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Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

LIBRO III. (continued 2)

Diego Gracián translation

»Ahora venís sin aprensión alguna a pedir que os hagan bien aquellos contra quien fuisteis con todas vuestras fuerzas y poder por agradar a otros; lo cual ni es justo ni razonable, sino que, pues escogisteis antes a los atenienses que a otros, sean ellos ahora los que os ayuden si pueden. Ni tampoco os conviene aquí alegar la conjuración y confederación que se hizo de todos los griegos en tiempo de los medos para ayudaros y aprovecharla en vuestro favor, pues vosotros los primeros la rompisteis, dando ayuda y socorro a los eginetas y a otros de los que no entraron en esta liga. Y esto no lo hicisteis apremiados a ello, como nosotros para seguir el partido de los medos, sino de vuestro grado, sin que nadie os forzase estando en vuestra libertad, y viviendo según vuestras leyes, como habéis vivido hasta hoy.

»Ni tampoco hicisteis caso de la última amonestación antes que os pusiesen cerco, para que fueseis neutrales, y vivieseis en paz y sosiego.

»Decidnos, pues, quiénes hay de todos los griegos que con más razón deban ser aborrecidos y odiados que vosotros, que quisisteis mostrar vuestro esfuerzo empleándolo en su daño y mengua. Si en algún tiempo fuisteis buenos, como decís, no era por natural inclinación, porque la verdadera de los hombres se conoce en que es constante, como ha sido la vuestra, en tomar este camino inicuo y malo, siguiendo a los atenienses en una querella tan injusta, y esto baste para mostrar que nosotros seguimos el partido de los medos contra nuestra voluntad, y que vosotros seguisteis el de los atenienses de buen grado.

»Respecto a lo que decís que os ofendimos invadiendo vuestra ciudad en día de fiesta, contra razón y justicia durante la paz y alianza entre ambas partes, pensamos que vosotros habéis errado y delinquido mucho más que nosotros, porque si al venir a vuestra ciudad la hubiéramos asaltado o destruido las posesiones que tenéis en los campos, pudiera decirse con razón que os habíamos ofendido; pero si algunos de vuestros conciudadanos, de los más ricos y poderosos de la ciudad, deseando apartaros de la alianza y amistad de los extraños y uniros a las leyes y costumbres comunes de los otros beocios, nos vinieron a llamar de su grado, ¿qué injuria os hicimos en ir? Si hay algún delito en esto, antes debe ser imputado a los que guían, que a los guiados. A nuestro parecer, no hay yerro de una parte ni de otra, pues aquellos que, también eran ciudadanos como vosotros, y tenían más que perder que vosotros, nos abrieron las puertas y metieron en la ciudad, no como enemigos, sino como amigos, para imponer orden y que los malos no se hiciesen peores, y los buenos fuesen premiados según merecían. Así que más venimos para corregir vuestras costumbres, que para destruir vuestras personas; reanudando la primera y pasada amistad y parentesco que teníamos y procurando que no tuvieseis enemistad alguna, y vivieseis en paz y amor con todos los confederados. Bien lo demostramos con los hechos, pues entrados en vuestra ciudad no hicimos acto alguno de enemigos, ni injuriamos a nadie, antes mandamos pregonar públicamente que todos los que quisiesen vivir en libertad, según las leyes y costumbres de Beocia, viniesen hacia nosotros; vinisteis de buena voluntad, y hechos los convenios quedasteis en paz y sosiego; mas después que visteis que éramos pocos no nos tratasteis de igual modo, pues aun suponiendo que os ofendimos entrando en vuestra ciudad sin consentimiento de todos los del pueblo, ni nos amonestasteis primero con buenas palabras que saliésemos de ella sin ejecutar novedad alguna, como habíamos hecho primero nosotros, sino que contra el tenor de los conciertos que acabábamos de ajustar, vinisteis con toda furia a dar sobre nosotros. Y no sentimos tanto a los que murieron en el combate a vuestras manos, porque se podría decir que en cierto modo fueron muertos por derecho de guerra, como a los que humildes, con las manos tendidas, se os rindieron, los cogisteis vivos, prometiéndoles salvar sus vidas, y después los mandasteis matar, cometiendo en breve espacio de tiempo tres grandes injusticias: una, faltar a los convenios hechos: otra, matar a aquellos con quien los habíais hecho, y la tercera, prometernos falsamente que no los mataríais si no hacíamos daño en vuestras tierras; y con todo esto tenéis atrevimiento de decir que os ofendimos sin razón, y que no merecéis ningún castigo.

»Ciertamente seréis declarados inocentes y absueltos de la pena, si estos jueces quieren juzgar sin justicia; pero si son buenos y rectos, debéis ser bien castigados por causa de todos estos delitos.

»Os recordamos estas cosas, varones lacedemonios, así por vuestro interés, como por el nuestro, para que, por lo que toca a vosotros, sepáis que habréis hecho justicia condenando a estos de Platea, y por lo que a nosotros atañe, se conozca que al pedir el castigo de estos lo demandamos santa y justamente. Ni tampoco os deben mover a compasión las virtudes y glorias que les oís contar de sus antepasados, si algunas hay, pues estas deberían favorecer a los que son ofendidos; pero a los que hacen alguna mala acción, antes les deben doblar la pena, porque fueron delincuentes sin causa para ello. Ni menos les deben aprovechar sus llantos y lamentaciones miserables para que les tenga compasión, por más que imploren nuestros parientes ya difuntos y giman su soledad y desconsuelo, pues acordaos de nuestros compañeros muertos por ellos cruelmente, cuyos padres, o de muchos de ellos, murieron en la batalla de Queronea cuando os llevaban el socorro de Beocia, y los otros quedan ya viejos y desconsolados en sus casas, demandando la venganza con más justa razón que estos os piden el perdón, pues son dignos de misericordia los que contra justicia y razón sufren injurias, mal o daño; pero los que por su culpa los padecen, merecedores son de que los otros se alegren de su mal cuando los vean en miserias y desventuras, como ahora están estos plateenses, solos y desamparados por su culpa, pues por su voluntad desecharon sus amigos y aliados, los mejores que tenían, y se apartaron de ellos, ofendiéndoles antes por odio y mal querencia que por razón, sin que les injuriásemos en cosa alguna, de modo que el mayor castigo será inferior al que merecen.

»Y tampoco dicen verdad al suponer que se rindieron voluntariamente, viniendo con las manos alzadas en la batalla, sino que por pacto expreso se sometieron a vuestro juicio. Por tanto, siendo esto así, rogamos y requerimos a vosotros, varones lacedemonios, que cumpláis las leyes de Grecia que estos malamente han quebrantado, dando a nosotros, sin razón ofendidos, la justa paga y galardón merecido a los servicios que hemos hecho, sin que por las razones de estos nos sea denegado. Y dad también ejemplo a todos los griegos, de que no paráis mientes tanto en las palabras como en los hechos, porque cuando las obras son buenas no requieren muchas palabras para alabarlas; mas para paliar y dorar un mal hecho, son menester discursos artificiosos.

»Si los que tienen la autoridad de juzgar y sentenciar, como vosotros la tenéis al presente, después de recopiladas todas las dudas, conociesen sumariamente y de plano de la causa, sin más largas y dilaciones, ninguno procuraría forjar lindas frases para excusar los hechos torpes y feos.»

De esta manera hablaron los tebanos.

Cuando los jueces lacedemonios hubieron oído ambas partes, determinaron perseverar en la pregunta que habían hecho al principio a los de Platea, es a saber: si durante la guerra prestaron algún beneficio a los lacedemonios, porque les parecía que todo el tiempo anterior no se habían movido a hacer mal ninguno, según las leyes y convenciones que Pausanias hiciera con ellos después de la guerra de los medos, hasta tanto que recusaron las condiciones para ser neutrales antes que se les pusiese el cerco, y porque después que los de Platea rechazaron aquellas condiciones, los lacedemonios no quedaban ya obligados por el convenio de Pausanias. Por esta razón los de Platea merecían todo el mal que les viniese de su parte. Les llamaron ante sí, uno en pos de otro, y les preguntaron si habían hecho algún beneficio a los lacedemonios o a sus aliados en aquella guerra, y viendo que no respondían nada a esta pregunta, les mandaron salir del Senado y llevarles a otro lugar, donde todos fueron muertos, siendo de los de Platea más de doscientos, y de los atenienses, que habían venido en su ayuda, más de veinticinco; sus mujeres las llevaron cautivas. La ciudad la entregaron a los megarenses, que habían sido lanzados de ella por las discordias y parcialidades que tenían, y a los otros plateenses, que habían estado de parte de los lacedemonios, para que la habitasen todos juntos. Mas pasado el año la destruyeron y asolaron hasta los cimientos, y la reedificaron junto al templo de Juno, donde hicieron un albergue de doscientos pies de largo por todas partes, con todos sus aposentos arriba y abajo, y le adornaron con la clavazón, vigas, puertas y maderas de las casas que habían derribado, poniendo en él sus lechos y dormitorios, y dedicándole a la diosa Juno. Además le hicieron otro templo nuevo de piedra labrada, que tenía cien pies de largo. Todas las tierras del término de la ciudad de Platea las arrendaron por diez años para que las labrasen y cultivasen, parte de ellas a los tebanos, y la mayor parte a los lacedemonios, los cuales las tomaron por agradar a los tebanos, pues, a causa de ellos, habían sido contrarios de los plateenses, y también porque pensaban que los mismos tebanos les podían aprovechar mucho en la guerra contra los atenienses.

