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Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

LIBRO II.

Diego Gracián translation

SUMARIO.

I. Los beocios, antes de empezar la guerra, se apoderan por sorpresa de la ciudad de Platea, favorable a los atenienses, siendo arrojados de ella y muertos la mayoría de los que entraron. — II. Grandes aprestos de guerra de ambas partes y de las ciudades a ellas aliadas. — III. Discurso que Arquidamo, rey de los lacedemonios, dirige a los suyos para animarles a la guerra — IV. Persuadidos por Pericles los atenienses que vivían en los campos, acuden con sus bienes a la ciudad, y se preparan a la guerra. — V. Los peloponesios entran a saco en tierra de Atenas, y por consejo de Pericles solo salen contra ellos las tropas de caballería de los atenienses. — VI. Grandes aprestos por mar y tierra que los atenienses hicieron en el verano en que empezó la guerra y el invierno siguiente. Nuevas alianzas hechas por ellos en Tracia y Macedonia, y exequias públicas con que en Atenas honraron la memoria de los muertos en la guerra. — VII. Discurso de Pericles en loor de los muertos. — VIII. Epidemia ocurrida en la ciudad y campo de Atenas en el verano siguiente. Nuevos aprestos belicosos y desesperación de los atenienses. — IX. Discurso de Pericles al pueblo de Atenas para aquietarlo, exhortarle a continuar la guerra y a sufrir con resignación los males presentes. — X. Virtudes y loables costumbres de Pericles. — XI. Nuevos aprestos de guerra que por ambas partes se hicieron aquel verano. La ciudad de Potidea capitula con los atenienses. — XII. Los peloponesios sitian Platea, defendiéndola sus moradores. — XIII. Combate de los atenienses delante de la ciudad de Espartolo, en tierra de Botiea, y de los peloponesios delante de Estrato, en la región de Acarnania. — XIV. Triunfan los atenienses en batalla naval contra los peloponesios, y de ambas partes se preparan a pelear nuevamente en el mar. — XV. Discurso y recomendaciones de Cnemo y de los otros capitanes peloponesios a los suyos. — XVI. Discurso y exhortación de Formión, capitán de los atenienses, a los suyos. — XVII. En la segunda batalla naval ambas partes pretenden haber conseguido la victoria. — XVIII. Intentan los peloponesios tomar por sorpresa el puerto del Pireo, y no lo logran. — XIX. Sitalces, rey de los odrisios, entra en tierra de Macedonia, reinando Pérdicas, y sale de ella sin hacer cosa digna de memoria. — XX. Proezas de Formión, capitán de los atenienses, en Acarnania, y origen de esta tierra.

I.

Los beocios, antes de empezar la guerra, se apoderan por sorpresa de la ciudad de Platea, favorable a los atenienses, siendo arrojados de ella y muertos la mayoría de los que entraron.

La guerra entre atenienses y peloponesios comenzó por los medios y ocasiones arriba dichos, y asimismo entre los aliados y confederados de ambas partes, la cual continuó después de comenzada, sin que pudiesen contratar los unos ni los otros sino mediante farautes y salvo conducto. Escribiremos, pues, de ella, y contaremos por orden lo que pasó así en el verano como en el invierno. Empezó quince años después de los tratados de paz que habían hecho por treinta años, cuando tomaron a Eubea[29], que fue a los cuarenta y ocho años del sacerdocio de Críside en la ciudad de Argos, siendo éforo en Esparta Enesio, y presidente y gobernador en Atenas Pitodoro, seis meses después de la batalla que se dio en Potidea, al principio de la primavera. Y en este tiempo algunos tebanos, que serían en número de trescientos, llevando por sus capitanes dos caballeros beocios de los más principales, llamados el uno Pitángelo, hijo de Fílidas, y el otro Diémporo, hijo de Onetóridas, entraron por sorpresa una noche al primer sueño en la ciudad de Platea, situada en tierra de Beocia, y a la sazón confederada con los atenienses. Pudieron hacerlo por tratos e inteligencias con algunos de la ciudad que les abrieron las puertas, que fueron Nauclides y sus compañeros, los cuales querían entregarla a los tebanos, esperando por esta vía destruir la influencia de algunos ciudadanos que eran enemigos suyos, y también por su provecho particular. Para los tratos sirvió de mediador Eurímaco, hijo de Leontíadas, que era el hombre más principal y más rico de Tebas.

Los tebanos, conociendo que en todo caso la guerra se había de hacer contra los atenienses, quisieron antes que se declarase tomar aquella ciudad, que siempre había sido su enemiga: y por este medio entraron en ella fácilmente sin ser sentidos de persona alguna, porque no había guardia y llegaron hasta la plaza, no pareciéndoles entonces poner por obra lo que habían otorgado a los ciudadanos que les facilitaron la entrada, que era ir a destruir las casas de sus enemigos particulares, antes hicieron pregonar que todos aquellos que quisiesen ser aliados de los beocios, y vivir según sus leyes, acudieran allí y trajesen sus armas, esperando que por esta vía atraerían a los ciudadanos a su voluntad. Cuando los de Platea sintieron que los tebanos estaban dentro de su ciudad, temiendo que fuesen más los que habían entrado (porque no los podían ver por ser de noche), aceptaron su petición, fueron a ver y hablar con ellos, y viendo que no querían hacer novedad alguna, se sosegaron. Después, andando en los tratos, conocieron que eran muy pocos, y determinaron acometerlos porque los plateenses se apartaban de mala gana de la alianza con los atenienses. Para no ser vistos si se juntaban por las calles, horadaron sus casas por dentro y pasaron de unas a otras: así en poco rato se hallaron todos juntos en un lugar, pusieron muchas carretas atravesadas en las calles que les sirviesen de trincheras e hicieron otros reparos que les parecieron convenientes y necesarios en aquel momento. Juntos todos, y casi una hora antes del día, salieron de su estancia y vinieron a dar sobre los tebanos, que aún estaban en el mercado esperando. Salieron de noche temiéndose que si los acometían de día se defenderían mejor y con más osadía que no de noche estando en tierra extraña y no teniendo noticia del lugar, según que por experiencia se mostró. Porque viéndose los tebanos engañados y que cargaban sobre ellos, tentaron dos o tres veces salir por alguna calle, mas de todas partes fueron lanzados. Entonces con el gran ruido que había, así de aquellos que les perseguían como de las mujeres y niños, y otros que les tiraban piedras y lodo desde las ventanas, y también con la lluvia que estaba cayendo, quedaron tan atónitos que se dieron a huir por las calles como podían, sin saber dónde iban a parar, así por la mala noche como por no conocer la ciudad; no pudiendo salvarse por ser tan perseguidos y también porque uno de los ciudadanos acudió prontamente a la puerta por donde habían entrado, la única que estaba abierta, y la cerró con una gran tranca en lugar de cerrojo, de manera que los tebanos no pudieron salir por allí. Algunos de ellos subieron sobre las murallas y se arrojaron por ellas pensando salvarse, de los cuales murió el mayor número. Otros llegaron a una puerta que no tenía guardas, y con una hoz que les dio una mujer quebraron la cerradura y se salieron, aunque estos fueron muy pocos, porque los vieron en seguida. Los que andaban por las calles, como los que quebrantaron la cerradura, fueron a parar a un edificio grande que estaba junto a los muros, cuya puerta hallaron por acaso abierta, y pensando que fuese alguna de las puertas de la villa y que se podrían salvar, entraron por ella. Entonces, viendo los ciudadanos que todos estaban encerrados, discutieron si les pondrían fuego para quemarlos a todos juntos, o si los matarían de otra manera. Mas al fin aquellos y todos los otros que andaban por la villa se rindieron con sus armas a merced de los de la ciudad.

Entretanto que esto pasaba en la ciudad de Platea, los otros tebanos que habían de seguir de noche con toda la gente a los que primero habían entrado para ayudarles si fuese menester, tuvieron nuevas en el camino de que los suyos habían sido desbaratados y perseguidos; apresuráronse lo más que pudieron a acudir en su socorro, mas no pudieron llegar a tiempo, porque de Tebas a Platea hay noventa estadios[30], y la lluvia grande que había caído aquella noche les detuvo; además el río Asopo, que habían de atravesar, a causa de la mucha agua que había caído, estaba malo de pasar a vado. De modo que cuando pasaron a la otra parte y fueron avisados de que los suyos, que entraron primero en la ciudad, habían sido todos muertos o presos, celebraron consejo entre sí para acordar si prenderían a todos los de Platea que estaban fuera de la ciudad, que serían muchos, y asimismo gran número de bestias, ganado, y bienes muebles, a causa de que aún no estaba declarada la guerra, para con esta presa rescatar los prisioneros de los suyos que quedaron vivos dentro de la ciudad. Estando en esta consulta, los plateenses, sospechando lo que tramaban, les enviaron un faraute para demostrarles que habían hecho lo que debían al querer tomarles por sorpresa su ciudad durante la paz, y para declararles que si hacían daño a los ciudadanos que estaban en el campo matarían todos los prisioneros tebanos que tenían; pero que si se iban fuera de sus tierras sin injuriarles, se los entregarían vivos; jurándolo así, según afirman los tebanos, aunque los de Platea dicen que no les prometieron darles en seguida sus prisioneros, sino después de hecho el convenio, y esto sin juramento. De cualquier manera que sea, los tebanos partieron para su ciudad sin hacer daño en tierra de los plateenses; y los plateenses, después de traer a la ciudad todo lo que tenían en los campos, mandaron matar los prisioneros que serían cerca de ciento ochenta, entre los cuales estaba Eurímaco, que había convenido la traición. Así hecho, enviaron su mensajero a Atenas y entregaron los muertos a los tebanos, según su promesa, abasteciendo su ciudad de todas las cosas necesarias.

Cuando los atenienses supieron lo que había pasado en Platea, mandaron prender a todos los beocios que se hallasen en tierra de Atenas y enviaron su mensajero a Platea para que no hiciesen mal ninguno a los tebanos que tenían en prisión hasta que ellos determinasen en consejo lo que debiera hacerse, pues no sabían que los hubiesen muerto, porque el primer mensajero que vino a Atenas partió de Platea cuando los tebanos entraron, y el segundo después que fueron vencidos y presos. Enviaron los atenienses su faraute o trompeta, y cuando llegó halló que todos los prisioneros habían sido muertos. Los atenienses enviaron un ejército a Platea con provisión de trigo para abastecer la ciudad; juntamente con esto dejaron buena guarnición de gente de guerra, y sacaron de la ciudad las mujeres y los niños, y los otros que no eran para tomar las armas.

II.

Grandes aprestos de guerra de ambas partes y de las ciudades a ellas aliadas.

Hechas estas cosas en Platea, y viendo los atenienses claramente las treguas rotas, se aprestaron a la guerra, y lo mismo hicieron los lacedemonios y sus aliados y confederados. Ambas partes enviaron sus embajadores al rey de Media y a los otros bárbaros de quien esperaban ayuda, y procuraban traer a su bando las ciudades de fuera de su señorío. Los lacedemonios encargaron a las ciudades de Italia y Sicilia, que seguían su partido, que hiciesen navíos de guerra, cada cual cuantos pudiese, además de los que tenían aparejados, de suerte que llegasen al número de quinientos, y también que les proveyesen de dinero, no cuidando de hacer otros aprestos; que no recibiesen en sus puertos más de una nave de Atenas cada vez, hasta tanto que estuvieran dispuestas todas las cosas necesarias para la guerra.

