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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

DON SANTOS DEGOLLADO

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I

Hay seres á quienes el destino manifiesto, lanza en el mundo pavoroso de la adversidad, como relámpagos desprendidos de una nube de tormenta, para alumbrar el caos y quedar perdidos en los pliegues gigantes de la tiniebla.

Seres revestidos de una alta misión, apóstoles de una idea sobre el ancho camino de los mártires, glorificadores del pensamiento, honra de un siglo y veneración de la humanidad.

Ante esos seres del privilegio histórico, es necesario descubrirse la frente, como á la vista de un monumento que señala una conquista civilizadora, ó la revindicación de un derecho hollado.

Hay una palabra que asume el destino entero de una época, ya se opere en la religión, en la política ó en la filosofía: se llama Reforma.

Cuando esa idea grandiosa encarna en un hombre, hace de él un mártir, á veces un héroe.

El mundo oye decir: «ese hombre es un reformador,» y su mirada se posa en la tribuna, y después en ese gólgota donde ha caído gota á gota la sangre redentora de la sociedad humana!

¡El cadalso! trípode magnífica levantada sobre los gigantes círculos de la tierra, donde la voz, en sus últimas entonaciones, adquiere el poder de resonar en los ámbitos del globo.

Diez y nueve siglos vienen las palabras del ajusticiado de Jerusalem disputándose las lenguas, reapareciendo con los idiomas nuevos, incrustándose en los monumentos, porque esas palabras cayeron al pie de la cruz en los momentos supremos de la agonía.

Y es que al extinguirse el aliento del hombre, comunica á la idea ese soplo vivificante de la inmortalidad.

Delante de las cenizas de un reformador venimos á pronunciar las palabras del contemporáneo, para que sean recogidas en son de ofrenda por los historiadores del porvenir.

No vamos á buscar en la cuna del pontífice de la democracia mexicana la voz del augurio, ni la constelación dominante en la hora de su advenimiento al mundo; porque esos misterios los encerramos todos en la idea que opera transformaciones tan gigantes.

La democracia no cree más que en una raza, en una sangre: la que corre al través de la humanidad entera.

Dios arrojó sobre el globo las inquietas aguas del Océano; en vano el orgullo de los hombros les ha impuesto un bautismo; son tan salobres las ondas del mar Indico, como las del estrecho de Bering.

Sabemos que viene el hombre del sexto día del Génesis, y eso nos basta.

Negamos la profecía sobre el sér que despierta al aliento de la vida, como negamos la infalibilidad; porque sabemos que cederá á la influencia de su época en las transformaciones sociales.

Vemos al gladiador sobre la arena del anfiteatro sin preguntar si mecieron su cuna los vientos emponzoñados del Ganges, ó las brisas del Nuevo Mundo.

La filosofía no abre las hojas del pasado, sino para estudiar el fenómeno.

Hay tanta obscuridad en derredor nuestro, que apenas podemos determinar algo sin auxilio de otro misterio. Ver salir á un hombre á la vida social, apoderarse de una idea, convertirse en campeón, luchar, sufrir, sacrificarse y vencer al fin, con sólo el esfuerzo de su voluntad indomable, con sólo el magnetismo de la palabra, es más de lo que puede hacer el resto de los hombres; esto se consigna, se palpa, pero no se comprende.

Sale del humilde pueblo Nazaret un inspirado, se hace oír en la tribuna, desciende á las márgenes del Galilea, inquieta á la sociedad pagana, funda una doctrina, sube con serenidad las rocas del Calvario, acepta por completo su misión de mártir, y el mundo antiguo sobrevive apenas á la agonía del Crucificado. El catolicismo se apodera del mundo moderno y le encadena; ya no son los cristianos los que entran en el circo; de víctimas se tornan en verdugos que arrojan al fuego á sus enemigos. Entonces se levanta de la humilde celda de un convento de la Alemania la voz terrible de Martín Lutero, iniciando la reforma religiosa y la idea protestante; señala ya al siglo XIX como el crepúsculo del catolicismo.—Decididamente Martín Lutero vale tanto como Mahoma y Sakia-Muni.

Estos grandes movimientos religiosos coinciden con los cambios políticos, porque la idea civil y religiosa se tocan en la práctica de las sociedades.

No entraremos en esas apreciaciones históricas y filosóficas, porque es otro el objeto de nuestro artículo.

II

Don Santos Degollado fué el Moisés de la revolución progresista; murió señalando la tierra prometida, al pueblo á quien había guiado en el desierto ensangrentado de los combates.