Este fin tuvo la empresa y cerco de Platea, noventa y tres años después que los plateenses hicieron confederación y alianza con los atenienses.

XI.

Victoria naval que los peloponesios alcanzan contra los atenienses y corcirenses por las discordias que los últimos tenían entre sí.

Entretanto las cuarenta naves que los peloponesios habían enviado en socorro a los de la isla de Lesbos, al saber que la armada de los atenienses venía contra ellos, quisieron retirarse a toda prisa, y los vientos les llevaron a la isla de Creta. No pudiendo seguir su rumbo, fueron a dar a la costa del Peloponeso, donde se encontraron con trece barcos de los leucadios y de los ambraciotes junto al puerto de Cilene, de los que era capitán Brásidas, hijo de Télide, y por consejero tenía a Álcidas, el cual a la sazón llegó allí porque los lacedemonios, viendo que habían errado el tiro en la empresa de Lesbos, determinaron reparar y rehacer su armada y enviarla a Corcira.

Sabiendo que había divisiones en la ciudad y que los atenienses solo tenían doce naves en aquella parte surtas en el puerto de Naupacto, mandaron a Brásidas y Álcidas que se apoderasen de Corcira antes que pudiese ser socorrida por los atenienses, y esperaban buen éxito por la discordia que había entre los corcirenses.

Causa de estas disensiones fue que los corcirenses, cogidos por los corintios en la batalla naval que se dio junto a Epidamno, fueron puestos en libertad y enviados a sus casas so color de ir a traer su rescate, por el cual habían respondido sus amigos en Corinto, y que montaban a más de ochenta talentos. Mas a la verdad, era para que influyeran con los otros corcirenses, atrayéndolos a la obediencia de los corintios y apartándolos de la alianza con los atenienses. Sucedió que en este mismo tiempo aportaron dos navíos a Corcira, uno de los corintios y otro de los atenienses, y ambos conducían embajadores para tratar con los corcirenses, los cuales dieron audiencia a unos y otros, y al fin respondieron que querían quedar por amigos y confederados de los atenienses, según los pactos y convenios que tenían con ellos, y que también deseaban ser amigos de los lacedemonios, como lo habían sido antes. Esta respuesta fue acordada por consejo de Pitias, varón de grande autoridad y mando en la ciudad, y que pocos días antes se había hecho ciudadano de Atenas. Los ciudadanos que procuraban lo contrario, le llevaron a juicio acusándole de que quería poner la ciudad en dependencia de los atenienses, pero al fin fue absuelto de esta demanda, y después él acusó a cinco de sus adversarios, los más ricos de todos, de que habían cortado y arrancado los maderos del cerco de los templos de Júpiter y de Alcínoo, por lo que incurrían en pena de una fiatera[73] por cada palo, que era una multa considerable. Siendo condenados, se acogieron a sagrado hasta que les fuese perdonada o rebajada la pena, aunque Pitias se oponía con todas sus fuerzas y aconsejaba a los ciudadanos la aplicasen con todo rigor. Viéndose tan perseguidos por quien tenía tan gran poder y autoridad en el Senado, y sabiendo que, mientras viviese, todos seguirían el partido de los atenienses, se juntaron con otros muchos y entraron en el Senado con sus dagas debajo de las ropas, y allí mataron a Pitias y a otros senadores y particulares, hasta sesenta, salvándose los demás partidarios de Pitias, que fueron muy pocos, en el barco de los atenienses que aún estaba en el puerto. Después de hacer los conjurados esta mala hazaña, reunieron al pueblo y le dijeron que lo hecho había sido por el bien de la ciudad para que no cayese en servidumbre de los atenienses, y que en lo demás les parecía que debían ser neutrales y responder a ambas partes que no entrasen en su puerto sino en son de paz y como amigos, y solo con un navío, pues los que entraran con más número, serían reputados por enemigos. Leído y publicado este decreto, el pueblo le aprobó y confirmó, y enviaron sus mensajeros a los atenienses para darles a entender que les había sido necesario obrar así. También lo hicieron para amonestar a los corcirenses que se habían acogido a ellos, que no procurasen nuevas tramas en daño de la ciudad. Pero al llegar a Atenas estos mensajeros, fueron presos como hombres sediciosos que procuraban novedades, y juntamente con ellos los otros que habían persuadido y sobornado para que fuesen de su bando, y a todos los llevaron a Egina y metieron en prisión.

Entretanto, los grandes y los principales de Corcira que seguían el partido de los corintios, al llegar el barco de estos y en él sus embajadores, juntamente con ellos acometieron a sus conciudadanos y aunque estos se defendieron durante algunas horas, al fin fueron vencidos y obligados a retirarse durante la noche a la fortaleza y más altos y fuertes lugares de la ciudad donde se parapetaron, y después se apoderaron del puerto de Hilaico. Los victoriosos ganaron la plaza del mercado de la ciudad, en torno de la cual los más de ellos tenían sus casas, y también tomaron el puerto que cae a la parte de tierra, a la bajada del mercado. Al día siguiente tuvieron una escaramuza a tiros de dardos y pedradas. Ambas partes enviaron a buscar en los campos a los siervos y esclavos para que viniesen a socorrerles, prometiéndoles la libertad, y ellos escogieron ayudar al pueblo contra los grandes; pero en favor de estos llegaron ochocientos infantes por la parte de tierra firme, y con ellos volvieron a la batalla por tercera vez, en la cual los de la comunidad vencieron a los grandes por estar en lugar más ventajoso, porque eran muchos más en número y porque las mujeres, que estaban de su parte, les dieron grande ayuda, sosteniendo el furor e ímpetu de los contrarios con mayor esfuerzo y osadía que requería su condición natural, y tirándoles tejas y piedras desde las casas.

Al acercarse la noche, los grandes, que iban de vencida, temiendo que el pueblo, con ímpetu y grita, fuese a ganar el puerto y las naves que tenían en él, y tras esto los matasen a todos, pusieron fuego a las casas que estaban en el mercado y alrededor de él, así a las que eran suyas como de los otros, para estorbar que pudiesen pasar de allí, ocasionando que se quemasen muchos bienes y mercaderías muy ricas y de gran precio. De venir el viento de parte de la ciudad se hubiese quemado toda. Con este fuego cesó el combate aquella noche y estuvieron todos en armas cada cual en guarda de su estancia. Mas la nave de los corintios, sabiendo que el pueblo había alcanzado la victoria, desplegó velas y se fue secretamente, y lo mismo hicieron muchos de los que habían acudido de tierra firme en favor de los grandes, volviéndose a sus casas.

Al día siguiente Nicóstrato, hijo de Diítrefes, capitán de los atenienses, arribó al puerto de Corcira con doce barcos y quinientos hombres mesenios que venían de Naupacto en socorro de los del pueblo; y para restablecer la paz y concordia les indujo a que fuesen amigos, y que tan solo castigaran a diez de los que habían sido la causa de la sedición y alboroto, aunque estos no esperaron la ejecución del juicio, sino que huyeron y se escaparon. En lo demás procuró que todos quedasen en la ciudad como antes, y que de común acuerdo aprobasen la alianza que tenían con los atenienses, es decir, que fuesen amigos de sus amigos, y enemigos de sus enemigos.

Ajustado este convenio, los gobernadores de la ciudad trataron con Nicóstrato, que les dejase allí cinco de sus barcos de guerra para impedir que los del bando contrario se rebelasen, y que en las otras naves embarcase todos los que ellos le señalasen de los contrarios, y los llevase consigo a fin de que no pudiesen organizar algún motín. Accedió Nicóstrato; mas al hacer la lista de los que habían de ser embarcados, temiendo estos ser llevados presos a Atenas, se acogieron al templo de Cástor y Pólux; y por más que Nicóstrato les amonestaba que viniesen con él sin miedo, no les pudo persuadir. Los del pueblo fueron a sus casas, y les tomaron las armas que tenían, y aun hubieran muerto algunos de ellos que encontraban en las calles, si Nicóstrato no se lo impidiera. Viendo esto los otros del mismo bando, se retiraron al templo de Juno, y serían hasta cuatrocientos, por lo que los del pueblo, sospechando que hiciesen alguna novedad, los aplacaron consiguiendo contentarlos con ir desterrados a una pequeña isla, que estaba frente al templo, donde les proveían de víveres y demás cosas necesarias para vivir.

