APÉNDICE AMPLIFICACIONES POR ANGEL POLA
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EN PEREGRINACION, DE POMOCA A TEPEJI DEL RIO
PATEO
Por la vía troncal del Ferrocarril Nacional Mexicano, que parte de la ciudad de México y en el kilómetro 205, llégase á la estación de Pateo, formada de un pequeño edificio de cal y canto, casi un cubo, con techumbre laminada en forma de caballete.
Un amplio y desnivelado camino arcilloso, de dos kilómetros une la estación con la hacienda del propio nombre, la cual destaca sobre una colina, entre los cerros de San Miguel el Alto y Paquizihuato, presentando, al primer golpe de vista, los altos muros blancos de su perímetro, coronados por los aleros de las casas, el campanario de la capilla y el follaje tupido de la arboleda.
Frente á la puerta principal aparece, tras pequeña verja, un jardincito limitado en uno de sus extremos por el departamento administrativo; en el otro, por un mirador y la sala, y en el fondo, por el ancho corredor que sirve de atrio al pabellón del edificio central.
En uno de los ángulos del corredor hay una piececita de cinco metros de latitud por seis de longitud, que tiene paso en su fondo y uno de sus costados á dos recámaras. La puerta de entrada presenta en una de sus hojas y á la altura de un metro, un orificio circular de dos centímetros de diámetro, cubierto por un cristal, y por el que don Melchor Ocampo vigilaba la carretera, á fin de evitar á tiempo el peligro que lo amenazase, desapareciendo súbitamente por un escotillón abierto á corta distancia de sus plantas y que comunica por un subterráneo escalinado en su principio y cuyo término se ignora. El escotillón, construído debajo del lecho, quedaba oculto por la alfombra.
El edificio, hermoso de puro sencillo en su estilo, de arquería de medio punto y esbeltos pilares en sus corredores del interior, ha venido siendo ceñido desapiadadamente por construcciones modernas, entre las que resaltan la capilla y los graneros. Inmediato á la primera hay un jardín extenso de simétricas avenidas y desvanecidos camellones, sombreado eternamente por multitud de altos cedros, fresnos, eucaliptus y árboles frutales de variadas especies, todos plantados por las propias solícitas manos del señor Ocampo.
Existen como testimonios vivientes de nuestra narración, los servidores José Dolores Gutiérrez, Benito Campos, Epigmenio Moreno y Tomasa X., empleados todavía en la hacienda. Refieren llenos de ternura, que el antiguo amo despertaba con el día, se entregaba invariable y pacientemente á las labores de campo, prefiriendo las de floricultura y plantación de árboles raros, alternando estos trabajos con empresas de mejoras, el estudio á que se dedicaba con afán y la inquebrantable vigilancia ejercida sobre la servidumbre, en cuyo bienestar estuvo siempre interesado, acudiendo cariñoso, ora con auxilios pecuniarios cerca de los pobres, ora con medicinas á la cabecera de los pacientes, haciéndose acompañar del doctor Patricio Balbuena, radicado en Maravatío, cuando el caso lo requería, y si era trivial, juzgaba suficiente su ciencia.
Campos, que raya en los setenta de edad, decíanos, al repreguntarle si había tratado mucho al señor Ocampo:
—Sí, señores: ¡pues si aquí comencé á ganar medio con él!
—¿Y es verdad que se portaba bien?
Y, en vez, de contestar él solo, á una voz nos respondieron los cuatro viejos y fieles sirvientes:
—Sí, como un santo; pero harto bueno, harto bueno.
Así es que, entrevistados sucesiva y juntamente, y practicados entre éllos algunos careos en los puntos discordantes de sus relatos, siempre convinieron en que aquel amo fué un hombre de bien á carta cabal, asíduo en el trabajo, estudioso infatigable, con especialidad en la Historia Natural, la que procuraba llevar á la práctica en sus teorías más modernas y elevadas, introduciendo en su jardín botánico plantas exóticas de flores y frutos primorosos, como los pudimos apreciar, al designarnos estos testigos, cedros, matas de cramelias, arrayanes de corte caprichoso que señalan los lindes del terreno y bordan los prados, presentando un conjunto boscoso, perfumado é interesante, lo mismo en las rotondas, cerca de las fuentes, como en los rincones más apartados y umbríos, entre los cenadores de atavíos primaverales.
Se distingue en este jardín la principal avenida, que arranca de un gran enverjado y confina en el fondo obscuro de la vegetación que viste la tapia que cierra el perímetro, señalada esa avenida por árboles añosos de cedro, de que penden lama y heno, testimonios de su vetustez. Las semillas de tales plantas fueron depositadas en la tierra por las mismas manos del señor Ocampo, que veló por su germinación y desarrollo.
