ALLENDE
Reading edition
I
Un día, hace ya algunos años, caminaba yo por las montañas. Era la estación de primavera; los campos habían vestido su verde ropaje, las florecillas asomaban tímidas sus corolas por las grietas de las rocas. Las unas eran rojas como el pudor de la mujer á los diez y seis años, las otras moradas como la tristeza que se apodera del corazón en cierta época fatal de la vida, las otras amarillas color de oro como la alegría de la juventud. ¿Habéis visto los pajarillos volar de una roca á otra, colgarse después de una rama, recoger, batiendo las alas, el alimento que Dios derrama en las praderas para sus lindas criaturas? ¿Habéis visto al insecto dorado besar amoroso á las flores y sacar su néctar y llevarse su pólen......? Todo era fiesta y regocijo en la naturaleza. El cielo azul, el campo con los ruidos misteriosos de la naturaleza, el viento arrojando la delicia y la voluptuosidad con sus frescas alas en medio de los rayos del sol, las montañas unas tras otras, altas, azules, majestuosas, dejando ver en sus eternas cimas los pinos viejos y añosos y los cedros tiernos y verdes; grandes y solitarias alamedas plantadas por la mano de la naturaleza.........
Repentinamente cambió todo este paisaje, y el camino, por una angosta vereda, me condujo á una de esas mesas interminables de la Sierra Madre, donde la vegetación es mezquina, donde las rocas asoman sus calvas cabezas y donde las aves pasan rápidas en parvadas, porque su vista no descubre ni árboles ni flores. El calor era cada vez más fuerte, los rayos del sol de medio día reflejaban sobre las superficies blancas y producían una especie de vértigo que entraba por los ojos y se respiraba en la atmósfera abrasada. Ni un árbol, ni un animal, ni siquiera una choza en aquella inmensa soledad que se perdía en el horizonte tembloroso y lleno de vapores, que no alcanzaba á percibir la vista: era el verdadero desierto de la Syria.
II
¡Qué encanto! ¡qué sorpresa, qué sensación tan inesperada y tan agradable! El desierto desaparece repentinamente, se trasforma, se hunde á mis pies, y allá en una profundidad diviso una cosa maravillosa. Es un jardín, y dentro de ese jardín una ciudad con altas cúpulas resplandecientes, con casas encarnadas y blancas, con sus almenas feudales y sus balconerías, con calles como si fueran sembradas entre las peñas, y luego diviso los arroyos cristalinos que corren como cintas plateadas, siento la deliciosa humedad, sube hasta mi rostro el perfume de las flores, y se llenan mis pulmones de ese aire embalsamado y vivificante que emana de los mejores amigos del hombre, de los hermosos árboles que crió y cultiva con tanto primor la maravillosa mano del Grande y Excelso Jardinero del mundo.
Unos cuantos minutos más, y estoy ya dentro de San Miguel el Grande, dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos encarnados atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves ó con sus manojos de flores.
San Miguel el Grande es en el interior lo que es Jalapa en la costa del Golfo y lo que es Tepic en el mar del Sur. Ciudades que son al mismo tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo á la vez, y participan en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de la ciudad grande, otras de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y de la belleza de los jardines.
San Miguel, además de su posición, de su hermosura y de su clima, es todo él un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los sucesos de la Independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en los patíbulos de Chihuahua.
III
Allende fué el mosquetero de la revolución. Comenzó batiéndose con la espada y la pistola, y pocos días antes de morir todavía arrojó sus balas á la frente de los jefes españoles. Los historiadores que lo conocieron lo describen como un hombre alto, bien hecho, hermoso, fuerte, ágil en el manejo de las armas, guapo y airoso disparándose en su caballo contra los enemigos, resuelto y pronto en sus ataques, excelente militar para su época y hombre de previsión. No siempre se siguieron sus consejos y sus inspiraciones, y quizá por esto la guerra de Independencia no terminó en el primer período en que hizo el mismo empuje terrible que la pólvora que se prende encerrada en una mina.
La idea de la Independencia y de la Libertad aparece depositada en el cerebro de Allende mucho antes del año de 1810. ¿Fué el verdadero autor de la idea, ó el colaborador de Hidalgo? Parece que lo primero es más probable; pero la gloria reflejó de una manera más intensa en el anciano de Dolores, mientras la muerte y la tumba fueron igualmente negras é inexorables para los dos.