Los atenienses por su parte, primeramente apercibieron a las ciudades sus confederadas y enviaron sus embajadores a las otras cercanas al Peloponeso, como son Corcira, Cefalenia, Acarnania, Zacinto; porque entendían que si estas ciudades se aliaban con ellos, más seguramente podrían hacer guerra por mar en torno del Peloponeso.

Ninguna de ambas partes fijaba sus pensamientos en cosas pequeñas, ni emprendían la guerra de otra suerte sino como convenía a su autoridad y reputación; y como al principio todos se disponen con ardor a la guerra, muchos jóvenes, así de Atenas como del Peloponeso, de buena gana se alistaban porque no la habían experimentado. Además todas las otras ciudades de Grecia se animaban viendo que las principales se inclinaban a ella.

Había muchos pronósticos, y relataban los oráculos respuestas de los dioses de muchas maneras, así en las ciudades que emprendían la guerra, como en las otras. Y aconteció que en Delos tembló el templo de Apolo, lo cual nunca fue visto ni oído desde que los griegos se acuerdan. Y por las señales que veían juzgaban todo lo venidero y lo inquirían con toda diligencia. La mayor parte se aficionaban antes a los lacedemonios que a los atenienses, porque decían y publicaban que querían dar a Grecia la libertad. De aquí que todos, así en común como en particular, de palabra y de obra, se disponían a ayudarles con tanta afición, que cada cual pensaba que si él no se hallaba presente, la cosa se impediría por su falta. Muchos estaban indignados contra los atenienses: unos porque les quitaban el mando, y otros porque temían caer en su dominio. Así, pues, de corazón y de obra se preparaban de ambas partes. Las ciudades que cada cual tenía por amigas y confederadas para la guerra eran estas: de parte de los lacedemonios, todos los peloponesios que habitan dentro del estrecho de mar que llaman Istmo, excepto los argivos y los aqueos, que eran tan amigos de los unos como de los otros; y de los aqueos no hubo al principio sino los pelenos que fuesen del partido de los lacedemonios, aunque a la postre lo fueron todos. Fuera del Peloponeso eran de su bando los megarenses, los focenses, los locros, los beocios, los ambraciotes, los leucadios, los anactorios. De estos, los corintios, los megarenses, los sicionios, los pelenos, los eleos, los leucadios y los ambraciotes proveyeron de navíos; los beocios, los focenses y los locros de gente de a caballo, y las otras ciudades de infantería.

De parte de los atenienses estaban los de Quíos, los de Lesbos, los de Platea y los mesenios, que habitan en Naupacto, y muchos de los acarnanios; los corcirenses, los zacintios y los otros que son sus tributarios, entre los cuales eran los carios, que habitan la costa de la mar, y los dorios que están junto a ellos. La tierra de Jonia, los de Helesponto y muchos lugares de Tracia; y todas las islas que están fuera del Peloponeso y de Creta hacia levante, que se llaman Cícladas, excepto Melos y Tera. De estos, todos los de Quíos, Lesbos y los corcirenses proveyeron de navíos, y los otros todos de gente de a pie. Tal fue el apresto y ayuda de los aliados y confederados de las dos partes.

Volviendo a la historia, los lacedemonios cuando supieron lo que había acaecido en Platea, enviaron un mensaje a sus aliados y confederados para que tuviesen a punto su gente; y prepararon todas las cosas necesarias para salir al campo un día señalado, y entrar por tierra de Atenas. Hecho así, las fuerzas de todas las ciudades se hallaron a un mismo tiempo en el estrecho del Peloponeso llamado Istmo, y poco después arribaron los otros. Cuando todo el ejército estuvo reunido, Arquidamo, rey de los lacedemonios, que era caudillo de toda la hueste, mandó llamar a los capitanes de las ciudades, y principalmente a los más señalados, y les dijo estas razones:

III.

Discurso que Arquidamo, rey de los lacedemonios, dirige a los suyos para animarles a la guerra.

«Varones peloponesios y vosotros nuestros compañeros aliados y confederados, bien sabéis que nuestros mayores y antepasados hicieron muchas guerras así en tierra del Peloponeso como fuera de ella. Y aquellos de nosotros que somos más ancianos tenemos alguna experiencia de guerra, empero nunca jamás tuvimos tan gran aparato de ella ni salimos con tan gran poder como al presente, que vamos contra una ciudad muy poderosa y donde hay muchos y muy buenos guerreros. Por tanto es justo que no nos mostremos inferiores a nuestros mayores, ni demos vergüenza a la gloria y honra ganada por ellos y por nosotros adquirida, porque a toda Grecia conmueve esta guerra, y está muy atenta a la mira, esperando y deseando el buen suceso de nuestra parte, por el gran odio que tiene a los atenienses.

»Mas no porque nos parezca que somos muchos en número, y que vamos contra nuestros enemigos con gran osadía, debemos pensar que no osarán salir a pelear contra nosotros, y por esta causa no nos debemos descuidar en ir bien apercibidos; antes conviene que cada cual de nosotros, así el capitán de la ciudad, como el soldado, se recele siempre de caer en algún peligro por su culpa; pues los casos de la guerra son inciertos, de las cosas pequeñas se llega a las más grandes, y hartos vienen a las manos por una pequeña causa o por ira. Muchas veces los que son en menor número porque se recatan de los que son más, los vencen, si aquellos, por tener en poco a su contrario, van mal apercibidos. Por lo cual, conviene siempre que, entrados en tierra de los enemigos, tengamos ánimo y corazón de pelear osadamente, y que venidos al hecho nos apercibamos con recelo y cautela. Haciéndose esto, seremos más animosos para acometer a los enemigos, y más seguros para pelear resistiendo. Debemos pensar que no vamos contra una ciudad flaca y desapercibida incapaz de defenderse, sino contra la ciudad de Atenas, muy provista de todas las cosas necesarias, y creer que son tales que saldrán a pelear contra nosotros; si no fuere ahora, a lo menos cuando nos vieren en su tierra talándola y destruyéndola, porque todos aquellos que ven al ojo y de repente algún mal no acostumbrado, se mueven a ira y saña, y generalmente los menos razonables salen con ira y furor a la obra, lo cual es verosímil hagan los atenienses más que todas las otras naciones, porque se tienen por mejores y más dignos de mandar y dominar a los otros, y de destruir la tierra de sus vecinos antes que ver destruida la suya.

»Vamos, pues, contra una ciudad tan poderosa, a buscar honra y gloria para nosotros y para nuestros antepasados, y para alcanzar ambas cosas seguid a vuestro caudillo, procurando ante todo ir en buen orden y guarda de vuestras personas y hacer pronto lo que os mandaren, porque no hay cosa más hermosa de ver ni más segura, que siendo muchos en una hueste, todos a una vayan dispuestos en buen orden.»

Cuando Arquidamo terminó su arenga y despidió a los oyentes, envió ante todas cosas al espartano Melesipo, hijo de Diácrito, a Atenas, por ver si los atenienses se humillarían más, viéndolos ya puestos en camino. Pero estos no quisieron admitir a Melesipo en su Senado, ni menos en su ciudad; y le despidieron sin darle audiencia, porque en esto venció el parecer de Pericles, de no admitir faraute ni embajador de los lacedemonios, después que hubiesen tomado las armas contra ellos. Mandaron, pues, a Melesipo que saliese de sus términos dentro de un día, y dijese a los que le enviaron que en adelante no les enviasen embajada sin salir primero de los términos de Atenas y volver a sus tierras. Diéronle guías para que no le sucediera ningún percance. Al llegar a los términos de su tierra, cuando querían despedirle los guías, les dijo estas palabras: «Este día de hoy será principio de grandes males para los griegos.»

Llegó Melesipo al campamento de los lacedemonios, y Arquidamo supo por él que los atenienses no habían perdido nada de su altivez, levantó su real, y entró con su hueste en tierras de los enemigos; y por otra parte los beocios se metieron en tierra de Platea, talándola y robándola con la parte del ejército que no habían dado a los del Peloponeso. Y esto lo hicieron antes que los otros peloponesios se juntasen en el Istmo y cuando estaban en camino antes de entrar por tierra de Atenas.

IV.

Persuadidos por Pericles, los atenienses que vivían en los campos acuden con sus bienes a la ciudad y se preparan a la guerra.

Pericles, hijo de Jantipo, el primero de los diez capitanes de los atenienses, al saber la entrada de los enemigos en tierra de Atenas, sospechando que Arquidamo, porque había sido su huésped en Atenas, vedase a los suyos tocar a las posesiones que tenía fuera de la ciudad, en prueba de cortesía o por agradarle, o de propósito por mandado de los lacedemonios para hacerle sospechoso entre los atenienses, como antes lo había querido hacer, pidiendo que le echasen de la ciudad por estar contaminado de sacrilegio, según arriba contamos, se adelantó y, en pública asamblea, habló a los atenienses, diciéndoles que no por haber sido Arquidamo su huésped y vivir en su casa, le había de ocurrir a la ciudad mal ninguno, y que si los enemigos quemasen y destruyesen las casas y posesiones de los otros ciudadanos, y quisiesen, por ventura, reservar las suyas, las daba y hacía donación de ellas desde entonces a la ciudad, para que no sospecharan de él. Y amonestoles, cual lo había hecho al principio, para que se prepararan a la guerra, trayendo a la ciudad todos los bienes que tenían en el campo, y que no saliesen a pelear, sino que entrasen en la ciudad, la guardasen y defendiesen sus navíos y municiones de mar de que estaban bien abastecidos, que tuviesen bajo su mano y en amistad y obediencia a sus aliados y confederados, diciendo que sus fuerzas todas, estaban en estos por el dinero que adquirían de la renta que les daban, pues principalmente, en caso de guerra, la victoria se alcanza por buen consejo y por la copia del dinero, mandándoles que tuvieran gran confianza en la renta de los tributos de los súbditos y aliados y confederados, que montaba a seiscientos talentos[31], sin las otras rentas que tenían en común, y asimismo confiasen en el dinero guardado en su fortaleza, que pasaba de seis mil talentos[32]; pues aunque habían reunido nueve mil setecientos, lo que faltaba se había gastado en los reparos de los propileos de la ciudadela[33], y en la guerra de Potidea. Contaban, además, con gran cuantía de oro y plata, sin los vasos sagrados y otros ornamentos de los templos, sin lo que tenían consignado para las fiestas y juegos, sin lo que habían ganado del botín de los medos, y otras cosas semejantes que valdrían poco menos de quinientos talentos[34], y sin contar el mucho dinero que tenían los templos, del cual se podrían servir y aprovechar en caso necesario. Y cuando todo faltase podían tomar el oro de la estatua de la diosa, que pesaba más de cuarenta talentos[35] de oro fino y macizo, que les sería lícito tomar para el bien y pro de la república, devolviéndolo íntegramente después de la guerra. Así les aconsejaba que confiasen en su dinero.

