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Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

LIBRO I. (continued 3)

Diego Gracián translation

Para más justificación suya, y por saber mejor la verdad, quisieron oírla de boca del mismo Pausanias, y usaron de esta estratagema: hicieron que el criado fuera a acogerse al templo de Ténaro como hombre que ha ofendido a su señor y se quiere librar en sagrado, y se le hizo saber a Pausanias para que fuera allí a hablar con él, lo cual hizo. Dos de los éforos se habían escondido en un sitio secreto, de manera que podían bien oír y entender lo que Pausanias y el criado hablaban sin ser sentidos. Cuando Pausanias fue donde estaba su criado y le preguntó la causa por que se había acogido allí, le declaró que había abierto la carta, y le dijo todo lo que contenía, quejándose de que en ella le mandase matar, pues en todos los tratos que había tenido con el rey Jerjes había confiado en él, y nunca le faltó. Parecíale, pues, cosa fuera de razón que mandara matarle, como habían sido muertos todos los mensajeros enviados antes con otras cartas, mensajeros que no podían compararse con él.

A esto Pausanias le respondió, confesando que todo era verdad, sin cesar de amansarle y rogarle que no tomase por ello enojo, y jurándole por el templo donde estaba que en adelante no le haría mal, cumpliendo con toda diligencia su encargo para Artabazo, porque el negocio no fracasara. Oyeron los éforos muy bien todas estas razones, y estimando el caso muy averiguado, dieron orden para que Pausanias fuese preso dentro de la ciudad. Mas como los dos éforos le salieran al encuentro en la calle, conoció en los movimientos del rostro de uno de ellos que iban resueltos a prenderle, y ganoles por la mano huyendo al templo de Palas, sin que le pudiesen coger. Antes de llegar al templo entró en una casilla pequeña que estaba junto a él para descansar, y fue atajado por los que le seguían, los cuales descubrieron el techo de la casa y la cercaron por todas partes con guardas para que no pudiese salir, teniéndole sitiado hasta que le mataron de hambre. Cuando estaba espirando, los guardas le sacaron de aquel lugar sagrado, y murió en sus brazos.

Los éforos opinaban que debía ser arrojado el cadáver a una quebradura[25], donde acostumbraban a echar los malhechores, pero mudaron de propósito y le hicieron enterrar en una sepultura.

Algún tiempo después les fue amonestado, por revelación del oráculo de Apolo Délfico, y mandado que le sacasen de la sepultura y le enterrasen en el lugar donde había espirado, y así fue hecho. Aun hoy se ve su sepultura delante del templo, según parece por el letrero que está esculpido en la piedra del sepulcro. Mandoles además el oráculo de Apolo que, para purgar el sacrilegio que habían cometido violando el templo de la diosa Palas, diesen dos cuerpos en lugar de uno, y así lo hicieron, expiando la muerte de Pausanias con el ofrecimiento de dos estatuas de metal en el templo de Palas Calcieca.

Véase, pues, por qué los atenienses, para responder con un cargo igual al que les hacían los lacedemonios de estar contaminados de sacrilegio, les imputaron otro tanto, diciendo que ellos purgasen de igual manera la ofensa que habían hecho a la diosa Palas, y que el oráculo de Apolo había juzgado sacrilegio.

XV.

Temístocles, perseguido por atenienses y lacedemonios, se refugia en los dominios de Artajerjes y allí vive hasta el fin de sus días.

Cuando los lacedemonios oyeron la respuesta de los atenienses, enviaron de nuevo mensajeros, para hacerles saber que Temístocles había sido culpado en la misma conspiración que Pausanias, según resultaba del proceso de este, que guardaban en el templo, pidiendo y requiriendo a los atenienses, que castigasen a Temístocles. Creyéronlo los atenienses y ordenaron, de acuerdo con los lacedemonios, prender a Temístocles, que por estar a la sazón desterrado de Atenas, vivía en la ciudad de Argos de ordinario, aunque a menudo salía a tierra de Peloponeso.

