron otros armados como los de arriba, y además de estas armas, llevaban sus dardos y azagayas atados a las espaldas para que no les estorbasen subir. Algunos otros llevaban los escudos para darlos a sus compañeros cuando viniesen a las manos con los enemigos. Cuando habían subido ya muchos, las centinelas que velaban dentro de las torres los sintieron, porque uno de los plateenses a la subida derribó una teja de la almena, y por el golpe que dio los guardas despertaron y dieron voces, y los del campo se alborotaron, de manera que todos acudieron al muro sin saber lo que ocurría por causa de la noche y del mal tiempo.
Por otra parte, los que habían quedado en Platea salieron y acometieron a los enemigos que guardaban el muro por un camino desviado de aquel por donde habían salido los primeros, a fin de engañarles; de suerte que todos los peloponesios, turbados, no sabiendo lo que podía ser, no se movían, y los que guardaban las torres no osaban salir, dudosos de lo que harían. Los trescientos que tenían a su cargo socorrer las guardias, encendieron hogueras hacia la parte de Tebas para anunciar la llegada de los enemigos; pero al verlo los plateenses que habían quedado dentro, encendieron también muchas hogueras que tenían dispuestas encima de los muros, para que los enemigos no pudiesen entender por qué se hacían aquellos fuegos, y también para que por esta vía sus compañeros se pudiesen salvar antes que llegase socorro a las guardias. Entretanto, los primeros que subieron a los muros ganaron las dos torres y mataron a todos los que hallaron dentro y las guardaban, a fin de que ningún enemigo pudiese llegar allí. Después hicieron subir a los otros, y con venablos y piedras lanzaron del muro por abajo y por arriba a los que iban a socorrer las guardias. Con esto los que no habían aún subido tuvieron espacio para poner más escalas, y los que habían ganado las torres derrocaron las almenas por dentro, para que sus compañeros pudiesen mejor subir. Cuando todos estuvieron sobre el muro, tiraban piedras y otros tiros a los enemigos que acudían a socorrer a los suyos. Todos los que habían de pelear pudieron subir, aunque los postreros con más trabajo. Después descendieron por una de las torres, y llegaron al foso de fuera, donde hallaron enfrente a los trescientos hombres de los contrarios, que tenían encargo de socorrer las guardias, y que eran los que habían hecho las hogueras, los cuales podían ser bien vistos, aunque ellos no veían a los contrarios que se acercaban. Por esta causa, los que estaban dentro los rechazaron, hirieron a muchos de ellos y pasaron adelante todo el foso, aunque con dificultad grande, porque el agua estaba medio helada; de manera que había grandes pedazos de hielo, y no los podía el agua sostener a causa del viento solano del mediodía que la había deshelado, y también porque llovía, y con la lluvia había crecido el agua tanto, que les llegaba a la cintura. Pasado el foso, se cerraron todos, y juntos siguieron por el camino que va hacia Tebas, dejando a mano derecha el templo de Juno que hizo Andrócrates. Escogieron esta vía por creer que los peloponesios no pensarían que habían tomado el camino que iba hacia sus enemigos, y también porque veían que los peloponesios habían encendido grandes fuegos en el camino que iba para Atenas. Pero después que caminaron seis o siete estadios hacia Tebas, dejaron aquel camino y tomaron el que va a la montaña y a Eritras y a Hisia, y por esta montaña fueron hasta Atenas, contándose entre todos doscientos doce, porque los otros, viendo la dificultad de la hazaña que emprendían, se habían retirado dentro de la ciudad de Platea, excepto uno que fue muerto dentro del foso. Los peloponesios, pasado este ruido, se retiraron a sus alojamientos, en el campo; y los de la ciudad no sabían si sus compañeros se habían salvado o no, porque los que se volvieron habían dicho que todos eran muertos. Al ser de día enviaron sus farautes a los enemigos para que les diesen los cuerpos, mas al saber que se habían salvado, quedaron tranquilos. De esta manera, parte de los que estaban cercados en Platea pasaron todos los fuertes y defensas de los enemigos, y se salvaron.
V.
No socorridos a tiempo los mitilenios por los peloponesios, se entregan a merced de los atenienses, que los mandan matar.
Al fin de aquel invierno[67], los lacedemonios enviaron a Saleto en una nave a Mitilene. Saltó en tierra en el puerto de Pirra, fue a pie hasta cerca del campo, entró secretamente en la ciudad de noche, por un arroyo que pasaba a través del fuerte de los enemigos, del cual iba avisado, y dijo a los gobernadores y a las personas más principales que iba para noticiarles que los lacedemonios y sus confederados habían determinado entrar en breve en tierra de Atenas, y enviarles cuarenta barcos de socorro, y para proveer entretanto, juntamente con ellos lo que fuese necesario en la ciudad. Oído por los mitilenios este mensaje, desistieron de hacer ningunos conciertos con los atenienses, y en esto se pasó el cuarto año de esta guerra.
Al principio del verano siguiente[68], los peloponesios, después de enviar a Álcidas, su general de la mar, con cuarenta barcos a socorrer a los mitilenios, ellos y sus confederados entraron de nuevo en tierra de Ática, a fin de que los atenienses, viendo sus acometidas y que los apretaban por dos partes, tuviesen menos medios de enviar ayuda por mar al cerco de Mitilene.
De aquel ejército era caudillo Cleómenes en nombre y como tutor de Pausanias, hijo de Plistoanacte, su hermano menor de edad, el que a la sazón era rey de los lacedemonios. Y en esta entrada gastaron y destruyeron los frutos que habían crecido en las tierras que talaron los años anteriores. Además asolaron todos los lugares, donde nunca habían tocado. Fue aquella entrada más dañosa a los atenienses que ninguna otra de las pasadas, excepto la segunda, porque los enemigos, esperando cada día nuevas de que su armada hubiese hecho gran daño en la isla de Lesbos, donde suponían habría llegado, talaban y robaban todo cuanto veían delante. Mas cuando entendieron que su empresa de Lesbos no tuvo el resultado que esperaban, careciendo también de víveres, volvió cada cual a su tierra.
En este tiempo los mitilenios, viendo que el socorro de los peloponesios no llegaba, y que les faltaban las provisiones, tuvieron que hacer conciertos con los atenienses. Motivados principalmente por el mismo Saleto, que, no esperando ya socorro de los suyos, mandó tomar las armas a los de la ciudad, que hasta entonces no las habían tomado, con intención de hacerles salir contra los atenienses, y cuando las tomaron no quisieron obedecer a los gobernadores ni a las justicias, antes hacían juntas y corrillos a menudo, y acudían a los gobernadores y hombres ricos de la ciudad, diciendo que querían que todo el trigo y los víveres fuesen comunes y se repartiesen por cabezas, y, si no hacían esto, entregarían la ciudad a los atenienses. Viendo así las cosas los gobernadores y principales de la ciudad, y temiéndose que el pueblo hiciese tratos con los atenienses sin contar con ellos, como podía muy bien suceder, porque eran los más y los más fuertes, hicieron todos juntamente sus conciertos con los atenienses y con Paques, su caudillo, en esta forma: que recibirían el ejército de los atenienses dentro de su ciudad y enviarían sus embajadores a Atenas a pedir merced, entregándose a su discreción para que tomasen la satisfacción y enmienda de aquello en que los mitilenios les hubiesen ofendido, y que entretanto, hasta que llegara la respuesta de Atenas, no fuese lícito a Paques matar ni encarcelar, ni tener prisionero a ningún ciudadano.
No obstante estos conciertos, aquellos que habían sido autores de la rebelión, cuando vieron que el ejército estaba dentro de las puertas de la ciudad, se acogieron a los templos para salvarse. Pero Paques consiguió sacarles de allí, y los envió a la isla de Ténedos hasta recibir la respuesta de Atenas. Después envió cierto número de barcos contra la ciudad de Antisa, que se rindió, y además ordenó todas las otras cosas que le parecieron ser necesarias para el bien de su ejército.