Allende era hijo de ese pintoresco pueblo de San Miguel, de que he hablado, y su familia y su posición social, tan distinguidas que llegó á ser Capitán de dragones de la Reina. Sirvió en San Luis á las órdenes de Calleja, y después en el célebre cantón de las Villas.
En principios del año de 1810 ya se registran diversas historias y tradiciones que comprueban que Allende, en unión de otros oficiales de su cuerpo, habían pensado en la Independencia, y que de todo esto tenía conocimiento Hidalgo. La conjuración se descubre, el intendente Riaño, de Guanajuato, manda prender á todos los que según la denuncia estaban comprometidos; pero Allende intercepta por una rara casualidad la orden, manda ensillar sus caballos, y en medio de las sombras y saltando peñascos y barrancas, corre veloz como el viento, llega á las doce de la noche á Dolores, despierta á Hidalgo, hablan los dos un momento, se deciden á arrojarse á lo desconocido de las aventuras, á lo lúgubre y sangriento de la guerra; en una palabra, allí abren su sepulcro, labran su ataúd, al saludar á la libertad dicen adiós á la vida, se despiden de la bella naturaleza, y dan con cuatro ó cinco miserables del pueblo el tremendo é histórico grito de Dolores, el 16 de Septiembre de 1810. Hé aquí la Independencia, historia sencilla, rápida, magnífica, sorprendente, inesperada como todas las grandes cosas.
IV
Comenzaron esta obra terrible media docena de hombres. Los mexicanos nunca han medido los acontecimientos, y una vez decididos, no han conocido tampoco ni la magnitud de las dificultades, ni han podido ya comprender ese triste fenómeno nervioso que se llama miedo. Se lanzan, se arrojan á una aventura, sin temor de estrellar su frente contra ese obstáculo de fierro que se llama lo imposible.
De Dolores marcharon Hidalgo y Allende á San Miguel el Grande. Lo primero que hicieron fué entrar á una iglesia y sacar el lábaro alderredor del cual había de reunirse el pueblo oprimido y desheredado. De San Miguel, la marcha fué á Celaya. Ya no eran seis los personajes, sino sesenta mil. En momentos habían aumentado en una progresión decimal asombrosa y nunca vista.
Hidalgo era el generalísimo. Allende era su segundo; pero estas distinciones poco importaban entre masas que no podían tener organización. Eran masas, instrumentos, fuerzas depositadas durante siglos, y empujadas por el huracán de la guerra. En vez de seguir á la capital esta avalancha humana, retrocedió y se dirigió á Guanajuato.
En el curso de este libro hemos referido historias bien trágicas; pero la primera cosa verdaderamente terrible que se vió en Nueva España, fué el choque del pueblo desbordado contra la autoridad secular. Es lo mismo en la naturaleza: el río rompe el dique, el mar traga á las playas, el huracán arrebata los árboles, el volcán hunde las ciudades bajo sus lavas. La revolución arrebata á la autoridad y la destroza. Las fuerzas todas de la naturaleza se parecen. El orden físico tiene una hermandad, una alianza con el orden moral.
Los seis hombres, multiplicados, centuplicados, fueron á romper con sus pedazos de miembros, con sus cabezas erizadas por la rabia, con su sangre derramada por mil heridas, las fuertes murallas del castillo de Granaditas, colocado como un gigante fabuloso, como un cancerbero, á la entrada de ese Guanajuato que encerraba tanta plata, tanto oro, tanta pedrería acumulada por la paz y arrancada á las entrañas de la tierra durante tres siglos.
En la peregrinación á que nos referimos al escribir este artículo, nuestros pasos fueron por todos los lugares donde había algún recuerdo. Recogidos dentro de nosotros mismos, un árbol, la casa de una hacienda, la barranca, la vereda ó la loma nos daban materia para pensar en todos aquellos acontecimientos trágicos y extraños que precedieron á nuestra existencia como nación independiente. Así, de rancho en hacienda, y de hacienda en pueblo llegamos á Guanajuato, y no volviendo de pronto la vista ni á las tahonas que molían el metal, ni á las minas profundas ni á los tejos de plata que caminaban á la Casa de Moneda, nos detuvimos delante del sangriento castillo de Granaditas. Con la historia en la mano y con muchos testigos á nuestro lado que nos contaban las cosas como si acabaran de pasar, escribimos entonces algunas líneas. No las podemos hoy ni variar ni escribir de otra manera. Las trasladamos aqui para que formen parte de esta gran colección, donde hemos resumido las misteriosas lecciones y las tristes enseñanzas de la suerte de los hombres y de los pueblos.