Cuatro o cinco días después que aquellos ciudadanos fueron llevados a la citada isla, los navíos de los peloponesios, que se habían quedando en Cilene, a la vuelta de Jonia, cuyo capitán era Álcidas, y Brásidas su compañero, que serían en número de cincuenta y tres, arribaron al puerto de Síbota, ciudad en la tierra firme, y al amanecer dirigieron el rumbo hacia Corcira. Sabido esto por los de Corcira se alarmaron, así por causa de sus discordias civiles como por la venida de los enemigos a tal tiempo. Por tanto, armaron setenta barcos, y unos tras otros los enviaron al encuentro cargados como estaban con su gente de guerra, aunque los atenienses les rogaron que los dejasen ir delante y que tras ellos viniesen todos juntos. Navegando los corcirenses sin orden ni concierto alguno, cuando comenzaron a acercarse a los peloponesios, dos de sus barcos se vinieron a ellos, y los que estaban en los otros combatían entre sí muy desordenados. Viendo esto los peloponesios, enviaron de pronto veinte barcos contra ellos, y todos los otros fueron a embestir contra los doce de los atenienses, entre los cuales estaban los llamados Páralos y Salaminia. Las naves corcirenses, por el mal orden en que iban, tropezaban unas con otras repartidas en muchas bandas, de manera que ellas mismas se dispersaron. Pero los atenienses, temiendo ser cercados por la multitud de barcos de los enemigos, no quisieron atacar el mayor escuadrón de los contrarios, sino que embistieron contra algunas naves y echaron una a fondo. Después se pusieron en caracol, cercando a los enemigos y procurando desconcertarlos y hacerles perder el orden. Viendo esto los veinte navíos de los peloponesios, que habían salido contra los corcirenses, y temiendo que les ocurriese lo que les había sucedido en la pasada batalla de Naupacto, acudieron en socorro de sus compañeros, y todos juntos fueron a dar contra los atenienses, que se retiraron poco a poco. Los corcirenses, por su parte, viendo que los peloponesios apretaban tanto a sus compañeros, no osaron esperar y se pusieron en huida. Después del combate quedaron allí hasta la noche los peloponesios victoriosos. Entonces los corcirenses, temiendo que los enemigos, siendo vencedores, les acometiesen en la ciudad, o que se pasasen a ellos los ciudadanos que habían desterrado en la isleta, o hiciesen alguna otra hazaña en perjuicio suyo, embarcaron aquellos ciudadanos llevándolos de nuevo a Corcira, y los metieron dentro del templo de Juno, poniendo en seguida guardas en la ciudad. Pero los peloponesios, aunque vencedores, no osaron ir contra la ciudad, y con trescientos prisioneros que cogieron a los corcirenses, se retiraron al puerto de donde habían partido. Tampoco al día siguiente se atrevieron a moverse, aunque la ciudad estaba muy temerosa y perturbada: y Brásidas, su capitán, era de opinión que fuesen a acometerla; empero, Álcidas que tenía el mando, fue de contrario parecer, y por ello desembarcaron en el cabo de Leucimna, desde donde hicieron mucho daño en los términos de Corcira. Por entonces los corcirenses, sospechando la llegada de los enemigos, parlamentaron con los que se habían retirado a los templos, y con los otros ciudadanos para convenir la manera de guardar la ciudad, y a algunos les persuadieron para que entrasen en las naves, que tenían en número de treinta, las mejores que pudieron reunir para resistir a los enemigos si llegaban.

Los peloponesios, después de robar y arrasar la tierra hasta la hora de mediodía, se reembarcaron y fueron a Leucimna. A la noche siguiente les fue hecha señal con luces de que habían partido sesenta navíos de los atenienses del puerto de Léucade en busca de ellos[74], como era verdad, porque al saber los atenienses las revueltas que había en Corcira y la llegada de la escuadra de Álcidas, enviaron a Eurimedonte, hijo de Tucles, con sesenta navíos, hacia aquellas partes.

Álcidas y los peloponesios se fueron costeando a su tierra con la mayor diligencia que podían, y para no ser sentidos si se engolfaban en alta mar, atravesaron por el estrecho de Léucade derechamente hacia la otra costa.

Los corcirenses, al saber de cierto la partida de los peloponesios y la llegada de los atenienses, volvieron a meter en su ciudad a los que habían lanzado fuera, y mandaron partir las naves donde habían embarcado su gente de guerra hacia el puerto de Hilaico; y navegando a lo largo de la costa, todos cuantos enemigos encontraron en su viaje los mataron. Después hicieron salir de los barcos a los ciudadanos que habían persuadido para que se embarcasen, y de allí se fueron al templo de Juno, persuadiendo a los que se habían acogido a él, que serían hasta cincuenta, a que vinieran a defender su causa ante la justicia: hiciéronlo así, y todos fueron condenados a muerte. Sabido esto por los que no pudieron ser persuadidos de acudir al juicio y se habían quedado en el templo, se suicidaron unos ahorcándose de los árboles, otros se mataron entre sí, y otros por modos extraños de darse muerte; de manera que no escapó uno solo.

Además, por espacio de siete días, que Eurimedonte estuvo allí con sus sesenta barcos, los corcirenses mandaron matar a todos los de la ciudad que tenían por enemigos, so color de que habían querido destruir el pueblo. Algunos fueron muertos por causa de enemistades particulares; y otros, por el dinero que les debían, fueron muertos a manos de sus mismos deudores, realizándose en aquella ciudad todas las crueldades e inhumanidades que se acostumbran en semejantes casos, y mucho peores, como matar el padre al hijo; sacar los hombres de los templos para matarlos, y aun asesinarlos dentro de los mismos templos. Algunos murieron tapiados en el templo de Baco. Tan cruel fue aquella sedición.

XII.

Parcialidades y bandos que aparecen en Corcira y en las demás ciudades griegas por causa de la guerra y de los daños que ocasionaba.

Esta sedición y guerra civil pasó tan adelante como arriba hemos contado. Y por haber sido la primera en aquellas partes, parecía mayor y más cruel, aunque después reinó casi en todas las ciudades de Grecia, porque la mayor parte de los del pueblo eran del partido de los atenienses, y los grandes y principales seguían el de los lacedemonios. Tales parcialidades y sediciones no las hubo antes de la guerra; mas después de comenzada, no cesaban de llamar en su ayuda los contendientes a los de su bando para hacer mal a los otros, porque los que buscaban novedades, tomaban de ello pretexto y ocasión paro hacerlo. Esto produjo muy grandes males en las ciudades, y ocurrirán siempre mientras hubiere hombres inclinados a ello, mayores, menores, de varia manera, según que fueren los casos y mudanzas de las cosas; lo cual no sucede en tiempo de paz, porque entonces los hombres atienden más al bien de la república que al suyo particular, y nadie les obliga a estas enemistades. Mas la guerra, porque acarrea consigo la falta y necesidad de las provisiones y vituallas, y quita la abundancia de todas las cosas necesarias para la vida y mantenimiento cotidiano, haciéndose señora de todo por fuerza, fácilmente atrae la mala voluntad de muchos, a que sigan el estado y condición del tiempo de presente.

Por estas causas fueron en aquel tiempo turbados los estados y gobiernos de las ciudades de Grecia con sediciones y discordias civiles, pues sabido que en un lugar se había hecho alguna demasía o insolencia por unos, otros se disponían a otra mucho peor, o por hacer alguna cosa de nuevo, o por mostrarse más diligentes e ingeniosos que los primeros, o más osados y atrevidos para vengarse, y todos estos males se excusaban nombrándolos con nuevos e impropios nombres, porque a la temeridad y osadía llamaban magnanimidad y esfuerzo, de manera que los temerarios y atrevidos eran tenidos por amigos y por defensores de los amigos; a la tardanza y madurez llamaban temor honesto, y a la templanza y modestia cobardía y pusilanimidad encubierta; la ira e indignación arrebatada, nombrábanla osadía varonil; la consulta, prudencia y consejo, pereza y flojedad. El que se mostraba más furioso y arrebatado para emprender la cosa, era tenido por más fiel amigo, y el que la contradecía, por sospechoso. El que llevaba a ejecución sus tramas y asechanzas, era reputado por sabio y astuto, y mucho más aquel que prevenía las de su enemigo, o conseguía que ninguno se apartase de su bando, ni tuviese temor a los contrarios. Finalmente, el más dispuesto para hacer daño a otro, era muy elogiado, y mucho más el que para hacerlo inducía a otro que no pensaba en tal cosa.

Esta formación de bandos era mayor entre extraños que entre parientes y deudos, porque aquellos estaban más dispuestos a cualquier empresa sin excusa alguna, y porque estas juntas y consejos no se hacían por la autoridad de las leyes ni por el bien de la república, sino por codicia y contra todo derecho y razón. La fe y lealtad que se guardaba entre ellos no era por ley divina y religión que tuviesen, sino por mantener este crimen en la república y tener compañeros de sus delitos. Si alguno del bando contrario decía una razón buena, no la querían aceptar como tal, ni como de ánimo noble y generoso, si no les parecía que redundaba en su provecho. Más querían vengarse que dejar de ser ultrajados. Si hacían algún concierto con juramento solemne, duraba hasta tanto que una de las partes fuese más poderosa que la otra; pero la primera ocasión la aprovechaba por serle más segura y porque le parecía gran prudencia vencer al otro por astucia y malicia, y también porque es cosa cierta que antes los malos (cuyo número es infinito) son llamados industriosos que los inocentes y sencillos buenos, y comúnmente los hombres se afrentan de ser tenidos por simples e inocentes, y se glorifican de que les llamen malos y atrevidos.

