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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

MAXIMILIANO

Reading edition

6 de Julio de 1832.

19 de Junio de 1867.

Aquella fecha fué el día en que nació Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria. Esta, en la que murió.

La ciudad de Viena, Schònbrum, fué su cuna; la de Querétaro, Cerro de las Campanas, fué su tumba.

Su nacimiento tuvo el esplendor grandioso de un regio alumbramiento. A su muerte, un golpe eléctrico tocó todos los corazones, para no dejar esa memoria, en el reposo del olvido. La luz de la existencia no se extinguió en las tinieblas de su último día. Al morir acabó el hombre, para dejar al dominio de todo el mundo la vida del príncipe, la del político infortunado.

¡Insondable es el destino del hombre!

Al nacer, los plácemes se multiplican y se anuncia una esperanza de felicidad.

El que nace despierta toda la fe del porvenir.

Un príncipe que viene al mundo, es la alegría de la familia, es la ilusión dorada de una dinastía; puede ser el genio benéfico de un pueblo, de una sociedad entera. El contento se generaliza, y las demostraciones de júbilo resuenan en el extenso ámbito de una monarquía. Los más lisonjeros ensueños de los padres encuentran la entusiasta predicción de los amigos, de los partidarios, de los adictos, y el horizonte de la vida, se dilata más allá de donde en el curso natural de la existencia se puede pasar.

El príncipe, al nacer, parece que lleva un destino que cumplir: inmortalizar con sus hechos un nombre que ya suena como gloriosa herencia que en la sucesión de los siglos han conquistado sus antepasados. Esperanza de gloria. Esperanza de inmortal nombre. Esperanza de los amigos y de la patria; ella y ellos hacen votos porque el príncipe esté predestinado para encumbrar los altos intereses de la nación; y así lo quieren; porque también quisieran que el que nace para gobernar, fuese un conjunto de las más grandes virtudes. El valor, la generosidad, el genio, la más elevada educación, la ciencia y el amor á la humanidad, debieran ser inseparables compañeros de los que se creen con título para mandar.

La pasión de mando en los príncipes, lo mismo que en los demás hombres públicos, puede ser una virtud ó un vicio. El anhelo de hacer el bien, es una virtud, y ese anhelo tiene á menudo los caracteres de una pasión...... pasión inmensa, superior á todas las pasiones; porque ella lisonjea las más nobles aspiraciones que el hombre puede traer á la vida. Ser feliz por la felicidad pública, vivir para un pueblo, trabajar sin descanso para una nación, darle vida, esplendor, nombre, poder, independencia, respeto, bienestar, libertad, orden, paz, fraternidad y dicha, es sin duda la más grande y noble pasión, como también la virtud más digna del reconocimiento público.

¡Cuántos hombres, sin embargo, habrán tenido estos ensueños, esos delirios patrióticos, esas aspiraciones que embriagan, y qué distante habrán visto el resultado! ¡Cuántas veces los medios empleados conducen á las naciones al inverso fin de los pensamientos y proyectos concebidos!

Tomad vuestro libro, príncipes, recorred la historia, y al llegar á las páginas de Luis XVI, Iturbide, Murat, Carlos I y Maximiliano, meditad en ese destino.

Abrid el vuestro, hombres públicos; y cuando lleguéis á las páginas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Alberto Brum, César, Cicerón, Terault de Sahelles, Filipeaux, Danton, Robespierre, Russel, Riego, Camilo Desmoulin, y otros y otros, pensad con detenimiento en el trágico fin de hombres que hoy suenan como gloria de las naciones que impasibles los vieran morir. Llegad con valor á las tumbas de esos príncipes y de esos hombres, removed su pasado entero, tocad uno á uno los puntos de su vida pública, y fijad, si podéis, con criterio indefectible, con la conciencia de juez severo, con la luz indeficiente de la razón, con la firmeza de la conciencia universal, el motivo determinado, seguro, fijo, que causó su muerte. Para ello, remontad vuestro estudio á la intención, que es la guía de la criminalidad.

No separéis vuestra atención de los propósitos. Detenéos un poco. Llamad á la filosofía en vuestro auxilio. Con el espíritu indagador del verdadero filósofo, buscad la criminalidad de los políticos en la violación de una ley clara como la luz del día, evidente como el sentimiento de nuestra existencia, universal como los preceptos de moral. ¿La encontraréis siempre? No.

¿Y la dañada intención de ejecutar una criminal voluntad?

¿Y el propósito de hacer mal?

¿Y la conciencia de sus faltas?

¿Y la depravación de sus miras?

¿Y el remordimiento de sus actos, y la agitación de su espíritu, y el terror de su fuero interno, y la inquietud de su alma, y la pasión ciega de sus deseos, y el abominable arranque de un corazón vengativo? ¿Lo encontraréis? Decidlo. Decidlo con franqueza. La filosofía no permite disimulo; externad vuestro juicio con la severidad filosófica de Catón.

Pero ¿adónde vamos?

¿A condenar la pena de muerte por delitos políticos?

Esto ya lo hemos hecho. Derramar la sangre humana como medida represiva ó preventiva, podrá tener su resultado positivo para la paz que forma el vacío; pero hay en el fondo de nuestro corazón una profunda repugnancia, inconcebible para algunos, poderosa para nosotros.

En esa lucha de las necesidades públicas hay una verdad que respetamos con toda sinceridad: la extinción de la pena capital es un pensamiento que ha encontrado resistencias que han parecido invencibles. Políticos profundos han creído que sin la pena de muerte la sociedad perdería sus elementos de vida rompiendo el respeto que inspira la posibilidad de la muerte por la ley.

A través de diez y nueve siglos que tiene la era cristiana, no se han podido realizar todas las esperanzas que despertó su existencia; pero la lentitud del progreso asegura su triunfo sobre el desmoronamiento de los antiguos elementos de política. La filosofía de la libertad vendrá más tarde á purificar doctrinas que en su desarrollo detienen el espíritu progresivo de la humanidad. El tiempo, armado de su poder irresistible, con la sucesión de algunos años en que la paz, condenando las malas pasiones, abra el alma á la luz de la enseñanza que entraña la fraternidad, será el mejor obrero de lo que hoy se llama utopia irrealizable.

* * *

¡Sombra de Maximiliano, espíritu de ese príncipe en cuya defensa tuvimos un encargo de confianza; desde esa mansión donde todo es luz, arrojad alguna sobre este cuadro de vuestra vida, para pintar con caracteres de innegable verdad las causas de un gran drama político!

¿Qué causa determinó ese contraste de destino entre el nacer y el morir?

¿Quién guió esos pasos que conducían al patíbulo á un príncipe heredero de una gloria secular?

¿Por qué causa vino á morir á Querétaro, en el Cerro de las Campanas, quien pudo ser rey en Europa? ¿Qué había de común entre la dinástica nobleza de Austria y el pueblo de esta República?

México pasaba por una crisis cruel en su naturaleza misma; porque era trágica y suprema. Las instituciones eran todo y eran nada; porque ellas servían de bandera de libertad y de apoyo del Gobierno. Eran nada, porque en la práctica no regían. Su vida perfecta era imposible en una nación de combatientes. Era ese período en que se rompe para siempre con las tradiciones del pasado. Las reformas religiosa y política habían sacudido de raíz aquel árbol secular á cuya sombra la sociedad se forma de una aristocracia de fueros y privilegios notables en el clero y en el ejército. La ley de la igualdad se había proclamado, incorporando á las clases privilegiadas dentro de una misma ley civil.

El antagonismo de clase, condenado por los principios políticos, era una nueva ocasión de guerra. La nacionalización de bienes eclesiásticos, secularización de regulares, extinción de la vida monacal y demás reformas religiosas, preparaban algunos espíritus para una lucha sangrienta, como guerra de religión, interminable por un avenimiento; porque alimentada por pasiones que tocaban los extremos, era terrible, asoladora. Sus efectos se hacían sentir ya poderosos, cuando estalló la revolución que proclamó en la patria de Washington la independencia de los pueblos del Sur.

Los gobiernos de Europa, que presentían las consecuencias de un triunfo glorioso de la democracia, pensaron en que México pudiera ser un punto de apoyo, un arsenal inmenso, un cuartel general para ulteriores operaciones; y aprovechando las disensiones apasionadas de sus hijos, ofrecieron crear una monarquía en la tierra de promisión, que descubierta por el ilustre genovés Cristóbal Colón, fué la perla de la corona de España.

Esta colonia que llevó á su tesoro torrentes de plata y oro en cambio de una civilización cristiana, no era aún conocida el año de 1862 en su poder nacional.

