III DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO
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Valentín Zubiaurre, pint.
LA música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del pueblo.
En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de la música tradicional.
Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo, para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero de selvas.
De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son orgiástico de la Cale-gira, y que llevan detrás, delante, entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.
Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja... Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.
¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como la mesa henchida de un banquete!
Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza, y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos bruscos, brincos sonoros...
Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada bajo el tenue azul del cielo.
Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el Cale-gira, especie de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado son de las alegres y ruidosas charangas.
Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al fin, a una mera tentativa báquica...
Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas, en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!
Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente. Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al ardiente Dyonisos...