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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

ARTEAGA Y SALAZAR

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Quisiera no tener la necesidad de escribir este artículo; los recuerdos que para hacerlo tengo que evocar, punzan mi corazón, pues que á pesar de los años que han transcurrido desde la época en que acaeció el sangriento drama que voy á referir, hasta hoy siento aún aquella penosa angustia que era consiguiente al negro y tempestuoso porvenir que nos presentaba la lucha de independencia, y el doloroso vacío que dejaron en mi alma las terribles ejecuciones de Arteaga y Salazar, Villagómez y Díaz.

Lo que voy á contar no está apoyado en documentos oficiales, ni en citas históricas, ni en comentarios de sabios; es lo que yo mismo presencié, y lo que llegó á mi noticia por las sencillas relaciones de los jefes, de los oficiales y de los soldados que militaban á mis órdenes, y que fueron hechos prisioneros en unión de Arteaga y de Salazar.

* * *

Comenzaba el mes de Octubre de 1865, y la suerte no podía ser más contraria para los republicanos que componíamos el ejército que se llamaba del Centro.

Reducidos á un número escaso de combatientes, con malísimo armamento, con poco parque de fusil, y eso de mala calidad, faltos de recursos pecuniarios, y sobre todo sin esperanza de mejora, los esfuerzos combinados de todos los jefes, su fe ciega en el triunfo de la causa de la Independencia de México, podían apenas mantener encendida la chispa en las feraces montañas del heróico Estado de Michoacán.

Arteaga era el general en jefe de aquel ejército, y en los días en que pasaron los acontecimientos que voy á referir, el General Carlos Salazar era el Cuartel-Maestre.

El general D. José M. Arteaga era un hombre cuya edad difícilmente podría haberse conocido en su rostro, porque su cutis rosado y transparente como el de una dama, sus ojos negros, rasgados y brillantes, y el fino bigote que sombreaba su boca, le daban el aspecto de un joven que apenas contara veinticinco años; y sin embargo, Arteaga pasaba ya de cuarenta; y sólo su obesidad, y la torpeza de sus movimientos, provenida de las heridas siempre abiertas que tenía en las piernas, podía desvanecer la idea que se formaba uno al ver su rostro constantemente risueño y alegre.

Salazar era casi de la misma edad que Arteaga; pero Salazar, por el contrario, representaba tener mayor número de años de los que en realidad contaba, y su aspecto era imponente, porque á las musculosas formas de un Hércules se unía la frente despejada y serena, y la mirada penetrante del hombre de gran inteligencia.

Durante algún tiempo, Salazar y Arteaga estuvieron desavenidos, lo cual fué causa de que el primero se separara temporalmente del servicio; pero pocos días antes de la ejecución de ambos, Arteaga llamó á Salazar, tuvieron una explicación en mi presencia, y sin dificultad volvieron á reanudar su antigua amistad, y Salazar fué nombrado Cuartel-Maestre del Ejército del Centro.

¡Tristes días eran aquéllos para nosotros! En el mes de Julio de ese mismo año habíamos sufrido un revés terrible en las inmediaciones de Tacámbaro, atacados por la legión belga y por las fuerza imperiales que mandaba Méndez, y de aquel desastre apenas habíamos salvado algunos elementos de guerra; todo parecía perdido, y sin embargo, la constancia y el entusiasmo de los jefes volvió á salvarnos del conflicto.

Por todas partes se trabajaba con una actividad prodigiosa; los coroneles Villagómez, Vicente Villada y Francisco Espinosa por un rumbo, Eugenio Ronda y Rafael Garnica por otro, Méndez, Olivares, Valdés, Díaz, Alsate, etc., etc., todos levantaban é instruían batallones y escuadrones, y para el día 1.º de Octubre, es decir, tres meses después de la desgracia de Tacámbaro, pudimos pasar en Uruapan revista á una división, formada de esta manera, y que contaba, ya con muy cerca de cuatro mil hombres, y esto, fuera de los que habían quedado de guarnición en algunas plazas como Zitácuaro, Huetamo, Tacámbaro, etc.

Aquella revista se pasó en medio de la mayor alegría y del entusiasmo más santo. Y tal era la fe de nuestros soldados, que al verse así reunidos, se creían tan fuertes, que se hubieran atrevido á batirse contra un ejército diez veces superior en número.

Pero aquella alegría y aquel entusiasmo eran los precursores de nuevos días de duelo y de tribulación; aquellas esperanzas iban á desvanecerse como el humo, á disiparse como una nube de verano.

* * *

El día 10 de Octubre, desde las diez de la mañana, comenzamos á tener por diversos conductos, noticias de que Méndez, con una fuerte división, había salido de Morelia y se dirigía á Uruapam con el objeto de batirnos; y estas noticias, como era natural, nos tenían en alarma y dispuestos para emprender la retirada ó salir al encuentro del enemigo, según dispusiera el general en jefe.

