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Escritos políticos, económicos y literarios

NAVEGACION DE LOS RIOS INTERIORES. (continued 2)

Reading edition

Así deslindado su carácter, continuemos el exámen de los artículos de la Gaceta relativo al comercio directo de las provincias Arjentinas con Montevideo. La paciencia—mas bien la sumision—con que ellas han tolerado las usurpaciones progresivas de Rosas, ha aumentado á un punto realmente estravagante la insolencia del dictador. No se contenta ya con pretender que las provincias no pueden hacer el comercio directo, porque, estando en guerra, deben ayudarle: aun en tiempo de paz, quiere Rosas privar á esas provincias del derecho de comerciar directamente con Montevideo. Esto no podria creerse, si no se viese escrito en la Gaceta misma del dictador. He aquí sus palabras literales, en el número de 24 de Setiembre.

"Varela confunde el estado normal de paz con el de guerra, y en ambos casos desconoce que por los tratados fundamentales entre las Provincias de la Confederacion así como por los principios generales de derecho público es ilegítimo el comercio directo con Montevideo, que él titula legal y regular.

"En tiempo de paz, el comercio exterior de las Provincias de la Confederacion no puede efectuarse, sino por los puertos habilitados para ese comercio como sucede en todas las naciones, y entre las Repúblicas que están organizadas bajo el sistema de una Confederacion. En el caso presente no solo se ha instituido así por las leyes y pactos fundamentales de las Provincias de la Confederacion, sino que es tambien evidente que la Provincia de Buenos Aires integrante de la Nacion Arjentina, es dueña exclusiva de la boca del Rio de la Plata, que es la llave de toda la navegacion de las demas Provincias."

Al localista mas exaltado no habria ocurrido jamas pretension tan insensata; ni conocemos hombre, fuera de Rosas, que se atreviese á insultar con tanto arrojo, no ya los derechos, sino la buena razon de los pueblos de quienes pretende ser Jefe Supremo. Las Provincias Arjentinas situadas sobre el Paraná, estuvieron siempre en plena y jamas disputada posesion de comerciar, bajo sus respectivas banderas con Montevideo y con todos los puertos de la República Oriental; desde que esta dejó de ser provincia arjentina. Natural es que esto sucediera, estando el territorio Oriental en tan inmediato contacto con el arjentino, separado únicamente de él por el Uruguay y por el Plata, cuya navegacion posée en comun con la familia arjentina. La Gaceta de Rosas invoca los tratados para probar que ese comercio es ilejítimo en tiempo de paz. Pero los invoca contentándose con citar las fechas de esos tratados; sin indicar siquiera una palabra en que se prohiba semejante comercio. No la cita por que no existe: ahí están todos esos tratados impresos en la Biblioteca de nuestro diario; el que quiera puede consultarlos; ¿donde está el artículo, la palabra en ninguno de los citados por la Gaceta, que prohiba el comercio de las Provincias con los puertos del Estado Oriental? Nadie le hallará. El papel de Rosas cita fechas, contando con alucinar á los que creen ciegamente en una cita sin examinarla.

Pero es que sucede precisamente lo contrario de lo que Rosas pretende, no solo en los tratados que cita, sino en otros que oculta. El artículo 8.° del de 4 de Enero de 1831, que es uno de los recordados por la Gaceta, dice:

"Los habitantes de las tres Provincias litorales gozarán recíprocamente la franqueza y seguridad de entrar y transitar con sus buques y cargas en todos los puertos, rios y territorios de cada una ejerciendo en ellas su industria con la misma libertad, justicia y proteccion que los naturales de la Provincia en que residan, bien sea permanente, ó accidentalmente."

Si algo se deduce de ese artículo, único en todo tratado, relativo á navegacion ó á comercio, es que las cuatro provincias litorales gozan perfecta igualdad de derechos para el comercio dentro de sus rios, y para transitar las unas, con su bandera, por las aguas de las otras.