Las cuarenta naves de los peloponesios que iban en socorro de los mitilenios no anduvieron muy de prisa en torno del Peloponeso, aunque al cabo arribaron a la isla de Delos, antes que los atenienses lo supiesen, y de allí fueron a Ícaro y a Miconos, donde supieron que la ciudad de Mitilene se había rendido a los atenienses. No obstante esto, para informarse mejor de la verdad, llegaron hasta el puerto de Émbato, que está en tierra de Eritras, donde supieron que hacía siete días que se había entregado la ciudad. Celebraron allí consejo para determinar lo que habían de hacer, en el cual Teutíaplo, varón eleo, habló de esta manera:
«Álcidas, y los otros capitanes mis compañeros, que estáis aquí presentes, caudillos de esta armada, por los peloponesios, mi parecer sería que fuésemos derechamente a Mitilene, antes que los atenienses supieran nuestra venida. Porque probablemente hallaremos muchas cosas de los contrarios mal guardadas, y a mal recaudo, según suele suceder en ciudad recién tomada, mayormente si vamos por parte de mar, por donde ellos menos sospechan que han de ir los enemigos a acometerles. Nosotros somos más poderosos, y es verosímil que sus soldados estén diseminados en los alojamientos, según acostumbran cuando han alcanzado la victoria. Paréceme, pues, que si vamos de noche y los acometemos desapercibidos, con ayuda de los de la ciudad, si hay algunos afectos a nuestro partido, sin duda acabaremos nuestro hecho con honra. Y no debemos rehusar el peligro, pues tenemos por cierto y averiguado, que en la guerra no hay sino semejantes novedades, y si el capitán sabe guardarse y espiar, y acometer a los enemigos sobre seguro, muchas veces sale con su empresa.»
De esta manera habló Teutíaplo, mas no pudo persuadir a Álcidas. Algunos de los desterrados de Jonia, y otros de Lesbos, que había en aquella armada, significaron a Álcidas, que si temía ir a Mitilene, debía conquistar algunas de las ciudades de Jonia, o la ciudad de Cumas en Eólide, donde podrían rebelar a los jonios contra los atenienses; porque, a su parecer, no irían a ningún punto donde no fuesen bien recibidos. Y que por esta vía quitarían a los atenienses mucha de la renta que cobraban en aquellas tierras y la pagarían a ellos, teniendo con esto bastante para entretener y pagar el sueldo de toda su armada, si se detenían allí algún tiempo. También le decían que esperaban que Pisutnes se pondría de su parte. Álcidas no aprobó este parecer tampoco, y de esa opinión fueron la mayor parte de aquellos que se hallaron en consejo, creyendo que, pues habían faltado de la empresa de Mitilene, sin esperar más debían volver al Peloponeso, y así lo hicieron.
Partiendo del puerto de Émbato arribaron a la isla de Mioneso, que pertenece a Teos, donde Álcidas mandó matar muchos prisioneros de los que cogió en aquella navegación, por cuya causa, cuando llegó a Éfeso, acudieron a él los embajadores de Aneas, que está en la isla de Samos, y le dijeron que no era conservar la libertad de Grecia, como él decía, matar a los que, ni eran enemigos, ni habían tomado las armas contra ellos, sino aliados de los atenienses por necesidad, y que si perseveraba en hacer esto, muy pocos de los confederados de los atenienses pasarían al bando de los peloponesios, antes por el contrario, muchos de aquellos que eran amigos se convertirían en enemigos. Convencido Álcidas por estas razones, soltó a muchos de los prisioneros que tenían aún en su poder naturales de Quíos y de otros lugares, los cuales había cogido sin ninguna dificultad ni resistencia porque, al ver sus naves no huían, antes se paraban delante, creyendo fuesen atenienses y no pensando que dueños estos del mar, los barcos de los peloponesios se atreverían a ir a Jonia.
Hecho esto, Álcidas partió apresuradamente y casi huyendo de Éfeso, porque le avisaron que estando ancladas sus naves en el puerto de Claro, había sido visto y descubierto por dos que venían de Atenas, la Salaminia y la Páralos[69], y sospechando les siguieran los atenienses, se internaron en alta mar con propósito de no acercarse a tierra hasta arribar al Peloponeso.
De esto avisaron a Paques y a los atenienses por muchos conductos, y en especial por un espía que enviaron los de Eritras, porque no estando las ciudades de Jonia cercadas de muros, tenían gran temor que los peloponesios, pasando a lo largo por la costa, aun sin propósito de detenerse, saltaran a tierra por robar los lugares que hallasen en el camino, y también porque la Salaminia y la Páralos afirmaban que habían visto la armada de los enemigos en la isla de Claro. Paques hizo vela para seguir a Álcidas, y le siguió con la mayor diligencia que pudo hasta la isla de Patmos, mas viendo que no podía alcanzarle se volvió, juzgando ventajoso, de no encontrarle en alta mar, no hallarle en otro punto, para no verse forzado a cercarle su campo, hacer su guardia y acometer. A la vuelta pasó por la ciudad de Notio, que es de los colofonios, porque Itámanes y otros bárbaros, aprovechando las contiendas entre los ciudadanos, habían ocupado la fortaleza de la ciudad, que era a manera de un burgo o ciudadela apartada de los muros, y después, a la sazón que los peloponesios entraron la postrera vez en Ática, se movió gran discordia entre los nuevos moradores y los antiguos. Los que habitaban la ciudad se habían fortificado en los muros entre esta y el burgo, y teniendo consigo algunos soldados bárbaros que Pisutnes y los arcadios les habían enviado, convinieron con los que estaban en el burgo o ciudadela, que eran del partido de los medos, en ejercer todos el mando y gobierno de la ciudad, y los que no quisieron ser de su bando, salieron huyendo y pidieron a Paques socorro.
Al llegar este mandó llamar a Hipias, que era capitán de los del castillo. Acudió este bajo promesa de que si no querían hacer lo que Paques les mandase, le enviarían sano y salvo hasta dentro de la ciudad; pero al llegar fue detenido y mandó Paques marchar su gente hacia el fuerte donde estaban los arcadios y los bárbaros, que no sospechaban mal ninguno, tomándolo por asalto, y matando a todos. En seguida hizo llevar a Hipias hasta la ciudad, sin hacerle mal ninguno, según se lo había prometido, mas cuando estuvo dentro, ordenó matarle a flechazos, y entregó la ciudad a los colofonios, lanzando fuera a los que habían seguido el partido de los medos. Hecho esto, los atenienses que habían sido fundadores de aquella ciudad, reunieron a los colofonios que pudieron hallar de los de su bando, y los enviaron a habitar en ella, conforme a sus leyes y estatutos.
Partido Paques de Notio volvió a Mitilene, sometió a la obediencia de los atenienses las ciudades de Pirra y de Éreso, y halló a Saleto, capitán lacedemonio, que se había escondido en Mitilene, enviándole preso a Atenas, juntamente con los mitilenios que el mismo Paques enviara a Ténedos, y todos los que pudo entender que habían sido autores de esta rebelión. Tras esto envió la mayor parte de la armada, y con lo restante de ella quedó allí para proveer las cosas necesarias tocante a la ciudad de Mitilene y a toda la isla de Lesbos. Llegados los prisioneros que Paques envió a Atenas, los atenienses mandaron matar a Saleto, que les había prometido hacer muchas cosas en su servicio, y entre otras, que los peloponesios levantasen el cerco de Platea. Respecto de los demás prisioneros, decretaron con ira matar, no solamente a ellos, sino también a todos los mitilenios, excepto las mujeres, y los muchachos de catorce años abajo, que debían quedar esclavos. Este decreto fue acordado así por juzgar el crimen de los mitilenios muy atroz y sin remisión, a causa de que se habían rebelado sin maltratarles ni como súbditos, ni como vasallos. Y el mayor despecho que tenían los atenienses era ver que las naves de los peloponesios se atrevieran a ir en socorro de los mitilenios y cruzar la mar de Jonia con gran peligro suyo, lo cual era señal de que la rebelión de los mitilenios era forjada y fabricada por mano de aquellos.