Frágil la memoria de los hombres poderosos, olvidaron pronto los sacrificios de México, por su independencia, desconocieron su adelanto en medio de sus guerras intestinas, y creyeron obra de una visita militar la fundación de una monarquía que renovara las antiguas tradiciones, despertando el espíritu de orden y obediencia en que tan notable fué este virreinato por tres siglos.

En los años pasados después de la independencia, la educación ha cambiado las antiguas costumbres. México ha obtenido en medio siglo lo que pudiera ser obra para otros pueblos de centenares de años. De 1821 á 1863 recorrió desde la monarquía absoluta hasta la república más democrática, y la obediencia pasiva del antiguo sistema se ha cambiado por los fueros de la libertad.

Ese año de 1863 será siempre inolvidable en la historia de los sucesos que vamos á referir; porque éste fué el período en que el príncipe Maximiliano aceptó lo que, obra de los hombres, parecía altamente glorioso en sus fines al archiduque de Austria.

* * *

Inglaterra, Francia y España, unidas por la convención de Londres el 21 de Octubre de 1861, enviaron en Diciembre del mismo año al puerto de Veracruz algunos miles de soldados, representada la primera para los fines de la convención por Sir Charles Wyke. Ministro inglés residente en México; la segunda por el Almirante Jurien de Lagravière y por el Conde de Saligny, Ministro de Francia en México; y España por el Teniente general don Juan Prim, Conde de Reus.

El tratado que celebró en el pequeño pueblo de la Soledad, distante pocas leguas de Veracruz, el Ministro de Relaciones D. Manuel Doblado, permitió á las tropas de las tres naciones venir á Orizaba y Tehuacán, ajustando un armisticio para acordar, entretanto, los medios de llevar á un término prudente las diferencias que en lo ostensible tenían aquellas naciones con la República Mexicana. Ese tratado que con el Sr. Doblado firmaron los representantes de las tres naciones el 31 de Octubre de 1861, ha sido juzgado por muchos como el monumento más glorioso de la habilidad diplomática de nuestro Ministro. Aplazada la guerra, podía crear la división en los invasores, y permitir, además, que se viese con claridad el fin á que se encaminaba y los medios de que disponían cada una de las partes que formaron la convención.

Había en lo íntimo, en lo secreto de las instrucciones reservadas que traían los tres representantes, algo contradictorio que no podía llevarlos á una inteligencia fácil, á un acuerdo seguro.

Los representantes de España é Inglaterra vacilaron, los de Francia traían una consigna que cumplir, Napoleón III quería un rey para este suelo virgen. El príncipe que debía ceñir la corona, sería acaso dudoso; pero la resolución estaba tomada. México sería una monarquía.

Aun es un misterio si la voluntad enérgica del Conde de Reus rompió la convención, llevando tras esta resuelta conducta el acuerdo del representante de Inglaterra; ó si instrucciones superiores prepararon el rompimiento que dejó al ejército francés solo en este suelo para llevar adelante las órdenes de su gobierno, que ejecutaba por su cuenta y riesgo, la más aventurada, peligrosa y estéril de cuantas intervenciones se registran en los siglos de la historia política del mundo.

La República supo con asombro que, rotas las estipulaciones del tratado de la Soledad, avanzaban en son de guerra los franceses al mando del general Laurencez, y ligeros encuentros en las Cumbres de Aculcingo, obligaron á las tropas de la República, al mando en jefe del general Zaragoza, á resistir el choque del ejército francés en la ciudad de Puebla.

El 5 de Mayo de 1862, á las once, comenzó la acción sobre el Cerro de Guadalupe, y á las tres retrocedieron las fuerzas francesas, llevando ya en su retirada á Orizaba, la convicción profunda de que la misión que debían cumplir era algo más peligrosa que un paseo militar.

México ha recogido en la memoria de esa jornada, la de un día de gloria nacional que solemniza en su aniversario, como la de una segunda independencia. El recuerdo del 5 de Mayo fué la bandera de la República en sus días de prueba y de desgracia. Los nombres de los generales Zaragoza, Mejía, Díaz, Berriozábal, Negrete y otros, han tenido desde entonces un lugar de preferencia en el corazón de un pueblo que se apasiona por la superioridad del valor en el cumplimiento del deber.

Después de algunos meses, grandes refuerzos llegaron al ejército francés mandado ya por el general Forey, y se emprendió un nuevo golpe sobre la ciudad de Puebla, la que sucumbió el 17 de Mayo de 1863, obligada por un sitio de más de sesenta días. El hambre puso término á ese sitio, rindiéndose la plaza, después de romper el ejército mexicano sus armas y clavado su artillería.

* * *

Hoy que Francia sufre, y los peligros y el sufrimiento fanatizan el amor patrio, habrá comprendido Napoleón III, capitulando en Sedán, todo el inmenso placer que habría en la victoria, toda la inmensa pena de las derrotas, todas las inexplicables amarguras de una capitulación, y todas las desgracias de conflictos entre pueblos que derraman su sangre, gastan sus tesoros, aniquilan sus elementos de vida en luchas que excitan las malas pasiones, en cuyo desenfreno todo lo pervierten, á pesar de la buena índole de las masas. México, joven, nacida en este siglo á la vida nacional, ha sido mártir por los celos extraños de su propia infancia. Nacida y codiciada, independiente y dividida, su escuela ha sido la guerra interior y exterior. Francia en el apogeo de sus días, con su gobierno de veinte años, su rico tesoro, sus preparativos de guerra, y teniendo por capital la ciudad de París, centro del mundo, donde se encontraban bienestar y dicha, porque había algo de magia en aquella gran ciudad para que el viajero de todo el mundo, á pesar de la diversidad de sus hábitos y costumbres, encontrara allí la asimilación de lo que era la patria, ha sido el objeto de todas las miradas; era el baluarte poderoso donde por el hambre podrían sucumbir hombres que, héroes en el combate, grandes en su patriótica desesperación, tenían la sentencia de su destino en una triste capitulación, después de ese sitio de titanes que será el asombro de los tiempos modernos. El siglo XIX en sus transformaciones políticas, en su marcha poderosa á los fines de la democracia, y en su grandeza universal, necesitaba para ser inolvidable, el gigantesco sitio que oprimió á la ciudad del orbe. Frente al poder del dinero, de la ciencia y del progreso, se presenta la guerra, la muerte, la destrucción, el sitio y el hambre.

Francia y Prusia en gigantesco duelo, es víctima la primera, en medio de su grandeza, y vencedora la segunda, provocada al duelo. París se enloquece en su desgracia y enarbola la bandera de guerra civil. París, antes resplandeciente de prosperidad y lustre, da muerte á su propia vida devorando á sus propios hijos, arrojando, á semejanza del suicida, elementos corrosivos á sus entrañas, para morir en el fuego, la destrucción, el aniquilamiento y la desesperación.

París, reina de las ciudades modernas, sociedad poderosa para imprimir movimiento á las ciencias y á las artes, centro privilegiado del orbe donde la historia ha grabado sus fechas gloriosas con monumentos que recuerdan guerras, gobiernos, luchas, victorias, triunfo de la idea y del arte; ciudad que llora hoy los más grandes infortunios que la más negra imaginación no podía alcanzar; arrojad de vuestro seno los elementos de esa vida cenagosa á que la corrupción levantara altares, y Dios permitirá que de ese huracán espantoso de pasiones desencadenadas, de ese fuego que destruyó la materia y el espíritu, brote la libertad pura y santa, que haga á los pueblos hermanos en el progreso y émulos sólo en el trabajo.

¡Pobre Francia! ¡cuánto atormentan los terribles golpes de la adversidad sobre las masas de un pueblo! ¡Cuántas víctimas inocentes que no merecen el castigo de esas grandes desgracias!

México ha sufrido los males del incesante anhelo de otras naciones para intervenirla. Francia llora hoy la ardiente pasión del imperio, para imponer su intervención á otras naciones. México pobre, debil, joven y desheredada por sus propias y extrañas guerras, debe á la constancia de sus hijos y á su fe, la restauración de la República. Su ejemplo lo ha invocado Francia, no sólo como lección adversa de su política, sino como bandera de guerra por su nacionalidad. Reciba nuestros votos por una paz duradera que afiance en esa poderosa nación la libertad. Ella será fecunda también para una gran parte del mundo que, por la lectura, por la tradición, por la costumbre de imitar y por los hábitos de educación, está dispuesta á aceptar la política de Francia, que tiene, por su grandeza nacional, un poder mágico, casi irresistible, de propaganda y de asimilación política.