Todo esto nace de la codicia de honras, que enciende el fuego de las parcialidades, porque los que eran cabeza de bandos en las ciudades daban color honesto a su partido: los que favorecían al común, que llaman democracia, defendían que todos fuesen iguales en la república, y los del partido de los grandes, que llaman aristocracia, decían que era justo que los más buenos y principales rigiesen y fuesen preferidos a los menores. Cada cual, pues, contendía por favorecer a la república de palabra, mas en la obra todo el fin de su debate y contienda era inventar unos males contra otros, por fuerza o por manera de venganza y castigo, no mirando al bien común ni a la justicia, sino al deleite y placer de ver los unos el mal de los otros, ora fuesen injustamente condenados, ora violentamente oprimidos.

Siempre estaban dispuestos a ejecutar en el acto su mala voluntad sin respeto a la religión y acatamiento a los dioses en cosa que hiciesen o contratasen, el que con palabras dulces y fraudulentas podía engañar a otro, era más temido y estimado. Si alguno había que quería ser neutral, lo mataban, o porque no querían ser de su bando, o por envidia de verle en reposo y exento de los males que los otros tenían. De manera que por estas sediciones y bandos toda Grecia sufrió males innumerables, y los buenos y virtuosos, que por la mayor parte suelen ser generosos de ánimo, eran perseguidos, burlados y escarnecidos.

Tenían por cosa excelente prevenir los consejos y empresas de otros con traición y perfidia, y si alguna vez se reconciliaban, ni había seguridad en palabra que daban, ni temor al juramento que hacían, antes por la desconfianza que tenían unos de otros, más miraban por sí para no sufrir mal, que daban fe a las palabras de su contrario. El consejo de los ruines valía más que el de los buenos y cuerdos, por ser más temerario e insensato y decidía para acometer cualquier empresa. Los prudentes y discretos, por la poca cuenta que hacían de los otros, confiando en que por su ingenio y destreza mejor proveerían las cosas de lejos que aquellos, queriéndolas ejecutar antes por consejo y arte que por fuerza, muchas veces sufrían atropello de los más bajos y viles.

Ejemplos tales de osadía y temeridad se vieron en Corcira, porque los vencedores ejecutaban las cosas más por fuerza e ingenio que por derecho y razón, tomando venganza de los castigos injustos que habían impuesto los grandes a ellos y a sus amigos. Eso mismo hacían los pobres que querían enriquecerse y los que codiciaban los bienes ajenos, pensando alcanzarlos por vías ilícitas, una de las principales causas de estos males. Los que no se movían por avaricia, sino por ignorancia, mostraban más ira, pensando que les era lícito todo lo que hacían furiosos y sin freno, porque esta manera de vivir turbulenta y desordenada vencía todas las leyes y fueros, y la naturaleza del hombre, que antes estaba acostumbrada a obedecerlas, daba a entender que las quería violar voluntariamente, pues mostrándose más débil que la ira del vulgo, y más poderosa que las leyes, era enemiga de los que tenían bienes y hacienda, prefiriendo la venganza a la justicia y el robo a la inocencia; y por envidia a los poderosos y deseo de venganza, violaba las leyes, en las cuales todos deben esperar su salvación, sin reservarse otro medio para ayudarse en los peligros.

Todos estos males ocurrieron en Corcira antes que en las otras ciudades de Grecia, cuando Eurimedonte estaba allí con su armada. Al ausentarse esta, los que habían huido de la ciudad, que serían unos quinientos, tomaron los fuertes que estaban en tierra firme, recobraron todas sus tierras e hicieron muchas entradas en la isla, robando y talando la tierra y causando muchos daños, por los que la ciudad sufrió gran falta de víveres. Después enviaron sus embajadores a los lacedemonios y a los corintios, pidiéndoles ayuda para tomar la ciudad; mas viendo que no se la daban, reunieron algunos barcos y soldados extranjeros, hasta seiscientos, con los cuales pasaron a la isla. Al saltar en tierra quemaron todos sus navíos, para no tener esperanza de volver, y ocuparon la montaña de Istone, donde se hicieron fuertes, dominando en la tierra y haciendo mucho daño a los que estaban en la ciudad.

XIII.

Los atenienses envían su armada a Sicilia. — Sucesos que les ocurrieron al fin de aquel verano, en el invierno y al empezar el verano siguiente en Sicilia y Grecia. — Fundan los lacedemonios la ciudad de Heraclea.

Al fin de aquel verano[75] los atenienses enviaron veinte barcos a Sicilia, al mando de Laques, hijo de Menalopo, y de Caréades, hijo de Eufileto, porque los siracusanos tenían guerra contra los leontinos y estaban confederados en Grecia con todas las ciudades dorias, excepto Camarina, y los dorios tenían alianza con los lacedemonios antes que comenzasen la guerra, aunque no fueron en su compañía. También los locros tenían amistad en Italia, y los leontinos por amigos a los calcídeos y camarinos.

En Italia, los de Regio, que eran de su nación y deudos, como aliados de los leontinos, pidieron a los atenienses, así por la antigua amistad, como porque eran jonios de nación, que les enviasen de socorro algunas naves para su defensa contra los siracusanos, sus comarcanos, que les querían impedir el comercio por mar y tierra. Los atenienses otorgaron su demanda y enviaron sus barcos so color de la amistad que tenían con ellos, aunque a la verdad, más era para estorbar que viniesen víveres de Sicilia al Peloponeso, y por si podían conquistar Sicilia.

Al llegar la armada de los atenienses a Regio, comenzó la guerra contra los sicilianos en compañía de los de Regio, pero sobrevino el invierno que la interrumpió.

Al principio del invierno[76] se recrudeció en Atenas la peste, que nunca había cesado del todo sino por intervalos de tiempo: esta vez duró un año, y antes había durado dos sin interrupción, que fue la cosa que más debilitó y quebrantó las fuerzas y poder de los atenienses. En esta postrer epidemia murieron más de cuatro mil y trescientos hombres de armas, y trescientos de a caballo, sin lo restante del pueblo, que fue gente innumerable.

También hubo grandes y repetidos terremotos, así en Atenas como en Eubea y en toda Beocia, pero mucho más en Orcómeno.

En este invierno los atenienses que quedaron en Sicilia con los de Regio, con treinta barcos, atacaron las islas de Eolo, en Sicilia, haciéndolo en invierno porque en verano no hay agua fresca en ellas.

Estas islas las habitan los liparenses, que traen su origen de los cnidios griegos, y principalmente moran en una de ellas, llamada Lipara, que no es muy grande, y desde la cual pasan a las otras, que son Dídima, Estróngile y Hiera, para cultivarlas. En Hiera creen los moradores que el dios Vulcano tiene sus herrerías, porque de noche ven salir gran fuego y de día gran humo. Todas estas islas están situadas en la parte de Sicilia y tierra de Mesena y entonces seguían el partido de los siracusanos, por lo que los atenienses y los de Regio, de consuno, les atacaron; y viendo que no se rendían, arrasaron las tierras y se volvieron a Regio. Este fin tuvo el quinto año de la guerra, que escribió Tucídides.

Al principio del verano[77] siguiente los peloponesios y sus aliados se reunieron otra vez para entrar en Ática, y llegaron hasta el istmo del Peloponeso, al mando de Agis, hijo de Arquidamo, rey de los lacedemonios. Mas al sentir los terremotos diarios se retiraron sin entrar en la tierra. Estos terremotos fueron tan grandes, que en Eubea el mar creció hasta anegar la mayor parte de la ciudad de Orobias, y aunque bajaron las aguas, siempre quedó sumergida parte de ella, ahogándose o peligrando los habitantes que no tuvieron tiempo para subir a lo más alto. Igual inundación hubo en la isla de Atalanta, junto a tierra de los locros, en la cual se anegó y cayó una parte del castillo que los atenienses tenían, y de dos barcos que había en el puerto uno dio en tierra de manera que fue destrozado. También la hubo en la ciudad de Peparetos, pero no se anegó nada, sino que el terremoto derrocó una parte de la muralla con el palacio y otras muchas casas.

Las causas de estas inundaciones fueron a mi parecer los temblores de tierra, porque de la parte que tembló más reciamente sacudió y lanzó la mar, la cual, a su retorno, con gran fuerza e ímpetu causaba tales avenidas.

En este mismo verano[78] ocurrieron algunos hechos de guerra en Sicilia, así por parte de los extraños como por los mismos de la tierra, y principalmente por los atenienses y sus aliados. Los más memorables de que tengo noticia fueron estos: Siendo Caréades capitán de los atenienses, muerto en batalla por los siracusanos, Laques, que quedaba por capitán de la armada, fue con su gente de guerra derechamente contra la ciudad de Milas en tierra de Mesena, donde había dos capitanías de los mesenios. Estos hicieron una emboscada y salieron contra los atenienses y sus aliados, quienes los dispersaron, pusieron en huida y mataron a muchos. De este hecho quedaron tan amedrantados los de la ciudad, que viendo venir a los atenienses y sus aliados hacia ella, se rindieron con ciertas condiciones y les dieron rehenes y toda clase de seguridades.