Enviaron un barco para notificar a Paques este decreto del Senado de Atenas, y mandarle que lo ejecutase; pero al día siguiente, pensando más sobre ello, casi se arrepintieron de lo que habían acordado, considerando cruel el decreto y pareciéndoles cosa enorme y fea mandar matar a todos los de un pueblo, sin diferenciar de los otros los que habían sido autores y causa del mal. Sabido esto por los embajadores de los mitilenios y por los atenienses que los favorecían, acudieron con toda diligencia a los gobernadores y senadores y personas principales de la ciudad, y con grandes lloros lograron que volvieran a poner la cosa en consulta, atendiendo a que la mayor parte del pueblo de Atenas lo deseaba. Mandose reunir el Consejo y Senado, donde hubo diferentes pareceres, entre los cuales fue uno el de Cleón, hijo de Cleéneto, que había sido de opinión el día de antes que debían matar a todos los mitilenios, hombre severo y áspero, y que tenía gran autoridad en el pueblo, el cual pronunció el siguiente discurso:
VI.
Discurso y proposición de Cleón en el Senado de Atenas, para aconsejar el castigo de los mitilenios.
«Muchas veces he conocido que el régimen popular y gobierno del pueblo no es bastante para saber regir y mandar a otros; y ahora lo conozco más que nunca, parando mientes en este vuestro arrepentimiento y mudanza de parecer en lo que toca al hecho de los mitilenios. Que porque vosotros tratáis de buena fe unos con otros, pensáis que los compañeros y aliados tienen esta misma condición, y no sentís que los errores que hacéis, o persuadidos por sus razones o por sobrada misericordia y compasión, os traen peligro manifiesto, y que con toda vuestra blandura no alcanzáis de ellos más agradecimiento. No consideráis que el imperio que ahora tenéis es verdadera tiranía, y que aquellos que os obedecen lo hacen mal de su grado, pensando en cómo os tramarán asechanzas y harán daño. No serán más obedientes porque les perdonéis las culpas, errores y delitos que han cometido contra vosotros, que vuestras fuerzas y el temor que os tienen los hacen sumisos, no la misericordia que usáis con ellos.
»Y lo peor de todo que veo en estos negocios, es que no hay constancia ni firmeza alguna en las cosas, ya una vez acordadas y determinadas, sin fijaros en que hay mejor gobierno en aquella ciudad que usa de sus leyes constantes y no revocables, aunque sean malas, que no en aquellas que, teniéndolas buenas, firmes y establecidas, no las guarda inviolablemente, y en que vale más ignorancia con gravedad y serenidad, que no ciencia con temeridad e inconstancia. Por ello, los hombres algo rudos y tardíos de ingenio y de entendimiento, en su mayoría gobiernan mejor la república para el bien y procomún de todos, que aquellos que se juzgan por más hábiles y agudos, pues estos tales, vivos y despiertos, siempre quieren parecer más sabios que las mismas leyes, y mostrar con bellas razones que saben más que los otros, conociendo que en ningunas otras cosas podrán ostentar tanto la excelencia de su ingenio, como en aquellas que son de mucha importancia, de donde muchas veces suceden muy grandes males e inconvenientes a las ciudades. Por el contrario, aquellos que no confían tanto en su saber, ni quieren ser más sabios que la ley, conociéndose que no son muy pulidos en sus razones para responder, ni rebatir los argumentos de los elocuentes que hablan por arte de retórica, estudian más la materia para juzgar por razón y equidad y venir al punto de la cosa, que no para contender y disputar con argumentos y discursos. De donde vemos que a menudo les suceden mejor sus cosas.
»Así nos conviene ahora obrar, varones atenienses, y no, confiados en nuestra elocuencia y agudeza, persuadir al pueblo de lo que entendemos ser contrario a la verdad y a la razón. Mi parecer en este caso es el mismo de ayer, y me maravillo mucho de aquellos que han querido volver a poner este negocio de los mitilenios en consulta, y por este medio dejar perder y pasar el tiempo en provecho de los que os han ofendido, porque, dilatando el castigo, el que ha recibido la ofensa, afloja su ira y no se halla tan áspero para la venganza, mas cuando se ejecuta la pena pronto y la injuria es reciente, toma mucho mejor el castigo. También me maravillo de que haya hombre de contraria opinión de lo que está acordado, y quiera mostrar con razones que las injurias y ofensas de los mitilenios nos sean útiles y provechosas, y que esto que es bien de nuestra parte, redunde en mal y daño de los aliados. Porque ciertamente, quien quiera que sea el que esto defienda, evidentemente da a entender, o que por gran confianza en su ingenio y elocuencia hará creer a los otros que no entienden las cosas claras por sí mismas, o que, corrompido por dádivas y dinero, procura engañarnos con elocuentes razones.
»Con estas contiendas y dilaciones, la ciudad obra en provecho de los otros y en daño y peligro de sí misma, de lo cual vosotros tenéis la culpa por haber malamente introducido estas disputas y alteraciones, acostumbrándoos a ser miradores de las palabras y oidores de las obras[70], creyendo que las cosas han de ocurrir según os persuade el que sabe mejor hablar, y teniendo por más cierto lo que oís decir que lo que veis por obra, pues os dejáis vencer por palabras artificiosas. Sois, pues, muy fáciles para dejaros engañar por nuevas razones, y muy difíciles para ejecutar lo que una vez ha sido aprobado y determinado. Sujetos a vanidades tomáis hastío de vuestras costumbres antiguas y loables, y por este medio cada cual procura y trabaja solamente por ser elocuente y saber hablar bien. Los que no alcanzan esta elocuencia quieren seguir a los que la tienen para mostrar que no entienden las cosas menos que ellos. Además, si hay quien diga alguna razón sutil y aguda, os apresuráis a elogiarle y decir que ya la habíais pensado antes que él la dijese, siendo en lo demás tardíos y perezosos para proveer en las cosas venideras de que os hablan. Buscáis cosas muy ajenas de aquellas con que podéis vivir y pasar la vida, y no entendéis las que traéis entre manos, dejándoos engañar por el deleite de lo que oís, como los que quieren más estar sentados viendo a sofistas y parleros, que oír a los que consultan las cosas concernientes al bien y pro de la república.
»Yo procuraré apartaros de este error mostrándoos claramente, que solo la ciudad de Mitilene ha sido la que os ha hecho singular ofensa, porque si alguna, por no poder soportar vuestro mando, o por fuerza de los enemigos, se rebela, soy de parecer que sea perdonada: pero si los que tienen una isla y una ciudad muy fuerte, sin temor a nada, como no sea por mar, y que se puede defender bien, poseyendo buen número de barcos, isla y ciudad que no tratamos como a nuestros súbditos, sino que las dejamos vivir con arreglo a sus leyes; cuyos habitantes son honrados por nosotros más que todos los otros confederados, han hecho lo que hicieron, bien se puede juzgar que nos han querido tramar asechanzas y traición, y decir de ellos que nos han movido guerra, no que se han rebelado contra nosotros; pues se dice que se rebelan los forzados por alguna violencia.
»Lo más abominable de todo es que no les bastaba hacernos la guerra con sus propias fuerzas, sino que han procurado destruirnos por medio de nuestros mortales enemigos, sin temor a las calamidades que sufrieron sus vecinos por rebelarse contra nosotros cuando los sometimos otra vez a la obediencia. Su osadía al emprender esta guerra declara que han tenido más esperanza que fuerzas, queriendo anteponer la fuerza a la justicia y a la razón. Sin injuria nuestra han querido tomar las armas contra nosotros, no por otra causa, sino por la esperanza de vencernos, lo cual sucede muchas veces en las ciudades que en breve tiempo alcanzan prosperidad y riqueza, las que convierten en soberbia y orgullo. Porque la felicidad y prosperidad que adquieren los hombres mediante razón y discreción, y según el curso de las cosas, es más firme y estable que la que proviene de fortuna y sin pensarla ni esperarla, y aun estoy por decir que es más difícil a los hombres saberse guardar y conservar en la prosperidad, que defenderse y ampararse en las adversidades.