No olvidemos que estamos el 28 de Septiembre de 1810, delante de Guanajuato, en compañía de Hidalgo, de Allende, de Abasolo, Camargo, y de la multitud que seguía este movimiento terrible de la Independencia.
V
«Luego que cundió la noticia de la llegada del ejército insurgente, la conmoción fué grande; aquellas calles angostas y pendientes de Guanajuato se llenaron de gente que corría en todas direcciones, se atropellaban y preguntaban, temerosos cuál sería la suerte de la población. Muchos españoles que calcularon que las cosas no habían de pasar muy bien, tomaron su resolución definitiva, y recogiendo parte de sus intereses y poniendo en seguridad el resto, se marcharon de la ciudad por los caminos no ocupados por las tropas insurgentes. Esta emigración produjo una consternación difícil de pintar; pero fué forzoso que quedaran los que no tenían posibilidad de huir, ó los que demasiado entusiasmados por la causa del rey creían en la victoria.
Por entonces el conflicto hubiera sido mucho mayor, si un hombre, sobreponiéndose al peligro, y aun á sus opiniones privadas é íntimas, no hubiera, con su actividad y sangre fría, asegurado medianamente á la ciudad. Este era el intendente Riaño, y del cual es forzoso hablar dos palabras. Riaño era uno de esos tipos raros, donde por una feliz concurrencia de circunstancias están reunidas las cualidades más brillantes, tanto físicas como morales. Hombre de instrucción, de experiencia y de buen juicio, comprendía perfectamente que los pueblos, como las familias, es forzoso que, trascurriendo un número dado de años más ó menos corto, se emancipen y formen otra sociedad. Esta reproducción continua, esta indispensable formación es la que ha creado las naciones y ha dividido el mundo en pequeñas porciones. Así, pues, en el fondo de su conciencia no sólo opinaba por la causa de la Independencia, sino que calculaba que una vez encendido el fuego, sólo se apagaría con los escombros y las ruinas del gobierno colonial; más español y caballero, y leal ante todo, como esos soldados casi fabulosos é increíbles que seguían á Gonzalo de Córdoba, en los momentos de peligro acalló la voz de su corazón, y no escuchando más que el grito del deber, que como primer funcionario público, le obligaba á defender al gobierno, se preparó á una obstinada resistencia, calculando que el resultado no podía ser otro sino sucumbir. Así sucedió: Riaño trazó el plan para fortificar el fuerte de Granaditas, sin pensar que erigía su sepulcro. Siempre es un dolor que el destino reserve un fin trágico á esos hombres que, cualquiera que sea su creencia política, son un modelo de honor y de virtudes. Mas volvamos á nuestra narración.
Riaño, con una actividad increíble, mandó abrir fosos en las calles, construir trincheras, animó á los moradores ya decaídos y abatidos, y puso sobre las armas cuanta fuerza le fué posible. Ejecutadas estas medidas, en las que empleó tres días y tres noches, sin dedicar ni una sola al descanso, pasó revista á sus tropas y aguardó más tranquilo los acontecimientos. Una circunstancia vino á alarmar al jefe y á los propietarios. Pensaron, y racionalmente, que la fuerza era muy corta para defender la ciudad, y que en este concepto las tropas insurgentes se derramarían por algunas calles, entregándose á la matanza y al saqueo. La cosa era urgente; así es que, después de un largo debate entre los personajes de más categoría y Riaño, se decidió que los caudales del gobierno y los de los particulares que quisieran, se encerrarían en el fuerte de Granaditas, y allí la defensa se haría con éxito. La medida no hubiera sido del todo mala, si Granaditas no se hallara dominado por el cerro del Cuarto y otros edificios; pero como ya no era posible más dilación, se adoptó la medida que va referida. Inmediatamente comenzó á trasportarse dinero, plata y oro en pasta, baúles de efectos preciosos, alhajas, ropa, y, en una palabra, cuanto tenían de más valor y estima los riquísimos comerciantes, mineros y propietarios de la ciudad. En los días 25 y 26 una cadena no interrumpida de cargadores estuvo entrando al fuerte y depositando los tesoros en las salas más cómodas y seguras del edificio. Esta tarea concluída, ya que no había más tesoros que encerrar, se introdujo maíz y otros víveres, y los dueños, con sus armas y municiones, entraron en el edificio, cerraron con dobles cerrojos y con fuertes trancas las puertas, y esperaron al enemigo.