En cuanto a la gente de guerra, les mostró que tenían quince mil combatientes armados, sin aquellos que estaban en guarnición en las plazas y fortalezas, que serían más de diez y seis mil; pues tantos eran los que estaban guardándolas desde el principio, entre viejos, mozos y advenedizos, todos con sus armas. Y tenían la muralla llamada de Falero, que se extendía desde la ciudad hasta la mar, de treinta y cinco estadios[36] de larga, y el muro que rodeaba la ciudad, de cuarenta y tres en torno, porque la muralla que estaba entre el muro falérico y el que llamaban gran muro, que asimismo se extendía hasta la mar, y era de cuarenta estadios de largo, no tenía guardas, a causa de que los otros dos muros exteriores estaban bien guardados. Asimismo, se guardaba la fortaleza del puerto llamado Pireo, la cual, con la otra fortaleza vecina llamada Muniquia, tenía sesenta estadios de circuito y en su mitad había guarnición.

Además contaban mil doscientos hombres de armas y seiscientos ballesteros a caballo. Tal era el aparato de guerra de los atenienses, sin faltar nada, cuando los peloponesios entraron en su tierra.

Otras muchas razones les dijo Pericles como acostumbraba, para mostrarles que llevarían la mejor parte en aquella guerra, las cuales, oídas por los atenienses, fácilmente les persuadieron, metiendo en la ciudad todos los bienes que tenían en el campo. Después enviaron por mar sus mujeres, sus hijos, sus muebles y alhajas, hasta la madera de los edificios que habían derribado en los campos, y sus bestias de carga a Eubea y otras islas cercanas. Esta emigración les fue ciertamente muy pesada y trabajosa, porque de mucho tiempo tenían por costumbre vivir en los campos la mayor parte de ellos, donde tenían sus casas y sus labranzas. Y desde el tiempo de Cécrope y de los otros primeros reyes hasta Teseo, la tierra de Ática fue muy poblada de villas y lugares, y cada lugar tenía su justicia y jurisdicción que llaman pritaneo, porque viviendo en sosiego y sin guerra no fuera menester la ida del rey para consultar sus negocios, aunque algunos de ellos tuvieron guerra entre sí, como los eleusinos después de que Eumolpo se juntó con Erecteo. Pero desde que Teseo empezó a reinar, que fue hombre poderoso, sabio y bien entendido, además de reducir a policía y buenas costumbres muchas otras cosas en la tierra, quitó todos aquellos consejos y justicias y obligó a los habitantes a vivir en la ciudad bajo un senado y una jurisdicción y a que labrasen sus tierras como antes, y eligiesen domicilio y tuviesen sus casas y morada ordinaria en aquella ciudad, la cual en su tiempo llegó a ser grande y poderosa por sucesión de los descendientes. En memoria de tan gran bien, en semejante día al en que fue hecha aquella unión de la ciudad, celebran hasta hoy los atenienses una fiesta solemne todos los años en honra de la diosa Minerva. Antes de Teseo, no era la ciudad más grande que ahora es la Acrópolis y la parte que está al mediodía, según aparece por los templos de los dioses, que están dentro de la Acrópolis, y los otros que están fuera, hacia el mediodía, el de Júpiter Olímpico, el de Apolo, el de la diosa Ceres y el de Baco, en el cual celebraban todos los años las fiestas bacanales el día diez del mes de Antesterión[37], como las celebran hoy los jonios, descendientes de los atenienses; otros muchos templos antiguos que hay en el mismo lugar y la fuente que después que los tiranos la reedificaron llámanla de los nueve caños, y antes se llamaba Calírroe, de la cual se servían, porque estaba cercana al lugar, para muchas cosas, como ahora también se sirven para los sacrificios, y especialmente para los casamientos. A la Acrópolis que está en lo más alto de la ciudad llaman hoy día los atenienses Ciudadela, en memoria de la antigua.

Volviendo, pues, a la historia, los atenienses que antiguamente tenían sus moradas en los campos, aunque después se metieron en la ciudad y fueron reducidos a policía, por la costumbre que antes tenían de estar en el campo, vivían en él casi todos ellos con su casa y familia, así los viejos ciudadanos como los nuevos, hasta esta guerra de los lacedemonios, por ello les contrariaba mucho recogerse a la ciudad, y especialmente porque después de la guerra con los medos habían llevado a ellos sus haciendas y alhajas. También les pesaba dejar sus templos y sus dioses particulares que tenían en los lugares y aldeas del campo y su manera antigua de vivir, de suerte que a cada cual le parecía que se expatriaba al dejar su campo y aldea. Al entrar en la ciudad muy pocos tenían casas, unos se alojaban con sus parientes y amigos, la mayor parte en lugar no poblado de la ciudad, y dentro de todos los templos (excepto la Acrópolis y el Eleusinio, y otros más cerrados y guardados). Algunos hubo que se aposentaron en el templo nombrado Pelasgicón[38], que estaba por debajo de la ciudad vieja aunque no les era lícito habitar allí, según les amonestaba un verso del oráculo de Apolo, que decía así:

El pelásgico templo tan precioso, Vacío está bien y ocioso.

Aunque a mi parecer el oráculo dijo lo contrario de lo que se entendía, porque las calamidades y desventuras no sobrevinieron a la ciudad porque el templo fuera profanado al habitarlo las gentes, según quisieron dar a entender, sino que antes al contrario por la guerra vino la necesidad de vivir en él. El oráculo de Apolo, previendo la guerra que debía ocurrir, dijo que cuando se habitara no sería por su bien. También muchos hicieron sus habitaciones dentro del cerco de los muros, y en conclusión cada cual se alojaba como podía, porque la ciudad no se lo estorbaba, viendo tan gran multitud de gentes venir de los campos, aunque después fueron repartidos a lo largo de los muros y en una gran parte del Pireo.

Cuando los hombres y sus bienes fueron recogidos dentro de la ciudad, todos pusieron atención en proveer las cosas necesarias para la guerra, en procurar la ayuda y socorro de las ciudades confederadas, y en aparejar cien navíos de guerra para enviarlos contra el Peloponeso.

V.

Los peloponesios entran a saco en tierra de Atenas y, por consejo de Pericles, solo salen contra ellos las tropas de caballería de los atenienses.

Entrado el ejército de los peloponesios en tierra de Atenas, asentó su real primeramente delante de la ciudad de Énoe, que estaba situada entre los términos de Atenas y Eubea. Y porque la ciudad era tan fuerte que los atenienses la tenían por muralla y amparo de la tierra en tiempo de guerra, determinaron tomarla por asalto. Para combatirla prepararon sus máquinas y pertrechos; mas porque en estos aprestos gastaban mucho tiempo en balde, concibieron sospecha contra Arquidamo su caudillo de que fuese favorable a los atenienses, porque ya antes les había parecido flojo y negligente en juntar los amigos y confederados, animándoles muy friamente para la guerra; y una vez junto el ejército, se había tardado mucho en el istmo del Peloponeso antes que partiesen, y después de partir también había sido negligente. Mas sobre todo le culpaban de haber tenido mucho tiempo el cerco de la ciudad de Énoe, pareciéndole que si usara de diligencia hubieran entrado con más presteza en tierra de Atenas, robando y talando todos los bienes y haberes que los atenienses tenían en los campos antes que los recogiesen en la ciudad. Esta sospecha concibió el ejército de Arquidamo estando en el cerco de Énoe; aunque él, según dicen, le detenía y alargaba esperando que los atenienses, antes que les comenzasen a talar la tierra, se humillarían, por no verla destruir a su presencia. Viendo los peloponesios que a pesar de todos sus esfuerzos, no podían tomar Énoe, y también que los atenienses no les habían enviado ningún faraute ni trompeta durante el sitio, levantaron el cerco y partieron de allí, ochenta días después que ocurrió el hecho de los tebanos en Platea, y entraron por tierra de Atenas cuando ya los trigos estaban en sazón de segarse[39], llevando por su capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de Esparta, destruyeron y talaron toda la tierra, comenzando por la parte de Eleusis y de los campos de Tría e hicieron volver las espaldas a la gente de a caballo de los atenienses, que habían salido contra ellos en un lugar que se llamaba Ritos[40]. Después pasaron adelante dejando a mano derecha el monte de Egaleo al través de la región llamada Cecropia y vinieron hasta Acarnas, que es la ciudad más grande que hay en toda la región de Ática. Junto a ella establecieron su campamento y allí estuvieron mucho tiempo, talando y robando la tierra.

Dicen que Arquidamo se detuvo alrededor de la villa con todo su ejército dispuesto de batalla, sin querer descender a lo llano en el campo, esperando que los atenienses, porque tenían gran número de mancebos en la flor de su mocedad codiciosos de la guerra, que nunca habían visto, saldrían contra ellos, y no sufrirían ver así destruir y robar su tierra. Y cuando vio que no habían salido estando sus enemigos en Eleusis y después en Tría, quiso tentar si osarían ir para hacerles levantar el cerco puesto a Acarnas, considerando además que este lugar era muy favorable para acampar. También le parecía que los de la ciudad, que serían la tercera parte atenienses, porque había dentro tres mil hombres de guerra, no sufrirían destruir su tierra: que todos los de Atenas y de Acarnas saldrían a darles la batalla: y que si no osaban salir, podrían en adelante con menos temor quemar y talar toda la tierra de los atenienses y llegar hasta los muros de la ciudad; porque cuando los acarnienses viesen toda su tierra destruida y sus haciendas perdidas, no se determinarían tan ligeramente a ponerse en peligro por guardar las tierras y las haciendas de otros, con lo cual habría división y discordia entre ellos y serían de diversos pareceres.

Esta era la opinión de Arquidamo cuando estaban sobre Acarnas. Los atenienses, mientras sus enemigos estuvieron alrededor de Eleusis y en tierra de Tría, creyeron que no pasarían adelante porque se acordarían de que, catorce años antes de aquella guerra, Plistoanacte, hijo de Pausanias y rey de los lacedemonios, habiendo entrado en tierra de Ática con el ejército de los peloponesios, cuando llegó hasta Eleusis y Tría, volviose sin pasar adelante; por lo cual fue desterrado de Esparta, donde sospecharon que había tomado dinero por volverse.

Mas cuando supieron que el ejército de los enemigos estaba sobre Acarnas, distante sesenta estadios de Atenas, y que ante sus ojos talaban y destruían sus tierras, lo cual nunca había visto hombre de la ciudad mozo ni viejo (excepto en la guerra de los medos), parecioles cosa intolerable y dura de sufrir, y determinaron, sobre todo los jóvenes, no sufrirlo más, saliendo contra sus enemigos.

Reunidos todos los del pueblo, tuvieron gran altercado porque unos querían salir y otros no lo permitían. Los adivinos y agoreros, a quien todos se atenían, interpretaban de diverso modo, y según la voluntad de cada uno, las señales de los oráculos. Por otra parte los acarnienses, viendo que les destruían la tierra, daban prisa a los atenienses a que saliesen, y les parecía que así debían hacerlo, siquiera por socorrer a los atenienses que había dentro de la ciudad. De manera que Atenas estaba muy revuelta y en grandes disensiones. Se ensañaban contra Pericles y le injuriaban porque no quería sacarlos al campo siendo su capitán, diciendo que él era causa de todo el mal, sin acordarse del consejo que les había dado y de lo que les había amonestado antes de la guerra.