POMOCA
(Hoy Hacienda Subterránea)
Pateo, de la propiedad de don Pedro Rosillo en 1743 y después de doña María Francisca Javier de Tapia, pasó á ser del señor Ocampo, su hijo, á la muerte de esta señora, hasta que, en la imposibilidad de proseguir conservando la hacienda, por razón de los muchos gravámenes contraídos en el ejercicio de la más pura caridad, calificada por él como derroche, vióse obligado á fraccionarla, reteniendo la parte designada Rincón de Tafolla, y enajenando la otra á don Claudio Ochoa, quien, posteriormente, la vendió á los señores Sotomayor y éstos á su vez á la viuda de don Angel Lerdo, que es la propietaria, en el presente.
Dueño el señor Ocampo de la fracción Rincón de Tafolla, fué á vivir bajo unas tiendas de campaña, que fijó en el punto donde dió principio con la erección de la hacienda, la cual él mismo bautizó con el nombre de Pomoca y que, como se sabe, es el anagrama de Ocampo.
Terminada, en parte, la obra material de la moderna Pomoca, estableció allí su residencia y puso en práctica sus tendencias, enriqueciendo el lugar con un parque de piñones, olivos, cedros y el arbusto rarísimo de la cruz, idéntico al que existe en el convento del mismo nombre, en la ciudad de Querétaro. Aprovechando una quebrada del terreno, hizo un estanque para baños y otro para la procreación de peces, en forma circular, y con un jardín de aclimatación en su centro. Introdujo el agua, trayéndola de muy lejos, en una bien construída cañería.
Se ve aún, como islote, un prado ricamente provisto de plantas de valor científico. Se entraba en esta estancia por una avenida de cedros del Líbano; y comunicando de la casa á un baño, tupidamente cubierto de plantas trepadoras, veíase una callecita estrecha y ondulada, bajo palio de enredaderas de fragancia indecible, que bajaban á trechos sus ramas cuajadas de hojas, hasta ocultar los asientos de mampostería.
Si á tal cuadro se añade la riqueza del arbolado, que abraza y esmalta el lugar, se comprenderá el interés que despierta en el ánimo del viajero el examen de las variadas especies de árboles frutales, de los frondosos olivos, los piñones y los sauces.
De la obra material no quedan sino desolación y ruinas, hechas por la mano del hombre, que parecen protestar contra el olvido, la incuria y la irrespetuosidad de la ignorancia. Sólo se contemplan, abriéndose paso entre breñales, los muros carcomidos y agrietados de diez piezas, rodeadas de una superficie cascajosa en los cuales crecen hierbas y arbustos, y se abrigan sabandijas.
El terreno es una ladera, cerca de San Miguel el Alto.
VENTA DE POMOCA
(Hoy Pomoca)
Allá abajo, en un erial, á poca distancia del punto de bifurcación del camino real de Toluca á Maravatío, está la venta llamada de Benito Tapia en época remota; después, de Pomoca, y ahora, Pomoca á secas: teatro del drama que terminó en tragedia en Tepeji del Río, y duró del 31 de Mayo al 3 de Junio de 1861: teatro de otra pasión como la del Redentor, que tuvo su via crucis y su calvario: esta es la primera estación.
Pomoca es una hostería de dos patios, grande el uno, con cuartos á sus costados y la parte posterior de su frente, y pequeño el otro, que es la caballeriza y el abrevadero. Fuera, el caserón tiene portal amplio y alto, y una llanurita hasta el camino real. En su lado izquierdo, pared por medio, edificó el Mártir su hogar, cuyo trazo es un paralelógramo estrecho y su fachada la continuación de la fachada de la hostería. Aquí hay dos ventanas bajas, sin barandales, pertenecientes á la sala, que hacen juego con otras tantas puertas, hacia el interior: una de las cuales abre paso al dormitorio del señor Ocampo, siendo una de sus paredes la divisoria de la hostería, y la otra puerta da al corredor, cuya forma es la de una escuadra de ramas muy desiguales, abarcando la menor la mitad de la longitud de la sala, pues que la otra mitad, como prolongada por adentro, forma el dormitorio, en donde, sobre la mesa de noche, nunca faltaron libros junto á la vela. Este tiene una ventana por el corredor y una puerta por un pasillo, que conduce á lo que era biblioteca y laboratorio del sabio. Del patio grande de la hostería recibía luz y ventilación. En el departamento, además de los libros, muchos buenos y raros, había un herbario tan rico y costoso como la misma biblioteca, una selecta colección de conchas, recogidas unas durante el destierro en Nueva Orleans y otras en Veracruz; animales disecados, ejemplares teratológicos, esponjas; planos y mapas, algunos obra de su pulso; esferas terrestres, celestes y armilares; hornillas, redomas, sopletes y balanzas de precisión; microscopios, botiquines y estuches de matemáticas. Ahora el hollín tapiza las paredes y el techo, y tapiada la ventana, la luz ha huído del recinto.
Al dormitorio siguen en línea recta el aposento de las señoritas Josefa, Lucila, Petra y Julia, sus hijas adoradas, y de doña Ana María Escobar, respetada y obedecida; luego, inmediato, el comedor; después, la cocina, que ocupa el otro lado pequeño del paralelógramo, con un costado libre, que es el paso del corralito denominado de «Las Gallinas,» en el que había un subterráneo para ocultar ropa, dinero, alhajas y hasta personas. Uno de los muros del corralito lo forma la espalda del comedor y la cocina, otro muro es el mismo del jardín; y tiene por éste, á flor de tierra, una puertecita secreta de escape.