Salió de las obscuras sombras de una catedral, donde la curia eclesiástica le veneraba como á uno de los servidores más leales de la iglesia; seguramente aquella soledad despertó en su cerebro la idea de la reforma, vió al pueblo encadenado á los hierros de la tiranía, y pesando sobre la frente de la sociedad la mano inexorable del clero. Le pareció ese abatimiento la abyección deshonrosa de una nación, el envilecimiento del sér humano, y el síntoma precursor del desaparecimiento en la absorción conquistadora.

Sintióse humillado en su calidad de hombre y de ciudadano, operóse en su alma una metamórfosis heroica, arrojó de sí la pluma, empuñó la espada y sentenció en el alto juicio de su patriotismo las ideas condensadas durante medio siglo en el cielo de la sociedad.

La Iglesia le cerró sus puertas como á un relapso; entonó los salmos Penitenciales al condenado, le excomulgó á su vez, diciéndole anatemas y borrándole de los registros católicos.

Pero el pueblo formó valla á su paso, respondió á su voz que le llamaba al combate, y le aclamó el campeón de sus libertades.

Entonces se desarrolló á la vista del mundo entero un espectáculo magnífico. La juventud se apoderó de aquellos estandartes que debían llegar al último reducto acribillados por la metralla. Hubo una sucesión de combates sangrientos en que los ejércitos de la Reforma desaparecían en medio de los desastres más sangrientos; pero el bravo campeón parecía llevar en sus labios el fiat de la creación, porque sus filas aparecían como por encanto sobre los mismos campos de la derrota.

Luchaba contra la fatalidad; pero hay algo que está sobre el fatalismo: la constancia y la abnegación.

Aquel ejército, impulsado por el aliento sobrehumano del patriotismo, recorrió los campos escarbados de la República en una sucesión de duelos y de batallas que registran las páginas más terribles de nuestra historia.

El 11 de Abril de 1859 las huestes se presentaron al frente de la capital después de sostener en su tránsito tres combates formidables. Don Santos Degollado creyó dar un golpe de mano tomando por asalto la ciudad; pero Dios no había señalado aún el término de aquella lucha.

Mientras una parte del ejército republicano conquistaba el laurel de la victoria á bordo de la «Saratoga» en las aguas de Antón Lizardo, y rechazaba á los reaccionarios desde los muros de la Ciudad Heroica, una nueva catástrofe tuvo lugar en las lomas de Tacubaya.

El ejército de Degollado se retiraba después de un combate sangriento, dejando en poder de los soldados del clero un grupo de jóvenes que no quisieron separarse del campo, unos por asistir á la batalla hasta el último trance, y otros por estar en calidad de médicos, prestando auxilios á los desgraciados que yacían en la arena, víctimas del plomo.

Dice la sombría historia de aquella noche memorable, que los prisioneros fueron ejecutados en medio de una saturnal espantosa de sangre y de venganza.

El autor de la hecatombe yace proscripto y con la maldición de Dios vibrando sobre su frente, perseguido de los espectros de las víctimas que no le han abandonado desde entonces, ni en las apartadas regiones europeas, ni en su peregrinación á la Tierra Santa, ni en su ostracismo en los hielos del Norte[2].

Esas augustas sombras presenciarán la trabajosa agonía del malvado, tomarán asiento sobre la piedra de su sepultura, y permanecerán allí serenas, inmóviles, impasibles, hasta que el soplo de Dios pase sobre esos huesos maldecidos, y los mártires pidan justicia en la hora solemne de la resurrección!

III

La época del obscurantismo entraba en agonía; su causa estaba sentenciada, pero le daba aliento la sangre, como si refrescase los labios de un moribundo. Las huestes de la Reforma sitiaban las ciudades, se apoderaban de los puertos en el Pacífico y el Atlántico, y atravesaban el centro del país reconquistando las plazas en son de guerra.

La revolución moral estaba efectuada. D. Santos Degollado era el héroe de aquel gran movimiento; tenía por soldado á Zaragoza.

El reducto inexpugnable de la reacción acababa de capitular ante las armas republicanas. Guadalajara estaba recuperada.

No queremos recordar la combinación política que motivó la separación del general Degollado de la dirección de un ejército levantado por él, y por él llevado á los campos de victoria. El insigne patriota rindió un homenaje á la autoridad constitucional, y bajó en silencio de su alto puesto, sin pronunciar una palabra, sometiéndose á las eventualidades de un proceso.

Le faltaba la última decepción para llenar la vida de un héroe. En cuanto á su muerte, el destino se ocuparía de realizarla.

Desde aquel momento su estrella se empañó en el cielo del oráculo, y comenzó á resbalar sobre la huella que termina en el desastre.

