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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

PADILLA

Reading edition

I

Era la tarde del 15 de Julio de 1824.

Frente á la barra de Santander (Estado de Tamaulipas), se balanceaba pesadamente el bergantín «Spring,» anclado allí desde la víspera.

La tarde estaba serena, apenas una ligera brisa pasaba susurrando entre la arboladura del buque, las olas se alejaban mansas hasta reventar á lo lejos en la playa, y los tumbos sordos de la mar llegaban casi perdiéndose hasta la embarcación.

Las gaviotas describían en el aire caprichosos círculos, anunciando con sus gritos destemplados la llegada de la noche, y se miraban de cuando en cuando bandadas de aves marinas que volaban hacia la tierra, buscando las rocas para refugiarse.

Melancólica es la hora del crepúsculo en el mar cuando el sol se oculta del lado de la tierra; tristísimo es contemplar esa hora desde un buque anclado.

Sobre la cubierta del bergantín había un hombre que tenía fija la mirada en la playa.

Mucho tiempo hacía que permanecía inmóvil en la misma postura. Esperaba y meditaba.

Y esperaba con paciencia, porque no se contraía uno sólo de los músculos de su fisonomía, y meditaba profundamente, porque nada parecía distraerle.

La noche comenzó á tender su manto y aquel hombre no se movía.

Por fin, los contornos de la tierra desaparecieron entre la obscuridad, las estrellas brillaron en el negro fondo de los cielos, y asomaron sobre las inquietas olas esos relámpagos de luz fosfórica, que son como las fugitivas constelaciones de esa inmensidad que se llama el Océano.

El hombre del bergantín no veía pero escuchaba, y repentinamente se irguió.

Era que en medio del silencio de la noche había apercibido el acompasado golpeo de unos remos.

Aquel rumor era á cada momento más y más distinto; sin duda alguna se acercaba al bergantín una lancha.

—¿Jorge, eres tú?—dijo el hombre del bergantín á uno de los remeros cuando la pequeña embarcación llegó.

—Sí, señor—contestó una voz desde la lancha.

—¿Y Beneski?

—Espera aquí—contestó otra voz.

El hombre saltó resueltamente á la escala, y con una firmeza que hubiera envidiado un marinero, descendió por ella y llegó á bordo de la lancha.

—¡A tierra!—exclamó sentándose en el banco de popa.

Los bogas no contestaron, sonó el golpe de los remos en la agua, y la lancha, obedeciendo á un vigoroso y repentino impulso, se deslizó sobre las aguas, ligera como una ave que hiende los aires.

II

Al día siguiente, cerca ya de Soto la Marina, caminaba una tropa de caballería, en medio de la cual podía distinguirse al mismo hombre que el día anterior había desembarcado del bergantín.

Al lado de aquel hombre marchaba otro que parecía ser el jefe de la fuerza.

Los dos caminaban en silencio, los dos parecían hondamente preocupados y poco dispuestos á emprender una conversación.

Por fin, el hombre del bergantín rompió el silencio, y acercando su caballo al de su acompañante, le dijo con una voz firme:

—Señor General Garza, supuesto que soy su prisionero de vd., ¿no podría decirme la suerte que se me espera?

Garza levantó los ojos, le miró por un momento, y con acento casi lúgubre contestó:

—La muerte.

El prisionero no palideció siquiera, pero tampoco volvió á desplegar sus labios; poco después llegaron á Soto la Marina.

En la misma noche toda aquella población sabía que á la mañana siguiente sería pasado por las armas el destronado emperador de México D. Agustín Iturbide, hecho prisionero al desembarcar en la barra de Santander, por el general D. Felipe de la Garza.

Los historiadores no están conformes en el modo con que fué aprehendido D. Agustín de Iturbide.

Algunos de sus biógrafos, más apasionados de la memoria del desgraciado emperador que de la verdad, afirman que Iturbide llegó á las playas mexicanas ignorando el decreto de proscripción fulminado contra él en la República, y agregan que desembarcó disfrazado, fingiéndose colono, en compañía de Beneski; pero que fué reconocido por el modo expedito y airoso que tenía de montar á caballo.

Todas estas dudas se disipan y todas esas relaciones se desmienten con sólo trascribir el principio de una carta que en el momento casi de desembarcar escribía Iturbide á su corresponsal en Londres D. Mateo Flétcher, y que inserta D. Carlos Bustamante en su apéndice á los Tres siglos de México.

“A bordo del bergantín “Spring” frente á la barra de Santander, 15 de Julio de 1824.

«Mi apreciable amigo:

«Hoy voy á tierra, acompañado solo de Beneski, á tener una conferencia con el general que manda esta provincia, esperando que sus disposiciones sean favorables á mí, en virtud de que las tiene muy buenas en beneficio de mi patria...... Sin embargo, indican no estar la opinión en el punto en que me figuraba, y no será difícil que se presente grande oposición, y aún ocurran desgracias. Si entre estas ocurriere mi fallecimiento, mi mujer entrará con vd. en contestaciones sobre nuestras cuentas y negocios, etc.»