También este verano los atenienses enviaron treinta barcos a la costa del Peloponeso a las órdenes de Demóstenes, hijo de Alcístenes, y de Procles, hijo de Teodoro, y otros sesenta contra la isla de Melos, con dos mil combatientes, mandados por Nicias, hijo de Nicérato, porque los melios negaban obediencia a los atenienses, y no querían contribuir para las guerras. Mas después que les talaron las tierras, los hicieron venir por la fuerza a partido, y desde allí pasaron a Oropo, que está frente a esta isla en tierra firme. Llegados a este puerto, casi de noche, salieron todos armados de sus naves y fueron directamente a la ciudad de Tanagra, que está en Beocia. Por tierra llegó también gran hueste de los atenienses al mando de Hipónico, hijo de Calias, y de Eurimedonte, hijo de Tucles, los cuales, al juntarse con sus compañeros de mar, plantaron su campo delante de la ciudad, donde estuvieron todo aquel día haciendo muchos males en la tierra. Al día siguiente salieron contra ellos los de la ciudad con algún socorro que les había llegado de Teme, mas los atenienses les hicieron retroceder mal de su agrado; mataron muchos y los vencieron, y de las armas y despojos que les tomaron, levantaron trofeo en señal de la victoria delante de la ciudad. Después volvieron al punto de salida, los unos a las naves y los otros a la ciudad, y los que iban con Nicias, después de robar la tierra, se embarcaron, regresando a sus tierras.

En este mismo tiempo los lacedemonios fundaron la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, y la poblaron con gente de su nación, por lo cual los melieos están divididos en tres pueblos: los paralios, los irieos y los traquinios. Estos traquinios, molestados con guerras por sus vecinos los eteos, fueron de parecer al principio de llamar a los atenienses en su ayuda; pero no fiándose de ellos completamente, enviaron también a Tisámeno como embajador a los lacedemonios, que igualmente fue en representación de la Dóride, región metropolitana de aquellos, y acometida por los mismos eteos. Los lacedemonios, oída su embajada, determinaron enviar gente de su nación a que poblasen una ciudad, así para defensa de los traquinios y dorios, como porque les pareció que les vendría muy a propósito para la guerra con los atenienses, a causa de que desde la ciudad de Heraclea hasta Eubea había poco trecho de mar de pasar, y por tanto, podrían sin peligro organizar allí su armada contra los de Eubea, teniendo además muy buena guarida para cuando quisiesen ir a Tracia. Por estas razones procuraron fundar allí aquella ciudad, y primeramente lo consultaron con el oráculo de Apolo, cuyo templo está en Delfos, el cual les otorgó su demanda. Enviaron sus pobladores, así de sus tierras como de las de sus vecinos y comarcanos, mandando pregonar públicamente que darían licencia a todos los que quisiesen ir a morar en ella, excepto a los jonios y a los aqueos.

Para fundar y poblar esta ciudad dieron el encargo a tres de sus ciudadanos, León, Álcidas y Damagón, quienes, hecho el repartimiento de la tierra entre los que fueron a poblar, cercaron la ciudad de muralla y ahora se llama Heraclea, que dista de los montes de Termópilas cuarenta estadios, y de la mar medio estadio. Allí comenzaron a construir atarazanas para tener sus naves junto a Termópilas y su estrecho y estar más seguros.

Fundada esta ciudad, los atenienses al principio tuvieron algún temor, viendo que estaba cerca la isla de Eubea, y que desde allí había muy poco mar que atravesar hasta la ciudad de Ceneo, situada en Eubea; pero ningún daño les sobrevino, a causa de que los tesalios, que dominaban la tierra, en cuyos términos se había fundado la ciudad, sospechando ser vecinos que podían llegar a ser más poderosos que ellos, comenzaron a molestar a los nuevos pobladores con guerras, obligando al mayor número a abandonar la ciudad que al principio había sido muy poblada por multitud de gentes de todas partes, esperando que sería lugar seguro y firme por fundarla los lacedemonios, y al poco tiempo quedó con escasos moradores. Culpa de esto tuvieron también los caudillos que los lacedemonios enviaron con los nuevos pobladores, por tratarles mal y desalentarlos en lugar de animarlos contra sus enemigos, quienes, con esto, les vencieron más pronto y fácilmente.

XIV.

Demóstenes, capitán de los atenienses, parte de Léucade con su armada para combatir a los etolios y es vencido. — Varios hechos de guerra de los atenienses en Sicilia.

En este mismo verano, al tiempo que los atenienses estaban en Melos, treinta de sus naves que recorrían la costa del Peloponeso arribaron junto a Eiómeno, en la región de Léucade, y allí en una emboscada mataron y prendieron algunos de los hombres de guerra que estaban de guarnición. Después con toda la armada fueron sobre Léucade, llevando en su compañía a todos los acarnanios, excepto los eníadas, y a los zacintos y cefalenios. Con su armada iban también quince naves de los corcirenses, y con tan gran poder, robaban y talaban todas las tierras de Léucade, así las que están dentro del estrecho como fuera, y hasta el templo de Apolo, que estaba junto a la ciudad. Mas los ciudadanos de Léucade, a pesar de los daños que sufría su tierra, no osaron salir fuera de su ciudad. Viendo esto los acarnanios pidieron con grande instancia a Demóstenes, capitán de los atenienses, que los sitiara esperando ganar la ciudad fácilmente y verse así libres y seguros en adelante de estos leucadios, que eran sus antiguos enemigos. Mas Demóstenes, que a la sazón daba más crédito a los mesenios, fue persuadido por estos de que dejase la empresa de Léucade, y la emprendiera contra los etolios, teniendo para ello tan buena armada y tan gran poder, así porque estos etolios eran enemigos capitales de los de Naupacto, como porque decían que, siendo vencidos, fácilmente someterían después todo lo restante de Epiro al señorío y obediencia de los atenienses. Y aunque los etolios fuesen muchos y buenos guerreros, parecía a los mesenios que podrían ser vencidos y conquistados pronto porque sus ciudades y villas, no cercadas de murallas, estaban muy distantes entre sí, no pudiendo socorrerse fácilmente, y porque los moradores se encontraban mal armados y a la ligera.

Eran de parecer que primeramente fuesen atacados los apodotos, y tras ellos los ofioneos y los euritanes, que son la mayor parte de los etolios, y eran campesinos, salvajes, fieros y bárbaros en sus costumbres y lenguaje, llamándoseles omófagos, que quiere decir comedores de carne cruda. Vencidos estos, creían que fácilmente sujetarían a todos los demás. Este consejo pareció muy bien a Demóstenes, así por el crédito que daba a los mesenios, como porque creía que, teniendo consigo los epirotas y los etolios, podía muy bien, sin otra armada de los atenienses, ir por tierra a hacer la guerra a los beocios, tomando el camino de los locros ozolas y citiones, y por la parte de Doria, que está a la mano siniestra del monte Parnaso, descendiendo de allí a la tierra de los focenses que confinan con Beocia. Esperaba inducir a estos focenses a que le diesen paso por su tierra y ayuda, por la antigua amistad que tenían con los atenienses, y si no, obligarles a hacerlo por fuerza.

Decidido a ejecutar esta empresa, mandó retirar toda su armada que estaba sobre Léucade, y se fue por mar hasta Solio contra la voluntad de los acarnanios, a quienes había comunicado su designio; y viendo que no lo aprobaban, antes les pesaba y se enojaban con él porque no había perseverado en el cerco de Léucade, partió sin ellos con lo restante de la armada, donde iban solamente los cefalenios y los mesenios, y con trescientos marinos atenienses que tenía en sus naves, pues los quince navíos de los corcirenses se habían apartado ya de la armada. Partió del puerto de Eneón en la Lócride. Estos locros estaban confederados con los ozolas y obligados, por tanto, a servir y ayudar a los atenienses con todas sus fuerzas cuando hiciesen la guerra a las tierras mediterráneas. El socorro les venía muy a propósito para dicha empresa, porque los ozolas eran vecinos de los etolios, se armaban como ellos y sabían la tierra y la forma que tenían de pelear.

Partido Demóstenes con su armada, arribó al puerto y templo de Júpiter en Nemea, donde se dice que fue muerto el poeta Hesíodo por los naturales, de quienes nada temía, porque le profetizó el oráculo que moriría en Nemea, y él entendió la ciudad de Nemea, siendo aquel lugar el templo de Júpiter que tenía por sobrenombre Nemea. Demóstenes partió de este lugar al alba con toda su armada para entrar en Etolia, y el primer día tomó la ciudad de Potidania por fuerza; el segundo, la de Crocilio, y el tercero la de Tiquio, donde descansó algunos días, y de allí envió los efectos que había tomado a la ciudad de Eupalio en Lócride. Proponíase, después de sojuzgar todo lo restante de esta provincia a su vuelta de Naupacto, ir a conquistar los ofioneos si no se entregaban. Mas los etolios, avisados de su venida, determinaron salir al encuentro, y al entrar por sus tierras se reunieron los vecinos y comarcanos, y principalmente los ofioneos que habitan al cabo junto al golfo llamado Melíaco, y los bomieos y los calieos.