Este no se hizo aguardar. En cuanto al pueblo, no era difícil pensar lo que haría, tanto más cuanto que también tenía un caudillo esforzado que lo guiara. Este era un muchachillo de poco más de 21 años, pelo rubio, ojos azules y fisonomía inteligente y picaresca. Había sido peón en las minas, y después barretero; poseía, como toda esta gente ocupada en recios y peligrosos trabajos, un grado de valor y de audacia casi prodigiosos. Luego que el cura Hidalgo se aproximó á Guanajuato, el atrevido muchacho salió á reconocer la clase y número de gente de que se componía el ejército invasor, y con aquel instinto natural que muchas veces excede á los cálculos de la ciencia y de la política, pensó que el negocio iba á ser funesto á los guanajuatenses. En consecuencia, el muchacho se dirigió á Mellado, allí tomó una tea, y descendiendo rápidamente por aquellas lóbregas cavernas, comenzó á gritar «afuera, muchachos; ya tenemos independencia y libertad». Los barreteros no comprendían absolutamente el sentido de estas palabras; mas el muchacho les añadió: «que una vez entrado el cura Hidalgo, como de facto entraría vencedor en Guanajuato, los tesoros encerrados en Granaditas serían del pueblo.» Desde aquel momento no hubo más que una voz: afuera, muchachos: á Granaditas. Aquellos hombres, ya preparados á la furia y á la matanza abandonaron sus trabajos, desoyeron la voz de los capataces y salieron de las minas vociferando palabras de muerte y de exterminio. Algunas bandadas de hombres se dirigieron al cerro del Cuarto, al de San Miguel y á diversas alturas, y otros se desparramaron por las calles de Guanajuato y cercanías de Granaditas, formando grupos silenciosos y afectando una especie de indiferencia fría y terrible. Riaño, que había contado con el auxilio de la plebe, miró con pavor estas masas de gentes que lo amenazaban con su silencio, y se convenció que no tenía ya que esperar más auxilio que el de Dios.
El 28 se presentaron como comisionados de Hidalgo el coronel Camargo y el teniente coronel Abasolo. En la trinchera de la calle de Belén fueron detenidos, y habiendo manifestado el primero que deseaba entrar al fuerte y hablar verbalmente á Riaño, se le vendaron los ojos y en esta forma se le condujo hasta la sala, donde reunida una especie de junta de guerra, se discutía lo que sería conveniente resolver. Abasolo no quiso aguardar, y se retiró al campo insurgente.
—¿Estáis en disposición de hablar, señor coronel? dijo Riaño á Camargo con voz afable y serena; decid el objeto de vuestra comisión.
Camargo sacó un pliego cerrado, y sin contestar palabra lo entregó á Riaño; éste lo abrió, lo recorrió rápidamente con la vista, y luego, volviéndose á los que componían la junta les dijo:
—El cura Hidalgo me manifiesta que habiéndose pronunciado por la libertad, un numeroso pueblo lo sigue......
Un rumor sordo circuló entre los circunstantes: Riaño, que lo advirtió, prosiguió con calma:
—Hidalgo quiere evitar la efusión de sangre, y nos amonesta para que nos rindamos; garantizando nuestras vidas y propiedades: leed:
El oficio se leyó en voz alta por un individuo; un silencio profundo sucedió; ni el aleteo de una mosca se escuchaba, y si acaso sólo se oía el ténue ruido que provenía del latido del corazón de aquellos hombres cuyos rostros lívidos y descompuestos, cuyas miradas tristes y descarriadas anunciaban que estaban poseídos de espanto y de pavor.
Riaño, que notó estos sentimientos, continuó con voz tan tranquila y dulce como si estuviera en una conversación familiar:
—Mi deber como magistrado me ha obligado á tomar algunas medidas de defensa; pero esto no quiere decir que Udes. deban sacrificarse á mis ideas, á mis caprichos. El ejército de Hidalgo puede ser muy numeroso; traerá sin duda artillería, y en este caso la resistencia es inútil, y pereceremos......
—Es verdad, dijeron dos ó tres voces.
—En ese caso vale más rendirse que no hacer una necia resistencia......