Pero hay otro tratado, que la "Gaceta" no cita, celebrado entre esas cuatro provincias, y que encierra la única disposicion explícita que puede aplicarse á su comercio. Es el de 25 de enero de 1822 cuyo artículo 8.° es del tenor siguiente:

"Queda igualmente libre el comercio marítimo en todas sus direcciones y destinos en buques nacionales, sin poder ser obligados á mudarlos; abonar derechos, descargar para vender sus mercaderias ó frutos, por pretesto alguno, por los Gobiernos de las cuatro Provincias, cuyos puertos subsisten habilitados en los mismos términos, solo si, para obviar el perjudicial abuso del contrabando podrán ser reconocidos por los guarda costas respectivos, como sus licencias, guias y demas documentos con que deben navegar, siendo decomiso lo que venga fuera de ellos."

Ahí está clara y expresamente sancionada para las cuatro provincias la libertad del comercio marítimo sin restriccion ninguna, franco en todas direcciones y DESTINOS: ahí está tambien la habilitacion legal de sus puertos, para ese comercio. Muestre Rosas un pacto posterior que haya derogado esa estipulacion. No existe. Al contrario, el artículo 1.° del tratado de 4 de enero de 1831, ratifica y declara en su fuerza y vigor TODOS los tratados anteriores celebrados entre los mismos gobiernos: entre estos gobiernos se celebró el de 1822, y es, por lo tanto, fuera de duda que, léjos de hallarse rescindido, fué ratificado por el de 1831.

La otra razon que la Gaceta de Rosas se atreve á alegar para pretender que las Provincias Arjentinas no tienen derecho para comerciar directamente con el Estado Oriental, en tiempo de paz, es que la provincia de Buenos Aires es dueña exclusiva de la boca del Rio de la Plata, llave de la navegacion de las demas Provincias. Proposicion semejante no se combate con argumentos; basta enunciarla para que la razon universal la condene. Y de véras que no comprendemos que objeto puede llevar Rosas en asentar proposiciones de esa naturaleza. El simple hecho de existir en la márjen setentrional del Rio de la Plata, y sobre su embocadura, un Estado independiente, bastaria para abstenerse de enunciar pretension semejante, cuando ninguna otra objecion ofreciese ese señorío exclusivo de una provincia que ocupa una de las costas de un golfo de 40 leguas de ancho. Esa pretension, entretanto, dá á las Provincias Arjentinas, la medida de las que Rosas alimenta respecto de ellas: ahí vén claramente declarado lo que tienen que esperar del poder que ellas mismas han contribuido á robustecer, aun despues que la guerra no sirva de pretexto para las restricciones comerciales. Ahí tienen anunciado sin disfraz el pensamiento de Rosas, de que aun en tiempo de paz, no podrán comerciar directamente con Montevideo; ó que, si comercian, será por concesion voluntaria de Rosas, no por derecho que ellas tengan; y, por consiguiente, que él impedirá, cuando le convenga, ese comercio.

Estudien las Provincias esa leccion.

Octubre 8 de 1847.

XI.

La cuestion de la clausura de los puertos, y del comercio directo de las provincias arjentinas con Montevideo, ha dado oríjen á un hecho nuevo en la historia de la dictadura de Rosas; hecho al que damos no pequeña importancia, y que creemos conveniente dejar rejistrado y explicado. Rosas se habia servido hasta ahora de la imprenta para defender su sistema, para excusar ó justificar sus hechos, despues de ejecutados. Jamas ha discutido ante el público medida ninguna, antes de adoptarla. Despreciador altanero de la opinion de los pueblos, empezó siempre por hacer lo que convenia á sus miras, sin cuidarse de esplorar la opinion, de prepararla; solo despues de consumado el hecho, mandaba á sus escritores que le defendiesen ó lo excusasen. Hoy, por la primera vez, procede de otro modo: está discutiendo por la imprenta, no solo la conveniencia, sino hasta el derecho, de adoptar una medida que desea. Por la primera vez ha sentido el dictador que eso que se llama opinion pública es un freno capaz de contener, en ocasiones dudosas, aun el desbocamiento de los que revisten esa coraza de crímen y de impunidad, que en el diccionario de la degradacion civil tiene por nombre la suma del poder público.