El jardín era la delicia del señor Ocampo. Las cuatro paredes que lo cierran desaparecían bajo la cortina de verdura de unos membrillos enfilados, de duraznos, de perales, de capulines, de manzanos, de albaricoqueros, de higueras, de sauces. Había frutos de todos tamaños y sabores, y flores de todos colores y fragancias. Había hasta ochenta especies de claveles y muy variadas de alelíes, rosas y dalias; injertos admirables; árboles gigantescos que producían frutos diminutos y árboles enanos que daban frutos enormes. Aquel lugar parecía un paraíso: había de todos los frutos y las flores de la tierra, formando lindos bosquecillos y camellones de figuras caprichosas. ¡El sabio naturalista se burlaba con su genio de la uniformidad de la madre naturaleza! ¡Variaba los colores de las flores, cambiaba los sabores de los frutos, les daba forma, hacía los tamaños! Y el agua límpida, fresca y rumorosa, discurriendo en mil líneas y vueltas por el jardín, transfundía la vida á aquel mundo vegetal. A este sitio delicioso, en cuyo centro había un cenador perpetuamente sombreado por plantas trepadoras, ocurría de diario el Reformador, y con el pantalón remangado, en chaleco y cubierta la cabeza con una cachucha, tomaba el azadón ó la pala, el rastrillo ó el zapapico, y abría y esponjaba la tierra, ora para distribuir el agua en hilos delgados, ora para depositar la simiente de plantas medicinales valiosísimas, cuyo secreto curativo se llevó consigo.
En tal tarea le acompañaba un mocito de nombre José María Hernández, hoy anciano, quien, al invocar el recuerdo del amo, nos ha dicho con la voz anudada y los ojos arrasados de lágrimas:
—Era un buen caballero y un buen señor; pues, como ninguno, auxiliaba á los pobres.
En la fachada, cerca de los marcos de las ventanas de la sala, hay señales hondas de balazos. Cuentan que una gavilla hizo una descarga en esa dirección, para aprehender á un hombre que huía. En las hojas se conservan todavía unas claraboyitas, por donde el señor Ocampo espiaba el camino.
La sala, desnuda, guarda unos utensilios arrinconados, cubiertos por una sábana suspendida de pared á pared á lo ancho. Aquí, los sábados, bajaban de San Miguel el Alto los carboneritos, y luego que realizaban su mercancía en Maravatío y las haciendas comarcanas, entraban derecho, sin otro pase que el buenos días, así como iban: con ese descuido que mueve á risa y toca el corazón; y tomaban asiento cual si fuese aquella su casuca, y cogían un periódico de entre los muchos que había sobre la mesa del centro y muy serios se ponían á leer, como si estuvieran enterándose á pechos de la política. Y no: los pobrecillos deletreaban, repasaban la lección del otro sábado, dada con empeño paternal por el amo, que también leía ante ellos. Parécenos que estamos viéndole con aquel su semblante todo de bondad y amor, aquellos sus ojos hermosos de puro apacibles, aquellos sus labios que rebosaban energía y mansedumbre, su cabeza apolínea de cabellera suave y ondeada, sus maneras refinadamente nobles, su alta frente espaciosa, su voz clara y dulce. Terminada su clase de instrucción primaria, hablaba á sus discípulos humildes, como Jesús á su grupo de pescadores.
—No hagas á otro lo que no quieras que te hagan á tí. No juzgues y no serás juzgado. Dar es mejor que recibir. Perdona y serás perdonado. El que se humille será exaltado, el que se exalte será humillado. Ama á tus enemigos. Haz bien á los que te aborrezcan.
Y esto, predicado en aquella comarca desolada y lúgubre, especie de Galilea hace tiempo, lo repiten al pie de la letra los iniciados supervivientes en los misterios de aquella sinagoga, como enseñanza del Evangelio. ¡Cómo no había de ser el Evangelio, si Ocampo fué el doctor de la ley! ¡A sí llamaba siempre á los humildes! ¡A él acudían en las aflicciones de la carne y del espíritu para hallar alivio!
Esa mañana que visitamos á Pomoca, nos causó indignación y tristeza ver salir de unas trancas el ganado del dueño actual. Uno tras otro pasaban indiferentes y perezosos los animales, con la cabeza recta, tambaleándola, los ojos soñolientos, rumiando todavía. Un toro, negro como el azabache, hizo alto en el desfile y se puso á oler fuertemente un trecho de tierra, en seguida mugió y comenzó anheloso á llorar. Retiróse á carrera, como para participar del dolor á sus compañeros, volvió luego, y olía rastreando el belfo, rascaba tierra, azotaba la cola en su trasero y, abriendo tamaños ojos, mugía y lloraba inconsolable. Otros animales acudieron en tropel y apenas olían ese pedazo de tierra, también mugían y lloraban, y venían otros, y otros más, hasta formar un círculo apretado de dolientes que sollozaban.
