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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

EL LICENCIADO VERDAD

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..................¿Y enmudece aquella lengua que en el ancho foro defendió la verdad........................... (Navarrete.—Elegía en honor del Lic. Verdad.)

I

El aliento de fuego de la revolución francesa había hecho brotar á Napoleón.

Pero si las revoluciones son como Saturno, que devoran á sus propios hijos, también es cierto que aquellas madres encuentran siempre un hijo que los sofoque entre sus brazos.

Llegó un tiempo en que Napoleón hizo desaparecer las grandes conquistas de la revolución: la República se tornó en imperio, el pueblo volvió á gemir bajo el despotismo, una nobleza improvisada, la nobleza del sable, vino á substituir á la aristocracia de la raza, y de allí de donde los pueblos esperaban el rayo de luz que alumbrara su camino, salieron torrentes de bayonetas que llevaron hasta Egipto la conquista y la desolación; Bonaparte se constituyó árbitro de la suerte de las naciones: sin llevar en sus banderas más que orgullo, sacrificó millones de hombres á su ambición, la Francia perdió á sus hijos más valientes, su tesoro quedó exhausto, y un cometa de sangre se elevó sobre el horizonte de la política europea.

Los reyes temblaban ante el enojo del nuevo César, y palidecían cuando volvía el rostro hacia sus dominios.

Llegó por fin su turno á la España. Débil y cobarde Fernando VII, conspiró contra su mismo padre, é imploró como un favor inmenso la protección de Bonaparte.

Los franceses invadieron completamente la España, y de debilidad en debilidad Fernando, acabó por abdicar el trono de sus abuelos, y Napoleón colocó sobre él á su hermano José Bonaparte.

Pero el pueblo español, abandonado por su rey, traicionado por muchos de sus principales magnates, sorprendido casi en su sueño por los ejércitos franceses que habían penetrado hasta el corazón del país, merced á la ineptitud ó á la cobardía de sus gobernantes, comprendió que le habían vendido; el león que dormía lanzó un rugido; se estremeció y oyó sonar sus cadenas; entonces vino la insurrección.

Los jefes se improvisaban, brotaron soldados de las montañas y de las llanuras, una chispa se convirtió en incendio, el viento del patriotismo sopló la hoguera, y la nación toda fué un campo de batalla.

Santo, divino espectáculo el de un pueblo que lucha por su independencia: cada hombre es un héroe, cada corazón es un santuario, cada combate es una epopeya, cada patíbulo un apoteosis.

Aquella historia es un poema, necesita un Homero; todos los hombres de corazón pueden comprenderla, sólo los ángeles podrían cantarla.

La sangre de los mártires fecundiza la tierra; el que muere por su patria es un escogido de la humanidad, su memoria es un faro, perece como hombre y vive como ejemplo.

La grandeza de una causa se mide por el número de sus mártires; sólo las causas nobles, grandes, santas, tienen mártires; las demás sólo cuentan con sacrificios vulgares, sólo presentan uno de tantos modos de perder la existencia.

España luchaba, luchaba como lucha un pueblo que comprende sus derechos, como lucha un pueblo patriota.

Los hombres salían al combate, las mujeres y los ancianos y los niños fabricaban el parque y cultivaban los campos.

El ejército francés era numeroso, bien disciplinado, tenía magnífico armamento, soberbia artillería, abundantes trenes, y además brillantes tradiciones de gloria.

Y sin embargo, las guerrillas españolas atacaban y vencían, porque el patriotismo hace milagros.

Entonces comenzó á organizarse la insurrección, y se formaron en España las juntas provinciales.

II

Las noticias de los acontecimientos de la metrópoli llegaron á la colonia, y los mexicanos, indignados, olvidaron por un momento su esclavitud para pensar en la suerte de España y en la injusta opresión de Bonaparte.