Avisado Temístocles de la orden de prisión, partió del Peloponeso, y se fue por mar a Corcira, sabiendo que aquel pueblo le amaba por los muchos bienes y servicios que le había hecho. Pero los de Corcira le dijeron que si le recibían en su ciudad se harían enemigos de los espartanos y de los atenienses, obligándole a saltar en tierra en la parte del continente más cercano de la isla. Sabiendo que allí también le perseguían, y no viendo otra vía de salvación, se acogió a Admeto, rey de los molosos, aunque sabía que no era amigo suyo. Ausente el rey de su ciudad, se encomendó a la reina su mujer, la cual le dijo que tomase a su hijo por la mano, pues esta era la mejor manera de suplicar, y esperase hasta que volviera su marido, que no tardó muchos días. Cuando el rey volvió, Temístocles se presentó ante él, y le dijo: que si cuando era capitán de los atenienses, y el mismo rey estaba sujeto a ellos, le había sido contrario en algunas cosas, no era justo que tomase ahora venganza de él al ponerse en sus manos y pedirle merced; no estando en igualdad de condiciones, pues él se hallaba ahora en más bajo estado, que estaba el rey cuando el mismo Temístocles le ofendió, ni siendo de ánimo generoso vengarse sino de sus iguales. Por otra parte, cuando contrarió al rey procuraba este solamente su bien y provecho y no salvar la vida, como hacía al presente Temístocles; porque si el rey le entregaba a los que le perseguían sería causa de su muerte.

Acabó Temístocles su razonamiento, estando sentado en tierra con el hijo del rey Admeto sobre las rodillas, que es allí la manera de suplicar más eficaz de todas: el rey le mandó levantar, y le prometió que no le entregaría a los lacedemonios ni a los atenienses, lo cual cumplió, cuando poco después llegaron los perseguidores de Temístocles y le dijeron muchas razones para persuadirle que le entregase. Hizo más, sabiendo que quería irse con el rey Jerjes, mandó acompañarle por tierra hasta la ciudad de Pidna, que está situada junto al mar, que pertenece a Alejandro. En esta ciudad se embarcó en un navío que iba para Jonia, arribó frente a la ciudad de Naxos, que los atenienses tenían sitiada, cosa que asustó mucho a Temístocles: mas no por eso se descubrió al patrón de la nave, que no sabía quién era ni por qué huía, sino que le dijo: si no me salvas y me tienes oculto diré a los atenienses que has tomado dinero mío por salvarme, pero si me salvas, te lo pagaré espléndidamente. Para ello es preciso que no permitas a ninguno de los que están embarcados saltar a tierra, teniéndolos aquí, y echada el áncora, hasta que salte más viento para salir. Así lo hizo el patrón y estuvo anclado un día y una noche, hasta que hubo viento, y dirigió el rumbo hacia Éfeso. Llegado a este lugar Temístocles cumplió con el patrón lo prometido, y le dio gran suma de dinero, porque pocos días después le llevaron mucho, así de Atenas como de Argos. Desde allí tomó el camino Temístocles por tierra en compañía de un marino persa, y escribió una carta al rey Artajerjes que había sucedido a Jerjes, su padre, en el reino de Media y de Persia, la cual decía así:

«Yo, Temístocles, vengo a ti, rey Artajerjes. Soy aquel que causó más males a tu casa que ningún otro griego, mientras me vi obligado a resistir al rey Jerjes tu padre, que nos acometió: empero también le hice muchos servicios cuando me fue lícito hacerlos, y si al volver se salvó del peligro en que se vio, a mí lo debe.» Porque después que Jerjes perdió la batalla naval en Salamina, Temístocles le escribió que se diese prisa a volver, fingiendo que los griegos habían determinado cortar los puentes por donde habían de pasar, y que él lo había estorbado. Y lo restante de la epístola decía: «Al presente los griegos me persiguen por amigo tuyo, y aquí estoy dispuesto a hacerte muchos servicios. He resuelto quedarme un año, para mostrarte después la causa por que vengo.»