El sitio que abandonaba el ganado era el jardín del señor Ocampo, el gran jardín, que siempre causó delicia á su hacedor. De él sólo quedan el trazo del cenador y los membrillos, un sauce y el árbol de la estricnina, que parecen arrastrar una vida de hastío desde la muerte de quien los velaba. Lo demás es tierra raza y estiércol apelmazado por las bestias.
UN SUCESO EXTRAÑO
En una hondonada, entre Pomoca y Pateo, corre el río de las Minas, que nace en Tlalpujahua, y atraviesa el camino real bajo un puente de cal y canto. De aquí á Pomoca el camino se hace pedregoso, pero orillado de fresnos frondosos. El puente es obra del señor Ocampo y sus manos plantaron los fresnos.
Aquí estuvo sentado en el borde del puente, pistola en mano, la noche del martes 28 de Mayo, en seguimiento de algo extraño, que trataba de alcanzar y ver y que se le perdía. Sucedió que, cenando en familia, á la hora del té, tocaron en la pared del lienzo correspondiente al corral de las gallinas. Doña Ana Guerrero, ama de llaves y encargada de la tienda, mandó á Marcelino Campos que viera qué acontecía. El sirviente entró en el corral, buscó y no vió nada. Apenas había vuelto al comedor é informaba de que nada era, oyéronse otros toques, tan fuertes como golpes.
—Parecen de barreta—hizo observar el señor Ocampo.
Entonces doña Ana, en compañía de Marcelino y otras personas, fué á registrar todo el corral y examinó la pared en la parte en que salían los golpes. Convencida de que nada había, volvió y dijo al señor Ocampo, que permanecía de sobremesa con sus hijas Petra y Julia, y don Eutimio López, administrador de la hacienda:
—Compadre, no es nada.
—Pero, ¿han buscado bien?
—Sí, compadre, por todas partes y no hay nada.
—¡Qué raro!—prorrumpió el señor Ocampo.
En esto, oyéronse otra vez los golpes, más intensos y repetidos, precisamente á sus espaldas. Luego, molesto, dijo que la familia, inclusa Lucila que estaba enferma y la cuidaba á su cabecera doña Clara Campos, esperara en el zaguán chico, que era la salida de la casa á la troje y la era, y el paso para el jardín y la hostería; pero á ésta, volteando la fachada. Y, levantándose, mandó bajar del zaguán el quinqué y pasó á registrar el corral, el jardín y otros lugares. De regreso, no habiendo hallado nada, buscó, con igual resultado, entre las tupidas enredaderas que tapizaban los pilares y las paredes. Cuando se presentó donde esperaba su familia, oyeron todos, como viniendo del puente á la hostería, ruido de cabalgaduras á galope, de armas que chocaban contra monturas y ecos confusos de voces. Se armó de pistola, dijo á doña Ana que, si era muy preciso, ocultase los objetos de valor y á sus hijas en el subterráneo del corral de las gallinas; que nadie le siguiera, y partió á cerciorarse de quiénes eran. Llegó al portal de la hostería y no encontró á nadie ni vió nada: el zaguán estaba cerrado. Se puso á escuchar si habían entrado: silencio sepulcral reinaba. Queriendo ver en el camino, allá, á cien metros, en medio de la obscuridad, para distinguir á álguien, y de nuevo oyó el ruido de las cabalgaduras, de las armas y el rumor de las voces; mas, ahora, como que se alejaban. Y resuelto, se dirigió en seguimiento de todo eso extraño, que le precedía, hasta el puente, en donde dejó de oir. Entonces descansó en el borde y, en tanto reflexionaba sobre el suceso, percibió que alguien iba detrás; habló y le contestó Campos:
—Yo soy, señor amo: me mandaron las niñas que le siga, para que nada le pase.
Transcurrida como una hora, á las diez, llegaba de una hacienda inmediata á Ixtlahuaca, don Juan Velásquez, con la noticia de que acababa de entrar en ella una tropa de reaccionarios. Hizo ver al señor Ocampo el peligro que corría, permaneciendo en Pomoca, y la necesidad de que partiese pronto á lugar seguro porque parecía que venían por este rumbo.
—Si yo no he hecho nada, ni he ofendido á nadie. ¿Por qué he de huir?—manifestó el señor Ocampo.
Esa noche no pegó los ojos, sino hasta muy tarde. Sus hijas y doña Ana, con el sobresalto, durmieron mal.
Miércoles 29.—El señor Ocampo iba á Maravatío en compañía de sus hijas Petra, Lucila y Julia á pasar el Corpus. La presencia del señor Juan Velázquez fué la causa de que ya no las acompañase, sino éste, que partía para la población. La salida fué á las seis de la mañana. Estaba él muy taciturno, rebujado en su capa, cubierta la cabeza con una cachucha, de pie en el portal de la hostería, donde las cabalgaduras ensilladas esperaban al grupo de viajeros. Sus hijas, al despedirse, le besaron amorosamente la mano.