Rosas desea ardientemente cerrar los puertos y cortar el comercio directo de las provincias Arjentinas con Montevideo; pero siente que su medida seria nugatoria, si ellas no hacen lo mismo por su parte. Ha querido como otras veces, lanzarse, á fuer de audaz, á exigir imperiosamente que esas provincias hagan lo que les ordena, pero ha visto que el negocio es de aquellos en que no se puede contar con la ignorancia, ni con la indiferencia de los pueblos, para engañarlos; ha visto que la cuestion presente afecta intereses que todos comprenden, porque son de todos, y de cada individuo en particular. El dictador ha tenido, desde entonces, que contenerse; ha tenido que doblar su altanera voluntad á consultar la opinion de los pueblos, á pedirles su consentimiento; y, para ver si se los arranca, se esfuerza por estraviar su juicio, desfigurando la cuestion en las columnas de su Gaceta. He ahí la explicacion de ese hecho nuevo y heterojéneo en la historia de las violencias y arbitrariedades administrativas de Rosas. Falta ahora que las Provincias Arjentinas comprendan toda su importancia, y sepan aprovecharse de él, para asegurarse el goce de sus derechos y de sus franquicias lejítimas. Los pueblos pierden sus libertades haciendo concesiones progresivas á las usurpaciones del poder absoluto: tolerando Hoy una, se inhabilitan para resistir la de mañana; lo que creian haber concedido como favor, se les exije luego como obligacion; hasta que la repeticion de esos actos concluye por despojarlos de todos sus derechos: una estaca quitada cada dia á la barrera que contenia á la arbitrariedad, acaba por remover enteramente esa barrera. Tal es, en resúmen, la historia de todas las usurpaciones, tanto del Poder Temporal como del Espiritual. Pero esa misma marcha, invertida, conduce muchas veces á recobrar las libertades que se perdieron. Desde que el poder absoluto cede, aun en cosas mínimas, á la voluntad ó al derecho de los pueblos, estos deben apoderarse de la concesion y mantenerse firmes en su derecho, para no volver á perderlo. Seria necedad suponer que Rosas, ni otro déspota ninguno, consultaria la voluntad de las Provincias, ó procuraria convencerlas de la necesidad de una medida que las perjudica, si tuviese medios de adoptarla, á pesar de la oposicion de aquellas. No: las consulta, las pide su consentimiento, para cortar el comercio que tanto las favorece, por que se reconoce impotente para mandarles que lo hagan, de buena ó mala voluntad. Si Rosas pudiese, ya habria forzado á las Provincias—al Entre Rios principalmente—á que cerrasen sus puertos: si los cierran despues, él y las provincias litorales, no será sino por que haya logrado arrancar el consentimiento de estas, por engaño, por intimidacion, ó por compensaciones pecuniarias ó de otra especie. Que las provincias no se dejen extraviar por Rosas en esta ocasion: que sepan aprovecharse de esa primera concesion, hecha forzadamente á sus derechos por el poder despótico que se los tiene usurpados; que se mantengan firmes, amparados por su buena causa, por su indisputable justicia; y Rosas empezará á aprender á respetar la opinion y la voluntad de unos pueblos, que jamas debieron consentir en que los despreciase del modo que acostumbra. No olviden las Provincias Arjentinas que ese descarado usurpador, aun ahora mismo que está pendiente del consentimiento de ellas, les anuncia, sin embozo, que ni en tiempo de paz las reconoce el derecho de comerciar directamente con Montevideo: no olviden que Rosas se declara árbitro supremo de la navegacion y del comercio de las provincias litorales, fundándose en la pretension insolente de ser dueño exclusivo de la embocadura del Rio de la Plata. De la actitud que tomen, en este caso, las Provincias interesadas en el comercio y en la navegacion del Paraná, de la resolucion que adopten en la cuestion que Hoy se debate, depende su porvenir mercantil, industrial y económico, no solo en tiempo de guerra, sino en épocas ordinarias de paz.

