XV CAMINO DE LAS MONTAÑAS
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Valentín Zubiaurre, pint.
UNA excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras grandes conquistas de la civilización. Ante una cuesta empinada, sin otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)
En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un espejo en que se miran los verdes prados.
—Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?
—De aquí a una hora.
—¿Una hora?.....
—Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y media.
Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, empapada de tedio y de vergüenza.
De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete, en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:
—No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van ustedes a la venta? Allí hay buen vino.
Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.
Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic tac de los canteros.
La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. ¡Arre, Belcha!.....
Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio oculta en la sombra de los árboles.
Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia (a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.
El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.
La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.
¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los facinerosos.....
Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de Aránzazu.