—Está bien, mis señoras;—les dijo emocionado—allá nos veremos el sábado, para que nos vengamos juntos.
Al partir la caravana, quedó él como clavado, mirándola y mirándola, hasta que la perdió de vista. Cuando volvió las espaldas al camino y entró ya solo en la casa, se llevó el pañuelo á los ojos é inclinó la cabeza.
Jueves 30.—Llegó á la hostería una persona sospechosa vestida de negro, cuyo caballo tenía en una anca este hierro: R (Religión); acompañábale un guía, á quien encerró en un cuarto, sin dejarle salir, ni aun para el sustento, el cual él mismo le introducía. El mantillón de su montura era de paño azul, con angostas franjas rojas. Doña Ana y Esteban Campos le preguntaron por qué tenía ese hierro el caballo y ese mantillón la montura, y contestó:
—En el camino unos pronunciados me quitaron mi caballo, que era bueno, y me dieron éste, así como está.
Doña Ana, sospechando algo, rogó al señor Ocampo que se fuera, porque corría peligro; que probablemente era un espía el desconocido. Pareció ceder y mandó ensillar su caballo; pero la respuesta del desconocido, repetida por doña Ana, le hizo cambiar de resolución.
—Es posible que le hayan cambiado su cabalgadura—dijo el señor Ocampo.
Y en seguida, después de un momento de silencio, agregó:
—Ya no me voy. Que desensillen mi caballo.
Viernes 31.—A las cinco de la mañana el desconocido salió aparentemente para continuar su viaje. Le siguió Esteban Campos en observación del camino que tomaba. Fué el mismo que trajo la víspera: el del puente; noticia que comunicó al señor Ocampo.
Desde aquel instante, parece que un grave presentimiento cayó sobre su ánimo: de comunicativo se tornó profundamente reservado; de sereno, en inquieto; de laborioso, en inerte; de triste, en enfermo.
Al sentarse á la mesa y tener á la vista una taza de caldo, exclamó, dirigiéndose á doña Ana:
—Comadre, me voy á tomar este caldo como una taza de agua de tabaco. ¡Extraño mucho á mis hijas!
—¿Por qué no se fué usted con éllas, compadre? ¿por qué cambió de parecer?—le preguntó doña Ana.
—El sábado voy por éllas—respondió, como si tratara de esquivar la contestación categórica.
Había probado el caldo, cuando se presentó Gregorio García, hospedero, á noticiarle que un grupo de jinetes, á galope, venía por el puente.
El señor Ocampo se levantó de su asiento y se dirigió á la sala para espiar por la claraboya de una de las ventanas: al aproximar el ojo, no vió más que á los últimos.
Entre tanto doña Ana, después de haber rogado apresuradamente al señor Ocampo que se ocultara, salió al encuentro de los desconocidos, atravesó el pasillo y, á su salida al patio de la hostería, tropezó con un hombre de elevada estatura, complexión delgada, de tez blanca, cabello un poco rubio, tirando á cano, barba poblada, nariz recta y ojos claros, vistiendo de charro.
Sin dominar su impaciencia el desconocido, preguntó á doña Ana en dónde estaba el señor Ocampo; y como le contestase que no sabía, replicó, exaltándose:
—Cómo es posible que no sepa usted si está.
Y rehusando otra explicación, la condujo á fuerza al interior de la casa, sin dejar de inquirir en voz alta y con aspereza el paradero del señor Ocampo. Al pisar los umbrales de la sala el desconocido y doña Ana, escuchó don Melchor una frase dura, proferida por quien le buscaba, y se presentó tras de doña Ana, diciendo:
—¿Qué se le ofrecía? Estoy á sus órdenes.
El charro puso en sus manos un papel, y al terminar su lectura el señor Ocampo, dijo:
—Está bien; pero ¿tuviera usted la bondad de decirme con quién hablo?
—Con Lindoro Cajiga—contestó el portador.
Y haciendo uso de su serenidad habitual y su genial cortesía, dijo á Cajiga:
—Antes de ponernos en marcha para saber qué me quiere Márquez, tomaremos la sopa.
A esa invitación se negó rotundamente Cajiga; y como manifestase precisión de ponerse luego en camino, doña Ana, dirigiéndose á don Melchor, le preguntó:
—Compadre, ¿por qué no se cambia usted de ropa?
—No sé si me lo permitirá el señor—contestó Ocampo, señalando á Lindoro.
—Sí, puede cambiársela—manifestó éste.
El señor Ocampo entró en su recámara y, poniéndose un traje sencillo, se despojó del reloj y las mancuernas de oro, dejándolos en su lecho, y volvió á presencia de su aprehensor. Al ir á montar en el caballo que le había preparado su servidumbre, se encontró con que le había sido substituído, de orden de Cajiga, por otro de pésimas condiciones, que á lo pequeño y maltratado reunía una montura ridícula. Tan luego como Cajiga hubo desaparecido con su presa rumbo á Pateo, ordenó doña Ana á Gregorio García que corriese á Maravatío á dar aviso á las niñas de la captura de su padre. Ya en la casa de la finada doña Ana María Escobar, donde estaban hospedadas, al llamar Gregorio á la puerta salió Lucila á su encuentro y leyéndole en el semblante lo que acontecía, le interrogó sobresaltada:
—¿Qué sucede con mi padre, Gregorio?