Hubo un silencio de algunos instantes, durante los cuales Riaño y Camargo cambiaron una mirada de alegría, hasta que una voz ronca y firme gritó:
—No, nada de capitulación, nada: vencer ó morir.
—Sí, vencer ó morir, clamaron también los demás, animándose súbitamente......
—¿Conque estáis decididos? preguntó Riaño tristemente......
—Sí, enteramente......
—Entonces, como español y como jefe, veréis que sé cumplir con mi deber. Una vez que sé vuestra opinión, no tendréis que quejaros de mí. Al decir esto sentóse en una mesa y escribió la contestación negativa, y levantándose la dió al coronel Camargo, sin que una sola facción de su rastro se alterara; sin que su voz perdiera ni su firmeza ni su dulzura, sin que una sola de sus miradas pudiese revelar lo que pasaba dentro de aquel hombre que veía ya el sacrificio muy cercano.
—¿No habrá ya medio de allanar estas cosas mejor? dijo Camargo.
—Ninguno: esta gente no vuelve atrás, y yo no puedo tampoco hacerles más instancias: dirían que soy un cobarde. Camargo fué llamado á almorzar en compañía de Iriarte y de algunos otros españoles; cuando hubo concluido se dirigió á Riaño:
—Conque por fin.........
—Está ya dada la respuesta, le dijo Riaño; pero añadid á Hidalgo, que á pesar de la desgraciada posición en que nos encontramos, por la diferencia de nuestras opiniones, le agradezco en mi corazón su amistad, y acaso aceptaré más tarde su protección y asilo.
Camargo y Riaño se estrecharon la mano; después vendaron los ojos al primero y lo condujeron así hasta afuera de la trinchera.
—Ahora, dijo Riaño con voz de trueno y mirando que todos permanecían en la inacción, es menester defenderse; y pues no hay otro remedio, morir como buenos españoles. Inmediatamente dió sus disposiciones y formó á toda la tropa disciplinada en la plazoleta de la Alhóndiga; á los que tenían mejores armas los colocó en las troneras del edificio, y otra porción la destinó á la noria y azotea de la hacienda de Dolores que se comunicaba con Granaditas y dominaba la calzada.
En cuanto al ejército insurgente, luego que llegó Camargo con la contestación negativa, un solo grito se dejó oír, y fué el de «mueran los gachupines,» y aquella masa enorme de hombres armados con picas, palos y machetes comenzó á moverse. Era una larga serpiente la que retorciéndose por los cerros y por el camino se dirigía a Granaditas. A la una del día ya la multitud había ocupado todas las alturas que dominan á Guanajuato, y los sitiados podían oír los gritos de furor que de vez en cuando lanzaban los enemigos, y ver las banderolas azules, amarillas y encarnadas formadas con mascadas, y que eran los estandartes á cuyo rededor se agrupaba todo el populacho. Los españoles de la hacienda de Dolores dispararon algunos tiros y mataron á tres indios. Esta sangre fué como la chispa que necesitaba esta inmensa cantidad de combustible. Un clamor tremendo se escuchó, que fué reproduciéndose desde las cercanías del fuerte hasta la vanguardia de los insurgentes, y una lluvia de piedras cayó inmediatamente sobre los sitiados.
El ejército se dividió en dos trozos: uno de ellos se dirigió al cerro del Cuarto y á las azoteas y alturas vecinas, y otro al cerro de San Miguel. Los grupos de barreteros que habían aguardado inmóviles y silenciosos el principio de este sangriento festín, se levantaron como impulsados por una máquina, y corrieron á reunirse con los insurgentes y á hacer altísimas trincheras de piedras. Un trozo de caballería, se dirigió a las prisiones, puso á los criminales en libertad, y recorriendo las calles, rompiendo puertas y arrollando cuanto encontraba á su paso, volvió finalmente, aumentado con mucha plebe, al lugar del combate. A las dos de la tarde todo el pueblo de Guanajuato se había hecho insurgente: los únicos realistas eran los que estaban en la Alhóndiga. En cuanto á las gentes temerosas y pacíficas, se habían encerrado en sus casas, asegurando las puertas con los colchones y trastos, y esperaban, con la agonía en el corazón, el desenlace de este horrible drama.
