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Alma vasca

XX EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS

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Illustration from Alma vasca

Tellaeche, pint.

ES desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo. Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar una conclusión demasiado fácil, ni dejarnos reducir por un sectarismo propio de las «sociedades de templanza».

El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.

Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.

Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la vertiente marítima.

En el concepto popular, entraña de donde salen los adagios, la locura tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes, los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y estos tipos, abundan tanto en el país.

Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa indulgencia, chorúas. El chorúa, que viene a ser lo correspondiente de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese chorúa de los guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de los habitantes.

Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.

En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el país, y ante las proporciones del banquete exclamó:—Ahora me explico por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...

Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes de mucha gastritis.

Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.

Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.

No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso. El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar. Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas, gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad, un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene una violencia enfermiza.

En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau, presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse entre los pueblos que han vivido mucho.

En otra ocasión[1] me aventuré a expresar la posibilidad de que en la mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza noble y la plebeya. Ahora me importa insistir en ese punto de la duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos; germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.

Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico, veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda, facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».

El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo estrecho, su nariz

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Elías Salaverría, pint.

exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter diferencial a la raza.

¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía. Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.

Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión, ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo decadente de esa sección racial del país cantábrico.

La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas, la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.

Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que, después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante. Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.

El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos, por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur, excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los nervios su faena.

La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la vida carece de sabor.

En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres, tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques, porque los obreros estaban embriagados.

El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara, alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como trágico y culpable.

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