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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

EL PADRE MATAMOROS

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I

En el Sur del rico y hermoso Estado de Michoacán, y al pie de un anfiteatro irregular, formado por las montañas, está situada la hacienda de Puruarán.

Allí la vegetación es espléndida: anchos y dilatados valles cubiertos de caña; gigantescas parotas, zirandas que nacen y crecen al lado de las palmeras y que enlazan en ellas sus nudosos troncos semejantes á los nervudos brazos de un gladiador, y que terminan por ahogarlas y levantarlas, desarraigándolas de la tierra; copados tamarindos entre cuyas ramas habitan numerosas tribus de aves canoras; voluptuosos plátanos cuyas hojas de raso ondulan crugiendo con el aura de la tarde, y entretejiéndose por todas partes las lianas, que forman caprichosos columpios, cubiertos de flores y de verdura.

Allí los arroyos cruzan entre alfombras de verdura, ó se desprenden sobre peñascos tapizados de musgo, y cuando soplan las brisas, todo tiene un murmullo, un suspiro, un rumor, árboles, lianas, llores, arroyos, cascadas.

Y sobre este paisaje encantador un cielo purísimo, con ese azul sereno que cantan los poetas, y que los pintores fingen en sus cuadros de gloria.

El sol ardiente de la zona tórrida arroja sobre aquella exuberante naturaleza torrentes de fuego y de luz, y todo germina y todo se vivifica, y cada hoja cubre un insecto, y cada peña oculta un reptil, y cada rama guarda un nido, y cada gruta guarece un ser animado.

De aquellos bosques, durante el día sale un concierto, y cuando la noche tiende sus negras sombras, reina por un instante el silencio, y luego los cantores del día desaparecen, el bosque se ilumina de nuevo, ya no con la luz del sol, sino con la fantástica de millones de insertos luminosos que suben y bajan, y cruzan y giran en continuo movimiento, y entonces en aquella misma selva, nuevos cantores con distintas armonías, dulces como las del día, pero más melancólicas y misteriosas, levantan un himno.

Allí la naturaleza canta á Dios eternamente.

En medio de este paisaje está Puruarán, rica hacienda de caña.

La entrada de la casa habitación y de las oficinas de la hacienda mira hacia el Norte.

Por el frente de la hacienda pasa el agua sobre un elevado acueducto sostenido por garbosos arcos.

Al pie del acueducto y á los lados de la casa, se miran las habitaciones de los trabajadores y dependientes, casi todas formadas de adobe con humildes techos de paja.

II

Era el 5 de Enero de 1814.

El ejército independiente, derrotado en las inmediaciones de Valladolid, se había retirado al Sur y estaba en la hacienda de Puruarán.

Aquel ejército que había dado tantas pruebas de valor y de heroicidad, que había recorrido triunfante por casi toda la Nueva España, estaba en aquellos momentos desmoralizado, falto de armas, de parque y casi sin esperanzas de resistir el inevitable empuje de las tropas realistas.

El ilustre Morelos, jefe de aquel ejército, fué obligado por los demás generales á retirarse de Puruarán, según dicen algunos historiadores, y los independientes quedaron allí á las órdenes del padre Matamoros.—Las tropas realistas emprendieron, como era natural, su movimiento sobre los insurgentes, y el día 5 de Enero llegaron á Puruarán y atacaron.

La victoria no se hizo esperar, y los jefes realistas Llano é Iturbide se apoderaron de la casa de la hacienda y de las oficinas á donde se habían hecho fuertes los independientes.

Después del combate, los soldados del rey comenzaron á explorar los alrededores con el objeto de aprehender á los insurgentes que habían logrado salvarse; y en una de las pequeñas habitaciones de los sirvientes de la hacienda, fué hallado el jefe de los insurgentes, el general Matamoros, que encontrándose solo, á pie y rodeado de enemigos, había buscado allí un refugio.

Según se dice fué entregado por un oficial de los mismos suyos y hecho prisionero por el soldado Eusebio Rodríguez, al cual se le dió como premio de este servicio la cantidad de doscientos pesos.

Matamoros fué conducido inmediatamente á Valladolid.

III

Don Mariano Matamoros, en el año de 1810, cuando Hidalgo proclamó la independencia de México, era cura de Jantetelco.

En 1811 se presentó al Sr. Morelos en Izúcar, y desde esa fecha militó á su lado hasta la desgraciada batalla de Puruarán.

Matamoros es llamado por la mayor parte de los historiadores «el más valiente de los insurgentes.»

En el famoso sitio de Cuautla, Matamoros, por orden de Morelos, se puso al frente de una fuerza de caballería y logró romper las líneas enemigas.

Matamoros se inmortalizó con la célebre batalla de San Agustín del Palmar, en cuya acción no sólo dió muestras de su valor y genio militar, sino que además probó, como él mismo lo dice en su parte al Sr. Morelos, que los independientes no se habían lanzado á la guerra con el objeto de robar.

El convoy custodiado por las tropas españolas derrotadas en el Palmar, fué respetado, y todo el comercio de la Nueva-España pudo decir entonces que los «insurgentes» eran soldados disciplinados, y no hordas de bandidos, como les llamaba Calleja.

Al hablar Matamoros de esta acción, dice:

«La batalla fué dada á campo raso para desimpresionar al conde de Castro-Terreño, de que las armas americanas se sostienen, no sólo en los cerros y emboscadas, sino también en las llanuras y á campo descubierto.»

Constantemente estaba Matamoros organizando tropas, á la cabeza de las cuales tenía á cada paso que batirse, y sin duda, á no ser por la desastrosa expedición á Valladolid, Matamoros hubiera libertado completamente todo el territorio que hoy comprenden los Estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz.

Pero Dios lo había dispuesto de otro modo.

IV

El día 3 de Febrero de 1814, en la plaza de Valladolid, iba á ser fusilado un hombre.

Era éste de «pequeña estatura, delgado, rubio, de ojos azules,» y su rostro conservaba las huellas de las viruelas.

Marchando con ademán resuelto colocóse al frente de los soldados; se escuchó luego una descarga;—aquel hombre había dejado de existir.

Matamoros había muerto en el patíbulo; la causa de la Independencia perdía uno de sus más nobles caudillos.

El Sr. Morelos, según su propia expresión, «perdía su brazo derecho.»

México libre, declaró á Matamoros benemérito de la patria, y sus restos mortales se guardaron en la catedral de esta ciudad.

Vicente Riva Palacio.

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