Puede asegurarse que desde la conquista hasta hoy, el único movimiento verdaderamente popular que ha habido en México, es el de Guanajuato. Quiero que por un momento el lector se figure colocado en un punto dominante de Guanajuato, y trasladándose con la imaginación al momento en que estos sucesos pasaban, contemple aquellas masas enormes de gente, gritando furiosas, conmoviéndose agitadas como las olas de un mar tempestuoso, cayendo en un profundo y momentáneo silencio, para tronar después de la explosión de las armas de fuego que disparaban los enemigos, como las nubes que con el contacto eléctrico revientan lanzando mil rayos........................................
En efecto, aquellas montañas se movían, aquellos edificios tenían voz, de aquellas profundas grutas salían aullidos horribles, aquellas calzadas parecían agitarse, levantarse y estrellarse contra el punto defendido por los españoles. Eran los elementos, eran las materias inertes las que se animaban; eran los peñascos los que pretendían lanzarse solos en el aire y caer sobre los enemigos. Cualquiera que á sangre fría hubiera visto estas escenas, habríase creído presa de un vértigo, al contemplar una visión que tenía mucho de sobrenatural y de fantástico...... A las dos de la tarde el ataque estaba en toda su fuerza: las descargas de piedras no cesaban y contínuamente se veía en el aire una nube de pequeños peñascos que caía en la azotea de Granaditas, como si los cerros hubieran estado haciendo una erupción. En cuanto á los sitiados, no recibían mucho daño físico, por estar á cubierto en las troneras y bardas. De tiempo en tiempo se suspendía instantáneamente la lucha, y sitiados y sitiadores guardaban un silencio profundo: un casco de fierro de azogue hendía los aires y caía sobre la multitud, que se apartaba, se postraba en tierra; después, cuando el frasco relleno de pólvora reventaba y hacía un estrago espantoso, rompiendo el cráneo y los brazos y piernas de los desgraciados que estaban cerca, aquella masa infinita se oprimía, se lanzaba hasta las trincheras, arrojando alaridos de venganza. En estos momentos, los españoles, aterrorizados, no tenían fuerza ni para mover el gatillo de sus fusiles. A poco, el ruidoso estruendo de la fusilería, los gritos y algazara se aumentaban de una manera tal, que se oía en todo Guanajuato. Riaño, entretanto, con la serenidad y sangre fría que le caracterizaban, recorría los puntos de mayor peligro, animaba á los defensores del fuerte, y hacía escuchar su voz de trueno para dar sus disposiciones: su valor llegó al grado que, habiendo visto que un centinela había abandonado el puesto y dejado el fusil, lo tomó y comenzó á hacer fuego. Allí terminó la existencia de este leal español: una bala certera le atravesó la frente, y cayó moribundo y cubierto de sangre.
El cuerpo de Riaño fué conducido al interior del fuerte, y retirándose también la tropa situada en la plazoleta, cerraron la puerta y la atrincheraron cuanto fué posible. El hijo de Riaño estaba en el fuerte. Luego que vió el cuerpo de su padre desfigurado y cubierto de sangre, se arrojó á abrazarlo, lo regó con sus lágrimas y exhaló las más dolorosas quejas, y luego, acometido de un furor inaudito, quiso esprimirse una pistola en el cráneo.
—¿Qué hacéis? le dijo uno: vale más que antes de morir venguéis á vuestro padre. Cerca están los enemigos; id, la sangre y la matanza calmarán vuestro dolor.
—Decís bien, decís bien, contestó soltando la arma: necesito sangre, necesito venganza. Al acabar estas palabras se dirigió á la azotea, desde donde continuamente arrojaba frascos de azogue llenos de pólvora.
El generalísimo Hidalgo miraba pasmado esta conmoción horrible del pueblo, en que todas las pasiones hervían, ardientes é imponentes en los corazones, y conocía que no podían concluirse estas escenas sino con la toma del fuerte; así, dirigiéndose al leperillo vivaracho de que se ha hablado al principio, le dijo:
—Sería bueno quemar la puerta de la Alhóndiga, Pípila.
—Ya se vé que sí, contestó el muchacho, dejando asomar una sonrisa en sus labios.
—Pues la patria necesita de tu valor.......
Pípila, sin contestar una palabra, tomó una gran losa, y poniéndola en sus espaldas cogió una tea en las manos, y así se fué acercando á la puerta. Los espectadores contuvieron el resuello, y todos los ojos se fijaron en el atrevido muchacho. En cuanto á los del fuerte, hicieron caer una lluvia de balas sobre Pípila; pero todas se estrellaban en la losa, de suerte que llegó á la puerta y arrimó la tea.