Cuando el rey leyó la carta, se maravilló extraordinariamente de su contenido, y le otorgó lo que le demandaba, de quedar un año allí antes de presentarse a él; durante el cual aprendió todo cuanto fue posible, así de la lengua, como de las costumbres de los persas. Después se presentó al rey, y fue más temido y estimado de él que ningún otro de los griegos que a él acudieron, así por la dignidad y honra que había tenido antes, como porque le mostraba los medios de sujetar toda Grecia; y principalmente porque daba a conocer por experiencia que era hombre sabio y diligente, de mayor viveza y lucidez de entendimiento que todos los otros, porque su claro talento adivinaba las cosas no aprendidas, y para proveer en los casos repentinos era de muy presto y atinado consejo.

Tenía gran acierto para prever lo porvenir, mucho juicio en las cosas presentes, y en las ambiguas y dudosas, donde había dificultad en juzgar lo bueno o lo malo, una prudencia maravillosa. Además, era el más resuelto de todos los hombres en todas las cosas de que hablaba, así por don de naturaleza como por la presteza de su ingenio.

Declaró al rey todo lo que convenía hacerse para la empresa contra Grecia, pero antes de que llegase el tiempo de realizarla, murió de enfermedad, aunque algunos suponen que se mató con veneno, viendo que no podía cumplir lo que había prometido al rey.

Fue sepultado en la ciudad de Magnesia en Asia, donde se ve hoy día su sepulcro en el mercado: de cuya ciudad el rey le había dado el gobierno y la renta, que ascendía a cincuenta talentos anuales[26] para provisión de pan, y de vino le había dado la ciudad de Lámpsaco por ser el territorio más fértil en vino de toda Asia: y para carnes le dio la ciudad de Miunte[27]. Dicen que sus parientes llevaron sus huesos por disposición del difunto, y los enterraron en tierra de Atenas sin saberlo los atenienses, porque no es permitido, según las leyes, enterrar el cuerpo de hombre juzgado traidor y rebelde.

Este fin tuvieron Pausanias y Temístocles, ambos varones famosos y célebres capitanes entre los suyos.

XVI.

Deliberan los atenienses sobre si deben aceptar la guerra u obedecer las exigencias de los lacedemonios.

Reclamado por los lacedemonios a los atenienses, y por estos a aquellos que purgasen de una parte y de otra las ofensas y los sacrilegios a los dioses, aquellos pidieron de nuevo a estos que pusiesen en libertad a los potidenses, y dejaran vivir a los de Egina según sus leyes; y sobre todo les declararon que comenzarían la guerra contra ellos, si no revocaban el decreto que habían hecho contra los de Mégara, por el cual se les prohibía desembarcar en puertos de los atenienses, acudir a sus ferias y comerciar con ellos. A todas estas demandas, y principalmente a la de revocar el decreto, los atenienses determinaron no obedecer, acriminando a los megarenses porque ocupaban la tierra sagrada y sin término[28], y recibían en su ciudad los esclavos que huían de Atenas.

Finalmente, después de todas estas demandas y respuestas, llegaron tres embajadores de los lacedemonios que eran Ranfio, Melesipo y Agesandro, los cuales sin hacer mención de ninguna de las otras cosas de que habían tratado antes, les dijeron en suma estas palabras: Los lacedemonios quieren la paz con vosotros, la cual podéis gozar si dejáis a los griegos en libertad, y que vivan según sus leyes. Al oír esta demanda los atenienses reunieron su consejo para determinar la última respuesta que les debían dar: y cuando todos dijeron sus pareceres, unos que debían aceptar la guerra y otros que era preferible revocar el decreto contra los megarenses, motivo de la guerra, se levantó Pericles, hijo de Jantipo, que a la sazón era el hombre más principal de toda la ciudad, y con más autoridad para decir y obrar, habló de esta manera:

XVII.

Discurso y opinión de Pericles en el Senado de Atenas, conforme a la cual se da respuesta a los lacedemonios.

