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El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

MINA

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I

En este libro hemos consignado el fin trágico que la suerte reservó á los primeros caudillos de la independencia mexicana. Sin experiencia en las armas, sin elementos para la guerra, y educados en la sedentaria y tranquila carrera de la iglesia, su mérito y su gloria han consistido más bien en su abnegación y en su amor á la libertad, que no en el éxito de sus expediciones militares.

Después del suplicio de Morelos, de ese hombre singular á quien sus mismos enemigos no pueden negar ni el talento natural para la guerra, ni la constancia ni el valor, comenzó la fortuna á mostrar su faz hosca y sañuda á la mayor parte de los caudillos mexicanos que habían conservado las armas en la mano, y que llenos de fe en la causa de la patria, habían visto con desdén los ofrecimientos de perdón y aun las más lisongeras promesas de parte del gobierno español. Todo parecía concluído. Las partidas de insurgentes que habían quedado, siendo ya poco numerosas y escasas de elementos para la campaña, no inspiraban ya temor al gobierno, y el virrey creyó por un momento que había ya recobrado plenamente el dominio en la Antigua Colonia.

Repentinamente un suceso inesperado sacude en sus cimientos á la Nueva España, y el fuego de la independencia, que parecía completamente apagado, se encendió de nuevo para no extinguirse nunca, pues se encuentra aún vivo y ardiente en el pecho de los mexicanos.

Mina fué el relámpago que un momento iluminó el horizonte de la revolución, y desapareció en esa insondable eternidad que no podemos comprender.

Era labrador, pero labrador en la montaña, no en la llanura. Los montañeses tienen que habituarse á la vida aventurera y casi salvaje. Los fenómenos todos de la naturaleza parece que se desarrollan de una manera más imponente en la montaña, y esto, y el ejercicio de la caza, preparan á esa clase de hombres á la vida militar.

Napoleón I hizo del labrador montañés un guerrillero.

Mina peleó por la independencia de su patria y llegó á ser jefe de la Navarra, provincia donde vió la luz en fines del año de 1789, Terminada la invasión, Mina se encontró con otro enemigo, el despotismo, y basta para personificarlo nombrar á Fernando VII, soberano tan repugnante que ni aun ha tenido la consideración para los españoles más sumisos y monarquistas. Mina, en unión de su tío Espoz y Mina, conspiró en Navarra para restablecer la Constitución. Desgraciado en esta tentativa, tuvo que huir para salvar la vida, y emigró á Francia y pasó poco tiempo después á Inglaterra.

Encontró allí un personaje al que no hemos dado todavía todo el honor v la celebridad que merece. Este personaje era el Dr. D. Servando Teresa de Mier. Este padre fué el primero en propagar las ideas de la desamortización eclesiástica y de la separación de la Iglesia y del Estado. Sus obras no las mejoraría en ciertas capitales el progresista más exaltado de 1870.

Un fraile y un proscrito sin un cuarto en la bolsa, el uno con su entusiasmo y el otro con su espada, intentan á más de dos mil leguas de distancia, derribar un gobierno que había triunfado de los más valientes y esforzados caudillos mexicanos. Desde este momento comienza una serie de aventuras propias más bien para un romance.

El mismo día que resolvió Mina hacer una expedición á México, alentado por los consejos y entusiasmo del padre Mier, se presentó resueltamente en la casa de dos ó tres comerciantes ingleses.

Quizá una semana después, á las tres de la tarde (y hay sobre esto un canto popular), el guerrillero español abandonaba las costas inglesas, y surcaba los mares en un barco mercante que tomó á flete, y fué el principio de su escuadrilla. Le acompañaban el infatigable padre Mier y treinta hombres terribles y desalmados, que dieron prueba más adelante de una energía indomable. La primera idea de Mina fué poner directamente la proa á las costas de México; pero varió de resolución, y para proveerse de más gente y recursos, se dirigió á los Estados Unidos del Norte, donde reclutó, en efecto, más de doscientos soldados aventureros que indistintamente habían servido con los ingleses y con los franceses en las últimas guerras. Con estas fuerzas, y con otros buques, aunque pequeños, organizó su expedición y se dirigió á Puerto Príncipe, donde se encontró con que un terrible huracán le había destruído uno de los buques que mandó con anticipación, y con que muchos de los aventureros enganchados se habían desertado.