Entonces Pericles, viéndolos atónitos por los males de su tierra, y que no tenían buen acuerdo en querer salir contra toda razón, no quiso reunirles ni pronunciar discurso, según tenía por costumbre, temiendo que determinasen obrar algo antes por ira que por juicio y razón, sino que ordenó la manera de guardar la ciudad y tenerla tranquila lo mejor posible. Empero, mandó salir al campo alguna gente de a caballo para impedir que los que venían del ejército enemigo a recorrer las tierras cercanas a la ciudad no las pudiesen robar ni hacer daño. Hubo algunas escaramuzas en el lugar que llaman Frigias entre atenienses y tesalios contra los beocios, en las cuales los atenienses y los tesalios no llevaban lo peor hasta tanto que la gente de a pie de los beocios acudió a socorrer a su caballería, porque entonces los atenienses volvieron las espaldas y fueron muertos muchos de ellos y de los tesalios: y en el mismo día llevaron sus cuerpos a la ciudad sin pedirlos a los enemigos, como era costumbre. Al día siguiente los peloponesios levantaron trofeo en este mismo lugar en señal de victoria. Esta ayuda que los tesalios prestaron a los atenienses fue por la confederación y alianza antigua que tenían con ellos: por eso entonces les habían enviado aquel socorro de gente de a caballo de Larisa, de Fársalo, de Parrasia, de Girtón y de Feras. Por capitanes de los de Larisa venían Polimedes y Aristónoo. De Fársalo, Menón, y otros de cada cual de aquellas ciudades.

Cuando los peloponesios vieron que los atenienses no salían a batallar contra ellos, alzaron el cerco de Acarnas y fueron a talar y robar otros lugares que estaban entre Parnes y el monte Brileso.

VI.

Grandes aprestos por mar y tierra que los atenienses hicieron en el verano en que empezó la guerra y el invierno siguiente. Nuevas alianzas hechas con ellos en Tracia y Macedonia, y exequias públicas con que en Atenas honraron la memoria de los muertos en la guerra.

Mientras los peloponesios andaban robando y destruyendo la tierra de Ática, los atenienses hicieron salir de su puerto las cien naves que tenían armadas, en las cuales había mil hombres de pelea y cuatrocientos flecheros, que tenían por sus capitanes a Cárcino, hijo de Jenotimo, a Proteas, hijo de Epicles, y a Sócrates, hijo de Antígenes, para recorrer la costa del Peloponeso, hacia donde dirigieron el rumbo.

Volviendo a los peloponesios, estuvieron en tierra de Ática mientras les duraron los víveres, y cuando comenzaron a faltarles las provisiones, dirigiéronse por tierra de Beocia sin hacer mal ni daño. Mas cuando pasaron por la región de Oropo, que estaban sujetos a los atenienses, les tomaron una parte de tierra llamada Pirace. Hecho esto, regresaron a sus casas al Peloponeso, y se alojaron repartidos cada cual en sus ciudades.

Cuando los peloponesios partieron, los atenienses ordenaron su gente de guarda, así por mar como por tierra, para todo el tiempo que durase la guerra, y por decreto público mandaron guardar aparte mil talentos de los que estaban en la fortaleza, que no se tocase a ellos, y que de lo restante tomasen todo lo que fuera menester para la guerra, prohibiendo con pena de la vida tomar nada de aquellos mil talentos, sino en caso de mucha necesidad para resistir a los enemigos, si acometían la ciudad por mar. Con aquel dinero, hicieron cien galeras muy grandes y muy hermosas, y cada año ponían en ellas sus capitanes y patrones, mandando que no se sirviesen de ninguna de ellas sino en el mismo peligro, cuando fuese menester tocar al dinero guardado.

Los atenienses que iban en las cien naves contra el Peloponeso se juntaron con otras cincuenta que los corcirenses les habían enviado de socorro. Y todos juntos navegando por la costa del Peloponeso, entre otros muchos daños que causaron, fue uno, saltar en tierra y sitiar la ciudad de Metone, que está en Lacedemonia y a la sazón encontrábase mal reparada de muros y desprovista de gente. Estaba por acaso, en aquella parte, el espartano Brásidas, hijo de Télide, con alguna gente de guerra; y al saber la llegada de los enemigos, acudió con cien hombres armados, que tenía solamente, a socorrer la ciudad, atravesando el campamento enemigo, que estaba esparcido, y rodeando el muro con tanto ánimo y osadía que con pérdida de muy pocos de los suyos, muertos de pasada, entró en la ciudad y la salvó. Por esta osadía le elogiaron los espartanos sobre todos aquellos que se hallaron en aquella guerra. Partieron de allí los atenienses navegando mar adelante, y descendieron en tierra de Élide, en los alrededores de Fía. Allí se detuvieron dos días robando la tierra, y desbarataron doscientos soldados escogidos del valle de Élide, y algunos otros hombres de guerra que habían acudido de los lugares cercanos a socorrer la villa de Fía. Tras de esto, se les levantó un viento muy grande en la mar y una gran tempestad, a causa de la cual los navíos no pudieron quedar allí por ser playa sin puerto, y una parte de ellos, pasando por el cabo de Ictis, arribaron al puerto de Fía, donde los mesenios y los otros que no se habían podido embarcar al salir de Fía, llegaron por tierra, y habiendo tomado la villa por fuerza, como supiesen que venía contra ellos mucha gente de guerra de los de Élide, dejaron la villa, embarcáronse con los otros, y todos fueron navegando por aquella costa.

En este mismo tiempo, los atenienses enviaron otras treinta naves para ir contra los de Lócride y para guardar la isla de Eubea, dieron el mando de ellas a Cleopompo, hijo de Clinias, el cual, saltando en tierra, destruyó muchos lugares de aquella costa, tomó la villa de Tronio, donde hizo que le diesen rehenes, y venció en batalla junto a Álope a algunos locros que habían acudido para arrojarle de ella.

También por entonces los atenienses echaron fuera a todos los moradores de Egina con sus mujeres e hijos, culpándoles de haber sido causa de aquella guerra, y porque les pareció que sería mejor y más seguro poblar aquella ciudad con su gente, que con la que era aficionada a los peloponesios, lo cual hicieron poco después. Mas los peloponesios, por odio a los atenienses y porque los de Egina les habían hecho muchos servicios, así cuando el terremoto que hubo en su tierra, como en la guerra que tuvieron contra los hilotas o esclavos, diéronles la villa de Tirea para su habitación con todo el término de ella hasta la mar para que labrasen. Allí viven algunos de los eginetas, los demás se repartieron por toda Grecia.

En este mismo verano, al primer día del mes a la renovación de la luna[41], en cuyo tiempo (según se cree) solamente puede ocurrir eclipse, se oscureció el sol cerca de la mitad, de manera que se vieron muchas estrellas en el cielo y al poco rato volvió a su claridad. Y también en este verano los atenienses se reconciliaron con el abderita Ninfodoro, que antes había sido su enemigo, porque este podía mucho con Sitalces, hijo de Teres, rey de Tracia, que había tomado a su hermana por mujer, con esperanza de que por medio de Sitalces traerían a su partido a Teres. Este Teres fue el primero que acrecentó el reino de los odrisios, que gobernaba, y lo hizo el mayor de toda la Tracia, permitiendo a los naturales vivir después en libertad. Dicho Teres, no es el que tuvo por mujer a Progne, hija de Pandión, rey de Atenas, pues reinaron en diversas partes de Tracia. El que se casó con Progne tuvo la parte de Daulia, que al presente llaman tierra de Fócide, que entonces habitaban los tracios, en cuyo tiempo Progne y Filomena su hermana hicieron aquella maldad de Itis[42], por lo cual muchos poetas, haciendo mención de Filomena la llaman el ave de Daulia, y es verosímil que Pandión, rey de Atenas, hizo aquella alianza con Teres que regía la tierra de Daulia por el deudo, y porque estaba más cercano a Atenas para caso de ayuda y socorro, antes que con el otro Teres que reinaba en tierra de los odrisios, mucho más lejana.

Este Teres de que al presente hablamos, hombre de poca estima y autoridad, adquirió el reino de los odrisios, y dejole a Sitalces, su hijo, con el cual los atenienses hicieron alianza, así por tener los lugares que él tenía en Tracia amigos y favorables, como también por ganar a Pérdicas, rey de Macedonia. Vino Ninfodoro a Atenas con poder bastante de Sitalces para concluir y confirmar la liga y alianza, y por esto dieron al hijo de Sitalces, llamado Sádoco, derecho de ciudadano de Atenas. Prometió conseguir que Sitalces dejase la guerra que hacía en Tracia para poder mejor enviar socorro a los atenienses de gente de a caballo y de infantería, armados a la ligera. También hizo conciertos entre los atenienses y Pérdicas, persuadiendo a estos para que devolvieran a aquel la ciudad de Terma. Por virtud de este convenio, Pérdicas se unió a los atenienses, y con Formión comenzó la guerra contra los calcídeos. Así ganaron los atenienses la amistad de Sitalces, rey de Tracia, y de Pérdicas, rey de Macedonia.

En este tiempo, la gente de guerra de los atenienses que había ido en la primera armada de las cien naves, tomó la ciudad de Solio, que era del señorío de los corintios, y después de robada y saqueada, la dieron con toda su tierra para morar y cultivar a los de Palero, que son acarnanios. Tras esta, tomaron la ciudad de Ástaco, con la cual se confederaron e hicieron alianza lanzando de ella a Evarco que la tenía ocupada por tiranía. Hecho esto, dirigieron el rumbo a la isla de Cefalenia, que está situada junto a la tierra de Acarnania y de Léucade, donde hay cuatro ciudades, Pala, Cranios, Same y Pronos, y sin ninguna resistencia ganaron toda la isla. Poco después, al fin del verano, partieron para volver a Atenas. Mas al llegar a Egina, supieron que Pericles había salido de Atenas con gran ejército, y estaba en tierra de Mégara. Tomaron su derrota para ir derechos hacia aquella parte, y allí saltaron en tierra y se juntaron con los otros, formando uno de los mayores ejércitos de atenienses que hasta entonces se habían visto, porque también la ciudad estaba a la sazón floreciente y no había padecido ningún mal ni calamidad.

Eran diez mil hombres de guerra solo de los atenienses, sin contar tres mil que estaban en Potidea, y sin los moradores de los campos que se habían retirado a la ciudad, y que salieron con ellos, los cuales serían hasta tres mil, muy bien armados. Además había gran número de otros hombres de guerra armados a la ligera. Todos ellos, después de arrasar la mayor parte de la tierra de Mégara, volvieron a Atenas.

Todos los años fueron los atenienses a recorrer la tierra de Mégara, a veces con gente de a caballo, y otras con gente de a pie, hasta que tomaron la ciudad de Nisea. Mas en el primer año de que ahora hablamos fortificaron de murallas la ciudad de Atalanta, y al llegar al fin de verano, la destruyeron y dejaron desolada, porque estaba cercana a los locros opuntios, para que los corcirenses no pudieran guarecerse, y desde allí hacer correrías por tierra de Eubea. Todo esto aconteció aquel mismo verano, después que los peloponesios partieron de Ática.