En este momento una bandera blanca flotó en lo alto de las almenas, y varias voces gritaron: «se han rendido; paz, paz»; pero algunos de los que guarnecían la hacienda de Dolores, ignorando esto hicieron fuego. Entonces un grito terrible de «traición» se hizo oír, y los insurgentes se agolparon á la puerta, que ya incendiada, no tardó en arder y caer á pedazos.
Por en medio de las llamas y de los escombros se precipitó el pueblo con puñales y hachas en la mano, y derramándose por patios, escaleras y salones, comenzó á ejecutar una horrible matanza. Unos se defendían obstinadamente; otros, abrazados de las rodillas de algunos sacerdotes, pedían á Dios misericordia y sucumbían traspasados á puñaladas. Los que guarnecían la hacienda de Dolores, viendo que los enemigos habían destruído un puente de madera de la puerta falsa, se replegaron á la noria, y allí se defendieron desesperadamente; pero acosados y oprimidos por la multitud, tuvieron que sucumbir, arrojándose muchos en el pozo.
A las cinco de la tarde un río de sangre corría por las escaleras y patios de Granaditas, y uno que otro había escapado ocultándose debajo de los cadáveres. En cuanto á las riquezas que había encerradas, fácil es concebir lo que sucedería con ellas. En una hora desapareció el inmenso caudal aglomerado durante muchos años por los propietarios de Guanajuato.
En la noche, toda esta multitud frenética se desbandó por las calles que recorría con teas y puñales en la mano, saqueando las casas, sacando de las tiendas los barriles de licores y entregándose á todo género de excesos.
Hidalgo y Allende tuvieron mucho trabajo para contener estos desórdenes con que se anunció la Independencia de México. Como si el pueblo en aquella vez hubiera tenido presentes los tiempos primeros de la conquista, la matanza de Santiago y el asesinato de Guatimoc, se vengaba de una manera inaudita.»
VI
Hidalgo y Allende, después de permanecer en Guanajuato algunos días, salieron para Valladolid y se posesionaron de la ciudad sin dificultad ninguna. Allí aumentaron y organizaron su tropa tanto como fué posible, y en el mes de Octubre todo ese grande ejército independiente, que en su mayor parte se componía de indígenas mal armados, se dirigió á la capital tomando el rumbo de Maravatío, la Jordana. Ixtlahuaca y Toluca.
En México reinaba no sólo la consternación sino el terror. El virrey Venegas creyó en su última hora; pero haciendo un esfuerzo, logró reunir una división de tres mil hombres que puso al mando de D. Torcuato Trujillo, el que salió al encuentro de los insurgentes; pero su número sólo le agobiaba, y á medida que Hidalgo avanzaba, el jefe español retrocedía, hasta que en el monte de las Cruces tomó posiciones que la naturaleza hacía inexpugnables, y se resolvió á esperar.
Fué en esta célebre batalla donde Allende mostró todo su valor personal. Comenzó la acción por el encuentro y tiroteo de las caballerías, y á poco fué ya haciéndose general en toda la montaña. Las masas desorganizadas de indios, formando una algazara terrible, que recordaba los días de la conquista, se arrojaban sobre las tropas españolas, y eran destrozadas por la fusilería y la metralla. Las tropas de Trujillo eran pocas, como hemos dicho, pero disciplinadas, resueltas y bien situadas en alturas, y cubiertas con la misma fragosidad del terreno y con los árboles y malezas del bosque. Sin embargo de esto, se repetían las cargas confusas, y la muerte y la sangre no hacía más efecto sino irritar y hacer más tenaz á la raza indígena. Era, á poco más ó menos, el mismo ataque que sufría Cortés en los cuarteles de la ciudad de México en 1521. Es un hecho bien averiguado que los indios de Hidalgo llegaban hasta las baterías españolas y pretendían tapar con sus sombreros de palma las bocas de los cañones.
Allende, al recorrer los puntos de más peligro, tratando, aunque en vano, de organizar el ataque y de reducirlo á las reglas de la táctica española, observó que los enemigos habían enmascarado unas piezas de artillería con unas ramas, de manera que las columnas que atacaban llegaban hasta cierta distancia, y allí eran desbaratadas por la metralla.