Hay momentos supremos para los pueblos generosos, en que el texto de su derecho internacional es el evangelio, y olvidando las reglas de la diplomacia y los sentimientos de conveniencia, sienten la gran confraternidad de las naciones, olvidan sus rencores, y brota colectivamente en las masas una especie de caridad, de pueblo á pueblo, de nación á nación.

El duque de Berg, Lugarteniente de Napoleón, comunicó sus órdenes al virrey de México que lo era entonces Don José de Iturrigaray, teniente general de los ejércitos españoles; pero el virrey no se atrevió á acatar aquellas órdenes ni á desobedecerlas abiertamente; quiso consultar, quiso saber si contaba con algún apoyo, y citó á la audiencia para tratar sobre esto con los oidores.

Reunióse en efecto el acuerdo. El virrey les hizo presente el motivo con que los había citado, y aquellos hombres palidecieron como si vieran á la muerte sobre sus cabezas, y apenas se atrevieron á dar su opinión.

Entonces el virrey tomó la palabra, y con un acento conmovido, protestó que antes perdería la existencia que obedecer las órdenes de un gobierno usurpador; que aun podía ponerse á la cabeza de un ejército, y combatir por la independencia y el honor de su patria. Los oidores se retiraron avergonzados y cabizbajos.

La Audiencia aborrecía al virrey y le hacía una guerra sorda, y sin embargo, en aquél momento le había tenido que contemplar con respeto.

Ellos eran el vulgo delante del héroe; sólo el patriotismo pudo haber dado al indigno Fernando VII, vasallos y capitanes como los que pelearon en España y los que gobernaron sus colonias.

La noticia de estas ocurrencias se difundió bien pronto por la ciudad, y el Ayuntamiento quiso también tomar y tomó parte en la cuestión.

En el año de 1701 la monarquía española cambió de dueño; el fanático Carlos II legó los extensos dominios que conquistaran y gobernaran sus abuelos á la casa de Anjou, y Felipe V se sentó sobre el trono del vencedor de Francisco I.

Aquél cambio de dinastía se verificó sin que las colonias españolas de la América hubieran dado la menor muestra de disgusto; un rey al morir dejaba á un extraño pueblos y naciones por herencia, como un particular lega un rebaño ó una heredad, porque sus súbditos eran cosas; pero esto acontecía en 1701.

La abdicación de Fernando VII y la usurpación de Bonaparte se sabían en México en 1808, es decir, entrado ya el siglo XIX.

Los nietos conocían mejor sus derechos que los abuelos; México protestó contra la usurpación: México era colonia, por eso aborrecía las conquistas; los mexicanos eran víctimas, por eso detestaban á los verdugos.

Una tarde, el Ayuntamiento de México, en cuerpo, presidido de las masas de la ciudad, se presentó en palacio, las guardias batían marcha, la muchedumbre se agrupaba en derredor de los regidores, el virrey salió al encuentro de la corporación, y el alcalde puso en manos de Iturrigaray una representación.

En aquella representación el Ayuntamiento, á nombre de la colonia, pedía la formación de un gobierno provisional; el virrey la leyó con agrado y la pasó en consulta á la Audiencia.

El Ayuntamiento se retiró en medio de las ovaciones del pueblo, que tenía ya noticia de lo que acontecía.

Esto pasaba en el mes de Julio de 1808.

III

La Audiencia de México, compuesta en aquella época de hombres tímidos, intrigantes y que debían sin duda el puesto que ocupaban más al favoritismo que á sus propios méritos, no podía estar á la altura de su situación.

Los oidores, hombres vulgares que no pasaban de ser, cuando más, viejos abogados llenos de orgullo y obstinación, no pudieron comprender ni la lealtad del virrey, ni el arranque de generosidad del Ayuntamiento de México, ni el esfuerzo patriótico de los españoles.

La medida propuesta por los regidores pareció, pues, al acuerdo muy avanzada, y vista á la luz de ese miedo que las almas pequeñas llaman prudencia, mereció la desaprobación de todos los oidores.