De Puerto Príncipe salió á la mar la expedición, con dirección á Tejas, con el fin de reunirse con el comodoro Aury, jefe de unos cuantos piratas que había reunido bajo sus órdenes. El vómito prieto se declaró á bordo de la improvisada escuadrilla, y comenzaron á morir oficiales y marineros. En el estado más triste llegaron á la isla del Caimán. Las frescas brisas y una pesca abundante de tortugas, volvieron la vida y las fuerzas á los enfermos. Mina, resistiendo á las enfermedades y á todo género de contratiempos, llegó por fin á Gálveston, donde abrazó al pirata Aury, refrescó los víveres, estableció su campamento, se dedicó á formar sus regimientos, á preparar la expedición, y publicó un manifiesto que circuló poco tiempo después en México, y reanimó el entusiasmo por la Independencia.

II

Las aguas de la costa de Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) estaban por lo común solitarias, y una que otra barca de pescador rompía aquellas olas cansadas de rodar en las calientes arenas de la playa.

El tiempo había estado borrascoso. Recios vientos habían soplado sin duda más lejos, pues venían las olas todavía gruesas y enojadas á azotarse contra la costa. Se observó el palo de una embarcación. Empujada por una fuerte brisa que hinchaba sus velas, en breve llegó al puerto, y se pudo reconocer que era un barco grande armado en guerra. En efecto, era la «Cleopatra,» y á bordo venía el general Don Francisco Javier Mina.

El desembarco se hizo sin dificultad y sin experimentar resistencia ninguna el 15 de Abril de 1817.

El 22 salió Mina para Soto la Marina. Caminaba á pie, con su espada en la mano, al frente de la tropa. Tres días anduvo perdido en los bosques, pero al fin llegó á la población, donde fijó su cuartel general. Sus buques quedaron en la costa. Un marino español salió de Veracruz á atacarlos. La goleta «Elena,» que era muy velera, escapó á la vista del enemigo; las tripulaciones de la «Cleopatra» y del «Neptuno» vinieron á tierra, y en este estado, el marino español que montaba la fragata «Sabina,» se encaró fieramente con la escuadrilla silenciosa del aventurero capitán.

El marino español rompió un vivo fuego de cañón. La «Cleopatra» no contestaba, y esto irritaba al enemigo.

—Que redoblen el fuego, gritó con voz de trueno.

El cañoneo continuó más fuerte. La «Cleopatra,» siempre silenciosa, parecía resistir las balas sin que le hicieran un daño visible.

—¡Esta es una asechanza sin duda! exclamó el jefe español; se tratará de que nos acerquemos, para echarnos una andanada y sumergirnos en el agua. ¡Al abordaje! al abordaje! y no hay que perdonar á nadie. Hombres, mujeres, niños, que todos sean pasados á cuchillo.

Los botes, tripulados con un buen número de gente provista de escalas, garfios, picas y demás instrumentos propios para el abordaje, se desprendió de la «Proserpina» y resueltamente se dirigió á la «Cleopatra.» El mismo silencio, la misma terrible inmovilidad.

—¡Animo, marinos! gritó el jefe que mandaba los botes; acordáos que sois españoles y que estais en la tierra de Cortés. Arriba! á ellos! y no haya misericordia.

Los marinos españoles se lanzaron como leones.

Un gato, único defensor que había quedado á bordo, corrió por la cubierta, y mirándose atacado por los marinos de la «Proserpina,» corrió sobre cubierta, se precipitó, sin saber dónde, cayó sobre la cara del comandante, se afianzó con las uñas de sus barbas y carrillos, y al grito de sorpresa y de dolor del bravo marino, el gato cayó en el agua y desapareció entre las ondas. Los asaltantes tuvieron que soltar una carcajada.

Sin embargo, el brigadier D. Francisco de Beranger, que mandaba esta expedición, dió á su regreso á Veracruz un parte en que describía una terrible batalla naval y un sangriento abordaje. El virrey los recomendó á España, y decretó que llevaran en el brazo derecho un escudo con el siguiente epígrafe: Al importante servicio en Soto la Marina.

III

Mina no perdió su tiempo. Construyó un fuerte regular en Soto la Marina, y resolvió expedicionar en el interior del país.

La mañana del 24 de Mayo, Mina, ya con su espada ceñida, estaba en la plaza al frente de sus tropas, que eran las siguientes:

General y su Estado Mayor11

Guardia de honor al mando de Young31

Caballería124

Regimiento del Mayor Sterling56

Primero de línea64

Artillería5

Criados12

Ordenanzas5

Total308

Era ridícula esta expedición. Mejor dicho, era sublime. El comandante tenía en sus ojos la victoria.

Mina llamó al mayor Sardá.

—Te dejo cien hombres, mayor. Con esta fuerza te defenderás hasta el último extremo. Te han de sitiar, sin duda alguna; pero no haya cuidado, yo volveré y haré á balazos que te dejen quieto. Mina estrechó la mano del mayor, y espada en mano, salió de la plaza de Soto la Marina, tambor batiente y bandera desplegada.

