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Alma vasca

X EL VIENTO DEL SUR

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Illustration from Alma vasca

A. Arrue. pint.

LA primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.

Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este capítulo, puesto que es «mi viento».

Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el favorable.

Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito, tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.

En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida, depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran sugestión poética: el Mediodía.

Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario, todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales. Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo, presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso, invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del país y lo convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece el glorioso aliento del Mediodía.

¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.

Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen grandes raciones de alubias con tocino.

El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.

El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...

Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo inexistente o soñado, y un afán de marchar...

El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.

Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica empieza a ser admitida por muchas gentes del país.

Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los frutos de la fina cultura.

En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en el período preambular de la cultura.

La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico, la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.

Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural y pasa a ser candidato de la civilización.

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