XIII EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS
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Zuloaga, pint.
UN pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país vasco ha sido en esto una verdadera isla.
No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa. Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura, la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la cultura literaria.
Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues, que el vasco es un pueblo mudo.
Para la poesía erótica se ha sentido el vasco embarazado por una irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no se percibe sino después de una saturación local muy profunda.
El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.
Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de merienda. Dice así la canción:
Ume eder bat icusi nuben Donostiaco calean; itz erdicho bat ari ezan gabe ¿nola pasatu parían? Gorputza zuben liraña eta oñaz zebiltzen aidian; polita goric estet icusi nere beguiyen aurrían.
Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más que lo siguiente:
«Una vez vi pasar una hermosa joven—por las calles de San Sebastián;—sin decirle siquiera media palabrita—¿cómo cruzaría yo a su lado?—Tenía el cuerpo esbelto—y llevaba los pies en el aire;—otra más bonita no he visto—delante de mis ojos.....»
Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo, de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético, sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino; otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada briosa y vehemente.
Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:
Andre Madalén, andre Madalén, laurden erdi bat oliyó; aita jornalac artzen badi tu, ama pagatuco diyó.
«Señora Magdalena, señora Magdalena,—medio cuarterón de aceite:—si padre cobra los jornales,—madre le pagará a usted.....»
El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....
Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de unos humildes «versolaris».
El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada ingenuidad:
Erari maitagarriá, zu gatic daucat jarriá argumentuba larriá: Indarra zera gorputzarentzat, kentzendezuna egarriá, ¡gausa estimagarriá!..... Baño zauscat igarriá zerala engañagarriá.
«Amada bebida,—tú me inspiras este arduo problema:—Eres para el cuerpo la fuerza,—nos quitas la sed,—¡cosa estimabilísima!.....—Pero te he calado—que eres un engañador.»
Una canción guipuzcoana dice:
Donostiaco iru damacho Errenterían dendarí, josten ere badakite baña, ardua eraten obekí...
«Las tres señoritas donostiarras—las tenderas de Rentería,—saben coser muy bien,—pero mejor saben beber.»
E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de torpeza, un estribillo:
Eta kriskitin, kroskitin, arrosa kraveliñ, ardua eraten obekí.
«Con el kriskitin, krosquitin,—rosa y clavel,—pero mejor saben beber.....»
Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».
En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban nombres tan bravos y pintorescos como Brocolo, Isquiña, Pello Spañ, Sacristán, Echecalte, Pedro Amezquetarra.
Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca multiplicidad. Isquiña, por ejemplo, apuntaba los tantos en los partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; Pello Spañ, con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; Sacristán era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. Echecalte no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En cuanto a Pedro Amezquetarra, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.
Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de francachela que hay en su fondo.