»Fuera, por tanto, cosa conveniente a los mitilenios que no los honrásemos al principio más que a los otros aliados y confederados, porque no hubieran llegado a tanta soberbia y desvergüenza; pues los hombres suelen menospreciar a aquellos a quien son obligados, y tener en más admiración a los que no lo son. Deben ser, por tanto, castigados todos según lo merece su delito, y no absolvamos a todo el pueblo echando la culpa a pocos de ellos, pues todos, de común acuerdo, tomaron las armas contra nosotros, que si tan solo algunos les quisieran obligar a hacerlo, pudieran excusarse y huir, acogiéndose a nosotros; y si así lo hubieran hecho, pudieran ahora con justa causa volver a su ciudad; mas si por consejo de pocos tuvieron por mejor exponerse a peligro y probar fortuna, todos deben considerarse rebelados.
»Debéis considerar por lo que toca a los otros aliados, que si no castigamos con mayor pena a los que voluntariamente se rebelan que a los que lo hacen forzados por los enemigos, no habrá ciudad, ni villa en adelante que por la menor ocasión del mundo no se atreva a hacer lo mismo, sabiendo de cierto que si les sucede bien la cosa cobrarán libertad, y si mal, quedarán libres a poca costa, sin padecer cosa intolerable, exponiéndonos así a perder las haciendas y las personas en todas las ciudades que poseemos. Porque aunque recobremos la ciudad que se nos hubiese rebelado, perdemos la renta de ella por largo tiempo, mediante la cual se entretienen nuestras fuerzas y se mantiene nuestro poder, y si no la podemos recobrar, sus moradores aumentarán el número de nuestros enemigos; de modo, que el tiempo que habíamos de gastar en hacer guerra a los peloponesios, será menester emplearle en reducir a obediencia a nuestros súbditos y aliados.
»No conviene en manera alguna darles esperanza de que podrán alcanzar perdón de nosotros por buenas razones, ni menos por dinero, so color de decir que erraron por flaqueza humana, pues nos han injuriado a sabiendas y no forzados, y el error es digno de perdón y misericordia cuando no se hace con voluntad determinada.
»Por estas razones al principio me opuse al perdón, y ahora también lo contradigo, diciendo que no revoquéis lo que ya tenéis determinado, ni queráis errar en tres cosas que todas ellas son muy perjudiciales para la república, es a saber: la misericordia, dulzura de palabras y facilidad. La misericordia debemos usarla con los que la hacen, no con los que no la tienen y de propia voluntad se prestaron a ser vuestros perpetuos enemigos; los retóricos, que presumen deleitar y persuadir con dulces palabras, tendrán ocasión de mostrar y ostentar su elocuencia en otras materias de menos importancia, y no en aquellas en que la ciudad, por un pequeño deleite en razonar con elocuencia, recibe gran daño; y la facilidad debemos tenerla con los que esperamos sean buenos y obedientes en adelante, y no con los que después de perdonados quedarán no menos enemigos nuestros que antes lo eran.
»Por abreviar razones digo, que si me queréis creer, obraréis con los mitilenios según justicia y vuestro provecho; y si no lo hacéis, gratificáis a ellos y condenáis a vosotros. Porque si han tenido justa causa de rebelarse, conviene confesar que los señoreamos injustamente; y aun cuando fuese así, sería también conveniente que los castigásemos contra justicia y razón por nuestro provecho, si queréis ser sus señores, y si no, abandonad el mando que tenéis sobre ellos.
»Pues habéis escapado del peligro, haced como los hombres prudentes y discretos; si queréis perseverar en vuestro señorío, debéis darles la paga según su merecido, y hacerles entender que no tenéis el corazón menos lastimado por vengaros de ellos que antes. Ahora que habéis escapado del peligro en que os pusieron con sus tramas y asechanzas, considerad lo que hubiesen hecho con vosotros si fueran vencedores; que los que sin causa ni razón injurian a los otros, meten la mano hasta el codo y procuran destruirlos por completo, sospechando del peligro en que después se verán si caen en manos de sus enemigos. Cualquier hombre que se ve injuriado y ultrajado por otro sin razón, si escapa de las manos de su contrario, toma de él más cruel venganza que tomaría de un mortal enemigo.
»No queráis, pues, ser traidores a vosotros mismos, antes considerando los inconvenientes que pocos días ha os ocurrieron por causa de estos, y teniéndolos en vuestras manos como deseabais primero, pagadles en la misma moneda. No os mostréis tan blandos y mansos por el estado y seguridad en que están las cosas al presente, que os olvidéis totalmente de las injurias y ultrajes que estos os han hecho; castigadles según su merecido para dar singular ejemplo a los otros aliados, y para que si alguno se rebelare de aquí en adelante, sepa que le ha de costar la vida. Porque si tienen entendido esto de veras, desecharéis el cuidado de pensar en combatir con vuestros amigos y aliados en lugar de pelear con vuestros enemigos.»
Con esto acabó Cleón su razonamiento, y tras él se levantó Diódoto, hijo de Éucrates, el que en la consulta del día anterior contradijo a los que opinaban que todos los mitilenios debían ser muertos, y habló de la manera siguiente:
VII.
Discurso de Diódoto, de contrario parecer al de Cleón.
«Ni repruebo el parecer de los que quisieron poner otra vez en consulta este hecho de los mitilenios, ni apruebo el de los que vedan consultar muchas veces las cosas de gran importancia, antes me parece que hay dos cosas muy contrarias a la bondad en la consulta y acuerdo, la presteza y la ira, porque la una hace que las cosas se hagan sin prudencia, y la otra necia y locamente. Quien repugna que las cosas se enseñen por medio de palabras y razones para informarse mejor de la verdad, no tiene saber ni seso, o le va en ello algún interés particular. Porque si piensa que las cosas venideras, que no pueden verse, se enseñan de otra manera que por palabras y razones, no tiene juicio ni entendimiento, y si quiere persuadir de alguna cosa torpe y mala, y porque le parece que no la podrá hacer buena por razones, quiere espantar y asombrar a los que contradicen y a los jueces que lo oyen, gran señal es de que le va interés en ello.
»Pero más son de vituperar aquellos que achacan a los de contrario parecer estar corrompidos por dádivas y dinero; porque si culpan de poco saber al que no pudo persuadir lo que quería en el senado, sería tenido por ignorante, no por malo ni injusto; pero si le culpan o achacan que fue sobornado, aunque persuada al senado y sigan su parecer, no por eso dejará de ser sospechoso, y si no persuade lo que quiere será tenido no solo por ignorante, sino también por malo e injusto. Esto ocasiona daño a la república, porque los hombres no se atreven, por miedo, a aconsejar libremente lo que sienten, contra los que opinan que sería mejor para el bien de la ciudad que no hubiese hombres en ella con entendimiento para saber hablar y razonar, como si por esto los hombres estuviesen menos expuestos a errar, siendo al contrario, porque el buen ciudadano que dice su parecer en pública asamblea, no ha de estorbar ni espantar a los otros para que no le puedan contradecir, sino con toda equidad y modestia mostrar por buenas razones que su opinión y parecer es el mejor. Y así, gobernada la ciudad por justicia y por razón, ya que no haga más honra a aquel que dio el mejor consejo, no por eso le ha de quitar ni disminuir la que antes tenía ni por consiguiente, debe menospreciar al que no alcanzó a dar buen consejo y mucho menos castigarle. De no hacerlo así, aquel cuyo parecer fuere aprobado no procurará decir ni razonar otra cosa sino lo que pensare que le podrá aprovechar para ganar la gracia y favor del pueblo, aunque no lo entienda así; y aquel cuya opinión no fuere aprobada, por la misma razón trabajará por agradar y complacer al pueblo.