Sería la una de la tarde, cuando llegó á mi alojamiento uno de los ayudantes del general Arteaga, á decirme que el General me esperaba en su casa; seguí al ayudante, y encontré á Salazar y á Arteaga que discutían sobre los movimientos del enemigo.

—General;—me dijo Arteaga—el enemigo debe estar aquí á las cuatro de la tarde; ¿qué opina vd. que debemos hacer?

—Mi opinión—le contesté—es que debemos dar una batalla.

Expliquéle en seguida mi plan, que no fué de su aprobación, y la cuestión comenzaba ya á acalorarse, cuando entró el coronel Trinidad Villagómez.

Villagómez era un joven de veinticinco á veintiséis años, valiente, pundonoroso, patriota de corazón, leal y muy dedicado al estudio; le había yo encargado el mando de una pequeña brigada de infantería, que con jefes tan dignos como Villagómez, prometía dar al Ejército del Centro muchos días de gloria.

El general Arteaga hizo á Villagómez la misma pregunta que poco antes me había hecho á mí, y Villagómez fué de mi misma opinión.

Entonces insistí yo; Salazar apoyó la opinión de Arteaga, y éste ordenó la retirada.

Pero esta retirada no debía hacerla nuestra fuerza en un solo cuerpo, sino que debía dividirse en tres secciones: la primera con los generales Arteaga y Salazar, tomaría el rumbo del Sur, internándose por la Tierra Caliente; la segunda, á las órdenes del coronel (hoy general) Ignacio Zepeda, se dirigiría al Estado de Jalisco, á expedicionar por Zapotlán; y yo, con la tercera, debía ir hasta Morelia, si no á intentar la toma de la ciudad, porque estaba fortificada y la mayor parte de mi fuerza consistía en caballería, sí á poner en alarma á la guarnición.

Con esta resolución ya se dictaron las disposiciones necesarias, y á las cinco de la tarde, bajo una espantosa tempestad, comenzaron á desfilar las tropas, tomando cada una de las secciones el rumbo designado: Zepeda el camino de San Juan de las Colchas, Arteaga el de Tancítaro, y yo el de la Sierra de Paracho.

En estos momentos, Méndez, con las tropas imperiales, estaba ya á muy poca distancia de nosotros.

* * *

Arteaga llevaba la brigada que mandaba Villagómez, una sección que estaba á las inmediatas órdenes del coronel Jesús Díaz, y algunos piquetes de infantería y caballería que no estaban incorporados en ninguna brigada.

A pesar de la tormenta y del mal estado de los caminos, Arteaga hizo caminar á la tropa que le acompañaba toda la noche del día en que se efectuó la retirada, y al siguiente día llegaron al pueblo de Tancítaro.

Aquella precipitación había sido una medida prudente, y que los acontecimientos posteriores confirmaron de necesaria, porque el día 12, en el momento en que los soldados iban á tomar «el rancho,» llegó la noticia de que el enemigo estaba tan cerca de Tancítaro, que sin permitirse tomar el primer bocado á los soldados, se emprendió violentamente la retirada rumbo á Santa Ana Amatlán.

Sin embargo, Méndez logró alcanzar la retaguardia de los republicanos; pero Villada, que la cubría con un batallón, sostuvo bizarramente la retirada, y por esta vez volvió á salvarse aquel pequeño ejército.

Toda la tarde y parte de la noche caminó Arteaga, hasta llegar á una pequeña finca situada á siete leguas de Tancítaro, en donde acampó.

La distancia recorrida por las tropas republicanas en aquel tiempo, parecerá muy corta á los que no tienen conocimiento de los caminos por donde tenían que atravesar; pero cuando se miran aquellos desfiladeros, en que los infantes no pueden cruzar sino de uno en uno, en que los jinetes necesitan echar pie á tierra, en que cada paso es un peligro, y cada peligro es mortal, entonces es cuando se considera que aquellos senderos, en el tiempo de las lluvias, son casi intransitables de día, y la tropa los atravesaba de noche; entonces es cuando se comprende, por qué se caminaba durante tanto tiempo para avanzar sólo unas cuantas leguas de terreno.

Por fin, aquellos pobres soldados, que apenas habían podido dormir, hambrientos, fatigados y empapados por las constantes lluvias, llegaron á Santa Ana Amatlán á la mitad del día 13.

Arteaga y Salazar se creyeron en completa seguridad, fiados en la vigilancia del coronel Solano, á quien el primero de aquellos generales había ordenado que, con cincuenta caballos, permaneciese cerca de Tancítaro, en observación de los movimientos de Méndez.