¡Cómo cambia el poder de las naciones constituídas al abrigo de un poder personal! En 1863, Francia Imperial enviaba algo menos que el sobrante de sus legiones á esta tierra víctima de sus disensiones civiles; y hoy la República Mexicana envía los votos de muchos de sus hijos al pueblo francés, por su pronta y sólida libertad. ¡Ojalá y ellos se cumplan! ¡Ojalá y el año de 1871, Francia regenerada y libre, sea también la Francia de la paz y la prosperidad!

* * *

La tarde del 31 de Mayo de 1863 salió de esta ciudad el Sr. Presidente D. Benito Juárez. Ese día tuvo lugar la clausura de la Cámara, y más bien que una solemnidad, fué una lúgubre ceremonia. Era el adiós de amigos que se dispersaban: fué la triste asistencia oficial de un día de duelo para la patria. Tras de ese día todo era desconocido. El único pensamiento de aquellas horas, era partir de la ciudad que debían ocupar las fuerzas francesas como fruto de su triunfante expedición sobre Puebla.

La noche arrojaba sobre el alma de esta gran ciudad una melancolía abrumadora. La agonía de una época, el término de un orden de cosas, el misterio del día siguiente, daban un tinte sombrío á todas las fisonomías. ¡Toda la noche fué de movimiento de salida! ¡Cuántas lágrimas derramadas en ese día de luto! Una despedida sin saber el día del regreso, tiene algo de semejante á la muerte.

¿Cuándo volverán los que hoy salen?

Sólo Dios puede saberlo......

Esa pregunta del corazón y esta respuesta de la cabeza, daban á tan triste despedida una amargura que es fácil sentir y difícil explicar.

Los poderes de la federación se dispersaban, dándose una cita para el interior del país. El Presidente de la República, al partir, había renovado su inquebrantable juramento de vencer ó morir. La lucha era á muerte, porque no cabía capitulación. Así lo había dicho este supremo magistrado el 21 de Marzo, al recibir las felicitaciones como día de su cumpleaños.

Abiertas quedaron las puertas de la capital que no podía resistir, y tomaron vida por casi todo el país los elementos de un nuevo orden de cosas que generalizó el proyecto de la monarquía mexicana.

En la dispersión de los poderes públicos, México quedaba sólo al abrigo de un ayuntamiento presidido por el Sr. D. Agustín del Río. Hombre de valor y de corazón generoso, inspirado por su ardiente amor á la patria, supo llenar cumplidamente sus deberes, lo mismo que la corporación que presidía. Merced á su actitud, la ciudad no sintió el enorme peso de la crisis. La historia consagrará algún día una honrosa página al Ayuntamiento de México y su digno Presidente.

* * *

El 1.º de Junio, un repique en la Catedral anunciaba que se abría para la capital de la República Mexicana la primera página del libro de la intervención. ¡Pobres campanas! inanimados pregoneros que hablan al impulso del que los hiere, y lloran, gritan, pregonan y aplauden á nombre del pueblo. ¡Cuántas veces pregonan lo que debieran callar! ¡Cuántas veces aplauden lo que debieran condenar! El atronador repique con que se pretende á nombre del pueblo engañar al pueblo mismo, ha sido el medio más usual con que solemniza la alegría oficial lo que ha sido muchas veces el duelo de la Nación. Entonces, entre el ruido de la armonía del repique, hay siempre una voz que habla más alto: es la conciencia pública que condena el sacrificio de un pueblo.

La historia del período de la intervención, en sus detalles, no es del momento. Pocos renglones debe ocupar la narración sencilla de la muerte del infortunado Archiduque de Austria.

Preparado el terreno por la invasión francesa, perdida para muchos la esperanza de una restauración nacional; mientras la guerra de escisión entre los Estados Unidos no llegara á un término, fatigado el espíritu por la serie de incesantes revoluciones, el establecimiento, aunque pasajero, de una monarquía, era un suceso que la más corta previsión alcanzaba. El Imperio, para la Nación, sería un hecho; para los que lo deseaban, una gloriosa conquista; y su duración un problema para muchos, envuelto en el misterio del tiempo en que debieran realizarse los grandes sucesos de América.

El príncipe solicitado era Fernando Maximiliano, que residía en su palacio de Miramar. Allí fué donde los enviados del Emperador Napoleón hicieron despertar en su corazón ese sentimiento de gloria, por lo grande y desconocido á que tenía irresistible inclinación. Allí fué donde los augures del porvenir espléndido de una gran monarquía en el mundo de Colón, fundaban con la riqueza de una imaginación fecunda el trono de México. Allí las vacilaciones de un espíritu, que dominado por la idea de la gran política, estaba sin embargo preparado para todo lo que abría las puertas de ese futuro lleno de encantos por la pasión que se llama gloria. Allí ese consejo íntimo de familia, con su esposa la princesa María Carlota Amalia, que era su secretario, su amigo, su confidente, la compañera, sin duda, de proyectos, de pensamientos y de ensueños de un glorioso porvenir; y de allí partieron para esta tierra regada por muchos años con la sangre mexicana.

Más allá de la política, que glorifica á los hombres y apasiona á la multitud, hay algo en una minoría que, con la fe del que mira en lontananza los sucesos venideros, pronostica el porvenir como el apóstol de una idea; combate y lucha por ella hasta el heroísmo, y sostiene la verdad, desconocida para muchos, que parece el patriotismo especial de un círculo reducido de hombres.

Thiers y Julio Favre en Francia, Juárez, Zaragoza, Díaz y otros en México, vaticinaron el mal éxito de la aventura monárquica, y predijeron que la intervención sería para Napoleón III el camino seguro del abismo donde sepultara su trono.

Hasta donde se hayan realizado esas profecías, la historia contemporánea puede ya apreciarlo.

* * *

Maximiliano llegó á la capital de la República el 12 de Junio de 1864. Pasados los primeros días, llamó en lo privado á algunos hombres del partido liberal, y presentándoles un programa extenso sobre las bases de independencia nacional, libertad y consolidación de las conquistas de la Reforma, obtuvo de algunos su participio en la formación del gobierno.

El programa podía condensarse en estas palabras:

Difundir la enseñanza á costa de los más grandes sacrificios, promover toda mejora material, alentando la colonización en masas y la inmigración de ricos capitalistas, afianzar las conquistas obtenidas por la República en favor de la libertad, y encaminar ésta á su aceptación por todos los partidos.

Difícil era la reconciliación de las clases y de los corazones. Ese milagro político no podía ser el instantáneo fruto de un programa. Sólo el tiempo y la libertad práctica unen á los hombres divididos en política por opiniones encontradas.

Francia gastaba, entretanto, algunos millones en el apoyo de su aventura; pero el cansancio en una empresa toda de peligros, no tardó en expresar palabras de arrepentimiento y de abandono. La versatilidad del Imperio francés en los actos que llamaba de alta política, era una presunción de que pondría término á sacrificios que no podían tener compensación.

El Príncipe Maximiliano luchaba con todo esfuerzo por nacionalizar su gobierno, y su programa democrático, á su juicio, en lo compatible con la forma monárquica, está consignado en seis tomos de decretos.

Por un corto período, la fortuna sonrió á la monarquía. Las fuerzas de la República habían perdido los grandes centros de las poblaciones, y el Sr. Presidente D. Benito Juárez, y su ministerio compuesto de los Sres. Lerdo, Iglesias y Mejía, se habían refugiado en Paso del Norte, pequeña aldea en los confines de la República, á orillas del Río Bravo. Su fe era su bandera, su constancia la base del porvenir.

Algunos jefes de inquebrantable energía sostuvieron siempre la guerra; entre ellos el ilustre general D. Vicente Riva Palacio, por cuyo encargo escribimos esta sencilla historia.

El país estuvo por un período sometido á la sorpresa de los grandes sucesos; pero la impresión fué pasajera, y las armas de la República acudieron á combates repetidos que despertaban en la Nación la fe del porvenir.

Cuernavaca era la residencia del Archiduque el mes de Junio de 1866, cuando recibió las noticias definitivas sobre la conducta de Napoleón III. Había resuelto retirar sus tropas y los recursos pecuniarios con que apoyaba al imperio mexicano. Este dejaría de percibir los quinientos mil pesos de que todos los mesen disponía á cargo del tesoro francés.

Tan grave noticia tenía altamente preocupado al Príncipe, quien con su triste fisonomía reveló á la Princesa Carlota el pesar de alguna nueva desgracia. La mala posición á que se veía reducido el ensayo de monarquía en México, despertó en el espíritu de los dos príncipes la idea de enviar un comisionado, un embajador especial al Emperador Napoleón, para exigirle francas explicaciones, resoluciones firmes sobre sus compromisos para con el naciente y agitado imperio de México y muy particularmente para con el mismo Archiduque de Austria, antes de partir de Miramar. ¿Quién podrá desempeñar esta misión importante? decía Maximiliano. ¿A quién escuchará Napoleón? ¿Quién podrá hacerle oir todos los deberes que tiene que cumplir? ¿Quién podrá hacerle comprender las consecuencias de su falta, si niega hoy lo que antes tenía ofrecido?