»Nosotros hacemos todo lo contrario, porque si hay alguno de quien se sospeche que fue sobornado con dádivas o promesas, aunque dé muy buen consejo para el bien de la república, todavía por envidia y sospecha de aquella opinión de corruptela, aunque no sea cierta, no le queremos admitir, y todo lo que dice bueno o malo es tenido por sospechoso. De aquí la necesidad de que el que quiere persuadir al vulgo de alguna cosa buena o mala, use de cautelas y mentiras; el que hablare más a su favor, tendrá más crédito aunque mienta, y el que quiera hacer bien a la ciudad con su consejo, cae en sospecha de que procura por vías ocultas su provecho y ganancia.
»Conviene, pues, a los que estamos en este lugar entre tantas sospechas, y hablamos y consultamos de cosas tan grandes y de tanta importancia, que las veamos y proveamos de más lejos que vosotros, que tan solamente las veis y contempláis de cerca, atento que debemos dar razón bastante de lo que nos parece, y vosotros no de lo que oís, que si el que se deja persuadir por otro fuese castigado como el que le habla y persuade, vosotros juzgaríais más cuerdamente, pero si no lográis lo que os proponéis, condenáis el parecer de uno solo que os lo aconsejó, y no el de todos vosotros que lo seguisteis siendo tan delincuentes en esto todos como aquel solo que lo dio y lo dijo.
»No deseo hablar en favor de los mitilenios para contradecir ni acusar a nadie. Si somos cuerdos no tendremos contienda sobre su crimen, sino solamente sobre aconsejar y consultar en nuestro bien y en nuestro provecho. Porque aunque evidentemente nos conste que ellos han cometido crimen, no por esto aconsejaría que los mandasen matar si no resulta provecho de ello a nuestra ciudad; ni, si merecen perdón, sería de parecer que se les diese, si también de esto no se nos sigue utilidad y provecho.
»Mas porque nuestra consulta se refiere al tiempo venidero, no a lo pasado, y porque Cleón ha dicho que se requiere, para estorbar las rebeliones en adelante, castigar a los mitilenios con pena de muerte, yo opino todo lo contrario, y digo que será mejor para nosotros hacerlo de otra manera.
»Os ruego que por las razones y atildadas frases que este ha usado en su razonamiento para inducirnos a que sigáis su parecer, no queráis rehusar ni desechar las mías, útiles y provechosas. Bien entiendo, que yendo todos sus argumentos enderezados al rigor de la justicia, podrán mover más vuestros corazones, llenos ahora de ira y de enojo, que los míos; mas conviene considerar que no estamos aquí reunidos para contender en juicio lo que requiere la razón y la justicia, sino para tomar consejo y consultar entre nosotros lo que nos será más provechoso.
»En muchas ciudades, como sabéis, hay pena de muerte, no solamente para semejantes delitos, sino aun para otros mucho menores, y a pesar de ello siempre hay hombres que se exponen a peligro de esta pena con esperanza de escapar de ella. Ninguno emprendió rebeliones que no pensase salir con ello, ni hubo ciudad que no le pareciese tener mayores fuerzas propias o de sus amigos que otra. Mas al fin es cosa natural a los hombres pecar, así en general como en particular; y no ha habido ley tan rigurosa que lo pudiese vedar ni estorbar por más que se hayan inventado nuevos tormentos y castigos para los delitos, por si el temor podría apartarles de hacer mal.
»No sin causa al principio para grandes delitos había pequeños castigos, mucho más leves que ahora, los cuales, por la continua transgresión de los hombres, andando el tiempo, se han reducido a pena de muerte; y aun con todo esto, no nos apartamos de errar. Es, pues, necesario, o inventar otra pena más dura que la muerte, o pensar que esta no impedirá pecar a los hombres, porque a unos la pobreza les obliga a que se atrevan, y a otros las riquezas les alientan a ser soberbios y codiciosos de más haberes, mientras otros tienen otras pasiones y ocasiones que los atraen e inducen a pecar. Cada cual es atraído por su inclinación y apetito desordenado, tan poderoso, que apenas lo puede refrenar ni moderar por miedo de daño ni peligro que le amenace.
»Hay, además, otras dos cosas que en gran manera impulsan a los hombres: la esperanza y el amor; el uno les guía, y la otra les acompaña. El amor procura los medios para ejecutar sus pensamientos, y la esperanza les pone delante la prosperidad de la fortuna. Aunque estas dos cosas no se ven de presente, son más poderosas a moverlos que los peligros manifiestos. También hay otra tercera, que sirve y aprovecha en gran manera para mover los afectos y voluntades, es a saber, la fortuna, la cual, luego que nos representa y pone delante alguna ocasión, aunque no sea bastante para movernos, muchas veces atrae a los hombres a grandes peligros, y muchas más a las ciudades, por tratarse en ellas de más grandes cosas y de más importancia, como el conservar su libertad o aumentar su señorío; porque cada cual, unido a los otros ciudadanos, concibe mayor esperanza de sí mismo. En conclusión, es imposible y fuera de razón creer que cuando el hombre está estimulado por una impetuosa inclinación a hacer una cosa, se le pueda apartar de ello por la fuerza de las leyes ni por otra dificultad.
»No conviene, pues, condenar a pena de muerte a los delincuentes en la confianza de que nos causará seguridad para lo venidero, ni por este medio quitar a los que en adelante se rebelaren la esperanza de la misericordia y la facultad de arrepentirse y purgar su pecado. Para convenceros de esta verdad, suponed que hubiese ahora otra ciudad rebelada contra vosotros, y que conociese que no podía resistirnos, aunque teniendo bienes para pagarnos los gastos de recobrarla, y en adelante el tributo que le impusiéremos, si la tomamos por capitulación: pues si sabe que no tiene esperanza de alcanzar misericordia de vosotros, os resistirá con todas sus fuerzas, y determinará sufrir el cerco basta el fin, antes que entregarse. Pensad ahora si es lo mismo que una ciudad se entregue en seguida de haberse rebelado, o largo tiempo después de rebelada, y qué gastos y daños sufriremos cuando rehusaren ser reducidos a nuestra obediencia, en todo el tiempo que les sitiemos. Tomada y asolada la ciudad rebelde, perderíamos sus tributos, mediante los cuales tenemos fuerzas contra nuestros enemigos.
»Por tanto, no conviene en este caso proceder a la pena y castigo de los delitos como jueces con todo rigor, para que resulte en nuestro daño, sino pensar cómo podremos sacar en lo venidero nuestras rentas y tributos de nuestras ciudades, castigándolas moderadamente, y guardándolas y conservándolas con dulzura y buen trato, antes que por el rigor de las leyes. Ahora queremos hacer lo contrario, pues si sojuzgamos algún pueblo que antes fuese libre, y este, por recobrar su libertad, se rebela contra nosotros, como lo podría hacer con razón, si después le reducimos a nuestra obediencia, juzgaréis que conviene castigarle con todo rigor y severidad. Yo soy de opinión contraria, es decir, que no debemos castigar duramente las ciudades libres cuando se han rebelado, sino cuidar muy bien de que no se rebelen, tratarlas de suerte que no tengan ocasión de ocurrirles tal pensamiento, y al recobrarlas, imputarles por liviana su culpa.
»Considerad el yerro que cometéis si quisiereis seguir la opinión de Cleón; porque ahora todos los moradores de vuestras ciudades confederadas están en vuestra amistad, os tienen afición y no se rebelan juntamente con los otros parciales más poderosos; y si alguna se rebela, obligada por fuerza, los otros aborrecen y quieren mal a los que fueron autores y causa de ello; de suerte que vosotros, con la confianza que tenéis en el amor y afición que os tienen los pueblos, vais a la guerra; pero si mandáis matar todos los moradores de Mitilene, que no fueron partícipes de la rebelión, antes cuando pudieron tomar las armas os entregaron la ciudad, seréis tenidos por injustos y malos para con aquellos que han merecido mucho bien de vosotros, y daréis gran placer a los más poderosos, pues no desean otra cosa. Porque si hacen rebelar una ciudad de vuestras confederadas, tendrán todos los del pueblo en su favor, sabiendo de cierto que si caen en vuestras manos, la misma pena sufrirán los delincuentes que los que no lo fueron. Más valdría disimular su yerro, para que solo ellos de los confederados y aliados que tenemos por amigos y compañeros aparezcan enemigos; y pienso que será más útil y provechoso para conservar nuestro imperio y señorío que suframos esta injuria de grado y a sabiendas, que mandar matar a los que en ninguna manera nos conviene que mueran, aunque lo podamos hacer con justicia.