Después de tres días de marcha por aquellos desiertos faltos de víveres y de agua, la tropa comenzaba á fatigarse y á murmurar.

—No hay cuidado, mis amigos; antes de algunas horas tendremos víveres frescos, y habitación magnífica, y dinero.

En efecto, Mina, burlando con la rapidez de su marcha la vigilancia del jefe D. Felipe de la Garza, sorprendió una hacienda y se apoderó de una buena cantidad de efectos y provisiones que repartió entre sus soldados.

Ninguna de las muchas combinaciones militares que hizo el gobierno con una actividad sorprendente, pudo detener la marcha de Mina. Derrotó á Villaseñor en el Valle del Maíz, y el 14 se hallaba instalado en los magníficos edificios de la hacienda de Peotillos, que en esa época pertenecía á los Carmelitas. Los dependientes y mozos habían huído, llevándose todas las provisiones. La tropa, cansada y hambrienta, se acostó sin cenar. No habían cerrado los ojos, cuando el enemigo se presenta. Armiñan y Rafols, con fuerzas considerables, tocan, como quien dice, á las puertas de la hacienda.

Mina recibe el aviso de sus avanzadas, se ciñe la espada, sube á la azotea del edificio y observa entre el polvo y la ardiente reverberación del campo, una fuerza de infantería como de 1,000 hombres, seguida á cierta distancia por una numerosa caballería.

—Amigos, dice á sus soldados, que habían salido en seguimiento de su jefe; vamos á ser atacados dentro de pocos momentos. Si nos encerramos en las casas, pereceremos, si no por las balas, sí de hambre. No hay más recurso que salir al campo y atacar al enemigo antes de que se acerque más.

La respuesta de esta tropa denonada fué un ¡hurra! estrepitoso, y cosa de 170 hombres formaron en momentos y se dirigieron á paso veloz al encuentro de la formidable columna española.

Mina, á los pocos momentos de comenzada la acción, se vió envuelto por la caballería, y sus escasas fuerzas diezmadas por las balas enemigas. En este trance supremo, con los pocos que le quedaban, formó un cuadro, hizo una descarga á quemaropa á la caballería que se le venía encima, mandó calar bayoneta y se lanzó con espada en mano, haciendo un agujero sangriento en la masa compacta de enemigos. El pánico se apoderó de ellos, comenzaron á vacilar y á desorganizarse, y concluyeron con abandonar el campo y echar á correr. El coronel Piedras, de las tropas realistas, no paró hasta Río Verde. Rafols se escapó en las ancas del caballo de su corneta de órdenes, y Armillan se retiró á San José. Esta fué la célebre acción de Peotillos dada el 15 de Junio.

Mina con el puñado de hombres que le había quedado, resolvió seguir al interior del país, y al día siguiente se puso en camino, no deteniéndose sino delante del Real de Pinos, cuya plaza estaba fortificada y defendida por trescientos hombres y cinco cañones.

Para Mina no había dificultades, y á todo trance necesitaba apoderarse de este mineral. Mina intimó rendición á la plaza, y habiendo recibido una respuesta altanera, se decidió á obrar. Llamó á quince de sus más atrevidos soldados, les indicó una tapia, y con una escalera subieron sin ser sentidos á las azoteas de las casas. Descendieron á la plaza, sorprendieron la guardia y se apoderaron de la artillería. Mina entonces asaltó la ciudad, y no habiendo resistido ya los defensores, entró á ella, permitiendo el saqueo para castigarla de su resistencia. El 24 de Junio Mina se hallaba en el corazón del país, y posesionado del fuerte del Sombrero, que mandaba el jefe independiente D. Pedro Moreno.

A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban á descansar de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el jefe español Ordoñez, con una fuerza de 700 á 800 hombres, se dirigía sobre el fuerte. Mina rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y acompañado de Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en marcha, y á la media noche llegó á las ruinas de una hacienda, donde encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después se hallaba frente del enemigo con dos columnas de cien hombres, y en menos de ocho minutos Mina derrotó á los españoles, y regresó al fuerte con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron los jefes realistas Ordóñez y Castañón.

IV

En poco tiempo Mina llenó con su nombre toda la Nueva España. Las gentes, cuando pasaba por algún pueblo, salían á verle con admiración, y el virrey, al acostarse y al levantarse tenía en sus oídos este nombre fatal.