«Mi parecer es y fue siempre, varones atenienses, no conceder y otorgar su demanda a los lacedemonios ni rendirnos a ellos, aunque sepa muy bien que los hombres no hacen la guerra al final con aquella ira y ardor de ánimo que la emprenden, sino que según los sucesos mudan y cambian sus voluntades y propósitos. En lo que al presente se consulta, persisto en mi anterior opinión y me parece justo que aquellos de vosotros que participaban de ella si después en algo errásemos, me ayuden a sostener su parecer y el mío; y si acertásemos, que no lo atribuyan a mi sola prudencia y saber, pues comúnmente vemos, que los casos y sucesos son tan inciertos como los pensamientos de los hombres. Por esta razón cuando nos ocurre alguna cosa no pensada acostumbramos culpar a la fortuna.

»Viniendo a lo presente, cierto es que los lacedemonios, antes de ahora, manifiestamente nos han tramado asechanzas y las traman en la actualidad. Porque existiendo en nuestras convenciones y tratados, que si alguna diferencia hubiese entre ambas partes se resuelva en juicio de árbitros de dichas partes, y entretanto las cosas queden en el mismo estado y posesión que se hallaren, debieran pedirnos que sometiéramos a juicio el asunto sobre que hay debate y cuestión, y ni esto piden, ni cuando se lo hemos ofrecido lo han aceptado, porque quieren resolver las cuestiones por medio de las armas y no por la razón, mostrando claramente que antes vienen en son de mando que en demanda de justicia. Nos ordenan que partamos de Potidea, que dejemos a Egina en libertad y que revoquemos el decreto contra los megarenses, y los que han venido a la postre nos mandan que dejemos vivir en libertad a los griegos según sus leyes; y para que ninguno de vosotros piense que es pequeña la exigencia de revocar el decreto contra los de Mégara, a lo cual ellos se atienen, e insisten diciendo que, de hacerlo, no tendremos guerra; y para que ninguno opine que no debemos provocar la guerra por tan poca cosa, os aviso que esta pequeña cosa contiene en sí vuestras fuerzas y la firmeza y consecuencia de todas las otras en que fundo mi opinión. Si les otorgamos esta, inmediatamente os demandarán otra mayor, pareciéndoles que por miedo habéis cedido a su pretensión; y si les recusáis con aspereza, vendrán replicando en igual tono. Por tanto, me parece que debéis determinar a obedecer y pactar con ellos antes de recibir daño, o emprender la guerra, que es lo que yo juzgo por mejor antes que otorgarles cosa alguna grande ni pequeña, para no tener ni gozar con temor lo que tenemos y poseemos.

»En tan gran servidumbre y sujeción se pone el hombre obedeciendo al mandato de sus iguales y vecinos sin tela de juicio, en cosa pequeña como en cosa grande. Y si conviene aceptar la guerra, los que están presentes conozcan y entiendan que no somos los más flacos ni para menos, porque los más de los peloponesios son mecánicos y trabajadores, que no tienen dinero en común ni en particular, ni menos experiencia de guerras, mayormente de las de mar; y si alguna guerra civil tienen no la pueden llevar al cabo por su pobreza. Ni pueden enviar barcos ni traer ejército por tierra, porque se apartarían de sus negocios particulares y perderían su trato y manera de vivir. Además, sabéis bien que la guerra se sostiene más con dinero dispuesto que con empréstitos y demandas. Pues por ser como son mecánicos, y trabajadores sobre todo, antes servirán con sus personas que con dinero, teniendo por cierto que más fácil les será salvar sus cuerpos de los peligros de la guerra que contribuir para los gastos de ella, sobre todo si durare largo tiempo.

»Hablando de lo pasado, sabemos que los peloponesios fueron iguales contra los otros griegos en una sola batalla, y en lo restante nunca fueron poderosos para hacer la guerra a aquellos que estaban mejor provistos que ellos, porque no se rigen por un consejo y parecer, sino por el de muchos, y a causa de ello todo lo que han de hacer lo hacen de repente. Y aunque sean iguales en el derecho de votar, son desiguales en ejercerlo, pues cada uno sigue su opinión y mira por su provecho particular, de lo cual no se puede seguir cosa buena; porque si los unos se inclinan a castigar a alguno y perseguirle, los otros se recatan de gastar de su hacienda. Además, acuden tarde y de mala gana a juntarse en consejo para tratar de cosas de la república, determinan en un momento los negocios de ella y gastan la mayor parte del tiempo en tratar de los suyos privados. Cada cual de ellos piensa que las cosas de la república no recibirían más detrimento por su ausencia, suponiendo habrá alguno que haga por él, como si estuviese presente; y siendo todos de esta opinión, no se cuidan de si el bien de la república se pierde por todos juntos. Lo que alguna vez acuerdan no lo pueden realizar por falta de dinero; porque la guerra y sus oportunidades no requieren largas tardanzas.