En los momentos supremos de la crisis de un pueblo, fiar el consejo ó la ejecución de las grandes medidas á hombres de poco corazón ó de mediana inteligencia, es comprometer el éxito, buscar en la inercia el principio de actividad, pedir arrojo al que sólo piensa en precaución.

El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento chocaron con la Audiencia; el virrey quiso renunciar el gobierno, y lo renunció en efecto, proponiéndose pasar á España á prestar sus servicios; pero este paso fué desaprobado por sus amigos y por el Ayuntamiento, y no insistió más.

El 26 de Julio la barca Esperanza trajo la noticia de que toda la España se había levantado contra la dominación francesa, proclamando la independencia, y esta noticia se recibió en México como el más plausible de los acontecimientos.

Salvas de artillería, músicas, cohetes, repiques, paseos, todo anunciaba el gozo de la colonia, porque en México se aplaudía instintivamente el esfuerzo de un pueblo que buscaba su salvación, porque toda tiranía tiene siempre, tarde ó temprano, una reacción de libertad, porque aquella lucha era ya la alborada del día de la independencia de los mexicanos.

El Ayuntamiento instaba por la formación de un gobierno provisional, y el virrey, mirando la resistencia de los oidores, citó una gran junta, á la que debían concurrir la Audiencia, el Ayuntamiento, los inquisidores, el arzobispo, y en fin, todas las personas notables de la ciudad.

El 9 de Agosto se celebró por fin esta célebre sesión, á la que concurrió la Audiencia, no sin haber protestado antes secretamente, que sólo asistía para evitar disgustos con el virrey.

Iturrigaray presidía la reunión, y con tal carácter invitó al síndico del Ayuntamiento, Licenciado Don Francisco Primo Verdad y Ramos, para que usase de la palabra acerca del asunto para el que habían sido llamados.

Verdad era un abogado insigne en el foro mexicano, dotado de una gran elocuencia y de un extraordinario valor civil. Habló, habló, pero con todo el fuego de un republicano; habló de patria, de libertad, de independencia, y por último, proclamó allí mismo, delante del virrey y del arzobispo y de la Audiencia, y de los inquisidores, el dogma de la soberanía popular.

Aquella fué la primera vez que se escuchó, en reunión semejante, la voz de un mexicano llamando soberano al pueblo.

El escándalo que esto produjo fué espantoso, el inquisidor Don Bernardo del Prado y Ovejero no pudo contenerse, y se levantó anatematizando las ideas de Verdad; el arzobispo se declaró enfermo y pretendió retirarse.

El velo del templo se había roto, la luz había brotado por la primera vez en la colonia; después de tres siglos de obscuridad, la estátua se animaba, pero el suplicio debía seguir al reto audaz del nuevo Prometeo; los tiranos no perdonan nunca.

IV

El único resultado aparente de la primera junta, fué jurar á Fernando VII como monarca legítimo de España é Indias.

Poco tiempo después, el 30 de Agosto, se presentaron en México el brigadier de marina Don Juan Jabat y el coronel Don Tomás de Jáuregui, hermano de la mujer del virrey, comisionados ambos por la junta de Sevilla, para exigir del virrey de México que reconociese la soberanía de esa junta y pusiese á su disposición el tesoro de la colonia.

Reunióse con este motivo una segunda junta, y allí los comisionados presentaron sus despachos y sus autorizaciones que se extendían hasta aprehender al virrey en caso de que se negase á obedecer.

Las discusiones fueron acaloradas, la sesión se prolongó por muchas horas, y por fin llegó á resolverse definitivamente que no se reconocía á la junta de Sevilla.

Llegaron pliegos de la junta de Oviedo, conteniendo la misma pretensión; volvió el virrey á citar otra junta, leyólos en ella y agregó, que España estaba en la más completa anarquía, y que su opinión era no obedecer á ninguna de aquellas juntas.