Mañana haremos patente la falsedad y las insidias de los argumentos con que el último artículo de Rosas en su Gaceta trata de extraviar el juicio de las Provincias.

Octubre 12 de 1847.

XII.

Cuanta mas destemplanza y mas enojo emplee el dictador de Buenos Aires en la discusion sobre los Puertos y el Comercio directo de las Provincias Arjentinas, mas mesura y reposo tenemos que poner de nuestra parte. Es una ventaja y un deber. Cuestion de industria, de comercio, de intereses materiales, no admite las exajeraciones, los gritos de alarma, la mentida exaltacion patriótica á que los caudillos recurren para arrancar á la sorpresa momentánea ó á la imajinacion de los pueblos, un triunfo que la razon y el juicio rehusarian á la personal ambicion de aquellos. Hechos comerciales, cuadros estadísticos, cálculos de las ventajas ó de las pérdidas, que produce el comercio hecho directamente por los rios, ó indirectamente por tierra; demostraciones sencillas, al alcance de todos cuantos se interesan en ese grave negocio; esos son los únicos medios de discusion apropiados á cuestiones de esta naturaleza. Hay que hablar á la razon, no á la fantasia; al interés individual, lejítimo y honesto; no á las quimeras que las facciones políticas abrazan como realidades, trabajando, sin saberlo, en provecho exclusivo del caudillo que las fomenta. Hablar con mesura, discutir con calma, y con sencillez, es, por consiguiente, procurarse la ventaja del mejor terreno.