Se trajeron á la memoria diversos nombres de personas á quienes el Emperador de Francia en otro tiempo recibía de buena voluntad; pero que en la situación á que habían llegado las cosas, con probable seguridad, casi con evidencia, serían desairadas.

En un momento de ese silencio que impone la perplejidad de ciertas circunstancias, dijo la Princesa Carlota: «Yo tengo un embajador fiel á todos sus compromisos políticos, resuelto á todos los sacrificios, y que se hará escuchar de grado ó por fuerza. Ante su resolución no habrá obstáculos.»

«¿Quién puede reunir, dijo Maximiliano, todas esas virtudes de adhesión, y además las facilidades de llegar oportunamente cerca de Napoleón para contrariar resoluciones tomadas acaso de una manera irrevocable?»

«Yo, contestó la Princesa Carlota, y tal vez sólo yo pueda lograr que se modifique lo que respecto de México se tiene ya acordado.»

El Archiduque meditó sobre este pensamiento, lo encontró oportuno, y presentándole solo en oposición dificultades de viaje, recordó que estaba próximo el 6 de Junio, que era el día de su cumpleaños, y que según la tradicional costumbre de su casa, la Emperatriz recibía y hacía todos los honores en la solemnidad de ese día.

Los proyectos de conveniencia que se combaten con accidentes de fácil solución, están aceptados. Así sucedió con el viaje de la Emperatriz. El movimiento de la casa era luego el testimonio vivo de la resolución tomada. El Emperador y la Emperatriz regresaron á México, y el seis de Junio, después de las solemnidades de la mañana, se hicieron los preparativos para el viaje á Europa.

* * *

El día ocho salió para Veracruz la Princesa Carlota, emprendiendo, con el valor digno de un hombre, una empresa que era superior al empeño de las más grandes habilidades diplomáticas.

Francia, en la historia de su último imperio, y la del Vaticano en la de sus días de prueba, tendrán que consagrar algunas líneas á la infortunada y virtuosa Princesa Carlota Amalia visitando en 1866, víctima ya de un principio de enajenación mental, á Napoleón III y á Pío IX.

En su ciencia y brillante educación no alcanzó todos los peligros de la intervención en la República mexicana. La historia de todas las intervenciones es la del suplicio de los pueblos, la del peligro de la independencia, la del sacrificio de la autonomía, y muchas veces el de los actores mejor intencionados. Los años que corren de este siglo daban ya abundante materia para demostrarlo sin necesidad de las sangrientas peripecias del gran drama en que tan sentido se presenta el fin de Maximiliano, vencido, y la vida congojosa de la Princesa Carlota, que es la personificación del pensamiento monárquico en la rectitud de su intención y en la gloria de la fundación; pero también en el extravío de su juicio, por confiar su suerte á una protección extraña, y en el sufrimiento de su pesar profundo. Figura histórica, pasajera en su vida real, transformada por su dolor en una existencia sombría y melancólica, que conservando en su memoria las negras páginas de su martirio, sin el orden que imprime el juicio, tiene grabado como en álbum fotográfico el período de su vida en México. La memoria, el corazón y el entendimiento funcionan en la demencia, siempre con el pasado á la vista; pero las páginas de ese gran libro se desencuadernan, se confunden y mezclan, para hacer de la vida un repertorio donde la memoria, sin orden y armonía, sin concierto ni exactitud, renueva del tiempo feliz de la razón lo que más hirió el conjunto de las facultades. La historia del viaje de la Princesa Carlota, si llega á escribirse, podrá dar alguna luz sobre la materia, y fijará también el verdadero período de su enajenación mental. Maximiliano aparece, según la tradición, vivo en la adoración de la Princesa su esposa; pero en el altar de sus rezos derrama lágrimas que como flores deposita en la tumba de una memoria. Tal vez junta en un solo punto, á semejanza de visión extraña, dos ideas de vida y muerte como el que ve en medio de una tempestad lanzarse á pique una nave sin socorro posible.

* * *

El mes de Noviembre de 1866 todo anunciaba la retirada del príncipe y la del ejército francés. El primero marchó á Orizaba, y la Novara, que lo trajo lleno de entusiasmo y de esperanzas, debía también conducirlo, atormentado por el mal éxito de su empresa, á su antigua residencia de Miramar. Lo esperaba en Veracruz para partir.

El príncipe estaba de choque con el ejército francés, que abandonaba su obra.

Aun las relaciones de cortesía se habían cortado. El mariscal Bazaine y el general Castelnau habían concertado la retirada del ejército francés; y el voto unánime y sincero de los mexicanos era que jamás otra intervención pisara este suelo privilegiado, que sólo necesitaba para su prosperidad la unión de sus hijos. El imperio francés recibía una lección severa. Los gobiernos que no miden las cuestiones exteriores más que por la fuerza física, sacrificando la justicia, se suicidan, porque preparan ellos su propio sacrificio. Francia, arrebatada por el poder militar, sintió todo el peso de sus desgracias en la condenación universal de su política, en el triunfo de la oposición y en la aceptación tácita de la doctrina Monroe.

Libre Maximiliano de los compromisos de la intervención, llamó á Orizaba su Consejo, y sometió á su examen la resolución de su viaje. La duda atormentaba su vida, y necesitaba una resolución. Creía llegado el momento en que el hombre público debe pertenecer todo á su causa, á sus principios, á sus partidarios.

Muchos atribuyen á diversos miembros del Consejo, y muy particularmente á las inspiraciones del jóven general Miramón, el regreso á México. Nosotros no participamos por completo de esa opinión. Causas de otro género fueron las que ocasionaron esa resolución. A la llegada del paquete francés á Veracruz, en Noviembre, recibió el príncipe multitud de telegramas combinados en cifras. ¿Qué traían de Europa esos telegramas? No se ha sabido; pero el hecho es que al día siguiente se dieron las órdenes de regreso, y fué gratificado el jefe de la oficina del telégrafo con quinientos pesos, entregados en monedas de oro.

Desde ese momento cambió la fisonomía del príncipe. Su vida tomó la animación de quien tiene un gran propósito que cumplir. Aislado por su propia voluntad los días anteriores, incomunicado con los demás, vagando como un sonámbulo por los cercanos campos de Orizaba, volvió á la vida cuando resolvió morir ó vencer, jugando la existencia hasta perecer en la demanda.

El 25 de Diciembre de 1866 salió para esta ciudad el Archiduque, con el propósito de dar vida al ministerio conservador que había formado antes de partir para Orizaba.

Reciente la historia del gobierno del Imperio, no es posible tocarla en el reducido espacio de que se puede disponer al ocuparse sólo de la muerte del príncipe que fué elevado al trono. La historia de esa sombra de gobierno monárquico no puede aún escribirse; porque las lecciones que de ella se derivan, se pierden cuando todavía están vivos los sentimientos de una lucha y de una restauración en un corto período de tristezas y alegrías, de esperanzas y decepciones, de tragedias políticas, de piedad y de rigor, de templanza y de exceso, de virtud y de vicio, de persecución y de amnistía, de gemidos y de bendiciones, de duelo y de vida.

Los siete años de 63 á 70, son el gran libro de una historia rápida y complexa, que á semejanza de la de los náufragos, estará llena de vida en la narración misma de la agonía. Ella entrañará lecciones saludables para un pueblo que, al sacudir el yugo de la fuerza extraña, ha proclamado la libertad de todos sus hermanos.

Esa historia la conocerán siempre aún los niños y las mujeres; porque es la historia de los sentimientos populares y el fin de las disensiones religiosas en la política militante. Las pasiones todas tomaron parte, todas se mezclaron. El entusiasmo y el dolor se tocaban á cada paso como resultado de esos resortes del corazón, que apasionado en una lucha de hombres contendientes, son tan fieles y cumplidos como la personificación de un deber sagrado, tan resueltos como una virtud heroica, y tan firmes como ciegos por la fe, tan adictos á su causa como á la de su Dios, su religión y su patria. Por esto creían muchos pelear, y aun los seres inculpables en ese conflicto aterrador tributaban un culto á la exaltación de sus propias pasiones, como la expresión de la conciencia recta, como el eco de la conciencia nacional.

Los más grandes errores toman en política las proporciones de un deber, y á la pasión que se llama patriotismo, virtud facticia muchas veces por su origen, pero sincera por el tiempo, sólo se le puede desarmar con la frialdad de la razón, la luz de la justicia y la generosidad de los sentimientos.