Mientras estos pueblos se juntaban, los mesenios, perseverando en el parecer que habían dado a Demóstenes de que los etolios serían fácilmente vencidos, le aconsejaron que partiese de allí lo más pronto posible, y podría ganar las ciudades y villas de toda aquella tierra antes que los enemigos acabaran de reunirse. Demóstenes siguió este consejo confiado en su buena fortuna, porque hasta entonces ninguna cosa le había salido mal. Sin esperar el socorro de los locros, que le era bien necesario por ser ballesteros experimentados en tirar, y, armados a la ligera, fue sobre Egitio y la tomó sin resistencia, porque los habitantes la abandonaron, retirándose a los montes alrededor de la ciudad, situada en un cerro a ochenta estadios distante de la mar[79]. Ya todos los etolios habían llegado, alojándose en diversos lugares de las montañas, y todos a una vinieron a dar sobre los atenienses y sus aliados por todas partes con muchos tiros de dardo y de piedra. Cuando estos revolvían sobre ellos se guarecían en las breñas, y cuando se retiraban los seguían. Duró gran rato esta escaramuza, en la cual los atenienses llevaban la peor parte, así cuando acometían a los contrarios como cuando se defendían de ellos, aunque mientras los suyos tuvieron abundancia de dardos se defendieron muy bien. Los etolios, armados a la ligera, cuando veían ir hacia ellos los flecheros contrarios, se retiraban; pero muerto el capitán de los flecheros, los que quedaban, muy cansados y apremiados por los enemigos, volvieron las espaldas y se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los atenienses que allí quedaban con sus aliados y compañeros. Huyendo todos sin orden, metíanse entre las peñas, rocas y sitios sin salida, no teniendo quien los guiase, porque el mesenio Cromón, que era su caudillo y guía, había muerto en la batalla. Por esta causa hubo muchos muertos en la retirada, pues los etolios, todos armados a la ligera, los seguían al alcance y los herían y mataban sin peligro, teniéndolos atajados y tomados los pasos, de modo que no sabían por donde huir. Algunos que se habían guarecido en las selvas y bosques, sin caminos y senderos, pensaron salvarse, mas los etolios incendiaron los bosques y fueron todos quemados. No había especie de muerte y de huida que no se viese entonces en el ejército de los atenienses, y con gran dificultad escaparon muy pocos vivos de la batalla, salvándose en Eneón, que está en Lócride, de donde habían partido. Murieron de los aliados gran número, y de los atenienses ciento veinte hombres de los mejores guerreros de todo el ejército, entre ellos Procles, uno de los capitanes.

Pasada esta derrota, los atenienses vencidos reconocieron la victoria a los contrarios, y recibieron sus muertos para darles sepultura, volviendo a Naupacto y desde allí a Atenas.

Demóstenes, su caudillo y capitán, se quedó en los lugares cercanos a Naupacto por temor a los atenienses a causa de esta derrota.

En este mismo tiempo, los atenienses que andaban por la costa de Sicilia navegando, aportaron en Lócride, saltaron a tierra y tuvieron un encuentro con los locros, siendo estos vencidos en un paso que guardaban, tomándoles la villa de Peripoleon, situada junto al río Álece.

XV.

Euríloco, capitán de los peloponesios, no puede tomar la ciudad de Naupacto, y por consejo de los ambraciotes, emprende la guerra contra los anfiloquios y los acarnanios. Los atenienses purifican y dedican la isla de Delos.

Aquel mismo verano, los etolios, cuando supieron la empresa de los atenienses contra ellos, enviaron como embajadores a los lacedemonios y a los corintios a Tólofo, a Boríades y a Tisandro, para pedirles auxilio contra la armada de los atenienses que había llegado a Naupacto. Los lacedemonios les enviaron tres mil hombres de sus aliados, todos muy bien armados, entre los cuales había quinientos soldados de la ciudad de Heraclea, fundada y poblada por ellos. De este ejército fue capitán Euríloco, y le dieron por compañeros a Macario y a Menedaio, todos tres espartanos.

Reunida su hueste junto a Delfos, Euríloco envió un trompeta a los locros ozolos pidiéndoles que le enviasen su gente de socorro, porque querían ir desde allí a Naupacto, y también lo hacía por atraer a su devoción a estos locros ozolos y apartarlos de la amistad y alianza con los atenienses como ya había apartado a los anfisios, que por odio y temor a los focenses se habían rendido los primeros y les habían dado rehenes. Esto indujo a todos los otros a rebelarse contra los atenienses, porque estaban muy amedrantados de ver el gran ejército de los lacedemonios. Los primeros fueron los mianeos, sus vecinos y comarcanos de los locros por donde su tierra no es accesible, y tras ellos los hipnieos, los mesapios, los triteos, los caleos, los tolofonios, los isios, los eanteos, todos los cuales fueron a esta guerra con los peloponesios.

Algunos no quisieron ir, como los olpeos, y dieron rehenes. Otros no quisieron hacer lo uno ni lo otro, como los hieos, hasta que una villa suya nombrada Polis, fue tomada por fuerza.

Habiendo Euríloco ordenado todas las cosas necesarias para la guerra, y enviados los rehenes que tenía de todos a la villa de Citinio en Dóride, dirigiose con su ejército por tierra de los locros para ir a la ciudad de Naupacto, y en el camino ganó por fuerza la villa de Eneón, que era de los locros, y la de Eupalio, que no se quiso rendir de grado. Ya que estaba bien adentro en territorio de Naupacto, llegó el socorro de los etolios, y todos juntos comenzaron a robar y talar la tierra y las villas y lugares que no estaban cercados. Después fueron contra la ciudad de Molicrio, pueblo de los corintios, aunque seguía el partido de los atenienses, y la tomaron.

Estaba a la sazón en aquella parte de Naupacto Demóstenes, capitán de los atenienses, que, como arriba contamos, se había quedado allí después de la derrota en Etolia por temor a los atenienses. Cuando supo la venida de los enemigos fue derecho a los acarnanios, e hizo tanto con ellos que les persuadió le diesen mil hombres de guerra de ayuda: los cuales metió por mar dentro de la ciudad de Naupacto, no sabiendo cómo podría defenderla por ser muy grande en circuito y tener poca gente de guarnición. Este socorro lo dieron los acarnanios de mala gana, a causa del enojo que le tenían, porque no había querido ir sobre Léucade, como le rogaron antes.

Cuando Euríloco supo que el socorro de los atenienses estaba dentro de la ciudad, y que no la podría tomar, partió con su ejército, y sin volver al Peloponeso fue derechamente a Eólide, que ahora llamamos Calidón, y a Pleurón y a otros lugares cercanos de la Etolia. Estando allí vinieron a él los mensajeros de los ambraciotes, y le avisaron que si quería tomar su consejo podría muy bien con su ayuda ganar la ciudad de Argos y todo lo restante de la tierra de Anfiloquia y tras esto la región de Acarnania: y que hecho esto, podría fácilmente atraer a la alianza de los lacedemonios toda la tierra de Epiro. Con este motivo, y con la esperanza de esta empresa, Euríloco no pasó más adelante en Etolia esperando el socorro de los ambraciotes, y entretanto pasó aquel verano.

A la entrada del invierno los atenienses, que estaban en Sicilia con sus aliados y los que eran de su partido contra los siracusanos, sitiaron Inesa, en cuyo castillo los siracusanos tenían guarnición: más viendo que no la podían tomar partieron de allí, y al retirarse salieron los que estaban en el castillo y atacaron la retaguardia de los atenienses desbaratándola y matando a muchos.

Pasado esto, Laques y los otros que estaban en las naves, saltaron a tierra en Lócride, junto al río Caicino, donde se encontraron con los locros que venían en compañía de Proxeno, hijo de Capatón, y los derrotaron, prendiendo trescientos que despojaron y después soltaron.

En este mismo invierno los atenienses, por mandato del oráculo, purificaron la isla de Delos, que mucho tiempo antes Pisístrato el tirano había purificado, aunque no toda, sino solamente la parte que se ve del templo: fue toda purificada de esta manera. Primeramente mandaron quitar todos los sepulcros de los que sepultaron en Delos, y pregonaron que en adelante ninguno pudiese morir ni nacer en toda la isla, y los que estuviesen cercanos a la muerte fuesen llevados a la de Renea. Esta isla de Renea está tan cerca de la de Delos, que Polícrates, el tirano de los samios en aquel tiempo, dominó muchas islas de aquella mar, por ser muy poderoso por mar, y habiendo tomado la de Renea hizo una cadena que atraviesa desde ella hasta la de Delos, consagrando toda la isla al dios Apolo. Después de esta última purificación los atenienses establecieron y dedicaron una fiesta solemne, de cinco en cinco años, en honra del dios Apolo, por ser antigua costumbre celebrar allí grandes fiestas, a las cuales iban los jonios y los moradores de las otras islas cercanas con sus mujeres e hijos (como hacen al presente en Éfeso), y en ellas había contiendas, luchas y otros ejercicios, y toda clase de juegos, danzas y músicas, como se ve en los siguientes versos de Homero:

Entonces tú, Apolo, en Delos Te estás a placer y holgando Cuando los jonios saltando Con sus mujeres e hijuelos Vienen en danzas cantando.