A mas de la ventaja está el deber. Nuestro objeto en esta discusion es un objeto sério, trascendental, superior, en importancia y en duracion, á las exijencias accidentales de la guerra que Rosas mantiene hoy por fines puramente personales. Debemos, pues, emplear medios tan honestos, tan justos como los fines. Trabajamos por el triunfo de un principio permanente, por el triunfo de la libertad de la navegacion y del Comercio en las Provincias Arjentinas; por el establecimiento de un sistema contrario enteramente, en este punto, al que habia seguido el gobierno colonial, y al que continuaron despues de él todos los gobiernos patrios desde 1810. De ese sistema, continuado por tantos años, por tantos gobiernos, bajo tan diversas circunstancias, no han recojido, hasta ahora, las Provincias Arjentinas sino imperfeccion en su industria, atraso en su comercio, escasez en su poblacion, pobreza en todas las clases, enemistades y celos recíprocos, entre las provincias, guerra civil interminable y sangrienta. ¿Hay en esto una palabra que no sea cierta que sea exajerada siquiera? No: ahí están, para dolor y para vergüenza de los pueblos que abrieron la época de la independencia de Sud América, los anales políticos, comerciales, industriales, civiles y administrativos de esos pueblos. No hay mas que consultarlos para encontrar á cada paso esos resultados de ruina y de descrédito. Su larga duracion de 37 años muestra bien que no dependen de vicios accidentales ó pasajeros; que hay una causa fundamental, permanente, independiente de los varios sistemas de organizacion política ensayados en esos paises, y mas poderosa que esos sistemas. Esa causa no es otra que el réjimen estúpido y mezquino del aislamiento y de las restricciones comerciales en las Provincias Arjentinas. Tiempo es, pues, de ensayar uno nuevo; tiempo es de que esos pueblos, cuya prosperidad debe componerse de los mismos elementos que constituyen la de todos los demas, la busquen por los medios que han servido á otros para hallarla. La facilidad y seguridad de las comunicaciones, la remocion de las trabas al comercio y á la industria, la abolicion ó la rebaja de los derechos y tributos sobre uno y otra, son hoy los objetos por que luchan todos los pueblos del mundo, como que en todos están reconocidos como los medios mas seguros de prosperidad, de union y de paz permanente. Lo que otros pueblos desean y procuran tan ansiosamente para sí, deseamos nosotros para las Provincias Arjentinas, y quisiéramos que ellas lo procurasen. La presente discusion del comercio directo con Montevideo es un incidente de la gran cuestion jeneral, es, mas bien, la cuestion misma, solo que por ahora se circunscribe al tráfico con Montevideo, y á la época presente. Así es como nosotros la consideramos; así como procuramos tratarla; y, por consiguiente, es de nuestro deber—deber de que nada podrá separarnos—el no mezclar en esa discusion, las pasiones de partido, las miras personales del momento, los embustes frenéticos que el dictador Rosas emplea para sostener el principio retrógrado, estúpido y funesto que combatimos. Rosas quiere que las provincias no miren en este negocio sino intrigas unitarias. Nosotros procuramos que solo vean ventajas comerciales, progreso de su industria, aumento de su riqueza. Hablamos de Rosas, combatiéndole, porque él es quien representa y sostiene el principio de las restricciones, del aislamiento, de la dependencia comercial de las Provincias. Hablamos tambien de Urquiza, porque es el gefe de una de esas provincias, de aquella precisamente que, por su colocacion sobre los dos rios interiores, en la embocadura de uno y otro, está llamada á representar el primer papel en toda cuestion de navegacion y de comercio en esos rios; porque, siendo la que mas inmediatamente sufre los perjuicios del sistema de Rosas, es tambien la que, por causas que todos conocen, se encuentra hoy con mas medios de hacer respetar los derechos de que el dictador quiere privar á las provincias. Por eso hablamos de Rosas y de Urquiza: sus personas no nos ocupan, sino como símbolos de las cosas, de los sistemas.

Rosas nos acusa en su Gaceta de que tentamos la ambicion del gobernador Urquiza, de que le proponemos una criminosa disidencia, de que pretendemos que encabece la mas diforme, aleve y monstruosa conspiracion contra el órden público fundamental de la nacion—Palabras, palabras sin sentido práctico, en que nadie crée ménos que Rosas. Si la presente cuestion del comercio directo trajese el rompimiento que Rosas supone, él solo seria la causa, él solo le habria provocado. El es el único que ataca los derechos de las provincias: estas no harian mas que defenderse. Para su defensa basta el derecho: solo provocadas por la fuerza emplearian fuerza para resistirla. Ellas tienen, por los tratados, y por la posesion y la práctica,—es decir, por todos los títulos que pueden conferir derechos de esa clase—el de comerciar directamente con Montevideo: Rosas es quien les exije que renuncien al uso de ese derecho; si ellas se niegan, nada hacen sino usar de una facultad lejítima por nadie disputada antes de ahora. Hasta ahí, nada habria ménos que un rompimiento. Si Rosas quisiese emplear la fuerza para obligarlas, él se convertiria en agresor, él solo pondria las armas en manos de las provincias para una resistencia justa y provocada. El riesgo de un rompimiento, por esta cuestion, no puede venir de parte de los pueblos: solo debe esperarse de parte de Rosas, que, como el Aquiles de Horacio, niega que el derecho se haya inventado para él, y no reconoce otro medio que la fuerza para decidir todas las cuestiones.