Al principio del invierno, el tirano Evarco queriendo volver a la ciudad de Ástaco, pidió a los corintios que le diesen cincuenta navíos, y mil quinientos hombres de guerra; con los cuales y con otros que él llevaría, pensaba recobrar la ciudad perdida. Los corintios accedieron a su demanda, y nombraron por capitanes de la armada a Eufámidas, hijo de Aristónimo, a Timóxeno, hijo de Timócrates, y a Éumaco, hijo de Crisis, quienes, al llegar por mar a la ciudad de Ástaco, restablecieron en el mando a Evarco, y emprendieron en aquella misma jornada la empresa de ganar algunas villas de Acarnania que estaban en la costa. Mas como viesen que no podían lograr su propósito, se volvieron, y pasando por la isla de Cefalenia, saltaron en tierra junto a la ciudad de Crania, pensando tomarla por tratos. Los de la villa, fingiendo que querían tratar con ellos, los acometieron cuando estaban desapercibidos, mataron muchos, y los otros tuvieron que reembarcarse y volver a su tierra.

En este mismo invierno, los atenienses, siguiendo la costumbre antigua, hicieron exequias públicas en honra de los que habían muerto en la guerra. Las cuales se realizaron de esta manera. Tres días antes habían hecho un gran cadalso sobre el cual ponían los huesos de los que habían muerto en aquella guerra, y sus padres, parientes y amigos podían poner encima lo que quisiesen. Cada tribu tenía una grande arca de ciprés, dentro de la cual metían los huesos de aquellos que habían muerto de ella, y aquella arca la llevaban sobre una carreta. Tras estas arcas llevaban en otra carreta un gran lecho vacío que representaba aquellos que habían sido muertos, cuyos cuerpos no pudieron ser hallados. Estas carretas iban acompañadas de gente de todas clases, así ciudadanos como forasteros, y cuantos querían ir hasta el sepulcro, donde estaban las mujeres, parientes y deudos de los muertos haciendo grandes demostraciones de dolor y sentimiento. Ponían después todas las arcas en un monumento público, hecho para este efecto, que estaba en el barrio principal de la ciudad, y en el cual era costumbre sepultar todos aquellos que muriesen en las guerras, excepto los que murieron en la batalla de Maratón, a los cuales, en memoria de su valentía y esfuerzo singular, mandaron hacer un sepulcro particular en el mismo sitio. Cuando habían sepultado los cuerpos, era costumbre que alguna persona notable y principal de la ciudad, sabio y prudente, preeminente en honra y dignidad, delante de todo el pueblo hiciese una oración en loor de los muertos, y hecho esto, cada cual volvía a su casa. De esta manera sepultaban los atenienses a los que morían en sus guerras.

Aquella vez para referir las alabanzas de los primeros que fueron muertos en la guerra, fue elegido Pericles, hijo de Jantipo; el cual, terminadas las solemnidades hechas en el sepulcro, subió sobre una cátedra, de donde todo el pueblo le pudiese ver y oír, y pronunció este discurso:

VII.

Discurso de Pericles en loor de los muertos.

«Muchos de aquellos que antes de ahora han hecho oraciones en este mismo lugar y asiento, alabaron en gran manera esta costumbre antigua de elogiar delante del pueblo a aquellos que murieron en la guerra, mas a mi parecer, las solemnes exequias que públicamente hacemos hoy son la mejor alabanza de aquellos que por sus hechos las han merecido. Y también me parece que no se debe dejar al albedrío de un hombre solo que pondere las virtudes y loores de tantos buenos guerreros, ni menos dar crédito a lo que dijere, sea o no buen orador, porque es muy difícil moderarse en los elogios, hablando de cosas de que apenas se puede tener firme y entera opinión de la verdad. Porque si el que oye tiene buen conocimiento del hecho y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre cree que se dice menos en su alabanza de lo que deberían y el querría que dijesen; y por el contrario, el que no tiene noticia de ello, le parece, por envidia, que todo lo que se dice de otro, es superior a lo que alcanzan sus fuerzas y poder. Entiende cada oyente que no deben elogiar a otro por haber hecho más que él mismo hiciera, estimándose por igual, y si lo hacen tiene envidia y no cree nada. Empero, porque de mucho tiempo acá está admitida y aprobada esta costumbre, y se debe así hacer, me conviene, por obedecer a las leyes, ajustar cuanto pueda mis razones a la voluntad y parecer de cada uno de vosotros, comenzando por elogiar a nuestros mayores y antepasados. Porque es justo y conveniente dar honra a la memoria de aquellos que primeramente habitaron esta región y sucesivamente de mano en mano por su virtud y esfuerzo nos la dejaron y entregaron libre hasta el día de hoy. Y si aquellos antepasados son dignos de loa, mucho más lo serán nuestros padres que vinieron después de ellos, porque además de lo que sus ancianos les dejaron, por su trabajo adquirieron y aumentaron el mando y señorío que nosotros al presente tenemos. Y aun también, después de aquellos, nosotros los que al presente vivimos y somos de madura edad, le hemos ensanchado y aumentado, y provisto y abastecido nuestra ciudad de todas las cosas necesarias, así para la paz como para la guerra. Nada diré de las proezas y valentías que nosotros y nuestros antepasados hicimos, defendiéndonos así contra los bárbaros como contra los griegos, que nos provocaron guerra, por las cuales adquirimos todas nuestras tierras y señorío, porque no quiero ser prolijo en cosas que todos vosotros sabéis; pero después de explicar con qué prudencia, industria, artes y modos nuestro imperio y señorío fue establecido y aumentado, vendré a las alabanzas de aquellos de quien aquí debemos hablar. Porque me parece que no es fuera de propósito al presente traer a la memoria estas cosas, y que será provechoso oírlas a todos aquellos que aquí están, ora sean naturales, ora forasteros; pues tenemos una república que no sigue las leyes de las otras ciudades vecinas y comarcanas, sino que da leyes y ejemplo a los otros, y nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos sino en muchos. Por lo cual cada uno de nosotros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conocimiento de virtud, tan obligado está a procurar el bien y honra de la ciudad como los otros, y no será nombrado para ningún cargo, ni honrado, ni acatado por su linaje o solar, sino tan solo por su virtud y bondad. Que por pobre o de bajo suelo que sea, con tal que pueda hacer bien y provecho a la república, no será excluido de los cargos y dignidades públicas.

»Nosotros, pues, en lo que toca a nuestra república, gobernamos libremente; y asimismo en los tratos y negocios que tenemos diariamente con nuestros vecinos y comarcanos, sin causarnos ira o saña que alguno se alegre de la fuerza o demasía que nos haya hecho, pues cuando ellos se gozan y alegran, nosotros guardamos una severidad honesta y disimulamos nuestro pesar y tristeza. Comunicamos sin pesadumbre unos a otros nuestros bienes particulares, y en lo que toca a la república y al bien común no infringimos cosa alguna, no tanto por temor al juez, cuanto por obedecer las leyes, sobre todo las hechas en favor de los que son injuriados, y aunque no lo sean, causan afrenta al que las infringe. Para mitigar los trabajos tenemos muchos recreos, los juegos y contiendas públicas, que llaman sacras, los sacrificios y aniversarios que se hacen con aparatos honestos y placenteros, para que con el deleite se quite o disminuya el pesar y tristeza de las gentes. Por la grandeza y nobleza de nuestra ciudad, traen a ella de todas las otras tierras y regiones, mercaderías y cosas de todas clases; de manera que no nos servimos y aprovechamos menos de los bienes que nacen en otras tierras, que de los que nacen en la nuestra.

»En los ejercicios de guerra somos muy diferentes de nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad sea común a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a persona natural o extranjera, ver ni aprender lo que bien les pareciere, no escondiendo nuestras cosas aunque pueda aprovechar a los enemigos verlas y aprenderlas: pues confiamos tanto en los aparatos de guerra y en los ardides y cautelas, cuanto en nuestros ánimos y esfuerzo, los cuales podemos siempre mostrar muy conformes a la obra. Y aunque otros muchos en su mocedad se ejercitan para cobrar fuerzas, hasta que llegan a ser hombres, no por eso somos menos osados o determinados que ellos para afrontar los peligros cuando la necesidad lo exige. De esto es buena prueba que los lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra en son de guerra sin venir acompañados de todos sus aliados y confederados: mientras nosotros, sin ayuda ajena, hemos entrado en la tierra de nuestros vecinos y comarcanos, y muchas veces sin gran dificultad hemos vencido a aquellos que se defendían peleando muy bien en sus casas. Ninguno de nuestros enemigos ha osado acometernos cuando todos estábamos juntos, así por nuestra experiencia y ejercicio en las cosas de mar, como por la mucha gente de guerra que tenemos en diversas partes. Si acaso nuestros enemigos vencen alguna vez una compañía de las nuestras, se alaban de habernos vencido a todos, y si, por el contrario, los vence alguna gente de los nuestros, dicen que fueron acometidos por todo el ejército.

»Y en efecto: más queremos el reposo y sosiego cuando no somos obligados por necesidad que los trabajos continuos, y deseamos ejercitarnos antes en buenas costumbres y loable policía, que vivir siempre con el temor de las leyes; de manera que no nos exponemos a peligro pudiendo vivir quietos y seguros, prefiriendo el vigor y fuerza de las leyes al esfuerzo y ardor del ánimo. Ni nos preocupan las miserias y trabajos antes que vengan. Cuando llegan, las sufrimos con tan buen ánimo y corazón, como los que siempre están acostumbrados a ellas.

»Por estas cosas y otras muchas, podemos tener en grande estima y admiración esta nuestra ciudad, donde viviendo en medio de la riqueza y suntuosidad, usamos de templanza y hacemos una vida morigerada y filosófica, es a saber, que sufrimos y toleramos la pobreza sin mostrarnos tristes ni abatidos, y usamos de las riquezas, más para las necesidades y oportunidades que se pueden ofrecer que para la pompa, ostentación y vanagloria. Ninguno tiene vergüenza de confesar su pobreza, pero tiénela muy grande de evitarla con malas obras. Todos cuidan de igual modo de las cosas de la república que tocan al bien común, como de las suyas propias; y ocupados en sus negocios particulares, procuran estar enterados de los del común. Solo nosotros juzgamos al que no se cuida de la república, no solamente por ciudadano ocioso y negligente, sino también por hombre inútil y sin provecho. Cuando imaginamos algo bueno, tenemos por cierto que consultarlo y razonar sobre ello no impide realizarlo bien, sino que conviene discutir cómo se debe hacer la obra, antes de ponerla en ejecución. Por esto en las cosas que emprendemos usamos juntamente de la osadía y de la razón, más que ningún otro pueblo, pues los otros algunas veces, por ignorantes, son más osados que la razón requiere, y otras, por quererse fundar mucho en razones, son tardíos en la ejecución.

»Serán tenidos por magnánimos todos los que comprendan pronto las cosas que pueden acarrear tristeza o alegría, y juzgándolas atinadamente no rehuyan los peligros cuando les ocurran.

»En las obras de virtud somos muy diferentes de los otros, porque procuramos ganar amigos haciéndoles beneficios y buenas obras antes que recibiéndolas de ellos; pues, el que hace bien a otro, está en mejor condición que el que lo recibe, para conservar su amistad y benevolencia, mientras el favorecido sabe muy bien que con hacer otro tanto paga lo que debe. También nosotros solos usamos de magnificencia y liberalidad con nuestros amigos, con razón y discreción, es decir, por aprovechar sus servicios y no por vana ostentación y vanagloria de cobrar fama de liberales.

