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Alma vasca

VI LOS REMEROS OLIMPICOS

Reading edition

Illustration from Alma vasca

Ramón Zubiaurre, pint.

EN la finura un poco decadente con que termina el estío en el Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.

¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.

La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas milagrosas, las agudas traineras!

Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque, las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la inminente señal del Jurado.

Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando, vociferando con el alarido de sus sirenas.

Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico, Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado, las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas, como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor, qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo! ¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más, por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y vuestros amigos!

Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a los puntos más vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el vano de las almenas...

Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del box. El inglés le aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: «¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte un leño.

Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa, corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la pugna, que por el logro de la práctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).

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