Nosotros no queremos que Urquiza conspire contra el órden fundamental de la nacion. Todo lo contrario; deseamos—por desgracia no podemos sino desearlo—que él y los demas jefes de provincias mantengan ese mismo órden fundamental, no permitiendo que Rosas se arrogue, como ya lo hace, el carácter, el título y las funciones de Jefe Supremo de la República, que nadie le ha conferido jamas. El órden fundamental de la nacion está de hecho subvertido por Rosas La dictadura personal, extendida á todas las provincias; la usurpacion de facultades en cuya virtud fusiló Rosas á Cullen gobernador de Santa Fé, juzgó y fusiló á Reinafé, gobernador de Córdoba; depuso á Segura, gobernador de Mendoza, y ejerció otros actos semejantes; el desprecio mas descarado á los tratados existentes, que el mismo Rosas invoca; nada de eso constituye el órden fundamental de la nacion; al contrario, le mina y le trastorna completamente.

Tampoco pretendemos la desunion de las provincias. No: nuestra doctrina respecto del comercio y de la navegacion tiende precisamente á unirlas á todas, por un vínculo de interés comun. Nosotros deseamos que una provincia no goce exclusivamente ventajas de que no participen todas las otras, que tengan iguales medios naturales de gozarlas. Queremos, por ejemplo—y cuidado, que somos hijos de Buenos Aires, y amamos nuestra patria como el que mas—queremos que, teniendo Entre Rios, Corrientes y Santa Fé puertos y rios navegables, como los tiene Buenos Aires, no goce esta sola de las ventajas de la navegacion y del comercio directo. Queremos así mismo que las provincias interiores, que no tienen puertos, ni rios, tengan, al ménos, la libertad de vender sus frutos, y de comprar los jéneros que consumen, en aquellos puertos de las demas provincias donde les sea mas cómodo y mas barato; sin que Buenos Aires les imponga la obligacion de venir precisamente á surtirse en su plaza, y á exportar por su puerto los productos del interior. Que vengan si quieren, si hallan ventajas en venir: pero que no se les quite su natural libertad de elejir. Eso es lo que pretendemos; y en eso, tan léjos de promover la desunion y la guerra entre las provincias, promovemos la abolicion de odiosas é injustas diferencias, que enjendran rivalidades, celos, y desunion.

Ni queremos conseguir esos objetos á costa de la prosperidad de Buenos Aires. Eso seria incidir en la misma injusticia y mala política que combatimos. En otro artículo tocaremos especialmente este punto.

Octubre 15 de 1847.

Dijimos ayer que las franquicias de navegacion y de comercio por que estamos abogando, en favor de las provincias ribereñas é interiores de la familia arjentina, en nada perjudicarian á la prosperidad de la provincia de Buenos Aires. Ahora añadiremos que contribuirán poderosamente á aumentarla; que Buenos Aires tiene en esas franquicias un interés idéntico, comun, con todas las otras provincias; que sufre lo mismo que ellas, las ruinosas consecuencias del sistema que Rosas procura perpetuar.

No haremos aquí una exposicion de los principios, ó ideas jenerales de la ciencia económica para demostrar en abstracto que ningun Estado ó Provincia puede prosperar en su comercio, ninguna industria desarrollarse, cuando fian principalmente su prosperidad y su desarrollo á la falta de competencia causada por reglamentos prohibitivos. Todos comprenden, con solo indicarlo, que el pais que no teme la competencia de su vecino, sea en el comercio, sea en la industria, se entrega naturalmente al abandono y no piensa en estudiar métodos de perfeccionarse y de adelantar. Solo el temor de la competencia, de que otros hagan mejor y mas barato, y atraigan, por consiguiente, concurrencia mayor, es lo que estimula á los gobiernos, como á los particulares, á perfeccionar la lejislacion mercantil, y los métodos industriales; es lo que inicia y fomenta sin cesar el desarrollo de las facultades de cada pueblo, y de cada individuo. Eso, repetimos, se comprende con solo enunciarlo.—Hablemos ya especialmente de Buenos Aires.