Este período era el punto más grave en la escala de las disensiones de los partidos; pero también debía ser el término de las profundas divisiones.

La confirmación que el Príncipe Maximiliano imprimió á las conquistas de la libertad, á los hechos consumados, y á los principios de la revolución por la reforma religiosa, puso el sello á cuestiones que antes fueron el abismo de odios y de sangre entre los partidos.

Los peligros de una existencia precaria para el porvenir de nuestra patria, amenazada siempre por los elementos intestinos y conflictos internacionales, ¿no abrirá el corazón mexicano á sentimientos de unión, único vínculo de poder nacional?

Estos eran los pensamientos de esa época, en que al través de un corto período, todos veían como indefectible la restauración de la República.

Entretanto, las fuerzas organizadas bajo la dirección de los Generales Díaz, Escobedo, Corona y Riva Palacio, marchaban sobre las ciudades de Puebla, México, Guadalajara, Toluca y Querétaro, donde los más caracterizados jefes del partido militar, ligado en sus últimos días á la suerte del archiduque de Austria, hacían grandes aprestos de resistencia. Ingrata la suerte al príncipe, los franceses se retiraron, dejando sin más apoyo á su protegido, que la fuerza mexicana y algunos escuadrones de alemanes al servicio del Archiduque, mandados por dos valientes jefes y el joven coronel Kevenüller.

Todos los prodigios de valor habrían sido estériles contra el país levantado en masa proclamando la restauración de la República. Una á una fueron cayendo las ciudades en poder de las armas republicanas.

Querétaro era el lugar que absorbía la atención del gobierno, porque un fuerte ejército que mandaba en persona el archiduque Maximiliano era compuesto en su mayor parte de jefes de un valor á prueba, de una decisión enérgica. Bastaba que entre ese grupo estuviesen los generales Miramón y Mejía, para comprender que la lucha sería sangrienta, desesperada, heroica.

Dos meses de sitio en que hubo combates dignos de una memoria especial en la historia general del país, pusieron término á la lucha desigual entre sitiados y sitiadores. Estos tuvieron abundantes recursos que les enviaban de todo el país, abierto á su poder, mientras que en la ciudad faltaban los elementos necesarios para la vida.

Toda crisis política tiene su término, que es principio y fin de goces y sufrimientos. La ocupación de una plaza sitiada es una página de doble vista: para unos todo es vida, animación, alegría, gloria, poder, porvenir, lisonjas, plácemes, felicitación; para otros es un negro abismo.

La ciudad de Querétaro el 15 de Mayo de 1867, que fué ocupada por las fuerzas de la República al mando del general Escobedo, era para muchos un cementerio donde más que por la muerte misma, tenía el alma de la población una tristeza aterradora, porque era la tumba de mil esperanzas, el sepulcro de una época. Pudiera ser la de personas queridas......... y el misterio del porvenir arrojaba sobre el corazón sus negras sombras, que sólo disipa el curso de los acontecimientos elocuentes en su lenguaje, mudo para vaticinar el futuro, y poderoso para abrir el horizonte.

Al derrumbarse el imperio y caer el monarca en manos de los sostenedores de la República, la vida se contaba por minutos, y todos los que se deslizaban en la sucesión de las primeras horas, depositaban una esperanza de salvación.

Prisionero Maximiliano en el cerro de las Campanas, después de salir del convento de la Cruz, fué conducido á Querétaro por el general D. Vicente Riva Palacio. Las altas consideraciones con que este jefe lo distinguió, quiso corresponderlas el archiduque con alguna demostración, y dirigiéndose al general Riva Palacio, le dijo: «Permitidme, señor general, que os ofrezca al entrar á mi prisión mi caballo ensillado: recibidlo como una memoria de este día.»

* * *

Una celda del convento de Capuchinas de Querétaro fué la prisión del príncipe Maximiliano. Humilde como todas las habitaciones de quienes hacen solemne voto de pobreza, aquella celda tenía que ser histórica. Edificada para recibir en su seno los suspiros religiosos de alguna alma que, rompiendo los vínculos de la tierra, sólo miraba en la eternidad la esperanza de su dicha, recogía hoy á un hombre que en su destino adverso tenía que mirar siempre al cielo como única fuente de donde podía venir al alma la luz, ó siquiera de ella un débil rayo sobre la obscuridad en que va la vida, que en todo su poder, en su pleno vigor, por todas partes tiene la imagen de la muerte, por todas partes la presencia de la agonía, que en todos los momentos oye la última hora que suena en el reloj de la conciencia.

Aquella celda, santificada tal vez años atrás por la vida pura de una mujer santa, iba á ser la capilla donde depositara sus últimas oraciones el descendiente de muchos reyes, el hermano del emperador de Austria, el hijo del archiduque Francisco Carlos José.

Querétaro era todo un cuartel militar. Vencedores y vencidos ocupaban la plaza. Unos como guardianes y otros como prisioneros.

El Presidente de la República, desde San Luis Potosí, que era la residencia del Gobierno, dió orden el 21 de Mayo, por conducto del Ministerio de la Guerra, al general Escobedo, de abrir un proceso al archiduque de Austria y á los generales D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía. Seis días se tomó el Ministerio para dictar una resolución, que quiso fuera hija de una profunda meditación, para que no estuviese sujeta á los vaivenes de lo impensado.

El príncipe Maximiliano quiso que el Sr. D. Mariano Riva Palacio y nosotros fuésemos sus defensores, y así lo manifestó en el siguiente telegrama:

«Remitido de San Juan del Río, Mayo 25 de 1867.—Recibido en Guadalupe Hidalgo á las 9 y 12 minutos del día.

«El emperador Maximiliano al barón de Magnus, Ministro de Prusia en México.—Tenga vd. la bondad de venir á verme cuanto antes, con los abogados D. Mariano Riva Palacio y D. Rafael Martínez de la Torre, ú otro que vd. juzgue bueno para defender mi causa; pero deseo que sea inmediatamente, pues no hay tiempo que perder. No olviden vdes. los documentos necesarios.—Maximiliano.»

Para cumplir este encargo marchamos á Querétaro acompañados del ilustre abogado D. Eulalio María Ortega, que por su ciencia y carácter independiente era á propósito para encargarse de seguir el proceso mientras íbamos á San Luis á pedir la vida de nuestro defendido. El indulto era la única esperanza.

En Querétaro había sido encargado también de la defensa un ilustre abogado, el Sr. D. Jesús María Vázquez. La noticia de la prisión del archiduque fué un rayo inesperado en esta ciudad, muy conmovida también á la presencia y con los sufrimientos de un sitio. La inquietud de aquellos días de angustia, sólo se calmaba con la confianza que inspiraba el general Díaz y demás jefes superiores que mandaban el ejército sitiador. El cuartel general era Tacubaya, por donde salimos el 1.º de Junio los defensores, acompañados en nuestro viaje á Querétaro del barón Magnus, ministro de Prusia, y del Sr. Hoorick, encargado de negocios de Bélgica.

La severa ley publicada en 25 de Enero de 1862 por el ministro Doblado, no permitía tener confianza en la absolución del consejo de guerra á que se debía sugetar el archiduque. Someterse á esa ley y morir, era consecuencia natural. Caer bajo la aplicación del decreto citado, era perder hasta la más remota esperanza de otra pena que no fuese la capital.

El único arbitrio era pedir el indulto; y cuanto se hizo para lograrlo, lo hemos publicado en el año de 1867, en el Memorandum de los defensores.

«Tomad los decretos del período de mi gobierno, decía el Archiduque en las instrucciones verbales que nos dió; leedlos, y su lectura será mi defensa. Mi intención ha sido recta, y el mejor intérprete de mis actos todos, es el conjunto de mis diversas órdenes para no derramar la sangre mexicana. La ley de 3 de Octubre fué creada para otros fines que no se pudieron realizar. La consolidación de una paz que parecía casi obtenida, era el objeto de esa ley que, aterradora en su texto, llevaba en lo reservado instrucciones que detenían sus efectos. Dispuesto á sacrificarme por la libertad é independencia de México, no habrá en el examen de mi vida un solo acto que comprometa mi nombre. Decidle al Presidente Juárez que me otorgue una entrevista que creo provechosa para la paz de la República y para su porvenir.» Tales fueron las palabras que como despedida dió el archiduque el 6 de Junio, al salir para San Luis Potosí.

El Presidente creyó que ningún motivo debía detener el curso del proceso.

El consejo de guerra continuó sus procedimientos, y el 14 de Junio de 1867 se pronunció la sentencia, después de haber agotado los abogados Ortega y Vázquez, en Querétaro, cuanto recurso tiene un defensor.