El gobierno colonial desplegó la mayor actividad, reuniendo en Querétaro un cuerpo de tropas escogidas que puso á las órdenes del Mariscal Liñán, y apeló, además, á los medios de costumbre, que fueron declarar al héroe de Peotillos traidor, sacrílego y malvado. Ya en fines de Julio, Mina tenía sobre sí en la provincia de Guanajuato á Liñán, Orrantia, Negrete, Villaseñor, Bustamante (Don Anastasio), y cuantos otros jefes se consideraron capaces de afrontar el ataque rápido y terrible de los atrevidos aventureros que militaban bajo sus órdenes. Las fuerzas españolas se fueron colocando en puntos convenientes, hasta que al fin se acercaron y establecieron un sitio al fuerte del Sombrero. Este lugar dista de Guanajuato 18 leguas, y 6 de la ciudad de León, Mina, con cosa de mil hombres mal armados y unas viejas piezas de artillería, se resolvió á esperar y defenderse hasta el último extremo.

El 1.º de Agosto el enemigo rompió el fuego de cañón, que continuó sin interrupción durante cuatro días. Creyendo Liñán que los defensores estarían ya acobardados, dispuso un asalto por cuatro puntos, y por todos ellos fué rechazado. Entonces se hicieron á Mina proposiciones muy lisonjeras, que rehusó constantemente.

El fuego de cañón comenzó otra vez con más fuerza; la escasa agua que había en un algibe del fuerte se acabó, y las nubes derramaban en las cercanías frescas y abundantes lluvias; mientras los hombres del fuerte morían de sed. Mina, entonces, para contener la desesperación de sus soldados, hizo una salida sobre el campo de Negrete, le mató mucha gente y le tomó un reducto, pero tuvo que retirarse y volverse á encerrar en aquellas rocas secas y fatales.

El 15, Liñán hizo un terrible empuje y arrojó todas sus columnas sobre el fuerte, pero fué rechazado, perdiendo más de 200 hombres que quedaron tirados en las barrancas.

Los independientes no podían, sin embargo, sostener la posición. La sed los hacía rabiosos, y la peste los diezmaba. Resolvieron en una noche obscura abandonar el fuerte, pero al atravesar la barranca fueron sentidos, y las tropas españolas cayeron sobre ellos, y hubo en la obscuridad una horrible matanza de que pocos escaparon. Liñán ocupó el fuerte el 20, y su primera disposición fué mandar fusilar á los enfermos y heridos que habían quedado abandonados en esa noche triste de la Independencia mexicana.

Mina, protegiendo la salida, animando á los débiles, recogiendo á los dispersos, sostuvo la posición hasta lo último; pero ya rodeado de tropas españolas, no le quedó más arbitrio que abrirse paso con cien caballos, logrando escapar de la fuerza enemiga y llegar al fuerte de los Remedios, en el cerro de San Gregorio.

El 27, Liñán con todas sus tropas se presentó delante del fuerte de los Remedios. Mina, dejando sus buenas tropas en esta posición, expedicionó por el Bajío con cerca de 900 insurgentes de caballería. Se posesionó á viva fuerza de la hacienda del Bizcocho y de San Luis de la Paz. Fué rechazado de la Zanja y derrotado por Orrantia en la hacienda de la Caja. No pierde, sin embargo, el ánimo, y con veinte hombres que le quedaron, se dirige á Jaujilla á conferenciar con la Junta, y empeñado en auxiliar á los sitiados en el fuerte de los Remedios, vuelve otra vez á Guanajuato, reune á los insurgentes, toma la mina de la Luz, penetra en las calles, y allí desorganizadas las tropas que eran colecticias, bizoñas é insubordinadas, es completamente derrotado. Con 40 infantes y 20 caballos pasa la noche cerca de la mina de la Luz, y al día siguiente se dirige al rancho del Venadito, cuyo dueño era su amigo Don Mariano Herrera.

«Por las noticias que Orrantia adquirió en Guanajuato, supo el lugar donde Mina debería encontrarse, y á las diez de la noche salió con 500 caballos, dejando la infantería en Silao. Mina, á quien había venido á ver Moreno, en la confianza de estar seguro en un lugar tan oculto y con las precauciones que había tomado, se propuso descansar, y por primera vez después de muchas noches se quitó el uniforme y permitió que desensillasen sus caballos.»

Al amanecer del 17, Orrantia llegó al rancho y su avanzada de caballería rodeó la casa y sorprendió á los que todavía dormían tranquilos. Moreno murió defendiéndose, y Mina, hecho prisionero, y llevado delante de Orrantia, fué insultado por éste y maltratado de una manera villana, hasta el extremo de darle de cintarazos.

El 11 de Noviembre, á las cuatro de la tarde, fué conducido Mina al Cerro del Bellaco, donde fué fusilado por la espalda á la vista de los campamentos español é insurgente, que suspendieron las hostilidades para presenciar la muerte del indomable aventurero, que aun no cumplía veintinueve años, y que hizo temblar al antiguo virreinato de la Nueva España.

Manuel Payno.

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