Como para dar más seguridad á Arteaga, pocos momentos después de que llegó á Santa Ana Amatlán, se le presentó un oficial de Solano, pidiéndole, de parte de su jefe, un cajón de parque, y confirmó lo mismo que habían dicho ya algunos exploradores: que el enemigo no había hecho movimiento alguno.

Arteaga, pues, sin temer nada, y seguro de que Méndez había dejado ya de perseguirle, mandó desensillar, dispuso que se preparase la comida de la tropa, y él mismo se retiró tranquilamente á su alojamiento, y quiso descansar también, aunque fuera por algunas horas.

* * *

Las armas estaban en pabellón, los calderos comenzaban á hervir con la pobre ración de carne, los soldados, abrumados por el ardiente sol de aquellos climas, se procuraban un abrigo bajo los árboles y los portales de la población, y los oficiales y los jefes buscaban en las modestas tiendas algún alimento para calmar su necesidad.

Repentinamente se escuchó un rumor extraño, carreras de caballos y de hombres, y gritos y disparos de fusil, y luego la confusión más terrible, más espantosa.

Los republicanos habían sido sorprendidos y era inútil pensar en la resistencia; un terror pánico se apoderó de los soldados, como sucede siempre en estas ocasiones; y ya no escuchaban la voz de sus jefes, y no volvían siquiera el rostro para el lugar en donde estaban sus armas, y no pensaban más que en salvarse por medio de la fuga, que emprendieron ciegos y por todas direcciones.

Todos los jefes, incluso Arteaga, fueron sorprendidos en sus alojamientos y hechos allí prisioneros: Salazar, con sus ayudantes y algunos criados se hizo fuerte en su casa, y se batió durante algún tiempo; pero fué obligado á rendirse, y solo el coronel Francisco Espinosa, gracias á su sangre fría, logró escapar de las manos de los imperialistas.

Para consumarse aquella terrible desgracia, había bastado apenas una hora, es decir, dos horas después de haber llegado Arteaga á Santa Ana Amatlán, él y Salazar, y todos sus jefes y oficiales, y gran parte de sus soldados estaban prisioneros.

* * *

¿Quién fué culpable de aquella sorpresa? ¿cómo pudo Méndez haber llegado hasta Santa Ana Amatlán, sin ser sentido por las fuerzas del general Arteaga, sin ser detenido por el coronel Solano y por el comandante Tapia, que habían quedado con dos cuerpos de caballería cubriendo el camino y en observación de los movimientos de los imperialistas? Misterios han sido y son éstos para mí, á pesar del empeño que tomé para saber la verdad.

Arteaga, Salazar y muchos de los que con ellos iban en aquella desgraciada expedición, creyeron que Solano y Tapia se habían puesto de acuerdo con Méndez; pero esto me parece imposible, porque Solano era un joven honrado y patriota, á quien se habían encargado comisiones peligrosas, y siempre había correspondido perfectamente á la confianza de sus jefes; y Tapia, por sí solo, nada hubiera podido hacer aún cuando hubiera querido traicionar.

A pesar de todo, algo habría podido averiguarse si en aquellos días no hubiera muerto Solano de fiebre en el pueblo de Tancítaro; y como sucede en las guerras de insurrección, la muerte de un jefe produce, necesariamente, la desorganización más completa, y luego la dispersión de las fuerzas que manda, sobre todo si son, como aconteció entonces, tropas levantadas y organizadas por el mismo jefe, y merced á sus esfuerzos y á sus simpatías personales.

A Tapia no lo volví á ver más.

* * *

Treinta y cinco fueron los prisioneros hechos por Méndez en Amatlán, inclusos los dos generales, y todos ellos, aun algunos heridos, pasaron el resto de la tarde y la noche del día de la sorpresa, encerrados en un cuarto, frente á cuyas ventanas las músicas de los vencedores tocaban alegres sonatas, celebrando aquella poco costosa victoria.

Al día siguiente se emprendió la marcha de regreso para Uruápam, y á los treinta y cinco prisioneros se les entregaron quince caballos para que pudieran caminar.

Muchos tenían que marchar á pie, pero todos convinieron en que, de preferencia, uno de los caballos debía servir al general Arteaga, y se le dió en efecto.

Arteaga era un hombre sumamente grueso y por consecuencia pesado y torpe en sus movimientos; necesitaba, pues, una montura especial y una cabalgadura fuerte y vigorosa, y ni una ni otra cosa se le daba; en vano pidió que se le entregase la mula que él montaba ordinariamente, y que con todo y arreos estaba en poder de los soldados de Méndez; nada consiguió, y se encontró en la necesidad de montar el caballo que le habían dado.

El camino estaba casi intransitable; el caballo era débil, la silla pequeña, y á cada paso el desgraciado general Arteaga caía con todo y caballo, causándose grave mal en sus abiertas y dolorosas heridas.

Salazar hacía casi todo el camino pie á tierra.