Solo, pobre y abandonado, sin más compañía que aquella espada que le había acompañado durante tantos años de vicisitudes, partió del campo de la ingratitud con la faz serena, pero con el corazón hecho pedazos.

Aquel hombre extraordinario tenía un consuelo: la religión; era como Morelos: se persignaba y decía oraciones momentos antes de la batalla.

Se le vió atravesar por los pueblos que respetaban el grande infortunio, viendo aquella figura histórica como el paso del alma de la revolución, que iba peregrinante por el suelo de los combates.

Unióse á la división Berriozábal que venía de triunfo del Puente de Calderón, y tomó hospedaje en la ciudad de Toluca.

La reacción no se dejaría arrebatar el poder sino hasta el último momento; así es que haciendo un esfuerzo supremo, organizó sus fuerzas y cayó sobre aquella división avanzada, dándole una sorpresa.

El general Degollado fué hecho prisionero y conducido como un trofeo entre los estandartes de la reacción.

El pueblo se agolpó á su tránsito, deseaba conocer á aquel hombre que había llenado las páginas de cuatro años con sus milagros y sus hazañas.

El ilustre prisionero aceptó por completo su destino; sabía que el genio de la vicisitud batía las alas sobre su existencia, y estaba resignado.

La victoria de Calpulálpan vino á decidir el triunfo completo de la idea reformista; sobre aquella arena quedó vencida para siempre la reacción. Un monumento sería en aquel lugar histórico el sarcófago de la sociedad antigua.

IV

El ejército de la reforma clavó sus estandartes vencedores en la capital de la República, el día 25 de Diciembre del año memorable de 1860.

Las puertas del calabozo que guardaban á Don Santos Degollado se abrieron, y aquel mártir de la fe republicana se refugió en un silencio heroico, sacando su barca del mar borrascoso de las agitaciones políticas.

Un golpe inesperado vino á herirle cuando yacía en el silencio de su hogar. Las hordas salvajes de la reacción, esos grupos de miserables asesinos, marea infecta en el lago obscuro de los motines, perpetraban el más cobarde de los asesinatos en la persona ilustre de Don Melchor Ocampo, en el hombre del pensamiento, en el salvador de la idea, en el cerebro de la revolución reformista.

Los restos ensangrentados del mártir de Tepeji, colgados á un árbol del camino, y agitándose al soplo del viento, eran desde el suplicio el pregón de la infamia de sus verdugos, el ejemplo palpitante, la enseñanza heroica á las generaciones del porvenir.

La sociedad entera se estremeció ante ese drama pavoroso. La hiena de Tacubaya, ese miserable, hecho del barro de Troppman, y animado por el soplo del crimen, era el autor de ese atentado, que rechaza con indignación la severidad humana.

El pueblo se agolpó á las galerías de la Cámara, buscando un eco bajo aquellas bóvedas, y se encontró con un espectáculo que no esperaba, y que se registra en la sesión del 4 de Junio de 1861.

En medio de la terrible fermentación de los ánimos, cuando todas las voces se convertían en un alarido de venganza, se vió aparecer sobre la tribuna á un hombre de aspecto siniestramente sereno, dejando ver, no obstante, las señales marcadas del dolor sobre su rostro.

El aparecimiento repentino de aquella figura solemne aplacó la tempestad desencadenada; entonces se dejó oír el acento patriótico, que había resonado tantas veces en los campos de batalla y la tribuna revolucionaria: era la voz de Don Santos Degollado, que vibraba con una entonación lúgubre, demandando de sus jueces el permiso para vengar la sangre del patriarca de la democracia. Ave, Cæsar, moriture te salutant!

V

El 15 de Junio, ese año histórico de 1861, el general Degollado presentaba batalla á la reacción en el monte de las Cruces.

El enemigo le tendió un lazo horrible, aparentó retroceder é hizo caer en una emboscada á los soldados republicanos. En medio del desórden que sigue siempre á una sorpresa, el general quiso reconquistar lo perdido y llamó con su voz de trueno á sus huestes, que se perdían entre los pinares y rocas de la montaña.

Aquella voz atrajo la atención del enemigo, que se precipitó sobre el general, á quien el caballo le faltó en los momentos supremos, rodando sobre las piedras.—Pocos momentos después, la reacción llevaba en triunfo el cadáver de Don Santos Degollado, horriblemente mutilado y como un despojo de la batalla.

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¡Descansa en paz, sublime mártir de la libertad republicana! Los pendones enlutados de la patria sombrearán tu sepulcro en son de duelo, y el libro de la historia guardará tu nombre en esa página reservada á los mártires y á los héroes!

Juan A. Mateos.

Notes in this chapter

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