Y esta carta está firmada:—«Agustín de Iturbide.»

Toda la versión, pues, sobre el incógnito de Iturbide, no pasa de ser una novela.

III

Amaneció el día 17, y se notificó á Iturbide que dentro de pocas horas debía morir.

Su muerte estaba decretada por Garza, que se fundaba para dar esta determinación en la ley que proscribía á Iturbide para siempre de la República.

Notificóse al preso la sentencia, y la escuchó sin inmutarse; pidió que viniera, para auxiliarle en el último trance, su capellán que había quedado en el buque, y envió á Garza un manifiesto que había escrito para la nación.

La serenidad de Iturbide y la lectura del manifiesto conmovieron sin duda al general, porque mandó suspender la ejecución y se puso en marcha para Padilla, en donde estaba reunido el congreso del Estado, llevando consigo al prisionero y tratándole con tantas consideraciones como si él fuera mandando en jefe.

Llegaron por fin á Padilla, y el congreso determinó que sin excusa ni pretexto fuese pasado por las armas. En vano Garza, que asistió á la sesión, procuró probar, convertido entonces en defensor de Iturbide, que el decreto de proscripción no alcanzaba á tanto, que Iturbide daba pruebas de sus intenciones pacíficas, trayendo consigo á su esposa y á sus pequeños hijos. El congreso se mantuvo inflexible, y Garza fué encargado de ejecutar la sentencia dentro de un breve término.

Volvió entonces á notificarse á Iturbide que podía contar con tres horas para arreglar sus negocios, después de los cuales debía morir.

Iturbide se preparó á morir como cristiano y se confesó con el presidente del congreso que era un eclesiástico, y que había salvado su voto cuando se trató de la muerte del prisionero.

Las seis de la tarde del día 19 fué la hora señalada para ejecutar la sentencia.—Iturbide salió de la prisión sereno y firme, y deteniéndose al encontrarse en el campo exclamó:

—Daré al mundo la última vista.

Después pidió agua, que apenas tocó con los labios, y se vendó él mismo los ojos.

Se trató entonces de atarle los brazos; resistióse al principio, pero después se resignó con humildad.

Detúvose allí, caminó cosa de setenta ú ochenta pasos y llegó al lugar del suplicio, repartió el dinero que llevaba en los bolsillos entre los soldados, y entregó su reloj, un rosario y una carta para su familia al eclesiástico que le acompañaba.

En seguida, con firme acento habló á la tropa, rezó en voz alta algunas oraciones y besó fervorosamente un crucifijo.

En ese momento el jefe hizo la señal de fuego y se escuchó el ruido de la descarga.

Cuando se disipó el humo de la pólvora, D. Agustín de Iturbide no era ya más que un cadáver cubierto de sangre.

IV

Iturbide libertador de México, Iturbide emperador, Iturbide ídolo y adoración un día de los mexicanos, expiró en un patíbulo, y en medio del más desconsolador abandono.

Los partidos políticos se han pretendido culpar mútuamente de su muerte. Ninguno de ellos ha querido hasta ahora reportar esa inmensa responsabilidad.

En todo caso, y cualquiera que haya sido el partido que sacrificó á D. Agustín de Iturbide, yo no vacilaré en repetir que esa sangre derramada en Padilla, ha sido y es quizá una de las manchas más vergonzosas de la historia de México.

Guerrero é Iturbide consumaron la independencia, y ambos, con el pretexto de que atacaban á un gobierno legítimo, espiraron á manos de sus mismos conciudadanos.

No seré yo quien pueda hablar de la muerte de Guerrero; pero en cuanto á la de Iturbide, exclamaré siempre que fué la prueba más tristemente célebre de ingratitud que pudo haber dado en aquella época la nación mexicana.—Iturbide reportaba, si se quiere, el peso de grandes delitos políticos, venía á conspirar á la República, bien; ¿pero no hubiera bastado con reembarcarle?

El pueblo que pone las manos sobre la cabeza de su libertador, es tan culpable como el hijo que atenta contra la vida de su padre.—Hay sobre los intereses políticos en las naciones, una virtud que es superior á todas las virtudes, la gratitud.

El pueblo que es ingrato con sus grandes hombres, se expone á no tener por servidores, más que á los que buscan en la política un camino para enriquecer y sofocan todas las pasiones nobles y generosas.

Dios permita que las generaciones venideras perdonen á nuestros antepasados la muerte de Iturbide, ya que la historia no puede borrar de sus fastos esta sangrienta y negra página.

Vicente Riva Palacio.

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