Seis días duró aquella terrible peregrinación, durante la cual el cansancio y los sufrimientos físicos y morales de los prisioneros, no encontraron más compensación que las muestras de simpatía de los pueblos del tránsito, y sobre todo de Uruápam, á donde llegaron el día 20 de Octubre.

Según me han referido los jefes que estaban allí entre los prisioneros, ninguno, inclusos Arteaga y Salazar, creía que después de los días trascurridos, se les fuera á fusilar, y en esta confianza ya todos hablaban solo de las penalidades del camino, y del día en que probablemente debían llegar á la capital de Michoacán.

Descansaban todos reunidos en su prisión, adonde algunas buenas y nobles familias les habían enviado abundantes comidas, cuando á las tres de la tarde se presentó el coronel Pineda, y en alta voz llamó á los generales Arteaga y Salazar, á los coroneles Villagómez y Díaz y al capitán González, y los hizo pasar á una pieza inmediata.

Ninguno de los otros prisioneros sabía cuál era el objeto de aquella separación, pero todos los corazones lo adivinaron, todos comprendieron que iba á representarse allí una terrible y sangrienta escena, todos, sin vacilar, aseguraron que aquellos cinco separados iban á ser las primeras víctimas.

Entonces desapareció la tranquilidad, reinaron la incertidumbre y el temor, y una nube de tristeza cubrió el rostro de aquellos desgraciados que ya no esperaban sino su turno para morir.

* * *

En aquellos días se había promulgado en la ciudad de Morelia el tristemente célebre decreto llamado “del 3 de Octubre” por la fecha en que fué expedido, y conforme á ese decreto que recibió Méndez en Uruápam, iban á ser pasados por las armas los prisioneros.

Pero ese decreto no podía aplicarse á hombres á quienes no se había hecho conocer; ese decreto no podía autorizar al mismo Méndez cuando aun no se promulgaba en los lugares en que él estaba, ni aun lo conocían sus mismos oficiales.

Nunca Arteaga, Salazar, Villagómez ni ningún otro de sus compañeros de infortunio se habrían sometido al imperio, ni dejado de combatir por más que ese y otros decretos los amenazaran con la muerte; pero en estricto derecho, esa ley no pudo ni debió habérseles aplicado.

* * *

Separados ya de los demás prisioneros, Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz y González, se les notificó que en la mañana del siguiente día debían morir, y se les exhortó á prepararse para aquel horrible trance.

Todos ellos recibieron la noticia con noble serenidad, sin quejas, sin recriminaciones, con un valor heróico.

Pocos momentos después se presentó en la prisión el Sr. Ortiz, cura de Uruápam, eclesiástico lleno de virtudes, hombre de corazón recto y de sentimientos generosos; su palabra fué un bálsamo consolador para aquellos desgraciados que no miraban en derredor más que rostros amenazadores, y quizá risas sardónicas y de desprecio.

El cura Ortiz no abandonó un solo instante á Salazar y á sus compañeros que se sintieron ya menos abandonados, menos aislados en aquella última y suprema hora de su vida.

Toda la noche la pasaron escribiendo á sus familias y á sus amigos, y dando sus últimas disposiciones, de las cuales fué encargado el padre Ortiz, y en todas aquellas cartas se nota un pulso firme, un ánimo sereno, una conciencia tranquila, y sobre todo un patriotismo ardiente.

Consejos, recomendaciones, profesiones de fe política, todo con tanta calma como si no les faltaran tan pocas horas para morir.

Amaneció el día 21, y á las seis las tropas de Méndez salieron de sus cuarteles y formaron el cuadro frente á la prisión.

Eran ya los tres cuartos para las siete; había llegado el momento, y los sentenciados se presentaron. A pedimento suyo se les permitió marchar al lugar del suplicio sin llevar los ojos vendados.

Con paso firme se adelantaron, Arteaga pálido pero sereno, Salazar fiero y amenazador, Villagómez frío y desdeñoso, Díaz con una resignación cristiana, González con un aire burlón y despreciativo.

Salazar arengó á la tropa, pero como de costumbre, los clarines y las cornetas, y las cajas de guerra resonaron ahogando su voz.

Arteaga quiso arrodillarse para recibir la muerte, pero Salazar se lo impidió; se oyó la voz de «fuego,» retumbó la descarga, y poco después la columna imperialista desfilaba al lado de cinco cadáveres que Méndez dejaba abandonados, sin cuidar siquiera de que se les diese sepultura.

Aquella sangrienta ejecución en las montañas de Michoacán preocupó apenas á los defensores de la intervención, y apenas se ocuparon de ella los periódicos de las capitales; pero la historia la recogió en sus fastos, y la justicia eterna la grabó en su libro, y quizá tuvo un grande influjo en el porvenir.

Dios es justo.

Vicente Riva Palacio.

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