—Pues nada, niña—contestó, pugnando por disimular la gravedad del suceso.
—Algo le pasa á mi padre, dímelo. Dime, ¿qué pasa?—insistió Lucila.
—Lo han tomado prisionero á la una del día—dijo con honda amargura Gregorio.
Como si tratara de substraerse al castigo de su crimen, Cajiga condujo á Ocampo á la hacienda de Pateo. Allí estaban de paso doña Teresa Balbuena de Urquiza y su hijo don Francisco, que se dirigían á Pomoca, para hacerle una visita. Viendo éste que su amigo carecía de abrigo, le ofreció unas chaparreras y, para sujetárselas al pantalón, unas correas. Aceptólas cariñosamente y, al ponérselas, Ocampo mostró sonriente su nueva prenda y prorrumpió, dirigiéndose al alma de sus perseguidores:
—Hijo, nadie creería que soy de Michoacán; pues ya ves que los padres, para dar el Viático, se ponen chaparreras.
PAQUIZIHUATO
En su marcha de fugitivos, se dirigieron á la hacienda de Paquizihuato, situada en la falda de un cerro, fertilizadas sus cercanías por el río Lerma, que á trechos corre caudaloso rompiendo sus aguas contra rocas y los sabinos seculares, que orlan sus márgenes, para esparcirse en seguida mansamente por la superficie arenosa y cubierta de guijas del antiguo valle de Uripitío de los Pescadores, hoy de Maravatío.
La troje, local saliente de la finca, y que está como entonces, sirvió de primera cárcel al señor Ocampo. Cerca de la puerta le tuvieron sentado entre centinelas de vista; mientras la soldadesca discurría por las casuchas, alardeando de su negra hazaña y entregándose al pillaje. Testigos de estas depredaciones son Leandro Hernández y Pascual Molina, supervivientes, que nos narraron este suceso, despertando su indignación el recuerdo.
MARAVATIO
Cerca de las cuatro, Cajiga dió orden de marcha hacia Maravatío. A vista de algunas haciendas de las muchas que parecen salpicar el valle, entró en la de Guaracha, para aprehender á Gregorio, que esquivaba su encuentro, de regreso á Pomoca. Incorporado en la fuerza, continuó ésta su ruta.
A la caída de la tarde arribó á la población, la cual, con motivo de ser viernes, día siguiente al Corpus, estaba en movimiento inusitado. Al percibir á la tropa, huía desbandada la gente, temerosa de sufrir atropellos, y cerraba sus casas.
Aprovechando estos momentos de pánico, Gregorio logró confundirse entre la multitud, yendo á ocultarse en la carbonera de la finca de don Antonio Balbuena.
Hizo alto Cajiga en el mesón de Santa Teresa, de la propiedad de don Atilano Moreno, ubicado en el ángulo de las calles de Iturbide y las Fuentes. Hállase este edificio horriblemente carcomido por la acción del tiempo; la entrada ha sido siempre por Iturbide; el patio estaba rodeado de cuartos de alquiler. En uno de los del fondo, pasó el señor Ocampo la primera noche de su via crucis. Hoy son ruinas y apenas señalan su perímetro las bases de sus muros.
En la esquina, arriba de la placa que nombra la calle de Iturbide, hay una lápida conmemorativa que reza:
En esta casa estuvo prisionero el ilustre C. Melchor Ocampo la noche del 1.º de Junio de 1861[3].
Al circular la noticia de la llegada del señor Ocampo, el personal más notable de la población se reunió en la casa de los Balbuena, á deliberar qué debía hacer para obtener la libertad de su benefactor, á quien debía no sólo su progreso material, sino su desenvolvimiento intelectual y moral. Tomado el acuerdo de que el licenciado don Jerónimo Elizondo escribiese al general Leonardo Márquez, quien le debía la vida, en solicitud de la libertad del Señor Ocampo, partió Teodosio Espino con la misión al siguiente día, sábado, 1.º de Junio.
Momentos antes de verificarse la junta, preocupados sus amigos, Dionisio y Francisco Urquiza, lograron hablar al prisionero y proponerle la fuga, horadando la pared de su celda, que lindaba con la casa de don Agustín Paulín. El les contestó:
—Yo no me fugo, porque no soy criminal.
No satisfechos los señores Urquiza de la negativa, acudieron á don Antonio Balbuena, que ejercía gran ascendiente sobre Ocampo, para que nuevamente le propusiera la evasión.
—Yo no propongo semejante cosa á Melchor;—les dijo—pues conociendo, como conozco, su carácter y honradez, es seguro que me desairará.
Como á las nueve de la mañana, Cajiga, después de formar á su soldadesca en el Portal de la Aurora, donde estuvo á la expectación pública el prisionero, se puso en camino hacia la hacienda de Tepetongo.