»No es verdad lo que dice Cleón, de que el castigo puede ser provechoso. Y pues sabéis que esto es lo mejor, no os fijéis en la misericordia ni en la clemencia, de las cuales tampoco quiero que os dejéis convencer, sino que, por lo que os he aconsejado, me deis crédito. Solo por el bien de la ciudad guardad estos prisioneros mitilenios que os envió Paques como culpados, y despacio y a vuestro placer juzgad y sentenciad su causa, y a los otros que ahí quedan dejadlos morar pacíficamente en su pueblo, que es lo que os será útil y provechoso para lo venidero, infundiendo temor a vuestros enemigos.
»Pensad que cualquier hombre que da buen consejo vale y puede más contra los enemigos que el que por locura e ignorancia hace cosas soberbias y crueles.»
Con esto acabó Diódoto su razonamiento.
VIII.
De cómo Mitilene estuvo en peligro de ser destruida completamente, y del castigo que recibió por su rebelión. — Los de Platea se entregan a merced de los lacedemonios. — Hechos de guerra habidos aquel año.
Oídos estos dos contrarios pareceres, hubo muchas disputas entre los atenienses, de manera que cuando vinieron a dar sus votos, se hallaron tantos de una parte como de otra; más al fin venció el parecer de Diódoto, al cual todos siguieron. Inmediatamente enviaron otra galera ligera a Mitilene, sospechando que, si no iba con premura para adelantar a la que había partido la noche antes, hallaría la ciudad destruida. Con este miedo, los embajadores mitilenios despacharon la última galera, y la fletaron y abastecieron de las provisiones necesarias, prometiendo grandes dones a los marineros si llegaban antes que la primera. Por tal promesa hicieron extrema diligencia, no cesando de remar de día ni de noche, comiendo su pan mojado en vino y aceite, y durmiendo por tanda, los unos cuando remaban los otros, de manera que la galera nunca dejaba de caminar, teniendo la buena fortuna de que ningún viento les fue contrario, de manera que arribaron al puerto casi a la par con la primera galera que llevaba la mala nueva, y que había caminado sin apresuramiento.
Llegó, pues, esta galera poco después que la otra. Paques estaba leyendo el primer mandamiento de los atenienses, y se disponía a ejecutarlo, cuando le entregaron el segundo que impedía la ejecución. Así se libró la ciudad de Mitilene del peligro en que estaba.
Respecto a los demás que Paques había enviado, como muy culpados en aquella rebelión, que serían más de mil, todos fueron condenados a muerte, siguiendo el parecer de Cleón. Derrocaron los muros de Mitilene y quitáronles todos los navíos que tenían. No impusieron después tributo a los de la isla de Lesbos, sino que repartieron toda la tierra (excepto la ciudad de Metimna) en tres mil suertes, de las cuales dedicaron y ofrecieron trescientas a los templos de los dioses por su décima, y para las restantes enviaron conciudadanos suyos que las poblasen. A los de Lesbos ordenaron que les diesen de tributo por un año dos minas de plata[71] por cada suerte, y que labrasen la tierra. También quitaron los atenienses a los mitilenios todas las villas y lugares que tenían en tierra firme, haciéndolas depender de Atenas.
Este fin tuvieron las cosas de la isla de Lesbos.
En el mismo verano[72], después de recobrada la isla de Lesbos, Nicias, hijo de Nicérato, partió por mar con ejército a la isla de Minoa, que está junto a Mégara, donde había un castillo que los megarenses guardaban para su defensa. Nicias intentó tomarlo para tener allí un punto fuerte que estuviese más cerca que los que tenían en Búdoro y Salamina, y para que cuando los peloponesios saliesen al mar, no se pudieran esconder allí sus galeras, como habían hecho muchas veces los corsarios, ni pasar cosa alguna por mar a los megarenses. Salió Nicias de Nisea y atacó el castillo, batiendo dos torreones que daban al mar; tomados estos, dejó libre la entrada a las naves para que pudiesen pasar sin peligro entre la isla y la villa de Nisea. También hizo un muro a través del estrecho de tierra firme que venía a dar a la isla por donde podían enviar socorro al castillo. Hechos estos fuertes y reparos en breve tiempo, dejó en aquellos guarnición y volvió con el resto de su ejército.
En este mismo verano, los de Platea, por falta de víveres, no pudieron defenderse más del cerco de los peloponesios, y capitularon de esta suerte.
El general de los peloponesios, acercándose a los muros de la ciudad y conociendo que estaban tan escasos de fuerzas que no se podían defender, no los quiso combatir ni tomarlos, porque los lacedemonios le ordenaron que tomara la ciudad por tratos, antes que por asalto, si pudiera, a fin de que si se ajustaba algún concierto entre peloponesios y atenienses, y acordaban que las ciudades y villas tomadas por guerra de ambas partes se devolviesen, pudieran excusar la devolución de Platea, so color que no había sido tomada por combate, sino que se había rendido por propia voluntad.
Así, pues, envió un parlamentario a los de Platea para decirles si querían rendirse a merced de los lacedemonios, y dejar a su discreción el castigo de los que habían sido culpados, con la condición de que ninguno fuese castigado sin ser primero oído en juicio y sentenciada su causa. Consintieron los de Platea viéndose en tan extrema necesidad, que no podían defenderse más, y por este medio los peloponesios se apoderaron de la ciudad, y proveyeron a los moradores de víveres para algunos días hasta que llegaron cinco jueces, enviados para determinar el hecho, los cuales, sin formar proceso particular, reunieron a los que estaban dentro de la ciudad y preguntáronles solamente si, después de la guerra comenzada, habían hecho algún beneficio a los lacedemonios y a sus aliados. A esta demanda los de Platea pidieron que les dejasen responder más largo por común acuerdo de todos, lo que otorgaron los jueces. Entonces eligieron a Astímaco, hijo de Asopolao, y a Lacón, hijo de Eimnesto, que eran huéspedes y conocidos de los lacedemonios, y saliendo delante, pronunciaron este discurso:
IX.
Discurso de defensa de los de Platea ante los jueces de Lacedemonia.
«La gran confianza que teníamos en vosotros, varones lacedemonios, nos hizo entregar nuestra ciudad y nuestras personas en vuestro poder, no esperando el juicio criminal que vemos, sino otro más civil y humano, y que nos someterían a otros jueces, no a vosotros. También esperábamos que nos fuera lícito contender en derecho sobre nuestra causa; pero sospechamos haber sido engañados en ambas esperanzas, porque creemos que este juicio es sobre nuestras vidas, y que no venís a juzgarnos con justicia, siendo evidente señal de ello que no precede ninguna acusación a que debamos responder, sino solamente nos demandan que hablemos.
»La pregunta es muy breve, a la cual, si queremos responder con verdad, nuestra respuesta será contraria y perjudicial a nuestra causa; y si respondemos mintiendo, podrán convencernos de falsedad. Viéndonos perplejos, forzoso es que hablemos, aunque nos parece más seguro incurrir en peligro hablando que callando; porque si los que están puestos en tales extremos no dicen aquello que pudieran decir, siempre les queda tristeza en el corazón, y les parece que si lo hubieran dicho pudiera ser causa de su salvación.
»Entre todas las dificultades que se nos ofrecen, la más difícil es persuadiros de lo que digamos: porque si no fuésemos conocidos unos de otros, podríamos alegar testimonios de cosas que no supieseis; pero sabéis la verdad de todo, y por esto no tememos que nos acuséis de ser en virtud y bondad inferiores a los otros amigos y confederados vuestros, que hasta en esto bien nos conocemos, sino que sospechamos que por agradar y complacer a otros estamos sentenciados antes del juicio. No obstante, procuraremos mostraros nuestro derecho en las diferencias que tenemos con los tebanos y con vosotros y los otros griegos, trayéndoos a la memoria nuestros beneficios, e intentando si podemos persuadiros de la razón.
