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Alma vasca

XXI DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS

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Illustration from Alma vasca

V. de Zubiaurre, pint.

NINGÚN trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas. Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos. En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está trabajado según la manera mudéjar.

Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo, celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima. Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del tipo moderno.

Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas. Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias, meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.

La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras esteparias y los olivares de los llanos calientes.

El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad; los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y vivaces.

El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia, pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados verdosos, grises verdosos.

Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.

Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición al hombre de la meseta.

Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra color vivo.

Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación etnográfica.

Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro, desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en los sentimientos.

Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.

Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco, diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes: el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy sutil y no vale la pena de anotarlos.

El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar, que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan notable, que parecen dos provincias diversas.

Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y «decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de Asteasu, Amezqueta y Tolosa.

Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano de Durango.

Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya; Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona, tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica, de la tierra de Burgos.

En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.

La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.

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