»En suma, nuestra ciudad es totalmente una escuela de doctrina, una regla para toda Grecia, y un cuerpo bastante y suficiente para administrar y dirigir bien a muchas gentes en cualquier género de cosas. Que todo esto se demuestra por la verdad de las obras antes que con atildadas frases, bien se ve y conoce por la grandeza de esta ciudad; que por tales medios la hemos puesto y establecido en el estado que ahora veis: teniendo ella sola más fama en el mundo que todas las demás juntas. Solo ella no da motivo de queja a los enemigos aunque reciba de ellos daño; ni permite que se quejen los súbditos como si no fuese merecedora de mandarlos. Y no se diga que nuestro poder no se conoce por señales e indicios, porque hay tantos, que los que ahora viven y los que vendrán después, nos tendrán en grande admiración.

»No necesitamos al poeta Homero ni a otro alguno, para encarecer nuestros hechos con elogios poéticos, pues la verdad pura de las cosas disipa la duda y falsa opinión, y sabido es que, por nuestro esfuerzo y osadía, hemos hecho que toda la mar se pueda navegar y recorrer toda la tierra, dejando en todas partes memoria de los bienes o de los males que hicimos.

»Por tal ciudad, los difuntos cuyas exequias hoy celebramos han muerto peleando esforzadamente, que les parecía dura cosa verse privados de ella, y por eso mismo debemos trabajar los que quedamos vivos. Esta ha sido la causa por que he sido algo prolijo al hablar de esta ciudad, para mostraros que no peleamos por cosa igual con los otros, sino por cosa tan grande que ninguna le es semejante, y también porque los loores de aquellos de quien hablamos, fuesen más claros y manifiestos. La grandeza de nuestra ciudad se debe a la virtud y esfuerzos de los que por ella han muerto y en pocos pueblos de Grecia hay justo motivo de igual vanagloria. A mi parecer, el primero y principal juez de la virtud del hombre es la vida buena y virtuosa, y el postrero que la confirma es la muerte honrosa, como ha sido la de estos. Justo es que aquellos que no pueden hacer otro servicio a la república, se muestren animosos en los hechos de guerra para su defensa; porque haciendo esto, merezcan el bien de la república en común que no merecieron antes en particular por estar ocupados cada cual en sus negocios propios; recompensen esta falta con aquel servicio, y lo malo con lo bueno. Así lo hicieron estos, de los cuales ninguno se mostró cobarde por gozar de sus riquezas, queriendo más el bien de su patria que el gozo de poseerlas; ni menos dejaron de exponerse a todo riesgo por su pobreza, esperando venir a ser ricos, antes quisieron más el castigo y venganza de sus enemigos que su propia salud; y escogiendo este peligro por muy bueno han muerto con esperanza de alcanzar la gloria y honra que nunca vieron; juzgando por lo que habían visto en otros, que debían aventurar sus vidas y que valía más la muerte honrosa que la vida deshonrada. Por evitar la infamia lo padecieron, y en breve espacio de tiempo quisieron antes con honra atreverse a la fortuna, que dejarse dominar por el miedo y temor. Haciendo esto, se mostraron para su patria cual les convenía que fuesen. Los que quedan vivos deben estimar la vida, pero no por eso ser menos animosos contra sus enemigos, considerando que la utilidad y provecho no consiste solo en lo que os he dicho, sino también, como lo saben muchos de vosotros y podrán decirlo, en rechazar y expulsar a los enemigos. Cuanto más grande os pareciere vuestra patria, más debéis pensar en que hubo hombres magnánimos y osados, que, conociendo y entendiendo lo bueno y teniendo vergüenza de lo malo, por su esfuerzo y virtud la ganaron y adquirieron. Y cuantas veces las cosas no sucedían según deseaban, no por eso quisieron defraudar la ciudad de su virtud, antes le ofrecieron el mejor premio y tributo que podían pagar, cual fue sus cuerpos en común, y cobraron en particular por ellos gloria y honra eterna, que siempre será nueva y muy honrosa esta sepultura, no tan solo para sus cuerpos, sino también para ser en ella celebrada y ensalzada su virtud, y que siempre se pueda hablar de sus hechos o imitarlos.

»Toda la tierra es sepultura de los hombres famosos y señalados, cuya memoria no solamente se conserva por los epitafios y letreros de sus sepulcros, sino por la fama que sale y se divulga en gentes y naciones extrañas que consideran y revuelven en su entendimiento, mucho más la grandeza y magnanimidad de su corazón, que el caso y fortuna que les deparó su suerte. Estos varones os ponemos delante de los ojos, dignos ciertamente de ser imitados por vosotros, para que conociendo que la libertad es felicidad y la felicidad libertad, no rehuyáis los trabajos y peligros de la guerra; y para que no penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de bien ninguno, son más cuerdos en guardar su vida que aquellos que por ser de mejor condición la aventuran y ponen a todo riesgo. Porque a un hombre sabio y prudente más le pesa y más vergüenza tiene de la cobardía que de la muerte, la cual no siente por su proeza y valentía y por la esperanza de la gloria y honra pública.

»Por tanto, los que aquí estáis presentes, padres de estos difuntos, consolaos de su muerte y no llorarla, porque sabiendo las desventuras y peligros a que están sujetos los niños mientras se crían, tendréis por bien afortunados aquellos que alcanzaron muerte honrosa como ahora estos, y vuestro lloro y lágrimas por dichosas. Sé muy bien cuán difícil es persuadiros de que no sintáis tristeza y pesar todas las veces que os acordéis de ellos, viendo en prosperidad a aquellos con quienes algunas veces os habréis alegrado en semejante caso, y cuando penséis que fueron privados no solo de la esperanza de bienes futuros sino también de los que gozaron largo tiempo. Empero conviene sufrirlo pacientemente, y consolaros con la esperanza de engendrar otros hijos, los que estáis en edad para ello, porque a muchos los hijos que tengan en adelante les harán olvidar el duelo por los que ahora han muerto, y servirán a la república de dos maneras: una no dejándola desconsolada, y la otra inspirándole seguridad, pues los que ponen sus hijos a peligros por el bien de la república, como lo han hecho los que perdieron los suyos en esta guerra, inspiran más confianza que los que no lo hacen.

»Aquellos de vosotros que pasáis de edad para engendrar hijos, tendréis de ventaja a los otros, que habéis vivido la mayor parte de la vida en prosperidad, y que lo restante de ella, que no puede ser mucho, lo pasaréis con más alivio acordándoos de la gloria y honra que estos alcanzaron, pues solo la codicia de la honra nunca envejece y algunos dicen que no hay cosa que tanto deseen los hombres en su vejez como ser honrados.

»Y vosotros, los hijos y hermanos de estos muertos, pensad en lo que os obliga su valor y heroísmo, porque no hay hombre que no alabe de palabra la virtud y esfuerzo de los que murieron, de suerte, que vosotros los que quedáis, por grande que sea vuestro valor, os tendrán cuando más por iguales a ellos, y casi siempre os juzgarán inferiores, porque entre los vivos hay siempre envidia, pero todos elogian la virtud y el esfuerzo del que muere. También me conviene hacer mención de la virtud de las mujeres que al presente quedan viudas, y concluiré en este caso con una breve amonestación, y es que debéis tener por gran gloria no ser más flacas, ni para menos de lo que requiere vuestro natural y condición mujeril, pues no es pequeña vuestra honra delante de los hombres, cuando nada tienen que vituperar en vosotras.

»He relatado en esta oración, que me fue mandada decir, según ley y costumbre, todo lo que me pareció ser útil y provechoso; y lo que corresponde a estos que aquí yacen, más honrados por sus obras que por mis palabras, cuyos hijos si son menores, criará la ciudad hasta que lleguen a la juventud. La patria concede coronas para los muertos, y para todos los que sirvieren bien a la república como galardón de sus trabajos, porque doquier que hay premios grandes para la virtud y esfuerzo, allí se hallan los hombres buenos y esforzados. Ahora, pues, que todos habéis llorado como convenía a vuestros parientes, hijos y deudos, volved a vuestras casas.»

De esta manera fueron celebradas las honras y exequias de los muertos aquel invierno, que fue al fin del primer año de la guerra.

VIII.

Epidemia ocurrida en la ciudad y campo de Atenas en el verano siguiente. — Nuevos aprestos belicosos y desesperación de los atenienses.

Al comienzo del verano siguiente[43] los peloponesios y sus aliados entraron otra vez en territorio del Ática por dos partes como hicieron antes, llevando por capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios; y habiendo establecido su campo, robaban y talaban la tierra. Pocos días después sobrevino a los atenienses una epidemia muy grande, que primero sufrieron la ciudad de Lemnos y otros muchos lugares. Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia, ni que tanta gente matase. Los médicos no acertaban el remedio, porque al principio desconocían la enfermedad, y muchos de ellos morían los primeros al visitar a los enfermos. No aprovechaba el arte humana, ni los votos ni plegarias en los templos, ni adivinaciones, ni otros medios, de que usaban, porque en efecto valían muy poco; y vencidos del mal, se dejaban morir. Comenzó esta epidemia (según dicen) primero en tierras de Etiopía, que están en lo alto de Egipto: y después descendió a Egipto y a Libia; se extendió largamente por las tierras y señoríos del rey de Persia; y de allí entró en la ciudad de Atenas, y comenzó en el Pireo, por lo cual los del Pireo sospecharon al principio que los peloponesios habían emponzoñado sus pozos, porque entonces no tenían fuentes. Poco después invadió la ciudad alta, y de allí se esparció por todas partes, muriendo muchos más.

Quiero hablar aquí de ella para que el médico que sabe de medicina, y el que no sabe nada de ella, declare si es posible entender de dónde vino este mal y qué causas puede haber bastantes para hacer de pronto tan gran mudanza. Por mi parte diré cómo vino; de modo que cualquiera que leyere lo que yo escribo, si de nuevo volviese, esté avisado, y no pretenda ignorancia. Hablo como quien lo sabe bien, pues yo mismo fui atacado de este mal, y vi los que lo tenían. Aquel año fue libre y exento de todos los otros males y enfermedades, y si algunos eran atacados de otra enfermedad, pronto se convertía en esta. Los que estaban sanos, veíanse súbitamente heridos sin causa alguna precedente que se pudiese conocer. Primero sentían un fuerte y excesivo calor en la cabeza; los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar; la voz se enronquecía, y descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo: y cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera, que los médicos llamaban apocatarsis, por el cual con un dolor vehemente lanzaban por la boca humores hediondos y amargos; seguía en algunos un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos, y a otros les duraba más. El cuerpo por fuera no estaba muy caliente ni amarillo, y la piel poníase como rubia y cárdena, llena de pústulas pequeñas: por dentro sentían tan gran calor, que no podían sufrir un lienzo encima de la carne, estando desnudos y descubiertos. El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas, se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed, aunque tanto les aprovechaba beber mucho como poco. Sin reposo en sus miembros, no podían dormir, y aunque el mal se agravase: no enflaquecía mucho el cuerpo, antes resistían a la dolencia, más que se puede pensar. Algunos morían de aquel gran calor, que les abrasaba las entrañas a los siete días, y otros dentro de los nueve conservaban alguna fuerza y vigor. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación.