Siguióse aún otra junta, tan acalorada como las anteriores, y el virrey insistía siempre en renunciar, á lo que se oponía con tenacidad el Ayuntamiento, y sobre todos el Lic. Verdad.

En fin, Iturrigaray se decidió á formar en México una junta y un gobierno provisional, á imitación de los de España; llegaron á expedirse las circulares á los ayuntamientos, y la villa de Jalapa nombró sus dos comisionados que se presentaron en la capital.

Los oidores no estaban conformes con esa resolución; pretendían indudablemente deshacerse del virrey con el objeto de que la Audiencia entrase á gobernar, y como en aquellos días el rey no podía nombrar otro virrey en lugar de Iturrigaray, y las juntas españolas no eran reconocidas en México, el poder quedaría durante largo tiempo en manos de la Audiencia.

Los oidores Aguirre y Batani eran el alma de esta conjuración; casi todas las noches se reunían á conspirar los de la Audiencia y sus amigos; el fiscal Borbón adulaba al virrey en su presencia, y conspiraba con tanto ardor como los demás; Iturrigaray estaba sobre un volcán.

El Ayuntamiento era partidario del virrey, porque el virrey sostenía la buena causa; pero el Ayuntamiento de México no pudo ó no quiso apoyar á Iturrigaray, y se abandonó, sin conocer que en medio de las tinieblas conspiraba la Audiencia, y que el virrey debía arrastrar en su caída á los regidores.

Los comisionados de la junta de Sevilla trabajaban también contra el virrey; Jáuregui, á pesar de ser su cuñado, y Jabat porque era enemigo personal de Iturrigaray desde que éste vivía en España.

La suerte favoreció en su empresa á los conspiradores.

V

El odio de los oidores al virrey no conoció límites; habían jurado perderle, y lo cumplieron.

El 15 de Septiembre en la tarde salía Iturrigaray á paseo, y al bajar las escaleras de palacio, una mujer del pueblo se arrojó á sus pies.

—En nombre del cielo, lea V. E. ese papel—le dijo presentándole una carta.

—¿Qué pides, hija mía?—preguntóle bondadosamente el virrey.

—Nada para mí, sólo que V. E. lea con cuidado ese papel.

La mujer se levanto y se alejó precipitadamente. El virrey, pensativo, montó en su carroza.

Tenía Iturrigaray la costumbre de ir todas las tardes á pescar con caña en las albercas de Chapultepec; así es que apenas entró en su carroza, los caballos partieron en aquella dirección y el cochero no esperó orden ninguna.

Durante el camino, Iturrigaray leyó la carta que la mujer le había entregado; era la denuncia de una conspiración que debía estallar aquella noche.

El virrey sonrió con desdén, guardó la carta y no volvió á pensar más en ella.

Sin embargo, no era porque no creyese que conspiraban contra él, sino porque esperaba los regimientos de Jalapa, de Celaya y de Nueva-Galicia, con los cuales contaba para sofocar cualquiera rebelión.

Pero la Audiencia se había adelantado. Don Gabriel Yermo, rico hacendado, se prestó á servir á los oidores en su complot, é hizo venir de sus haciendas un gran número de sirvientes armados.

Con este auxilio, y contando con el jefe de la artillería Don Luis Granados, que tenía su cuartel en San Pedro y San Pablo, determinaron dar el golpe.

El día 15 de Septiembre de 1808 los conjurados fueron al palacio del arzobispo, y allí el prelado los exhortó y los bendijo para que salieran airosos del lance.

Arrojáronse entonces los conjurados sobre palacio, que tomaron sin dificultad de ninguna especie, porque además de que contaban ya con el oficial de la guardia, habían, por más precaución, hecho entrar allí desde la tarde á ochenta artilleros.

Llegaron, pues, hasta la alcoba de Iturrigaray, que dormía tranquilamente y que despertó rodeado de sus enemigos, que le intimaron darse á prisión.