De que las Provincias ribereñas tengan la libertad de hacer el comercio directo con el extranjero, de que las interiores gocen la facultad de vender sus frutos y comprar lo que necesitan en aquellos puertos de los rios donde mas cómodo y mas barato les parezca, no se sigue, de modo ninguno, que el comercio de Buenos Aires haya de decaer.—Alguna parte del jiro que hoy hace con aquellas provincias pasará, no hay duda, á otros puertos: pero lo que Buenos Aires pierda por ese lado lo ganará multiplicado por otros muchos. Es lo que sucede siempre en casos semejantes. La Inglaterra ha perdido en muy gran parte de diez años acá, el gran comercio de tejidos de toda clase que hácia con la Alemania, por el prodijioso adelanto de las fábricas en ese último pais. Pero ese mismo adelanto de las fábricas en Alemania ha creado una incesante demanda de máquinas, que se construyen jeneralmente en Inglaterra, á punto de que, ya en 1842, casi todo el dinero que ésta pagaba por los trigos que recibia del Báltico quedaba en la Inglaterra misma para comprar por cuenta de fabricantes del Continente máquinas ó ciertas piezas de ellas, cuya construccion en él, es mas cara ó mas imperfecta. Lo que la Inglaterra dejó de ganar vendiendo parte de sus tejidos lo gana vendiendo máquinas. Una parte de los hiladores y tejedores habrá visto disminuir cierta porcion de sus ganancias; pero otra parte de los fundidores é injenieros habrá aumentado en proporcion las suyas. Y, por supuesto, la riqueza y la prosperidad de la Inglaterra, como de otro pais cualquiera, no depende de que los hiladores y tejedores prosperen mas que los fundidores y los injenieros; depende de la suma total del progreso de todas las industrias y de todos los medios de produccion tomados en conjunto.

Ejemplos como el que citamos se repiten todos los dias, en todos los paises. Lo mismo sucederia tambien en Buenos Aires. Algunos comerciantes de algunas provincias no vendrian allí con sus frutos, ni allí comprarian los artículos de su retorno. Pero la mayor riqueza y prosperidad que las provincias adquiririan por la libertad de su comercio aumentaria considerablemente el número y la importancia de las especulaciones; habria mas comerciantes y mas ricos, y aunque no todos hiciesen su comercio con Buenos Aires, el número de los que le hicieran seria grande y progresivo. Eso sin embargo, es lo ménos importante. De otro órden son las ventajas que Buenos Aires reportaria.

Esa provincia, como todo otro pueblo de la tierra, jamas puede tener que ganar, y siempre tendrá mucho que perder, en la vecindad de otros pueblos atrasados y pobres. El comercio no es otra cosa que un continuo cambio de lo que sobra en un pueblo por lo que en él hace falta. Cuanto mas rico sea el pueblo vecino al nuestro, mas tendrá que vendernos lo que necesitamos; ó lo que es igual, tendrá mas con que comprarnos lo que él necesite. Si el pueblo vecino es pobre, si no produce nada, ó lo que produce no basta para llenar sus propias necesidades, no solo no tendrá con que comprarnos lo que le falta, sino que vendrá á tomarlo, robándolo ocultamente, ó empleando la fuerza. Recorra Buenos Aires su historia, y la de los pueblos Arjentinos. Santa Fé está colocada en la posicion mas ventajosa de todas las provincias arjentinas, si se esceptúa Buenos Aires: sin embargo, gracias al sistema dominante, no ha podido hasta ahora aprovecharse de ninguna de esas ventajas, y vive en un atraso y pobreza lamentables. ¿Qué ha sucedido á Buenos Aires, su vecina fronteriza? Que la campaña del Norte de esta última ha estado siempre expuesta á las correrias y depredaciones de la parte ociosa, indijente y vagabunda de la poblacion de la primera; que la guerra ha estallado frecuentemente entre las dos provincias, y que Buenos Aires ha tenido, en ocasiones, que comprar la seguridad de las propiedades de su frontera pagando á Santa Fé una cantidad anual en dinero. ¿Habria sucedido nada de eso si Santa Fé hubiese sido un pueblo rico, comerciante, próspero y ocupado?