»Para responder a la pregunta breve que nos hicisteis, de si durante esta guerra hemos hecho algún bien a los lacedemonios o a sus confederados, os respondemos que si nos preguntáis como enemigos, no os hemos ofendido, ya que no os hayamos hecho bien alguno; y si nos preguntáis como amigos, nos parece que habéis errado contra nosotros más que nosotros contra vosotros, pues comenzasteis la guerra sin que quebrantásemos la paz; y cuando la de los medos, nosotros solos de todos los beocios fuimos a acometerles con ayuda de los otros griegos, por defender la libertad de Grecia. Aunque éramos gentes criadas en tierra firme, batallamos por mar junto a Artemisio; y después, cuando pelearon con ellos en nuestra tierra, nos hallamos siempre allí en socorro vuestro y de Pausanias, participando más de lo que permitían nuestras fuerzas en todas las empresas hechas por los griegos en aquellos tiempos, y particularmente en las vuestras, lacedemonios, estando toda vuestra tierra de Esparta en gran aprieto después del terremoto, cuando vuestros hilotas o siervos huyeron a Ítome, pues os enviamos la tercera parte de nuestro pueblo en vuestro socorro.
»Razón será, por tanto, que os acordéis de las muchas y buenas obras que os hicimos en tiempos pasados; que si después fuimos vuestros enemigos, culpa vuestra es, pues siendo acometidos por los tebanos, pedimos y rogamos vuestra ayuda y socorro, y nos la negasteis, diciendo que acudiéramos a los atenienses, nuestros vecinos, porque vosotros estabais muy lejos. De manera que por guerra, ni habéis recibido de nosotros injuria alguna, ni la esperáis recibir en adelante. Y si no nos quisimos rebelar ni apartar de los atenienses por vuestro mandato, no por esto os ofendimos, porque habiéndonos ellos ayudado contra los tebanos, nuestros enemigos, en lo cual vosotros os mostrasteis tardíos y perezosos, no fuera razón desampararlos, mayormente visto que a grandes ruegos nuestros nos tomaron por compañeros y aliados, recibimos mucho bien de ellos, y nos recogieron por sus ciudadanos, por lo que era justo hacer pronto todo lo que nos mandasen. Si vosotros y ellos, siendo caudillos de los vuestros, hicisteis alguna cosa mala en compañía de vuestros aliados y confederados, no se debe imputar a los que os siguieron, sino a los caudillos y capitanes que los guiaron y llevaron a hacerla.
»Los tebanos, además de muchas injurias anteriores, nos hicieron esta postrera, que, como sabéis, ha sido causa de todos nuestros males, pues que en tiempo de paz, y en un día de fiesta solemne, entraron y tomaron nuestra ciudad, y si por esto fueron castigados, tuvieron el pago merecido; que es lícito y permitido por ley común y general, guardada y observada entre todas gentes, matar al que acomete a otro como enemigo. Si por esto nos quisiereis ahora hacer daño, sería contra toda razón y justicia, y mostraríais ser malos jueces si, por agradar a los que son vuestros aliados en esta guerra, juzgaseis a su voluntad, atendiendo a vuestro interés y no a la justicia y a la razón.
»Aunque solo atendáis a vuestro provecho, pensad que si estos os son útiles ahora, nosotros lo hemos sido mucho más en lo pasado, y no solamente a vosotros, sino también a todos los griegos, estando en mayores peligros; porque al presente tenéis fuerzas y poder para acometer a los otros, pero entonces, cuando el rey bárbaro quería imponer el yugo de servidumbre a toda Grecia, los tebanos nuestros contrarios fueron con él, siendo, pues, justo contrapesar este nuestro yerro de ahora (si yerro se puede llamar) con el servicio que entonces os hicimos, mayor y de más peso que el yerro cometido.
»Recordad que en aquel tiempo había muy pocos griegos que osasen aventurar sus fuerzas contra el poder del rey Jerjes, y que fueron más alabados los que, acometidos y cercados, no se cuidaron de salvar sus vidas y haciendas, sino que antes quisieron, con grande peligro de sus personas, emprender cosas dignas de memoria, entre los cuales fuimos nosotros los principalmente honrados. Sospechamos al presente morir por hacer lo mismo queriendo seguir a los atenienses con justicia y razón, mejor que a vosotros con cautela y astucia. Conviene formar siempre el mismo juicio de una misma cosa, y no poner todo vuestro bien y provecho sino en la fe y lealtad de los amigos y confederados, porque reconociendo siempre la virtud que han mostrado en las cosas pasadas, podréis fiar de ellos en las presentes. Considerad que ahora la mayor parte de Grecia os tiene y estima por dechado y ejemplo de la bondad, y si dais contra nosotros sentencia inicua (que al fin ha de saberse), en gran manera seréis culpados por habernos juzgado y sentenciado, siendo buenos, contra lo que la razón y el derecho requiere, poniendo en vuestros templos los despojos de los que tanto bien han merecido de toda Grecia, y os echarán en rostro que por satisfacer el deseo de los tebanos queráis destruir la ciudad de Platea, cuyo nombre, por honra y memoria de la virtud y esfuerzo de sus ciudadanos, vuestros antepasados esculpieron en el trípode y altar del dios Apolo en Delfos.
»Hemos llegado a tanta desventura que si los medos hubieran vencido fuéramos destruidos y alcanzando nosotros la victoria contra ellos, los tebanos nuestros grandes enemigos nos vencen por medio de vosotros, y nos ponen en dos grandísimos peligros, uno el de morir de hambre si no queríamos entregar la ciudad, y otro el de defender ahora nuestras causas en juicio criminal de muerte.
»Nosotros que fuimos los que más aventajaron la honra de los griegos con todas nuestras fuerzas (y aun más que estas podían soportar), somos ahora desamparados de todos, y no hay un solo griego de cuantos allí se hallaron presentes, amigos y aliados nuestros, que nos socorra y ayude en esta desdicha. Y aun vosotros, lacedemonios, que sois nuestra única esperanza, tememos que seáis poco firmes y constantes en este caso.
»Os rogamos, pues, que por honra y reverencia de los dioses que entonces fueron nuestros favorecedores, y por memoria de nuestros merecimientos y servicios hechos a todos los griegos, queráis ablandar vuestros corazones: y si por persuasión de los tebanos habéis determinado algo contra nosotros, lo revoquéis, no matando por agradarles a quien no debéis matar. Haciendo esto ganaréis crédito, y no caeréis en vergüenza ni deshonra por agradar a otro, porque fácil cosa será mandarnos matar; pero muy difícil después borrar la vergüenza e infamia en que incurriréis dando muerte a los que no somos vuestros enemigos, sino amigos que, forzados por pura necesidad, aceptamos la guerra; y en efecto, si libráis nuestras personas del peligro de muerte en que estamos, juzgaréis recta y santamente.
»Considerad que voluntariamente nos rendimos, que venimos humildes con las manos tendidas, y que las leyes de Grecia prohíben matar a los que así se presentan; que en todos tiempos os fuimos bienhechores y procuramos merecer todo bien de vosotros, lo cual podéis comprobar por los sepulcros que hay en nuestra tierra de vuestros ciudadanos muertos por los medos, a los que hacemos honras cada año públicamente, no así como quiera, sino con pompa y aparato solemne de vestiduras, ofreciéndoles en sacrificio primicias de todas las cosas mejores que da la tierra, como a hombres que somos de una misma patria, amigos y confederados y algunas veces compañeros de guerra, no portándoos vosotros como tales, sino juzgando rectamente, por mal consejo, nos mandáis matar.
»Recordad también que Pausanias ordenó enterrarlos en esta nuestra tierra como en tierra de amigos y aliados y si nos mandáis matar y dais nuestra tierra a los tebanos, no haréis otra cosa sino privar a vuestros mayores y progenitores de la honra que tienen, dejándolos en tierra de enemigos que los mataron. Además, pondréis en servidumbre la tierra donde los griegos conquistaron su libertad, dejaréis yermos los templos de dioses donde vuestros mayores hicieron sus votos y plegarias, mediante los cuales vencieron a los medos, y quitaréis las primeras aras y altares de los que los fundaron.