Esta infección se engendraba primeramente en la cabeza, y después discurría por todo el cuerpo. La vehemencia de la enfermedad se mostraba, en los que curaban, en las partes extremas del cuerpo, porque descendía hasta las partes vergonzosas y a los pies y las manos. Algunos los perdían: otros perdían los ojos, y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas, y no conocían a sus deudos ni a sí mismos. En conclusión, este mal afectaba a todas las partes del cuerpo; era más grande de lo que decirse puede, y más doloroso de lo que las fuerzas humanas podían sufrir. Que esta epidemia fuese más extraña que todas las acostumbradas, lo acredita que las aves y las fieras que suelen comer carne humana, no tocaban a los muertos, aunque quedaban infinidad sin sepultura: y si algunas los tocaban, morían. Pero más se conocía lo grande de la infección en que no aparecían aves, ni sobre los cuerpos muertos, ni en otros lugares donde habían estado; ni aun los perros que acostumbran a andar entre los hombres más que otros animales; de lo cual se puede bien conjeturar la fuerza de este mal.

Dejando aparte otras muchas miserias de esta epidemia, que ocurrieron a particulares, a unos más ásperamente que a otros, este mal comprendía en sí todos los otros, y no se sufría más que él: de suerte, que cuanto se hacía para curar otras enfermedades, aprovechaba para aumentarlo, y así unos morían por no ser bien curados, y otros por serlo demasiado; no hallándose medicina segura, porque lo que aprovechaba a uno, hacía daño a otro. Quedaban los cuerpos muertos enteros, sin que apareciese en ellos diferencia de fuerza ni flaqueza; y no bastaba buena complexión, ni buen régimen para eximirse del mal.

Lo más grave era la desesperación y la desconfianza del hombre al sentirse atacado, pues muchos, teniéndose ya por muertos, no hacían resistencia ninguna al mal. Por otra parte, la dolencia era tan contagiosa, que atacaba a los médicos. A causa de ello muchos morían por no ser socorridos, y muchas casas quedaron vacías. Los que visitaban a los enfermos, morían también como ellos, mayormente los hombres de bien y de honra que tenían vergüenza de no ir a ver a sus parientes y amigos, y más querían ponerse a peligro manifiesto que faltarles en tal necesidad. A todos contristaba mal tan grande, viendo los muchos que morían, y los lloraban y compadecían. Mas sobre todo, los que habían escapado del mal, sentían la miseria de los demás por haberla experimentado en sí mismos; aunque estaban fuera de peligro, porque no repetía la enfermedad al que la había padecido, a lo menos para matarle; por lo cual tenían por bienaventurados a los que sanaban, y ellos mismos por la alegría de haber curado presumían escapar después de todas las otras enfermedades que les viniesen.

Además de la epidemia, apremiaba a los ciudadanos la molestia y pesadumbre por la gran cantidad y diversidad de bienes muebles y efectos que habían metido en la ciudad los que se acogieron a ella, porque habiendo falta de moradas, y siendo las casas estrechas, y ocupadas por aquellos bienes y alhajas, no tenían donde revolverse, mayormente en tiempo de calor como lo era. Por eso muchos morían en las cuevas echados, y donde podían, sin respeto alguno, y algunas veces los unos sobre los otros yacían en calles y plazas, revolcados y medio muertos; y en torno de las fuentes, por el deseo que tenían del agua. Los templos donde muchos habían puesto sus estancias y albergues estaban llenos de hombres muertos, porque la fuerza del mal era tanta que no sabían qué hacer. Nadie se cuidaba de religión ni de santidad, sino que eran violados y confusos los derechos de sepulturas de que antes usaban, pues cada cual sepultaba los suyos donde podía. Algunas familias viendo los sepulcros llenos por la multitud de los que habían muerto de su linaje, tenían que echar los cuerpos de los que morían después en sepulcros sucios y llenos de inmundicias. Algunos, viendo preparada la hoguera para quemar el cuerpo de un muerto, lanzaban dentro el cadáver de su pariente o deudo, y le ponían fuego por debajo; otros lo echaban encima del que ya ardía y se iban.

Además de todos estos males, fue también causa la epidemia de una mala costumbre, que después se extendió a otras muchas cosas y más grandes, porque no tenían vergüenza de hacer públicamente lo que antes hacían en secreto, por vicio y deleite. Pues habiendo entonces tan grande y súbita mudanza de fortuna, que los que morían de repente eran bienaventurados en comparación de aquellos que duraban largo tiempo en la enfermedad, los pobres que heredaban los bienes de los ricos, no pensaban sino en gastarlos pronto en pasatiempos y deleites, pareciéndoles que no podían hacer cosa mejor, no teniendo esperanza de gozarlos mucho tiempo, antes temiendo perderlos en seguida y con ellos la vida. Y no había ninguno que por respeto a la virtud, aunque la conociese y entendiese, quisiera emprender cosa buena, que exigiera cuidado o trabajo, no teniendo esperanza de vivir tanto que la pudiese ver acabada, antes todo aquello que por entonces hallaban alegre y placentero al apetito humano lo tenían y reputaban por honesto y provechoso, sin algún temor de los dioses o de las leyes, pues les parecía que era igual hacer mal o bien, atendiendo a que morían los buenos como los malos, y no esperaban vivir tanto tiempo, que pudiese venir sobre ellos castigo de sus malos hechos por mano de justicia, antes esperaban el castigo mayor por la sentencia de los dioses, que ya estaba dada, de morir de aquella pestilencia. Y pues la cosa pasaba así, parecíales mejor emplear el poco tiempo que habían de vivir en pasatiempos, placeres y vicios. En esta calamidad y miseria estaban los atenienses dentro de la ciudad, y fuera de ella los enemigos lo metían todo a fuego y a sangre. Traían a la memoria muchos antiguos pronósticos y respuestas de los oráculos de los dioses que apropiaban al caso presente y entre otros un verso que los ancianos decían haber oído cantar y que había sido pronunciado en respuesta del oráculo de los dioses, que decía:

Vendrá la guerra doria Creed lo que decimos Y con ella vendrá limos.

Sobre lo cual disputaban antes de ocurrir la epidemia, porque unos decían que por la palabra «limos» se había de entender el hambre, y otros aseguraban que quería significar la epidemia; hasta que llegó esta y todos le aplicaron el dicho del oráculo. Y a mi ver, si ocurriese aún alguna otra guerra en tierra doria, acompañada de hambre, también lo aplicarían a ella. Recordaban igualmente la respuesta que había dado el oráculo de Apolo a la demanda de los lacedemonios tocante a esta misma guerra, porque habiéndole preguntado quién alcanzaría la victoria, respondió que los que guerreasen con todas sus fuerzas y poder y que él les ayudaría[44]. Esta respuesta fue también objeto de juicios contradictorios, porque la epidemia comenzó cuando los peloponesios entraron aquel año en tierra de los atenienses, y no hizo daño en el Peloponeso, a lo menos de cosa que de contar sea, reinando principalmente en Atenas, de donde se esparció a otras villas y lugares, según estaban más o menos poblados.

En lo tocante a la guerra, los peloponesios después de quemar y talar las tierras llanas, fueron a la región llamada Paralia, que quiere decir marítima, y la talaron hasta el monte Laurio, donde están las minas de plata de los atenienses. Primeramente arrasaron la comarca que está hacia el Peloponeso, y después la de la parte de Eubea y Andros; mas no por esto Pericles, capitán de los atenienses, dejaba de perseverar en la opinión que había tenido el año anterior de que no saliesen contra los enemigos. Después que entraron en tierra de Atenas, hizo aparejar cien barcos para ir a talar la tierra de los peloponesios. En ellos metió cuatro mil hombres de a pie, y en otros navíos hechos para llevar caballos hizo embarcar trescientos hombres de armas con sus caballos. Estas naves se construyeron en Atenas con madera de las viejas, y en su compañía fueron los de Quíos y los de Lesbos con otros cincuenta navíos de guerra. Así partió Pericles del puerto de Atenas con esta armada, cuando los peloponesios estaban en la tierra marítima de Atenas, llegando primeramente a tierra de Epidauro, que está en el Peloponeso, la cual robaron y talaron, y pusieron cerco a la ciudad con esperanza de tomarla: mas viendo que perdían el tiempo en balde, partieron de allí y fueron a las regiones de Trecén, de Halias y de Hermíone, en las cuales hicieron lo mismo que en tierra de Epidauro. Todos estos lugares están en el Peloponeso, a la orilla del mar. Partidos de allí fueron a la comarca de Prasias, que es la región marítima en Lacedemonia, y la robaron y talaron, tomando la ciudad por fuerza. Hecho esto volvieron a tierra de Atenas, de donde los peloponesios habían ya salido por miedo a la epidemia, que continuaba en la ciudad y fuera de ella. Al saber los peloponesios por los prisioneros la infección y peligro de aquella pestilencia, y viendo sepultar los muertos, partieron aceleradamente de la tierra después de haber estado cuarenta días en ella, durante cuyo tiempo la robaron y arrasaron.

En este mismo verano, Hagnón, hijo de Nicias, y Cleopompo, hijo de Clinias, que eran compañeros de Pericles en el mando de la armada, partieron por mar con el mismo ejército que Pericles había llevado y traído, para ir contra los calcídeos, que moran en Tracia, y hallando en el camino la ciudad de Potidea, que aún estaba cercada por los suyos, hicieron llegar a la muralla sus aparatos y la combatieron con todas sus fuerzas para tomarla. Mas todo aquel nuevo socorro y el otro ejército que estaba antes sobre ella no pudieron hacer nada, a causa de la epidemia que se propagó entre ellos, traída por los que vinieron con Hagnón. Sabiendo este que Formión, que estaba sobre Calcídica con mil seiscientos hombres, había partido de allí, dejó a los que sitiaban Potidea y tornó a Atenas, habiendo perdido mil cuarenta hombres de a pie de los cuatro mil que embarcó en Atenas, todos muertos por la epidemia.

En este verano los peloponesios vinieron otra vez al Ática y acabaron de destruir lo que habían dejado la primera, por lo cual los atenienses, viéndose así apremiados, de fuera por guerras y dentro con epidemia, comenzaron a cambiar de opinión y a maldecir a Pericles, diciendo que él había sido autor de aquella guerra, y que era causa de todos sus males, inclinándose a pedir la paz a los lacedemonios. Mas después de muchas embajadas enviadas de una y otra parte no pudieron tomar ninguna resolución, por lo cual, no sabiendo qué hacer en este caso, volvían a culpar a Pericles, quien, viendo que estaban atónitos y con gran pesar de la mala andanza de sus cosas, y que habían hecho cuanto él les aconsejó desde el principio, siendo todavía caudillo y capitán general de la armada, les mandó reunir y les amonestó y exhortó a que tuviesen buena esperanza, y procurando convertir su ira en mansedumbre y su miedo en confianza, habloles de esta manera:

IX.

Discurso de Pericles al pueblo de Atenas para aquietarlo y exhortarle a continuar la guerra y a sufrir con resignación los males presentes.