TEPETONGO
Como obedeciendo á extraño impulso, la fuerza de Cajiga fué á parar, tras larga fatiga, hasta la hacienda de Tepetongo, á las cinco de la tarde. Frente al extenso portal, hizo alto, y reconocido el prisionero por don Juan Cuevas, dueño de la finca, mandó decirle con el trojero Pascual Benavides, radicado actualmente en Toluca, qué se le ofrecía. El señor Ocampo contestó que nada, expresando su agradecimiento; pero, después de un momento de vacilación, pidió una taza de chocolate. Al recibir el aviso de que estaba servido, Benavides, en nombre del amo, suplicó á Lindoro que permitiese al señor Ocampo pasar al comedor. Habiendo sido la respuesta una negativa, se le llevó el chocolate y lo tomó sobre una gran caja de granos, que hizo veces de mesa.
Acto continuo el jefe ordenó la marcha rumbo á la Venta del Aire, la Jordana y Toshi.
TOSHI
Entrada la noche llegaron á Toshi. Ocampo habló en el despacho con don Antonio Rivero, administrador de la Hacienda, y en seguida le llevaron á la pieza de una vivienda, que ve al Poniente y guarda todavía las mismas condiciones. Allí tomó un vaso de leche, por todo alimento, manifestándose triste é intranquilo. Durmió mal y, muy de madrugada, el domingo 2 de Junio, se desayunó sin apetito. Vestía traje negro y corbata café, y llevaba sombrero hongo de color oscuro. En el patio montó el mismo caballo colorado, de frente blanca.
Refieren este acontecimiento don Tomás Marín y una anciana, desde entonces cocinera de la finca, sobre quien, parece, no pasan los años.
ESTANCIA DE HUAPANGO
(Hoy Huapango)
Atravesando á galope sostenido los llanos de Acambay, encumbraron á San Juanico y entraron en la cañada de Endeje, para caer á la Estancia de Huapango, después de orillar sus lagunas. Su paso por San Juanico despertó la curiosidad de Antonia Peralta y José Martínez, que había merodeado en las filas de Cajiga. Esas dos personas viven aún en el lugar.
Huapango remeda un castillo medioeval: corona una eminencia, la defienden altos y fuertes muros, resguarda su entrada una grande y pesada puerta y en el centro se levanta imponente el edificio. Este era el refugio de Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.
A la hora en que los rayos del sol caían como hilos á plomo, el centinela del torreón dió el grito de alarma, al descubrir una polvareda que un grupo de jinetes levantaba tras sí, en su avance. Puestos en observación los jefes, reconocieron que no era fuerza enemiga la que se aproximaba.
La presentación de Lindoro Cajiga y su gente, muy conocidos en el lugar por ser un rincón del teatro de sus fechorías, despertó en la tropa la curiosidad de saber quién era el que traían entre filas. Luego resonó en los oídos de todos el nombre de Ocampo y se hizo el tema de las conversaciones: figura formidable en el partido liberal, se daba importancia desmedida á su captura.
Puesto en manos de Márquez y Zuloaga, corrieron las órdenes para que fuera rigurosa la custodia é inviolable la incomunicación.
VILLA DEL CARBÓN
Al atardecer de ese mismo día arribaron Márquez y Zuloaga al pueblo, por el camino real, en dirección de la Hacienda de Niginí. La tropa que custodiaba al preso ocupó el Mesón de los Fresnos, situado al Poniente de la vía y de la propiedad, en esa época, de don José Velázquez, y hoy, del señor Longinos Maldonado.
El edificio es del estilo arquitectónico rutinario de los poblachos: patio amplio, alojamientos destartalados, tejado de caballete y portal corrido. Tres corpulentos fresnos sombrean su frente.
El señor Ocampo durmió en la pieza lateral al zaguán, que tiene salida por él. La única modificación que se le ha hecho, es la abertura de otra puerta con vista á la calle.
La noche de la estancia del preso, el señor Doroteo Alcántara, vecino del pueblo, que conocía á Ocampo y de quien era muy estimado, le proporcionó los alimentos y la cama.
Así lo refieren don Agapito Tinoco, la señora Manuela Marín y Pedro Gutiérrez, sirviente del mesón, entonces.
Esta jornada, casi toda de cerranías, fue la más penosa, á pesar de su hermoso horizonte, á cada paso renovado.
TEPEJI DEL RIO
Como si obedeciese al propósito de extremar la crueldad con el señor Ocampo, la soldadesca que le condujo, complaciéndose en forzar la marcha, llegó bien pronto á Tepeji del Río. Era lunes, día 3. La entrada fué triunfal por la ostentación que hacía de su preciada víctima y la comedia que representaban, jugando Zuloaga el papel de presidente y Márquez el de general en jefe de la República.
Hospedadas las fuerzas en distintos mesones, Márquez dispuso que el de las Palomas, en la calle real, sirviera de capilla al señor Ocampo. Ocupó el cuarto número 8, hoy convertido en fábrica de jabón.