»Ni hay por qué temamos sus plazas fuertes, ni su armada; porque, respecto a los muros, aunque estuviesen en paz, difícilmente podrían hacer su ciudad tan fuerte como es la nuestra, y menos en tiempo de guerra, pudiendo nosotros, por el contrario, hacer muy bien nuestros reparos y municiones. Y si fortalecieran alguna plaza poniendo en ella guarnición, es verdad que nos podrían hacer daño recorriendo y robando nuestra tierra por alguna parte y sublevando contra nosotros algunos de nuestros súbditos, pero con todas sus fortalezas no nos podrán estorbar el ataque de su tierra por mar, en la cual somos más poderosos que ellos, por el continuo ejercicio de mar. Tenemos más experiencia para poder hacer la guerra por tierra que ellos para hacerla por la mar, en la cual ni tienen experiencia ni la pueden adquirir fácilmente; porque si nosotros, que continuamente hemos navegado desde la guerra de los medos, no estamos perfectamente enseñados en las cosas del mar, ¿cuánto menos lo estarán aquellos siempre acostumbrados a labrar la tierra?

»Nuestros barcos les impidieron siempre aprender la guerra marítima, y si se atreviesen a combatir por mar, aun careciendo de experiencia, si tuvieran numerosa armada y fuese la nuestra pequeña, cuando vean la nuestra grande, y que les aprieta por todas partes, se guardarán de andar por mar, no acostumbrándose a ella, y sabrán poco y servirán para menos. Porque en el arte de la mar, así como en las otras artes, no basta ejercitarse por algún tiempo; antes para saberlo y aprender bien, conviene no ejercitarse en otra cosa. Y si dijeren que tomando el dinero que hay en los templos de Olimpia y de Delfos nos podrán sonsacar los marineros que tenemos a sueldo, dándoles mayor cantidad que nosotros, contestaré que nos causarían daño si estos no fuesen, como lo son, nuestros amigos. Además tenemos patrones y marineros de nuestra nación en mayor número que todos los otros griegos, y ninguno de los que están a sueldo, aparte el peligro a que se pone si nos dejare, querría verse expulsado de nuestra tierra con la esperanza de enriquecerse más con el partido de ellos que con el nuestro; porque dándoles mayor sueldo será por menos días que les durará el nuestro.

»Estas y otras cosas semejantes de los peloponesios juzgo oportuno recordároslas. De nosotros diré lo que siento. Estamos muy libres de aquello que culpamos en ellos y tenemos otras cosas notables, de que ellos carecen. Si quieren entrar en nuestra provincia por tierra, entraremos en la suya por mar, y no será igual el daño que nos harán al que recibirán de nosotros: porque les podemos destruir parte del Peloponeso y ellos no pueden destruir toda la tierra de Atenas. Además no tienen tierra ninguna libre de guerra, y nosotros tenemos otras muchas, así islas como tierra firme, donde no pueden venir a hacernos daño a causa del mar que poseemos, que es una gran cosa.