La sentencia, es esta:

«Vista la orden del C. General en Jefe, del día veinticuatro del pasado Mayo, para la instrucción de este proceso; la del veintiuno del mismo mes, del Ministerio de la Guerra, que se cita en la anterior, en virtud de las cuales han sido juzgados Fernando Maximiliano de Hapsburgo, que se tituló Emperador de México, y sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, por delitos contra la Nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las garantías individuales: visto el proceso formado contra los expresados reos, con todas las diligencias y constancias que contiene, de todo lo cual ha hecho relación al Consejo de Guerra el fiscal, teniente coronel de Infantería C. Manuel Aspiroz: habiendo comparecido ante el Consejo de Guerra que presidió el teniente coronel de Infantería Permanente, ciudadano Rafael Platón Sánchez: todo bien examinado con la conclusión y dictamen de dicho fiscal, y defensas que por escrito y de palabra hicieron de dichos reos sus procuradores respectivos: el Consejo de Guerra ha juzgado convencidos suficientemente: de los delitos contra la Nación, el derecho de gentes, el orden y la paz pública, que especifican las fracciones primera, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, quinta del artículo segundo, y décima del artículo tercero de la ley de veinticinco de Enero de mil ochocientos sesenta y dos, á Fernando Maximiliano; y de los delitos contra la Nación y el derecho de gentes, que se expresan en las fracciones segunda, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, y quinta del artículo segundo de la citada ley, á los reos Miguel Miramón y Tomás Mejía; con la circunstancia que en los tres concurre, de haber sido cogidos infraganti en acción de guerra, el día quince del próximo pasado Mayo, en esta plaza, cuyo caso es del artículo veintiocho de la referida ley; y por tanto condena con arreglo á ella á los expresados reos Fernando Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía, á la pena capital, señalada por los delitos referidos.

«Querétaro, Junio catorce de mil ochocientos sesenta y siete.—Rafael Platón Sánchez.—Una rúbrica.—Ignacio Jurado.—Una rúbrica.—Emilio Lojero.—Una rúbrica.—José V. Ramírez.—Una rúbrica.—Juan Rueda y Auza.—Una rúbrica.—Lucas Villagrán.—Una rúbrica.—José C. Verástegui.—Una rúbrica.»

El fallo del Consejo fué confirmado en los términos siguientes:

«Ejército del Norte.—General en Jefe.—Conformándome con el dictamen que antecede del ciudadano asesor, se confirma en todas sus partes la sentencia pronunciada el día catorce del presente por el Consejo de Guerra, que condenó á los reos Fernando Maximiliano de Hapsburgo, y á sus llamados generales D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, á ser pasados por las armas.

«Devuélvase esta causa al Ciudadano Fiscal, para su ejecución.

«Querétaro, Junio diez y seis de mil ochocientos sesenta y siete.—Escobedo.—Una rúbrica.»

* * *

El 16 de Junio de 1867, en la celda de su prisión, preocupado acaso por lo adverso de su destino, á las once de la mañana se notificó la sentencia al príncipe que había pretendido fundar una monarquía en la República Mexicana llamándose Maximiliano Emperador de México. No se inmutó, ni dió testimonio alguno de sorpresa ó indignación. Su respuesta fué lacónica, pero muy expresiva. Dijo: «Estoy pronto.» El valor le acompañaba siempre, y no le faltó en la hora suprema de la agonía, en medio de una vida llena de vigor. Sin duda había pensado mucho en aquel momento, y su raza y su sangre le habían dado en instantes tan críticos la frialdad alemana que parecían disimular en los buenos tiempos, su fisonomía franca y expresiva en sus pasiones, su razón pronta y oportuna, su espontánea palabra, su locución de artista, su deseo de cautivar, su inquietud incesante en trabajos diversos, su entusiasmo ardiente por las ideas de su programa, y su amor á la popularidad. Dominaba en aquella naturaleza mucho de la susceptibilidad latina, que no es compañera de la inalterable tranquilidad sajona.

Había en aquel sentenciado á muerte una resignación que se asemejaba a una extraña, inexplicable y casi espontánea conformidad. Superiores los acontecimientos á las fuerzas y á la voluntad del hombre, Dios imprime el sello de sus altos decretos á los golpes rudos de la adversidad, ante la que se postra la naturaleza humana para pedir misericordia, no al mundo ni á sus pasiones, sino al único Juez infalible de la conciencia del hombre.

Católico el príncipe, tomó sus disposiciones espirituales. Arregló también su testamento bajo la impresión dolorosa de la muerte de la princesa Carlota Amalia. La lloró muerta por la Providencia, á la que bendijo en medio de su dolor.

Había muerto, en efecto, para la vida animada, para los placeres y la dicha. Su razón extraviada la colocaba en ese mundo siempre nuevo y siempre misterioso de la enajenación mental, en que la brújula del criterio se pierde en los delirios incomprensibles de una enferma imaginación.

¡Pobre mujer que no ha tenido el consuelo de llorar á plena luz, con conciencia perfecta, y el corazón comprimido por todo el peso de su dolor! ¡Desdichada princesa, que acaso tiene un instinto superior á su extravío, y á medias percibe y mide, allá en el fondo de sus lúgubres y siniestros desvaríos, la gravedad de su infortunio!

Algunas lágrimas del príncipe á la memoria tierna de su esposa, le volvieron la serenidad, y su alma, llena de pensamientos y sin dudas sobre el destino del hombre más allá de la tumba, sintió la paz de quien está dispuesto á la muerte, como el paso para otra vida.

¿A dónde dirige el alma sus primeros pensamientos después de una sentencia de muerte? ¿Dios y la familia serán la primera impresión tan grande y dolorosa, como aterrador el paso que abre las puertas de la eternidad? ¿Habrá en el espíritu una maldición para los hombres y una bendición al Sér Supremo?

Morir en salud, perder la vida sin agonía, saber el momento preciso de un adiós eterno á los amigos, á la patria, á la familia, y no saber qué hay más allá de ese instante supremo en que el cuerpo, perdiendo sus resortes, cae en el abismo de una eterna noche para penetrar el misterio de la eterna vida, tiene algo de dolor profundo y de resignación filosófica. La conciencia se abre toda para iluminarse como á la luz de un relámpago, y la revista en examen de la vida pasada, es tan súbita, que se dibujan, sin duda, como puntos de meditación, los grandes bienes y los grandes males de la conducta. Al tocar el término de la vida, cuando llegamos al terrible enigma que separa el tiempo de lo infinito, ¿será todo luz, todo evidencia, porque allí esté la presencia de Dios iluminando la conciencia del hombre?

Maximiliano, Miramón y Mejía, en sus tres celdas de Capuchinas, oyeron casi al mismo tienpo su sentencia de muerte. Al juzgar por su serenidad, la vieron como la transformación gloriosa de la vida. Compañeros de campaña, prisioneros del mismo día, juntos debían morir. Miramón realizaba un pensamiento de su vida. Al ver en Europa el sepulcro del mariscal Ney, había dicho: “Esta muerte es dulce porque es pronta. Gloria en la vida, honor en la historia y muerte rápida si el destino es adverso, es una carrera, que yo apetezco.”

En la resignación de la muerte hay un sello de grandeza que da á el alma el brillo de grandes pensamientos, y al corazón un manantial de sentimientos tiernos para la vida, y de esperanzas para la eternidad.

Maximiliano, á la presencia de sus últimas horas, trajo á su corazón toda la fuerza de quien ha querido hacer de su vida por los peligros una existencia de gloria, y de su muerte por su valor, una historia toda de vida. Formó su testamento como soberano y como artista. Encargó que se escribiese la historia de su gobierno, y también que se acabasen trabajos de arte en Miramar; hizo obsequios como memoria de despedida, y puso cartas expresivas de gratitud á sus defensores. Habló de sus amigos, de sus adictos, y tributando un culto de adoración al porvenir que no le pertenecía, á ese futuro que no podía mirar, su conversación frecuente era la paz de la República, la unión de los mexicanos: bajo esta impresión escribió al Sr. Juárez la carta siguiente:

«Sr. D. Benito Juárez.—Querétaro, Junio 19 de 1867.—Próximo á recibir la muerte, á consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término á la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir á la paz y prosperidad de mi nueva patria. Intimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro á Ud. de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame, y para que la misma perseverancia que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad con que ha defendido Ud. la causa que acaba de triunfar, la consagre á la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera estable y duradera la paz y tranquilidad de este país infortunado.»

«Maximiliano.»

No satisfecho aún con esa carta, encargó al Sr. Lic. Vázquez, que al llegar el Presidente Juárez á Querétaro le hiciese luego una visita á su nombre, y le dijera que al morir Maximiliano no llevaba á la tumba resentimiento alguno.