El virrey no opuso resistencia; los sublevados se apoderaron de su persona, lo hicieron entrar en un coche, en el que iban el alcalde de corte Don Juan Collado y el canónigo Don Francisco Jaravo, y le condujeron á la Inquisición, á donde quedó preso en las habitaciones mismas del inquisidor Prado y Ovejero.

La virreyna, en compañía de sus dos hijos pequeños, fué conducida al convento de San Bernardo, y los oidores, presididos por el arzobispo, se reunieron al día siguiente muy temprano para comenzar su feliz gobierno.

Así se consumó aquella revolución, que dió por resultado la prisión de Don José de Iturrigaray y de su familia, y el secuestro de todos sus papeles y bienes.

Los individuos que formaban entonces la Audiencia y que fueron los directores de la conspiración, eran:

Regente: Catani.—Oidores: Carvajal, Aguirre, Calderón, Mesia, Bataller, Villafaña, Mendieta.—Fiscales: Borbón, Zagarzurieta, Robledo.

VI

La caída del virrey debía producir indudablemente la del Ayuntamiento, y así sucedió.

Casi al mismo tiempo que aprehendieron á Iturrigaray, redujeron á prisión al Lic. Verdad, al Lic. Azcárate, al abad de Guadalupe Don Francisco Cisneros, al mercedario Fr. Melchor de Talamantes, al Lic. Cristo y al canónigo Beristain.

Fr. Melchor de Talamantes fué conducido á San Juan de Ulúa, y allí en un calabozo espiró, habiendo sido tratado con tanta crueldad que hasta después de muerto se le quitaron los grillos. Azcárate estuvo á punto de morir envenenado.

Pero entre todos los presos ninguno tenía sobre sí el odio de la Audiencia como el Lic. Verdad.

Verdad se había atrevido á hablar de la soberanía del pueblo delante de los oidores, de los inquisidores y del arzobispo, y este era un crimen imperdonable.

En efecto, si se consideran las circunstancias en que esto aconteció, no puede menos de confesarse que Verdad, con un valor del que hay pocos ejemplos, lanzó el más tremendo reto á los partidarios del derecho divino, hablando por primera vez en México de la soberanía del pueblo: este sólo rasgo basta para inmortalizar á un hombre.

El Lic. Verdad fué encerrado en las cárceles del arzobispado, y una mañana, el día 4 de Octubre de 1808, se supo con espanto en México que había muerto.

¿Qué había pasado? nadie lo sabía; pero todos lo suponían, y Don Carlos María de Bustamante, en el suplemento que escribió á los «Tres siglos de México,» asegura que Verdad, amigo íntimo suyo, murió envenenado.

Bustamante refiere que él fué en la mañana del mismo día 4 y encontró á Verdad muerto en su lecho.

Pero indudablemente Bustamante se engañó: he aquí el fundamento que tengo para decir esto.

Cuando en virtud de las leves de Reforma el palacio del arzobispo pasó al dominio de la nación, de la parte del edificio que correspondía á las cárceles se hicieron casas particulares, una de las cuales es la que hoy habita como de su propiedad, uno de nuestros más distinguidos abogados, Don Joaquín María Alcalde.

El comedor de esta casa fué el calabozo en que murió Verdad, y cuando por primera vez se abrió al público, yo ví en uno de los muros el agujero de un gran clavo, y alderredor de él, un letrero que decía sobre poco más ó menos:

Este es el agujero del clavo en que fué ahorcado el Lic. Verdad.

Y todavía en ese mismo muro se descubrían las señales que hizo con los pies y con las uñas de las manos el desgraciado mártir, que luchaba con las ansias de la agonía.

Allí pasó en medio de la obscuridad una escena horriblemente misteriosa—el crimen se perpetró entre las sombras y el silencio.

Los verdugos callaron el secreto: Dios hizo que el tiempo viniese á descubrirle.

La historia encontró la huella de la verdad en unos renglones mal trazados, y en un muro que guardó las señales de las últimas convulsiones de la víctima.

Vicente Riva Palacio.

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