En el instante, sin calcular el peligro ni los obstáculos, dice á los que le rodean:
—«Es menester quitar esas piezas, y la batalla será nuestra: seguidme:»
Desata el lazo que llevaba en la grupa, pone las espuelas á su caballo, y seguido de algunos rancheros corre sobre aquel horno de fuego que cubría la verdura de los árboles.
Se oye una detonación que reproducen los ecos de las montañas, y el intrépido caballero y los que le seguían quedan envueltos en una nube rojiza de humo. ¡Todo se ha perdido!
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VII
«¡Viva México!» grita Allende que había escapado de la metralla; y de un salto llega á donde están las piezas, les tira el lazo, y lo mismo hacen los rancheros; amarran á la cabeza de la silla, ponen la espuela á los caballos y se llevan la artillería, dejando á los soldados españoles atónitos, con la mecha, el estopín y las balas en la mano.
La batalla se gana completamente; todos los oficiales y soldados españoles quedan tendidos en el campo, y Trujillo, merced á su caballo, se escapa y se presenta como una fantasma sangrienta á anunciar la catástrofe al virrey.
Allende da la orden de marchar inmediatamente á la capital; Hidalgo se opone, los dos caudillos se disgustan, y el ejército victorioso se retira en desorden, en las mismas puertas de México. Era necesario nueva sangre y nuevas victorias para que se consumara la obra y el sacrificio de los caudillos, para que quedase santificada con su propia sangre. Las naciones necesitan su bautismo antes de recibir su nombre social.
El ejército se retiró y fué á estrellarse en una desgracia, Aculco, y á desbaratarse en una fatalidad, Calderón.
Los dos caudillos disgustados, porque la desgracia hace á los hombres injustos y enemigos, lucharon algunos días más. Allende fué todavía favorecido por la victoria derrotando en el Puerto del Carnero al comandante español; pero la desorganización había ya destruido la fuerza de los independientes. El huracán que comenzó á soplar en Dolores y se desató terrible en Guanajuato y las Cruces, comenzaba á perder su fuerza.
Los jefes resolvieron, con los restos del ejército y el dinero que pudieron reunir, marchar á los Estados Unidos, y allí disciplinar sus tropas, disponer la campaña y volver de nuevo á recoger seguros laureles, terminando la obra difícil que habían comenzado.
Lo que llamamos suerte, y que no son más que los acontecimientos negros y desconocidos que vienen de un caos profundo, dispuso las cosas de otra manera.
VIII
Hemos comenzado nuestra historia en el pequeño verjel de San Miguel, que después tomó el nombre de Allende, y vamos á terminarla al cabo de seis meses en un lugar triste, solitario y desierto. En Acatita de Baján.
Los independientes caminaban lentamente en dirección á la frontera del Norte. Llevaban cerca de medio millón de pesos en dinero y plata labrada, recuas de mulas con equipajes, catorce coches, veinticuatro cañones y cosa de ochocientos hombres repartidos en una grande extensión de terreno, escoltando las cargas y los carruajes. Ningún antecedente tenían de que serían atacados, y antes creían que serían escoltados por tropas insurgentes hasta Monclova.
El capitán español, Ignacio Elizondo, con 450 hombres formó una emboscada con tan buen cálculo, que fueron sucesivamente cayendo en su poder cuantos componían la comitiva.
Allende, su hijo, Arias y Jiménez, iban en un coche. Fatigados con el calor y con el camino, medio dormitaban cuando escucharon un grito: Ríndanse al Rey. Allende, bravo y denodado, abrió la portezuela, saltó á tierra, amartilló su pistola é hizo fuego al oficial español que estaba más cerca. Su hijo lo siguió, y tras él Jiménez. Elizondo disparó su pistola sobre Allende y gritó «fuego» á la tropa que lo seguía: una nube de balas vino á romper los vidrios y las maderas del carruaje. El hijo de Allende cayó herido entre las ruedas, y Arias, que asomaba la cabeza, quedó fusilado en el mismo respaldo del carruaje; la tropa se echó encima con espada en mano, y los que quedaron vivos fueron maniatados y entregados á la rigurosa custodia de un oficial. Así que Elizondo terminó la captura de toda la comitiva, se encaminó con ella á Monclova.
De este lugar se condujeron los presos á Chihuahua, y allí fueron juzgados y fusilados. Se cortaron las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, y conducidas á Guanajuato fueron colocadas en unas jaulas de fierro en los ángulos del sangriento castillo de Granaditas.
Manuel Payno.