«La ira que contra mí tenéis, varones atenienses, no ha nacido de otra cosa sino de lo que yo había pensado. Y porque entiendo bien las causas de donde procede, he querido juntaros para traeros a la memoria estas causas, y también para quejarme de vosotros, que estáis airados contra mí sin razón, y ver si desmayáis y perdéis el ánimo en las adversidades. En cuanto a lo que al bien público toca, pienso que es mucho mejor para los ciudadanos que toda la república esté en buen estado, que no que a cada cual en particular le vaya bien y que toda la ciudad se pierda. Porque si la patria es destruida, el que tiene bienes en particular también queda destruido con ella como los otros. Por el contrario, si a alguno le va mal privadamente, se salva cuando la patria en común está próspera y bien afortunada. Por tanto, si la república puede sufrir y tolerar las adversidades propias de los particulares, y cada cual en particular no es bastante para sufrir las de la república, más razón es que por todos juntos sea ayudada que desamparada por falta de ánimo y poco sufrimiento de las adversidades particulares, como hacéis vosotros ahora, culpándome porque os di consejo para emprender esta guerra, y a vosotros porque le tomasteis.

»Y os ensañáis con un hombre como yo, que a mi parecer ninguno le lleva ventaja, así en conocer y entender lo que cumple al bien de la república como en ponerlo por obra, ni en tener más amor a la patria, ni que menos se deje vencer por dinero, que todas estas cosas se requieren en un buen ciudadano. Porque el que conoce la cosa y no la pone por obra, es como si no la entendiese. Cuando hiciese lo uno y lo otro, si no fuera aficionado a la república, ni dirá ni hablará cosa que aproveche en común. Cuando tuviese también lo tercero y se deja vencer por dinero, todo lo venderá por esto. Por lo cual, si conocéis que todo esto cabe en mí más que en ninguno de los otros, y si en mí os confiasteis para emprender esta guerra, no cabe duda de que me culpáis sin razón.

»Porque así como es locura desear la guerra antes que la paz, cuando se vive en prosperidad, así cuando precisa a obedecer a sus convecinos y comarcanos y cumplir sus mandatos, o exponerse a todo peligro por la victoria y libertad, los que en tal caso rehuyen el trabajo y riesgo, son más dignos de culpa.

»En lo que a mí toca, soy del mismo parecer que era antes, y no lo quiero mudar. Y aunque vosotros andéis dudando y vacilando al presente, cierto es que al comienzo fuisteis de mi opinión, sino que después que os llegaron los males os arrepentisteis: y midiendo y acompasando mi opinión, según vuestra flaqueza, la juzgáis mala, porque cada cual ha sentido ahora los males y daños de la guerra, sin conocer el provecho que seguirá de ella. Por lo cual estáis tan mudados en cosa de poca importancia, que ya os falta el corazón y no tenéis esfuerzos para lo que habíais determinado antes sufrir. Así suele comúnmente acontecer, porque las cosas que vienen de súbito y no pensadas quebrantan los corazones, como ha ocurrido en nuestras adversidades, mayormente en la de la pasada epidemia. Empero, teniendo tan grande y tan noble ciudad como tenemos, y siendo criados y enseñados en tan buenas doctrinas y costumbres, no nos debe faltar el ánimo por adversidades que nos sucedan y grandes que sean, ni perder punto de nuestra autoridad y reputación.

»Que así como los hombres aborrecen y odian a quien por ambición procura adquirir la honra y gloria que no le pertenece, así también vituperan y culpan al que por falta de ánimo pierde la gloria y honra que tenía. Por tanto, varones atenienses, olvidando los dolores y pasiones particulares, debemos amparar y defender la libertad común.

»Muchas veces, antes de ahora, os he declarado que yerran los que temen que esta guerra será larga y peligrosa, y que al fin habremos lo peor. Empero quiero al presente manifestaros una cosa que me parece no habéis jamás pensado, aunque la tenéis, que es tocante a la grandeza de vuestro imperio y señorío, de que no he querido hablar en mis anteriores razonamientos, ni tampoco hablara al presente (porque me parecía en cierto modo jactancia y vanagloria) si no os viera atónitos y turbados sin motivo; y es que, a vuestro parecer, el imperio y señorío que tenéis no se extiende más que sobre vuestros aliados y confederados: yo os certifico que de dos partes, la tierra y el mar, de que los hombres se sirven, vosotros sois señores de la una, que es lo que ahora tenéis y poseéis; y si más quisiereis, lo tendríais a vuestra voluntad. Porque no hay en el día de hoy rey ni nación alguna en la tierra que os pueda quitar ni estorbar la navegación, por cualquiera parte que quisiereis navegar, teniendo la armada que tenéis; y asimismo, entendiendo que vuestro poder no se muestra en casas ni en tierras, de que vosotros hacéis gran caso, por haberlas perdido, como si fuese cosa de gran importancia.

»No es justo que os pese en tanto grado que se pierdan, antes las debéis estimar como si fuese un pequeño jardín o unas lindezas, en comparación del gran poder que tenéis, de que yo hablo al presente, reflexionando que, mientras conservemos la libertad, fácilmente podéis recobrar todo esto. Si por desdicha caemos en la servidumbre de otras gentes, perderemos todo lo que teníamos, y nos mostraremos ser para menos que nuestros padres y abuelos, los cuales no lo heredaron de sus antepasados, sino que por sus trabajos lo ganaron y conservaron, y después nos lo dejaron. Y mayor vergüenza es dejarnos quitar por fuerza lo que tenemos, que no alcanzar lo que codiciamos. Por tanto, nos conviene ir contra nuestros enemigos, no solamente con buena esperanza y confianza, sino también con certidumbre y firmeza, menospreciándolos y teniéndoles en poco. La confianza, que viene las más veces de una prosperidad no pensada, antes que por prudencia, puede tenerla un hombre cobarde y necio; mas la que procede de consejo y razón para abrigar esperanza de vencer a los enemigos, como vosotros la abrigáis ahora, no solamente da ánimo para poder hacer esto, pero también para tenerlos en poco.

»Y aunque la fortuna y el poder fuesen iguales, la diligencia e industria que proceden de un corazón magnánimo, hacen al hombre más seguro en su confianza y osadía; porque no se funda tanto en la esperanza, cuyos términos son dudosos, cuanto en el consejo y prudencia por las cosas que ve de presente. Así que, conviene a todos de común acuerdo mirar por vuestra honra, dignidad y seguridad de vuestro estado y señorío, que siempre os fue agradable, sin rehusar los trabajos, si no queréis también rehusar la honra, y pensar que no es solo la contienda sobre perder la libertad común, sino sobre perder todo vuestro estado y señorío, además el peligro que crece por las ofensas y enemistades que habéis cobrado por conservarle. Por lo cual, aquellos que por temor del peligro presente, so color de virtud y bondad, procuran el reposo y la paz, sin mezclarse en los negocios de la república, se engañan en gran manera: que no está en nuestra mano el despedirnos de ellos, porque ya hemos usado de nuestro imperio y señorío en forma y manera de tiranía, la cual así como es cosa violenta e injuriosa tomarla al principio, así también al fin es peligroso dejarla. Los hombres que por el temor de la guerra persuaden a los otros que no la sigan, destruyen a la ciudad y a sí mismos, y dan la libertad a los que sujetaban antes. El reposo y sosiego no pueden ser seguros, sino encaminados por el trabajo; ni conviene el ocio a una ciudad libre como la nuestra, sino para las que quieren vivir en servidumbre.

»Por tanto, varones atenienses, no debéis dejaros engañar de tales ciudadanos ni menos tener saña contra mí, que con vuestro acuerdo y consentimiento emprendí la guerra; ni porque los enemigos os hayan hecho el mal que estaba claro os habían de hacer, si no los queríais obedecer. Y si sobrevino la epidemia, que era la cosa menos esperada, a causa de la cual he sido odiado por la mayoría de vosotros, sin razón ciertamente me queréis mal, pues cuantas veces os acaeciese una prosperidad inesperada no me la atribuiríais ni me daríais gracias por ella.

»Por necesidad debemos sufrir lo que sucede por voluntad divina: y lo que procede de los enemigos, con buen ánimo y esfuerzo. Esta es la costumbre antigua de nuestra ciudad, y así lo hicieron siempre nuestros antepasados; hacedlo también vosotros, conociendo que el mayor nombre y fama que tiene esta ciudad entre todas es por no desmayar ni desfallecer en las adversidades: antes sufrir los trabajos y pérdidas de muchos buenos hombres en la guerra. Así ha adquirido y conservado hasta el día de hoy este gran poder, que si ahora se pierde o disminuye, como naturalmente sucede a todas las cosas, se perderá también la memoria para siempre entre los venideros, no solamente de Atenas, sino también del imperio de los griegos.

»Nosotros, entre todos los griegos, somos los que tenemos el mayor señorío y hemos sostenido más guerras intestinas y extranjeras, y habitamos la más rica y más poblada ciudad de toda Grecia. Bien sé que los temerosos y de poco ánimo, menospreciarán y vituperarán mis razones; mas los buenos y virtuosos las tendrán por verdaderas. Los que carecen de mérito me tendrán odio y envidia, lo cual no es cosa nueva, porque comúnmente acontece a todos los que son reputados por dignos de presidir y mandar a los otros el ser envidiados. Pero el que sufre tal envidia y malquerencia en las cosas grandes y de importancia, puede dar mejor consejo, pues, menospreciando el odio, adquiere honra y reputación en el tiempo de presente y gloria perpetua para el venidero.

»Teniendo estas dos cosas delante de los ojos, la honra presente y la gloria venidera debeislas tomar y abrazar alegremente, y no cuidaros de enviar más farautes ni mensajes a vuestros enemigos los lacedemonios, ni perder el ánimo por los males y trabajos ahora, porque aquellos que menos se turban y afrontan con más ánimo las adversidades y las resisten, son tenidos por mejores pública y privadamente.»

X.

Virtudes y loables costumbres de Pericles.

Con estas y otras semejantes razones Pericles procuraba amansar la ira de los atenienses, y hacerles olvidar los males que habían sufrido. Todos de común acuerdo le obedecieron de tal manera, que en adelante no enviaron más mensajes a los lacedemonios, disponiéndose y animándose para la guerra, aunque en particular sentían gran dolor por los males pasados; los pobres porque veían aminorarse con la guerra su poca hacienda, y los ricos porque habían perdido las posesiones y heredades que tenían en el campo; y como continuaba la lucha, no en todos se disipó la ira que tenían contra Pericles, deseando algunos que le condenasen a una gran multa. Pero como el vulgo es mudable, le eligieron de nuevo su capitán, y le dieron absoluto poder y autoridad para todo, que si particularmente le odiaban a causa del dolor que cada cual sentía por los daños recibidos, en las cosas que tocaban al bien de la república conocían que tenían necesidad de él, y que era el hombre más competente que podían encontrar.

Y a la verdad, mientras tuvo el gobierno durante la paz, administró la república con moderación; la defendió con toda seguridad y la aumentó en gran manera. Después, cuando vino la guerra, conoció y entendió muy bien las fuerzas y poder de la ciudad, como se ve por lo dicho. Mas después de su muerte, que fue a los dos años y medio de comenzada la guerra, conociose mucho mejor su saber y prudencia, porque siempre les dijo que alcanzarían la victoria en aquella lucha si se guardaban de pelear con los enemigos en tierra, empleando todo su poder por mar, sin procurar adquirir nuevo señorío, ni poner la ciudad a peligro, todo lo cual hicieron al contrario después de su muerte. En cuanto a las otras cosas no tocantes a la guerra, los que tenían el gobierno obraban cada cual según su ambición con gran perjuicio de la república y de ellos mismos, porque sus empresas eran tales que cuando salían bien, redundaban en honra y provecho de los particulares antes que del común; y si salían mal el daño y pérdida era para la república.

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