»Será ciertamente, varones lacedemonios, cosa indigna de vuestra honra y menos aún conveniente a las leyes y buenas costumbres de Grecia, a la memoria de vuestros progenitores y a nuestros servicios y merecimientos mandarnos matar sin haberos ofendido solo por el odio que otros nos tienen, siendo por el contrario más digno y conveniente perdonaros, quebrantar vuestra saña y dejaros vencer de la clemencia y misericordia, poniendo delante de vuestros ojos, no solamente los grandes males que nos haréis, sino también quiénes son aquellos a quien los hacéis, y que muchas veces tales males ocurren a los que menos los han merecido.
»Os suplicamos, pues, y pedimos por merced, según la necesidad presente lo requiere, y para ello invocamos el favor y ayuda de los dioses a quien sacrificamos en unos mismos altares, y a los de toda Grecia, accedáis a nuestros ruegos, no olvidándoos de los juramentos de vuestros padres, por honra de cuyos huesos y sepulcros, os rogamos, llamándolos en nuestra ayuda, muertos como están, para que no nos pongáis bajo la sujeción de los tebanos, ni queráis entregar vuestros grandes amigos en manos de aquellos que son crueles enemigos, recordándoos que este día en que nos vemos en extremo peligro, es aquel mismo en que hicimos tantas y tan buenas hazañas con vuestros antepasados.
»Mas porque a los hombres que se ven puestos en el extremo en que al presente nosotros estamos, les parece cosa muy dura dar fin a sus palabras, aunque por necesidad lo han de hacer, porque saben que, acabando de hablar, se les acerca más el peligro de su vida, dando fin a nuestras razones, os decimos solamente que no entregamos nuestra ciudad a los tebanos, pues esto no lo hiciéramos aunque supiéramos morir de hambre o de otra peor muerte, sino a vosotros, varones lacedemonios, confiando en vuestra fe. Por esto es justo que, si no logramos nuestra petición, nos restituyáis al estado que teníamos antes, con peligro de todo lo que nos pudiere ocurrir, y de nuevo os amonestamos no permitáis que los de Platea, que siempre fueron muy aficionados a los griegos, y que confiaron en vuestra fe, pasen de vuestra mano a la de los tebanos, sus capitales enemigos, sino que antes seáis autores de nuestra vida y salud, y pues a todos los otros griegos habéis libertado, no queráis destruir y matar solo a nosotros.»
Con esto acabaron los plateenses su razonamiento; pero los tebanos, temiendo que los lacedemonios, por su discurso, fuesen movidos a otorgarles algo de su demanda, salieron en medio pidiendo ser ellos también oídos, porque a su parecer habían dado muy larga audiencia a los plateenses para responder a la pregunta, y teniendo licencia también ellos para hablar, hicieron el razonamiento siguiente:
X.
Discurso de los tebanos contra los de Platea y muerte de estos.
«No os pidiéramos audiencia para hablar, varones lacedemonios, si estos hubieran respondido buenamente a la pregunta que les fue hecha, y no dirigieran su discurso contra nosotros, acusándonos sin culpa, excusándose fuera de propósito de lo que ninguno los acusaba; y elogiándose con demasía cuando nadie los vituperaba. Nos conviene contradecirles en parte lo que han dicho, y en parte redargüirles de falso, a fin de que no les aproveche su malicia ni nos dañe nuestra paciencia y sufrimiento; y después de oídas ambas partes juzgaréis los hechos como bien os pareciere.
»Bueno es primero que sepáis la causa de nuestras enemistades, que consiste en que habiendo nosotros fundado la ciudad de Platea, la postrera de todas las de Beocia, con algunas otras villas que ganamos fuera de nuestra tierra, lanzando de ellas los que antes las tenían, estos solos, desde el principio se desdeñaron de vivir bajo nuestro mando, no queriendo guardar nuestras leyes y ordenanzas, que todos los otros beocios tenían y guardaban; y viéndose obligados a ello se pasaron a los atenienses, con cuya ayuda nos han hecho muchos males, de que a la verdad ellos han recibido su pago y pena por igual.
»A lo que dicen que cuando los medos entraron en Grecia, ellos solos, entre todos los beocios, no quisieron seguir su partido, alabándose por ello en gran manera, y denostándonos, confesamos ser verdad que no fueron de parte de los medos, porque tampoco los atenienses fueron de su bando. Mas también decimos, por la misma razón, que cuando los atenienses vinieron contra los griegos, estos solos entre todos los griegos fueron de su parcialidad; y por esto debéis considerar lo que nosotros hicimos entonces, y lo que estos han hecho ahora. Nuestra ciudad en aquel tiempo no era regida por oligarquía, que es gobierno de pocos, ni tampoco por democracia, que es el mando de los del pueblo, sino por otra forma de gobierno que es muy odiosa a todas las ciudades, y muy cercana a la tiranía: es a saber, por poder absoluto de algunos grandes y particulares, los cuales, esperando enriquecerse si los medos hubieran alcanzado la victoria, obligaron por fuerza a los del pueblo a seguir su partido, y metieron los bárbaros. Aunque a la verdad esto no lo hicieron todos los de la ciudad, por lo que no deben ser vituperados, pues, como decimos, no estaban en libertad.
»Recobrada después, y empezando a vivir conforme a nuestras leyes y costumbres antiguas, cuando salieron los medos y entraron los atenienses con armas en Grecia, queriendo someter a su señorío nuestra tierra y ocupando de hecho una parte de ella, a causa de nuestras sediciones y discordias civiles, nosotros, después de la victoria que les ganamos junto a Queronea, libertamos a toda Beocia, y ahora estamos resueltos, juntamente con vosotros, a libertar lo restante de Grecia de la servidumbre, contribuyendo para ello tanto número de gente de a pie y de a caballo y aparatos de guerra cuanto otra ninguna ciudad de los amigos y confederados, y esto baste para purgar el crimen que nos suponen de haber seguido el partido de los medos.
»Demostraremos ahora que vosotros los plateenses sois los que habéis ofendido e injuriado a los griegos más que todos los otros, y dignos por ello de toda pena. Decís que por vengaros de nosotros, os hicisteis aliados de los atenienses; pues deberíais ayudar a los atenienses solos, contra nosotros solos, y no contra los otros griegos, que si los atenienses os quisieran obligar a esto, teníais a los lacedemonios que os hubieran defendido y amparado por virtud de la misma alianza que con ellos hicisteis contra los medos, en la cual fundáis toda vuestra argumentación; cuya alianza también fuera bastante para defenderos de nosotros si os quisiéramos ofender, y aun para daros toda seguridad.
»Resulta, pues, claro que voluntariamente, y no forzados, tomasteis el partido de los atenienses. Y en cuanto a lo que decís, que fuera gran vergüenza desamparar y abandonar a los que os habían hecho bien, mayor vergüenza y afrenta es desamparar a todos los griegos, con quien os habéis juramentado y confederado, que no a los atenienses solo, y a los que libertaban Grecia, que no a los que la ponían en servidumbre; a los cuales tampoco hicisteis igual servicio, sin afrenta y deshonra vuestra, porque los atenienses, llamados, vinieron en vuestra ayuda para defenderos de ser ofendidos, según decís, mas vosotros fuisteis a ayudarles para ofender a otros, y ciertamente es menor vergüenza no dar las gracias ni hacer servicios iguales en caso semejante, que donde se debe por razón y justicia, quererlo pagar con injusticia y maldad: pues haciendo vosotros lo contrario, está claro y manifiesto que lo que solos entre todos los beocios hicisteis de no querer seguir el partido de los medos, no fue por amor a los griegos, sino porque los atenienses no lo seguían, queriendo siempre vosotros hacer lo que estos hacían, muy contrario a lo que todos los otros griegos querían.