»Considerad, pues, que si fuésemos moradores de cualquier isla, seríamos inexpugnables y no podríamos ser conquistados. Ahora bien, en nuestra mano está hacer lo mismo en Atenas que si morásemos en alguna isla, que es dejar todas las tierras y posesiones que tenemos en tierra de Atenas, y guardar y defender solamente la ciudad y la mar. Y si los peloponesios, que son más que nosotros, vinieren a talar y destruir la tierra, no debemos por la ira y enojo presentarles batalla, porque aunque los desbaratemos una vez volverán a venir en tan gran número como antes; y si una vez perdiésemos la jornada, perderíamos la ayuda de todos nuestros súbditos y aliados, que cuando entendiesen que no somos bastantes para acometerles por mar con gruesa armada, harían poco caso de nosotros. Cuanto más, que no debemos llorar por que se pierdan las tierras y posesiones si salvamos nuestras personas, pues las posesiones no adquieren ni ganan a los hombres sino los hombres a las posesiones. Y si me quisiereis creer, antes os aconsejaría que vosotros mismos las destruyerais para dar a entender a los peloponesios que no les habéis de obedecer por causa de ellas.

»Otras muchas razones os podría decir para convenceros de que debéis esperar la victoria, si quisiereis oírme, mas no conviene, estando como estáis en defensa de vuestro estado, pensar en aumentar vuestro nuevo señorío, ni añadir voluntariamente otros peligros a los que por necesidad se ofrecen: que ciertamente yo temo más los yerros de los nuestros, que los pensamientos e inteligencia de nuestros enemigos. De esto no quiero hablar más ahora, sino dejarlo para su tiempo y lugar.

»Y para dar fin a mis razones me parece que debemos enviar nuestros embajadores a los lacedemonios, y responderles que no prohibiremos a los megarenses nuestros puertos, ni los mercados con tal que los lacedemonios no veden la contratación en su ciudad a los extranjeros, como la vedan a nosotros y a nuestros aliados y confederados, pues ni lo uno ni lo otro está exceptuado ni prohibido en los tratados de paz. Y en cuanto al otro punto, que nos piden de dejar las ciudades de Grecia libres, y que vivan con sus leyes y libertad, que así lo haremos si estaban libres al tiempo que se hicieron dichos tratados; y si ellos también permiten a sus ciudades gozar de la libertad que quisieren para que vivan según sus leyes y particulares institutos, sin que sean obligadas a guardar las leyes y ordenanzas de Lacedemonia tocante al gobierno de su república. Queremos estar a derecho y someter las cuestiones a juicio según el tenor de nuestros tratados y convenciones, sin comenzar guerra ninguna; pero que si otros nos la declaran y mueven primero, que trabajaremos para defendernos.

»Esta respuesta me parece justa y honrosa y conveniente a nuestra autoridad y reputación, y juntamente con esto conoced que, pues la guerra no se excusa, si la tomamos de grado, nuestros enemigos nos parecerán menos fuertes: y de cuantos mayores peligros nos libraremos, tanta mayor honra y gloria ganaremos, así en común como en particular. Nuestros mayores y antepasados, cuando emprendieron la guerra contra los medos, ni tenían tan gran señorío como ahora tenemos, ni poseían tantos bienes, y lo poco que tenían lo dejaron y aventuraron de buena gana, usando más de consejo que de fortuna, y de esfuerzo y osadía, que de poder y facultad de hacienda. Así expulsaron a los bárbaros y aumentaron su señorío en el estado que ahora lo veis. No debemos, pues, ser menos que ellos, sino resistir a nuestros contrarios, defendernos por todas vías y trabajar por no dejar nuestro señorío más ruin y menos seguro que le heredamos de ellos.»

Habiendo Pericles acabado su razonamiento, los atenienses, aprobando su consejo, determinaron seguirle, y conforme a él, respondieron a los lacedemonios por medio de sus embajadores, que no harían cosa de lo que ellos demandaban, sino que estaban dispuestos a someter a juicio y responder a sus demandas; y con esta respuesta los embajadores volvieron a su tierra. En adelante no curaron de enviar más embajada los unos a los otros. Empero las causas de las diferencias entre ambas partes antes de la guerra, tuvieron origen en las cosas que ocurrieron en Epidamno y en Corcira, aunque por estas no dejaban de comunicarse unos con otros sin farautes ni salvoconducto, aunque ya se recelaban y tenían sospecha entre sí, pues lo que entonces se hacía fue causa de la perturbación y rompimiento de las treguas, y materia y ocasión de la guerra.

FIN DEL LIBRO PRIMERO.

Notes in this chapter

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