ITURBIDE El Apoteosis
Reading edition
I
Llegó por fin el día de la libertad de México. Once años de lucha, un mar de sangre, un océano de lágrimas.—Esto era lo que había tenido que atravesar el pueblo para llegar desde el 16 de Septiembre de 1810 hasta el 27 de Septiembre de 1821.—16 y 27 de Septiembre, 1810 y 1821. He aquí los dos broches de diamante que cierran ese libro de la historia en que se escribió la sublime epopeya de la independencia de México.
Y cuánto patriotismo, cuánto valor, cuánta abnegación habían necesitado los que dieron su sangre para que se inscribieran con ella sus nombres en ese gran libro!
Pero el día llegó; puro y transparente el cielo, radiante y esplendoroso el sol, dulce y perfumado el ambiente.
Aquel era el día que alumbraba después de una noche de trescientos años.
Aquella era la redención de un pueblo que había dormido en el sepulcro tres siglos.
Por eso el pueblo se embriagaba con su alegría, por eso la ciudad de México estaba conmovida.
¿Quién no comprende lo que siente un pueblo en el supremo día en que recobra su independencia? Pero, ¿quién sería capaz de pintar ese goce purísimo, cuando se olvidan todas las penas del pasado y no se mira sino luz en el porvenir; cuando todos se sienten hermanos; cuando hasta la naturaleza misma parece tomar parte en la gran fiesta?
México se engalanó como la joven que espera á su amado.
Vistosas y magníficas colgaduras y cortinajes ondeaban al impulso del fresco viento de la mañana, en los balcones, en las ventanas, en las puertas, en las cornisas, en las torres. Cada uno había procurado ostentar en aquel día lo más rico, lo más bello que tenía en su casa.
Sus calles parecían inmensos salones de baile: flores, espejos, cuadros, vajillas, oro, plata, seda, cristal, todo estaba en la calle, todo lucía, todo brillaba, todo venía á dar testimonio del placer y de la ventura de los habitantes de México.
Y por todas partes, cintas, moños, lazos, cortinas con los colores de la bandera nacional, de esa bandera que enarbolada por Guerrero y por Iturbide en el rincón de una montaña, debía en pocos meses pasearse triunfante por toda la nación, y flamear con orgullo sobre el palacio de los virreyes de Nueva España.
Aquellos tres colores simbolizaban: un pasado de gloria, el rojo; un presente de felicidad, el blanco, y un porvenir lleno de esperanzas, el verde; y en medio de ellos el águila triunfante hendiendo el aire.
Y entre aquella inmensa multitud que llenaba las calles y las plazas, que se apiñaba en los balcones y ventanas, que coronaba las azoteas, que escalaba las torres y las cúpulas de las iglesias, ansiosa de contemplar la entrada del ejército libertador, no había quizá una sola persona que no llevase con orgullo la escarapela tricolor.
II
El sol avanzaba lentamente; y llena de impaciencia esperaba la muchedumbre el momento de la entrada del ejército trigarante.
Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, y aquel grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los barrios más lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la ciudad conquistada por Hernán Cortés el 13 de Agosto de 1521.
1521, 1821. ¡Trescientos años de dominación y de esclavitud!
A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era en aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones.
Aquel hombre era el libertador D. Agustín Iturbide.
Iturbide tenía una arrogante figura, elevada talla, frente despejada, serena y espaciosa, ojos azules de mirar penetrante, regía con diestra mano un soberbio caballo prieto que se encabritaba con orgullo bajo el peso de su noble jinete, y que llevaba ricos jaeces y montura guarnecidos de oro y de diamantes.
El traje de Iturbide era por demás modesto: botas de montar, calzón de paño blanco, chaleco cerrado del mismo paño, una casaca redonda de color de avellana y un sombrero montado con tres bellas plumas con los colores de la bandera nacional.
Al descubrir al libertador, el pueblo sintió como una embriaguez de placer y de entusiasmo, los gritos de aquel pueblo atronaban el aire, y se mezclaban en gigantesco concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas de los templos, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones.
Iturbide atravesaba por el centro de la ciudad para llegar hasta el palacio; su caballo pisaba sobre una espesa alfombra de rosas, y una verdadera lluvia de coronas, de ramos y de flores caía sobre su cabeza y sobre las de sus soldados.
Las señoras desde los balcones regaban el camino de aquel ejército con perfumes, y arrojaban hasta sus pañuelos y sus joyas, los padres y las madres levantaban en sus brazos á los niños y les mostraban al libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían por todas las mejillas.
Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circunspectas se arrojaban á coronar á los soldados rasos y á abrazarlos; los hombres, aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemigos, se encontraban en la calle y se abrazaban y lloraban.
Aquella era una locura, pero una locura sublime, conmovedora; aquel era un vértigo, pero era el santo vértigo del patriotismo.
Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de Septiembre de 1821, y no habrá uno solo de los que tuvieron la dicha de presenciar esa memorable escena, que no sienta que se anuda su garganta y que sus ojos se llenan de lágrimas al escuchar esta pálida descripción, hija de las tradiciones de nuestros padres y nacida sólo al fuego del amor de la patria.
Aquel fué el apoteosis del libertador Iturbide.