Casi contiguo al mesón, en la casa de doña Antonia Valladares, viuda de Sanabria, se alojaron Zuloaga, Márquez y su estado mayor. Esta casa tiene dos grandes ventanas bajas á la calle, correspondientes á la sala, donde de continuo estaban los jefes deliberando sobre asuntos importantes ó platicando regocijadamente.
A las diez de la mañana, al acercarse para curiosear don Ramón Alcántara, á la puerta de la pieza que ocupaba el preso y en la cual no había más que una silla de tule, una mesita y una tarima, suplicóle el señor Ocampo que le trajese un vaso de agua y tinta y papel. El prisionero se paseaba y veíasele triste y demacrado el semblante. Hizo su testamento.
A la sazón, era aprehendido León Ugalde, guerrillero liberal, al bajar de una diligencia, que conducía Pedro Saint Pierre. Apenas puesto en capilla para ser ejecutado, varias personas del pueblo se interesaron por su vida y acudieron violentamente á Zuloaga y Márquez en solicitud de indulto. Formado el cuadro y á punto de entrar en él, llegó el perdón y regresó á la cárcel.
Las mismas personas, entre las que se hallaban los señores Piedad Trejo, Agustín Vigueras, José Ancelino Hidalgo y, haciendo cabeza, el cura don Domingo M. Morales, después de salvar á Ugalde, pasaron en comisión cerca de Márquez y Zuloaga, para impetrar el indulto del señor Ocampo. La negativa fué categórica, y hasta con indignación dada por Márquez.
Al preguntar el cura Morales á Ocampo si se confesaba, contestó:
—Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.
A las dos de la tarde, hora santa, vióse salir al señor Ocampo, jinete en un caballo mapano, entre filas, en camino á la última estación de su calvario, con la serenidad del justo.
Los curiosos advirtieron que jugaba suavemente el fuete en las crines, el cuello y la cabeza de su cabalgadura. A su paso frente á la casa de Márquez y Zuloaga, las ventanas estaban abiertas de par en par.
Recorrido el largo trayecto, del Mesón de las Palomas á Caltengo, hizo alto la tropa á solicitud del mártir, para agregar una cláusula á su testamento.
Bajo la inquisitiva mirada de sus guardianes, satisfizo su deseo en el portal, en una mesita de tapete verde, sentado en un taburete.
Estas prendas y el tintero, la marmajera y la pluma se conservan con veneración en el despacho y tienen la nota de pertenecientes á don Melchor Ocampo, en el inventario de la Hacienda.
No se oreaba aún la adición testamentaría, cuando emprendieron otra vez la marcha. A muy corta distancia, el comandante mandó hacer alto y dijo:
—Aquí.
Formó cuadro la tropa, y señaló á Ocampo su lugar. Firme é imperturbable lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al vendársele, habló:
—Puedo ver la muerte. Mi única recomendación es que no me tiren al rostro.
En seguida se oyó una descarga y entre el humo apareció el cuerpo, presa de las convulsiones de la agonía. El tiro de gracia consumó el crimen.
Presuroso el grupo de verdugos pasó por las axilas del cadáver las cuerdas que preparó de antemano, para suspenderlo del árbol de pirú, que se yergue sobre el montículo del ángulo de los dos caminos.
Tenía la cabeza tan caída que tocaba con la barba el pecho. Los cabellos, largos y suaves, cubrían la cara.
En este punto, la carretera es amplia y recta hasta el pueblo. Esa tarde había transeuntes como en día de plaza y muchos contemplaron aquel cuadro.
Márquez no cedió á ningún ruego para que se descendiera el cuerpo. Después de la salida de las tropas, lo verificaron algunas de las personas que habían preguntado si podía hacerse el descenso.
El cadáver fué transportado á la casa municipal, para el arreglo de su entierro. Apolonio Ríos, panadero, le lavó la cara y lo peinó. Presentaba en la cabeza una herida en la cima, otra en el carrillo derecho y otra en la comisura labial; en el pecho: una en la tetilla izquierda y otra en la región dorsal. Tenía quemado parte del semblante.
Estuvieron expuestos los restos hasta el anochecer, en que colocados en caja tosca de madera blanca, los trasladaron por orden de la autoridad á la Capilla del Tercer Orden. Unas cuantas personas caritativas del pueblo los velaron.
Al siguiente día los condujeron á Cuautitlán, donde los recibió una comisión del Ministerio de Guerra.
En el lugar de la ejecución, hay un monumento que tiene esta inscripción:
A la memoria del gran reformador don Melchor Ocampo, sacrificado el 3 de Junio de 1861. 6. 3. 93.
El brazo del pirú que sostuvo el cadáver, ha desaparecido por efecto de la sequedad; pero el árbol ha echado renuevos y lo cuida la Hacienda, de la que es dueño don Felipe Iturbe. En carta de don José Manuel Vértiz, apoderado general, al administrador don Mariano Gil, con fecha 11 de Noviembre de 1899, se lee esto: «Que no vayan á tirar el árbol de don Melchor.»[4]
Angel Pola.
Aurelio J. Venegas.