El Sr. Vázquez cumplió el encargo, y el Presidente contestó manifestando toda la pena que había tenido en aplicar inflexible la ley por la paz de la República.

Estas palabras eran el resumen de lo que los defensores habíamos oído en San Luis, cuando perdida toda esperanza pedíamos aún economía de sangre, como prenda de reconciliación; y el Sr. Juárez decía:

«Al cumplir Uds. el encargo de defensores, han padecido mucho por la inflexibilidad del Gobierno. Hoy no pueden comprender la necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo está reservado apreciarla. La ley y la sentencia son en el momento inexorables, porque así lo exije la salud pública. Ella también puede aconsejarnos la economía de sangre, y este será el mayor placer de mi vida.»

Estas fueron las últimas palabras que oímos en San Luis Potosí la noche del 18 de Junio, después de haber presentado tres exposiciones pidiendo el indulto, y de haber agotado en multitud de conferencias los recursos de nuestros sentimientos y de nuestro entendimiento.

En espera de algún incidente favorable á la vida de nuestro defendido, habíamos pedido una ampliación del término para la ejecución, que se difirió para el miércoles 19, y en ese período Maximiliano puso el siguiente despacho:

«Línea telegráfica del Centro.—Telegrama oficial.—Depositado en Querétaro.—Recibido en San Luis Potosí á la 1 hora 50 minutos de la tarde, el 18 de Junio de 1867.—C-. Benito Juárez.—Desearía se concediera conservar la vida á D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, que anteayer sufrieron todas las torturas y amarguras de la muerte, y que como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única víctima.—Maximiliano.»

Nada se obtuvo, y cuando se cerró la puerta de toda esperanza, comprimido nuestro espíritu por el fin trágico que se presentaba á nuestra vista, pusimos este telegrama:

«Telegrama de San Luis Potosí para Querétaro.—Junio 18 de 1867.—Sres. Lics. D. Eulalio María Ortega y D. Jesús M. Vázquez.—Amigos: todo ha sido estéril. Lo sentimos en el alma, y suplicamos al Sr. Magnus presente á nuestro defendido este sentimiento de profunda pena.—Mariano Riva Palacio.—Rafael Martínez de la Torre.»

* * *

En la mañana del miércoles 19 de Junio, formadas las tropas en la ciudad de Querétaro, sonaban las seis cuando salían de su prisión Maximiliano, Mejía y Miramón. Antes de salir habían oído misa, que dijo el padre Soria. ¡Cuánta veneración hubo en aquel acto religioso! ¡Con qué respeto se asiste al solemne oficio de una religión que alumbra en el último momento de la vida el porvenir de la que no tiene fin!

Al salir Maximiliano de la prisión, abrazó á los Sres. Ortega y Vázquez. Marchó al suplicio con la calma de quien ve el fin de una jornada, como el principio de una gloriosa conquista.

El Cerro de las Campanas era el lugar designado para el trágico fin del segundo imperio en México.

Poco antes de la hora de salida, comprendió que se acercaba el último momento de la vida. Después de dar un abrazo al joven militar que debía mandar la ejecución, salió del convento de Capuchinas, y como despedida tierna y expresiva de todo lo que le rodeaba, dijo:

«Voy á morir......»

Voy á morir.... Negro, horrible pensamiento, presencia de insondable abismo, lúgubre, aterrador sentimiento que sobrecoge al espíritu de miedo y pavor, que anonada y aterra al corazón que aun ama, que tiene gratas impresiones, que acaricia aún esperanza de la vida; pero Maximiliano, notificado de muerte; se había despedido del mundo para no verlo más...... ni una ilusión, ni una esperanza alimentaba. Extranjero en su patria adoptiva, sólo en el mundo nuevo de una prisión, su alma no tenía ya quejas que exhalar, ni memorias que evocar. Su dolor fué mudo y grande, muy grande su disimulo, ó grande, mucho más grande su resignación filosófica, su conformidad cristiana, la aceptación valerosa de su destino adverso.

En tres coches caminaban al cerro de las Campanas, acompañados cada uno de un sacerdote, Maximiliano, Mejía y Miramón.

¿Qué pensamientos llevaba en su alma el infortunado príncipe Maximiliano? ¿Qué sentimientos se desbordaban de su corazón?

¿La luz purísima de ese cielo azul de Querétaro en la mañana del 19 de Junio, al caminar al lugar de la muerte, llevaría al alma de Maximiliano la amargura de la nada en la vida que se extingue, la verdad terrible del polvo en que se resuelve aún la más gloriosa existencia? ¿La razón fría y expedita, ó las pasiones nobles y generosas, serían sus compañeros al abrirse á sus pies la sepultura de su terrestre vida? ¿La noche eterna de la tumba embargaría antes con su impenetrable obscuridad todas las potencias? ¿Esa luz diáfana, brillante, sería la atmósfera en que se hacía sensible la presencia de Dios para el que en su infortunio lo invocaba como el único consuelo?

Ni un solo pensamiento de odio, ni un sentimiento de disgusto, ni una palabra de rencor se le oyó á Maximiliano; y su alma y su corazón, su memoria del pasado y su pensamiento del porvenir, formaban una corriente incesante de votos por la paz de la República y su libertad é independencia. Estas fueron sus últimas palabras:

«Voy á morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!»

Maximiliano, sin ligas ni vínculos sagrados de parentesco, sin patria que recibiera sus restos inanimados en un monumento destinado á la memoria de los grandes de Austria, sin familia que llorase su muerte, hizo de México, de sus amigos, de sus defensores, de sus adversarios, de sus jueces, de sus vencedores, su propia familia; porque á todos consagró recuerdos, y para todos deseaba bien y felicidad. Sus conversaciones, sus votos todos y sus últimas cartas, son irrecusable testimonio de esta verdad.

Sus últimos momentos fueron sin duda de oración. El que cree, ora. Hablar con Dios cuando se tocan las puertas de la eternidad, es ley del pensamiento. Este forma la parte de nuestro sér divino; y cuando se rompe el velo de la vida para descubrir el misterio de la eternidad, Dios y el alma son inseparables. Entre la altura del Sér omnipotente y el camino que conducía al cerro de las Campanas, había una cadena impalpable: no estaba sugeta al dominio de los sentidos, porque la verdadera oración es mental; pero Maximiliano pensaba en Dios, en su omnipotencia, en su misericordia, y Dios recibía esta corriente de pensamientos como la expresión sincera y religiosa de quien cumple lleno de fe los deberes de un providencial destino.

Maximiliano, Mejía y Miramón, poetizaron con el valor su muerte. Antes de pronunciar el primero las palabras que precedieron á la descarga que imprimió á su vida tan trágico fin, dió á cada uno de los soldados un maximiliano de oro, moneda valor de veinte pesos mexicanos. Momentos después, traspasado su cuerpo, cayó desprendido de los espíritus vitales. Una descarga arrancó su alma del cerro de las Campanas, para que fuera á ser juzgada por el único Juez infalible. Su cuerpo quedó á merced de los elementos que combaten la corrupción de la materia, y su nombre fué saludado como el del héroe mártir del gran drama de la intervención en México.

El 6 de Julio de 1832, una multitud saludaba llena de entusiasmo el nacimiento de un príncipe de la casa de Austria.

El 19 de Junio de 1867, una multitud lloraba la muerte del príncipe Maximiliano.

Nació en medio de los suyos, rodeado de una familia numerosa, en medio de un pueblo amigo.

Murió lejos de sus parientes, separado de toda su familia; pero la política es una liga superior á las de sangre, más poderosa que las de afinidad. El amor y el odio son el fruto de la política. Ella forma alianzas impalpables, vínculos sin pacto, simpatías de instinto, afectos profundos, adhesión inmensa, entusiasta hasta el delirio, resuelta hasta el martirio. Ella despierta sentimientos grandiosos hasta el heroísmo, y la admiración sincera, y el entusiasmo ardiente, y la gratitud reconocida, dan siempre una familia numerosa al que muere por una causa política. Las lágrimas son más abundantes, y su sinceridad está en el luto que cubre el corazón que trunca su vida, colocando en el altar de sus esperanzas el negro sudario de la muerte.

La patria, la familia, los hijos, esa continuidad de la existencia, renueva sin embargo nuestro sér, abre el corazón á los sentimientos generosos, el entendimiento á la luz; y después de los sangrientos dramas de la política, sólo hay un deseo, la salvación de la patria, la unión de los mexicanos, la libertad práctica, la consolidación de la independencia.