Que había certamen de música, yendo a contender los músicos, lo significa cuando alabando el coro y danzas de las mujeres de Delos expresa sus loores en estos versos, donde también hace mención de sí, diciendo que era ciego y que moraba en Quíos:

Salvo seáis y con vida Tú, Apolo, y tú, Diana, Y a todos en mi partida Saludo de buena y gana. Y mirad, os ruego yo, Si acaso os piden razón De aquel jocundo varón Que por aquí conversó Y con música alegró A todos el corazón. Responded luego a la hora, Porque no caigáis en falta: Fue un varón ciego que mora En Quíos la áspera y alta.

En estos versos Homero significa que antiguamente había en Delos numerosa reunión de gentes, y que se celebraban allí grandes fiestas, aunque después andando el tiempo los insulares y los atenienses dejaron los coros, danzas y bailes y los sacrificios, y las contiendas y juegos, y todo cesó por las adversidades y miserias, hasta que los atenienses restablecieron entonces los juegos e instituyeron las carreras de caballos que no se conocían antes en Delos.

XVI.

Euríloco y los ambraciotes son derrotados por Demóstenes, y los acarnanios y anfiloquios dos veces en tres días. Deslealtad de los peloponesios con los ambraciotes.

En este invierno los ambraciotes, con su ejército, salieron al campo, según prometieran a Euríloco, y entrando en los términos de Argos en Anfiloquia con tres mil hombres bien armados, tomaron la villa de Olpas que está situada en un collado, y tenía un muro muy fuerte por la parte de mar, en la cual los acarnanios, sus primeros fundadores, tenían su tribunal para los pleitos y causas comunes de la provincia, porque no distaba de la ciudad marítima de Argos más de veinticinco estadios. Sabido esto por los acarnanios, enviaron alguna de su gente para socorrer a Argos, y por otra parte se fueron a alojar en un lugar llamado Crenas, en Anfiloquia, para impedir que los peloponesios que venían con Euríloco pudiesen pasar a Ambracia y juntarse con los ambraciotes sin que ellos lo supiesen. También enviaron mensajeros a llamar a Demóstenes, capitán de los atenienses que estaba en Etolia, para ser su caudillo, y a Aristóteles, hijo de Timócrates, y a Hierofón, hijo de Atimnesto, que mandaban veinte barcos de los atenienses y navegaban por la costa del Peloponeso, para que viniesen a socorrerlos.

Por su parte, los ambraciotes que estaban en Olpas ordenaron que todos los de su ciudad fueran en su ayuda, porque sospechaban que Euríloco no pudiese pasar con su ejército por Acarnania para unirse a ellos, siéndoles forzoso pelear solos con los enemigos, o retirarse con gran pérdida y daño suyo.

Al saber Euríloco y los peloponesios que con él estaban, esta empresa de los ambraciotes, partieron del lugar de Prosquio, donde tenía asentado su campo, para juntarse con ellos, y dejando el camino de Argos, pasaron por el río Aqueloo, caminando por tierras de Acarnania que nadie defendía, y dejando a mano derecha la ciudad de Estrato, donde había buena guarnición, y a la siniestra toda la tierra de Acarnania. Cuando pasaron por Fitia y por los confines de Medeón, y después por Limnea, lugares todos de Acarnania, entraron en tierra de Argos, que ya no era amiga de los ambraciotes, y atravesando por el monte Tíamo, que es estéril y yermo, llegaron de noche a la ciudad de Argos. Desde allí pasaron entre la ciudad y la tierra de acarnanios rápidamente sin ser sentidos, y al amanecer se unieron a los ambraciotes, fijando todos juntos su campo delante de la ciudad llamada Metrópolis.

Pocos días después, las veinte naves de los atenienses que venían en socorro de los de Argos, arribaron al golfo de Ambracia, e inmediatamente Demóstenes, con doscientos mesenios muy bien armados, y sesenta arqueros atenienses y con los soldados que venían para guarda de las naves, salieron a campaña hacia Olpas. Por su parte los acarnanios, y algunos de los anfiloquios, porque los demás estaban ocupados contra los ambraciotes, al llegar a Argos se aprestaron para ir contra sus enemigos, pero al saber la llegada de Demóstenes en su ayuda, se unieron con él y le hicieron su caudillo con los otros capitanes de su tierra, sentando el campo junto a la villa de Olpas y cerca de los enemigos, de los que solo les separaba una peña grande, y así estuvieron cinco días unos y otros sin hacerse mal ninguno. Al quinto día se aprestaron a la batalla, pero por ser los peloponesios mucho más en número, Demóstenes, temiendo le cercaran, organizó una emboscada en un valle hondo, cubierto de espesuras, de cuatrocientos hombres armados de armas gruesas y a la ligera, y mandoles que cuando viesen trabada la batalla saliesen de la celada y viniesen a dar con gran ímpetu sobre los enemigos por la espalda. Los demás los repartió en seis escuadrones en orden para pelear como mejor le pareció, quedando él en el ala derecha con los mesenios y los pocos soldados atenienses que tenía, y a la siniestra puso los acarnanios según venían armados, y con ellos los anfiloquios, todos tiradores y ballesteros.

De la parte contraria los peloponesios y los ambraciotes estaban mezclados, excepto los mantineos, que venían todos en el ala izquierda y a vanguardia de ella, porque en la extrema izquierda se había puesto Euríloco con los suyos, por tener de frente a Demóstenes. Comenzada la batalla en este orden, y cuando todos vinieron a las manos, viendo los cuatrocientos que estaban en emboscada que los peloponesios de la izquierda cercaban y trabajaban por encerrar a los atenienses, dieron sobre ellos por la espalda de tal manera, que sus enemigos no pudieron sostener el ímpetu de los contrarios, siendo desbaratados. Al ponerse en huida mostraron el camino a la mayor parte de sus compañeros del ala derecha para que huyesen también, pues al ver aquellos al escuadrón que guiaba Euríloco, que era el más fuerte, desbaratado, perdieron ánimo para defenderse, y los mesenios que iban con Demóstenes procuraron fatigar a sus enemigos. No por esto los ambraciotes, que estaban a la derecha de los peloponesios, se mostraron menos animosos, sino que vencieron a los contrarios, los hicieron huir y fueron a su alcance hasta Argos. Estos ambraciotes son en verdad muy valientes y más belicosos que todos sus vecinos. Al volver de la persecución, viendo a casi todos sus compañeros desbaratados y vencidos, y que los enemigos iban contra ellos, se retiraron con gran pérdida, y no sin trabajo se salvaron dentro de Olpas. Muchos fueron muertos al retirarse por ir dispersos, excepto los mantineos, que lo hicieron en orden. Duró la batalla hasta la noche, que separó a los contendientes.

Al día siguiente Menedaio, que había sido la noche antes elegido caudillo en lugar de Euríloco y Macario, que murieron en la batalla, se halló muy perplejo, no sabiendo qué hacer, pues por haber sido muy grande la pérdida por su parte, no había manera de poder defender la villa, que estaba cercada por mar y por tierra, ni de retirarse sin gran daño. Acordó, por tanto, parlamentar con Demóstenes y los capitanes de los acarnanios; pedirles sus muertos para sepultarlos y licencia para que la gente de guerra que estaba dentro de la villa pudiese salir y marcharse con su bagaje. Los capitanes atenienses le otorgaron los muertos, hicieron enterrar también los que habían muerto de su parte, que serían hasta trescientos, y levantaron trofeo en señal de victoria; pero la licencia para salir de la villa no se la quisieron otorgar abiertamente, antes lo rehusaron en público a todos, aunque en secreto la dieron a los mantineos, a Menedaio, a todos los capitanes peloponesios y a otros hombres de su nación, procurando por este medio privar a los ambraciotes de todos los soldados extranjeros que les ayudaban e infamar a los lacedemonios y peloponesios entre todos los griegos como traidores, que hacían conciertos aparte sin comprender en ellos a sus aliados.

Habiendo los de la villa sepultado sus muertos lo mejor que pudieron en aquel apuro, los que tenían licencia para salir trataron secretamente la manera de irse. Entretanto avisaron a Demóstenes y a los acarnanios, que los ambraciotes que habían partido de su ciudad para socorrer a los suyos que estaban en Olpas, según se les mandó, estaban en camino por tierra de Anfiloquia, sin saber la derrota de los suyos; y envió parte de su ejército para que les atajase el paso y ocupase los lugares más fuertes, y las demás fuerzas que quedaron las repartió y puso en orden para socorrer a los primeros y dar de pasada sobre los ambraciotes.

