VIII EL RIO DINAMICO
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Alberto Arrue, pint.
EL viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.
Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: Ibaizabal. Le llaman, pues, Río ancho, y la hipérbole campesina hace reír un poco. Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que le sienta bien. ¡Nervión!
Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso, sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo. Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial, ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el Nervión es una persona que tiene un alma.
Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen, Rotterdam, Amberes.
¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.
A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara brutalidad americana, inglesa o anseática. Un chalet sobre un barracón inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros; una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan. Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es aprovechada casi con angustia.
Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.
Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.
Desde el restaurant de un club elegante, por la ventana entreabierta, sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, sucesivamente.
Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia y de vida irreparable, irresistible.
Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, entra mansamente en el mar.