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Alma vasca

XVI LA PATRIA DE LOS PASTORES

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Illustration from Alma vasca

Valentín Zubiaurre, pint.

LA alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.

Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos físicos.

El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas adquieran una feliz elasticidad.

Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, turbulenta.

Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre el mar.

Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......

Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un pueblo.

Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para evitar los ventarrones.

Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las cabañas de los lapones.

Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....

Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.

Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su civilización, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér obsceno: el turista.

El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.

No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío del país.

Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de encanto.

Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta polícromos los que adornan el campo.

¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el musgo!

Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.

De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos montañeses!

Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña, del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de la otra vertiente van al Océano.....

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