Entre tanto, los mantineos y los que habían hecho tratos para marcharse, se salían de la villa pocos a pocos fingiendo que iban a coger hortaliza y leña al campo, y cuando estaban algún tanto alejados daban a correr hacia el campo de los enemigos. Viendo esto los ambraciotes, que asimismo habían salido a coger hierbas y leña los seguían, también corriendo por alcanzar a sus compañeros. Entonces los soldados acarnanios, que no sabían nada de los conciertos secretos que Demóstenes y sus capitanes habían hecho con los peloponesios, creyendo que todos los que salían de la villa se iban sin licencia empezaron a perseguirlos, y porque ciertos capitanes que allí se hallaban les querían estorbar que los siguiesen, diciendo que aquellos tenían licencia y salvoconducto para irse, se atrevieron algunos soldados a herirlos, pensando que les mentían y que había traición; pero al fin, sabiendo que los peloponesios tan solo tenían salvoconducto, los dejaban ir y mataban a los ambraciotes, aunque había grandes cuestiones para diferenciar quién era ambraciote y quién peloponesio. En esta revuelta hubo más de doscientos muertos, los otros todos se salvaron con gran dificultad en la cercana villa de Agrea, donde fueron recogidos por Salintio, rey de aquella tierra, que era su amigo.

Los ambraciotes que venían de su ciudad en socorro de estos llegaron a un lugar llamado Idómene, en el cual había dos collados, tomaron de noche el mayor los que Demóstenes enviara delante sin que los ambraciotes lo supiesen, pues habían ocupado ya el menor, donde se alojaron, y estuvieron todo aquel día y la noche siguiente sin sospechar mal alguno. Avisado Demóstenes de su venida partió del campamento al anochecer con su ejército, llevando la mitad consigo, y la otra mitad mandó que marchase por los montes de Anfiloquia, e hizo tal y tan buena diligencia, que al rayar el alba vino a dar sobre los enemigos, que halló dormidos y muy seguros, como hombres que no sabían nada de la pasada derrota. Cuando los ambraciotes sintieron a la gente de Demóstenes pensaron que eran de los suyos, porque Demóstenes, con astucia para poderlos mejor engañar, había hecho marchar los primeros a los soldados mesenios mandándoles que hablasen en lengua dórica con las centinelas que hallasen, y así lo hicieron, de modo que los enemigos fuesen de los suyos por la lengua y porque no los podían ver bien, por no ser aún muy de día, hasta tanto que todo el ejército de Demóstenes se reunió, y entonces todos a una atacaron a los ambraciotes con tanto ímpetu, que mataron muchos y los demás huyeron, aunque de estos el mayor número fueron muertos, porque se encontraban con los anfiloquios que tenían tomados los pasos, sabían muy bien la tierra e iban armados a la ligera, de modo que alcanzaban pronto a los ambraciotes, armados con armas pesadas. Los que querían huir por otros caminos y senderos iban a dar en rocas y peñas altas, donde los enemigos tenían puestas sus celadas, y allí los cogían y mataban. Algunos de ellos, buscando por donde escapar, llegaron a la orilla del mar que estaba cerca, y perseguidos por sus contrarios, al ver los barcos de los atenienses que iban costeando, se lanzaban al agua y a nado iban hacia ellos; porque, sabiendo que eran de sus contrarios, preferían caer en sus manos y no en poder de los bárbaros o de los anfiloquios, que eran sus enemigos mortales. De esta manera fueron vencidos y desbaratados los ambraciotes, y casi todos muertos, excepto algunos pocos que se salvaron dentro de Olpas.

Después de esta derrota, los acarnanios despojaron los muertos, levantaron trofeo en señal de victoria y volvieron a la ciudad de Argos, donde el día siguiente llegó un trompeta de parte de los ambraciotes que se habían acogido a la villa de Agrea para pedirles los cuerpos de los suyos que habían sido muertos en el primer encuentro cuando salieron de Olpas con los peloponesios sin licencia. Viendo este trompeta el campo lleno de muertos, se maravilló de dónde podía ser tanta mortandad, no sabiendo nada del postrer encuentro, y creyendo fuesen los cuerpos de otros aliados hasta que uno de los enemigos, suponiendo que el trompeta iba de parte de los que habían sido derrotados en Idómene, le preguntó por qué se maravillaba, y cuántos pensaban que hubiesen muerto de los suyos, el trompeta respondió que cerca de doscientos, a lo que replicó el otro:

—«¿No ves que en este trofeo hay armas y pertrechos, no solamente de doscientos, sino de más de mil que han sido muertos?»

Entonces dijo el trompeta:

—«¿No son de los que venían en nuestro escuadrón?»

Respondió el otro:

—«Sí, son ciertamente los mismos que ayer fueron vencidos en Idómene.»

—«¿Cómo puede ser eso? —preguntó el trompeta—, nosotros no peleamos ayer, sino que anteayer fueron muertos estos a la salida de Olpas, porque iban sin salvoconducto.»

—«Ciertamente —respondió el otro—, nosotros peleamos aquí ayer contra los que habían salido de la ciudad de Ambracia para socorrer a los que estaban en Olpas.»

Oído esto por el trompeta, y viendo la gran mortandad de los que habían venido de Ambracia en su ayuda, quedó más espantado, y llorando muy atónito por tantos males como les ocurrían se volvió sin hacer nada ni acordarse de pedir los muertos. Porque a la verdad esta fue una de las mayores pérdidas de gente que hubo en tan pocos días en toda aquella guerra, y no he querido escribir aquí el número de los muertos porque parecerá increíble y más grande que conviene a la importancia de aquella ciudad. Una cosa sabré decir de cierto, que si los acarnanios y anfiloquios hubieran querido creer a Demóstenes y a los atenienses tomaran entonces la ciudad de Ambracia por fuerza, pero temieron que si los atenienses la poseían por suya serían peores vecinos que los otros.

Después de la victoria repartieron entre sí los despojos, de los cuales los atenienses llevaron la tercera parte, y las otras dos las dividieron entre las ciudades confederadas. Los atenienses no gozaron de ellos mucho tiempo, porque a su vuelta por mar se los quitaron en el camino. Los trescientos arneses enteros que se ven colgados en los templos de Atenas fueron los que cupieron a Demóstenes por su parte sola, que ofreció después de su entrada, la cual pudo hacer más seguramente y con más honra por causa de esta victoria que no antes por las pérdidas que sufrió en Etolia, según arriba contamos.

Cuando las veinte naves de los atenienses volvieron al puerto de Naupacto y Demóstenes con su ejército vino a Atenas, los acarnanios y los anfiloquios pactaron treguas con los ambraciotes por medio de Salintio, rey de Agrea, para que durasen cien años, y dieron seguridad a los peloponesios que se habían acogido a Agrea mezclados con los ambraciotes, para que volviesen a su tierra. La forma y conciertos de las treguas fueron estos: que los ambraciotes no fuesen obligados a hacer la guerra contra los peloponesios por los acarnanios, ni los acarnanios por los ambraciotes contra los atenienses, quedando solo obligados a ayudarse mutuamente para la defensa de su tierra. Que los ambraciotes restituyesen a los anfiloquios las villas y lugares que tenían de ellos, y que en adelante no diesen ayuda ni favor alguno a los anactorios que eran enemigos de los acarnanios. Con este convenio dejaron las armas y se apartaron de la guerra.

A los pocos días llegó Jenóclides, hijo de Euticles, con trescientos hombres que los corintios enviaban en socorro de los ambraciotes, el cual con gran dificultad había podido pasar por tierra de Epiro.

Así sucedieron las cosas en Ambracia. En este invierno los atenienses que andaban por la costa de Sicilia saltaron en tierra, y entraron en los confines de Himera por la parte de mar, con los sicilianos que venían por los montes, y habiendo hecho allí algunos daños pasaron por las islas Eólidas, y volvieron a Regio donde hallaron a Pitodoro a quien los atenienses habían enviado para caudillo de aquella armada en lugar de Laques, porque los tripulantes, y los sicilianos que estaban con ellos pidieron a los atenienses mayor socorro, a causa de que siendo los siracusanos más poderosos por tierra, les era necesario ser tan fuertes por mar, que pudieran contrarrestar a sus enemigos. Por esto los atenienses determinaron aparejar cuarenta naves para enviar socorro a sus compañeros, pensando que así la guerra acabaría allí más pronto. De esta armada enviaron primero unas pocas naves con Pitodoro para que supiese el estado de las cosas, y después debían enviar a Sófocles, hijo de Sostrátides, con las demás. Llegó Pitodoro, tomó el cargo de Laques y fue por mar al fin del invierno a socorrer a los que estaban en el cerco de los locros que Laques había tomado antes, mas siendo allí vencido en batalla por los locros, regresó.

En la primavera siguiente salió fuego del monte Etna, que es el mayor de toda Sicilia, según otras muchas veces había salido antes, y quemó alguna parte de la tierra de Catana que está situada al pie de este monte. Decían los moradores de la tierra, que en cincuenta años no había salido en tanta abundancia, y que esta era la tercera vez que aquello sucedía en Sicilia, después que los griegos fueron a habitarla.

Tales cosas ocurrieron en aquel invierno, fin del sexto año de la guerra que escribió Tucídides.

FIN DEL LIBRO TERCERO.

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