La historia con el inexorable poder de su criterio, es la única que al través de los años que calman las pasiones, mide bien los acontecimientos públicos. ¡Ojalá y ella, al juzgar á esta generación de que formamos parte, pueda decir: El velo que la Nación arrojó con el decreto de amnistía en 1870 sobre el período de la intervención y los de las guerras civiles en la República, puede levantarse sin temor para el examen filosófico de sus causas; porque están asegurados los votos de Maximiliano al morir; los de Juárez como vencedor y juez, son ya una verdad: la paz, la libertad y la independencia de México.

* * *

El 6 de Julio de 1832, el corazón de la princesa Sofía se ensanchaba de gozo. Un nuevo hijo en una dinastía reinante, era un refuerzo, un apoyo, un elemento de poder que se ofrece en el alumbramiento de un niño que para la sociedad es la esperanza de la gloria, y para la madre la admiración de una preciosa existencia. El 19 de Junio de 1867, el corazón de la princesa Sofía ha de haber presentido toda su desdicha, y dirigiéndose al Sér Supremo, único consuelo de una madre que vé á un hijo en la desgracia, derramaría á torrentes el llanto del alma que, en sus penas y dolores, en su desvarío y en sus grandes amarguras, viste de luto la existencia que inquieta se desliza llena de sobresalto, en medio de la congojosa melancolía de un negro presentimiento.

* * *

Poco tiempo después llegaba á México el almirante Tegetthoff á pedir los restos inanimados del príncipe Maximiliano, para conducirlos al sepulcro de sus antepasados.

El cadáver frío, yerto; pero conservado por la ciencia que momifica, permitía llevarlo al sepulcro de los grandes de Austria.

El cuerpo sin el alma es la presencia aterradora que aviva todo el dolor por la existencia perdida. Donde el alma se evaporó, no hay luz ni brillo, no hay amor ni esperanza, no hay más que tristeza, sombra, horror, ausencia, amargura, negra atmósfera que oprime el corazón. La única luz es Dios. La única esperanza es la transparencia inexplicable pero firme en la conciencia, de ese infinito que está más allá del día de la muerte. En ella encontró su consuelo la Princesa Sofía, madre adorada por el Archiduque.

La Novara, en 1864, traía á México la vida de un imperio lleno de pensamientos, proyectos é ilusiones. Cubierta de luto volvía en 1867, conduciendo el cadáver de aquel príncipe que, jefe de la marina austriaca, renunció á la posesión tranquila de sus honores, por la gloria de fundar una monarquía en México. La Novara será un navío histórico de un período de que fué principio y fin. En 1864 traía á bordo toda la esperanza de lo misterioso, de lo desconocido, que engendra para algunos la vida y para otros la duda y el temor. En 1867 llevaba la muerte: era el transporte fúnebre de un rey ajusticiado, era un ataúd provisional. En 1864, la Novara fué saludada con ardiente entusiasmo por los creyentes en la eficacia de la monarquía: en 1867 la luz artificial de los cirios que rodeando el cadáver del príncipe, chispeaban al cruzar el mar, era la más negra sombra que se proyectaba sobre el alma de la tripulación. La luz que oprime, la luz que hiere el alma, la luz que arroja sombras, luto y aflicción, es sólo la luz del sufragio; porque es el tributo á la nada en que se resuelve la vida que se extingue; pero hay aún en algunas naturalezas, para esa nada del espíritu, para esa nada de la vida, un amor inmenso, desgarrador, capaz de aniquilar nuestro propio sér, convertido al andar del tiempo en panteón ambulante de memorias queridas.

Una ceremonia fúnebre oficial, después del estremecedor y triste recibimiento de familia, tuvo lugar en el Convento de Capuchinas de Viena, donde se depositó el cadáver de Maximiliano. Una historia enseñaban aquellos restos, y la familia hizo gravar sobre el ataúd de aquellos despojos regios la siguiente inscripción:

FERDINANDUS. MAXIMILIANUS ARCHIDUX. AUSTRIÆ NATUS. IN. SCHOENBRUUN QUI IMPERATOR. MEXICANORUM. ANNO. M.DCCC.LXIV. ELECTUS DIRA. ET. CRUENTA. NECE QUERETARI. XIX. JUNNI. M.DCCC.LXVII HEROICA CUM VIRTUTE. INTERUIT.

Nosotros quisiéramos también poner una inscripción que, á semejanza de un epitafio, reasumiera la vida de un período y de un orden de cosas que no tiene posible resurrección; pero esto sería pretender un imposible.

La mano del hombre más poderoso, el amor inmenso de los padres, la voluntad decidida, de los adictos, el entendimiento de más privilegiada fuerza, la historia inflexible en sus sentencias, son impotentes para reasumir en un epitafio toda una narración que abraza una época, que sólo puede juzgar hoy con imparcialidad el superior de todos los jueces. A ese juicio severo é impasible sólo se aproxima la inspiración tardía de los pueblos, que se erige, al desaparecer las pasiones, en criterio de la historia. Ella juzgará, y su sentencia, detallada en miles de páginas, no llegará tal vez á los oídos de los actores ni de la generación contemporánea; porque nuestra vida es corta, y el soplo de los años, poderoso para hundirnos en la nada de esta existencia, es un instante inapreciable en la vida de las naciones. Héroes ó mártires, vencedores ó vencidos, afortunados ó infortunados los actores del período á que consagramos estos renglones, tienen ya en sus manos el porvenir de la República: hay ya en el corazón mexicano un resorte de inmenso poder. Una ley de amnistía llama á todos á trabajar por el bien de la patria.

Esta página de nuestra historia debe ser también la llave del porvenir. Si aun ciegos y obcecados los partidos no abren su corazón y su conciencia á las inspiraciones santas del patriotismo y de la unión, México sucumbirá; porque la anarquía será el preludio de catástrofes que hoy nos amenazan como negra y aterradora sombra...... Pero no...... la adversidad no puede, inexorable, perseguirnos: el destino de nuestra patria perderá lo sombrío de algunas profecías, y la transformación de su sér se explica ya en el deseo general, inmenso, evidente de la paz. La Providencia lleva muchas veces á los pueblos á sus grandes fines por medios imperceptibles, y ha llegado para México el período de su resurrección. La experiencia de nuestros errores, el instinto de nuestros peligros, la advertencia de las lecciones pasadas, los episodios sentidos de las vicisitudes políticas, forman el hilo, hoy invisible de la unión, que dará al país la fuerza y el poder de su propia salvación. Sacudimientos ligeros, convulsiones pasajeras, pueden aún herir el sentimiento nacional; pero éste, superior á las disensiones de partido, se levantará poderoso contra toda tendencia revolucionaria que amenace la paz de la República. México había significado antes anarquía, desórden, rebelión constante; pero la sangre á torrentes derramada, la fortuna perdida á impulso de las revoluciones, la paz deseada y siempre perturbada, ha cambiado el carácter revolucionario y versátil del pasado que sucumbió para siempre, merced á los sacrificios de una generación que quiere para su patria orden, paz, progreso, independencia y libertad.

La regeneración de México ha comenzado, y esta regeneración se saluda como la vuelta de un joven lleno de esperanzas á la vida normal. Alimentemos todos esa preciosa existencia de la patria, con el inmenso amor del suelo en que nacimos, y unidos trabajemos por la paz, que es la más grande herencia que podemos legar á nuestros hijos.

Llamemos á nuestra mente la trágica historia nacional desde la Independencia; evoquemos recuerdos del sentimiento expresado por los hombres todos que han muerto por la patria, y como epílogo de esos solemnes y lúgubres momentos de la muerte, en que están presentes la patria, la familia, la conciencia, Dios y la eternidad, pudieran reasumirse esas palabras de agonía santificadas por la presencia del suplicio, en esta exclamación: «Patria, patria infortunada y querida: Si de los votos de estas víctimas dependiera tu felicidad, la unión de tus hijos te abriría el más brillante porvenir, y México sería grande y feliz con la unión de los mexicanos.»

Tales deben ser también los votos de los que sobrevivimos, y á su realización debemos encaminar nuestra conducta. Hoy tales propósitos aparecerán como un error: antes de mucho tiempo tendrán la evidencia de un axioma, y más tarde serán el poderoso elemento de nuestra vida nacional.

¡Ojalá y la generación que ha asistido al drama sangriento de las disensiones por la patria, sea también la que abra por la fraternidad y conciliación, una nueva vida en el suelo privilegiado de la República! ¡Dios permita que el nombre de México, que al pronunciarse evocaba recuerdos de sus dolores y lúgubres peripecias, sea saludado en el porvenir como el pueblo digno de la libertad, tan grande por sus virtudes, como ha sido sufrido en su infortunio!

México, Julio de 1871.

Rafael Martínez de la Torre.

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