Y examinando las relaciones mercantiles, ¿á cuanto monta anualmente el comercio de Buenos Aires con Santa Fé? ¿A cuanto el de Córdoba ó Tucuman con Santiago del Estero; el de Cuyo con la Rioja? A cantidades realmente insignificantes. ¿Porqué? Por que Santa Fé; Santiago y la Rioja son provincias despobladas, pobrísimas, que no producen, que consumen muy poco; y no tienen que mandar, respectivamente, á Buenos Aires, á Córdoba, á Tucuman ó á las provincias de Cuyo, ni con que comprar, por consiguiente, en esas provincias comparativamente mas ricas que ellas, los artículos que quisieran consumir. Auméntese la poblacion de Santa Fé, de Santiago, de la Rioja, auméntese su comercio; dése ocupacion y salario á sus clases trabajadoras, y la produccion de esas provincias crecerá, y se harán mas ricas, y consumirán mas, y comprarán y venderán cantidades mayores en las ciudades que ya están mas adelantadas que ellas. Buenos Aires que es la principal de esas ciudades, estenderá, pues, su comercio á medida que los que la rodean sean mas ricos de lo que hoy son: ganará inmensamente mas, tratando con jente rica y ocupada, que con jente pobre y ociosa.

Ni es solo su comercio el que padece con la pobreza y atraso comparativo de las provincias. El tesoro de Buenos Aires, formado, por supuesto, de las contribuciones que solo pagan sus habitantes, es el que en todas las épocas ha tenido que hacer frente á los gastos que demandan objetos de interés comun para todas las provincias. En la guerra de la independencia, en la que hizo contra el Brasil, los gastos pesaron exclusivamente sobre Buenos Aires: el establecimiento y conservacion de las líneas de correos hasta las fronteras de Bolivia, de Chile y del Paraguay, pesan tambien, sino exclusivamente, en su mayor parte sobre el tesoro de Buenos Aires. Esos hechos son de verdad intachable. El mismo Rosas acaba de reconocerlos en su Gaceta, para fundar en ellos el argumento de que las provincias deben cerrar sus puertos, y sacrificar su comercio, por que Buenos Aires se sacrifica por ellas, haciendo sola los gastos comunes. El argumento es falso. En vez de decirles eso, debia Rosas decir á las provincias: "os dejo entera libertad de navegacion y de comercio; os pongo en el mismo pié de franquicias que Buenos Aires; teneis los mismos medios que esta para prosperar y enriqueceros: justo es, por consiguiente, que contribuyais á los gastos que son de comun utilidad."

Entretanto, el hecho es que, hasta ahora y por causa del atraso de las provincias, los gastos que debieran repartirse proporcionalmente entre todas, pesan sobre la sola Buenos Aires. Preguntamos á esta última, si el libertarse de esas erogaciones enormes é indebidas no es una ventaja que aconsejaria, por si sola, el facilitar á las provincias los medios de enriquecerse, para que puedan pagar su parte.

Pues bien: las provincias no pueden enriquecerse, no pueden prosperar, de manera que respeten las fronteras y propiedades de sus vecinos, que vendan y compren mucho en Buenos Aires, y que paguen su parte en los gastos comunes, sin que se remuevan las trabas que hoy embarazan su comercio y su navegacion: Buenos Aires tiene, por consiguiente, en esa gran medida, el mismo interés permanente y jeneral que tienen todas las demas provincias: sus intereses evidentes le llaman á apoyar la causa de la emancipacion comercial é industrial de sus hermanas, porque es su propia causa,—la causa de la paz jeneral, de la union permanente, y del progreso comun de los pueblos que han de formar la Nacion Arjentina.

Octubre 16 de 1847.

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